GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 4
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4: Capítulo 4 el valor de una vida 4: Capítulo 4 el valor de una vida “Llegada inesperada” Lusian bajó la espada y dejó que el sudor se secara en su frente.
Dainslein descansaba en su mano, aún vibrando con una energía tenue que parecía reaccionar a su pulso.
Se limpió con una toalla y se volvió hacia el portón del patio, sorprendido al ver a un sirviente correr hacia él con paso apresurado.
—Señor Lusian —jadeó el hombre—, la señorita Emily Carter ha llegado.
Lusian frunció el ceño, entre la sorpresa y una ligera irritación.
¿Emily?
¿Otra vez?
Guardó la espada con cuidado, como si temiera que cualquier descuido rompiera la delicada conexión que ya empezaba a sentir con ella.
Sus músculos todavía vibraban por el entrenamiento, y un nudo se formó en su estómago ante la idea de verla.
Al entrar al salón principal, la encontró conversando con Sofía.
Emily reía con naturalidad, sin la rigidez que Lusian recordaba de su primer encuentro.
Sofía, elegante y serena, parecía disfrutar de la escena, mientras Lusian avanzaba con pasos medidos, tratando de ocultar su desconcierto.
—¿Qué haces aquí?
—preguntó finalmente, con un hilo de incredulidad en la voz.
Sofía lo miró con calma, como quien conoce demasiado bien cada una de las emociones que recorren a su hijo.—Yo la invité —dijo, suavizando la frase—.
Cerca de la mansión está el centro de la ciudad.
Sería un buen día para que ambos den un paseo.
—¿No sería mejor que tú fueras con ella, madre?
—replicó Lusian, intentando mantener un tono firme, aunque su voz traicionaba un leve temblor.
Sofía soltó una pequeña risa, cálida y convincente.—Tengo asuntos que atender, Lusian.
Además, no hay mejor compañía para ti que tu prometida.
La sonrisa de la duquesa era definitiva.
Lusian suspiró, resignado.
Sabía que cualquier intento de escapatoria sería inútil.
Quizá Sofía veía en Emily algo de su propio pasado, o simplemente confiaba en que la joven podía ayudar a Lusian a abrirse un poco al mundo que ahora tenía delante.
De cualquier modo, la decisión ya estaba tomada.
Poco después, ambos salieron al exterior.
Dos caballeros del conde Carter, William y Alejandro, aguardaban junto al carruaje, con el gesto serio y formal.
Sofía no dejó margen a la discusión:—La seguridad de la señorita Carter estará bajo la protección del ducado Douglas.
Los caballeros retrocedieron, respetando la autoridad de la duquesa.
Lusian dirigió una mirada rápida a Emily, que le devolvió una sonrisa ligera, como si entendiera la tensión contenida en cada gesto suyo.
Se acercó al carruaje, ajustándose la chaqueta con una mezcla de nerviosismo y determinación.
Cada paso hacia ella le recordaba que su vida había cambiado.
Ya no podía refugiarse detrás de la comodidad de la rutina.
Cada encuentro, cada palabra, cada mirada, era parte de este nuevo mundo que debía aprender a enfrentar.
—Entonces…
¿lista para el paseo?
—preguntó, intentando que su voz sonara más tranquila de lo que se sentía por dentro.
Emily asintió, y por un instante, Lusian creyó que la ciudad, con sus calles y luces, esperaba también por él.
“Paseo por la ciudad” El trayecto hasta el centro de la capital fue breve.
Las calles empedradas se llenaban de comerciantes y transeúntes; aromas a pan recién horneado flotaban en el aire, mezclándose con el eco de los pregones de los vendedores.
Lusian no podía evitar mirar a su alrededor con curiosidad, como quien descubre un mundo que siempre había existido fuera de la pantalla de un juego.
Cuando el carruaje se detuvo, Lusian bajó primero y le ofreció la mano a Emily.
Al instante, todas las miradas de la plaza se volvieron hacia ellos.
Entre los caballeros, las doncellas y la escolta, parecía más una procesión que una simple pareja dando un paseo.
Emily se veía nerviosa; Lusian, incómodo.—Esto llama demasiado la atención —murmuró él.
Ella sonrió, intentando disimular su incomodidad.—Supongo que todos quieren ver a la nueva pareja comprometida.
Para escapar de las miradas, Lusian decidió entrar en la primera tienda que vio: una tienda de objetos mágicos.
El interior era fascinante.
Estantes de cristal mostraban artefactos que brillaban con tonos de mana: anillos, brazaletes, esferas flotantes y armas delicadamente encantadas.
Era como adentrarse en un laboratorio de fantasía.
Lusian sentía que el corazón le latía con fuerza.
Había jugado mundos así, pero nunca había estado dentro de uno.
Por primera vez comprendía la magnitud de la magia cotidiana: lámparas que se encendían solas, cepillos que limpiaban el polvo al pasar, espejos que ajustaban su reflejo según la hora del día.
La vendedora, una joven de cabello castaño y mirada amable, respondió todas sus preguntas con paciencia, mientras Lusian escuchaba fascinado.
Había un collar que permitía flotar unos metros sobre el suelo, una varita con un hechizo de fuego de nivel seis que solo podía usarse una vez, y un pequeño molinillo de viento que generaba una corriente mágica real.
Incluso vio un arete que amplificaba la voz como un hechizo de resonancia.
La tienda parecía un lugar donde el tiempo no existía.
Pero cuando Lusian quiso sacar dinero, se dio cuenta de que no llevaba nada encima.
Antes de que pudiera reaccionar, una de las doncellas del ducado se adelantó, pagó por los objetos y los guardó discretamente.
Lusian suspiró, sorprendido.
Así debía sentirse un noble: protegido…
y dependiente.
Al salir, Emily lo miró de reojo.—Pareces un niño en una tienda de dulces.
Lusian esbozó una sonrisa leve.—Es la primera vez que veo de cerca cómo este mundo usa la magia.
En mi casa…
no hay muchas cosas así.
—La mansión Douglas no necesita adornos —respondió Emily, con un dejo de timidez que Lusian no pudo dejar de notar.
Continuaron caminando hasta una joyería, cuyos escaparates brillaban con gemas encantadas y anillos de finos grabados mágicos.
Lusian se detuvo, contemplando las piezas con mezcla de curiosidad y desconcierto.
No tenía intención de entrar, pero la doncella del ducado se inclinó con delicadeza.—Joven maestro, sería apropiado que escogiera un obsequio para la señorita Carter —dijo en voz baja—.
Es costumbre ofrecer un presente al visitar un establecimiento de este tipo con una dama.
Lusian parpadeó, desconcertado.—¿Ah…
sí?
La doncella asintió con elegancia.—Sería descortés marcharse con las manos vacías, señor.
Emily lo miró divertida, como disfrutando de su reacción torpe.
Lusian suspiró en silencio.
“Así que también hay reglas para esto…” pensó, entrando en la tienda con resignación.
El interior olía a incienso suave y metal pulido.
Tras el mostrador, un anciano joyero lo recibió con reverencia.
Lusian señaló lo primero que le pareció bonito: un colgante de plata con una piedra azul, del color de los ojos de Emily.
La doncella asintió discretamente, aprobando la elección.
Cuando el joyero envolvió la pieza y se la entregó, Lusian se la ofreció con torpeza.—Supongo que…
es costumbre, ¿no?
Emily lo miró sorprendida y luego sonrió con dulzura.—Sí.
Pero gracias, Lusian.
Es hermoso.
Sostuvo el colgante entre los dedos, y por un instante, la luz de la piedra se reflejó en sus ojos.
Lusian no sabía si era el brillo de la joya o el de la sonrisa de Emily, pero sintió que aquel instante se suspendía, como si el tiempo mismo contuviera la magia de ese momento entre ellos.
Durante el resto del paseo, hablaron poco, pero la tensión entre ellos comenzó a disiparse.
Lusian observaba a Emily con creciente atención.
Tenía una gracia natural para hablar con los demás, incluso con los comerciantes o las doncellas que se acercaban.
Fue entonces cuando comprendió algo que hasta ese momento había pasado por alto: Emily no era solo un personaje dentro del juego que había conocido en sus recuerdos.
Era una persona real, con miedos, con sueños…
y con una mirada que no encajaba con el destino trágico que él recordaba.
Por primera vez, Lusian sintió que su historia podía cambiar.
“Duelo en la plaza” Se dirigían de regreso al carruaje cuando una conmoción cercana interrumpió la tranquilidad del paseo.
Gritos, pasos apresurados y el sonido metálico de una espada desenvainada llenaron el aire.
Ambos se giraron al instante.
En la plaza contigua, una pequeña multitud se había reunido alrededor de un grupo de hombres vestidos con ropas elegantes.
En el centro, un joven con ropas sencillas protegía con el cuerpo a una muchacha que se aferraba a su espalda.
Frente a ellos, un noble de rostro altivo sostenía su espada con gesto amenazante.
—¡Has manchado mi honor, plebeyo!
—gritaba el noble—.
¡Te desafío a un duelo a muerte!
Emily frunció el ceño.—Otra disputa absurda…
Lusian observó con interés.
Aquello era nuevo para él.—¿Un duelo?
¿Acaso pueden hacerlo en plena calle?
—preguntó en voz baja a uno de los caballeros del ducado.
El hombre negó con la cabeza.—No, joven maestro.
Los duelos públicos están prohibidos.
Solo pueden realizarse en el coliseo menor, bajo la supervisión de un funcionario real.
—¿Coliseo menor?
—repitió Lusian, intrigado.
—Así es —explicó el caballero—.
Los nobles tienen derecho a defender su honor, pero el reino impone reglas para evitar muertes innecesarias.
Todo debe hacerse bajo juramento y registro.
Lusian asintió lentamente.
Aquello decía mucho del reino: incluso la violencia tenía un protocolo.
En ese momento, uno de los curiosos murmuró el nombre del noble.—Es el barón Joel Denisse Mofet.
Lusian lo observó con más detenimiento.
Su porte era arrogante, de esos hombres acostumbrados a que nadie les contradiga.
En contraste, el joven desafiado parecía corriente: cabello castaño, ojos oscuros y manos endurecidas por el trabajo.
No debía tener más de veintiún años.
Detrás de él, la muchacha a la que protegía temblaba, pero sus ojos mostraban una mezcla de miedo y determinación.
Lusian entrecerró los ojos.
“Un noble abusando de su título para humillar a alguien más…
Qué típico.” La multitud avanzaba entre gritos y murmullos, guiada por la curiosidad y el morbo.
Lusian y Emily se dejaron llevar hasta el coliseo menor, un edificio circular de piedra con un aire más antiguo que majestuoso.
El sonido del gentío rebotaba en las paredes, creando una mezcla de expectativa y tensión que hizo que Lusian frunciera el ceño.
No era miedo lo que sentía, sino algo más incómodo: la sensación de estar presenciando algo que no debería existir en un reino civilizado.
Al entrar, Lusian notó que el coliseo era mucho más pequeño de lo que había imaginado, pero no menos imponente.
Las gradas estaban casi llenas, y en el centro, el polvo del suelo se alzaba con cada paso de los duelistas que se preparaban.
A un lado, el barón Joel Denisse Mofet conversaba con un hombre de porte firme, vestido con la armadura de la guardia real: era el caballero Alan Baldwin, el funcionario encargado de supervisar el duelo.
Lusian sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
Allí no se trataba de un simple espectáculo; se trataba de honor, reglas y, potencialmente, sangre.
Y él estaba justo en medio, observando cada detalle, aprendiendo con los ojos abiertos.
—Por decreto real —anunció Baldwin con voz fuerte y clara—, los duelos están permitidos solo si se cumplen las condiciones establecidas por la Corona.
El murmullo del público se apagó de inmediato.
Todos los ojos se centraron en el caballero, atentos a cada palabra.
Alan Baldwin avanzó hacia el centro del coliseo y levantó un artefacto mágico que brillaba con una tenue luz azul.
—De acuerdo con el decreto real, antes de cada duelo se debe verificar la categoría de los participantes —explicó mientras el dispositivo comenzaba a emitir un zumbido bajo y constante, midiendo el flujo de mana de los contendientes.
Lusian observaba con atención.
Aquello le recordaba a las largas noches de estudio en la biblioteca del ducado, revisando textos que hablaban de la regulación del poder mágico en el reino.
En ese sistema, la fuerza de una persona se medía por su afinidad y control del mana, dividida en siete rangos: Los Iniciados, del nivel uno al diecinueve, apenas podían percibir el flujo de mana; simples aprendices o novatos.
Los Adeptos, del nivel veinte al treinta y nueve, eran guerreros y magos con entrenamiento formal, capaces de canalizar hechizos básicos o reforzar su cuerpo con aura.
Del nivel cuarenta al cincuenta y nueve estaban los Legionarios, combatientes experimentados cuyo control del mana les permitía luchar sin agotarse.
Por encima de ellos se hallaban los Lords, del sesenta al sesenta y nueve, individuos con dominio completo de su energía interna, líderes de escuadras o protectores de feudos.
Del setenta al setenta y nueve, los Magisters, seres capaces de alterar el flujo del mana a su alrededor solo con su presencia.
Los Champions, del ochenta al ochenta y nueve, héroes reconocidos y figuras legendarias.
Y en la cúspide, del noventa al cien, los Omicron, cuya existencia se decía trascendía los límites humanos.
El dispositivo terminó su lectura con un pitido breve, y Alan Baldwin anunció con voz solemne: —Edmon: nivel treinta y uno, rango Adepto.—Darren Acre: nivel treinta y ocho, rango Adepto.
Lusian asintió para sí mismo.
Ambos estaban dentro del mismo rango, por lo que el duelo era legítimo según la ley.
Aun así, no pudo evitar una sensación extraña.
Sabía que, comparado con ellos, su propio nivel era superior.
El entrenamiento con Albert lo había llevado más allá del rango Adepto.
Observó a los combatientes con ojos calculadores.
Cada gesto, cada tensión en los músculos, cada respiración contenida…
todo le hablaba de la diferencia entre conocimiento y experiencia, entre la teoría y la práctica de la magia y la espada.
Emily, a su lado, parecía contener la respiración.
Lusian percibió su inquietud, y por un instante deseó poder protegerla no solo de las miradas curiosas, sino de la violencia que estaba a punto de desatarse en aquel polvo del coliseo.
El combate comenzó con movimientos medidos.
Ambos contendientes se estudiaban con cautela, intercambiando cortes y estocadas controladas, sin mostrar aperturas.
Las espadas chocaban una y otra vez, resonando como campanas metálicas en el aire cargado de mana.
Cada golpe parecía una prueba, una búsqueda de debilidad en el oponente.
Darren fue el primero en romper el equilibrio.
Con un gesto rápido, canalizó mana en su espada y murmuró un conjuro.
Cinco lanzas de agua surgieron frente a él y se dispararon hacia Edmon.
El joven reaccionó al instante: su espada, envuelta en llamas, trazó arcos brillantes que evaporaron una a una las lanzas en medio de un estallido de vapor.
Pero al desviar la última, su defensa se abrió.
Había levantado demasiado el brazo al bloquear, dejando descubierto su costado izquierdo.
Darren lo notó de inmediato y se impulsó hacia adelante, la espada cortando el aire en un arco directo hacia la brecha.
La multitud contuvo el aliento.
Parecía una muerte segura.
Entonces, una esfera de fuego cruzó el espacio entre ambos, obligando a Darren a retroceder de inmediato.
Edmon había preparado el hechizo de antemano, como trampa para un contraataque.
El público rugió ante el cambio repentino.
Darren logró bloquear el hechizo con una barrera de agua, pero el impacto lo desestabilizó.
Edmon aprovechó el instante para descender con fuerza, aunque el golpe fue detenido por la hoja del oponente.
Ambos retrocedieron jadeando, envueltos en vapor y sudor, como si el aire mismo se hubiera vuelto denso.
Desde las gradas, Lusian los observaba con atención.
Aunque para el público el combate parecía intenso, para él los movimientos de ambos eran lentos, predecibles.
“Sus golpes carecen de peso”, pensó, consciente de que su entrenamiento con Albert lo había llevado mucho más allá del nivel de estos Adeptos.
Pasaron quince minutos de tenso intercambio.
Cada hechizo, cada estocada drenaba el mana de los combatientes.
Finalmente, Darren comenzó a tambalearse; su flujo mágico se desvanecía, su aura de agua apenas chispeaba alrededor de la espada.
Edmon, aún en pie, avanzó con determinación.
Su hoja, envuelta en fuego, trazó un arco descendente.
Darren intentó bloquear, pero sus fuerzas lo traicionaron.
El filo ardiente atravesó su defensa y luego su pecho, dejando tras de sí un rastro de vapor…
y silencio.
Por unos segundos, nadie en el coliseo se movió.
Luego, el caballero Alan levantó la mano y declaró el resultado con solemnidad: —¡El vencedor, Edmon de clase Adepto, nivel treinta y uno!
La multitud estalló en vítores, aplaudiendo y celebrando.
Lusian, sin embargo, no se sintió bien.
Ver cómo la vida abandonaba el cuerpo de Darren fue algo que jamás había experimentado.
El sonido del metal cayendo al suelo, la sangre oscura mezclándose con el polvo, y el silencio pesado que siguió lo golpearon con fuerza inesperada.
Tuvo que apartar la mirada y contener las náuseas.
A diferencia de los demás, que vitoreaban o murmuraban con emoción, Lusian sintió un profundo malestar.
Esa diferencia cultural lo desconcertó: para la gente de este mundo, la muerte parecía un espectáculo; para él, era algo demasiado real, demasiado humano.
Emily, a su lado, tomó su brazo con un gesto casi imperceptible, percibiendo su incomodidad.
Lusian respiró hondo y trató de recomponerse, consciente de que aquel duelo no era un juego.
El barón Joel Denisse Mofet, que hasta hace unos minutos irradiaba confianza, se había puesto pálido al ver el resultado.
El caballero Alan Baldwin se acercó al cuerpo y, tras una rápida revisión, asintió con gravedad: —El duelo ha terminado.
Darren Acre ha muerto.
El vencedor: Edmon de clase Adepto, nivel treinta y uno.
Un murmullo recorrió las gradas.
Edmon, jadeando y cubierto de sudor, alzó su espada aún envuelta en un tenue resplandor carmesí y, con voz temblorosa, dijo: —Barón Joel…
no quiero que te vuelvas a acercar a mi prometida.
El barón apretó los dientes.
Su expresión, mezcla de rabia y humillación, se torció hasta volverse grotesca.
—¿Cómo te atreves, maldito?
—rugió—.
¿Sabes quién soy?
¿Tienes idea de con quién estás hablando?
Las risas contenidas y los murmullos del público se esparcieron como un incendio.
Lusian captó pronto el rumor: el barón Joel había intentado tomar a la prometida de Edmon como concubina.
Y, al negarse el joven, el barón buscó una excusa para eliminarlo legalmente a través del duelo.
Prácticas de este tipo eran comunes entre los nobles cuando se encaprichaban con una mujer.
Aún furioso, el barón sacó un pergamino sellado con cera dorada y lo desplegó frente al público.
—Aquí está el contrato —declaró con sonrisa venenosa—.
El padre de Samantha, la prometida de Edmon, me debe mil monedas de oro.
El plazo ha vencido.
Según las leyes del reino, puedo reclamar a la hija como pago.
Y, si deseo convertirla en mi esclava, tengo todo el derecho de hacerlo.
El silencio cayó sobre el coliseo como un velo pesado.
Incluso los murmullos se extinguieron.
—Sin embargo —añadió con fingida generosidad—, soy un hombre justo.
Le daré una oportunidad.
Si Edmon gana otro duelo, esta vez contra mi siguiente caballero, la deuda quedará saldada.
Si pierde…
la chica será mía.
Los ojos de Edmon se abrieron con desesperación.
Estaba exhausto, su cuerpo temblaba, su mana se había agotado casi por completo.
Otro combate significaría su muerte.
Morir a los veintiún años o abandonar a su prometida: esa era su elección.
La tensión era insoportable.
Entonces, una voz femenina rompió el silencio con fuerza inesperada: —¡Qué despreciable!
Todos giraron hacia las gradas.
Era Emily, de pie, el rostro encendido de indignación.
Su voz resonó con tal claridad que incluso el caballero Alan levantó la vista, sorprendido.
El barón Joel la observó, primero irritado, y luego, al notar su belleza, su mirada se tornó lasciva.
—Señorita —dijo con tono provocador—, ¿acaso me está insultando?
Si es así, preséntese ahora mismo.
Tendrá que hacerse responsable por su falta de respeto.
No llegó a decir más.
Charles Grell, jefe de la escolta Douglas, se puso de pie y su voz retumbó en el coliseo: —¡Caballeros, protejan a la señorita Emily!
Veinte espadas se desenvainaron al unísono.
El eco del acero resonó mientras los hombres de los Douglas descendían por las gradas, formando una línea impenetrable alrededor de Lusian y Emily.
El barón Joel quedó helado.
Reconoció el emblema en los escudos: dos lobos, símbolo del Ducado Douglas.
Su rostro perdió todo color.
Y entonces lo vio: al lado de Emily, sentado con serenidad gélida, estaba Lusian.
Aquella mirada era inconfundible.
Solo existía un castigo para quienes ofendían a un Douglas: la muerte.
Lusian se levantó lentamente, todavía aturdido por lo que acababa de presenciar.
La sangre, el olor metálico en el aire, el silencio tenso del coliseo pesaban en su estómago.
Había visto la muerte por primera vez, y aun así su mente no descansaba.
Si logro encender un conflicto entre la familia Denisse y los Douglas, pensó, podría debilitar la estructura del imperio.
Un golpe en su fuente principal de influencia y mano de obra.
El barón Joel seguía pálido, incapaz de articular palabra.
Lusian lo observó con calma y una sonrisa casi imperceptible se dibujó en su rostro; en los ojos del barón, aquella sonrisa era la misma expresión de la muerte.
—Yo me haré responsable de cualquier falta de respeto que mi prometida haya cometido —dijo Lusian, voz serena, cada palabra medida—.
Si desea un duelo…
o algo más, estoy de acuerdo.
El silencio fue absoluto.
El barón Joel, comprendiendo la gravedad de lo que implicaban esas palabras, cayó de rodillas.
—¡Piedad!
—rogó, temblando—.
No era mi intención ofenderlos…
por favor, joven maestro Douglas, muéstrenos clemencia…
Emily, que hasta ese momento había contenido la respiración, dio un paso adelante y susurró a Lusian: —Lusian…
por favor, pídele una disculpa formal.
Y que entregue el pergamino de la deuda.
Eso será suficiente.
Sus ojos reflejaban compasión genuina.
No solo por Edmon y Samantha, sino también por el propio barón, que se arrastraba como un animal asustado.
Lusian la miró en silencio durante unos segundos.
Parte de él quería rechazar la petición, dejar que el barón pagara con sangre su arrogancia.
Pero la sinceridad de Emily desarmaba incluso su voluntad más fría.
—Muy bien —respondió al fin—.
Que sea así.
El barón Joel se apresuró a entregar el pergamino, temblando, e inclinó la cabeza hasta rozar el suelo.
Emily tomó el documento y lo extendió hacia Samantha, que aún lloraba sobre el cuerpo de Edmon.
—Toma —dijo con suavidad—.
Tu deuda está saldada.
La joven la miró con lágrimas en los ojos.
—Gracias…
muchas gracias, mi señora.
Con un solo gesto, Emily había salvado dos vidas.
Lusian lo notó.
El poder no reside solo en la fuerza, pensó.
También en la misericordia.
Y ambas pueden destruir o salvar, según quién las ejerza.
“Consecuencias en la mansión” Mientras regresaban al carruaje, el bullicio del coliseo se desvanecía detrás de ellos.
Lusian caminaba con las manos en los bolsillos, la mirada perdida, sumido en un torbellino de pensamientos.
—¿Por qué tanto alboroto?
—murmuró de pronto—.
Si el barón la deseaba tanto, pudo simplemente secuestrarla y violarla.
Emily se detuvo en seco, escandalizada.—¿Qué…
qué estás diciendo?
Lusian giró hacia ella, inexpresivo.—Nada.
Solo me preguntaba por qué hacer tanto espectáculo por algo que podría haberse hecho en secreto.
Emily bajó la mirada, ruborizada y visiblemente incómoda.
No sabía si Lusian hablaba en serio o si era solo una reflexión amarga sobre el mundo que lo rodeaba.
Una de las doncellas del ducado, que caminaba detrás de ellos, se inclinó ligeramente y le susurró al oído:—Mi señor…
eso no sería posible.
Si un hombre yace con una mujer que ha hecho juramento de fidelidad, el dios SANGUS lo castiga.
Dicen que…
su virilidad se pudre y se desprende por la maldición divina.
Tanto el hombre como la mujer mueren poco después.
Lusian se quedó en silencio unos segundos.
Un castigo cruel, pensó.
Aunque, viniendo de un dios, parecía un método eficaz de control.
El carruaje ya los esperaba frente al coliseo cuando él volvió a hablar.—Aun así —dijo con tono reflexivo—, ese barón no se quedará quieto.
Podría intentar mandar a matar al muchacho.
Charles Grell, jefe de escolta, caminaba a su lado y respondió con firmeza:—Lo dudo, joven maestro.
Estamos en la capital, bajo la ley del rey.
Ningún noble se atrevería a violar las reglas reales mientras esté dentro de la ciudad.
Fuera de sus tierras, su poder es limitado.
Lusian asintió despacio, observando la avenida principal por la ventanilla.
El sonido de los cascos del carruaje se mezclaba con el murmullo distante de la multitud.
—Entonces —susurró—, solo resta esperar quién comete el primer error.
Emily lo miró de reojo, sin comprender del todo el significado de sus palabras.
Pero en los ojos de Lusian se gestaba una idea más profunda…
la semilla de un plan que, en el futuro, haría temblar a los nobles del imperio.
Al llegar a la mansión, Lusian y Emily fueron recibidos por Sofía, quien los esperaba en el vestíbulo principal.
Su expresión, al principio serena, se tornó inquisitiva al notar el semblante de ambos.
—¿Cómo les fue en su paseo?
—preguntó, cruzando las manos con elegancia.
Emily intercambió una mirada con Lusian antes de responder.
Relató brevemente lo ocurrido en el coliseo, cuidando sus palabras para no alarmarla demasiado.
Pero cuando mencionó el comportamiento del barón Joel, los ojos de Sofía se endurecieron.
El honor y la reputación de los Douglas eran más que palabras para ella; eran los pilares que sostenían el equilibrio del ducado.
Que un noble menor osara insultar a su familia era intolerable.
—Charles —dijo con voz firme—, confirma lo sucedido.
El jefe de escolta se inclinó respetuosamente y relató los hechos sin omitir detalles.
Sofía guardó silencio, procesando la información.
Lusian, mientras tanto, observaba cada gesto, intrigado por el rumbo de los acontecimientos.
Si la familia Denisse caía, pensó, muchas piezas del tablero se moverían solas.
Antes de que Sofía pudiera dar una orden, un sirviente anunció la llegada del conde Tomas Denisse.
El hombre, de porte maduro y rostro cansado, entró al salón con paso contenido.
Se inclinó profundamente ante Sofía.—Mi señora —dijo con voz grave—, he venido a ofrecer mis más sinceras disculpas.
Tan pronto supe del inaceptable comportamiento del barón Joel, no podía permanecer de brazos cruzados.
Sofía lo observó con calma glacial.—Agradezco su diligencia, conde Denisse.
Este tipo de situaciones suelen resolverse de forma…
más severa.
Espero que haya comprendido la gravedad del asunto.
Un hilo de sudor descendió por la frente del conde, que asintió rápidamente.—Por supuesto, duquesa.
Me aseguré de que no quedaran cabos sueltos.
Hizo una señal a un sirviente, que se adelantó llevando una canasta cubierta con un paño.
Charles la tomó con cautela y, al retirar la tela, el aire del salón pareció detenerse.
Dentro reposaba una cabeza humana, aún fresca, con la expresión congelada del terror final.
Lusian y Emily retrocedieron instintivamente.
No había duda alguna: era el barón Joel.
El conde habló con voz quebrada por la tensión:—El barón fue ejecutado en la plaza, ante testigos.
Todos vieron su final.
Así no quedará duda de que los Denisse reconocen su falta y asumen las consecuencias.
Un silencio pesado se apoderó de la sala.
La decisión del conde, aunque cruel, evitaba un conflicto directo con los Douglas.
Sofía asintió lentamente, satisfecha.
—Así sea.
El honor ha sido restablecido.
Pero aun así —agregó, girando la mirada hacia Emily—, deseo que se ofrezca una compensación a mi futura nuera.
El conde no dudó.—Por supuesto, duquesa.
Se hará de inmediato.
Tras despedirse con una reverencia profunda, el conde se retiró, dejando tras de sí un silencio incómodo que tardó en disiparse.
Emily, pálida, apenas podía pronunciar palabra.
Lusian la acompañó hasta el jardín, donde el aire fresco contrastaba con el peso de lo ocurrido.
—¿Cómo te sientes?
—preguntó él, con voz baja.
—No lo sé…
—respondió ella, temblorosa—.
Todo pasó tan rápido.
Nunca había visto algo así.
Lusian asintió, mirándola con mezcla de comprensión y tristeza.—No es tu culpa.
Hiciste lo correcto al ayudar a esa pareja.
A veces, en este mundo, incluso los buenos actos tienen consecuencias violentas.
Emily lo miró, conmovida.—Trataré de actuar con más naturalidad, Lusian.
No quiero causarte problemas.
—No me causas problemas —replicó él, con una leve sonrisa—.
Solo me recuerdas que todavía hay personas que valen la pena.
Cuando ella se retiró, Lusian subió a su habitación.
Allí lo esperaba el lobo negro de Sofía, que levantó la cabeza apenas lo vio entrar.
Lusian se dejó caer junto a él y, por un instante, todo el peso del día se disolvió en el silencio.
Acarició el pelaje del animal mientras sus pensamientos recorrían lo ocurrido.
La imagen de la cabeza del barón seguía flotando en su mente.
¿Por qué la vida vale tan poco aquí?¿Por qué los poderosos deciden quién vive y quién muere con tanta facilidad?
Se sintió impotente…
y furioso.
Porque, por más que odiara la crueldad de este mundo, sabía que, si quería sobrevivir en él, tarde o temprano tendría que convertirse en algo parecido.
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