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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 42

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Capítulo 42: Capítulo 42 La Noche que Quiebra el Destino

“Sombras en el Bosque”

La noche había caído sobre el campamento con un silencio demasiado profundo para ser natural. Las fogatas, reducidas a brasas anaranjadas, emitían un resplandor tenue que apenas lograba empujar la oscuridad hacia los bordes del bosque. Más allá de ese límite, las sombras parecían respirar.

Lusian avanzaba por el sendero estrecho que rodeaba el campamento, con la mano cerca de la empuñadura de su espada. No patrullaba; no realmente. Era solo un intento de aliviar el peso que presionaba su pecho desde que habían partido rumbo al Imperio. Desde que comprendió que Elizabeth… que ella estaba caminando directo hacia la trampa de los dioses.

El viento nocturno trajo consigo un murmullo extraño, un quiebre leve en la quietud. Lusian se detuvo. No hizo falta mirar atrás.

La sombra se plegó sobre sí misma, como si el mundo hubiera inhalado de golpe. Entonces, entre los árboles, Kheris tomó forma.

No caminaba. No flotaba.

Simplemente existía, como si siempre hubiese estado ahí.

—Otra vez solo —murmuró el dios caído, su voz resonando como un eco dentro de otro eco—. Empiezas a hacer de esto una costumbre peligrosa, Lusian Douglas.

Lusian no se sobresaltó. Ya no lo hacía.

—Necesitaba aire —respondió, sin volverse del todo.

Kheris avanzó un paso, y la noche pareció doblarse alrededor de él.

—Sigues alejándote del campamento —dijo, en un tono bajo, sin furia abierta… pero con un filo insoportable—. Como si la distancia pudiera ocultar lo que estás pensando.

Lusian continuó caminando.

No respondió.

Kheris lo observó avanzar unos pasos más. Luego habló de nuevo, esta vez con una calma que no era tranquilidad, sino contención.

—Vas a morir si sigues hacia la capital.

Lusian se detuvo entonces, no por obediencia; simplemente porque ya no había más bosque delante.

—Probablemente —respondió, con un susurro seco.

Kheris se acercó. La sombra que lo formaba parecía inestable, como si incluso la noche rechazara contenerlo.

—¿Y aun así sigues caminando en esa dirección?

Lusian finalmente lo miró.

No había desafío en su expresión.

Tampoco miedo.

Solo una aceptación amarga… la de quien ya ha perdido demasiado.

—¿Qué esperabas? —preguntó, con una voz más cansada que hostil—. No pedí estar aquí. No pedí venir a este mundo. Ni vivir una guerra. Ni tener que luchar solo para sobrevivir.

Hubo un silencio.

Uno que incluso Kheris, un dios, no supo llenar.

—Me asesinaste —continuó Lusian, sin elevar el tono—. Me arrancaste de mi mundo. Y ahora quieres que me esconda para proteger tu “ventaja”.

Nada de esto fue elección mía.

—Si los Heraldos descubren mi alma… muero —repitió, casi como un recordatorio para sí mismo, no como lamento.

—Sí —dijo Kheris—. Los Heraldos no son simples guerreros. Son héroes arrancados de otros mundos, cuerpos desgastados por siglos de poder divino. Sus núcleos de maná son frágiles; un choque directo podría quebrarlos y matarlos. Pero si descubren que eres… lo que eres, no dudarán. Morirán contigo antes de permitir que tu anomalía continúe.

—Si vuelvo al ducado, si me escondo… vivo.

—Sí.

Kheris tensó su forma. Las sombras a su alrededor se recogieron con un temblor leve, casi imperceptible.

—Lusian… si vas al Imperio, los Heraldos te verán. No te enfrentarán.

Te ejecutarán.

De inmediato.

Lusian desvió la mirada hacia la oscuridad del bosque.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué? —susurró Kheris, y por primera vez sonó… cansado—. ¿Por qué caminar hacia un destino que no te pertenece?

El joven apretó los dedos alrededor de la empuñadura de su arma, no como amenaza, sino como ancla.

—Porque Elizabeth sí fue mi elección.

Kheris dejó escapar un leve temblor en su voz. No ira.

Dolor.

—La estás eligiendo por encima de tu vida.

—Mi vida dejó de ser mía el día que me arrancaste de mi mundo —murmuró Lusian—. Pero a ella… a ella sí la elegí.

Ella… es lo único que he elegido por voluntad propia desde que llegué a este mundo.

Kheris avanzó un paso.

La sombra alrededor de su forma vibró, no con furia… sino con algo más inquietante: impotencia.

—Ella no vale tu vida. ¡Vuelve! —ordenó Kheris.

—No pienso obedecer cuando no sé para qué —dijo Lusian—. No vine a este mundo porque quise. No elegí ser parte de lo tuyo. No elegí ser una anomalía que los dioses quieren borrar.

Pero sí elegí protegerla a ella.

La sombra se encogió.

Se volvió más pequeña.

Más… humana, de una forma imposible.

Kheris cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, la sombra a su alrededor se reconfiguró, envolviendo a Lusian como un velo invisible. No era un muro de poder, sino un silencioso sello de ocultación. Si alguien miraba desde la capital, los Heraldos no percibirían su esencia.

—No puedo permitir que mueras —dijo Kheris, como si fuera una verdad que lo desgarrara.

Lusian inclinó la cabeza con un gesto casi compasivo, pero no suave.

—No puedes detenerme, No puedo perder más —dijo sin rencor—. Ya lo he perdido todo. Excepto esto.

Una respiración.

Una grieta.

Un dios quebrándose sin dejar de serlo.

Kheris dio un paso hacia atrás.

No por miedo.

Por derrota.

Casi en un murmullo, dijo:

—Si mueres… todo… se borra. Mi lucha, mi caída, mi rabia…

Todo.

Lusian giró apenas, preparándose para volver al campamento.

—Entonces aprende a vivir con la posibilidad de perder —dijo, con un tono que no era cruel, solo sincero—. Al fin y al cabo… yo he vivido así desde que llegué a tu mundo.

No hubo explosión de sombras, ni gritos, ni amenazas.

Solo un silencio devastado.

Kheris desapareció sin sonido, como si la noche lo hubiese tragado.

Lusian regresó al campamento sin sentir victoria.

Ni alivio.

Solo la certeza amarga de que, por primera vez desde que llegó a este mundo…

estaba caminando por una decisión que era completamente suya.

“El Corazón Fracturado del Imperio”

En la capital imperial

El amanecer cayó sobre las murallas deformadas por el maná.

Elizabeth y Lusian avanzaban por el camino que conducía a la capital, un trayecto que años atrás ninguno de los dos habría imaginado recorrer… y mucho menos juntos.

Pero la necesidad no preguntaba.

Y la sobrevivencia menos aún.

La ciudad se alzaba ante ellos como un híbrido imposible de belleza y peligro: torres parcialmente flotantes sostenidas por corrientes de maná, calles que brillaban con filamentos iridiscentes suspendidos en el aire, edificios que parecían retorcerse lentamente, como si respiraran.

Cada destello, cada vibración mágica, era un recordatorio silencioso:

La nube de maná no distinguía reinos, alianzas ni sangre.

Solo dejaba caos a su paso.

A lo lejos, el palacio imperial se alzaba, intacto, como un recordatorio del poder que aún conservaba la emperatriz. Al entrar, Elizabeth y Lusian notaron que no todo estaba bajo control de la corona: los heraldos de los dioses ocupaban salones y corredores, moviéndose con autoridad silenciosa. Sus ojos observaban y evaluaban, y el personal imperial se apartaba con respeto contenido, conscientes de que la obediencia no era ya absoluta: cualquier orden de Naira debía pasar primero por la aprobación de los heraldos.

La sala del trono estaba preparada con precisión quirúrgica.

Naira ocupaba el centro, impecable, sentada en un trono que parecía absorber la luz distorsionada por la Nube de Maná. Su vestido —sobrio, elegante, calculado— ocultaba cualquier intención personal, pero su postura firme revelaba a una mujer acostumbrada a ejercer control absoluto incluso bajo nuevas restricciones.

Elizabeth percibió la dinámica al instante: allí, cada palabra debía pasar por los heraldos. Cada gesto, cada matiz, era una negociación silenciosa.

Los heraldos no se sentaron. Permanecieron de pie, formando un semicírculo, con el maná ondulando a su alrededor como un recordatorio vivo de su naturaleza divina. Su presencia era una frontera. Una advertencia.

Naira los saludó con la inclinación formal que ahora la posición obligaba a ofrecer. Uno de ellos respondió con un leve asentimiento, intercambiando una mirada casi imperceptible con sus compañeros. El mensaje era claro: nada estaba verdaderamente bajo control.

—Princesa Elizabeth. Duque Lusian Douglas —dijo Naira, con voz medida, cada sílaba en su lugar exacto—. La ciudad ha sufrido más de lo que imaginábamos. Reconstrucción, seguridad… estabilidad. Éstas deben ser nuestras prioridades.

Un gesto casi invisible de su mano autorizó a los heraldos a acercarse.

Uno avanzó y apoyó la palma sobre la mesa de reuniones. El maná respondió con un resplandor suave que iluminó mapas y diagramas defensivos.

La tensión era palpable: cada decisión debía ser compartida, supervisada, bendecida. La emperatriz ya no gobernaba sola.

Elizabeth notó que Lusian se mantenía rígido, alerta. Sabía que aquella sala no era territorio seguro. Los heraldos lo observaban con una mezcla fría de curiosidad y sospecha. Él era un punto de fricción, un error en sus cálculos divinos, un Épsilon ambulante que no debía existir fuera de sus planes.

La princesa dio entonces el primer paso formal hacia el trono.

No llevaba joyas ni corona. No las necesitaba. La dignidad natural de su porte era más autoritaria que cualquier símbolo regio.

Lusian caminó un paso detrás, silencioso, atento, pero sus pensamientos no se detenían “Si hablara ahora, el Imperio entendería demasiado. Pero si callaba… arriesgaba aún más.” la mano descansando cerca de su espada mientras estudiaba cada sombra como si pudiera atacarlos.

Naira Ferrussi se puso de pie.

La sonrisa que ofreció era fina, calculada. Sus ojos, afilados como bisturís políticos, reflejaban cortesía… y algo más.

—Princesa Elizabeth —saludó, voz clara y modulada—. Su llegada al corazón del Imperio es un gesto que valoramos profundamente. Su travesía no debe haber sido sencilla, considerando el estado actual de nuestras tierras.

Elizabeth inclinó la cabeza con la cortesía justa, sin ceder más de lo necesario.

—Su Majestad. En nombre del Reino venimos a ofrecer lo que esté a nuestro alcance: tropas entrenadas, provisiones y asistencia estratégica. Nuestro objetivo es apoyar la recuperación del Imperio.

Naira no se movió.

No respiró más profundo.

No parpadeó.

Pero lo observaba todo: la postura de Elizabeth, la tensión en Lusian, las micro expresiones de los heraldos.

La escena por sí sola transmitía la fractura del Imperio: la emperatriz que ya no gobernaba sola, los heraldos que imponían decisiones, la nobleza desplazada… y un invitado cuya presencia alteraba planes divinos y ambiciones mortales.

—Qué magnanimidad, princesa —dijo con suavidad—. Traer fuerza extranjera a nuestras tierras no es una decisión menor. El Imperio… ha sufrido como ningún otro.

Elizabeth respondió con una voz serena, firme:

—Podemos organizar caravanas seguras, establecer refugios temporales y enviar personal capacitado para estabilizar el maná en zonas críticas. Todo bajo la dirección de Su Majestad, por supuesto.

Un murmullo cruzó la sala.

Los Heraldos se movieron apenas, como si una ráfaga invisible los hubiese sacudido.

Uno de ellos —túnica azul, rostro inmutable— inclinó la cabeza con un gesto de advertencia.

—La fe guía la supervivencia de este Imperio —dijo—. No podemos permitir que la fuerza de las armas eclipse la voluntad de los dioses. Cada acción debe ser bendecida… o arriesgamos un desastre mayor.

Naira escuchó sin alterar su respiración.

Sólo evaluó.

Los Heraldos, erguidos como estatuas antiguas, proyectaban una sombra sobre el trono que antes no existía.

Y detrás de Elizabeth… Lusian Douglas.

La pieza más peligrosa del reino.

Y la que el Imperio necesitaba con desesperación.

Naira inclinó apenas la cabeza. Lusian sostuvo su mirada durante un segundo… un segundo demasiado largo. Ella se permitió un vistazo breve, controlado; no podía permitir que nadie notara cuánto lo necesitaba. La mitad de sus legiones servía ahora a los templos, y la otra mitad estaba aislada en regiones que apenas podían defenderse.

Su poder militar… se estaba desmoronando.

—Aprecio su prudencia, princesa —continuó Naira, volviendo a Elizabeth—. Aquí, cada paso debe medirse. Y toda estrategia se discutirá con los Heraldos. Con su ayuda, tal vez… reduzcamos las pérdidas.

Los Heraldos intercambiaron miradas tensas. Otro de ellos, túnica blanca impecable, añadió con gravedad:

—El fenómeno de maná no distingue intenciones. Y hay anomalías que requieren… especial atención.

Mientras la reunión continuaba, Elizabeth comprendió que habían entrado en un imperio donde las reglas habían cambiado, donde la palabra de la emperatriz ya no era ley absoluta, y donde la supervivencia dependía de navegar cuidadosamente entre la política, la magia y los ojos de quienes podían decidir su destino con un gesto.

Elizabeth sostuvo su temple.

—No venimos a imponer nada —dijo con serenidad—. Solo a ofrecer apoyo donde se nos permita.

Naira alzó la mano, un gesto elegante que cortó la tensión con precisión quirúrgica.

—Lo que queremos es coordinación. No imposición. La fe nos guía, princesa… —sus ojos volvieron a Lusian— pero la fuerza sostiene al Imperio. No puedo permitir que vuelva a derrumbarse por falta de entendimiento.

La sonrisa que curvó los labios de Naira fue casi imperceptible.

Y sus pensamientos, invisibles para todos.

Lusian… tan cerca y aún fuera de mi alcance. Si no fuera por este caos, ya habría reclamado lo que necesito.

Uno de los Heraldos dio un paso adelante.

—Propongo entonces una fuerza conjunta: tropas imperiales, tropas del reino… y dos de nuestros Héroes, para garantizar que los dioses guíen nuestras acciones. Cada decisión será tomada en acuerdo. Ningún comando dominará sobre el otro.

Naira abrió la boca para responder, pero Elizabeth se adelantó con cuidado.

—Nadie cuestiona la importancia de la guía divina —dijo—. Pero si las tropas del reino han de luchar, necesitan capacidad de decisión. Maniobrar solo después de doce permisos significaría perder ciudades antes de actuar.

Los Heraldos tensaron la mandíbula.

Era una concesión que les costaba… pero rechazarla sería admitir que anteponían poder a supervivencia.

Y eso sería suicida.

Naira ocultó su satisfacción con la gracia de una emperatriz.

Una tregua.

Una oportunidad.

Un respiro militar… si sabía mover las piezas adecuadas.

Y si lograba mantener cerca al hombre que podía cambiar su destino.

—Acepto la propuesta —declaró finalmente—. Por el bien del Imperio. Y por el futuro de todos.

Se acercó al mapa extendido sobre la mesa.

Naira dejó que su mirada recorriera a Lusian, pero solo por un instante, suficiente para que Elizabeth percibiera un interés contenido bajo la máscara de cortesía. Luego volvió a los mapas y a la discusión, evaluando los informes que los heraldos desplegaban. Movía sus manos con precisión, sugiriendo cambios aquí, pidiendo aclaraciones allá, siempre manteniendo la apariencia de colaboración, pero también dejando claro que nadie podía ignorarla por completo.

—Empecemos por las áreas críticas —añadió—. Con la guía de los Heraldos y su colaboración, princesa, quizás logremos mantener el Imperio en pie.

Elizabeth inclinó ligeramente la cabeza.

Sus ojos buscaron a Lusian detrás de ella: alerta, sólido, un bastión silencioso en ese mar de intereses cruzados.

Un silencio tenso inundó el salón.

Un silencio que hablaba más que cualquiera de ellos.

Cálculo. Tensión. Vigilancia mutua.

Y un entendimiento tácito:

cada palabra, cada mirada, cada gesto… estaba siendo juzgado.

“El regreso de los Héroes”

La caravana cruzó las últimas colinas antes de la capital imperial sin levantar celebraciones ni anunciar su llegada. Los estandartes del Reino y del Imperio ondeaban desgarrados, cubiertos de escarcha muerta. Los seis héroes caminaban al frente, silenciosos, mientras los pocos soldados sobrevivientes apenas mantenían el paso. Las murallas aparecieron ante ellos como gigantes grises, cargadas de runas luminosas que palpitaban con la saturación de maná.

No había música.

No había corneta de bienvenida.

Solo el sonido de las botas hundiéndose en la nieve fresca.

Al cruzar las puertas, la ciudad se detuvo.

Los ciudadanos los miraban desde balcones flotantes y calles iluminadas por filamentos arcanos; sus ojos buscaban respuestas que los héroes no podían dar.

Kara avanzaba con la mirada baja.

Emily sostenía entre sus manos un amuleto fracturado, última pertenencia de un soldado caído.

Leonardo cargaba parte del escudo destrozado de una legión imperial.

Cael y Miriel, héroes del Imperio, caminaban tensos, con las manos semiabiertas por hábito, listos para un ataque que no llegaría.

Alejandro, en cambio, parecía brillar por dentro.

Su respiración ardía.

Pero la Espada de Solaris a su costado había perdido toda luz.

Dormida. Agotada.

Un murmullo se extendió entre la multitud:

«¿Dónde están las legiones?»

«¿Por qué regresan tan pocos?»

«¿Y la criatura…?»

Nadie se atrevió a decirlo en voz alta.

Los héroes del Reino eran desconocidos allí.

Y eso los hacía más inquietantes.

Los seis fueron conducidos no al palacio, sino al Gran Templo de Kaenria, una estructura blanca fracturada en niveles suspendidos en el aire. Las columnas respiraban maná. Las plataformas flotaban como hojas atrapadas en una corriente invisible.

Allí estaban ellos.

Los Heraldos.

Tres figuras que parecían quebrar el aire solo con existir.

Su maná ondulaba alrededor en halos casi insoportables para cualquiera que no fuera divinamente bendecido.

Los héroes del Reino sintieron la presión al instante.

La respiración se volvió pesada.

El ambiente, espeso como agua.

Cael y Miriel se arrodillaron con respeto absoluto.

—Heraldo Aster —saludó Cael—. Hemos regresado con información sobre la Marchitahelada.

El Heraldo de túnica blanca inclinó la cabeza. Sus ojos hundidos brillaban con un resplandor antinatural.

—Y con menos soldados de los que partisteis —dijo con voz doble, humana y no humana—. Triste. Ineficiente. Previsible.

Emily sintió cómo la sangre se le helaba.

Alejandro dio un paso al frente.

—La criatura era más inteligente de lo esperado. Y más fuerte. Pero no invencible.

El Heraldo de túnica azul lo observó con detenimiento, como si leyera cada hilo de su alma.

—¿Tú quién eres? —preguntó, sin emoción—. Siento divinidad en ti… pero pensé que este tipo sería más útil.

Alejandro arqueó una ceja, divertido.

Emily sintió miedo.

Recordó al Heraldo de la Luz siempre era amable.

Pero este heraldo era diferente.

Leonardo contuvo la respiración.

El Heraldo de túnica dorada, el más imponente, habló finalmente:

—Estos son los cuatro héroes del Reino.

Tras reportar la situación, los Heraldos los trasladaron a solicitar audiencia con la Emperatriz. Naira los esperaba en el salón del trono, con la postura de una soberana.

El Heraldo dorado habló sin inclinarse:

—Necesitamos refuerzos para enfrentar a la Marchitahelada.

Naira entrecerró los ojos.

—¿Por qué no usan sus propias tropas? —preguntó con voz suave—. Los fieles del templo morirían encantados por su causa.

Sabía muy bien la respuesta.

Los Heraldos querían desgastar su ejército.

Ya habían tomado dos de sus legiones para los templos… y ahora pedían más.

Descarados.

El Heraldo Aster continuó:

—Reuniremos fuerzas. Pero antes debemos evaluar la estabilidad emocional y espiritual de los fieles.

Miró directamente a Emily, Kara y Leonardo…

y finalmente a Alejandro.

Luego volvió la vista hacia Naira.

—Son bendiciones dadas por los dioses, Majestad. Debe colaborar. Es por la salvación de su pueblo.

La alusión era clara:

Los Heraldos reclamaban autoridad sobre los héroes.

Los héroes podían atraer fe… y poder.

Los héroes sobrevivían mientras sus soldados morían.

El control sobre ellos significaba influencia sobre el Imperio.

Naira sonrió con elegancia.

Pero en su interior, su enfado crecía como fuego contenido.

Desde su lugar, los observó con la mirada afilada de quien calculaba amenazas… y oportunidades.

Un instante su mirada se cruzó con la de Alejandro.

Un segundo demasiado largo.

Alejandro sintió algo chispear en su interior.

El pensamiento apareció sin permiso, suave, arrogante, inevitable:

La emperatriz no debería estar fuera de mi alcance.

Después de todo, también soy un elegido.

Intentó apartarlo.

Demasiado tarde.

Había germinado.

El Heraldo dorado insistió:

—Su Majestad… la situación es urgente.

Alejandro abrió la boca, probablemente para pedir más ayuda.

Emily le apretó la mano.

—No —susurró.

Y por primera vez, él obedeció.

Naira levantó la mano.

El silencio cayó como una marea.

—Fracasar no es un crimen —dijo, dando un paso adelante—. Pero perder a mis hombres de esta manera sí lo es. Mañana hablaré con mis generales. Por ahora… retírense.

Los héroes y los Heraldos salieron.

El general Valmont esperaba fuera. Su mirada recorrió los estandartes rotos y la ausencia de sus soldados.

—Esos malditos… —susurró—. Perdieron una legión completa. La otra no puede continuar. Majestad…

Naira lo miró.

No había rabia en sus ojos.

Había cálculo.

—Héroes —dijo con una calma inquietante—. Qué inútiles.

Mañana hablaremos con la princesa Elizabeth. Le pediré que marche con su ejército.

Valmont asintió en silencio.

“Lo que se Rompe por Dentro”

La reunión terminó.

El Imperio se reajustaba.

Los Heraldos ya trazaban nuevos planes, implacables.

Y Emily… solo quería desaparecer.

Atravesó los corredores del palacio imperial sin mirar a nadie, buscando un espacio que no exigiera respuestas, que no esperara milagros, que no le recordara que había fallado.

Un lugar donde pudiera respirar sin sentir que el mundo dependía de ella.

Encontró a Lusian en la terraza privada asignada a la comitiva del Reino.

Él estaba de pie, con los brazos cruzados, observando la ciudad teñida por las luces del maná.

La nieve caía suave, como ceniza apagada.

Emily se detuvo en el umbral.

—…Lusian.

Él giró la cabeza.

Había alivio en su mirada. Y algo más profundo, algo que solo ella podía reconocer.

—Emily —respondió, con una suavidad reservada únicamente para ella.

Ella dio unos pasos hacia él, intentando mantener la compostura… pero su voz tembló antes que sus rodillas.

—Fallamos —susurró, como si lo admitiera por primera vez—. Perdí… hombres, Lusian. Y no pude… no pude hacer nada.

Lusian no preguntó, no corrigió, no exigió explicaciones.

Simplemente se acercó y la abrazó.

Emily no titubeó.

Se aferró a él con desesperación contenida, hundiendo el rostro en su pecho.

Lusian la sostuvo con fuerza, una mano en su espalda, la otra en la nuca, protegiéndola como si el mundo no pudiera alcanzarla allí.

—Ya no estás en el campo de batalla —murmuró contra su cabello—. Aquí no tienes que fingir fuerza.

Ella tembló.

—No pude hacer nada…

Lusian inclinó la cabeza y sus labios rozaron su sien en un gesto silencioso de consuelo.

—No es tu culpa —dijo con firmeza—. Todo está bien.

Emily negó, ahogada por la culpa.

—Pero soy una heroína… se supone que debo salvar a la gente…

Lusian la tomó por el rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo.

—Emily. No cargues con todo tú sola. Te conozco. Sé cuánto te esfuerzas… a veces demasiado. Pero hay cosas que no pueden evitarse, aunque demos todo lo que tenemos.

Ella cerró los ojos.

La tensión comenzó a derrumbarse.

La culpa, la presión, el fracaso… se deshacían en el calor de ese abrazo.

Tomó la camisa de Lusian con fuerza, casi suplicante.

—Quédate conmigo —pidió en un hilo de voz—. No… no puedo dormir sola esta noche.

Lusian no necesitó palabras.

Asintió.

La acompañó a su habitación.

Cerró la puerta tras ellos con suavidad.

Y esa noche no hubo estrategia, ni política, ni dioses, ni monstruos.

Solo Ella… buscando refugio.

Y Él… sosteniéndola, como tantas veces ella lo sostuvo a él.

“El Duque de la Noche”

La luz del día comenzaba a apagarse tras los muros del palacio imperial. Lusian estaba en la armería privada, preparando con calma cada arma, cada equipo. Sus dedos se detuvieron sobre la funda de su espada, y luego sobre el yelmo negro que absorbe la luz, pensado para la noche que se avecinaba. Cada gesto era medido, silencioso, como si la propia oscuridad ya lo estuviera esperando.

Desde el corredor llegaron voces elevadas. Emily y Elizabeth discutían con insistencia, sus palabras rebotando en las paredes de piedra.

—Lusian, ¡no puedes hacer esto! —gritó Emily, conteniendo la frustración—. La Marchitahelada acabó con una legión entera. ¡Podrías morir!

Elizabeth avanzó unos pasos, el rostro rígido:

—Es un monstruo de nivel Omega. No voy a permitir que vayas solo. Es demasiado peligroso.

Albert, el viejo veterano, no se quedó atrás. Su voz era grave y decidida:

—¡Y yo te acompañaré, Lusian! Nadie te deja ir así, no mientras yo respire.

Lusian levantó la mirada, calmada pero firme, y fijó los ojos en Albert. El tiempo pareció detenerse unos segundos mientras sus miradas se cruzaban.

—Albert… soy el Duque Douglas —dijo Lusian con voz gélida y autoridad inquebrantable—. Tú eres mi vasallo. Debes obedecerme. Te quedaras protegiendo a la princesa.

El anciano titubeó, pero su orgullo no cedía. Lusian continuó:

—No hay lugar para discusiones. Esta misión requiere precisión, sigilo y velocidad. Nadie puede interferir. No hoy, no esta noche.

Emily respiró con dificultad, y Elizabeth bajó la mirada, tratando de contener la preocupación que hervía en su pecho. Lusian los miró a ambos, y cada palabra que pronunció era un golpe de certeza:

—Mientras sea de noche, ningún ser está a salvo conmigo.

El silencio se hizo absoluto. Naira, desde un balcón más alto, observaba con los brazos cruzados. La frase la golpeó como un recuerdo del pasado. Recordó la guerra con el Reino, la noche de su peor derrota, cuando los Douglas habían matado a más de mil hombres sin que nadie lo supiera. Desde aquel día, jamás volvió a atacar de noche. Y ahora, frente a sus ojos, un Douglas iba a cazar un monstruo solo, bajo la oscuridad.

Lusian finalmente montó a Thunder, el corcel cargado de electricidad, mientras Umber, el lobo negro, se acercaba a su lado con la gracia silenciosa de un depredador. Los cascos de Thunder golpearon el suelo y el lobo se posicionó junto a él.

—Ve —susurró Lusian, y sin más, se adentró en las calles de la capital imperial.

Emily y Elizabeth apenas podían moverse, observándolo desaparecer en la noche. La certeza del peligro, la imposibilidad de detenerlo, y la confianza absoluta que emanaba de él las dejó paralizadas. Sabían que Lusian no estaba solo… pero que su sombra era suficiente para enfrentar cualquier horror que el mundo pudiera arrojarle.

La noche cayó como una cortina viva.

No había luna.

No había estrellas.

Solo la oscuridad absoluta… y dentro de ella, dos figuras que no debían existir.

Lusian avanzaba sin dejar huellas.

A su lado, Umber, el lobo negro, movía su cuerpo enorme como si fuera humo sólido.

Ambos estaban cubiertos por una capa de sombras tan densas que ni el maná de la criatura más sensible podría percibirlos.

Lusian respiró hondo, muy hondo, hasta que su pecho apenas se movió. “Solo un segundo. No necesito suerte… solo exactitud.”

—Inicio “Dormir del alma” —susurró, aunque el sonido murió antes de nacer.

Su temperatura cayó.

Su pulso casi se detuvo.

Su respiración desapareció.

Umber imitó el proceso, ojos amarillos apagándose hasta quedar como carbones muertos.

No existían.

No eran calor, ni olor, ni sonido.

Eran sombras caminando sobre sombras.

—Mantente a mi derecha —murmuró Lusian, ya con la voz hueca—. No permitas que tu aura despierte.

El lobo gruñó sin sonido.

Cientos de metros adelante, la Marchitahelada respiraba.

Cada exhalación congelaba el aire en un arco masivo, formando cristales que flotaban y caían como pétalos de muerte.

El frío intentó alcanzarlos…

pero la oscuridad alrededor de Lusian lo absorbió, como un pozo sin fondo.

Una magia prohibida, peligrosa, pero indispensable:

—Capa de Sombra Absoluta.

El hielo se frenaba antes de tocarlos.

La criatura no sentía nada acercándose.

Perfecto.

Lusian extendió una mano.

El suelo bajo la nieve se hundió en negro líquido.

—Pozo Inverso… activado.

La trampa esperaba.

Umber bajó la cabeza.

Su pelaje se agitó como si algo desde dentro lo recorriera.

—Prepárate —dijo Lusian.

La bestia alzó de pronto la cabeza.

Algo la alertó.

Una vibración mínima.

Una alteración en el viento.

Pero demasiado tarde.

La Marchitahelada dio un paso—

y su pata se hundió en la sombra viscosa.

Un rugido que partió el bosque retumbó en todas direcciones.

Umber se lanzó primero.

Un borrón negro.

Una mordida silenciosa.

La pata trasera izquierda perdió estabilidad, el maná se dispersó.

Lusian surgió desde la nada.

Su espada de sombra no brillaba, no reflejaba, no gritaba su existencia.

Un solo corte limpio.

Un tendón helado se quebró como vidrio.

La criatura cayó de lado, aullando, la nieve levantándose como una tormenta.

Lusian levantó la mano al cielo.

—¡Ahora!

Un relámpago sin trueno descendió desde la colina.

El corcel de electricidad apareció como un fantasma azul.

Pisó el suelo.

La tierra crujió.

Una descarga de miles de voltios atravesó el cuerpo del monstruo.

La Marchitahelada convulsionó, las placas heladas fragmentándose.

—¡Umber! —ordenó Lusian.

El lobo saltó a la garganta.

Sus colmillos de sombra se hundieron en la carne helada, rasgando capas de hielo vivo.

Lusian cargó su espada.

La oscuridad se concentró.

Invisibles, peligrosas, hambrientas.

—Corte de Anulación.

Golpeó el núcleo.

Un estallido de luz negra consumió el hielo desde adentro.

La Marchitahelada dejó de moverse.

Silencio.

Oscuro.

Profundo.

Final.

Lusian exhaló.

Umber bajó la cabeza.

El corcel apagó su electricidad con un relincho suave.

Había terminado.

Habían cazado a la sombra helada de la noche.

El primer rayo de sol atravesaba los muros de la capital imperial, iluminando la nieve derretida y los estandartes raídos que aún ondeaban sobre la plaza. Lusian regresó silencioso, montado sobre Thunder, con Umber caminando a su lado. Entre ellos, el enorme cuerpo del alce de la Marchitahelada colgaba atado y cubierto de sombras de la noche, como un presagio de la violencia que había atravesado el mundo en pocas horas.

Al detenerse frente a los Heraldos, los héroes del Reino y los pocos soldados que habían sobrevivido al enfrentamiento con la bestia, un silencio absoluto se hizo presente. Ni un suspiro se atrevió a romper la tensión. La criatura que había aterrorizado legiones estaba ahora derrotada, y Lusian se mantenía firme, su figura aún cubierta por la sombra de la noche que lo había acompañado en la caza.

Emily se adelantó rápidamente, sus pasos apresurados resonando sobre el pavimento helado. Cuando llegó a su lado, se abrazó a él con fuerza, apoyando la cabeza contra su pecho, como si quisiera asegurarse de que no era un sueño.

—¡Lusian! —susurró, con la voz entrecortada por la mezcla de alivio y miedo—. Estás… estás bien…

Lusian colocó una mano en su espalda y otra en la nuca, sosteniéndola con firmeza, pero sin perder la calma que lo caracterizaba. Su mirada aún estaba cargada de la sombra de la batalla, pero la tensión se suavizó ligeramente al sentir el contacto de Emily.

Desde un lateral, Elizabeth observaba la escena junto a la emperatriz Naira. Su mirada era seria, cargada de respeto y orgullo. La Emperatriz Naira, en cambio, lo evaluaba con ojos calculadores y una mezcla de fascinación y reconocimiento: veía en él alguien capaz de estar a su lado y otorgarle la fuerza que necesitaba.

Los Heraldos permanecieron inmóviles, su maná ondulando como si midieran la magnitud de lo ocurrido. Los soldados supervivientes, algunos aún cubiertos de escarcha y heridas, se limitaron a mirar, sin palabras, incapaces de procesar que el monstruo que había destruido legiones había caído por la sola intervención de Lusian.

Emily se separó apenas unos centímetros, mirando su rostro con preocupación.

—Nunca hagas algo así de nuevo… —susurró, apenas audible, y su mano se aferró a la suya con firmeza.

Lusian la observó un instante y esbozó una media sonrisa, cansada pero segura.

—No lo haré… —dijo, con suavidad—. Pero ahora está hecho. Y nadie más sufrirá por la Marchitahelada.

Elizabeth bajó la vista un instante, mientras Naira permanecía inmóvil, midiendo la situación. Aquel triunfo silencioso no solo demostraba la habilidad de Lusian.

Los Heraldos permanecieron inmóviles, el maná ondulando a su alrededor como una advertencia silenciosa. No veían a un héroe… veían un peligro. Un hombre que actuaba por su cuenta, con habilidades que ni los ejércitos ni los dioses podían controlar. Cada movimiento suyo aumentaba la urgencia de sus planes para mantener el equilibrio de poder; Lusian había demostrado que podía alterar la guerra y la política con su sola presencia.

Los héroes del Reino, por otro lado, estaban visiblemente avergonzados. Seis de ellos, dos legiones y nada pudieron hacer contra la Marchitahelada. La derrota y la impotencia se reflejaban en sus rostros: celos, frustración y una mezcla de admiración contenida hacia alguien que no solo sobrevivió, sino que dominó la amenaza que ellos no pudieron.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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