Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 45

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. GUERRA EN EL MUNDO MAGICO
  4. Capítulo 45 - Capítulo 45: Capítulo 45 El Asedio del Árbol Madre
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 45: Capítulo 45 El Asedio del Árbol Madre

“La Horda del Bosque Roto”

El bosque rugía como un huracán contenido entre troncos.

No había viento, pero las hojas temblaban.

No había fuego, pero la savia burbujeaba como si ardiera.

Grisela corrió entre raíces retorcidas, disparando flechas que brillaban con la luz verde del maná.

—¡No se detengan! —gritó, esquivando un mordisco de un lobo cristalino que sangraba luz púrpura—. ¡Mantengan la formación!

Pero no la mantenían.

No podían.

Doce elfos habían partido esa mañana.

Solo ocho seguían en pie.

El ataque no era casual.

La horda sentía algo… algo que no pertenecía al bosque.

—¡Por la Madre! ¡Vienen por todas partes! —gritó Lioras mientras un ciervo de cuernos negros lo embestía.

Grisela giró, disparó, derribó a la criatura, pero otra saltó por encima del cadáver.

Estaban siendo rodeados.

Y el bosque no estaba ayudando.

Ese era el verdadero terror.

Muchos árboles gigantes no se movían para protegerlos como antes.

Algunos, incluso, parecían inclinarse en su contra.

En lo alto de una rama retorcida, muy lejos de sus ojos, Lusian observaba.

Con los brazos cruzados.

Thunder a su lado como una estatua eléctrica, inquieto.

—Podrían aguantar un poco más —murmuró Lusian, sin emoción aparente.

Dayana lamió su colmillo, saboreando la corrupción en el aire.

—Aguantarán… pero no saldrán todos. —Sonrió con la indiferencia de los depredadores—. ¿Vamos a intervenir?

Emily lo miró horrorizada.

—¡Lusian! ¡Son personas! ¡Están desesperados!

—No son “personas”, Emily —corrigió él, sin apartar la vista—. Son elfos.

Y odian a los humanos casi tanto como a los demonios.

Si intervenimos ahora, se volverán contra nosotros después.

Emily avanzó un paso, temblorosa.

—No me importa lo que hagan después. ¡Están muriendo ahora! ¡Lusian, por favor!

El mago oscuro no respondió.

Thunder bufó, inquieto.

Elizabeth miró hacia los elfos, la magia demoníaca resonando dentro de ella como un corazón golpeando una jaula.

—Algo… viene —advirtió.

Y entonces se escuchó.

Un paso, lento y pesado, que sacudió la tierra.

Otro.

Otro.

Los elfos se quedaron congelados cuando la criatura emergió entre los árboles gigantes.

Un ciervo titánico, de seis metros de altura, cuernos ramificados como huesos ennegrecidos por relámpagos púrpuras.

Su piel estaba hecha de corteza viva y sombras.

Sus ojos… eran pozos sin fondo.

Pero lo peor no fue su forma.

Fue que habló.

—Hijos rotos del viejo bosque —tronó con una voz que hacía vibrar la savia—. Retírense… o los aplastaré donde están.

Los elfos se quedaron paralizados.

—Ese ya no es su hogar —continuó la bestia, avanzando un paso, y la tierra se quebró bajo su peso—.

El Árbol Madre me ha aceptado a mí.

A ustedes… los expulsó.

Las palabras fueron como cuchillas en la piel de Grisela.

—¡Mentira! —gritó ella, tensando su arco—. ¡El bosque jamás permitiría que un monstruo como tú tomara su corazón!

El ciervo rió.

Una risa podrida, que convertía la luz en sombra a su alrededor.

—No fue el bosque quien me eligió.

Fue él.

Bragoz.

El nombre, aunque no pronunciado directamente, resonó como un eco.

La criatura bajó la cabeza, listos los cuernos para arrollar a los elfos.

—Ahora… mueran.

Los elfos retrocedieron.

Sabían que no podían ganar.

Los ojos les temblaban.

Sus piernas fallaban.

El bosque entero parecía desear verlos caer.

“La Sombra Interviene”

Emily se giró hacia Lusian, lágrimas de impotencia en los ojos.

—¡LU-SI-AN!

Si no hacemos algo… morirán todos. ¡TODOS!

Y fue entonces que Lusian finalmente suspiró.

Un suspiro largo, resignado, como alguien aceptando que la historia exige más de él de lo que quiere dar.

—Maldita sea… —murmuró.

Levantó la mano.

La sombra alrededor de sus dedos empezó a contorsionarse, negra como tinta viva.

Dayana sonrió, Emily respiró aliviada, Elizabeth tensó su maná, y Thunder pateó el suelo con energía.

Lusian chasqueó los dedos.

—Vamos.

Y la sombra cayó sobre el campo de batalla.

La intervención… había comenzado.

El ciervo colosal bajó la cabeza, y el aire se quebró.

La energía púrpura chisporroteó por sus cuernos, formando un arco de relámpagos corruptos.

—Retírense —gruñó—. O morirán como hojas secas.

Y, sin esperar respuesta, cargó.

El suelo explotó.

Tres elfos salieron despedidos contra los troncos.

Uno no volvió a levantarse: su columna había quedado doblada en ángulos imposibles.

Grisela gritó:

—¡Contenedlo! ¡FORMACIÓN ARCO! ¡ARCO!

Pero la criatura ya estaba entre ellos.

La pata delantera cayó como un martillo.

Aplastó a un arquero contra el suelo. El estallido húmedo hizo callar al resto.

La bestia levantó el cadáver…

y lo mordió.

Como si devorar el maná de los elfos lo fortaleciera.

Y lo hacía.

Su aura creció.

Las raíces corruptas se agitaron.

Grisela retrocedió un paso, sin poder contener el temblor.

—Este… no es un guardián del bosque —susurró, horrorizada—. Es un usurpador.

En las alturas, Lusian descenció de la rama sin apuro.

Emily ya había extendido su luz.

Dayana mostró los colmillos, excitada por la sangre en el aire.

Elizabeth canalizó su maná demoníaco.

El aire vibró.

Lusian habló sin levantar la voz:

—Ese monstruo es un Corrupto Cervus Alfa. Nivel 97.

Y su habilidad principal… ya empezó.

La criatura pisoteó el suelo.

De la tierra emergieron raíces negras, vivas, que envolvieron piernas elficas.

Uno gritó mientras era arrastrado bajo tierra.

Se escuchó un crujido.

El grito terminó.

Thunder pataleó furioso.

Emily ya estaba llorando.

—¡LU-SI-AN! ¡Haz algo!

Lusian abrió la mano.

La sombra se arremolinó.

Pero antes de atacar, la bestia habló nuevamente.

—Ese ya no es su hogar…

Ahora me pertenece.

Por derecho de sangre ofrecida…

y sangre tomada.

Grisela tensó su arco una vez más con los ojos ardiendo de furia y dolor.

—¡MONSTRUO! ¡El bosque nunca te aceptará!

La criatura se volvió hacia ella.

—Ya lo hizo.

Su cuerno izquierdo brilló con una energía oscura.

El ambiente tembló.

Emily tomó un paso adelante, la luz rodeándola.

—¡LUSIAN! ¡No nos queda tiempo!

Él chasqueó la lengua, irritado.

—Sí, sí.

Ya sé cómo matarlo.

Elizabeth lo miró sorprendida.

—¿Sabes su debilidad?

—Sí —respondió Lusian—.

Es un boss opcional del viejo parche.

Muchos jugadores murieron aquí.

Dayana sonrió.

—¿Y cuál es?

Lusian señaló los cuernos.

—Los Cervus Alfa canalizan toda su magia a través de los cuernos.

Si uno se rompe, la bestia entra en un estado de “dolor rabioso”…

y eso corta su habilidad de regeneración.

Emily abrió los ojos.

—¿Y cómo rompemos un cuerno tan enorme?

La respuesta fue simple:

—Con Thunder.

El corcel eléctrico relinchó con un estallido de rayos.

Su pelaje chisporroteó como tormenta viva.

—Emily —ordenó Lusian—, cúbreme.

—Elizabeth, neutraliza cualquier raíz que se acerque.

—Dayana, mantente cerca. Si alguien cae, rescátalo. No bebas a nadie.

Dayana bufó.

—Arruinas toda la diversión.

Lusian se ajustó la capa de sombras.

—Vamos.

Thunder cargó como un rayo.

Lusian estaba sobre él, un remolino de oscuridad.

El ciervo colosal rugió y lanzó un rayo púrpura desde su cuerno.

Emily extendió la luz.

—¡BENDICIÓN DEL ALBA!

El rayo chocó contra su escudo…

La luz crujió…

Y se fracturó como vidrio.

Emily cayó de rodillas, sangrando por la nariz.

Pero había resistido lo suficiente.

Thunder se lanzó por el flanco.

Lusian saltó y canalizó oscuridad pura en su mano.

—Rómpete —murmuró.

Y golpeó el cuerno.

Un estallido ensordeció al bosque.

El cuerno se fracturó.

La bestia aulló con una agonía tan profunda que hasta los árboles se estremecieron.

—¡¡AHORA ESTÁ VULNERABLE!! —gritó Lusian.

Elizabeth lanzó cadenas de maná demoníaco que atraparon una pata.

Dayana corrió entre raíces y cortó las que buscaban a los elfos.

Emily extendió su luz para proteger a Grisela, que ya estaba sin flechas.

La bestia embistió a ciegas, enloquecida.

Sus golpes eran devastadores, pero sin dirección.

Un árbol de 40 metros cayó partido como una caña.

Lusian reunió sombra en sus dos manos.

—Sombra absoluta: Quebrantavínculo.

Una fisura negra surgió en el aire.

Lusian la dirigió hacia el cuello del ciervo.

La criatura trató de resistir.

Pero con su cuerno roto… estaba condenada.

El corte atravesó carne, corteza y corrupción.

La bestia cayó de rodillas.

La tierra tembló.

Antes de morir, murmuró:

—Él… vendrá…

Y se derrumbó.

“Tras la Bestia, la Hostilidad”

El silencio tras la muerte del Cervus Alfa duró… dos latidos.

Luego, el instinto tomó control.

Tchink—

Tchink—

Tchink—

Tres docenas de arcos élficos se tensaron al mismo tiempo.

Decenas de puntas luminosas apuntaron directamente al corazón del grupo de Lusian.

Dayana siseó, mostrando colmillos.

Elizabeth levantó un escudo de maná oscuro por puro reflejo.

Thunder golpeó el suelo, eléctrico, listo para pulverizar lo que se acercara.

Y Lusian…

…simplemente levantó su espada.

La sombra que emanaba de la hoja hizo que varios elfos retrocedieran involuntariamente.

Grisela se adelantó, sin bajar su arco.

—No daremos un paso más —advirtió, voz firme, aunque sus dedos temblaban por el agotamiento—.

Humano… suelta la espada.

Lusian arqueó una ceja.

—No.

—Suelta. La. Espada. —repitió ella, con esa mezcla de miedo y orgullo que solo un elfo herido puede cargar.

Las ramas se tensaron sobre sus cabezas, respondiendo al maná elevado.

El bosque mismo parecía dispuesto a ver sangre.

Elizabeth murmuró:

—Lusian… nos van a rodear.

Dayana rió suavemente.

—No los rodearán por mucho… yo puedo romper cuellos bastante rápido.

—Vas a callarte —gruñó Lusian sin girarse.

La tensión subió otro grado.

Un elfo gritó, incapaz de contener su odio:

—¡Los humanos trajeron demonios al bosque!

—¡Están corrompidos!

—¡Nos traicionarán igual que en la guerra de la Sangre Esterna!

Las flechas apuntaron ahora a Elizabeth.

Ella tragó saliva, y por primera vez en mucho tiempo, bajó la mirada:

No quería demostrar lo aterradora que podía ser su magia si la provocaban.

El aire se volvió tan denso que parecía que el bosque mismo contuviera el aliento.

Un movimiento más…

una palabra más…

y habría una masacre.

Fue Emily quien dio el paso.

Literalmente.

Se colocó en medio, entre las flechas y su grupo, con las palmas abiertas.

Su luz irradiaba suavemente, como una luna triste.

—¡BAJEN LAS ARMAS! —su voz retumbó con autoridad inesperada.

El bosque pareció escucharlo.

Los elfos vacilaron.

La luz de Emily no era agresiva;

era el tipo de luz que cura, que abraza, que detiene sangre.

—No somos su enemigo —continuó, respirando rápido, con el corazón en la garganta—.

El demonio Bragoz está corrompiendo el bosque.

A nosotros nos atacó también.

¡Estamos tratando de llegar al Árbol Madre para detenerlo!

Grisela entrecerró los ojos.

—¿Y debo creer una palabra de un humano?

—preguntó con veneno—

¿O de una… criatura como ella?

Señaló a Dayana.

La vampira sonrió desafiante, clavando su mirada en los elfos como si calculara cuántos podría devorar antes de morir.

Emily no se movió.

—Nos guste o no… tenemos un enemigo común.

—No confiamos en humanos —escupió otro elfo.

—Lusian no confiaba en ustedes —respondió Emily con voz temblorosa, pero firme—.

Y aun así… los salvó.

Todos miraron a Lusian.

Él solo frunció el ceño.

—Fueron ustedes los que estaban en el camino —bufó—.

Yo solo no quería verla llorando.

Emily se sonrojó.

Los elfos no entendieron del todo… pero sí entendieron que ese hombre no era simple.

La tensión seguía colgando del aire.

Un pequeño error y la batalla estallaría.

Entonces Lusian habló, con esa calma que cortaba más que su espada:

—No se equivoquen.

Si quisiera matarlos, ya estarían muertos.

Varias flechas temblaron.

Grisela apretó los dientes.

—Y si nosotros quisiéramos matarte… —respondió ella—

…ya estarías lleno de agujeros.

Lusian sonrió apenas, de forma inquietante.

—Probablemente…

pero no lo intentaron cuando la bestia los aplastaba.

Así que aún piensan.

Un murmullo recorrió a los elfos.

Dolor.

Orgullo herido.

Pero también respeto.

Grisela bajó su arco… solo un dedo.

—¿Por qué quieres llegar al Árbol Madre?

Emily inhaló.

Elizabeth enderezó el cuerpo.

Dayana se cruzó de brazos.

Thunder agitó la melena eléctrica.

Y Lusian respondió:

—Porque Bragoz está corrompiéndolo.

Porque si no lo detenemos…

este bosque morirá.

Y ustedes con él.

Silencio.

Uno pesado.

De esos que cambian destinos.

Grisela bajó el arco por completo.

Sus guerreros dudaron, pero la siguieron.

—No confío en ustedes —dijo con sinceridad cruda—.

Pero… confío en lo que acabamos de ver.

Y si Bragoz es realmente quien mueve estas criaturas…

Su voz se quebró un instante.

—…entonces necesitamos toda la fuerza que podamos reunir.

Emily soltó el aire que había estado conteniendo.

Las flechas cayeron.

Lusian bajó la espada.

Dayana dejó de tensar los dedos como garras.

Elizabeth aflojó el hechizo oscuro.

La guerra civil que casi nació allí…

se disipó por un solo hilo de luz.

Emily exhaló, con un temblor en la voz.

—Entonces… iremos juntos.

Grisela extendió la mano.

No en gesto de amistad.

En pacto de supervivencia.

—Por el Árbol Madre…

y contra el demonio que amenaza a ambos pueblos.

Lusian la miró…

y por primera vez, no con arrogancia.

—Por el Árbol Madre.

Las manos se encontraron.

No fue alianza.

No fue paz.

Fue una tregua necesaria…

…y el primer paso hacia un conflicto aún más grande.

“El Árbol que Sangra”

El aire dejó de sentirse vivo.

Las raíces no vibraban como venas…

vibraban como si algo dentro intentara romperlas desde adentro.

El Árbol Madre solía purificar el maná.

Era una fuente, un corazón, un pulmón para todo el continente.

Pero ahora…

Estaba podrido por dentro.

Un olor pútrido y metálico flotaba en el claro.

Las hojas superiores se habían vuelto negras y rojas, y una espiral de runas demoníacas se extendía sobre el tronco como gusanos marcándolo.

En el centro, apoyado contra la corteza sangrante…

Bragoz.

El demonio estaba semienterrado en el tronco, como si el Árbol Madre lo estuviera devorando y él, a su vez, devorara al árbol.

Y esa simbiosis era lo más aterrador de todo.

Grisela respiró con dificultad.

—Él… él es la causa… —susurró con horror—

Él… nos expulsó.

Él convirtió al Árbol Madre en esto…

Emily, con el corazón encogiéndose al verlo, entendió la magnitud del desastre:

—El árbol… no podía contener un maná tan oscuro.

No rechazó a los elfos…

intentaba salvarlos.

Grisela apretó los puños, mareada, recordando las muertes, el éxodo, el caos.

—Y nosotros… pensamos que el bosque nos había traicionado.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Todo fue él…

¡ÉL! —gritó señalando al demonio.

Bragoz sonrió, aún fusionado con el tronco.

—Ustedes me culpan…

cuando yo solo ayudé al árbol a evolucionar.

Todo bosque debería tener un rey.

Y este ya lo tiene.

Las raíces se retorcieron como serpientes hambrientas.

Lusian observó la espiral de runas rojas ascendiendo por el tronco.

Aquello…

él lo conocía.

—Si no lo detenemos —dijo con un tono inusualmente grave—

el Árbol Madre dejará de purificar maná.

Grisela lo miró, confundida.

Lusian continuó:

—El bosque absorberá maná demoníaco en lugar de maná natural.

Todo lo que viva aquí…

los animales, las plantas, ustedes mismos…

serán corrompidos desde la raíz.

Emily tragó saliva.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

Lusian levantó la vista hacia la copa negra.

—Horas.

Quizás menos.

Un silencio helado cayó sobre todos.

De pronto, un ciervo cristalino —normalmente una criatura pacífica y hermosa— salió entre los árboles…

con los ojos completamente negros.

Y atacó a un elfo.

La criatura estaba deformada, respirando humo carmesí.

Elizabeth respiró hondo.

—Ya comenzó…

La corrupción está expandiéndose.

Cada minuto que Bragoz permaneciera unido al Árbol Madre…

otra criatura se volvería demoníaca.

Y cada criatura demoníaca…

atraería más monstruos.

Era un círculo imposible de detener sin destruir al demonio.

Los monstruos empezaron a llegar como un diluvio viviente.

Grisela gritó:

—¡FORMEN LÍNEA! ¡PROTEJAN EL TRONCO!

¡No dejen que más criaturas se acerquen!

Los elfos luchaban con desesperación.

No defendían un territorio.

Defendían su alma.

Thunder embistió un grupo de criaturas, dispersando rayos.

Elizabeth levantó barreras parciales.

Dayana abrió gargantas en la oscuridad, apenas visible.

Emily gritó mientras sostenía un campo de luz:

—¡NO LO DEJEN COMPLETAR LA CORRUPCIÓN!

Y en el centro…

Bragoz comenzó a absorber aún más savia del Árbol Madre.

El tronco crujía.

Sangraba.

Lloraba.

Lusian apretó la mandíbula.

—Lo está logrando…

Está transformando el Árbol Madre en un Árbol Infernal.

Grisela miró horrorizada.

—¿Qué hace un Árbol Infernal?

Lusian respondió sin suavidad:

—Corrompe todo lo que respira.

Convierte un bosque… en un nido demoníaco eterno.

Grisela dio un paso atrás, blanca como la nieve.

—Entonces… si él termina…

Lusian asintió.

—El bosque de los elfos desaparecerá.

Ustedes desaparecerán.

Bragoz arrancó su brazo del tronco, cubierto de savia negra.

—Ya casi termino.

Después de esto, no habrá más “bosque”.

Solo mi dominio.

Lusian levantó la espada.

Emily se colocó detrás, brillando.

Elizabeth temblaba, pero firme.

Dayana se relamía la sangre, lista.

Thunder rasgaba el suelo con sus pezuñas eléctricas.

Grisela alzó su arco.

Los elfos se prepararon.

Y Lusian susurró:

—Lo matamos… o se acaba el mundo que ustedes conocen.

“La Guerra de las Raíces”

El rugido no vino del demonio.

Vino del Árbol Madre.

Un sonido profundo, crujiente, como miles de huesos quebrándose al mismo tiempo.

Las ramas superiores temblaron y una oleada de maná negro estalló hacia afuera como una respiración tóxica.

Los elfos retrocedieron, aterrorizados.

Grisela gritó:

—¡FORMEN LOS ANILLOS! ¡PRIMERO ARQUEROS, SEGUNDO DRUIDAS!

Los arqueros tensaron cuerdas mientras los druidas intentaban purificar el aire con magia verde…

pero el maná demoníaco quemaba sus hechizos como si fueran humo.

—¡No funciona! —gritó uno de ellos—

¡El aire mismo está maldito!

Bragoz reía, aún fusionado al tronco.

—Pueden morir cansándose…

o rendirse.

El desenlace es el mismo.

La corteza del árbol se abrió en una grieta gigantesca, como una boca.

De ella empezaron a caer criaturas deformadas, raíces vivientes y bestias mutadas alimentadas por la corrupción.

Frente Norte – Grisela y los elfos

Deben contener la marea de monstruos que salen del Árbol Madre.

Frente sur: Emily y los druidas heridos

Emily sostiene un campo luminoso que purifica lentamente la corrupción del aire para que los druidas no mueran envenenados al respirar.

Frente oeste: Elizabeth + Thunder

Elizabeth genera barreras demoniacas controladas. Thunder embiste con relámpagos a monstruos más pesados.

Frente este: Dayana (la vampira)

Caza sigilosamente monstruos de élite que intentan flanquear a los elfos.

Frente central: Lusian vs Bragoz

La batalla más peligrosa.

Lusian debe cortar el vínculo entre el demonio y el árbol ANTES de que la corrupción llegue al corazón del tronco.

Bragoz arrancó completamente su cuerpo del tronco.

Su espalda seguía conectada por raíces negras que latían como venas gigantes, bombeando savia oscura que entraba directamente a su corazón demoníaco.

Cada latido…

hacía temblar el bosque.

Lusian avanzó, oscureciéndose.

Sombras densas se enroscaban alrededor de su espada.

Bragoz abrió los brazos, divertido.

—Así que tú eres el pequeño omega que camina con niñas lloronas.

Emily apretó los puños pero no se movió de su puesto —Lusian se lo había ordenado.

Lusian solo respondió:

—Hablas demasiado.

Y se lanzó.

El choque hizo temblar el claro.

Frente norte (Grisela y los elfos)

Las criaturas del Árbol Madre se movían con sincronía inquietante, como si compartieran una sola mente. Una bestia de seis patas y piel de corteza embistió la línea frontal, lanzando a tres elfos por los aires.

Grisela levantó su arco sagrado, el Arco de los Últimos Brotes, resonando con un murmullo del bosque. A pesar de que la corrupción había interrumpido su vínculo con la naturaleza, la savia luminosa aún latía en su interior.

Disparó tres flechas simultáneas, cada una guiada por la intuición del bosque. Las puntas atravesaron las articulaciones exactas de la bestia. La criatura cayó, pero no murió.

Una raíz surgió del suelo, buscando empalar a un arquero. Grisela saltó y rodó, cortándola con su daga mientras susurra un conjuro ancestral. La raíz se retorció y se partió, debilitada.

—¡NO RETROCEDAN!

¡ESTE ES SU HOGAR! —gritó, su voz vibrando con la fuerza del bosque.

Por un instante, el bosque respondió a su llamado: hojas se entrelazaron para frenar a las criaturas, lianas se tensaron para atrapar a los invasores. Pero la línea aún retrocedía; las criaturas ganaban terreno, y la corrupción presionaba con fuerza.

Grisela respiró hondo, concentrando todo su maná de conexión con la naturaleza. Sus flechas ya no eran simples proyectiles: cada disparo podía canalizar la energía del bosque, ralentizando a las bestias y dando segundos vitales a los elfos.

—¡Aguanten un poco más! —murmuró, con determinación férrea—. Aunque el bosque esté herido… ¡mientras yo respire, defenderé este hogar!

Frente sur (Emily)

Emily alzó sus manos, invocando un halo de luz divina que atravesaba la maleza oscura. Su magia no solo purificaba el aire para que los druidas resistieran, sino que debilitaba a los demonios y hacía vibrar al Árbol Madre, retrasando la propagación de la corrupción demoníaca.

—¡Emily, el campo se está debilitando! —gritó uno de los druidas, jadeando bajo el peso de la magia negra.

—¡Lo sé! ¡El maná demoníaco crece más rápido de lo que podemos contener! —respondió ella, sudando mientras el brillo de su hechizo se intensificaba—. ¡Solo resistan un poco más!

Una criatura corrosiva surgió de la sombra, lanzándose sobre ella. Emily levantó una barrera de luz pura, y al contacto con la bestia, ésta chilló y se retorció, debilitada por el resplandor divino.

Pero el esfuerzo tenía un precio. La energía de la diosa se sobrecargaba en su cuerpo. Emily tosió sangre, su piel brillando por la luz que intentaba contener.

Cada segundo de resistencia ralentizaba la contaminación del Árbol Madre, pero cada instante drenaba su fuerza. Estaba en el límite… y aún así, no podía dejar de luchar.

Frente oeste (Elizabeth + Thunder)

Elizabeth cabalgaba sobre Thunder, su maná eléctrico con afinidad Delta chispeando a cada movimiento. Juntos formaban un torbellino de rayos: ella canalizando magia, él descargando electricidad directamente sobre los enemigos.

El maná demoníaco que llevaba dentro amenazaba con desbordarse, haciendo que cada hechizo requiriera un esfuerzo titánico.

Thunder, consciente de la batalla y conectado únicamente con Lusian por el hechizo de vínculo, reaccionaba a sus órdenes y movimientos, embistiendo a los monstruos y generando descargas eléctricas.

—¡Aguanta! —ordenó Lusian mentalmente a Thunder mientras Elizabeth mantenía la barrera sobre los enemigos—. ¡Fuerza, Thunder!

Elizabeth ajustó su enfoque, canalizando sus rayos a través del lomo del corcel:

—No… puedo… contener… tanto maná oscuro… aquí…

Thunder esquivaba ataques y descargaba su poder eléctrico, sincronizado con las indicaciones de Lusian, protegiéndola mientras ella apuntaba a los monstruos.

Frente este (Dayana)

Dayana saltó entre sombras, degollando criaturas sin que se dieran cuenta.

Su corazón ardía con la única necesidad de un objetivo: Bragoz.

Pero entonces algo la atrapó por el tobillo.

Una raíz viva.

La arrastró hacia el árbol, donde la savia negra caía como ácido.

Dayana gritó, colgando boca abajo.

—¡LUSIAN!

¡ESTO— QUEMA—!

La savia le rozó la piel.

Se quemó como fuego santo.

Ella no podía acercarse más al árbol.

Era demasiado puro… o demasiado demoníaco.

La ironía la aterraba.

Después de dos años de buscar venganza, ahora no podía tocar a Bragoz sin quemarse.

Lusian vs Bragoz

Bragoz emergió del Árbol Madre como una carcasa rota, un ente formado de savia oscura y raíces corrompidas. Su figura se estiraba como sombra líquida, y cada paso dejaba un charco de mana demoníaco que devoraba la vegetación.

Frente a él, los elfos retrocedían. Emily cortaba el aire con destellos de luz, Elizabeth había invocado escudos que crujían bajo la presión, Dayana desgarraba criaturas con movimientos ferales y Thunder relinchaba, enviando descargas que abrían claros eléctricos entre la marea monstruosa.

Solo uno caminó hacia Bragoz sin apuro.

Lusian.

Espada enfundada. Respiración controlada. Candela oscura rodeándolo como un aura inteligente.

Bragoz sonrió con burla.

—No reconozco tu aura… ¿quién eres, insecto?

—Alguien que te farmeó demasiadas veces —respondió Lusian, sin detenerse.

El monstruo frunció el ceño, sin comprender.

Entonces Lusian activó su fortalecimiento. No hubo grito, ni sello, ni gesto exagerado. Solo una leve vibración en el aire… y tierra agrietándose bajo sus pies como si el bosque lo reconociera.

Bragoz atacó.

Un látigo de savia negra se clavó en el suelo donde Lusian había estado hace un segundo.

—Ataque de apertura, estándar —murmuró él—. Igual que en el evento semanal.

El monstruo lanzó entonces una oleada de energía roja. Lusian retrocedió medio paso. La explosión cruzó el aire sin tocar ni un cabello.

—Patrón secundario. Área frontal… cambias de elemento cada tres ataques —comentó, casi pensativo.

Bragoz rugió.

—¿Qué es tan gracioso?

—Que eres exactamente igual que en el simulador.

Por primera vez… el monstruo sintió algo parecido al temor.

Bragoz alzó los brazos. El suelo tembló. Hechizo de devastación en área. Lusian levantó una mano apenas, condensando oscuridad. La onda se partió en dos, como obedeciendo.

Bragoz retrocedió un paso.

—¿Cómo reduces tanto tu… consumo?

Lusian no respondió.

Solo avanzó.

El monstruo invocó raíces vivientes. Estas emergieron del suelo como cuellos de serpiente, pero fueron lentas. Excesivamente lentas.

—Error —susurró Lusian—. Alto costo. Baja velocidad. Contraataque óptimo.

Desenfundó.

Oscuridad pura inundó el filo. No como corrupción, sino como control absoluto.

Bragoz se tensó.

—Ese brillo… no puede ser…

Y entonces Lusian estuvo frente a él.

Un solo corte.

No ruido. No choque. Solo un susurro.

Bragoz miró su torso. Un hilo de savia oscura cayó al piso. La herida no cicatrizaba.

—¿Qué tipo de oscuridad es esa?

—La tuya —respondió Lusian—. Solo que bien usada.

Bragoz, en desesperación, intentó curarse usando la propia esencia del árbol. Pero la corrupción ambiental lo alteró. El hechizo le drenó el doble.

Lusian inclinó la cabeza.

—Y cada vez que atacas con oscuridad dentro de mi rango…

Una leve pulsación vibró en torno a él.

—…absorbo un poco de tu maná.

Bragoz se puso pálido.

—¡¿Por qué diablos tu maná no baja?! ¡Eres nivel menor!

Lusian sonrió de forma casi imperceptible.

—Porque eres fuerte, pero no eres inteligente.

Bragoz, furioso, lanzó su hechizo más devastador. Un estallido demoníaco que prometía consumir todo el campo.

Fue su último error.

Cuando canalizó el poder, la conexión con el Árbol Madre se tensó. Lusian atacó justo ahí —en el corazón de esa raíz que vinculaba a Bragoz con la fuente.

El corte no solo rompió tal conexión.

La invirtió.

El maná del árbol fluyó al revés, como si la naturaleza quisiera expulsar aquello que la enfermaba.

Bragoz gritó, ardiendo por dentro.

—¡¡NO!! ¡¡NO LO ACTIVES—!!

Lusian, tranquilo.

—Es tarde.

La energía interna explotó. El monstruo cayó de rodillas, el cuerpo quemado por su propio poder. Su cantidad de maná se desplomó como números en caída libre.

Ya no era una amenaza.

Solo un residuo de lo que alguna vez fue.

Lusian se acercó, levantando su espada.

La oscuridad se replegó hacia él, bebiendo todo el maná corrompido a su alrededor.

Bragoz extendió una mano temblorosa.

—Detente…

—Adiós, drop semanal.

Y el corte final cayó, limpio.

Bragoz cayó.

No como caen los monstruos comunes.

No con gritos, ni explosiones, ni rugidos.

Cayó… como si el mundo se apagara dentro de su pecho.

Su cuerpo se desmoronó en humo rojizo, disgregándose en hebras de maná contaminado que se evaporaban antes de tocar el suelo.

No quedó cadáver.

No quedó sangre.

Solo un hueco oscuro donde, momentos antes, ardió un demonio.

Lusian bajó su espada.

El arma tembló por la energía que aún devoraba, obligándolo a exhalar para disiparla.

—Se acabó —murmuró.

Al desaparecer Bragoz, la raíz negra que lo conectaba al Árbol Madre estalló en luz pura.

“Un Precio sin Fruto”

Bragoz se deshizo en humo rojo.

Todos miraron el renacimiento del Árbol Madre.

Todos… excepto una persona.

Dayana no veía la luz.

No veía a los elfos llorar.

No veía el bosque sanar.

Solo veía ese humo.

Ese maldito humo.

Sus piernas temblaron.

No por debilidad.

Por rabia.

Por dos años cargó ese incendio en el pecho.

Por dos años soñó con arrancarle la cabeza con sus propias manos.

Por dos años busco una oportunidad para matarlo.

Y ahora…

ahora Bragoz se deshacía delante de ella, sin darle la oportunidad de matarlo.

—¡NO! —gritó Dayana, su voz quebrándose entre odio y dolor—.

¡NO DESAPAREZCAS!

Corrió hacia la mancha de humo, atravesándola, intentando atrapar lo que quedaba del demonio.

Pero sus manos solo cerraron el vacío.

El humo se deshizo entre sus dedos.

Dayana cayó de rodillas.

Las garras se clavaron en la tierra.

Sus colmillos se alargaron, pero no para morder…

sino para gritar.

Y gritó.

Un grito que desgarró el aire.

Que hizo retroceder a los monstruos restantes.

Que incluso silenció, por un instante, al propio bosque que renacía.

Emily dio un paso para acercarse, pero Lusian le puso una mano sobre el hombro.

—Déjala —dijo.

Dayana golpeó la tierra con tal fuerza que la raíz a sus pies se partió.

—¡LO MATÉ YO!

¡TENÍA QUE MATARLO YO!

¡ÉL ME LO DEBÍA!

—¡ME LO DEBÍAS, BRAGOZ! —sollozó—.

…me lo debías…

Se inclinó hacia adelante, apoyando la frente en el suelo, temblando, llorando sangre.

Rara vez un vampiro llora.

Hoy… lo hacía como una niña que perdía a su familia por segunda vez.

Lusian caminó hacia ella, despacio.

Dayana sintió su presencia y murmuró, rota:

—Lusian… ¿por qué? Yo… quería verlo suplicar.

Quería que supiera qué se sentía…

…qué se sentía perderlo todo.

Su voz se quebró por completo.

Lusian no era bueno consolando.

Pero se agachó y puso una mano en su espalda.

—Lo entiendo —susurró—.

Y aunque no lo hayas matado tú…

no murió fácil, Dayana.

Murió con miedo.

Y murió perdiendo.

Ella detuvo el llanto un instante.

Lusian continuó:

—Y tu padre está vengado.

No por cómo murió Bragoz…

sino porque tú sobreviviste más que él.

Dayana cerró los ojos.

Unas nuevas lágrimas resbalaron por su rostro.

—Yo… quería verlo caer por mi mano…

—Cayó —respondió Lusian—.

Y lo hicimos juntos.

Él no te quitó nada hoy.

Hoy recuperaste todo.

Dayana respiró hondo.

Se limpió el rostro.

Su aura se estabilizó, centelleando como brasas controladas.

Sus ojos rojos recuperaron foco.

Se puso de pie despacio.

—Gracias… —dijo con voz firme, aunque temblaba—.

Pero no me malinterpretes.

Si revive… aún quiero romperle el cuello yo.

Lusian sonrió de medio lado.

Un pulso verde recorrió el tronco gigantesco, ascendiendo en espiral, como si el Árbol Madre respirara por primera vez en años.

Las hojas, ennegrecidas por la corrupción, comenzaron a desprenderse…

y al caer al suelo, renacían como nuevos brotes esmeralda.

Los elfos —heridos, agotados, algunos aún sangrando— se quedaron inmóviles, atónitos.

Y entonces lo sintieron.

La Voz del Bosque volvió.

Un viento suave, cálido, lleno de maná puro, recorrió el campo de batalla.

Los cuerpos de los elfos se iluminaron.

Sus heridas cerraron.

La savia de sus venas volvió a latir en armonía con el bosque.

Grisela cayó de rodillas, lágrimas corriendo por su rostro endurecido.

—Regresó…

El bosque… regresó…

Los demás elfos siguieron su ejemplo, inclinando la cabeza hacia el Árbol Madre.

No era adoración.

Era reencuentro.

Muy lejos, entre columnas de corteza viva y raíces elevadas como arcos, una figura se levantó lentamente.

Aeltherion.

El Heraldo del Dios de la Naturaleza.

Sus ojos brillaban como estrellas atrapadas en un bosque perpetuo.

Su cuerpo estaba hecho de hojas antiguas y savia luminosa.

Había observado toda la batalla.

Había visto el sufrimiento.

Había visto la desesperación.

Y había visto a Lusian hundir su espada en Bragoz como si cortara un nombre ya olvidado del tiempo.

El Heraldo no aplaudió.

No felicitó.

No intervino.

Solo miró el lugar donde Bragoz se disolvió.

Y susurró, con una frialdad indescriptible:

—Demonio inútil.

No lo dijo con desprecio.

Ni con furia.

Ni con miedo.

Lo dijo como quien mira a un gusano que muere en un tronco.

Luego se giró.

La luz verde abrió un pasaje en la corteza.

Su templo improvisado —un santuario vivo, mitad árbol, mitad espíritu— lo recibió en silencio.

Aeltherion entró sin mirar atrás.

La corteza se cerró detrás de él como si nunca hubiese estado abierta.

La guerra no ha terminado.

Pero el primer demonio cayó.**

Thunder resopló, cansado.

Emily se dejó caer al suelo, mirando el cielo entre las hojas renacidas.

Elizabeth guardó silencio, sintiendo cómo su propio mana demoníaco vibraba peligrosamente ante tanta pureza.

Dayana se relamió un colmillo.

—Lusian…

—No —respondió él, exhausto—. No hables.

Solo… dame un minuto.

Pero no tuvo un minuto.

Porque Grisela, líder de los elfos, avanzó hacia él.

Los demás tensaron sus arcos.

Lusian levantó la espada por costumbre.

Grisela levantó una mano para que su gente bajara las armas.

Y entonces se inclinó ante él.

—En nombre de todos los hijos del bosque…

Gracias por devolvernos nuestro hogar.

Lusian suspiró.

—No lo hice por ustedes.

Grisela lo miró fijamente.

—Lo sé.

Pero el bosque… sí.

Y, por primera vez, Lusian no supo qué responder.

El Árbol Madre se alzaba, imponente y restaurado. Sus hojas brillaban con luz pura, su savia fluyendo con vigor. El bosque respiraba al fin.

Pero Lusian no sonreía.

Frente al árbol, vio que algo faltaba.

El fruto que tantas veces había aparecido en su memoria del juego… no estaba.

Nunca aparecería.

Sabía por qué.

El fruto surgía de las lágrimas del Árbol Madre, que él había visto fluir en la simulación.

Y estas lágrimas… ahora no podían ser.

El árbol había estado endemoniado.

Corrompido.

Y ahora que lo había purificado, el ciclo de lágrimas que daría el fruto para curar a Elizabeth se había roto para siempre.

Elizabeth bajó la mirada, conteniendo el dolor que no podía revertir.

Emily lo miraba con firmeza, respirando con él, intentando transmitirle que no estaba solo.

—Lusian… —susurró Elizabeth—. No puedes culparte. Hiciste lo que nadie más podía. Salvaste el bosque, salvaste a los elfos… me salvaste a mí.

—Shh —intervino Emily, colocándole una mano sobre el hombro—. Lusian, estamos contigo. Todo lo que hiciste importó. Todo está bien.

Lusian bajó la cabeza, atrapado en la culpa, sintiendo que la tristeza lo aplastaba y que, al mismo tiempo, como pudo cometer un error tan tonto.

Elizabeth y Emily se acercaron, cada una abrazándolo de un lado, hombro con hombro, compartiendo el calor y la certeza de que él había hecho lo imposible.

—Mientras estemos contigo… —susurró Elizabeth—, todo estará bien.

—No importa el fruto —añadió Emily—. Estás aquí, y eso basta.

Lusian cerró los ojos, respirando profundamente, dejando que las dos lo sostuvieran. pero su culpa interior no disminuía.

El bosque restaurado brillaba a su alrededor, pero eso no le importaba, su objetivo no se había cumplido.

Esa noche, las palabras, los abrazos y el silencio compartido le recordaron que, no podia corregirlo todo.

Al amanecer del día en que Lusian partía…

Los elfos encendieron fuegos pequeños, respetuosos, alrededor de las raíces externas del Árbol Madre. Se movían en silencio, como si temieran despertarlo de un sueño demasiado reciente. Compartieron alimento sencillo —frutos pálidos, agua impregnada de maná— y permitieron que el grupo descansara entre ellos sin preguntas ni exigencias. No era hospitalidad: era reconocimiento. Lusian permaneció despierto largo rato, apoyado contra una raíz viva, sintiendo el pulso lento del bosque renacido bajo su espalda, como un corazón que apenas se atrevía a latir de nuevo.

Antes del amanecer, Grisela se acercó sin escolta. En sus manos llevaba un pequeño envoltorio de hojas plateadas, sellado con savia endurecida. No lo ofreció como un regalo, sino como un acto solemne.

—El Árbol no dio fruto —dijo en voz baja—. Pero, por primera vez desde la corrupción… volvió a dar una semilla.

Dentro reposaba una semilla, oscura y lisa, apenas tibia al tacto. No irradiaba poder. No prometía nada. Era pequeña, frágil… y real. Cuando Lusian la sostuvo, el bosque pareció guardar silencio por un instante.

—No crecerá aquí —continuó Grisela—. Ni ahora. Tal vez nunca. Pero existe. Y eso basta.

Lusian asintió y guardó la semilla sin responder. No sintió alivio. No sintió esperanza. Solo comprendió que incluso cuando algo se salva… no vuelve igual.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo