GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 39
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Capítulo 39: Capítulo 39 El Ultimo Adiós
“La ruptura del destino”
Después del desastre, el mundo parecía contener la respiración.
El viento no soplaba.
Los monstruos habían sido contenidos.
El maná se había estabilizado… como si la tierra y el cielo mismos aguardaran, en tensa quietud, el siguiente movimiento de Lusian.
Sofía seguía entre sus brazos, y Lusian tenía la mirada perdida.
Thunder lloraba electricidad en temblor incontrolable.
Umber estaba postrado, aullando por dentro, derrotado en su propio silencio.
Emily temblaba, las manos ensangrentadas, la voz rota:
—Lusian… lo siento… lo intenté… no pude…
Pero Lusian no la escuchaba. No podía escuchar nada.
Sus dedos temblaban. Su respiración era apenas un hilo. Su mirada… vacía.
No estaba viendo el cadáver. Estaba viendo dos vidas que lo habían formado: la de Sofía… y la de Erwin Lenox.
Por primera vez, las dos lloraban al mismo tiempo.
El jugador.
El hijo.
El villano predestinado.
Todo se rompió dentro de él.
El silencio que siguió a la muerte de Sofía era tan absoluto que parecía arrancado de otro mundo.
Emily apenas pudo formar palabras:
—Lusian… ¿qué… qué vas a hacer?
Lusian cerró los ojos. Sus labios temblaron, no por llanto, sino por el vacío absoluto que se abría dentro de él. Dos vidas temblaban en esa oscuridad: la del niño noble… y la del jugador que nunca tomó en serio la historia de ese mundo.
Erwin Lenox había ignorado cinemáticas, pantallas de texto, quests y advertencias. Nunca supo mucho de Sofía. En el juego, ella ya estaba muerta… pero nunca supo cómo, ni cuándo, ni por qué. Nunca leyó esa parte. Y ahora, ese vacío lo devoraba desde dentro como un veneno lento.
“¿Esto estaba destinado a pasar… o lo provocaron ellos?”
Cuando abrió los ojos, algo había cambiado.
La voz que emergió de su garganta no pertenecía a un niño. Ni a un duque. Ni siquiera a un jugador confundido.
Era algo más profundo. Más helado. Más definitivo.
Un veredicto.
—…Voy a romperlos a todos.
Emily quedó paralizada. Thunder dejó de llorar electricidad. Umber contuvo incluso su aullido. El mundo entero pareció retraerse un centímetro, consciente del peso de esas palabras.
Lusian habló de nuevo, pero ya no a ellos.
Su voz se alzó hacia el cielo fracturado:
—Los demonios que atacaron… los del culto que abrieron las grietas… y los dioses que provocaron esta masacre… los Heraldos que los invocaron…
Apretó el puño con tanta fuerza que sus uñas se incrustaron en la piel, derramando sangre entre las cenizas.
—Los voy a destruir uno por uno.
Thunder se inclinó ante él. Umber lo imitó. No por miedo ni sumisión, sino porque comprendieron algo que Emily todavía no: un nuevo tipo de líder acababa de nacer.
Uno que no existía en ninguna línea del tiempo, en ningún libro sagrado ni en ninguna profecía.
Lusian levantó la mirada hacia la grieta dimensional, hacia los restos dispersos de la Nube Estelar. Ese cielo brillante y cruel, manipulado por los dioses como un tablero de juego.
El brillo en sus ojos ya no era humano. Ni de este mundo. Era la voluntad de alguien que había visto detrás de la cortina de la realidad… y sospechaba que aún quedaban más hilos, más manos, más secretos.
—Yo, Lusian Douglas de Mondring… —su voz tembló, no de miedo, sino de furia pura— declaro guerra al culto demoníaco…
…y a todo lo que quiera dañar al Ducado.
Declaro guerra a los Heraldos.
Declaro guerra a cualquier dios que pretenda controlarme.
Emily sintió un escalofrío recorrer su columna. Thunder liberó chispas de sus pezuñas sobre la tierra. Umber bajó la cabeza, preparándose para lo que vendría.
No era un juramento. No era una promesa más.
Era una ruptura.
Un corte directo en las leyes invisibles del mundo.
Un desafío que ningún mortal debería pronunciar.
El cielo reaccionó. Las grietas temblaron. El maná se estremeció como si una estructura antigua se viera forzada a cambiar.
—Si este mundo piensa que puede decidir quién vive y quién muere… —dijo Lusian, con el cadáver de su madre aún entre sus brazos— entonces yo decidiré el destino de este mundo.
Una ráfaga de viento estalló desde el centro del campo de batalla, girando en espiral a su alrededor. No era aire. Era fuerza. Era ley. Era destino… fracturándose por primera vez.
El enemigo que nació ese día no existía en ninguna profecía, libro sagrado ni ruta de juego. Era un error. Un glitch del universo. Una brecha que jamás debió abrirse.
Un hombre ajeno al guion, con razones personales para destruir el cielo.
Y el cielo tembló en respuesta.
“Funeral de la Leona del Ducado”
El Ducado entero se había reunido en la plaza central, ahora transformada en un solemne escenario de duelo. El aire estaba cargado de incienso y ceniza, y las banderas ondeaban en silencio, como si incluso el viento guardara respeto. Sobre una tarima elevada y adornada con estandartes negros y dorados, yacía el cuerpo de Sofía Douglas de Mondring, cubierta por un manto bordado con los símbolos del Ducado y del linaje de su familia.
Lusian estaba a su lado, inmóvil, con los ojos rojos y la mandíbula apretada. Durante toda la semana no había dejado de entrenar; se levantaba antes del alba, golpeaba con furia al aire y a los maniquíes de entrenamiento hasta desmayarse. Cada día era un ciclo interminable: entrenaba, caía, se levantaba y volvía a entrenar. Su dolor se había convertido en fuerza, su rabia en disciplina. Emily permanecía cerca, en silencio, sosteniendo su capa y sus manos cubiertas de polvo y sangre, apenas atrevía a mirarlo.
Albert, el capitán de la guardia, se arrodilló frente al féretro, con las lágrimas surcando su rostro curtido. Su voz, rota por la emoción, se elevó entre la multitud:
—Mi señora… —susurró, con la voz temblando—. Juro proteger a Lusian, aunque me cueste la vida.
A unos pasos, la reina Adelaine del reino se inclinó con dignidad, junto a la princesa Elizabeth, que mantenía una mano temblorosa sobre el hombro de Lusian, su amor secreto y su dolor contenido.
Adela se dejó caer de rodillas ante el féretro de su maestra, sollozando suavemente. Su promesa resonó en un susurro apenas audible:
—Prometo… proteger a mi señor Lusian… no la defraudare maestra… aunque me cueste la vida.
Los nobles del Ducado, reunidos en filas impecables, se inclinaron en un gesto de honor y respeto, cada uno ofreciendo su tributo a la mujer que había defendido y guiado sus tierras durante toda su vida. El brillo de sus espadas y medallas reflejaba la luz mortecina del sol, como si el mundo mismo reconociera la magnitud de la pérdida.
El silencio era absoluto, roto únicamente por los cánticos de los sacerdotes y el llanto contenido de los presentes. Cada gesto, cada mirada, cada lágrima parecía medir el vacío que Sofía dejaba tras de sí.
Ese día, mientras los nobles del Ducado y los habitantes rendían homenaje con lágrimas y respeto, los héroes visitantes permanecían allí con una calma distante. Alejandro y Leonardo, por motivos que solo ellos entendían, no compartían la tristeza colectiva; incluso había en ellos un brillo de satisfacción contenida, como si la muerte de Sofía no los afectara en lo más profundo. Solo Kara, entre ellos, sentía el peso de la pérdida: se arrodilló frente al féretro, inclinando la cabeza y ofreciendo sus sinceros pésames, con un nudo en la garganta que la obligaba a contener sus lágrimas.
El cuerpo de Sofía fue finalmente transportado a la tumba ancestral de los Douglas. Los ritos concluyeron, los lamentos se apagaron y, mientras el Ducado regresaba lentamente a la normalidad, Lusian permaneció allí, inmóvil. Dentro de él ardía un juramento de venganza que nadie podía apagar.
Cuando se dispuso a salir del mausoleo, lo vio: Leonardo, el héroe del Rayo, hablaba con Isabella. Pero ella no lo escuchaba; su mirada estaba fija en Lusian, esperándolo como si todo el mundo hubiera desaparecido a su alrededor.
Lusian se acercó. Antes de que pudiera decir palabra, Leonardo alzó la voz, reclamándole con furia:
—¡Duque! ¡Deja libre a Isabella!
No terminó la frase. Con un movimiento tan rápido que parecía borrar el aire, Lusian desenfundó su espada, imbuida con maná puro, y la llevó directa a la garganta de Leonardo.
Si no hubiera sido por un sacerdote del Templo del Dios de la Electricidad, cuya misión era proteger al héroe, la cabeza de Leonardo se habría separado de su cuerpo en un instante. Todo sucedió tan rápido que Leonardo ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar; no entendía lo que había ocurrido.
El sacerdote, con voz tensa y cargada de ira, intervino:
—¡Duque! ¿Qué significa esto?
Lusian lo miró con ojos helados, la voz firme y peligrosa:
—¿Saben siquiera dónde se encuentran?
—¡En el Ducado Douglas! —respondió el sacerdote, temblando entre la indignación y el miedo—.
—¿Y te atreves a gritarme en mi territorio? —replicó Lusian, con cada palabra un filo tan cortante como su espada.
El aire se tensó. Incluso la Nube Estelar parecía contener la respiración. Nadie en ese instante dudaba de que Lusian ya no era el niño que había llorado por su madre. Era un duque, un guerrero… y un enemigo que nadie podría ignorar.
Isabella no apartó la mirada. Sus ojos brillaban, no de miedo, sino de una mezcla de dolor y decisión. No dijo nada. Solo esperó, fija, como un faro silencioso acompañando a su hombre.
Leonardo tragó saliva, incapaz de comprender cómo todo había cambiado en un instante. Su arrogancia heroica, su sonrisa confiada de siempre, se había desvanecido. Frente a él, el duque que había conocido ya no existía. Solo quedaba un hombre cuyo dolor había mutado en ira pura, y que ahora dictaba las reglas del juego.
—¡Duque! —gritó Leonardo, tratando de recuperar autoridad—. No puedes hacer esto… ¡ella es…
Lusian, su voz resonando como un trueno contenido—. Esto es mi territorio. Esto es mi gente. Y ella… —alzó la mirada hacia Isabella, que seguía inmóvil—. Ella es libre de decidir. Nadie me da órdenes aquí.
Leonardo se giró hacia Isabella, su mirada llena de desesperación y arrogancia mezcladas:
—¡Tú decides, Isabella! Ven conmigo. Puedo protegerte… ¡soy el elegido del Dios del Trueno!
Isabella no apartó la mirada de Lusian. Su voz fue firme, silenciosa, pero llena de resolución:
—Yo me quedaré con mi señor.
El corazón de Leonardo se encendió de furia. Sin escuchar advertencias, trató de tomarla por la fuerza.
En un instante, cientos de espadas fueron desenfundadas. Los nobles del Ducado, junto a los guerreros que permanecían a la distancia, se interpusieron en línea como una barrera mortal, formando un muro de acero y maná. Cada hoja brillaba con la determinación de proteger no solo a Lusian, sino también la voluntad de Isabella.
El sacerdote del Templo del Dios de la Electricidad levantó las manos, su aura chispeando, tratando de calmar a Leonardo:
—¡Héroe! ¡Detente! No es el momento para la violencia aquí…
Pero Leonardo estaba cegado por la ira y la sensación de derecho divino. Su mirada recorría las filas de espadas, evaluando, planeando un ataque… hasta que el peso del silencio y la determinación de todos los presentes lo golpeó. Por primera vez, se dio cuenta de que no estaba ante simples mortales: estaba ante un duque que había cruzado límites, acompañado por un ducado que no toleraría la agresión contra su líder ni su voluntad.
Isabella permaneció firme junto a Lusian, uniendo su destino al suyo con una certeza que ningún héroe ni dios podía quebrar.
—No lo entiendes —murmuró Lusian, la espada todavía apuntando a Leonardo—. Aquí se decide quién vive y quién protege a quién. Y tú, héroe del trueno… acabas de pisar mi territorio.
Leonardo tragó saliva. Su orgullo lo empujaba a pelear, pero la atmósfera, cargada de maná, ira y duelo, lo paralizaba. El sacerdote continuó sosteniéndolo, intentando que la chispa de su furia no se convirtiera en una tragedia inmediata.
El tiempo se detuvo por un instante. Todo el Ducado, el cielo fracturado y el mismo viento parecían observar. Lusian, con Isabella a su lado, era ahora el epicentro de un poder que ningún héroe, ni siquiera el elegido del Dios del Trueno, podía desafiar sin consecuencias mortales.
—Escucha bien —dijo Lusian, cada palabra un martillo—. Nadie toca a Isabella mientras yo esté de pie. Y si alguno lo intenta… lo lamentará hasta su último aliento.
El silencio se rompió solo por el latido de la determinación. Isabella no se movió. Leonardo bajó la mirada. Y en ese instante, quedó claro quién tenía la verdadera autoridad, incluso frente a los elegidos de los dioses.
“El Juramento de la Luna”
El crepúsculo caía sobre las murallas del Ducado. El cielo aún conservaba grietas brillantes, reflejando la batalla que había destrozado todo a su alrededor. Lusian caminaba con pasos pesados por los jardines que rodeaban la tumba de su madre. Su mirada estaba fija en la distancia, perdida entre recuerdos y juramentos.
Elizabeth apareció en silencio, avanzando con pasos suaves por el corredor de piedra. Su mirada, acostumbrada a ver a Lusian como un pilar inquebrantable, se quebró apenas al encontrarlo así: encorvado por el luto, con la sombra del cansancio adherida a su piel.
—Lusian… —su voz tembló apenas—. Te he buscado por todo el castillo.
Él levantó la mirada.
Y en ese instante, un nuevo miedo despertó en su pecho.
Elizabeth.
La única que le quedaba.
La única que no podría soportar perder.
Recordó los fragmentos de su otra vida.
Recordó el culto demoníaco.
Recordó la Reina Demonio y el cuerpo perfecto que habían buscado como recipiente.
La idea de verla atrapada… poseída… destruida desde dentro…
Lo hizo temblar.
Y hervir de furia.
—Elizabeth… —su voz salió áspera, rota, cargada de un miedo que no sabía cómo expresar—. No sé qué haría si… si te perdiera.
Ella frunció suavemente el ceño, sin entender su angustia, y tomó su mano con ternura.
—¿Perderme? —susurró—. Lusian, amor… no pasará nada. Todo está bien.
Pero no.
No estaba bien.
Nada lo estaba.
Lusian cerró los ojos, y su respiración se volvió un murmullo contenido. Su madre ya no estaba, arrancada del mundo de la forma más cruel.
¿Y ahora Elizabeth…?
¿También ella?
No.
No otra vez.
No mientras pudiera respirar.
Sus músculos se tensaron, una corriente oscura recorrió su pecho.
La abrazó con fuerza, casi con desesperación.
Mientras su rostro descansaba en el cuello de ella, un juramento ardía dentro de su mente:
Si alguien… alguien intenta tocarte… si te hace daño… los arrasaré.
Cada maldito del culto… cada uno de esos monstruos… no quedará nada.
No permitiré que nadie… nadie te toque, Elizabeth.
Su voz finalmente escapó, temblando no de miedo, sino de pura determinación, afilada como acero recién forjado.
—No dejaré que nada te ocurra.
Elizabeth no entendía toda la intensidad que cargaban esas palabras, pero apoyó su frente contra la suya, confiada, suave, como si quisiera sostenerlo por dentro.
—Lusian… pase lo que pase, estoy contigo. Nadie puede alejarme.
Él la observó.
Y en esos ojos, vio algo que lo anclaba al mundo.
Algo que no podía permitir que le fuera arrebatado.
Fue entonces cuando su corazón selló un juramento tan claro como el filo de su espada:
Protegerla.
O morir destruyendo a quienes se atrevieran a dañarla.
La serenidad de ella calmaba su exterior, pero dentro de él, algo oscuro y vasto seguía creciendo. Un fuego profundo, un odio sin límites hacia quienes lo habían empujado a este abismo… y hacia quienes podrían repetirlo.
—Siempre… volveré a ti —murmuró ella, sonriendo, sin saber cuánto peso tenía ese “siempre”.
Lusian la estrechó contra su pecho, sellando en silencio algo mucho más grande que una promesa.
No permitiría que el culto demoníaco ni los dioses la tocaran.
Nunca.
Y esa decisión quedó grabada en su alma, más fuerte que cualquier miedo.
Más fuerte que cualquier destino.
Más fuerte que la muerte misma.
“Ese día, la luna fue testigo de algo que ningún dios se atrevió a presenciar: el nacimiento del azote de los cultos.”
“Un Año de Sangre”
Un año había pasado desde la muerte de Sofía Douglas de Mondring.
Lusian se obligó a recordar.
Quemó su mente hasta el agotamiento tratando de reconstruir cada guarida, cada escondite y cada punto oculto del culto demoníaco dentro del reino, basándose en los fragmentos incompletos del juego de su vida anterior.
Forzó su memoria hasta que le dolió la cabeza, hasta que cada error potencial le sabía a muerte.
Cuando estuvo seguro, extendió un mapa sobre su escritorio.
Marcó cada ubicación con tinta negra —una mancha por cada futura tumba—
y entonces comenzó su cacería.
Pero el reino no lo notó por el curso del calendario…
Lo notó por el olor a sangre.
Por los templos del culto demoníaco reducidos a cenizas.
Por los gritos ahogados en noches sin luna.
Por los mensajeros temblando al llegar a la capital, murmurando:
“El Duque del Norte… ha vuelto a cazar.”
Porque desde aquella tarde en que juró destruirlos, Lusian nunca se detuvo.
En un año, el nombre “Lusian Douglas” se volvió un susurro temido en los rincones donde la luz no alcanzaba.
Los campesinos decían que viajaba acompañado por un relámpago blanco y un lobo hecho de sombra.
Los soldados aseguraban haberlo visto atravesar bosques enteros persiguiendo a un solo sectario.
Los nobles… no hablaban. No se atrevían.
Pero los cultistas…
Ellos sabían la verdad.
Había caído sobre ellos como una tormenta silenciosa.
Los templos clandestinos y las guaridas ocultas que el culto construyó durante décadas fueron destruidos en cuestión de meses.
Los sacerdotes oscuros que alguna vez actuaron con impunidad ahora huían como ratas.
El primer invierno, Lusian encontró y ejecutó al sumo sacerdote de la rama de Sangre.
En primavera, aniquiló tres núcleos de invocación en los Montes Fractales.
En verano, destruyó caravanas enteras de traficantes de maná corrupto.
En otoño…
En otoño encontraron a un cultista que sobrevivió lo suficiente para hablar.
Solo dijo cuatro palabras antes de morir del miedo:
“Ese niño es un monstruo…”
Entre una cacería y otra, Lusian no descansaba.
Emily lo vio romper más de cien espadas.
Desmayarse sobre tierra helada.
Levantarse con las manos en carne viva.
Continuar entrenando mientras la sangre le goteaba hasta los codos.
Se alimentaba de carne y extractos saturados de maná, en cantidades que ningún humano debía consumir. Cada bocado lo empujaba un paso más cerca del envenenamiento manático, pero él seguía adelante, obligando a su cuerpo a subir de nivel no por crecimiento natural… sino por pura fuerza bruta y voluntad enfermiza.
A veces, Thunder lo cargaba de vuelta al castillo cuando caía inconsciente durante la noche.
Umber dormía a su lado, vigilante.
Elizabeth…
Elizabeth lo acompañaba cada vez que podía, aunque él intentaba que no se acercara a los lugares donde la oscuridad aún respiraba.
Porque el miedo seguía ahí.
Ese miedo que nunca decía en voz alta:
“Si el culto te encuentra… si intentan tomarte… si descubren quién serás en el futuro del juego…”
No lo permitiría.
Ni muerto.
Ni vivo.
Ni en ninguna realidad.
La nieve caía en silencio sobre un bosque al norte del reino.
Un pequeño grupo de cultistas demoníacos corría en la oscuridad, jadeando, desesperados.
Uno tropezó; otro maldijo.
El más joven comenzó a llorar.
—¡No mires atrás! ¡NO MIRES…!
Un relámpago blanco cayó entre ellos.
El cuerpo del líder explotó hacia un lado, carbonizado.
Thunder relinchó con un rugido eléctrico.
Umber surgió entre los árboles, una sombra viva cubierta de colmillos.
Y Lusian descendio del corcel…
Más alto.
Más fuerte.
Más frío.
Su mirada no tenía un atisbo de piedad.
—Ustedes… —apretó la espada, — no tienen derecho a vivir.
Los cultistas gritaron.
Duró segundos.
Solo quedaron cuerpos desmembrados.
“Lo Que Teme el Duque”
En la corte real:
—”Los templos oscuros están cayendo uno tras otro… ¿Quién?”
—”El Duque Douglas, Majestad. El heredero.”
—”…¿Ese niño?”
—”No, Alteza. Ya no es un niño.”
En los monasterios:
—”Orad por él. Solo el cielo sabe cuánta oscuridad carga.”
En los pueblos:
—”Si el Duque pasa por aquí, no lo miren a los ojos. Dicen que está hecho de furia.”
En los informes militares:
“Ha eliminado cuarenta y tres células del culto demoníaco en los últimos doce meses.”
No por el sol.
Ni por la lluvia.
Ni por las estaciones.
Sino por el número de enemigos que desaparecían sin dejar rastro.
Por los rumores del vengador del norte.
Por el miedo que el culto demoníaco sentía cada vez que una sombra se movía en la noche.
La luz tenue de la luna se colaba por la ventana de la habitación del palacio ducal, en Acropolis. Todo estaba en silencio; afuera, la ciudad dormía después de un año teñido de sangre y rumores sobre el “duque caza cultos”.
La habitación aún olía a piel caliente y a deseo consumido.
La luz de las velas oscilaba suavemente, iluminando los pliegues desordenados de las sábanas y el sudor que todavía brillaba sobre la piel de ambos.
Lusian estaba recostado contra el respaldo del gran lecho, respirando hondo, con el cabello oscuro enmarañado.
Emily estaba tumbada a su lado, una pierna sobre la suya, su mejilla apoyada en su pecho, escuchando los latidos irregulares que aún no volvían a la calma.
Sus dedos dibujaban círculos suaves sobre el esternón de él.
No hablaban.
No había necesidad.
Lusian cerró los ojos.
El calor de ella sobre su cuerpo lograba calmarlo.
—Lusian… —dijo al fin, con la voz temblorosa—. Tengo que hablar contigo.
Él no respondió, pero sus dedos se tensaron.
Emily tragó saliva.
Tenía miedo.
No por ella, sino por él.
—Te he estado observando… este año entero —susurró—. Cada día… te consumes un poco más. Cazas cultistas sin descansar, sin dormir, sin darte un solo momento de respiro. Te estás destruyendo, Lusian.
El joven duque no habló.
Sus ojos permanecieron fijos en el techo, como si ahí hubiera un peligro que solo él podía ver.
Emily continuó, más suave:
—No digo que no lo merezcan. Son monstruos. Lo que han hecho… lo que intentan hacer… —sacudió la cabeza, respirando hondo—. Pero tienes que parar, aunque sea por un instante. Si sigues así, algo malo te pasará… y no podré hacer nada.
Lusian cerró los ojos.
Ella no lo entendía.
Nadie lo entendía.
No cazaba cultistas por venganza.
No por odio.
No por justicia.
Lo hacía por miedo.
Un miedo tan profundo que le corroía el alma.
El culto.
La Reina Demonio.
La profecía que solo él conocía.
El destino en el que Elizabeth era sacrificada como recipiente…
Ese pensamiento bastaba para helarle la sangre.
—Emily… —su voz se quebró apenas—. No puedo detenerme. No ahora.
Emily se incorporó un poco, mirándolo directamente.
—¿Por qué? ¿Qué te obliga a ir tan lejos? ¿Qué te estás guardando?
Lusian tardó en responder. Lo suficiente para que ella sintiera un nudo en el estómago.
—Porque si dejo aunque sea uno vivo… —dijo él al fin, con voz baja— podría pasar algo que no puedo permitir.
—¿Algo… como qué?
Él no podía decirlo.
No podía decirle que temía perder a Elizabeth.
No podía confesar que sabía un futuro que nadie más conocía.
No podía explicar que el culto buscaba un solo objetivo…
Y que ese objetivo tenía el nombre de una mujer que amaba.
Así que simplemente murmuró:
—Algo… terrible.
Emily lo observó largo rato. Con miedo, sí… pero también con cariño sincero.
Sus dedos rozaron los de él, con suavidad.
—Lusian… vine a decirte que mañana… parto al Imperio.
Lusian se tensó de inmediato.
—¿Qué?
Emily bajó la mirada.
—Los dioses nos convocaron. Dicen que la situación allá es… crítica. Los monstruos han evolucionado demasiado. Las barreras están colapsando. Puede que el Imperio no sobreviva sin ayuda, tambien le pidieron al reino enviará tropas para apoyar. Y…la princesa Elizabeth la nombraron comandante de la expedición.
El corazón de Lusian latió con una violencia peligrosa.
—¿la princesa Elizabeth? —preguntó él, tratando de que su voz no temblara.
—por solicitud de los templos —dijo Emily—. aunque no se porque la pidieron.
La mirada de Lusian se vació por un segundo.
Los dioses movían a Elizabeth lejos del Ducado.
Fuera de su alcance.
Hacia el caos.
Hacia un lugar donde él no podría protegerla fácilmente.
Emily apretó su mano, confundiendo su silencio con preocupación por ella.
—Sé lo que piensas. Que es peligroso. Que deberías venir. Pero Lusian… necesito que hagas algo.
Lusian la miró, apenas, desde una sombra profunda.
Emily habló con toda su fuerza:
—Prométeme que no te perderás a ti mismo en esta guerra. No quiero que te conviertas en alguien irreconocible.
Él inhaló.
Podía prometer muchas cosas.
Pero no esa.
Si los dioses querían a Elizabeth…
si el culto intentaba tocarla…
él sería capaz de destruir el Imperio entero.
Así que dijo lo único que podía:
—lp prometo… —susurró—
Emily sonrió triste.
—No era la promesa que quería… pero la acepto.
Ella apoyó la cabeza en su pecho.
Sintió sus latidos fuertes.
Dolorosos.
Ardiendo con una determinación que ella no comprendía.
Esa noche, incluso el amor no bastó para apagar los temores de Lusian.
Emily se quedó dormida sobre su pecho, respirando suave, confiada.
Pero él… no podía cerrar los ojos.
El silencio de la habitación se volvió demasiado pesado.
Su propio corazón golpeaba como si intentara escapar de su pecho.
Lusian deslizó con cuidado la mano bajo la de Emily y se levantó sin despertarla.
Necesitaba aire.
Necesitaba pensar.
Necesitaba… verla.
Atravesó los pasillos en penumbra del palacio ducal, guiado solo por un presentimiento insoportable.
No había descanso para él. No esa noche.
La noche cubría toda la ciudad, perfecto para el atraveso el palacio real y cuando llegó a la habitación donde se hospedaba Elizabeth, pensó en marcharse.
Pero entonces escuchó su voz al otro lado de la puerta, suave, preocupada…
como si ella supiera que él estaba allí.
—Lusian… ¿eres tú?
Y todo miedo, toda culpa, todo lo que intentaba ocultar… se derrumbó en un segundo.
Elizabeth estaba sentada al borde de la cama, aún con el cabello en desorden y la piel ligeramente sonrojada por la intimidad que acababan de compartir. El silencio, suave y cálido, se rompía apenas por su respiración lenta.
Lusian permanecía de pie, apoyado contra la ventana abierta. La luna iluminaba su cuerpo como si buscara revelar todas las sombras que llevaba dentro.
Elizabeth lo observó, preocupada.
—Lusian… —susurró—. ¿Otra vez con esa mirada? Parece que tu espíritu no sabe descansar.
Él no respondió de inmediato. La luz plateada marcaba las líneas tensas de sus hombros, el cansancio acumulado… y algo más oscuro, algo que Elizabeth no podía comprender del todo.
Ella se levantó, se acercó por detrás y lo abrazó por la cintura, apoyando la frente entre sus omóplatos.
—Has estado cazando cultistas sin parar… Casi no duermes. Casi no comes. Temo que… que te estés perdiendo a ti mismo.
Lusian cerró los ojos. Su garganta dolió con la verdad que no podía decir: Temo perderte también.
—No me estoy perdiendo —murmuró él—. Solo me estoy preparando.
Elizabeth lo giró para que la mirara. Sus ojos azules tenían esa mezcla dulce de firmeza y preocupación que siempre lo desarmaba.
—¿Preparándote para qué?
Lusian tragó saliva.
Las palabras le quemaban. Le ardía la rabia contenida, el miedo que jamás admitiría.
Recordó la escena del juego… el futuro que solo Erwin Lenox conocía.
El culto demoníaco. La Reina Demonio. Elizabeth como recipiente.
El horror.
La idea de perderla lo asfixiaba.
—Para protegerte —dijo al fin, con voz baja, casi ronca—. De ellos. De todos.
Elizabeth frunció ligeramente el ceño.
—¿Del culto demoniaco…? Lusian, sé que estamos en guerra, pero no puedes cargar el mundo entero sobre tu espalda. Yo estaré bien.
Esa frase le perforó el pecho.
Ella no sabía. No podía saber.
Lusian apretó la mandíbula.
Sus venas ardían como si el maná en su sangre respondiera a su emoción.
—No —dijo él, con una intensidad que la obligó a retroceder medio paso—. No estarás bien. No si te alejas de mí.
Elizabeth abrió los ojos, confundida.
—Lusian… ¿de qué hablas?
Él dio un paso hacia ella y la tomó del rostro con ambas manos, como si temiera que el mundo mismo la apartara de él.
—Irás al Imperio —dijo con una calma demasiado peligrosa—. Los dioses lo han pedido. El reino aceptó. Y tú partirás con las tropas reales.
Elizabeth bajó la mirada.
—Sí… la reina lo decidió hoy. Iremos en una semana.
Lusian la obligó a mirarlo de nuevo.
—Y yo iré contigo.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Qué…? Lusian, no necesitas—
—Sí. Sí lo necesito —la interrumpió, firme pero con la voz quebrándose en el fondo—. No voy a dejarte sola. No voy a permitir que nadie… que nada… te ponga un dedo encima.
Elizabeth sintió que algo se apretaba en su pecho.
Había amor ahí… pero también un fuego oscuro, una protección desesperada que no alcanzaba a entender.
—Lusian… yo… no quiero que vivas retenido por miedo a perderme.
—No es miedo —mintió.
Luego rectificó, bajando la voz—. Ojalá lo fuera. Sería más fácil.
Ella lo abrazó. Lo sintió temblar. Era raro. Lusian no temblaba. Jamás.
—Estaré contigo —repitió él, como un juramento, como una condena para el mundo entero—. Donde vayas, iré. Y si el Imperio está lleno de monstruos, cultistas o dioses que quieran dañarte…
La apretó con fuerza.
—Que recen. Porque no pienso dejar a ninguno vivo.
Elizabeth apoyó su cabeza en su pecho, escuchando su corazón acelerado, sintiendo que el hombre que amaba se estaba moldeando en algo más duro, más cruel… y que aun así la abrazaba con una ternura rota.
Una mezcla peligrosa.
Una que nadie más vería.
—Entonces —susurró ella, levantando la mirada y rozando sus labios— viajemos juntos.
Lusian la besó, no como antes, sino con la urgencia de quien teme perder el único rayo de luz que le queda.
La decisión estaba tomada.
Y ni los dioses podrían detenerlo.
“El Duque que Camina en la Luz”
El amanecer teñía de oro los muros del Palacio Real en Acropolis. Un carruaje real esperaba en la plaza central, engalanado con estandartes del Reino y del Ducado Douglas. En su interior, la princesa Elizabeth, ahora comandante de la expedición hacia el Imperio, se acomodaba con dignidad, consciente de la magnitud de la misión que le esperaba.
Lusian permanecía a su lado, firme, como escolta personal. El joven duque había ofrecido protegerla él mismo, y el rey Felipe, tras un breve instante de sorpresa, aceptó alegremente. Sabía que con Lusian acompañándola, ninguna amenaza podría tocar a la princesa.
Tras ellos, la columna avanzaba ordenada: trescientos guerreros y doscientos magos del Ducado se unían a los tres mil soldados del Reino. Los cuatro héroes—Alejandro, Leonardo, Kara y Emily—marchaban con paso decidido, y detrás, mil templarios y fanáticos enviados por los templos de la luz, el trueno, la tierra y el fuego completaban un ejército de más de cuatro mil hombres y mujeres dispuestos a enfrentar cualquier amenaza.
El carruaje comenzó a moverse lentamente, escoltado por Lusian y sus mejores hombres. Emily no podía apartar la vista de Lusian. Lo veía moverse con firmeza, seguro de cada paso, su porte imponente dominando incluso la vasta columna de tropas. La heroína de la luz había jurado proteger al reino, pero de pronto se encontró recordando la promesa que él le había susurrado la noche anterior: “No dejaré que te pase nada”. Un escalofrío recorrió su espalda al pensar que esa promesa ahora se extendía al Imperio… y que Elizabeth iba con él.
La princesa Elizabeth, sentada en el carruaje, saludaba con calma y seguridad, consciente de su responsabilidad, pero sin saber que el hombre que la escoltaba estaba dispuesto a devorar el mundo entero para mantenerla a salvo. Emily vio la mirada de Lusian posarse sobre Elizabeth, firme, calculadora, protectora. Una chispa de incertidumbre se encendió en su pecho: ¿estaba allí por ella… o por la princesa? No podía preguntar. No ahora. No mientras la columna de soldados avanzaba hacia lo desconocido.
Los cuatro héroes caminaban con él: Alejandro, Leonardo, Kara y Emily misma. Cada uno con su propio silencio, cada uno con su propio temor y convicción. Los templos habían enviado 1,000 miembros entre sacerdotes y guerreros, sumando 4,000 efectivos bajo la misma bandera. El terreno que pisaban ya no era solo del Ducado o del Reino, sino un camino hacia la guerra que determinaría el destino del Imperio.
Emily ajustó su capa, inspirando aire profundo. Su corazón estaba dividido: alivio, por ver a Lusian tan cerca; miedo, por el peligro que se avecinaba; y celos, por la claridad que no podía obtener. Sabía que su deber era acompañar al duque, pero también que había un hombre que amaba en peligro y una princesa que él protegía con una intensidad que la hacía doler.
Lusian, notando su mirada, ladeó ligeramente el rostro hacia ella, apenas un instante. Emily apartó los ojos, fingiendo concentración en la marcha. Él no podía decirle nada, y ella no podía preguntar. El silencio se convirtió en un pacto tácito, una línea invisible entre lo que podía sentir y lo que debía ignorar.
Mientras el carruaje avanzaba, Elizabeth alzó la vista hacia Lusian y luego hacia Emily, sin percibir la tensión. Lusian tensó la mandíbula, concentrando su mente en el objetivo: mantener a la princesa a salvo. A su alrededor, el ejército del Reino y el Ducado se organizaba como una fuerza imparable, pero dentro de él, la guerra más peligrosa aún no se libraba en los campos del Imperio: se libraba en su corazón, dividido entre lealtad, amor y la promesa de no dejar que nada ni nadie tocaran a Elizabeth.
Y así, bajo el sol de la mañana y la vigilancia de miles de ojos, la columna comenzó su largo viaje hacia el Imperio, mientras Emily sentía que su mundo se balanceaba entre la certeza de que Lusian estaba a salvo… y el miedo de que su corazón no pudiera soportar la verdad de lo que él ya había decidido enfrentar.
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