GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 41
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Capítulo 41: Capítulo 41 El Respiro Antes del Abismo
“El Asedio de Varendor”
La ciudad de Varendor, alguna vez próspera y rodeada de campos dorados, agonizaba. Los monstruos que solían habitar las profundidades de los bosques se habían acercado como una marea oscura, empujados por un fenómeno inexplicable que había vuelto salvajes incluso a las criaturas más tímidas. Las murallas temblaban cada noche bajo los rugidos, los cultivos se habían perdido, y la hambruna era una sombra que devoraba vidas.
El gobernador Arvian Thorne, nivel 85, observaba desde las almenas, con el rostro demacrado y los ojos hundidos por el cansancio. Hacía semanas que las reservas de alimentos no alcanzaban. Mandar cazadores era casi un suicidio… y aun así lo había hecho. De otro modo, la ciudad ya habría caído.
Había pedido ayuda al Imperio.
Sabía que no llegaría.
Aun así, cada amanecer alzaba la vista por si veía caballería imperial. Cada anochecer la bajaba, más resignado.
Hasta que, un día, el cielo retumbó.
Primero fue un estruendo lejano, como truenos repetidos. Luego, el silencio sepulcral de los monstruos… y después, un estallido de luz. Desde las murallas se vio una línea de fuego abrirse paso entre las criaturas. Ataques de área caían como meteoros, barriendo hordas enteras. Las bestias, que por semanas parecían infinitas, retrocedían, morían, desaparecían.
—¡Un ejército! —gritó uno de los vigías—. ¡Un ejército llega desde el este!
Arvian sintió al fin una chispa de esperanza, pero esa chispa murió al ver los estandartes que ondeaban entre el humo.
No eran los del Imperio.
Eran negros, plateados y carmesí.
El emblema del dragón fractal.
Carpathia.
El reino enemigo.
Los mismos contra los que habían guerreado menos de un año antes.
La caravana carpathiana avanzó sin mostrar hostilidad, despejando monstruos con precisión militar. Arvian, desconcertado, bajó acompañado de sus hombres para recibir a quien fuera que liderara aquel ejército.
El mensajero que había enviado regresó galopando.
—¡Gobernador! —jadeó—. ¡La comandante es… la princesa real! Elizabeth Erkhan. Marcha hacia la capital del Imperio, pero ha decidido auxiliar la ciudad en su ruta.
Arvian apenas tuvo tiempo de procesarlo cuando los caballeros se apartaron para abrir paso. Y entonces lo vio.
Aquel hombre.
Aquella sombra.
Las piernas de Arvian se debilitaron, el sudor frío le recorrió la espalda, y un impulso primario —el instinto puro de supervivencia— le gritó que huyera. Pero no lo hizo. Se obligó a mantenerse firme.
Recordó ese rostro.
Recordó ese nombre.
Lawrence Douglas.
¿pero, como? el había muerto. El emperador lo había ejecutado con sus propias manos. Todos lo sabían. Todos lo habían visto.
¿O no?
El hombre desmontó del caballo con un movimiento tranquilo, imperturbable. Sus ojos amarillos, afilados como acero sin templar, se detuvieron en Arvian.
El mensajero, temblando, corrigió:
—N-no es Lawrence…
Es… el duque Lusian Douglas, su hermano mayor. Viene escoltando a la princesa.
Pero el terror ya había hecho su trabajo.
Arvian no fue el único que retrocedió instintivamente. Los veteranos que habían luchado en la campaña contra Carpathia, hombres endurecidos por guerras interminables, no podían ocultar el temblor en sus manos.
Porque quienes habían enfrentado a los Douglas sabían una verdad amarga:
Pelear contra ellos no era una batalla.
Era simplemente… caminar hacia la muerte.
El aire quedó tenso.
Ni el viento se atrevió a soplar.
Los caballeros de Carpathia aguardaron sin mover un músculo, perfectamente alineados, como estatuas negras. Tras ellos, la princesa Elizabeth avanzó a caballo, con una calma impropia de su edad, su capa celeste ondeando suavemente entre el olor a sangre y tierra quemada.
Pero nadie estaba mirándola a ella.
Todas las miradas estaban fijas en el duque Lusian Douglas.
Arvian tragó saliva.
No era un hombre débil.
Había enfrentado asedios, rebeliones, monstruos, guerras fronterizas.
Y aun así, la presencia de ese hombre hacía que su pecho doliera como si una mano invisible lo apretara desde dentro.
Lusian no sonreía.
No fruncía el ceño.
No mostraba emoción alguna.
Era peor.
El tipo de presencia que solo tienen los que han matado demasiado… y han sobrevivido siempre.
Arvian reunió toda su fuerza de voluntad y avanzó, inclinándose con un respeto que no era diplomático… sino instintivo.
—D-duque Douglas… —su voz sonó rasposa—. La ciudad de Harlon agradece su… su intervención.
Lusian clavó su mirada en él.
No habló enseguida.
No tenía prisa en absoluto.
—La ruta hacia la capital pasa por aquí —respondió por fin, con voz baja, dura como piedra vieja—. Si la ciudad cae, el camino se cerrará. Ayudarlos es… lógico.
Era la forma carpathiana de decir que no tenían por qué hacerlo, pero lo hicieron de todos modos.
Elizabeth desmontó con elegancia, acercándose a Arvian con una sonrisa suave, casi humana, como si intentara contrarrestar la presión que ejercía Lusian.
—Gobernador Arvian —saludó—. Lamentamos no haber llegado antes. Hemos traído alimentos, sanadores y refuerzos. Con su permiso, nos gustaría entrar para evaluar la situación.
Arvian asintió de inmediato.
—P-por supuesto. La ciudad está a su disposición.
Entonces, sin esperar órdenes verbales, los soldados carpathianos comenzaron a moverse.
A paso firme.
Silenciosos.
Infalibles.
Era como ver un engranaje gigantesco activándose.
Cuando la caravana cruzó las puertas, los ciudadanos se quedaron paralizados.
No por miedo…
sino por el contraste.
Estaban acostumbrados a ver héroes: jóvenes brillantes, impulsivos, ruidosos, arrogantes.
Pero los carpathianos eran distintos.
Los soldados descendían de sus caballos, descargaban los carros, abrían barriles, ordenaban filas y repartían víveres como si lo hubieran hecho mil veces.
Sin gritos.
Sin caos.
Sin confusión.
Uno de ellos levantó un saco de grano.
—Niños primero.
Ancianos después.
Heridos al final.
Nadie se empuja —ordenó, sin levantar la voz.
Y nadie lo hizo.
Era impresionante.
Aterrador.
Y una bendición.
Los ciudadanos empezaron a acercarse, con mezcla de esperanza y recelo. Para muchos era la primera comida decente en semanas. Las criaturas del bosque habían destruido los cultivos, los almacenes estaban vacíos y el hambre había empezado a cobrar vidas.
Pero aquella comida no era mágica.
No elevaría niveles.
No les daría poder.
Era comida segura, de bajo nivel de maná.
Lo justo para no matar a nadie por intoxicación.
Lo justo para evitar que murieran de hambre.
Por primera vez en meses, el aire dejó de oler solo a muerte.
Mientras los soldados trabajaban, el duque se mantenía aparte, observando la muralla, el movimiento del ejército, las rutas de escape, cada detalle de la ciudad como si buscara grietas invisibles.
Los veteranos imperiales que pasaban cerca agachaban la cabeza sin que él lo pidiera.
Elizabeth notó esa tensión.
—Lusian… —susurró—. Estás asustando a la gente.
Él no apartó la mirada del horizonte.
—Estoy asegurándome de que no mueran —respondió con calma.
Elizabeth suspiró.
Siempre era así.
Su protección era absoluta…
pero no suave.
—La ciudad ha perdido muchos en los últimos meses —añadió ella—. Tal vez deberías…
Pero se detuvo al ver su expresión.
Lusian no estaba viendo la ciudad.
Estaba evaluando…
la amenaza divina.
El rastro del culto.
El flujo anormal del maná.
Estaba pensando en ella.
En su destino impuesto.
En lo que intentaban hacer con su cuerpo.
Y en cómo tendría que matar a miles si el culto intentaba completar el ritual.
Elizabeth tragó saliva.
No dijo nada más.
“El Peso del Liderazgo”
La caravana avanzó por las calles principales, guiada por Arvian. Los ciudadanos se apartaban, con mezcla de esperanza y miedo, mientras los caballeros carpathianos escoltaban a la princesa y al duque con disciplina impecable.
La mansión de Arvian —un edificio amplio, de piedra clara y estandartes azules gastados— era el único lugar con suficiente espacio para alojar a la princesa y su comitiva.
Cuando entraron, los sirvientes parecían al borde del colapso. Habían pasado semanas con suministros mínimos, la mayoría trabajando sin descanso para asistir a los refugiados.
Elizabeth los saludó con una sonrisa amable.
Lusian simplemente observó, sin emitir palabra.
Arvian hizo una reverencia profunda.
—Prepararemos habitaciones para la princesa, los cuatro héroes… y por supuesto, para usted, duque Douglas.
Elizabeth corrigió con voz firme:
—Lusian se quedará en mi ala.
Arvian parpadeó.
Los héroes se tensaron.
Emily abrió la boca para protestar.
Pero la princesa continuó sin dejar margen:
—Él es mi protector designado. Quiero que su habitación esté junto a la mía. Y quiero que se mantenga a mi lado… día y noche.
Los soldados carpathianos inclinaron la cabeza.
Arvian no tuvo más opción que aceptar.
Emily apretó los dientes.
La caravana carpathiana avanzó hasta la residencia del gobernador Arvian.
Elizabeth descendió del carruaje y, con gesto firme, se dirigió al gobernador:
—Gobernador Arvian, este será el lugar de descanso para mí y mi escolta. Quiero que todo esté listo para proteger a los heridos y mantener el orden en la ciudad.
Arvian asintió con cierta torpeza, intentando procesar la magnitud de la situación. Lusian Douglas, herido pero impecablemente erguido, acompañaba a la princesa hasta la puerta de la residencia, asegurándose de que su llegada fuera impecable. Sin decir palabra, su sola presencia imponía disciplina y respeto.
Una vez que Lusian se retiró momentáneamente para coordinar la seguridad de la residencia, solo quedaron ellas dos. La tensión en la habitación se podía cortar con el filo de una espada.
Emily fue la primera en hablar, con voz suave, pero cargada de veneno:
—Elizabeth… deberías dejar que Lusian descanse. Está agotado. No es sano retenerlo aquí solo porque tú lo quieras.
La princesa giró hacia ella, fría y medida, sin un gesto que delatara emoción.
—”Porque lo quiero”? —repitió lentamente—. Lusian no es un objeto, Emily. Está a mi lado porque él quiere. No porque tú lo decidas.
Emily no bajó la mirada.
—No dudo de su lealtad… pero anoche…
Elizabeth no reaccionó de inmediato. Luego habló, clara y precisa:
—¿Quieres hablar de lo que pasó en su carpa?
Un silencio tenso llenó la habitación. Emily tragó saliva:
—Alguien que aspira a estar a su lado… debería aceptar que hay heridas que no se curan con palabras.
Elizabeth avanzó un paso, otro más. Emily percibió su perfume: suave, firme, desafiante.
—Interesante —susurró Elizabeth—. Porque alguien que “cura”, debería saber que hay corazones que no tienes derecho a tocar.
Emily apretó los puños.
—¿Y tú sí?
Elizabeth la miró como si la pregunta fuera trivial… pero respondió:
—No porque yo quiera. —Su voz se endureció—. Sino porque él me lo permitió primero.
Emily parpadeó, un instante de vulnerabilidad cruzó su rostro.
—Lusian no es tuyo.
Elizabeth sonrió, lenta y poderosa.
—Quizá no… —susurró—. Pero mientras él esté cerca, yo también estaré. Aunque tú no lo aceptes.
Emily bajó la mirada un instante, respiró hondo y respondió con frialdad:
—Él es mi prometido, Elizabeth. No lo olvides.
Sin esperar respuesta, se giró hacia la puerta y salió, dejando a la princesa sola en la habitación.
Tras la salida de Emily, Elizabeth permaneció un instante en silencio, dejando que la tensión se disipara lentamente. Respiró hondo y ordenó:
—¡Que llamen al gobernador Arvian de inmediato!
Minutos después, Arvian entró apresuradamente, algo torpe ante la magnitud de la situación. Elizabeth lo recibió con gesto firme:
—Gobernador, más de 8,000 personas nos acompañaron desde los pueblos y pequeñas ciudades. Son principalmente mujeres y niños. Quedarán bajo su custodia.
—¡8,000! —exclamó Arvian—. ¡No podemos alimentarlos! Apenas tenemos recursos para nuestra población!
—No se preocupe —respondió Elizabeth con serenidad—. Les suministraremos alimentos para un mes. Además, hay una planta que crece fácilmente aquí, no necesita cultivarse fuera de la ciudad y produce frutos durante todo el año si se coloca sobre los techos de las viviendas. No es exquisita, pero calmará el hambre.
El gran salón ya no parecía un lugar de gobierno.
Era un santuario de dolor.
Velas improvisadas ardían entre cuerpos cubiertos con mantas grises, y el olor a hierro, hierbas y sangre seca impregnaba el aire.
Los murmullos de los heridos se mezclaban con sollozos apagados.
Leonardo Erkhan se detuvo frente a uno de los cuerpos.
Un joven sacerdote. No tendría más de dieciocho años.
Su mano aún apretaba un amuleto del Templo del Rayo.
A su lado, una carta arrugada sobresalía del bolsillo: una oración escrita con trazos torpes, dedicada a él.
“Héroe Erkhan, yo lucharé a su lado. Usted nos guiará a la salvación.”
Leonardo sintió cómo su pecho se estrechaba—como si alguien le hundiera los dedos en el corazón.
—Mi ejército casi no sufrió bajas… —dijo, pero su voz tembló por un instante—. Y aun así… ellos…
Alejandro Jones se acercó lentamente.
Sus propios seguidores también yacían allí.
Uno de ellos, un muchacho pelirrojo, tenía el rostro cubierto de hollín y heridas de quemaduras. Una sonrisa tranquila en la muerte.
Alejandro lo reconoció.
Ese chico siempre lo buscaba después de las batallas, pidiendo consejos, soñando con volverse tan fuerte como él.
Se le quebró la voz.
—Me seguía porque creía que… que yo podía protegerlo…
Un silencio pesado cayó entre ellos.
Kara Bourlance se acercó, pero esta vez no con su habitual tono desafiante.
Ella también tenía los ojos rojos; había llorado en algún momento, aunque jamás lo admitiría.
Se detuvo frente a tres cuerpos alineados con cuidado.
Tres guerreras de su unidad.
Habían entrenado con ella durante años.
Sabía cómo reían, cómo se quejaban del frío, cómo discutían por nimiedades durante las guardias nocturnas.
Ahora solo quedaba quietud.
—Eran las mejores —dijo con un hilo de voz—. Las mejores que tenía. Y aun así… ni eso bastó…
Se cubrió la boca con una mano, como si la culpa fuera un líquido caliente que amenazaba con derramarse.
—Disciplina… —logró continuar—. Sí. Mi grupo fue el más organizado. ¡¿Y de qué sirve?! Treinta por ciento murieron igual. ¿Qué clase de líder soy… si las que más confiaban en mí mueren primero?
Alejandro apretó los puños.
Leonardo tragó saliva.
Kara tembló.
Emily, a unos pasos, estaba limpiando la sangre de un niño que había perdido un brazo.
Lo hacía con manos firmes… pero los ojos le lloraban sin control.
—Ellos… —murmuró mientras trabajaba—. Ellos rezaban por nosotros. Por ustedes. Por mí.
—Creían que seríamos su salvación.
—Y ahora los estamos salvando de morir… para enterrarlos después…
Un soldado cercano rompió en llanto.
Era un hombre adulto, pero se dobló sobre sí como un niño.
—Él… él me seguía… —sollozó—. ¡Me seguía como un hermano menor!
—Decía que los héroes lo protegerían… que mientras los dioses estuvieran con nosotros no tenía nada que temer…
Leonardo cerró los ojos con fuerza.
Durante un segundo, solo uno, deseó gritar.
Destruir algo.
Romper el mundo entero.
Al caer la noche, Elizabeth terminó de dar órdenes al personal de la residencia, se retiró a sus aposentos. Lusian la siguió en silencio, cerrando la puerta detrás de ambos.
La princesa dio apenas dos pasos dentro de la habitación antes de que el peso del día la alcanzara. Se apoyó en la pared, bajó la cabeza y respiró hondo.
—Hoy casi mueres —murmuró, con una sonrisa quebrada—. Y tú… tú no quiero que te vuelvas a poner en peligro por mi.
Lusian la observó con esa calma peligrosa que tanto la desbordaba.
—Esa es mi función —respondió.
Pero Elizabeth negó, avanzando hasta él.
—No. —Le tomó el rostro con ambas manos, con una mezcla de furia y alivio—. No eres mi guardia. Eres mi hombre.
Él abrió la boca para advertirle que aún estaba herido… pero ella no le dio oportunidad.
Lo empujó suavemente hacia la cama, subiéndose sobre él con la urgencia de quien ha visto la muerte y se niega a desperdiciar un segundo más.
Sus labios buscaban los de él sin permiso, sin mesura.
—Elizabeth… —susurró.
—Cállate —murmuró ella, y le mordió el cuello, temblando—. No vuelvas a hacerme creer que vas a morir delante de mí.
Lusian, por primera vez en el día, se rindió.
A ella.
Al calor de su piel.
A la manera en que lo abrazaba como si fuera lo único real en un mundo que se desmoronaba.
Sus cuerpos se encontraron con una necesidad que había sido contenida demasiado tiempo.
La habitación quedó envuelta en respiraciones entrecortadas, gemidos ahogados y el golpeteo suave de la cama contra la pared.
No había guerra allí.
No había culto divino, ni monstruos, ni planes de dioses.
Solo ellos dos.
Vivos.
Aún vivos.
“Elizabeth y Lusian”
La mañana era tranquila, casi en contradicción con el caos de la noche anterior.
Elizabeth seguía dormida, envuelta en las sábanas, exhausta. Su respiración era profunda y regular, una señal de que su cuerpo por fin permitía descanso después de tantas horas sobreviviendo a pura voluntad.
Lusian la miró un instante antes de levantarse. Le dedicó una caricia leve en el cabello, casi reverente, y luego se separó de la cama con movimientos cuidados: sus heridas ardían más de lo que admitía incluso para sí mismo.
La noche había sido… intensa.
Demasiado intensa para alguien que había estado al borde de la muerte horas antes.
Ese era el motivo por el que no había ido con los héroes a revisar cadáveres.
Había tenido un deber más inmediato, más íntimo, más humano.
Salió de la habitación hacia el pasillo de la residencia del gobernador. Aún había guardias medio dormidos en las esquinas, y un silencio húmedo impregnaba el ambiente. En el comedor principal encontró algo de fruta menos cargada de maná, pan ligero y un plato con un ave de nivel medio, alimento suficiente para un guerrero… y que él planeaba compartir con Elizabeth en cuanto despertara.
Regresaba por el pasillo cuando lo vio.
Un niño.
Delgado hasta lo imposible.
Con los ojos hundidos y al mismo tiempo brillantes, como si un simple olor a comida fuera suficiente para devolverle un poco de vida.
Lusian se detuvo.
El niño también.
Y en ese instante, algo dentro de Lusian —algo que no sabía que había conservado desde su vida pasada— se activó.
El gesto vino solo.
Natural.
Instintivo.
—Hey… —dijo con suavidad—. Ven. Puedes tomar esto.
Partió un trozo del ave y lo acercó al niño con la misma calma con la que lo haría un hermano mayor.
El niño dio un paso.
Luego otro.
Sus ojos temblaban, como si temiera que la comida fuera un sueño.
Pero antes de que su mano tocara el alimento, alguien más llegó.
No como un freno, ni como un regaño.
Sino como un abrazo que se interpone para evitar una tragedia.
—Lusian… —dijo Emily, muy suave, casi en un susurro.
No había juicio en su voz.
Había preocupación.
Ella se inclinó junto a él, sin apartar la mano del niño, pero tampoco arrebatándole la comida bruscamente.
—No puedes darle esto —explicó, con dulzura—. No es seguro para él.
El niño la miró, confundido.
Emily le sonrió y le tocó el cabello con cariño.
—Tranquilo, pequeño. No hiciste nada malo. Solo… tu cuerpo ahora es muy débil, ¿sí? Necesitas algo más suave. Yo te prepararé algo apropiado.
El niño asintió con timidez. Emily lo ayudó a sentarse cerca y luego volvió la mirada a Lusian.
Sus ojos estaban llenos de algo cálido.
Algo que guardaba desde aquel día…
El día en que pensó que moriría junto a su madre, junto a su gente, cuando la estampida de monstruos arrasó el condado Carter.
Y Lusian apareció.
Desde ese día lo miraba así.
—Lusian —continuó ella, aún en voz baja—. Lo que haces… este gesto tuyo… no está mal. Nunca está mal querer ayudar.
Él frunció ligeramente el ceño, confundido, dolido por la corrección que no entendía.
Ella dio un paso más cerca, sin invadirlo, pero cerca suficiente para que él la sintiera.
—Lo que dabas en mi territorio… era diferente. Eran animales de nivel bajo. Frutas simples. Y yo purificaba el maná antes de que la gente lo comiera. —Sus labios temblaron apenas—. Esta gente… está peor. Mucho peor. Si comen algo tan cargado como lo que tú comes… podrían morir.
Lusian bajó la vista, con un nudo extraño en el pecho.
No culpa.
Sino la inquietud de haber estado cerca —sin saberlo— de causar daño.
Emily negó suavemente con la cabeza, leyendo su expresión.
—No —le dijo en un susurro, tocándole la mano con delicadeza—. No pienses eso. Nunca fuiste un peligro. Nunca. Yo lo vi… yo vi cómo dabas tu propia comida a esa gente, sin dudar, sin juzgar. Un noble de tu posición… nunca hace eso. Y tú lo hiciste. Una y otra vez.
Una sonrisa dulce, pequeña, honesta.
—Tú no eres frío —dijo—. Solo eres fuerte. Tanto… que a veces olvidas cómo se ve el mundo desde abajo.
El niño se aferró al borde de su túnica, buscando su atención. Emily le acarició la cabeza.
—Vamos, te prepararé algo adecuado —le dijo con ternura. Luego miró a Lusian—. Y tú… por favor, descansa un poco. No quiero volver a verte sangrar.
Emily partió, llevándose al niño, dejando tras ella un aroma tenue a luz y una sensación cálida que se quedó adherida al pecho de Lusian.
Una semana.
Eso fue todo lo que necesitaron.
El ejército carpathiano, disciplinado como un solo cuerpo, sanó más rápido de lo que el gobernador Arvian creía posible.
Los héroes también se habían recuperado —al menos por fuera— aunque sus miradas seguían cargando el peso de los cadáveres que tuvieron que reconocer.
Lusian, aunque aún adolorido, caminaba con la misma indiferencia controlada de siempre.
Y Elizabeth… había recuperado por completo su porte real.
Ese que podía inspirar a miles sin levantar la voz.
La caravana, ahora más pequeña —muchos refugiados se habían quedado en la ciudad— se preparaba para partir al amanecer.
Y mientras avanzaban hacia la puerta principal, algo llamó la atención de todos.
Las plantas.
Las semillas que Elizabeth había entregado… ya trepaban por las paredes, por los techos, por las vigas de madera como si hubieran estado esperando toda su vida ese clima cargado de maná.
En apenas una semana, las enredaderas habían cubierto medio barrio.
Y ya había brotes.
Pequeños frutos verdes, brillantes, algunos del tamaño de un puño azuloso, otros aún minúsculos pero promisorios.
Uno de los sacerdotes se detuvo, atónito.
—No puede ser… —murmuró—. Crecen tan rápido…
Kara, caminando junto a Lusian, sonrió cruzándose de brazos.
—Con este maná en el aire, cualquier planta que pueda absorberlo va a multiplicarse. La princesa eligió bien. No pasarán hambre dentro de poco.
Emily, un paso adelante, observó el fruto y recordó.
—Así fue en el condado… —murmuró—. Nosotros no podíamos darle ni comida a los nuestros… y pero gracias a estas plantas todo cambio.
Leonardo solo miraba frustrado.
Solo apretó los dientes y siguió caminando.
Los ciudadanos fueron los primeros en acercarse.
Primero tímidos.
Luego, corriendo.
Se alineaban a los lados del camino improvisado por la caravana, saludando, haciendo reverencias, llorando.
—¡Gracias!
—¡La fruta ya está creciendo!
—¡Mis hijos volverán a comer!
—¡Que los dioses los protejan!
Elizabeth no levantó la mano para saludar.
Ella no era de gestos teatrales.
Pero bajó la cabeza.
Solo un poco.
Y ese pequeño gesto causó murmullos emocionados entre la gente.
La princesa de un reino enemigo… inclinándose ante ellos.
Los veteranos que seguían a Arvian, hombres que habían enfrentado a la familia Douglas en guerra, estaban en silencio.
Por primera vez, no había miedo en sus rostros.
Solo respeto.
Lusian avanzó sin cambiar su expresión.
Pero no estaba indiferente.
Recordó al niño del pasillo.
Recordó a Emily ayudándolo a comer sopa diluida.
Recordó las manos pequeñas aferrándose a su manga.
Ver esas plantas… ver esos frutos nacer tan rápido…
Le dio una sensación que casi había olvidado.
Un alivio silencioso.
Sereno.
Emily, caminando un poco más adelante mientras organizaba a los curanderos, volteó a verlo de reojo.
Solo un segundo.
Una sonrisa suave.
Como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
Arvian se apoyó en la barandilla del muro de la ciudad, los ojos fijos en el horizonte donde la caravana ya comenzaba a alejarse.
Sus manos, curtidas por años de guerra y gestión de la ciudad, se cerraron en puños.
—Nunca había visto algo así —murmuró uno de sus capitanes, la voz cargada de incredulidad—. Más de ocho mil personas, todas ellas sobrevivientes, y… y los héroes, todos juntos… nadie más que yo hubiera creído posible algo así.
—Y aun así —dijo Arvian, con voz grave—, aquí estamos. La ciudad no fue saqueada, los heridos están atendidos… y ni una sola alma de los nuestros fue desperdiciada por descuido. —Su mirada se suavizó mientras observaba los brotes verdes que crecían sobre los tejados—. Incluso esas plantas… no esperábamos que algo así pudiera salvarnos.
Uno de los hombres mayores, veterano de varias campañas, negó con la cabeza:
—El Imperio y Carpathia estuvieron años matándose entre sí, y miren… ahora marchan juntos. Por primera vez, la gente tiene esperanza. —Se apoyó en su lanza, con un suspiro—. La guerra, las disputas de nobles, los rencores… todo eso… parece tan… inútil comparado con esto.
—Inútil —repitió Arvian, mientras los últimos carros de la caravana desaparecían tras la colina—. Lo que importa ahora no es quién gobernará qué ciudad, ni qué héroe merece más gloria. Lo que importa es sobrevivir.
“El Camino Congelado y las Estatuas Humanas”
La caravana avanzaba en silencio.
La mañana era gris, pero tranquila… hasta que comenzaron a caer los primeros copos de nieve.
Emily levantó la vista.
—…¿Nieve? En esta época no es posible.
Pero no era nieve normal.
Los copos brillaban como diminutos cristales de mana puro, helados hasta el alma.
El aire se volvió pesado, difícil de respirar, y el viento gimió como un animal agonizante.
A medida que avanzaban, las figuras aparecieron al borde del camino.
Diez.
Veinte.
Cincuenta.
Estatuas humanas.
Albert ordenó detener la marcha y varios soldados se acercaron a inspeccionar. Bastó tocarlas para que una se derrumbara, deshaciéndose como polvo de hielo.
—D-Dioses… —susurró uno de los capitanes—
¡Son personas!
Sí. Personas.
Congeladas de pie, aún en posición de huida…
con los ojos abiertos en un terror que la muerte no alcanzó a borrar.
Emily cayó de rodillas.
—No tienen núcleo… no tienen ni una chispa de maná.
Fueron… drenados.
Leonardo dio un paso atrás, asustado por primera vez en toda su vida.
—¿Qué tipo de criatura hace ESTO?
No hubo respuesta.
Porque en ese instante, la tierra tembló.
Un BOOM retumbó en la distancia.
Luego otro.
Y otro.
Explosiones.
Lejos, pero acercándose.
Los héroes del Reino se miraron entre sí.
—Vamos —dijo Alejandro, apretando los dientes.
Los cuatro corrieron hacia el estruendo…
dejando atrás a Lusian y al ejército.
Albert no dudó.
—¡Formen líneas!
—¡Lusian, guíanos! —pidió el capitán.
Lusian respiró hondo, ocultando el dolor de sus heridas.
—Avanzaremos… pero ordenadamente.
No quiero que nadie quede atrás.
A medio kilómetro del camino, la tormenta se abrió revelando un campo de batalla helado.
Y allí estaban.
Un hombre rodeado por una tormenta de escarcha viva, espada brillante como la luna.
Una mujer tensando un arco fractal, cada flecha un fragmento de hielo afilado como cristal.
Ambos jadeaban.
Ambos estaban cubiertos de sangre que ya se congelaba sobre sus cuerpos.
Los héroes del Reino frenaron al verlos.
La mujer fue la primera en girar la cabeza.
Su mirada era salvaje, determinada, y rota por la desesperación.
—¡E-Están vivos! —gritó ella—
¡Héroes! ¡Ayúdennos!
El hombre del Imperio golpeó el suelo con su espada, levantando un muro de hielo que se quebró al instante por un impacto invisible.
—¡No puede ser… otra vez ese ataque!
Alejandro no tuvo tiempo siquiera de preguntar qué ocurría.
El viento cambió.
El frío se volvió insoportable.
El aire se volvió pesado.
El suelo bajo sus pies crujió como si fuera a partirse.
Algo gigantesco estaba acercándose.
La Marchitahelada emergió de la ventisca como un fragmento vivo del fin del mundo.
Su sombra cubrió a los héroes.
Su aliento congeló el aire… y a varios legionarios que no alcanzaron a huir.
Alejandro apretó los dientes.
—…No puedo vencerte.
Pero sí puedo detenerte.
Kara gritó:
—¡Alejandro, no seas loco! ¡Ese monstruo—!
Pero él ya había dado el paso al frente.
Las llamas surgieron bajo sus pies, escalando su cuerpo como un manto vivo.
Su artefacto divino —la Espada de Solaris— comenzó a arder, no en rojo… sino en un ardor blanco-dorado, la forma más pura del fuego bendito.
El hielo alrededor se derritió al instante.
La Marchitahelada ladeó su cabeza.
Observó la luz.
Sintió la divinidad.
Por primera vez desde que apareció… se detuvo.
Alejandro inhaló profundamente.
Las llamas brotaron de su espalda como alas de fuego quebradas.
—¡SOLARIS… RESUÉLVEME EL CAMINO!
El héroe avanzó.
Cada paso quemaba el hielo absoluto que rodeaba al monstruo.
Cada latido intensificaba el fuego hasta volverlo casi insoportable para los demás.
Los otros héroes tuvieron que retroceder.
Dorian (el héroe imperial) abrió los ojos con incredulidad.
—Es… es imposible…
¡Ese fuego… es fuego divino real!
La Marchitahelada agachó su cuerpo.
Sus placas de hielo crujieron.
No por dolor.
Por análisis.
Por prudencia.
La criatura sabía que ese fuego podía dañarla.
Tal vez no matarla…
pero sí herirla.
Y los depredadores apex no arriesgan su supervivencia por simple arrogancia.
Alejandro levantó su arma.
El mundo se volvió blanco.
¡FWOOM!
Una columna de fuego divino atravesó la ventisca, chocando contra el flanco de la bestia.
Por primera vez, el monstruo rugió.
No de sufrimiento…
sino de irritación.
Una placa de hielo en su costado se derritió, dejando al descubierto un núcleo interno de maná azul oscuro que vibró como un corazón.
Kara se tapó la boca.
—¡Lo hirió…!
¡Alejandro realmente lo hirió!
Emily sintió un escalofrío por todo su cuerpo.
—Un fuego… que puede quemar al maná concentrado…
Eso es… eso solo lo logran los artefactos benditos de grado Numen…
La Marchitahelada dio un paso atrás.
Luego otro.
Sus ojos fractales se posaron en Alejandro.
Lo estudió.
Reconoció que ese humano… podía ser un problema.
No valía la pena perder energía aquí.
El viento cambió de dirección.
La criatura se incorporó, sacudiendo escarcha y fragmentos derretidos.
Y con un movimiento elegante, casi silencioso para su tamaño, giró su cuerpo inmenso y se perdió entre la ventisca.
No huyó.
Se retiró porque no tenía sentido pelear.
Alejandro cayó de rodillas justo cuando su fuego comenzó a extinguirse.
—Haaa… haa…
Maldita… sea…
Dorian corrió hacia él.
—¡Héroe del Reino… lo lograste!
¡La detuviste!
Alejandro negó con la cabeza, agotado.
—No…
Solo…
la convencí… de que había cosas más fáciles… de devorar.
Emily llegó junto a él y lo sostuvo, temblando.
—Alejandro… estuviste a punto de morir…
Él sonrió, apenas.
—Todos lo estuvimos.
Pero ahora sabemos algo importante…
Se puso de pie lentamente, apoyado en ella.
—Las cosas que vienen…
pueden sangrar.
Pueden ser heridas.
No son invencibles.
A lo lejos, el hielo comenzaba a derretirse.
Los legionarios sobrevivientes lloraban.
Los héroes imperiales miraban a Alejandro con una mezcla de respeto y alivio.
Y Lusian, desde la distancia, observaba con ojos entrecerrados.
El enemigo más aterrador que habían visto se había ido.
Pero no porque fueran fuertes.
Sino porque aún no eran… lo suficientemente importantes para matar.
“Héroes del Imperio — Cael y Miriel”
El viento aún llevaba partículas de hielo en el aire, mientras los héroes del Reino y los recién llegados del Imperio se reunían tras la retirada de la Marchitahelada.
La nieve cubría los cadáveres de los soldados congelados y el silencio era pesado, solo roto por el crujir del hielo que se derretía lentamente bajo el fuego de Alejandro.
Alejandro se secó el sudor y miró a sus compañeros: Lusian, Kara, Emily y Dorian.
Del otro lado, los dos héroes imperiales recién llegados —Erik y Selene— evaluaban la escena con ojos calculadores. Sus artefactos chispeaban con energía, listos para cualquier amenaza, aunque la Marchitahelada se había ido.
Kara rompió el silencio:
—¿Cuántos sobrevivieron de las legiones?
Un oficial del Imperio bajó la cabeza, contando con pesar:
—…Menos de la mitad. Las dos legiones que avanzaban hacia esta zona… han quedado diezmadas. La mayoría murió congelada, y los pocos que resistieron… están incapacitados.
Lusian observaba la escena con un interés extraño. Nadie sabía que él había enfrentado a la Marchitahelada antes, aunque en otra vida, en otro mundo. Cada movimiento de la bestia le era familiar.
Su conocimiento le permitía analizar su comportamiento con calma: la criatura era inteligente, paciente, y solo atacaba cuando tenía ventaja absoluta.
Emily se acercó a Alejandro, todavía temblando:
—No puedo creer que hayas… la hayas detenido… —dijo, señalando el hielo derretido—. Fue… impresionante.
Alejandro negó con la cabeza, respirando con dificultad:
—No la detuve. Solo… la convencí de que no valía la pena luchar.
—¿Convencerla? —Selene levantó una ceja—. Algunos de nosotros no tenemos ese lujo cuando enfrentamos depredadores de este tipo.
Kara se giró hacia Lusian, quien había llegado acompañado de las tropas que se habían quedado atrás por su orden, únicamente para proteger a la princesa Elizabeth.
Él cruzó los brazos, su rostro impasible. Por dentro calculaba: si la Marchitahelada regresaba, sabía cómo mantenerla a raya… y más adelante, cómo vencerla, aunque con dificultad y riesgo extremo. Pero ahora, no era necesario; su prioridad era Elizabeth y garantizar que llegara sana y salva a la capital imperial.
Erik habló con voz grave:
—El Imperio ya está evaluando las pérdidas. Sin refuerzos inmediatos, esta región está desprotegida.
Lusian giró levemente la cabeza, sin perder la calma:
—No nos corresponde salvar al Imperio. Nuestra tarea es asegurarnos de que la princesa llegue a salvo, lo demás… puede esperar.
Los héroes del Imperio lo miraban con desconfianza y enojo. Uno de ellos dio un paso al frente, con voz tensa:
—¿Y tú quién eres? ¿Por qué no luchas con nosotros?
Lusian los observó un instante, sin prisa, cruzando los brazos. Luego habló, con voz firme, medida, cargada de una autoridad que parecía pesar más que la nieve misma:
—Soy Lusian Douglas de Mondring.
El nombre cayó sobre ellos como un golpe helado. El aire pareció volverse más denso, más pesado que el silencio que la Marchitahelada había dejado al retirarse.
Algunos soldados se miraron entre sí, sus rostros pálidos; los veteranos del Imperio murmuraban con temor apenas contenido. Los registros de guerra y las historias de los Douglas eran conocidas: “El Segador de la Muerte”, decían. Sus campañas habían marcado al reino y al Imperio con fuego y sangre, dejando huella en cada batalla que había cruzado.
Nadie osaba replicar. Ni Alejandro, ni Leonardo, ni los héroes imperiales. Incluso la Marchitahelada, si estuviera allí, habría sentido que un poder humano incomparable pesaba sobre la escena.
Kara dio un paso adelante, comprendiendo el efecto que tenía Lusian sobre todos, y bajó ligeramente la voz para tranquilizar a los demás:
—Él… protege a la princesa. Nada más importa.
Elizabeth asintió, firme, mientras los héroes del Imperio digerían el peso de aquel nombre y de aquel hombre frente a ellos. Lusian no era un héroe; era una fuerza de la naturaleza humana. Y aunque sus intenciones ahora eran claras, el miedo y el respeto permanecían, tan densos como la nieve que caía a su alrededor.
La Marchitahelada había desaparecido en la lejanía, pero el frío que dejaba tras de sí parecía haberse quedado con ellos. La nieve cubría el terreno como un manto blanco y traicionero, y los cuerpos congelados de soldados y civiles eran un recordatorio macabro de lo que había pasado apenas unos minutos antes.
El campamento se organizó con rapidez. Carpas reforzadas con runas de calor se levantaron entre los pinos, y fogatas azuladas iluminaban la noche, expulsando el frío de los supervivientes. Los heridos eran atendidos por los seguidores de Kara y Elizabeth, mientras los héroes se tomaban un momento para evaluar la situación.
Fue entonces que se hicieron notar los dos nuevos héroes del Imperio.
Sir Cael Veyron, con su afinidad Omega de hielo, era un maestro del control elemental. Su presencia no necesitaba palabras: con un gesto, levantaba barreras de cristal y nieve que protegían a los soldados heridos, y su mirada helada evaluaba cada rincón del campamento como si anticipara cada peligro. No había arrogancia en él, sino la concentración serena de alguien que había sido elegido por la divinidad para equilibrar la guerra con precisión y disciplina.
La nieve seguía cayendo sobre el campamento improvisado, y los heridos yacían sobre mantas mientras el aire olía a hierro y maná residual. Cada segundo que pasaba, los soldados del Imperio se estremecían al recordar la Marchitahelada, y los murmullos de miedo corrían por las filas.
Entre ellos aparecieron Cael Veyron y Miriel, dos jóvenes plebeyos escogidos por los dioses. No había necesidad de palabras grandilocuentes: sus movimientos, precisos y decididos, mostraban que estaban acostumbrados a enfrentar el caos. Cael alzó su bastón, y columnas de hielo se formaron con rapidez para proteger los flancos del campamento. Miriel hizo brotar raíces y tierra que se elevaban como parapetos naturales alrededor de los heridos.
Alejandro, Leonardo, Kara y Emily observaron en silencio, entendiendo sin necesidad de explicación que no había rivalidad entre ellos: todos eran héroes Omega, todos habían sido bendecidos por los dioses, todos compartían la misma responsabilidad.
—Con los heridos asegurados, podemos planear un avance seguro —dijo Alejandro, mientras verificaba las posiciones.
Cael asintió ligeramente, y Miriel ajustó su escudo, sus manos brillando con runas que fortalecían la tierra bajo sus pies. Cada acción era medida, eficiente, sin ostentación; la prioridad era supervivencia y protección, no demostrar poder.
El campamento estaba rodeado de nieve, y dentro de la tienda principal el mapa del territorio yacía extendido sobre una mesa. Las antorchas dibujaban sombras danzantes sobre los rostros tensos de los héroes. Emily dirigía la reunión, mientras Kara y Alejandro escuchaban con atención. Leonardo permanecía en silencio, evaluando cada movimiento del ejército y la geografía del terreno.
Cael y Miriel, los nuevos héroes bendecidos por los dioses, se adelantaron, con la determinación marcada en sus gestos:
—Si vamos a enfrentar a la Marchitahelada, necesitamos todos los recursos —dijo Cael con voz firme—. El ejército debe avanzar con nosotros.
—No —intervino Emily, conteniendo el enfado y la frustración que le hervían bajo la piel—. Este ejército no nos pertenece. Está bajo el mando de la princesa Elizabeth.
El campamento estaba cubierto de nieve reciente, y los soldados trabajaban en silencio atendiendo a los heridos. Dentro de la tienda principal, Cael y Miriel presionaban:
—No podemos quedarnos aquí —dijo Cael—. La Marchitahelada seguirá arrasando todo.
Miriel asintió, sus ojos de tierra brillando con determinación.
Emily suspiró, conteniendo la frustración y el miedo.
—Entiendo —dijo con firmeza—. Pero Lusian no se separará de la princesa. Nuestra misión es escoltar a Elizabeth hasta la capital. Nada ni nadie cambiará eso.
Los héroes intercambiaron miradas, conscientes del peso de la decisión. La seguridad de la princesa era prioritaria, aunque dejaran libre al monstruo significara riesgo para las ciudades cercanas.
Finalmente, Alejandro tomó la palabra:
—Entonces hagámoslo rápido. Nosotros iremos tras la Marchitahelada. No podemos esperar más.
Cael y Miriel asintieron, preparados para enfrentarse al monstruo junto a los héroes del reino.
Leonardo, hablo con voz firme pero controlada:
—No podemos quedarnos aquí. Cada minuto que pasa, el monstruo avanza y las aldeas del sur pagarán el precio. —Miró a Lusian, que no pestañeó—. Debemos ir a la capital, reagrupar nuestras fuerzas y desde allí organizaremos la caza.
Emily avanzó entre los soldados heridos y los restos del campamento hasta dar con Lusian. Lo encontró de pie, observando la nieve que caía, con Elizabeth a su lado, quien apenas murmuraba inquieta por la situación.
—Lusian—dijo Emily, con voz firme pero preocupada—, los héroes quieren perseguir a la Marchitahelada. La región corre peligro si la dejamos suelta.
Lusian suspiró y, sin apartar la vista de Elizabeth, dejó que Emily viera la tensión en su rostro. Luego volvió su mirada hacia ella, y Emily percibió la mezcla de deber y afecto que lo consumía.
—Entonces partiremos hacia la capital —dijo Lusian, con voz decidida—. Elizabeth no se separará de mí, y yo no me separaré de ella.
Emily frunció el ceño, entre enojo y resignación, pero su corazón se agitó al ver la determinación en su prometido. Sabía que Lusian no cedería, pero también entendía que cuidar a la princesa era ahora su prioridad.
—Muy bien —susurró Emily, con un dejo de afecto apenas contenido.
—Solo cuídate mucho, no te excedas— Lusian le dio un breve toque en el brazo, casi imperceptible, y Emily sintió cómo ese gesto decía más que mil palabras.
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