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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 40

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Capítulo 40: Capítulo 40 La Ciudad en Ruinas

“La Ciudad Devastada y el Avance de Carpathia”

El sol apenas asomaba sobre las murallas derruidas cuando la comitiva del Reino de Carpathia emergió en el horizonte. Las casas, antes erguidas con disciplina, yacían ahora retorcidas como carcazas vacías. Era como si la tierra hubiera decidido expulsar a sus habitantes; como si el propio Imperio estuviera siendo reescrito por fuerzas que ningún dios quiso admitir.

Entre el humo y los gritos dispersos de los pocos supervivientes, Lusian Douglas de Mondring cabalgaba junto a la princesa Elizabeth. Su figura, envuelta en una quietud casi antinatural, contrastaba con la luz iridiscente que filtraba el maná saturado sobre ellos. Cada paso de su corcel parecía alterar la sombra, como si esta se aferrara al suelo para mantenerlo unido a la realidad.

A su alrededor, 7.500 personas avanzaban sobre adoquines fracturados.

4.500 soldados, perfectamente alineados, marchaban con la precisión implacable que distingue al ejército de Carpathia.

3.000 civiles, entre sacerdotes, antiguos aventureros y voluntarios que siguieron a Lusian y Elizabeth por fe o desesperación, avanzaban a un ritmo desigual. Algunos corrían para ayudar; otros, ralentizados por el miedo, apenas podían seguir la cadencia de los tambores de marcha. La tensión entre disciplina y coraje improvisado se respiraba en el aire: cada paso en esas calles rotas podía desencadenar una estampida o un segundo derrumbe.

—Mantén la calma —susurró Lusian sin apartar la vista del frente.

Una hebra de sombra se deslizó desde su montura, extendiéndose bajo los cascos de los caballos cercanos y disipando pequeños estallidos de maná caótico.

—Nadie toca a la princesa.

Elizabeth asintió con discreción. Aunque su porte era imperturbable, sus manos temblaron al ver cómo un árbol, corroído por energía distorsionada, se contorsionaba sobre sí mismo como si tratara de respirar. Los sacerdotes iniciaron la evacuación de los supervivientes. Thunder, el corcel del rayo, y Umber, la sombra viviente de ojos carmesí, vigilaban los flancos como heraldos de una magia antigua.

Los guerreros y sacerdotes combatían a criaturas de nivel medio que emergían entre los restos, mientras Lusian permanecía a un paso detrás de la princesa, trazando con precisión quirúrgica barreras oscuras para desviar ataques que atravesaban las líneas defensivas. No intervenía para derrotar a las bestias: intervenía solo para impedir que alguna alcanzara a Elizabeth.

Emily, apenas unos pasos detrás, lo observaba con una mezcla de frustración y admiración. Cada monstruo caía por mano de los héroes del reino, no por la suya. Él jamás levantaba la espada. Y sin embargo, cada decisión suya inclinaba el rumbo de la batalla.

Sus miradas se cruzaron apenas un instante. La tensión romántica, aguda como una cuchilla, quedó suspendida entre ambos. Lusian apartó la vista antes que ella. Su silencio tuvo más peso que cualquier respuesta.

Los gritos de los supervivientes, mezclados con los rugidos de las criaturas, se convirtieron en una sinfonía macabra que acompañaba el avance de la comitiva. Lusian percibió algo en el aire: el maná saturado no solo estaba corrompiendo la naturaleza, sino que también despertaba un miedo ancestral en los humanos. Cada golpe de espada, cada hechizo de los sacerdotes aumentaba la fe condensada en los dioses, sin que ellos aún comprendieran el plan detrás de la catástrofe.

—Este lugar… —murmuró Elizabeth, mirando a los escombros—. Tantas vidas…

—Nos ocuparemos de ellos —respondió Lusian con voz firme, y un instante de calidez atravesó su mirada antes de desvanecerse en la sombra que siempre lo rodeaba.

El viaje continuó, y mientras la comitiva se alejaba de la ciudad, las ruinas quedaron atrás, pero el eco de la devastación los acompañaba. En el horizonte, la capital del Imperio se perfilaba, distante pero amenazante, un núcleo donde el verdadero horror —y los héroes del Imperio— los esperaban.

Cuando la columna atravesó el antiguo mercado, el suelo vibró bajo un rugido abrasador.

Una quimera de nivel 65 emergió entre las ruinas. Tres cabezas —lobo, dragón y serpiente— expulsaban fragmentos de maná puro que deformaban la piedra a su paso. Cada respiración alteraba el aire; cada zancada, el equilibrio de los soldados.

Los ex-aventureros corrieron hacia la quimera con armas rudimentarias, movidos más por el instinto que por estrategia. Los soldados profesionales reaccionaron al instante: formaron línea, bloqueándoles el paso para evitar que los civiles se sacrificaran inútilmente. Aun así, algunos consiguieron lanzar ataques descoordinados contra el monstruo, creando más caos que daño real. Pero…

La quimera no tardó en recobrarse de la onda de sombra de Lusian, y su mirada se fijó en los héroes, que habían salido al frente sin coordinación alguna. Emily, con su magia de luz, lanzó un rayo cegador directo a una de las cabezas —la dracónica— mientras Alejandro envolvía la cola serpentina en llamas. Leonardo y Kara se dispersaron a ambos flancos, buscando ataques espectaculares que atrajeran la atención de la criatura, pero sin sincronizar entre ellos.

El problema fue inmediato: los cuatro héroes se movían sin sincronía. Emily cegaba parcialmente a los civiles que intentaban cubrirse, Alejandro bloqueaba la visión de los soldados con columnas de fuego, y Leonardo casi chocaba con un sacerdote al lanzar descargas eléctricas sin control. Kara, confiada en su fuerza bruta, intentó derribar la quimera de frente, ignorando que los civiles todavía estaban reorganizándose detrás de la línea.

—¡Retrocedan, héroes! —gritó Lusian con voz firme, mientras mantenía la mano sobre Elizabeth, creando una barrera oscura que absorbía parte del daño. La sombra se extendió como una tela que ralentizó la bestia, pero también formó un cordón protector alrededor de los civiles, evitando que los ataques desordenados los alcanzaran.

Thunder descargó otra ráfaga eléctrica, esta vez dirigida con precisión milimétrica a las patas traseras de la quimera, impidiendo que embistiera de nuevo al grupo, mientras Umber y Larriet coordinaban ataques rápidos en puntos vitales.

Los soldados disciplinados formaron un semicírculo defensivo, utilizando escudos y lanzas encantadas, mientras los sacerdotes lanzaban barreras de maná sincronizadas, creando una red de protección y control del espacio que los héroes, por mucho poder, no podían imitar.

—¡Emily, concentra el rayo en la cola, no en los civiles! —ordenó Lusian, y por primera vez ella obedeció, ajustando su magia con cautela. Alejandro, frustrado, rugió, pero se vio forzado a esperar la apertura que Lusian había creado estratégicamente. Kara, finalmente comprendiendo la táctica, empujó al monstruo hacia un flanco debilitado por los ataques combinados de Thunder y Umber.

En cuestión de minutos, la quimera estaba acorralada: no había heridos graves entre los civiles, los soldados mantenían la línea, y los héroes comenzaban a entender que su poder bruto no reemplazaba la coordinación. La criatura, finalmente, lanzó un último rugido y huyó hacia el puerto destruido, dejando un silencio tenso en el aire.

Elizabeth soltó un suspiro mientras Lusian la sujetaba con firmeza:

—Sin tu estrategia, todos habrían caído. —su voz era un susurro que mezclaba orgullo y advertencia.

Los héroes miraban a Lusian con una mezcla de respeto y frustración: habían aprendido por primera vez que el poder sin disciplina puede ser tan peligroso como un monstruo fuera de control. Lusian no había levantado un arma más que para proteger a la princesa, y aun así había ganado la batalla gracias a la estrategia y la sincronización de sus tropas.

“La Noche que Encendió el Conflicto”

Lusian ordenó levantar un campamento antes de que cayera la noche.

Los soldados profesionales instalaron el perímetro con disciplina, mientras los civiles improvisaban tiendas y fogatas bajo la supervisión de los capitanes.

Cuando la oscuridad envolvió el campamento, Lusian estaba a punto de salir de su carpa para supervisar el cambio de guardia… cuando Emily irrumpió sin anunciarse.

El encuentro fue breve en palabras, pero cargado de emociones contenidas y no resueltas.

Emily lo miró con una mezcla de desafío y necesidad; él, con la tensión de quien sabe que cada gesto será malinterpretado. Avanzó un paso, reduciendo la distancia entre ellos, y el aire dentro de la carpa se volvió denso, casi eléctrico.

Lo que ocurrió después no pasó desapercibido. Cada suspiro, cada murmullo, se filtraba a través de la lona, un mensaje silencioso que era imposible ignorar. No fue casualidad, no fue pasión al azar: fue advertencia, declaración… provocación.

Emily se aseguró de que su voz, suspiros y murmullos incluidos, se escucharan más allá de la lona.

No fue casualidad.

No fue pasión.

Fue mensaje.

La princesa Elizabeth, cuya tienda no estaba muy lejos, detuvo su lectura cuando oyó el eco de aquellos sonidos. No dijo nada. No se movió. Solo cerró el libro con calma… y respiró hondo. “¿Así suena cuando una mujer reclama territorio? No debería doler… pero dolió.”

Alejandro, desde su propio sector del campamento, vio perfectamente cuando Emily entró en la tienda de Lusian. Permaneció despierto hasta tarde, esperando verla salir. Pero no lo hizo.

Cuando el sol despuntó, Emily finalmente abandonó la carpa de Lusian, caminando con una expresión satisfecha y calculada.

Alejandro apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

El conflicto, antes silencioso, acababa de convertirse en una guerra abierta.

“Marcha hacia el este — Día 2”

La columna avanzaba lentamente por el antiguo camino imperial.

El contingente ya no era solo una caravana militar: civiles, mujeres, ancianos, niños y ex–aventureros se habían unido al grupo después de presenciar la devastación de la última ciudad.

Nadie fue rechazado.

Lusian se aseguró de ello.

Los soldados disciplinados los rodeaban en formación protectora, mientras los sacerdotes caminaban entre los civiles, ofreciendo agua, maná y breves oraciones.

Entre la multitud, los murmullos eran inevitables, ecos de miedo, curiosidad y admiración.

Lusian cabalgaba a la derecha de Elizabeth.

Ella no había pronunciado una sola palabra desde que partieron al amanecer.

Su postura era impecable, orgullosa… pero sus manos apretaban las riendas con tal fuerza que los nudillos se le blanqueaban. Cuando finalmente habló, su voz era gélida, cortante como hielo.

—¿Te divertiste anoche, Lusian?

La pregunta cayó como un puñal suave pero preciso.

Lusian no la miró directamente. Mantuvo la vista en el camino y en los civiles que avanzaban en silencio, sin saber cómo responder.

Elizabeth soltó una breve risa sin humor, más un suspiro cortante que un sonido alegre.

—No tienes nada que decirme, aunque sea mentira —dijo—. Emily quería que lo supiera, ¿verdad?

Hubo un silencio denso entre ambos.

Thunder, el corcel, resopló con incomodidad por la tensión.

Umber levantó la cabeza, atento a la energía emocional más que a los sonidos del bosque.

Elizabeth continuó, esta vez con un dolor apenas disfrazado:

—Eres mi caballero guardián, Lusian. Mi… —se detuvo antes de decir la palabra “amante”—. Mi protector. Y anoche, dejaste que otro reclamara mi lugar.

Él finalmente la miró. Sus ojos oscuros, tranquilos.

—Elizabeth… lo siento. “No la busqué… pero tampoco la rechacé. Fue… Ella estuvo en un momento difícil para mi y las cosas solo pasaron”.

Ella desvió la mirada, apretando los labios. La furia no se había ido; estaba ahí, contenida y silenciosa. No era odio hacia él. Era frustración… hacia la situación que los había colocado en aquel conflicto de lealtades y deseos.

A unos metros del frente, las voces de Alejandro y Emily se alzaban entre los árboles.

Alejandro caminaba a su lado, mascullando.

—¿Qué demonios estás haciendo, Emily? —preguntó con el ceño fruncido—. ¿Por qué te pegaste tanto a ese tipo?

Emily ni siquiera lo miró.

—No te incumbe.

Eso lo enfureció más.

—¡Claro que me incumbe! Lusian no es de fiar. Sabes que su familia destruyó la mía. Y tú… tú lo defiendes. Lo sigues. Te metes en su carpa…

Emily se detuvo en seco.

Alejandro casi chocó con ella.

Ella lo miró con frialdad, con esa luz cegadora que usaba no solo para sanar… sino para manipular.

—Alejandro —susurró, cortante—. Deja de comportarte como un niño celoso. Lusian es mi prometido. Y sobre tu familia… él no tuvo nada que ver.

—¿Por qué él? —preguntó Alejandro, con la voz quebrándose apenas—. ¿Qué tiene él?

Emily lo miró fijamente, como si estuviera evaluando si decir la verdad o no.

—Tú no lo comprenderías.

Y siguió caminando.

Alejandro apretó los dientes.

Sabía que no era una respuesta.

Era una declaración de guerra.

“Sombras entre los Árboles”

A medida que avanzaban, los bosques se volvían más densos… y más peligrosos.

Las criaturas no los atacaban directamente; los acechaban.

Sombras moviéndose entre los troncos.

Aullidos que no pertenecían a criaturas naturales.

Miradas brillantes desde las copas de los árboles.

Los civiles se apretaban entre sí con miedo.

Los niños lloraban en silencio.

Los sacerdotes levantaban barreras de luz intermitentes.

Leonardo comentó en voz alta:

—A este ritmo… tardaremos semanas en llegar a la capital.

Kara, cargando una roca gigante que había usado minutos antes para aplastar a un monstruo goblinoide mutado, respondió:

—Y cada día que perdamos… alguien más morirá.

Emily añadió, mirando a Lusian y Elizabeth al frente:

—No podemos perder el objetivo. La capital nos necesita.

Pero Alejandro, con la mirada clavada en la espalda de Lusian, murmuró:

—Alguien aquí tiene otros objetivos.

El campamento estaba silencioso.

Demasiado silencioso.

Lusian lo percibió antes que cualquiera. La oscuridad se movía a su alrededor, cálida, familiar… y alterada.

“Algo la está irritando”, pensó.

Thunder dormitaba de pie, pero sus crines eléctricas chisporroteaban con inquietud. Umber, en cambio, fijaba la mirada en el bosque, inmóvil, como una estatua de sombra y músculo.

Lusian salió de su tienda con paso tranquilo. Al hacerlo, la sombra se plegó a su cuerpo, envolviéndolo en un manto casi invisible. Su afinidad Epsilon transformaba la noche en su territorio absoluto.

Los soldados mantenían guardia disciplinada. Los civiles intentaban dormir. Los héroes… se comportaban como si nada pudiera tocarlos.

Hasta que la oscuridad se fracturó.

Un gruñido desgarró la noche.

Tres ojos rojos surgieron del bosque.

Luego seis.

Luego decenas.

Criaturas deformadas, mezcla de lobo, insecto y humano… bestias corrompidas.

Eran Rastreadores de Maná: carroñeros que olfateaban desesperación y se alimentaban de ella.

Los héroes saltaron al combate sin plan alguno.

Alejandro conjuró fuego hacia cualquier dirección, sin fijarse en aliados o civiles.

Leonardo lanzó rayos que cegaron a media línea de soldados y dispersaron a los civiles más cercanos.

Kara cargó gritando sin esperar órdenes.

Emily levantó una barrera de luz tan intensa que incluso los escudos de los soldados parecían inútiles frente a su resplandor.

Un caos absoluto.

Los civiles corrían en pánico.

Los soldados trataban de mantener el orden.

Los sacerdotes gritaban plegarias descoordinadas, como si el miedo pudiera conjurar milagros.

Pedro Lusian…

…desapareció.

El aire se enfrió.

La luna pareció oscurecerse.

Lusian se desmaterializó en la penumbra usando Espectro Sombrío, su hechizo más característico: un velo de sombras que anulaba cualquier sonido y hacía sus movimientos imperceptibles.

Las criaturas nunca lo vieron venir.

Apareció detrás de la primera, atravesando su cráneo con un filo de sombra.

Se desvaneció en humo.

Reapareció al otro lado del campamento, cortando tres gargantas en un solo movimiento.

Para los demás…

solo se veían destellos violetas y cuerpos cayendo.

Los soldados, confundidos, intentaban reorganizarse mientras Umber y Thunder protegían a Elizabeth con ferocidad sobrenatural.

Elizabeth observaba todo.

Sabía cuándo un guerrero mentía con su fuerza.

Lusian no.

Lusian era verdadero.

Y eso la hacia sentir orgullosa.

Cuando la primera oleada cayó, Lusian emergió entre las sombras detrás de los soldados:

—¡Formación compacta! —ordenó—. Dos líneas. Escudos arriba. Civiles detrás. ¡Muévanse!

Los soldados obedecieron sin cuestionar.

Los civiles siguieron su voz como un refugio seguro.

Emily lo observó desde la distancia, tensando la mandíbula.

—Cree que puede mandar aquí —susurró.

Alejandro, pelaje

—Es un miserable. Se hace el héroe.

Pero Leonardo, por primera vez, dudó.

—Eso no parecen trucos… —tragó saliva—. Ni magia de nivel Medio.

Los Rastreadores se reorganizaron.

Su líder, un alfa con placas óseas negras, emergió del bosque rugiendo con un sonido que no era natural.

Las criaturas se lanzaron de nuevo.

—¡Mantened la línea! —gritó Lusian.

La oscuridad saltó desde sus manos hacia el suelo, formando círculos de sombra que atrapaban patas y reducían la movilidad, desorientando a los Rastreadores sin tocar a un solo civil.

Era magia quirúrgica.

Precisa.

Implacable.

A diferencia del fuego, la luz o la electricidad, no afectaba a los civiles.

Los soldados pudieron contraatacar.

Los sacerdotes reforzaron barreras.

Los civiles retrocedieron bajo orden.

Y el alfa…

Fue directo hacia Elizabeth.

Umber lo interceptó.

Thunder atacó con una descarga que lo hizo retroceder.

Pero no era suficiente.

Hasta que Lusian apareció frente a la princesa, surgiendo como un espectro del aire mismo.

El alfa saltó.

Y Lusian murmuró:

—Oscuridad absoluta.

Un destello violeta.

Un corte perfecto.

La criatura cayó en dos.

El campamento respiraba agotamiento.

Los cadáveres fueron amontonados.

Los niños lloraban.

Los soldados temblaban.

Elizabeth estaba sentada cerca de un brasero.

Emily se acercó.

Su luz interior aún parpadeaba.

—Vaya querida princesa —dijo Emily, con una sonrisa fría—. Creo que tenemos que hablar.

Elizabeth no la miró.

—No, no hay nada de que hablar.

Emily se inclinó un poco.

—Dime, princesa… ¿cuánto de él es tuyo realmente?

Los ojos de Elizabeth se entrecerraron.

Y sin girarse, respondió con una calma inquietante:

—Todo de el me pertenece. “Incluso si el destino lo niega. Incluso si él ya no puede verlo.”

Y tú… —la miró por fin— te has vuelto muy valiente.

Emily tensó la mandíbula.

—El es mi prometido, tenemos un juramento.

Elizabeth sonrió. Pero era una sonrisa triste.

—Eso crees. escuche que los juramentos ahora se pueden romper, hay varios que lo han hecho verdad.

Emily retrocedió un paso, pero dijo furiosa.

—yo no romperé mi juramento.

Elizabeth se levantó lentamente.

Cada palabra fue un susurro afilado.

—Él es mío. Yo seré su mujer. Aunque sigas haciendo lo que haces…

Alzó el mentón, como quien afirma un destino. Entonces, sin apartar los ojos de Emily, dejó caer la última frase como una daga.

—Dime… ¿por qué gritaste tanto anoche?

¿Para provocarme…

o para convencerte a ti misma?

Emily retrocedió como si la hubieran golpeado.

La conversación terminó así.

No hubo vencedora.

Solo dos mujeres unidas por un hombre…

y separadas por un destino que ninguna de las dos comprende todavía.

“El Dragón Corrompido y el Inicio de la Trampa”

El sol apenas había comenzado a filtrarse entre las nubes mientras la caravana avanzaba por el camino hacia la capital del imperio. La tierra seca se levantaba bajo las ruedas de los carros y los cascos de los caballos, mezclándose con el polvo de un viaje interminable.

Pero algo estaba mal. Lusian lo sintió antes que nadie: el aire estaba pesado, saturado de maná corrompido. El viento traía un olor metálico, como sangre vieja.

Los cuatro héroes avanzaban al frente, liderando la protección de los soldados y civiles.

—Algo nos espera —susurró Lusian, ajustando el agarre de Dainslein, sintiendo cómo su sombra se plegaba a su cuerpo, lista para devorar cualquier amenaza.

El primer aviso llegó en forma de un rugido que hizo temblar el suelo.

—¡Un dragón! —gritó Alejandro—, pero… no es un dragón cualquiera.

La bestia surgió de entre los árboles, sus escamas brillando con un tinte negro, como si la noche misma hubiera sido forjada sobre su piel. De su boca emanaba maná demoníaco, un calor oscuro que quemaba incluso desde la distancia. Cada batir de sus alas levantaba nubes de polvo y energía corrupta.

Kara y Leonardo reaccionaron al instante. Fuego y rayos se entrelazaban en el aire mientras el dragón rugía, desviando ataques y lanzando llamaradas corruptas que chamuscaban la tierra. Emily elevó una barrera de luz que desvió el ataque frontal, protegiendo a los civiles. La batalla era caos concentrado: cuatro héroes contra un monstruo amplificado por maná demoníaco.

Pero el dragón no estaba solo. De los bosques cercanos comenzaron a surgir criaturas deformes: una horda de monstruos corrompidos, mitad humano, mitad bestia, todos saturados de energía demoníaca. Sus ojos brillaban con un rojo enfermo mientras avanzaban en tropel hacia la caravana. Los soldados intentaron formar líneas defensivas, pero los monstruos eran demasiado rápidos, demasiado numerosos. Cada golpe de espada, cada ráfaga de magia parecía apenas ralentizarlos.

—¡Cubran a la princesa Elizabeth! —

Los cuatro héroes no esperaron coordinación. Cada uno luchaba según su instinto, protegiendo y atacando con fuerza descomunal. Pero incluso ellos comenzaban a sentir la presión de la horda corrompida. El caos era absoluto, el polvo y la magia oscura enredándose en un manto que hacía que incluso la vista más aguda se desorientara.

Y entonces, el mundo pareció detenerse.

El aire se volvió frío, denso. La tierra vibró con un latido que no pertenecía al mundo humano. Los soldados se detuvieron, confundidos, y los civiles contuvieron la respiración.

Desde la distancia, una sombra se alzó sobre los árboles. Su forma humana se volvió colosal por la intensidad de la energía que emanaba. Cada paso que daba hacía que el suelo temblara; cada gesto, cada movimiento, distorsionaba la luz y el aire alrededor.

Era Vhar’zhul. El demonio había llegado. Sus ojos, rojos y negros como obsidiana, barrían el campo de batalla. La horda y el dragón corrompido se apartaron instintivamente, conscientes de la supremacía de su amo. Un silencio sepulcral descendió sobre el lugar, roto únicamente por el rugido del dragón y el crujir de la tierra.

Lusian se tensó, Umber a su lado. “Lo enfrenté mil veces en un mundo falso… aquí, un solo fallo y no habrá reinicio.” La sombra que lo envolvía se expandió como un manto vivo, y el aire mismo pareció inclinarse ante ellos. Sabía que lo que se aproximaba no sería una pelea cualquiera: cada monstruo corrompido, cada ataque hasta ahora, había sido apenas un preludio.

Vhar’zhul dio un paso adelante, y el mundo pareció encogerse ante su presencia.

—Hoy la princesa cambiará de destino —gruñó el demonio—.

Y así, la verdadera emboscada comenzó. El dragón corrompido rugió y cargó, los monstruos avanzaron, y en medio de todo, Lusian y Umber se prepararon para enfrentar al ser que ningún humano había sobrevivido a ver de frente.

El polvo levantado por la caravana se mezclaba con la energía oscura que emanaba de Vhar’zhul.

Aunque su cuerpo humanoide no superaba los dos metros, la densidad de maná demoníaco que lo rodeaba lo hacía parecer un coloso. Cada latido de su núcleo mágico distorsionaba el aire, como si la realidad misma intentara rechazar su existencia. No era solo un enemigo… era una irrupción en el tejido del mundo.

—¡Quítate de mi camino, gusano! —rugió el demonio.

Sus ojos, tan negros como una noche sin luna, recorrieron con calma el caos de la caravana. Buscaba a alguien. Lusian lo sintió incluso antes de verlo: estaba buscando a Elizabeth… quería un recipiente para la reina demonio.

—No mientras yo siga respirando —pensó, ajustando el agarre sobre su espada.

A su lado, Umber se tensó.

Umber se tensó. Desde la muerte de Sofía no se había separado de él, ni siquiera cuando Lusian se lo ordenaba. gruñó, un sonido grave que no provenía de la garganta, sino del maná mismo.

Vhar’zhul agitó el brazo con desgano. Un simple puñetazo de maná oscuro levantó una onda expansiva que atravesó la caravana como una tormenta negra.

Lusian apenas tuvo tiempo de girar. Recordaba cómo en el juego se había enfrentado cientos de veces a este demonio; conocía sus patrones de memoria. A pesar de su fuerza descomunal, cada golpe dejaba una abertura que se podía aprovechar.

—¡Ahora!

Umber emergió frente a él, atacando desde un costado, pero el demonio absorbió el golpe con su maná demoníaco. Aun así, la tierra se rajó bajo sus pies por la fuerza de la energía liberada. Lusian lanzó un ataque hacia la izquierda, sintiendo el frío abrasador que emanaba del núcleo demoníaco. Su espada, embuida en maná oscuro, cortaba el aire con precisión… pero fue detenida. El maná del demonio surgió del mismo brazo, estirándose y moldeándose como una extensión viva de su carne, formando una barrera fluida que desvió la hoja. El ataque de Lusian no logró atravesar la defensa, y la vibración de la espada le recordó que enfrentaba un poder mucho más allá de lo humano.

Aun así, Lusian no dudó. Aprovechando la cercanía, materializó cientos de púas de maná oscuro que surgieron como lanzas vivientes, atacando con velocidad letal… y aun así, el demonio no sufrió daño alguno.

Sin perder un instante, Lusian continuó: tres golpes precisos, directos al hombro derecho.

El demonio gruñó, y Lusian lo sintió en el aire mismo: una grieta en el titanio de su poder. Breve. Fugaz. Pero real.

La bestia no esperó orden alguna. Saltó en un arco perfecto, liberando un torbellino de oscuridad que obligó al demonio a alzar ambos brazos para cubrirse. Bajo esa cobertura, Lusian se deslizó con fluidez felina, alineando su cuerpo con la espada para el ataque decisivo.

—Estocada de Sombra… Perfecta.

La hoja atravesó la defensa y el demonio retrocedió, su núcleo vibrando de manera caótica por primera vez. Sangró internamente. Y si puede sangrar, puede morir.

El demonio gritó, enfurecido: —¡Malditos!—.

Vhar’zhul extendió ambas manos y detonó una lluvia de ráfagas de maná. El aire chilló como metal quebrándose bajo la presión de la energía. La bestia se lanzó al frente sin dudar, absorbiendo el peso más devastador del ataque.

Lusian retrocedió unos pasos. El impacto de área del demonio era brutal, pero gracias a la protección de Umber y a su armadura Ætherion, logró mantenerse en pie. Aun así, escupió una bocanada de sangre. A lo lejos, Elizabeth gritó, su preocupación atravesando el caos de la batalla.

Pero la lucha no cesaba. Lusian sintió la magnitud del desafío: esto será difícil.

Miró a Umber y, con un simple pensamiento, ordenó el ataque. Al mismo tiempo, canalizó todo su poder en la espada Dainslein, dejando que la oscuridad fluyera por cada centímetro de su filo.

—Corte de oscuridad… Mayor.

La espada impactó como un bisturí, quirúrgica, directa al núcleo fluctuante del demonio. Vhar’zhul tambaleó, incapaz de contener el golpe. La bestia, sincronizada con Lusian como si compartieran un único ritmo cardíaco, ejecutó un sello de oscuridad amplificado sobre su espalda.

El núcleo del demonio quedó finalmente al descubierto, palpitante y vulnerable.

Lusian observaba atentamente. Ahora comenzaba la verdadera batalla. Vhar’zhul liberaba hechizos de destrucción con su maná, cada ráfaga un torrente de energía capaz de pulverizar a un humano en segundos. Lusian apenas lograba esquivar, sintiendo el calor y la presión de cada explosión.

Umber se volvió decisivo. Sus ataques y esquivas no solo mantenían la ofensiva, sino que también distraían al demonio, obligándolo a dividir su atención. Si Vhar’zhul hubiera concentrado todo su poder únicamente en Lusian, este habría caído hace mucho tiempo.

Gracias a la distracción generada por Umber, Lusian logró encontrar espacios entre la defensa del demonio, canalizando la oscuridad de su maná en golpes precisos. Cada hechizo impactaba con fuerza, debilitando lentamente la defensa de Vhar’zhul y marcando el inicio de un verdadero asalto coordinado. La batalla acababa de empezar, y la tensión podía cortarse en el aire.

Los demonios, por poderosos que fueran, compartían una regla absoluta: si destruyes su recipiente, su cuerpo, su alma es expulsada de regreso al mundo demoníaco. No era necesario matarlo… solo romper el envase que lo sostenía aquí.

Lusian lo sabía. Y aun con la sangre corriéndole por los labios, sonrió con ferocidad.

—Aunque no pueda destruirte por completo… hoy te patearé el trasero.

Vhar’zhul enloqueció. Una última oleada de maná demoniaco surgió de él, una erupción volcánica que desgarraba el aire y hacía temblar la tierra.

—¡Atrás! —gruñó Lusian, corriendo de frente, no para defenderse, sino para atravesar la destrucción.

La bestia, no obedeció. Se lanzó de frente, interceptando los fragmentos más letales con una precisión y fuerza que parecía instintiva.

y, al final.

—…el grito ahogado del demonio.

No fue un grito. Fue un susurro, un hilo de desesperación que desapareció al instante.

La espada atravesó el núcleo. El estallido fue brutal pero contenido, como si la oscuridad misma reconociera que todo había terminado.

El valle quedó en silencio, como si contuviera la respiración.

Un relámpago rasgó el cielo a lo lejos. Elizabeth, desde la retaguardia, descargó un golpe eléctrico que disipó los últimos vestigios de energía demoníaca. No hubo huida, no hubo regeneración.

Lusian sostuvo la espada clavada en el suelo. La bestia se acercó herida y se detuvo junto a él. Su mirada se cruzó con la del demonio caído. No fue fuerza. Fue precisión. Fue voluntad.

El eco del último rugido del dragón corrompido se desvanecía entre el humo y los restos del combate. Lusian se apoyó contra una roca, respirando con dificultad, mientras su espada descansaba a su lado, aún impregnada de maná oscuro.

Elizabeth se arrodilló frente a él, limpiando la sangre de sus labios con delicadeza.

—Estás… loco —susurró, su voz temblando apenas, entre preocupación y alivio—. No puedes seguir así.

Emily corrió hacia él de inmediato, soltando un suspiro aliviado mientras lo tomaba por los hombros:

—¡Lusian! —exclamó, casi sin aliento—. ¡Maldita sea, no puedes arriesgarte así!

—Estoy bien —respondió él, con calma absoluta, como si la fatiga no tocara su cuerpo—. Más que bien.

A unos pasos, Alejandro y Leonardo llegaron corriendo, sus rostros enrojecidos de ira y agotamiento. Alejandro fue el primero en hablar:

—¿¡Dónde demonios estabas!? —rugió—. ¡Mientras nosotros cargábamos contra el dragón, tú desaparecido!

Leonardo, con los ojos centelleando por la electricidad que aún bailaba en sus manos, agregó:

—No me gusta cómo manejas las cosas —dijo en voz baja, lo suficiente para que solo Lusian lo oyera—. Cada vez que decides proteger a los demás a tu manera, alguien termina pagando.

Su tono no era una amenaza abierta, pero la tensión era palpable. Lusian no respondió; conocía demasiado bien a Leonardo para subestimar su odio contenido.

Kara apareció entonces, respirando con fuerza después de empujar a un monstruo fuera del camino de los civiles. Su voz era firme, respetuosa:

Kara apareció entonces, respirando con fuerza después de empujar a un monstruo fuera del camino de los civiles. Su voz era firme, respetuosa, pero cargada de determinación:

—¡Basta! —dijo, mirando a Alejandro y Leonardo—. ¿Acaso no vieron lo que estaba enfrentando Lusian? No se trataba solo de unos monstruos… él estaba contra un demonio que ningún humano podría siquiera imaginar.

—Él no estaba solo protegiendo a la caravana —continuó, su tono cortante—. Estaba protegiendo a todos nosotros. Así que guarden sus reproches.

Elizabeth permaneció arrodillada, los ojos fijos en Lusian, con una calma que no podía ocultar su orgullo. Observaba cada movimiento, cada gesto, y su mirada se endureció al ver a Emily abrazarlo con tanta cercanía. Un hilo de celos cruzó su expresión, sutil pero real.

—Todos ustedes son valientes —dijo, su voz firme—, pero no juzguen a quien carga con lo imposible. Lusian… él no necesita aprobación. Solo necesitaba hacerlo.

Sin apartar la vista de él, Elizabeth dio un paso hacia atrás, controlando la rabia que sentía al ver a su prometida tan pegada a Lusian. Cada contacto de Emily la picaba, pero no dijo nada; su orgullo no le permitía demostrarlo abiertamente. Solo lo observaba, silenciosa, dejando que las emociones se mezclaran con la admiración y la preocupación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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