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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 43

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Capítulo 43: Capítulo 43 Sombras y Caminos

“Los Heraldos ante el Trono”

El sol apenas despuntaba sobre la capital imperial cuando las puertas de la ciudad se abrieron. Los Heraldos aguardaban en el Gran Patio del Templo, rodeados por soldados y sirvientes, mientras los héroes recién llegados cruzaban los portones. Cuatro figuras se acercaban, cada una representando el poder de su dios.

Deidara, Heroína de la Oscuridad, avanzaba con paso seguro, su armadura negra reflejando apenas la luz matinal. Su presencia proyectaba un aura de peligro contenido que imponía respeto a todos los presentes.

Junto a ella, Eidran, Héroe del Viento, parecía flotar sobre el suelo; su capa se movía con una brisa que no existía. Cada paso suyo resonaba como un susurro calculado.

Valkaria, Heroína del Metal, marchaba como una muralla de hierro vivo. Su lanza líquida se contorsionaba en silencio, como si respirara, y cualquier intento de mirarla a los ojos despertaba la sensación de ser evaluado.

Finalmente, Lethos, Héroe de la Mente, cerraba la fila. No portaba armas visibles ni armadura pesada. Sus ojos profundos examinaban el entorno, la situación y a todos los presentes, como si pudiera leer intenciones y prever movimientos.

Los Heraldos se adelantaron, conduciendo a los héroes ante la Emperatriz Naira. Cada presentación era formal: un protocolo que demostraba jerarquía. Primero, informes sobre la región aislada: las rutas finalmente se abrieron, pero la Marchitahelada había dejado un desastre que iba más allá de muros y ciudades.

—Los monstruos no han disminuido —informó Aster, el Heraldo principal—, incluso han aumentado. Las aldeas aún están en riesgo y las legiones del Imperio podrían intervenir, pero… —su voz titubeó al mirar a la Emperatriz—, entendemos que la situación es crítica.

Naira observó a los Heraldos con calma. Sus ojos no eran de miedo, sino de estrategia; conocía cada movimiento, cada intención detrás de las órdenes y las miradas.

—El despliegue inmediato de todas las legiones —dijo, su voz suave pero firme— podría resolver el problema momentáneamente… pero también expondría a nuestras fuerzas a un terreno inestable y saturado de maná. Las bajas serían enormes, y la situación se complicaría más de lo que prevén.

Los Heraldos intercambiaron miradas, sorprendidos por la prudencia implícita en sus palabras. Nadie esperaba que la Emperatriz cuestionara sus instrucciones de manera tan diplomática, sin desafiar abiertamente su autoridad.

—Sin embargo —continuó Naira, inclinando ligeramente la cabeza hacia Elizabeth—, hay alternativas. Princesa Elizabeth, sus tropas podrían reforzar ciertas rutas críticas, bajo coordinación directa con los Heraldos y los héroes del Imperio. Así garantizamos eficacia sin comprometer el grueso de nuestras fuerzas.

Elizabeth mantuvo la postura recta y digna que caracterizaba a la diplomacia de Carpathia. Sus ojos evaluaban la situación, no la imponían. Sabía que cada movimiento afectaba vidas y reputaciones, y que el equilibrio entre colaboración y autonomía era delicado.

—Entendido —respondió con calma—. Mis soldados actuarán donde se necesite, pero no pondré a la fuerza de Carpathia en riesgo innecesario.

Un silencio pesado llenó el Gran Patio. El viento helado recorría las murallas y los Heraldos no encontraban palabras para contradecir sin mostrarse vulnerables. La Emperatriz había logrado, con pocas frases, proteger su fuerza, preservar la autoridad del Imperio y colocar la decisión final bajo el control de la princesa extranjera, sin enemistarse abiertamente con nadie.

“LA MISIÓN”

Emily caminó al lado de Lusian mientras se preparaban para partir hacia las ciudades aisladas. Sus ojos recorrían las murallas, los mercados y los caminos recién despejados. El maná en el aire se sentía denso, vibrante, como si cada partícula anticipara los peligros que acechaban más allá de los límites visibles.

Toda la comitiva del Reino partía al amanecer. La princesa Elizabeth, como máxima comandante de sus fuerzas, lideraba la marcha con decisión, su figura al frente de la columna proyectando autoridad y calma ante los soldados. Lusian cabalgaba a su lado, silencioso, evaluando cada detalle: rutas, posibles emboscadas, señales de maná anormal. Los héroes del Imperio estaban distribuidos entre las tropas, prestos a intervenir, pero manteniendo una distancia estratégica; cada uno siguiendo las órdenes que solo Lusian o Elizabeth podían dar.

La noche aún cubría los bosques y llanuras cuando llegaron a la primera ciudad atrapada por los monstruos. Desde lejos, las murallas parecían intactas, pero los edificios interiores estaban cubiertos por hielo y nieve acumulada. El silencio era absoluto, roto solo por los gemidos de los supervivientes.

Los héroes del Imperio se movían en caravanas, calculando cada paso, manteniendo distancia y coordinación. Lusian no los necesitaba para esta parte de la operación: su magia de oscuridad lo hacía prácticamente invisible, y Umber podía neutralizar cualquier amenaza menor sin alertar a los aldeanos.

—Si presionamos con fuerza, colapsarán los edificios —advirtió Cael.

Emily, al ver a los aldeanos hambrientos, temblando, casi sin esperanza, murmuró:

—Esto es peor de lo esperado…

Leonardo bajó la voz:

—Ni siquiera con toda nuestra fuerza podremos salvarlos a todos a la vez.

Lusian no respondió. Desde las sombras se movía como un depredador experto, Umber neutralizaba monstruos menores sin que ningún aldeano siquiera notara su presencia. Era eficiencia pura.

—Emily, coordina a los sobrevivientes —ordenó Lusian—. Abriremos rutas principales. Distribuyan suministros. Rápido.

Todo avanzó con precisión quirúrgica. Calles despejadas. Monstruos eliminados sin pánico. Refugios abiertos.

Desde la sombra, Lusian observaba. Umber avanzaba junto a él, un borrón negro invisible entre las ruinas. Cuando un monstruo menor bloqueaba un pasaje vital, Lusian dio la orden; en segundos, Umber eliminó la amenaza sin que los aldeanos lo notaran. Thunder permanecía detrás, cargando energía eléctrica, listo para actuar si la situación empeoraba.

Desde la distancia, los Heraldos observaban los informes enviados por mensajeros mágicos. Su silencio era pesado; la magnitud del poder de Lusian los llenaba de incertidumbre y urgencia, sin que supieran si podían controlarlo o dirigirlo.

Emily se acercó a Lusian en un callejón, sosteniendo su brazo.

—Lusian… ¿seguro que puedes con esto solo? —preguntó, mezcla de miedo y confianza.

Él la miró, apenas visible en la oscuridad.

—Mientras sea de noche, ningún ser está a salvo conmigo.

Emily suspiró, aferrándose a esa certeza. A su alrededor, los aldeanos comenzaban a moverse, llevando provisiones y recuperando esperanza. Cada ruta despejada era un pequeño triunfo; cada vida salvada, un recordatorio de que incluso los héroes invisibles podían cambiar el destino de un imperio.

La comitiva avanzó hacia la siguiente ciudad. Elizabeth al frente, Lusian a su lado, Umber y Thunder detrás.

Fue Lusian quien lo sintió primero:

un susurro demoníaco.

Algo familiar.

Algo que no debía existir.

En algún punto, Deidara se mantenía entre las tropas, observando con atención. Su sonrisa apenas perceptible ocultaba más de lo que mostraba; los Heraldos detrás de la operación confiaban en que sus planes avanzaban sin ser descubiertos.

La caravana avanzaba por los bosques de Eldarion, la primera luz del alba filtrándose tímidamente entre los árboles. Elizabeth cabalgaba al frente, rodeada por cientos de soldados de élite, su mirada evaluando cada movimiento del terreno. Lusian estaba a su lado, Thunder y Umber siguiéndolo como sombras vivientes, su atención dividida entre la protección de la princesa y la vigilancia de cualquier amenaza.

El aire estaba cargado de maná residual, un eco de los monstruos que habían asolado la región días atrás. Lusian percibió algo extraño: un susurro de oscuridad que no provenía de ninguna criatura que hubiera enfrentado antes. Sus ojos recorrieron la línea de árboles, buscando la fuente.

Ella no discutió.

Confiaba en él demasiado para eso.

Lusian tomó un pequeño destacamento y se internó en el bosque. El maná oscuro vibraba como un eco de amenaza. “Por una fracción de segundo sintió que el aire sabía a despedida. Lo ignoró. Lo pagaría.”

Vhar’zhul esperaba.

El demonio emergió entre las sombras, más agresivo que la vez anterior. Vhar’zhul había sido invocado nuevamente. Su corazón se tensó: “¿Cuántas veces más tendré que derrotarte, demonio?”, pensó mientras avanzaba. La batalla fue brutal, rápida y devastadora. Dainslein atravesó su núcleo, Umber rasgó su garganta etérea, Thunder quebró su forma corporal.

Sin perder un instante, Lusian corrió de regreso hacia la caravana. Su respiración era pesada, su corazón latía con urgencia… pero algo lo heló: Elizabeth ya no estaba allí. “Lusian sintió cómo los latidos se distorsionaban. Umber se lanzó. Thunder cargó. Él avanzó… pero el tiempo decidió no avanzar con él.”

“LA EMBOSCADA”

A lo lejos, Deidara observaba entre los árboles, un gesto apenas perceptible de satisfacción en sus ojos. Sabía que la separación había funcionado como planeado. Los soldados, concentrados en la evacuación, no sospechaban el peligro que acechaba en las sombras.

Un sonido de ramas quebrándose y un viento cálido recorrió el bosque: la señal. Deidara susurró a los miembros del culto:

—Ahora.

Figuras envueltas en sombras surgieron entre los árboles, moviéndose con precisión silenciosa hacia la columna de Elizabeth. No hubo rugidos ni alarmas: solo un escalofrío que recorrió la espalda de los soldados.

Elizabeth percibió el peligro demasiado tarde. Un destello de maná oscuro iluminó el borde del camino, y antes de que Lusian pudiera reaccionar, los atacantes cerraron el círculo. Deidara apareció entre ellos, sus dagas brillando como si absorbieran la luz misma.

—¡Elizabeth! —gritó Emily, adelantándose, pero la coordinación del ataque la sobrepasó.

Lusian sintió la presión de la distancia. Umber y Thunder avanzaron, pero el terreno y la densidad de la emboscada impedían llegar a tiempo sin poner en riesgo a los soldados. Su corazón se tensó: sabía que la princesa era el objetivo y que cada segundo contaba.

El culto lanzó un sello demoníaco de contención alrededor de Elizabeth. La magia era sutil y compleja; no la derribó de inmediato, pero sí la inmovilizó y la aisló de cualquier intento de rescate. un miembro del culto, con pasos silenciosos, guio a la princesa hacia un carruaje oculto.

—No… —susurró Lusian, un rayo de furia recorriendo su interior.

Umber se lanzó adelante y Thunder liberó su carga, pero la emboscada estaba diseñada para retrasarlo, no para detenerlo. La princesa desapareció entre la niebla y los árboles, llevada por fuerzas que ni la precisión de Lusian podía romper de inmediato.

La columna principal de soldados quedó paralizada, confundida. Los héroes intentaron reagruparse, pero cada intento se topaba con barreras invisibles, sombras que parecían anticipar sus movimientos. La retirada estratégica del culto había sido perfecta: ningún soldado gravemente herido, pero la princesa había desaparecido.

Lusian llegó al borde del claro, respirando con dificultad, los ojos clavados en el lugar donde habían llevado a Elizabeth. Fue en ese instante cuando comprendió que había fallado. Por primera vez desde que habían partido, un sentimiento extraño lo atravesó: no era miedo del enemigo, sino el terror silencioso de lo que perdería si llegaba demasiado tarde.

—Malditos, no saben lo que acaban de provocar —susurró, y por primera vez, no habló como estratega… sino como alguien al borde de romperse.

El sacrificio

A lo lejos, la ciudad de la paz se iluminaba con el primer sol de la mañana. Deidara y el culto habían teletransportado a Elizabeth allí, donde el ritual demoníaco esperaba. Lusian sintió un nudo en el estómago, pero se obligó a respirar hondo. Con el mapa del juego grabado en su memoria, recordó la base más cercana del culto. Su plan comenzó a formarse: calculado, preciso, implacable.

El sol comenzaba a elevarse, pero la luz de la mañana no traía alivio. El verdadero juego estaba a punto de comenzar.

Deidara, al lado de Kara, sonrió por primera vez, satisfecha. El primer movimiento estaba hecho. El destino de Elizabeth, y de todos, comenzaba a cambiar.

“La Ira de un Duque Oscuro”

La luz de la mañana apenas iluminaba los techos de la ciudad de la paz cuando Lusian apareció en el horizonte. No hubo palabra, no hubo señal. Su capa absorbía la luz del amanecer, y sus ojos ardían con una única intención: matar a todos los que se interpusieran.

Los héroes que lo acompañaban en la cabalgata —Alejandro, Leonardo, Emily y tres más— apenas podían seguir su velocidad, sin entender del todo la furia que los impulsaba. Emily miraba a Lusian, tratando de adivinar qué tormenta se había desatado dentro de él.

A la entrada de la ciudad, un grupo de guardias y mercenarios intentó detenerlo. Lusian no dijo nada; dejó que su espada Dainslein hablara por él. Cada golpe era un corte preciso, letal, una lluvia de oscuridad que eliminaba a cualquiera que respirara en su camino. Umber y Thunder se desataron a su lado, destrozando barricadas y aniquilando enemigos con un poder que parecía apocalíptico. La ciudad entera temblaba ante la furia de aquel trío.

Los héroes que lo seguían intentaron intervenir, pero fueron incapaces de detenerlo. Lusian avanzaba como si nada más existiera, una sombra feroz impulsada únicamente por la necesidad de alcanzar la ciudad.

—¡Lusian, detente! —gritó Alejandro, adelantándose con la espada en alto—. ¡¿Qué demonios haces?!

Lusian no respondió. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, duros como acero templado. Cada músculo de su cuerpo era un resorte de furia contenida.

—¡Escúchame, maldita sea! —insistió Leonardo, sujetando a un guardia aturdido antes de que Umber lo aplastara sin querer—. ¡Estás matando sin razón!

Emily se mantenía a su lado, jadeando levemente por el ritmo frenético de la cabalgata, sus manos temblando alrededor del báculo. Sus ojos se clavaron en Lusian… y encontraron algo que la estremeció: determinación absoluta, y una oscuridad tan profunda que casi parecía devorarlo.

—Confía en mí —susurró él, sin mirarla, su voz casi ahogada entre el estruendo de cascos—. No puedo explicarlo ahora. Solo… confía.

Su voz no era una orden. Era una súplica. Una última hebra de humanidad sostenida por el amor.

Emily cerró los ojos un instante y asintió. Le dolía, pero confió. Tal vez lo entendía… o tal vez no. Solo sabía que lo conocía, y que, a veces, confiar duele más que dudar.

—¡Emily! —bramó Alejandro, incrédulo—. ¡¿Vas a dejarlo continuar con esto?!

—¡Cállate! —dijo ella, con un tono que no admitía réplica—. Yo confío en él.

Leonardo bajó la cabeza, impotente. Emily dio un paso adelante, casi instintivo, acercándose un poco más a Lusian, como si su presencia pudiera contener la tormenta que lo consumía.

—Lusian… nada justifica esta matanza —susurró, su voz temblando, cargada de miedo y devoción a la vez.

Pero su respuesta no fue un rugido. No fue un grito.

Fue calma. Helada. Peligrosa.

—Si se interponen en mi camino… morirán.

No lo dijo con furia. Ni con odio.

Lo dijo como quien dicta una ley.

Era un hecho.

Un silencio pesado se apoderó de ellos mientras él retomaba la cabalgata con un ritmo implacable. Los otros héroes quedaron atrás, presenciando cómo la fuerza de Lusian arrasaba cualquier obstáculo en su camino, sin poder detenerlo, sin comprender del todo.

El conflicto se respiraba en el aire: amor, furia, obediencia y miedo mezclados en cada latido. Emily entendía que lo que él hacía era monstruoso, pero lo conocía, sabia que si lo seguía entendería al final, y eso bastaba para seguirlo.

Ella cerró los ojos y asintió, entendiendo que no había otra opción.

Los cuerpos caían a su paso, un río de muerte y destrucción.

Todos llevan la marca… esa fractura en el aura que ningún humano puede esconder.

No son inocentes. No lo han sido desde el momento en que entregaron su alma al culto.

Lusian pensaba mientras avanzaba: Debería matar a estas herramientas… no serían inútiles, los dioses solo darán su bendición a otros héroes, y nuevos surgirán, y solo se ganará el rencor del mundo y una razón para que las iglesias me persigan.

El interior de la Ciudad de la Paz no tenía nada de pacífico.

El silencio santo que solía envolverla había sido reemplazado por un murmullo húmedo, metálico… como si la ciudad respirara muerte. Las estatuas del Dios de la Paz estaban rotas, pintadas con símbolos demoníacos. Los jardines estaban teñidos de sangre. Las linternas sagradas habían sido convertidas en focos de maná corrupto, latiendo como órganos vivos.

Emily sintió náuseas.

—…Esto ya no es una ciudad —susurró—. Es un altar.

Entonces Lusian sintió el latido.

Un pulso demoníaco que le abrió los ojos como cuchillas.

—Es aquí —gruñó.

El templo central estalló.

De sus puertas salieron decenas de cultistas armados, y detrás de ellos, criaturas deformadas por la corrupción: demonios menores, monstruos invocados, experimentos humanos fallidos.

Y en el fondo, iluminada por el resplandor de un círculo ritual incompleto…

Elizabeth.

Suspendida por cadenas de maná, inconsciente, su cuerpo rodeado por un miasma demoníaco que se filtraba dentro de su alma.

Los héroes que habían llegado detrás de Lusian sintieron el golpe de realidad como un martillazo.

Alejandro tembló. —…Dioses…

Leonardo tragó saliva. —La matanza… era para llegar hasta esto.

Emily apretó el báculo. —Lusian… por eso…

Lusian no perdió un segundo.

La única palabra que salió de sus labios fue:

—¡Morirán!

Los demonios rugieron y se lanzaron como una marea negra.

Umber chocó primero, un torbellino de sombra viva desgarrando demonios como si fueran de papel. Sus mandíbulas atrapaban cráneos y su oscuridad se extendía contaminando las almas corruptas y desintegrándolas.

Thunder irrumpió como un rayo encarnado, cargando electricidad pura. Cada pisada dejaba un cráter ardiente, cada relincho dispersaba cultistas como muñecos.

Pero aun así…

La horda era inmensa.

Decenas de demonios menores surgían de los círculos de invocación, algunos del tamaño de torres, otros del tamaño de lobos, todos empapados en maná infernal.

Alejandro desvió el hachazo del demonio carnicero; la hoja infernal pasó tan cerca que le arrancó mechones de cabello.

—¡¿Cuántos más quedan?! —rugió, empujando al monstruo hacia atrás.

Leonardo giró sobre sí mismo, rematando a una criatura con forma de lobo ennegrecido.

—¡Ni idea! —respondió—. ¡Pero cada uno es peor que el anterior!

Emily esquivó una garra y lanzó un destello de luz que abrió un corredor entre los demonios.

—¡Lusian! ¡Esto es una locura!

—No importa cuántos sean —gruñó él sin volverse—. ¡Debemos eliminarlos a todos o Elizabeth morirá!

Los héroes se miraron un segundo.

Un segundo para dudar.

Un segundo para decidir.

Luego cargaron detrás de él con un grito unísono.

Lusian se abrió paso hacia el altar como un espectro indetenible. Cada estocada suya era perfecta, letal, una danza de muerte.

Emily se pegó a su espalda, brillando con luz pura.

Ella no mataba.

Ella destruía la corrupción misma.

Cada rayo de luz que emergía de su báculo purificaba un demonio hasta convertirlo en cenizas.

Cada paso que daba tras Lusian reforzaba la tierra que él pisaba.

Luz y oscuridad.

Destrucción y purificación.

Una sinfonía imposible.

Los cultistas retrocedieron, temblando, mientras lanzaban gritos de furia y desesperación. Sus manos temblorosas apuntaban a Lusian y Emily, murmurando maldiciones que parecían romperse entre dientes.

—¡La portadora de la llama sagrada!

—¡El elegido del abismo!

—¡Son una maldita abominación!

Lusian respondió solo con acero.

Finalmente llegaron al lugar del ritual. El suelo estaba marcado por símbolos arcanos y cenizas recientes, y un grupo de demonios y cultistas los esperaba. La batalla que siguió fue brutal. Lusian y Emily luchaban como una unidad perfecta: él, la oscuridad concentrada; ella, la luz que equilibraba cada golpe. Cada ataque de Emily potenciaba la fuerza de Lusian, cada movimiento de él protegía a ella. La armonía de luz y oscuridad que las leyendas mencionaban existía allí, en ese instante, en esa sincronía.

Elizabeth estaba a mitad del ritual, rodeada por cadenas mágicas y símbolos sangrientos, con los cuerpos de mujeres y niños inconscientes a su alrededor. Lusian sintió la desesperación y el horror, pero no hubo tiempo para el lamento. Con un grito que mezclaba furia y determinación, rompió el sello demoníaco mientras Emily canalizaba un haz de luz que purificaba la energía negra que impregnaba el lugar.

Un estallido sacudió el templo.

Una figura gigantesca emergió del círculo ritual:

un demonio blindado, su piel de obsidiana, su voz un trueno de odio.

—ELLA ES NUESTRA OFRENDA.

—SU ALMA COMPLETARA EL RITUAL.

El demonio cargó directamente hacia Lusian, levantando una espada del tamaño de un árbol.

Emily gritó: —¡LUSIAN, CUIDADO!

El impacto retumbó por todo el templo.

Lusian lo desvió por centímetros.

El demonio retrocedió rugiendo.

Lusian levantó la vista.

Y sus ojos ardían con una ferocidad que ninguno de los héroes había visto jamás.

—Ella no morirá —dijo—.

—Tú sí.

La batalla fue titánica, un estruendo de magia, acero y rugidos que parecía sacudir los cimientos del mundo.

Umber se lanzó primero, con un grito que mezclaba furia y lealtad. Saltó al cuello del demonio, desgarrando su armadura con dientes y garras, mientras su cuerpo era golpeado por la energía oscura que emanaba del núcleo infernal. Cada salto de Umber era un sacrificio consciente, cada ataque una ofrenda de su propia vida para proteger a Lusian.

Thunder embistió las piernas del monstruo, quebrando huesos imposibles, mientras Emily canalizaba su luz sobre el punto débil expuesto, haciendo brillar la carne corrompida del demonio como metal incandescente.

Lusian avanzó entre la tormenta de caos, su espada Dainslein brillando con maná oscuro y puro. Cuando vio al demonio herido, supo que solo había una oportunidad: atravesar su corazón infernal. Lo hizo, con precisión quirúrgica, con todo su poder concentrado en un solo golpe… y el rugido final del demonio se mezcló con un estallido de luz negra que lo cegó todo.

En ese instante, Lusian sintió un vacío que le arrancaba el alma. El mundo pareció detenerse; incluso los demonios callaron. No era muerte lo que veía en los ojos de Umber, sino despedida. La bestia mágica que su madre le había confiado, el regalo más preciado de su infancia y su vínculo con ella, caía a su lado, jadeando. Su cuerpo se endureció, pero sus ojos reflejaban comprensión, amor y sacrificio.

—No… no… —Lusian apenas pudo susurrar mientras rodeaba a Umber con los brazos.

Entonces sintió algo que lo detuvo en seco: un pulso, un latido de maná puro que surgía del núcleo del lobo. Umber, incluso en su último aliento, le ofrecía algo más que vida; su esencia mágica vibraba con una urgencia desesperada.

Lusian abrió la mano y, como si obedeciera a un mandato silencioso, el núcleo del lobo apareció flotando ante él, envuelto en un brillo tenue y azul. Era como si el maná que lo había sostenido toda su vida quisiera fundirse con el suyo, integrarse en su propia energía. Un estremecimiento recorrió su cuerpo mientras sentía la fuerza de Umber entrar en cada fibra de su ser, ampliando su percepción, su poder y su vínculo con la vida y la muerte.

—Umber… —murmuró Lusian, la voz quebrada, mientras su corazón se llenaba de un dolor físico, pero también de una fuerza nueva—. Nunca te olvidaré.

El núcleo palpitó, y por un instante, todo el dolor, la furia y el amor que compartían se condensaron en una única explosión de energía. La oscuridad que rodeaba el campo de batalla retrocedió apenas un instante, como si el sacrificio del lobo hubiera creado un espacio sagrado en medio del caos.

Cuando el círculo ritual colapsó.

Las cadenas de maná se quebraron.

Elizabeth cayó…

Lusian la atrapó antes de que tocara el suelo.

Ella estaba pálida, su respiración débil.

Miasma demoníaco aún serpenteaba alrededor de su pecho.

Emily posó una mano temblorosa sobre la princesa. —No… no sé si puedo purificar esto. Es demasiado…

Lusian la abrazó más fuerte.

—Mientras yo viva —susurró, su voz quebrándose por primera vez desde que inició la masacre—

nadie la volverá a tocar.

Alejandro, Leonardo y los demás héroes temblaron al ver la escena.

Ahora lo entendían.

Todo.

La furia.

La masacre.

La urgencia.

Ante ellos no había un asesino sin control.

No era un asesino.

Era un hombre que había visto el infierno abrir los ojos…

y decidió mirar de vuelta.

El templo se derrumbaba detrás de ellos. Pedazos de piedra y maná residual llovían sobre los héroes. Lusian avanzaba con Elizabeth en brazos, cada paso marcado por el cansancio y la urgencia. Emily trotaba a su lado, concentrada en mantenerla con vida.

—¡Mantente con nosotros, princesa! —gritó Emily, mientras su báculo irradiaba luz curativa.

Elizabeth gimió débilmente, su piel aún pálida por el contacto con la magia demoníaca. Lusian no decía nada, sus ojos fijos en la salida de la ciudad, evitando mirar atrás.

—El maná… todavía… —jadeó Emily, mientras sus manos vibraban de esfuerzo—. No… puedo neutralizarlo completamente. Es demasiado… oscuro.

Lusian aprieta los dientes.

—Entonces haz lo que puedas, Emily. Solo… no la pierdas.

Emily asintió, temblando pero decidida. Una batalla tras otra, obstáculos que parecían interminables, hasta que por fin alcanzaron los límites de la ciudad devastada. La visión era desgarradora: edificios derruidos, cuerpos caídos, y un aire cargado de maná corrupto que hacía palpitar la tierra misma.

Con un suspiro profundo, Emily intentó concentrarse, canalizando toda su fuerza divina para curar a Elizabeth. Pero el maná demoníaco adherido al cuerpo de la princesa se retorcía como serpientes vivas, chocando con la luz que Emily emanaba. Cada intento de purificación encontraba resistencia, y un escalofrío recorrió su espalda: la energía oscura no solo era poderosa, sino inteligente, consciente de que su presa era Elizabeth.

—¡Es imposible! —jadeó Emily—. Es como si algo quisiera devorar su alma.

Lusian, sin soltar a Elizabeth, cerró los ojos un instante. Su aura oscura, controlada y contenida, se extendió alrededor del cuerpo de la princesa, formando una barrera que bloqueaba el avance del maná demoníaco, manteniéndolo contenido dentro de límites seguros. No era curación lo que hacía, sino equilibrio y contención, evitando que la energía corrupta destruyera a Elizabeth antes de que Emily pudiera actuar.

—Puedes hacerlo, Emily —murmuró él, sus manos controlando el maná oscuro que luchaba contra el mana demoniaco. Pero el sabia que un segundo de duda… y si Elizabeth no sobreviviría.

Emily respiró hondo y concentró toda su luz en los espacios liberados por Lusian. Cada rayo purificador penetraba solo donde la oscuridad estaba contenida, debilitándola sin que se propagara. Por un instante, la respiración de Elizabeth se estabilizó. Apenas un hilo de vida, pero suficiente para escapar de la ciudad con vida.

A lo lejos, el estruendo de tambores de guerra anunció la llegada de las tropas imperiales y del Reino. Albert lideraba al ejercito… miles de soldados avanzaban por la ciudad devastada. Lusian y Emily retrocedieron con cautela, usando los edificios derruidos como cobertura mientras la caravana improvisada de héroes y sobrevivientes se abría paso.

—¡Por los dioses! —exclamó un soldado, cayendo sobre su rodilla ante el espectáculo—. ¿Qué… qué ha pasado aquí?

Deidara apareció entre las ruinas, sus ojos recorriendo la ciudad. Su mirada se detuvo en Lusian, luego en la masacre. La magnitud de la destrucción la paralizó.

—¿Qué… qué han hecho? —preguntó, su voz apenas un susurro, aterrada—. Esto… esto no podía ser…

Lusian no respondió. Solo sujetó a Elizabeth y siguió avanzando, sin mirarla, dejando que sus palabras no dichas pesaran más que cualquier explicación.

Los héroes, agotados y con el corazón pesado, rodearon a Lusian y Emily, conscientes de que la batalla había terminado, pero que las consecuencias apenas comenzaban.

“La Petición de la Emperatriz”

Una semana después, en la capital imperial…

La gran sala del trono estaba impregnada de un silencio tenso. La emperatriz Naira se mantenía erguida, sus dedos entrelazados sobre el respaldo dorado del trono, cada movimiento medido, elegante, pero con un brillo calculador en los ojos. A su lado, los heraldos observaban a Lusian con ojos fríos y llenos de juicio, buscando cualquier mínimo pretexto para acusarlo.

Lusian entró, pesado, cada paso como si arrastrara un mundo de dolor. La pérdida de Umber aún ardía en su pecho, un vacío que ninguna victoria podía llenar. Su respiración era medida, pero el peso de la inconsciencia de Elizabeth era un nudo en su estómago que no cedía. ¿Estaba ella realmente ella, o la oscuridad había dejado su marca?

—Duque Lusian —dijo Naira, con voz suave, casi un susurro que acariciaba el aire, pero cargado de poder—. Hemos observado… su inusual eficacia. Su forma de actuar… decisiva. Inteligente. Incluso… admiramos su valentía.

Su mirada no se apartaba de él, y Lusian sintió un escalofrío. Había algo en su forma de hablar, en la manera en que inclinaba ligeramente el cuerpo hacia él, que mezclaba respeto con un deseo apenas contenido.

—Sin embargo —continuó, suavizando la voz, rozando apenas el límite de la tentación—, uno debe preguntarse… ¿hasta qué punto un hombre como usted puede ser contenido? —se acercó un paso, y Lusian notó que la distancia entre ellos parecía disminuir por decisión propia de Naira—. A veces, la… disciplina requiere métodos más… personales.

Los heraldos, por otro lado, no podían ocultar su desaprobación. Uno de ellos habló, la voz fría como hielo:

—Duque, su uso indiscriminado de la fuerza, su matanza… ¿Cómo podemos confiar en que no continuará? Cada ciudadano muerto podría ser un motivo para llevarlo ante la justicia. Incluso un dios podría encontrar motivos para juzgarlo.

Lusian apretó los puños, la memoria de Umber y el ritual sangriento en la ciudad de la paz latiendo en su pecho. Se sentía atrapado: un ejército bajo su mando, su mujer inconsciente, y la posibilidad de que algo de oscuridad hubiera quedado en ella.

Lusian mantuvo la calma, sus ojos oscuros recorriendo a la audiencia con una frialdad calculada. Cada palabra que pronunció fue medida, cada gesto controlado:

—No tomé decisiones al azar —dijo, con voz firme, pero sin elevar el tono—. Cada miembro que eliminé había demostrado lealtad al culto demoníaco, responsable de innumerables crímenes, no creen que era sospechoso una ciudad, que no ha sido dañada ni a pedido ayuda.

—Eso… eso es imposible de verificar —replicó un consejero con temblor en la voz—. ¿Cómo puede usted diferenciar entre un ciudadano y un miembro del culto sin pruebas fehacientes?

—Lo hice a través de sus actos, sus marcas, sus energías —respondió Lusian—. Cada acción que llevé a cabo estaba basada en evidencia que ustedes mismos, aparentemente, no pudieron recolectar. Si dudan de mi juicio, recuerden lo que habría pasado si hubiese esperado aprobación de la corte mientras el ritual continuaba.

El murmullo aumentó. Algunos guardias miraban con incomodidad, mientras otros asintieron en silencio, reconociendo la lógica brutal de Lusian.

—Aun así —dijo la emperatriz, con un ligero temblor en la voz que delataba su preocupación—, sus acciones han roto normas, leyes y confianza. ¿Por qué deberíamos confiar en que no actúe de la misma manera aquí, dentro de nuestro imperio, contra nuestros propios ciudadanos?

Lusian permaneció inmóvil unos segundos, dejando que la sala sintiera la magnitud de su presencia. Su mirada se suavizó ligeramente al recordar a Elizabeth, aun inconsciente, protegida por sus esfuerzos.

—Porque mi único objetivo —dijo finalmente, su voz firme, cortante como acero— es proteger a aquellos que no pueden defenderse, y detener la expansión de esta corrupción demoníaca antes de que destruya este mundo. Si eso significa desafiar leyes humanas… que así sea. Pero no permitiré que mi princesa, ni este reino, caigan en manos de quienes desprecian la vida y la luz.

El silencio llenó la sala. Incluso los heraldos, cuya paciencia y autoridad rara vez se quebraban, intercambiaron miradas, ponderando cada palabra. La emperatriz, con un suspiro profundo, bajó ligeramente la cabeza.

—Entonces, comandante Lusian —dijo—, hasta que Elizabeth despierte y podamos evaluar la situación… usted queda al mando del ejército real. Pero sepa esto: cada acción suya será observada y juzgada. No toleraremos abusos ni ejecuciones injustificadas dentro de nuestras fronteras.

Lusian inclinó apenas la cabeza, sin responder más. Sabía que aquel nombramiento era un arma de doble filo: tenía poder absoluto para actuar, pero cada movimiento sería escrutado. Mientras salía de la sala, su mente ya calculaba los próximos pasos: localizar cualquier base restante del culto, purgar la corrupción, y asegurarse de que nadie, ni demonio ni humano, volviera a lastimar a Elizabeth.

Cuando iba a retirarse, la emperatriz lo detuvo con un gesto elegante pero firme. Quería hablar en privado.

—Entonces… es usted un hombre comprometido hasta los extremos. —Naira mantuvo la postura erguida, los dedos entrelazados sobre el respaldo del trono, respirando con calma pese a la tensión que flotaba en la sala—. Su eficacia… y su lealtad son exactamente lo que necesitamos en estos tiempos.

Hizo una pausa, evaluándolo con precisión, midiendo la mezcla de respeto, temor y autoridad que él irradiaba sin querer. Sus palabras eran firmes, calculadas, medidas como un filo diplomático.

—El Imperio necesita a alguien que proteja lo que los dioses han abandonado. Y usted… me ha demostrado que puede hacerlo. —Sus ojos se clavaron en los suyos, intensos—. Hay un favor que necesito pedirte, Lusian.

Los pasos resonaron suavemente mientras abandonaban el salón del trono. La luz del atardecer teñía los pasillos de dorado, y al cruzar la última puerta llegaron a los jardines elevados de la capital. Desde allí se veía la ciudad entera: los tejados cubiertos de plantas nuevas, flores brotando entre las grietas, frutos colgando como hilos de esperanza en un Imperio fatigado.

Naira se detuvo junto al borde de la terraza. No lo miró. Miraba la ciudad.

—Allí. —Señaló una torre derruida, ahora cubierta de lirios blancos—. Allí estaba yo el día que mi padre murió.

Lusian permaneció en silencio, sin saber qué hacer con esa confesión inesperada.

—Defendió esta ciudad con sus propias manos. —Su voz era tranquila, pero cargada de un dolor antiguo—. No había heraldos. Los dioses no respondían. Los héroes no existían. Y aun así… él se quedó. Una bestia mágica enorme había atravesado la muralla. Podría haber huido… pero eligió morir protegiendo lo que amaba el imperio.

Lusian la miró de reojo. Por primera vez, la vio no como emperatriz… sino como una hija que nunca pudo llorar adecuadamente.

—Ese día el mundo cambió —continuó ella, respirando hondo—. Pasé de ser la niña a la que él guiaba… a una mujer cargando un Imperio que se desmoronaba bajo mis pies. —Sus dedos se cerraron con fuerza sobre el barandal de piedra—. He visto mis tierras perder fuerza. A los heraldos confabularse para debilitarme. A mi pueblo dudar de mí. Y yo… no pude hacer nada.

Por fin lo miró. No había lágrimas, pero sí un peso insondable.

—Tal vez no haya un emperador después de mí.

Lusian asintió. Él ya conocía el plan divino. Sabía lo que los dioses preparaban a largo plazo.

Naira dio un paso hacia él, no agresiva, no seductora. Solo firme.

—Por eso necesito pedirte un favor, Lusian. Uno que no se le puede pedir a nadie más.

—Necesito asegurar la continuidad del Imperio —dijo ella, sin titubear, sin bajar la mirada—. Necesito un heredero fuerte. Alguien que no dependa de dioses caprichosos ni de heraldos frágiles. El Imperio morirá sin uno.

Ella respiró hondo, dejando que sus palabras tomaran peso.

—No elegí a ningún héroe para esto —continuó, su mirada fija en él—. Los héroes pueden recibir Bendiciones Divinas, alcanzar niveles Omega, pero sus hijos no heredan ese poder. El verdadero legado de un linaje está en la sangre, no en favores de los dioses. Tú, Lusian, ya posees un nivel Épsilon natural: suficiente para que tu descendencia herede afinidad mágica estable y potente. Eso es algo que ningún héroe podría ofrecer, por muy bendecido que esté. Además, un heredero noble con una bendición completa sería imposible de controlar políticamente. Necesito alguien en quien la estabilidad y el poder estén unidos de manera natural. Tú eres esa persona.

Lusian apretó los dientes. Entendía demasiado bien lo que le estaba pidiendo.

Naira lo percibió, y su voz se suavizó apenas:

—No le pido amor. Ni lealtad. Ni su vida. Le pido… que evite que mi padre haya muerto para nada. Que este Imperio no desaparezca. Y a cambio…

Se acercó un paso más. No con deseo, sino con propósito.

—A cambio, yo lo apoyare en todo lo que necesite, tropas, artefactos, oro,

Lusian bajó la mirada. Le ardía el corazón, dividido entre la memoria de Umber, el cuerpo inconsciente de Elizabeth… y la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros.

Naira, sin moverse, agregó en un susurro

—No lo hago por mí, Lusian. Lo hago por todos.

Él cerró los ojos un instante.

Cuando habló, su voz era grave, rota, pero firme:

Naira exhaló un suspiro leve.

—Esperaré tu respuesta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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