GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 44
- Inicio
- Todas las novelas
- GUERRA EN EL MUNDO MAGICO
- Capítulo 44 - Capítulo 44: Capítulo 44 El Bosque de los Acres
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 44: Capítulo 44 El Bosque de los Acres
“Sombras del Ocaso”
El sol de la tarde se filtraba entre los árboles, proyectando sombras largas sobre el campo de entrenamiento improvisado. Lusian se movía con precisión casi obsesiva, blandiendo Dainslein una y otra vez. Cada golpe, cada giro, parecía liberar un estruendo de energía contenida; el suelo bajo sus pies se agrietaba con cada impacto, y pequeñas fisuras recorrían la tierra como venas que palpitaban con maná oscuro.
Podía sentirlo: la fuerza de Umber, su último regalo, vibrando en su interior, amplificando cada músculo, cada reflejo, cada impulso. Era un poder que no había conocido antes, y a la vez, un recordatorio punzante de lo que había perdido.
Emily apareció silenciosa entre los árboles, observándolo un instante antes de acercarse. Sin decir palabra, lo tomó por la cara, deteniendo el movimiento de su espada, y con un gesto delicado le secó las lágrimas que ni él mismo había notado que surcaban sus mejillas.
—Lusian… —susurró, con voz suave pero firme—. ¿Estás bien?
Él cerró los ojos un instante, permitiendo que la calidez de su mano lo anclara. Después de todo lo que había pasado, después de tanta muerte y sacrificio, su voz salió como un hilo quebrado:
—No… no estoy bien —admitió—. Siento que… que soy un fracaso. Todo lo que hice, todo lo que perdí… —sus dientes se apretaron, su mirada se perdió en la distancia—. Umber… Elizabeth… ¿para qué sirve todo esto si sigo dejando que sufran?
Emily lo sostuvo, firme. —No eres un fracaso. Estás aquí, aún peleando, aún protegiéndolos. Eso no lo hace cualquiera.
Pero antes de que Lusian pudiera responder, un rugido de energía oscura rasgó el aire. Una explosión de maná demoníaco los hizo dar un paso atrás.
—¡Eso… viene de la habitación de la princesa! —gritó Emily, señalando hacia el interior del palacio—. ¡Vamos!
Un estallido de maná demoníaco hizo vibrar toda la habitación de la princesa. El palacio entero parecía alertarse por la explosión de energía.
Elizabeth estaba en el aire, temblando, cubierta de maná demoníaco. Sus ojos empezaron a abrirse, pero el brillo era extraño, inquietante. Lusian tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta: ¿era ella, o solo un recipiente para algo peor?
—Elizabeth… —susurró, la voz cargada de miedo—. Por favor… sigue siendo tú…
Deidara apareció entre los héroes, observándola con frialdad. Pero el foco de la atención se centró en Elizabeth, que al verlo gritó con un reconocimiento cargado de horror:
—¡Tú!
Lusian avanzó a paso firme entre los cuerpos y la energía caótica que los rodeaba, sin soltar su espada. Cuando Elizabeth lo vio, su expresión cambió. La furia y confusión se mezclaron con alivio, y entonces, como si encontrara su ancla, se aferró a él, llorando de manera incontenible.
Ella se aferró a él con fuerza, sollozando sin control. Su llanto era real, humano, y eso hizo que el miedo de Lusian se mezclara con un alivio intenso. Cada lágrima parecía una prueba de que aún estaba allí, de que la oscuridad no la había consumido del todo.
Los heraldos llegaron al borde de la habitación, alertados por la explosión de maná, pero Lusian los mantuvo a distancia con un gesto firme y la espada apuntando hacia ellos:
—¡No se acerquen! ¡Si tocan un solo cabello de ella, los detendré!
Emily apareció detrás de él, respirando con dificultad, y extendió una mano sobre Elizabeth, canalizando su luz para contener el maná demoníaco. Lusian sostuvo firme a la princesa, sintiendo la tensión del momento: la línea entre el peligro y la esperanza era extremadamente fina.
La habitación vibraba con el poder que se acumulaba. La batalla aún no había comenzado, pero Lusian ya sabía una cosa: mientras Elizabeth estuviera allí, aunque fuera un hilo de lo que ella solía ser, él jamás la dejaría sola.
Cuando todos se retiraron, Lusian se quedó junto a Elizabeth, mirándola con cautela. Su corazón latía con fuerza; él sabía por experiencia propia que cuando un demonio se apodera del cuerpo de alguien, los recuerdos tardan en fusionarse. Por eso empezó con preguntas íntimas, solo conocidas por ambos: su primer beso, su primera vez… pequeños detalles que solo ellos compartían.
Elizabeth respondió sin titubear, bromeando y sonrojándose ligeramente. Lusian soltó un suspiro profundo; su alivio era inmenso. No estaba poseída.
Emily, que se había quedado cerca, escuchó todo. Sus emociones eran contradictorias: alivio, celos, confusión… todo al mismo tiempo.
Elizabeth le contó entonces sobre Deidara: que había sido ella quien se acercó y la inmovilizó. Lusian asintió, comprendiendo la gravedad de la situación.
“Duelo de Sombras: Lusian vs. Deidara”
Más tarde, durante otra audiencia con la emperatriz, Lusian fue categórico: nadie tocaría a Elizabeth. La emperatriz lo respaldó sin dudar, otorgándole la autoridad necesaria. Los heraldos protestaron, pero esta vez, fue su pérdida; Lusian no cedió.
Al salir de la audiencia, el aire del campo de entrenamiento estaba teñido por la luz rojiza del ocaso, y el maná oscuro vibraba en cada rincón. Lusian se detuvo, apoyando una mano sobre la empuñadura de Dainslein, sus ojos se posaron en una figura.
—Duque Lusian Douglas —dijo con voz fría—. Viene a entrenar.
—Un duelo de práctica, nada más.— dijo lusian ocultando la furia ardía en su pecho.
—Acepto —respondió Deidara, la voz firme—. Pero que quede claro: tenia una confianza, enfrentar a lusian sin sus bestias mágicas era una victoria segura.
Cuando empezó el duelo, Con un movimiento fluido, Deidara lanzó un torrente de maná que partió la tierra a su alrededor. Lusian lo esquivó con precisión letal, anticipando cada patrón, cada desfase. No buscaba herirla, pero cada movimiento era un recordatorio de su habilidad y su control.
—Interesante —musitó Deidara, sorprendida—. Es como si… ya supieras dónde caerá cada ataque.
—Es suerte —contestó Lusian, con la mirada fija en ella—. Quiero tener más experiencia…
Deidara levantó ambas manos, haciendo girar círculos de maná oscuro bajo sus pies, que descendieron como columnas de sombras capaces de destrozar el terreno. Lusian se movió entre ellas con pasos precisos y reflejos perfectos. Cada vez que un ataque casi lo alcanzaba, contraatacaba con movimientos mínimos pero decisivos; un puño en el estómago hizo que Deidara se tambaleara.
Después, apareció frente a ella. Tomó la cabeza de Deidara y la estrelló contra el suelo con una fuerza que hizo estremecer a todos los que veían.
—Deidara —dijo Lusian, con voz baja y cargada de determinación—. La próxima vez que te acerques a Elizabeth, morirás. Considera esto un recordatorio.
Deidara se levantó, respirando con dificultad, con la frente sangrando y los ojos brillando con una mezcla de miedo y frustración. Tuvo que reconocerlo: Lusian no solo era fuerte, también era incansable, calculador y aterrador.
Lusian guardó la espada, el aura de maná oscuro aún vibrando a su alrededor. El mensaje estaba claro: nadie podía interponerse entre él y Elizabeth.
El campo quedó silencioso, solo el viento movía la arena y las sombras de dos guerreros que se habían medido sin derramar sangre, dejando un respeto mutuo y un recordatorio imborrable de límites y poder.
Pasaron días desde aquel estallido de maná demoníaco, pero el palacio no había recuperado la normalidad. Los corredores estaban llenos de un silencio tenso, roto únicamente por los pasos apresurados de los sirvientes que se movían con cautela, evitando la habitación de la princesa. Cada vez que Elizabeth salía, las miradas se apartaban, los murmullos se esparcían como fuego entre la servidumbre.
—Dicen que estuvo poseída… —susurraba una criada mientras doblaba la ropa, mirando de reojo la puerta cerrada.
—No me acerco ni un paso más cerca de esa maldición —respondía otra, con la voz temblorosa.
Incluso los heraldos, que alguna vez habían mostrado respeto hacia la princesa, mantenían ahora una distancia prudente, como si su presencia pudiera despertar de nuevo aquel poder oscuro que había llenado la habitación de estruendos y miedo.
Elizabeth caminaba sola por los pasillos, consciente de las miradas esquivas. Su risa ya no tenía la misma ligereza; sus pasos se sentían pesados, como si el aire mismo la rechazara. Lusian permanecía siempre cerca, su sombra firme protegiéndola de la incomodidad ajena y de los murmullos que la rodeaban:
—¿Cómo puede alguien estar tranquila después de lo que vimos? —comentaba un criado entre dientes.
—No lo sé… —murmuraba otro—. Pero prefiero mantenerme lejos.
Cada vez que Elizabeth pasaba, los sirvientes se apartaban, inclinaban la cabeza, murmuraban plegarias y miraban al suelo. Era como si el miedo colectivo hubiera dejado una cicatriz invisible, y ella se movía por el palacio como una reina marcada por un poder que aún no comprendían.
Solo Lusian y Emily parecían inmunes a esa distancia, actuando como anclas en un mundo que ahora temía incluso a su propia princesa. Y aunque los murmullos continuaban, Elizabeth se aferraba a la certeza de que no estaba sola. Que mientras Lusian estuviera cerca, ningún rumor ni superstición podría tocarla realmente.
Lusian estaba irritado. Entendía el miedo de la gente hacia Elizabeth, pero comprenderlo no hacía disminuir su enojo. Aquel rechazo silencioso lo carcomía. Esa noche no pudo dormir. Permaneció sentado, con la mirada perdida y los recuerdos del juego deslizándose en su mente como fragmentos de otra vida. Buscaba una alternativa, una salida… una cura.
Entonces lo recordó.
En el corazón del bosque, bajo la protección del Árbol Madre, existía un fruto capaz de purificar cualquier corrupción. En el juego era casi imposible obtenerlo; entrar al centro del bosque suponía atravesar un territorio que ni los héroes más experimentados habían logrado dominar sin morir una y otra vez.
Pero aquí no habría segundas oportunidades.
Aun así, si había una posibilidad —por mínima que fuera— la tomaría. No importaba el precio.
Porque si el mundo rechazaba a Elizabeth… él no lo haría.
El campamento nocturno respiraba tensión. El viento arrastraba olor a hierro y hojas húmedas cuando Lusian entró en la tienda de mando, donde Albert lo esperaba de pie, sin capa, como si la preocupación le pesara más que el frío.
—Vas al bosque —no preguntó. Afirmó.
—Sí.
Albert apretó los puños tras la espalda.
—Con un destacamento mínimo… es suicidio. Déjame acompañarte. Conozco tus límites mejor que nadie.
Lusian sostuvo su mirada.
—Precisamente por eso no puedes venir. —Su voz era tranquila, pero sus palabras no admitían réplica—. El bosque no tolera presencia humana. Un escuadrón sería detectado. Una tropa… sería devorada.
Hizo una breve pausa. Apenas una grieta en su firmeza.
—Iré solo… con Elizabeth y Thunder. Nadie más.
Albert murmuró:
—permítame acompañarlo, mi señor
—No, necesito que te quedes al mando del ejercito y me represente mientras no estoy.
El anciano suspiró. Por primera vez desde que fue su tutor, pareció envejecer en un solo gesto.
—No puedo dejarte ir… si algo le pasara, yo…
Lusian se acercó y, apoyó una mano sobre el hombro del anciano.
—No, te preocupes, estaré bien, me movere solo en la noche, thunder tambien estara, si es demasiado peligroso, huire.
Albert bajó la cabeza, como un general arrodillado.
—Así sea, mi lord… tenga mucho cuidado.
“El precio de un Imperio”
Cuando Lusian en el palacio imperial, una figura lo esperaba. Vestía túnica de seda negra, el cabello recogido con perfección imposible. No llevaba guardias.
—Confírmame que es cierto —dijo la emperatriz Naira—. Que vas al bosque.
Lusian no fingió sorpresa.
—Lo es.
Naira lo observó como se evalúa un recurso estratégico, no como a un hombre.
—Regresas vivo… o no regresas. Pero antes de que partas, debo cobrar el favor que me debes.
Lusian entornó los ojos.
—No entiendo.
—Nuestro linaje —explicó ella, con precisión quirúrgica—. Las proyecciones genéticas confirman que, con tus genes y los míos, el heredero imperial tendría un potencial superior a cualquier humano. Si tu te pones en riesgo. Si mueres… No puedo permitírmelo.
Silencio. No había súplica ni temor. Solo cálculo.
—si digo que no —concluyó él.
—Lo exijo —corrigió Naira—. O bien cumples ahora… o bien no te dejare salir de la capital.
No fue una amenaza. Fue un decreto.
Lusian sostuvo su mirada. Ningún fuego emocional cruzó entre ellos, solo la comprensión de dos voluntades poderosas chocando.
Finalmente habló:
—Entonces esta noche.
Naira asintió con la solemnidad de quien firma una alianza.
—Asegurar la supervivencia del imperio es mi deber.
Esa noche, la luz permaneció encendida en los aposentos imperiales. No hubo pasión ni intimidad; solo un acuerdo silencioso entre poder y legado.
Al amanecer, la emperatriz no lo despidió. Ya no era necesario.
Lusian avanzó hacia la salida del campamento. Elizabeth caminaba a su lado, aún adormecida por el maná corrupto, con Thunder levitando cerca, silencioso.
Una voz cortó la noche.
—¿Pensabas irte sin mí?
Emily estaba allí, con los brazos cruzados, tan firme como una muralla. El viento hizo ondear su abrigo como si anunciara batalla.
—No es tu misión —dijo Lusian.
—No lo es —concedió ella—. Pero es tu vida. Y no pienso dejarte solo.
—Te lo pido, quédate —murmuró él.
Emily avanzó un paso.
—Y yo te lo niego. Si quieres dejarme atrás, hazlo por la fuerza.
Thunder No hizo nada cuando ella lo moto y se abrazo a lusian.
Lusian apretó los labios. No insistió. —Entonces ven. Pero en silencio.
Emily sonrió con una mezcla peligrosa de determinación y miedo.
—El silencio es el precio de caminar contigo.
“El bosque”
Nadie recuerda el momento exacto en que el bosque empezó a morir.
Primero fue un susurro en las raíces.
Luego, el canto de los riachuelo se volvió agudo, como un grito ahogado.
Y una noche, sin luna… el gran Árbol del Alba abrió sus ramas y expulsó a los suyos como si fuesen ajenos a su savia.
Los elfos lo llamaron “El Segundo Nacimiento del Maná”, pero la historia lo recordaría como el Día en que el Bosque rechazó a sus hijos.
“Cuando la luz verde rasgó el cielo, pensamos que era una aurora.
No lo era. Era un juicio.”
Una figura emergió de entre raíces gigantes, envuelta en hojas espectrales y corteza viva. No caminaba: flotaba como si la tierra temiera tocarle.
Era Aeltherion, Heraldo del Dios de la Naturaleza.
Los árboles se inclinaron ante él, pero los elfos… no. Ellos temblaron.
El heraldo extendió su mano, y con un susurro que rompió miles de años de silencio dijo:
—”El bosque llora por ustedes. No porque los rechace… sino porque no puede contenerlos. El maná que crece no es natural. Viene de algo que ni siquiera la tierra comprende. Si permanecen, su sangre será semilla de muerte.”
Fue entonces cuando las raíces comenzaron a sangrar savia ardiente.
Más de mil elfos murieron en tres lunas.
Algunos, desbordados de energía, explotaron como frutos secos de magia pura. Otros fueron devorados por bestias que habían cambiado… animales que nunca antes se atrevían a entrar al corazón del bosque.
Para sostener a los que aún vivían, el heraldo derramó bendiciones entre los elfos, pero lo hizo con una advertencia:
“Esta gracia no los hará más fuertes para conquistar… sino para resistir. Su lucha no es contra la naturaleza, sino contra aquello que la está corrompiendo.”
En la última ceremonia frente al Árbol del Alba, cuando muchos daban por perdido el linaje élfico, la savia luminosa se reunió, ascendiendo en espiral.
De ella surgió un resplandor esmeralda que se posó sobre una joven arquera elfa.
Grisela Etherealwind.
No era la más poderosa, ni la más sabia.
Pero era la única cuyo corazón, según el heraldo, aún latía al ritmo del bosque original.
—”No guiarás a tu pueblo hacia una nueva tierra… sino hacia una nueva era. No sobrevivan como elfos. Sobrevivan como aquello en lo que deben convertirse.” —declaró Aeltherion.
Ella no respondió. Solo cayó de rodillas, con lágrimas silenciosas.
Desde ese día, los elfos la llamaron:
“Voz del Viento Viejo”
“Guardiana de los Últimos Brotes”
“La que guiará lejos del manantial del mundo.”
“Depredadores entre Árboles”
No fue un cambio brusco, sino una presión sutil —como si la propia naturaleza advirtiera su presencia—; el aire se volvió más espeso, vibrante, cargado de energía primordial. A cada paso que daban, el suelo respiraba bajo los cascos negros de Thunder, cuyo pelaje plateado se erizaba, chisporroteando con descargas eléctricas. Lusian mantuvo una mano sobre su cuello equino, percibiendo como la criatura contenía su instinto salvaje.
—Entramos —murmuró el duque, su voz apenas audible, pero suficiente para que el bosque respondiera con un susurro múltiple… como miles de hojas hablando al unísono.
Emily se detuvo un instante. La luz que irradiaba naturalmente desde su cuerpo se extinguió y volvió a encenderse con dificultad, como si el maná del bosque intentara devorarla para reclamar su pureza. Elizabeth, por su parte, respiró hondo; su maná demoniaco se encendió instintivamente, como una llama oscura defendiéndola de la absorción. El humano tardó en reaccionar.
—Este lugar… intenta leernos —dijo la princesa con voz contenida—. Como si supiera quiénes somos.
—Lo sabe —respondió Lusian, sin girarse—. Aquí, todo está vivo.
A menos de cincuenta kilómetros del núcleo absoluto, los árboles superaban los cien metros de altura. Algunos presentaban cortezas cristalinas; otros, savia luminosa que caía como lágrimas líquidas. En lo alto, raíces aéreas palpitaban al ritmo del maná, conectando unos árboles con otros como un sistema nervioso vegetal.
Thunder relinchó bajo, tensionado.
Frente a ellos, una extensión de helechos bioluminiscentes se abrió como un valle verde eléctrico. Allí, una manada de Bisontes Lumina pastaba sobre hierba energizada. Sus cuerpos irradiaban luz azulada, y cada exhalación hacía vibrar el ambiente.
De pronto, el viento volvió a cambiar.
Silencio.
Los bisontes levantaron la cabeza. Demasiado tarde.
Una sombra se deslizó entre los árboles. Luego otra. Y otra…
Ocho felinos cristalinos surgieron coordinados desde las alturas, cayendo como fragmentos de luna rota. Cazaron con precisión quirúrgica. Ni rugidos. Solo impacto. Uno de los bisontes intentó huir, pero las raíces vivas se cerraron sobre sus patas, ofreciéndolo al ciclo natural.
—El bosque se alimenta de aquello que no acepta —susurró Emily, horrorizada.
Lusian no respondió. El pensamiento lo arrastró, silencioso, hacia Sofía… y, junto a ella, la imagen de Lariet surgió como un eco lejano. Sus dedos buscaron de forma inconsciente el collar en su pecho —el último obsequio que recibió de ella— y, antes de que pudiera reprimirlo… un suspiro se escapó, leve, como si intentara contener un dolor que nunca terminó de sanar. En momentos como ese, la ausencia pesaba más que cualquier arma.
Elizabeth se estremeció. Por un instante, algo dentro de ella respondió a esas palabras… algo que no era humano.
—¿Y nosotros pertenecemos? —preguntó.
El duque no contestó. Avanzó, guiando a Thunder por un sendero que se había abierto frente a ellos, como si el bosque mismo les concediera paso. Solo a ellos.
Solo por ahora.
Dayana di Angelo Roseti se encontraba en su refugio, oculta entre las raíces retorcidas del bosque. Acababa de cazar. La sangre de la criatura aún tibia recorría su garganta, pero ya no le producía satisfacción. Solo evitaba que muriera… nada más.
Desde la muerte de su padre, el conde Dimitri, a manos del demonio Bragoz, el mundo había perdido su color. La rabia se había vuelto su único alimento, y el odio hacia los demonios, su razón para seguir respirando. Vengarlo era lo único que aún mantenía vivos sus ojos.
Pero esa sangre animal era insuficiente. Ajena a ella. Impura. Cada gota le recordaba que se estaba estancando cuando debería ascender. Si alguna vez quería enfrentar a Bragoz, debía hacerse más fuerte. Y un vampiro solo puede crecer con sangre humana… entre más pura, más poderosa.
Mientras esa idea golpeaba su mente como un tambor, un aroma la atravesó. Dulce. Intenso. Perfecto.
Un latido acelerado. Un alma luminosa.
—Humano… sangre pura —murmuró al tiempo que cerraba los ojos y extendía su percepción.
No estaba solo.
Lo acompañaban dos mujeres. Una de ellas llevaba consigo un rastro distorsionado, tocado por una oscuridad no humana. La otra irradiaba una luz capaz de desafiar incluso al bosque.
Entonces lo comprendió.
No era simple instinto. Era una señal.
Abandonó la cueva en un instante, con los ojos encendidos por ese nuevo impulso.
La noche cayó como un velo silencioso sobre el bosque. Lusian decidió que era momento de descansar. Levantaron una carpa improvisada entre raíces colosales, y tras un rápido intercambio de hechizos de protección, Thunder se adelantó unos pasos, apostándose como centinela inmutable bajo la luz plateada de la luna.
Lusian miró de reojo. Elizabeth y Emily discutían en voz baja —aunque lo suficientemente audible como para dejar claro el motivo—. Nunca antes un desacuerdo sobre quién compartiría refugio con él había sonado tan diplomático… y letal. Él simplemente suspiró, más cansado que incómodo.
Entonces la oscuridad empezó a expandirse entre los árboles, una marea suave que lo envolvía. Para muchos, era el anuncio de peligros invisibles. Para él… era el hogar.
La noche le pertenecía.
Desde la muerte de Umber, algo dentro de él había cambiado. Podía sentir el latido de la oscuridad como si fuera propio. Su visión nocturna se había agudizado hasta rozar lo predatorio; su fuerza, densificada por ese último regalo, latía en cada fibra de su ser.
Umber… aquel lobo mágico que lo vio crecer, guardián silencioso de su infancia, última conexión con su madre. En su agonía, antes de entregarse a la muerte, le ofreció su núcleo, su esencia… y algo más: su instinto, su rabia, su sombra.
Ahora, al mirar entre los troncos antiguos del bosque, sintió a Umber susurrando desde dentro.
Atento.
Una figura surgió entre la negrura. Delicada, etérea, casi descalza sobre el suelo vivo del bosque. Joven. Piel tan pálida que parecía esculpida en luna. Ojos rojos como brazas contenidas. Hermosa. Peligrosa.
Una vampira.
Lusian entrecerró los ojos. Ese rostro… lo había visto antes. Rebuscó en su memoria. Un recuerdo fragmentado, una aparición secundaria en los registros del juego .
La sirvienta del demonio Bragoz.
No recordaba su historia. (Quizás la pasó por alto… como quien ignora una pieza menor del tablero). Pero en esta realidad, esas piezas respiran. Y muerden.
Antes de que el pensamiento se completara, Lusian ya se había desvanecido en sombras.
Dayana pestañeó. No sintió su presencia desaparecer.
Solo sintió el frío del acero acariciándole el cuello.
Una tenue vibración recorría el acero en la garganta de la joven vampira. Sus ojos, abiertos como si hubieran visto nacer un sol en plena noche, se clavaron en los de Lusian.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él, sin variar el tono, como si interrogara a un árbol.
Dayana parpadeó—una, dos veces—como quien vuelve desde un trance.
—¿Cómo… me atrapaste? —murmuró, con fascinación más que miedo.
Lusian retiró apenas un milímetro la espada, suficiente para que ella pudiera moverse sin cortarse.
—Yo hice la pregunta primero.
Dayana sonrió. Lenta. Complemento de hambre y coquetería.
—Y yo estoy intentando procesarla… pero es complicado cuando tengo esto delante —dijo, señalando sutilmente su cuello… luego su pecho—. Y “esto” —añadió, arrastrando la voz mientras se atrevía a inspirar profundamente cerca de él.
Lusian no se movió. Ni respiró.
—¿Tu perfume…? —intentó preguntar.
—No es perfume. Es tu sangre —susurró ella, como si confesara un pecado delicioso—. Sangre pura. Como no había olido nunca.
Un ligero temblor cruzó su mirada. Y volvió esa sonrisa torcida.
Lusian la observó en silencio.
Dayana dio un paso hacia él. Luego otro. Sus labios rozaron la línea de sombra que lo envolvía.
—Si me dejas probar solo una gota… —su voz descendió, ronca, casi rota por la necesidad—. Solo una… te daré lo que quieras.
Hubo un silencio pesado.
—¿Lo que quiera? —repitió Lusian, arqueando apenas una ceja.
Ella asintió. Se inclinó un poco más, la mejilla casi rozando el filo de su espada.
—Tu mujer. Tu sirvienta. Tu juguete. Lo que desees. Solo… déjame sentir vida otra vez.
Un suspiro escapó de Lusian. No por duda, sino por genuina molestia.
—Tienes una idea bastante cuestionable de lo que es negociar.
Dayana rió. Era un sonido hermoso, pero con algo inquietante en el fondo.
—Tengo hambre… y tú tienes una sangre que brilla como una estrella. No esperes coherencia.
Él iba a responder, cuando la oscuridad a su alrededor se agitó levemente. Una voz interna, lupina, instintiva, murmuró:
Cuidado… está más hambrienta que cuerda.
Lusian ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Dónde está?
—¿Quién? —preguntó ella, desconcertada.
—Bragoz. —La hoja rozó su cuello.
Un temblor fugaz cruzó sus ojos, seguido de una chispa de odio.
—¿Bragoz? Ese maldito… ¿por qué estaría yo con él?
Lusian frunció el ceño, confundido.
—Bragoz asesinó a mi padre… —continuó ella, con voz baja, resquebrajada—. Me escondo en este bosque desde entonces. La sangre de estas criaturas me mantiene viva… pero no me deja vivir. Necesito fuerza. Necesito…
Lusian la observó, aún más desconcertado.
Debí leer su historia en el juego…
Dayana sonrió de nuevo.
—Si me dejas conocer tu sangre… podría servirte bien.
Lusian la sostuvo con la mirada y, con la calma con la que se apartaría una flor venenosa del camino, respondió:
—No.
Hizo una breve pausa.
En ese momento, Elizabeth salió de la tienda y comenzó a llamarlo.
Los ojos de Dayana se clavaron en ella. Su expresión cambió.
—¿Cómo…? —su voz se quebró, entre sorpresa y alarma—. ¿Por qué estás con un demonio? —sus pupilas se afinaron, centradas en Elizabeth y en la sombra del maná demoniaco que la envolvía.
— ¿Eres el sirviente de un demonio?… No tienes idea del peligro en el que estás. ¿Por qué un omega serviría a un demonio?— olfateando el aire como una bestia herida.
—Ella es mi mujer —respondió Lusian, con fría convicción—. Y estás equivocada. Mi afinidad mágica es epsilon.
Dayana apretó los labios. Volvió a olfatearlo, lentamente.
—No mientas. Es una de mis habilidades… puedo percibir la afinidad mágica de cualquier humano. Y tú… no eres epsilon.
Lusian exhaló con tedio.
—Perfecto. Pero si quieres sobrevivir, empieza por dejar de olerme como si fuera postre.
Dayana lo miró. Y, para su sorpresa, rio. Esta vez con auténtica sinceridad.
—Ven conmigo. Soy mejor que esa demonio. Aún soy pura… y me entregaría a ti. Solo dame… un poco de tu sangre.
Elizabeth salió de la tienda al sentir la agitación del maná oscuro.
—Lusian… ¿qué sucede? —su voz resonó suave, pero cargada de poder.
Se acercó con pasos rápidos, y su mirada se tensó al ver la escena: Lusian con la espada al cuello de una joven de piel pálida y ojos rojos.
—¿Quién…? ¿De dónde salió? —murmuró, instintivamente invocando una tenue luz defensiva.
Dayana reaccionó como una fiera acorralada. Retrocedió un paso, los colmillos ligeramente visibles.
—Aléjate de mí, demonio.
El ceño de Lusian se frunció con una molestia fría. Bajó apenas la espada, pero su tono fue tajante.
—Ella no es un demonio.
Dayana parpadeó, confundida por primera vez desde que apareció.
—¿Cómo que no…? Ese aura…
Elizabeth respiró hondo, intentando controlar la fluctuación de su maná.
—Iba a ser usada como recipiente para una invocación demoníaca —explicó Lusian, sin apartar los ojos de Dayana—. Pero el ritual fue interrumpido. El demonio nunca llegó a materializarse… aunque parte de su energía quedó atrapada en su cuerpo.
Un silencio. Dayana observó a Elizabeth, y por primera vez, no con hambre, sino con una mirada muy humana.
—Entonces… ¿vives con ese maná quemándote por dentro todos los días? —susurró.
Elizabeth sostuvo su mirada. No hubo soberbia, sino una vulnerabilidad contenida.
—No lo vivo. Lo controlo.
La respuesta quedó suspendida como filo al viento.
Emily salió de la carpa aún ajustándose la capa, pero se detuvo en seco al ver la espada de Lusian cerca del cuello de una mujer. El viento arrastró fragancias húmedas del bosque… y el leve aroma metálico de sangre.
—¿Qué… está pasando? —murmuró, con genuina sorpresa.
Dayana la observó por primera vez. Sus ojos, de tono borgoña apagado, se fijaron en el tenue resplandor de la energía luminosa que envolvía levemente a Emily.
Sonrió. No con burla… sino con reconocimiento.
—Ahora todo tiene sentido.
Emily frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—La luz —respondió Dayana, con voz baja, casi reverente—. Nadie con esa energía entra al corazón del bosque… a menos que busque sanar algo que lo está consumiendo desde dentro.
Su mirada se desvió hacia Elizabeth, quien seguía apoyada en Thunder, respirando con dificultad.
—Buscan el Árbol Madre —afirmó, más que preguntar.
Emily intercambió una mirada con Lusian. Él permaneció inmóvil, pero no lo negó.
—Si hay una posibilidad de purificar su maná —dijo Emily—, la tomaremos.
Dayana asintió lentamente.
—Entonces entiendo por qué están aquí… y por qué ella —miró a Elizabeth— todavía respira.
Un silencio espeso cayó. El bosque pareció contener el aire.
Dayana dio un pequeño paso atrás, separándose de la espada de Lusian.
—Llevo un año sobreviviendo aquí dentro. Conozco este bosque como un depredador conoce su jaula. Si realmente quieren llegar al Árbol Madre… puedo guiarlos.
Emily dio un paso al frente.
—¿Por qué ayudarnos?
Dayana dejó escapar una leve risa, cansada.
—Porque ella —señaló a Elizabeth— carga algo que no eligió. Igual que yo. Y si el Árbol puede purificarla… quizá yo también deje de devorar vida solo para seguir existiendo.
Lusian la observó, sin bajar la espada.
—¿Y tu precio? —preguntó con frialdad.
Los ojos de Dayana brillaron con un destello carmesí. Sin pudor. Sin vergüenza.
—Tu sangre.
Hubo tensión inmediata.
—Solo una vez. Solo un poco —prosiguió, con voz algo ronca—. Necesito fuerza para llegar al corazón del bosque sin que el bosque… termine devorándome a mí.
Emily abrió la boca para oponerse, pero se detuvo cuando Lusian habló.
—¿Y qué garantía tengo de que no intentarás matarme en el proceso?
Dayana sonrió de lado.
—Si quisiera matarte… no te habría pedido permiso.
Thunder relinchó suavemente. La oscuridad se agitó alrededor de Lusian, como un presagio.
Él permaneció en silencio unos segundos más, luego apartó la espada con un leve movimiento.
Dayana no sonrió esta vez. Solo inclinó la cabeza.
—Entonces… al amanecer, partimos.
—Una gota, y nada más —aclaró Lusian.
—Una gota… y les abriré el camino —susurró Dayana—. Hasta donde el bosque respira… o deja de hacerlo.
La noche parecía escuchar.
Y por primera vez, la criatura hambrienta no parecía una amenaza.
Parecía una apuesta.
Lusian mantuvo la espada firme, sin un solo parpadeo.
—¿Y tu precio? —preguntó con esa frialdad que parecía absorber el fuego del aire.
Dayana levantó lentamente la mirada. Sus ojos rojos brillaron como brasas húmedas.
—Tu sangre.
El silencio cayó como una hoja en invierno.
—Solo una vez —añadió—. Solo lo suficiente para que pueda caminar sin que este bosque me trague antes de que lo haga con ustedes.
Emily frunció el ceño.
—¿Por qué deberíamos creer que puedes guiarnos?
Dayana respiró hondo. No hubo soberbia en su voz esta vez.
—Porque sobrevivo aquí desde hace un año. Dormí donde otros se pudrieron. Vi cómo los árboles cambiaban de lugar. Cómo los elfos cazan… y cómo evadir sus rutas antes de que huelan carne humana.
Elizabeth bajó la vista, incómoda.
Lusian la observó un largo instante. Luego murmuró:
—Ningún humano ha pisado este bosque y vivido para contarlo.
Dayana sonrió con ironía cansada.
—Exacto. Y por eso yo no soy humana.
Emily dio un paso adelante, aún precavida.
—¿Por qué ayudarnos? ¿Qué ganas con esto?
Dayana dio un paso al frente. No había provocación esta vez, ni seducción. Solo quietud.
—Un año —dijo, sin levantar la voz—. Un año escuchando cómo este bosque devora lo que no puede adaptarse. Un año huyendo de criaturas a las que antes cazaba… y de cosas mucho peores que aún me buscan. No necesito su compasión —su mirada pasó brevemente por Emily—, pero sí camino.
Emily frunció el ceño, evaluándola.
—Nadie sobrevive un año aquí… solo sobreviviendo.
Dayana bajó la mirada un instante. Sus dedos temblaron apenas, como si contuvieran algo.
—Exacto.
Lusian no apartaba los ojos de ella. La oscuridad lo envolvía, expectante.
—¿Y qué esperas de nosotros? —preguntó.
Ella respiró hondo. Y por un momento, pareció una mujer antes que un monstruo.
—Ustedes buscan el Árbol Madre. Yo… dejar de ser presa.
No dijo más. Pero el silencio que siguió completó la frase: Y volver a ser cazadora.
Luego lo miró a él… y ahí ocurrió. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. El pulso acelerado, la lengua apenas rozando el colmillo. No hambre. Reverencia.
Emily lo notó.
—Tu precio —intervino con cautela—. ¿Cuál es?
La vampira no disimuló.
—Su sangre.
Hubo tensión inmediata. Lusian no movió un músculo.
—Solo una vez. No busco matarte… busco vivir lo suficiente para ver si este bosque puede ser atravesado —su voz se quebró levemente—. Si muero antes… este encuentro habrá sido una burla cruel del destino.
Lusian sostuvo su mirada. Comprendió algo que no dijo: ella ya está en el límite.
—¿Y si te niegas a cooperar después? —preguntó.
Dayana sonrió, con una tristeza que no le pertenecía a una depredadora.
—Si quisiera traicionarlos, no habría pedido… habría intentado.
Thunder relinchó, inquieto. Emily apretó los puños.
—Lusian —susurró ella—. Si intentamos esto solos, una mala elección de ruta será muerte. Aquí… no hay reintentos.
Él la escuchó. Y el recuerdo breve de una pantalla reintentar cruzó su mente… ahora imposible.
Finalmente bajó la espada.
—Una gota. Bajo mis condiciones.
Dayana inclinó la cabeza. No hubo alegría. Hubo… alivio.
—Una gota —susurró—. Y los guiaré por donde hasta el bosque cierra los ojos.
Emily lo observó, sin sonreír.
Lusian añadió:
—Si intentas algo… no verás el amanecer.
Dayana juntó las manos detrás de la espalda. Y dijo algo que nadie esperaba.
—Entonces… por primera vez en un año… rezaré para que amanezca.
El bosque pareció contener la respiración.
Y así, la criatura más hambrienta no se unió por conveniencia… sino por un acto desesperado de fe en alguien más peligroso que ella.
Lusian alzó la mano. No hubo gentileza, solo determinación. Con la espada hizo un corte limpio. Una sola gota.
Dayana la atrapó con los labios antes de que tocara el suelo.
El efecto fue inmediato.
No bebió sangre.
Bebió maná vivo.
Su cuerpo reaccionó como si la magia la atravesara desde la garganta hasta la médula. Un estremecimiento la recorrió por completo, salvaje, ancestral. Los ojos se abrieron de golpe, iris escarlatas dilatados.
Sin darse cuenta, sus manos se aferraron a Lusian con intensidad, como si su cuerpo buscara anclarse para no estallar. Su respiración se quebró, y por un instante, la criatura olvidó que era consciente.
Fue instinto puro.
Emily avanzó al ver cómo Dayana lo sujetaba con fuerza impropia.
—¡Aléjate! —exigió, con rabia contenida.
Elizabeth sintió una punzada de inquietud en el pecho.
—Eso no es alimentarse… eso es rendirse a algo más.
Pero Dayana no controlaba nada. El maná fluía como si cada latido de Lusian la estuviera recreando. No era deseo. Era supervivencia en su forma más cruda.
Thunder relinchó. La energía en el aire cambió.
Cuando la criatura perdió el control, cuando su agarre se volvió demasiado firme… el espíritu caballo descargó una ráfaga eléctrica.
Dayana fue lanzada hacia atrás. No gritó. Solo cayó de rodillas, respirando como alguien que acaba de romper cadenas milenarias.
El silencio pesó.
El bosque tembló.
—Nivel… setenta y cinco… —murmuró con voz temblorosa. Abrió los ojos—. Ahora ochenta.
No sonrió.
No hubo euforia.
Solo una lágrima silenciosa que no llegó a caer.
Lusian la observó, sombrío.
—Contrólate. Esa gota fue un acto consciente. No habrá segunda.
Dayana asintió lentamente.
—Lo sé. —Alzó la mirada— Y… gracias por no matarme mientras olvidaba qué soy.
Emily apretó los puños.
—¿Y qué crees que eres ahora?
Dayana respiró hondo.
—Una criatura que hoy… tuvo un motivo para intentar vivir.
La noche no respondió.
Pero el bosque sí.
Como si aceptara… que aquello era solo el principio.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com