GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 46
- Inicio
- Todas las novelas
- GUERRA EN EL MUNDO MAGICO
- Capítulo 46 - Capítulo 46: Capítulo 46 Viaje de Regreso
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 46: Capítulo 46 Viaje de Regreso
“La Voz de Otras Vidas”
En la capital imperial, Lusian descansaba en el amplio salón privado, la espada recostada a un lado, mientras los últimos ecos de la batalla aún resonaban en su mente. Elizabeth yacía junto a él, apenas cubierta por una manta ligera, respirando con calma. Por primera vez en días, ambos dormían sin sobresaltos.
El silencio era casi absoluto, roto solo por el murmullo del viento en las ventanas abiertas. Lusian la observaba de reojo: su pecho subía y bajaba con un ritmo constante, su cabello caía desordenado sobre los hombros, y la luz lunar teñía su piel de un tono casi etéreo. Por un instante, todo parecía demasiado humano, demasiado normal.
Pero entonces algo cambió.
Un estremecimiento recorrió a Elizabeth, su respiración se volvió irregular y sus dedos se tensaron sobre la manta, como si intentaran aferrarse a algo intangible. Lusian se incorporó de inmediato, alerta: esto no era un sueño común.
—Elizabeth… —susurró, rozando su brazo con cuidado—. ¿Estás bien?
Ella no respondió. Su rostro mostraba una mezcla de asombro y terror, y sus ojos se abrieron con un brillo extraño, profundo, imposible de ignorar. Sombras de otras vidas y ecos de recuerdos pasados se filtraban en su mente. Su aura se expandió de forma incontrolable, vibrando con maná puro que hizo temblar cortinas y muebles cercanos.
El aire se cargó de electricidad mágica. El corazón de Lusian latía con fuerza; la esencia que emanaba de Elizabeth no era solo peligrosa, era ancestral, y le recordaba fragmentos de la Reina Demonio que había conocido en sueños y visiones.
Elizabeth habló, pero no con su voz habitual. Sus palabras se entrelazaban con recuerdos que no le pertenecían: nombres de lugares que jamás había visitado, promesas rotas de otras vidas, destellos de rituales olvidados conscientemente. Cada sílaba hacía chispear el maná a su alrededor, y los candelabros y cristales vibraban con un eco sordo.
—No… no soy yo… o tal vez… sí… —murmuró, entrecortada, como si dialogara con todos sus yoes pasados a la vez—. No quiero ser… otra vez… un instrumento…
Lusian se inclinó hacia ella, con la calma como única arma. No podía luchar contra lo que ocurría; solo podía guiarla.
—Elizabeth… mira mi rostro. Estás aquí, conmigo. Esto… esto no es lo que otros hicieron contigo. Esto es tuyo —susurró, pasando suavemente los dedos por su mejilla—. Recuerda quién eres ahora.
Un estremecimiento recorrió a Elizabeth; el maná que la envolvía seguía vibrando con fuerza, pero el miedo y la confusión desaparecían de su rostro, reemplazados por reconocimiento y alivio. Se aferró a Lusian como a un ancla, no por protección, sino para separar lo que le pertenecía de lo que le habían impuesto.
—Lusian… —susurró, la voz quebrada—. No quiero… perderte… otra vez.
Él la sostuvo con firmeza, sintiendo cómo la energía que la consumía aún palpitaba bajo su piel, pero confiando en que juntos podrían dominarla. Por fuera, su postura era inquebrantable; por dentro, un nudo de miedo lo recordaba a Sofía, a Umber… a todas las pérdidas que habían marcado su alma. Cada fragmento de maná demoníaco era un recordatorio de que podía perderla, de que el destino reclamaba lo que le pertenecía si él vacilaba.
—No… no otra vez —susurró, los dientes apretados, mientras la rodeaba con fuerza—. No voy a perderte.
La luna bañaba la habitación con su luz plateada, mezclándose con el caos y el poder que la envolvía. Y allí quedó claro: Elizabeth ya no era solo un recipiente; por primera vez en eones, estaba empezando a ser ella misma.
El interior de Lusian estaba en llamas. Su miedo no era irracional; era memoria viva de dolor, de impotencia, de las veces que no pudo salvar a quienes amaba. Ahora enfrentaba algo que ni los dioses habían previsto: la psique fragmentada de Elizabeth, su esencia entrelazada con vidas pasadas. Cada instante era un equilibrio imposible: sostener su cuerpo, mantenerla anclada a la realidad, resistir la urgencia que le gritaba que debía protegerla a toda costa.
Elizabeth lo miró con ojos que contenían más que reconocimiento; destellos de memorias antiguas brillaban en su mirada, historias que él nunca había vivido. Lusian aferró su voluntad a lo tangible: su respiración, el calor de su cuerpo, la certeza de que, pese a todo, ella seguía allí. La confusión era un filo que cortaba su mente, pero bajo ella brillaba algo innegable: no podía dejarla sola. Nunca más.
Al llegar al salón principal, se encontraron con Alejandro, Leonardo y los demás héroes. Sus miradas eran afiladas, cargadas de reproche, juicio y desafío.
—No podéis ir —dijo Alejandro, con la voz temblando entre la ira y la desesperación—. Aquí es donde deben estar. Su deber es con nosotros, con el pueblo… con la justicia.
Lusian permaneció en silencio. La calma de su rostro contrastaba con el torbellino que lo consumía por dentro: miedo, pérdida, confusión, y la urgencia de proteger a Elizabeth a toda costa. Su silencio no era indiferencia; era una advertencia silenciosa. Alejandro lo percibió como un golpe directo.
—¿No vas a responder? —insistió Alejandro, apretando los puños—. Hoy un sacerdote del fuego proclamó en la plaza: “Aquellos que destruyeran familias serán juzgados por el fuego divino”. Esa sentencia… va por vosotros.
El silencio de Lusian sólo encendió más la furia de Alejandro. La tensión podía sentirse en el aire, densa, casi cortante. Emily y Kara intercambiaron una mirada rápida; comprendían el peligro, pero confiaban en que Lusian aún mantenía el control… aunque por dentro, su mundo temblaba.
Leonardo dio un paso al frente, los ojos brillando con orgullo y preocupación a partes iguales.
—Lusian —dijo con firmeza, midiendo cada palabra—. ¿Te das cuenta de lo que implica que la princesa se vaya contigo? Todo nuestro ejército la seguirá. El Imperio quedará expuesto… y tú decides ignorarlo.
Antes de que la tensión estallara, uno de los Heraldos del Rayo se inclinó levemente hacia Lusian y susurró, casi inaudible:
—El rayo destruye aquello que no comprende.
Lusian apenas parpadeó. La advertencia se filtró en su mente como un frío recordatorio de lo que estaba en juego. La política, los héroes, los dioses… todo parecía conspirar en su contra. Y aun así, su mirada permaneció fija en Elizabeth, que se acurrucaba junto a él, insegura pero confiando plenamente en su protector.
El silencio se volvió insoportable. Alejandro respiró hondo, los dedos tensos sobre la empuñadura de su espada invisible; Leonardo se preparó, rígido, ante un enfrentamiento que nadie deseaba. Y Lusian, con un control casi sobrenatural, finalmente habló. Su voz fue baja, firme, cargada de una autoridad que ninguno de ellos se atrevía a desafiar:
—Regresaremos al reino. La princesa Elizabeth va conmigo. No vuelvas a interponerte en nuestro camino.
Elizabeth se aferró con fuerza a su brazo, como si el mundo pudiera desmoronarse si lo soltaba.
No era desafío. No era arrogancia. Era la certeza de un hombre que había visto el infierno y sabía que la pérdida era demasiado costosa como para permitir que otros decidieran su destino.
Emily apareció tras ellos, sus pasos firmes, aunque la tensión que cargaba se reflejaba en la rigidez de sus hombros. Respiró hondo, como si estuviera librando una batalla silenciosa consigo misma, y se detuvo frente a Lusian. Bajó la voz, casi un susurro, mientras sus ojos buscaban los de él:
—Voy contigo… —dijo, con determinación contenida—. No puedo dejarte solo.
Lusian se tensó, sorprendido por la claridad de su decisión. Quiso responder, pero antes de que pudiera abrir la boca, una voz firme lo interrumpió:
—¡Emily! —Alejandro irrumpió a su lado, los pasos resonando con autoridad en el salón—. ¡No puedes simplemente irte con él! Tu deber es con nosotros, con el Imperio… con la Luz.
Emily lo miró sin vacilar, aunque un ligero temblor en sus dedos delataba la intensidad del conflicto interno. Cada palabra que pronunciaba estaba cargada de fuerza, pero también de emoción:
—Mi deber está donde creo que puedo hacer más, Alejandro. Y ahora mismo, eso es con Lusian.
El silencio que siguió fue denso. Cada respiración contenía siglos de lealtades, amor y miedo. Lusian, por su parte, mantuvo la mirada fija en Elizabeth, consciente de que cualquier palabra podía romper el delicado equilibrio que los mantenía juntos.
Emily lo miró sin vacilar, aunque sus dedos se cerraron ligeramente alrededor de la empuñadura de su bastón de luz.
—Mi deber está donde puedo hacer la diferencia —dijo Emily, firme—. Ahora, eso es aquí, con Lusian.
—¡Eso es egoísmo! —rugió Alejandro—. La gente depende de vosotros. No puedes abandonarlos por un capricho personal.
Antes de que Lusian pudiera reaccionar, Kara apareció a su lado, cruzando los brazos y ladeando la cabeza con un dejo de ironía.
—No creo que sea solo por “un hombre” —dijo suavemente—. Lusian puede manejarse solo. Yo voy porque me preocupa mi familia… y no quiero estar lejos si algo pasa. —Sus ojos se desviaron fugazmente hacia él, y Lusian percibió un pequeño destello de timidez que delataba lo que sentía.
Alejandro no pudo contener más su enojo, y Leonardo intervino, la voz cargada de arrogancia:
—Si vas a desobedecer el mandato divino, estás rompiendo la ley del Imperio y poniendo en riesgo todo. Lusian, ¿vas a permitir que arrastren de su deber?
Un grupo de héroes y heraldos se acercó, intentando mediar y reafirmar la autoridad, pero Lusian permaneció inmóvil. Elizabeth se acomodó entre sus brazos, y él sintió el peso de cada mirada.
—Protegeré a la princesa. Nos vamos. Nadie nos detendrá.
Emily se colocó a su lado, Kara justo detrás, y Elizabeth entre sus brazos. El silencio que siguió era pesado y tenso; cada gesto, cada respiración contenida hablaba más que mil palabras. Lusian estaba decidido, Emily lo había elegido, y Kara lo seguía por sus propios motivos. Alejandro y Leonardo podían gritar, protestar o amenazar con el mandato divino, pero la decisión ya estaba tomada.
“Despedida en los aposentos de la Emperatriz”
El amanecer filtraba un resplandor cálido a través de los ventanales del palacio, disipando las sombras de la noche con lentitud, como si el sol temiera irrumpir en los asuntos de los mortales.
Tras la noche que compartieron en estos aposentos, la emperatriz Naira estaba de pie, contemplando la ciudad aún adormecida. Su cabello oscuro caía sobre la túnica de seda como un hilo de tinta, su espalda erguida, majestuosa, invencible… y, sin embargo, el silencio a su alrededor parecía un muro destinado a proteger algo frágil.
—Si algo te pone en peligro —dijo Lusian, con voz firme pero cargada de preocupación—, activa esto.
Naira frunció el ceño, cruzando los brazos con un dejo de molestia apenas perceptible:
—¿Y me dejas sola? —susurró, con una mezcla de reproche y queja—. Te vas, y yo me quedo… cuidando de todo.
Lusian inclinó ligeramente la cabeza, cargando el gesto de culpa.
—Pero este artefacto… —dijo Lusian, con voz suave— es la garantía de que nada que te pase a ti ni a lo que crece dentro de ti. Solo puede usarse una vez, así que… úsalo con cuidado.
Naira dejó escapar un suspiro profundo, mezcla de resignación y preocupación, y por un instante permitió que cayeran las máscaras de la emperatriz. Simplemente fue mujer: cansada, vulnerable, consciente del peso de lo que ambos habían puesto en el mundo.
Apoyó una mano sobre su vientre de manera casi instintiva, como si necesitara sentir allí la promesa silenciosa que compartían. Asintió apenas perceptible, con la cabeza baja. No hacían falta más palabras: el imperio, la política, los dioses… todo se resumía en esa única promesa entre ellos, protectora y firme, de cuidar lo más importante, a cualquier costo.
No se giró cuando Lusian cerró la puerta tras de sí.
—Maldito seas, Lusian… —murmuró, mitad reproche, mitad ruego.
La emperatriz apretó la esfera contra su pecho. No lloró. El Imperio no se conmueve con lágrimas. Pero durante un instante, el amanecer pareció detenerse… como si el mundo contuviera la respiración.
Lusian avanzó por el pasillo de mármol blanco en completo silencio, su capa rozando el suelo con un susurro grave, dejando tras de sí una marca inevitable de su presencia. Frente a la puerta real, dos guardias se apartaron sin preguntar; su nombre ya cargaba un peso que dispensaba cualquier orden.
El sol se elevaba lentamente sobre el horizonte, tiñendo de oro los muros del Imperio mientras el ejército se preparaba para avanzar. Las filas de soldados brillaban bajo la armadura, lanzas alzadas, estandartes ondeando con el viento matutino. Albert cabalgaba a la cabeza de la primera división, su capa azul ondeando como un estandarte más. Cada orden que pronunciaba era un golpe de precisión, cada gesto medido; el ejército se movía como un solo organismo bajo su mando.
Detrás, Lusian avanzaba con paso firme, Elizabeth a su lado, protegida entre su brazo y su capa. Emily marchaba apenas unos pasos detrás, su bastón de luz al hombro, ojos atentos a cualquier movimiento sospechoso. Kara cerraba el flanco, sus sentidos agudos evaluando la disciplina de las tropas, mientras Dayana, silenciosa y ágil, se mantenía cercana a Lusian, lista para actuar antes de que la amenaza siquiera se materializara.
El sonido rítmico de los cascos y las botas sobre la piedra del camino resonaba como un tambor de guerra. Lusian sentía cada mirada que se posaba sobre él: soldados que confiaban en su liderazgo, héroes que dudaban, y la certeza de que la princesa debía permanecer a salvo a toda costa. La tensión era palpable, un hilo invisible que conectaba a cada miembro del grupo, lista para romperse ante el primer signo de peligro.
Albert giró levemente hacia Lusian, su expresión imperturbable pero cargada de respeto:
—Duque —dijo con voz firme—. Mantenga la formación, pero asegúrese de que la princesa y sus acompañantes estén siempre protegidos. La ciudad puede esperar, pero su seguridad es prioridad absoluta.
Lusian asintió apenas, sin mirar a Albert. Su atención estaba fija en Elizabeth, quien, aunque consciente de la magnitud del ejército y la tensión que lo acompañaba, se mantenía tranquila al lado de su protector. Sus dedos se entrelazaron con los suyos por un instante, recordándole la promesa silenciosa que ambos compartían.
A medida que avanzaban por los caminos que rodeaban la capital, las torres de vigilancia y los centinelas alertaban de su paso. Cada mirada de los ciudadanos, cada puerta que se cerraba al paso del ejército, reforzaba la sensación de que el mundo contenía el aliento ante la inminente marcha de estos guerreros.
El viento acariciaba los cabellos de las mujeres y las capas de los soldados, mezclando polvo y la primera fragancia de la mañana. Lusian podía sentir la energía del maná que emanaba de Elizabeth, contenida y vibrante, como un río esperando desbordarse. Emily, Kara y Dayana, cada una con su propio papel y lealtad, formaban un escudo invisible que convertía el grupo en un núcleo indestructible, listo para enfrentar cualquier amenaza.
El ejército avanzaba, ordenado, firme, imponente. Pero en el corazón de Lusian, la única certeza era que proteger a Elizabeth, a cualquier costo, superaba cualquier estrategia, cualquier mandato o cualquier batalla que se avecinara. Cada paso que daba era un compromiso silencioso: nadie tocaría lo que él había jurado guardar.
“Eldoria: La noche del rugido A-Omega”
La ciudad dormía bajo un manto de estrellas… hasta que algo la desgarró.
Un chillido irrumpió en la noche, tan brutal que las alarmas mágicas reaccionaron tarde. Demasiado tarde.
Los vigilantes apenas alcanzaron a gritar:
—¡Ataque! ¡Ataque!
El caos ya corría por las calles.
Desde lo alto de las murallas, las antorchas encantadas titilaban con un brillo nervioso, incapaces de dominar la niebla espesa que devoraba la luz. Cada destello revelaba apenas fragmentos de la pesadilla: felinos colosales, pelaje erizado como cuchillas, ojos incandescentes, garras que arrancaban trozos de piedra con cada paso.
Sus rugidos no solo se oían: vibraban en los huesos.
Desde la torre central, Marcus Valentine —gobernador de Eldoria, el hombre al que llamaban el Chacal— observaba con el rostro inmóvil. Los muros que siempre creyó invulnerables se resquebrajaban como arcilla bajo el ataque de aquellas bestias. Su respiración se volvió corta; los dedos le temblaron al cerrarse en puños.
—Por los dioses… —susurró, apenas un hilo de voz—. Esto no puede estar pasando…
La manada descendió sobre la ciudad como una tormenta viva: un vendaval de colmillos y garras que devoraba todo lo que tocaba.
No hubo tregua. Un rugido estremeció las murallas y el alma de quienes intentaban defenderlas, y los felinos se lanzaron contra la primera línea. Sus garras —afiladas como cuchillas consagradas para matar— atravesaron escudos como si fueran cuero mojado. El choque metálico se mezcló con gritos, con la madera astillándose, con el chasquido húmedo de huesos que se rompían sin resistencia.
Los soldados duraron apenas un par de segundos antes de quebrarse. Aquella formación de cientos se convirtió en un tumulto desesperado, un muro humano que retrocedía a empujones, pisoteándose en su intento de huir.
Desde el adarve, una antorcha encantada cayó rodando entre charcos de sangre. Sus chispas encendieron las tablas y barriles esparcidos por el suelo. El fuego prendió con violencia; en cuestión de segundos, las calles ardieron. Humo abrasador se mezcló con la niebla, tiñendo el aire de rojo y gris, hasta que cada sombra se volvió sospecha de muerte.
Los felinos se movían en Eldoria como reyes. Uno trepó el torreón con un salto imposible y destruyó media almena de un solo zarpazo. Otro atrapó a un guardia que intentaba huir; lo alzó con una facilidad monstruosa y lo dejó caer desde lo alto, como si arrojara un trapo sucio a la oscuridad. Luego quedó quieto, con el pecho subiendo y bajando de forma deliberada, como si escuchara los corazones vivos antes de escoger a su próxima presa.
Marcus Valentine golpeó el escritorio con tanta fuerza que plumas, sellos y pergaminos saltaron al aire.
—¡Magos! ¡Contengan a esas bestias, aunque sean pocos! —rugió, con la desesperación quebrándole la voz.
Los magos obedecieron a trompicones, como si la orden fuera lo único que aún entendían. Sus manos temblorosas vomitaron luz desbordada: magia cruda, sin control, lanzada más por miedo que por destreza. Los hechizos cruzaron el aire como destellos torpes… e inútiles. Los felinos los esquivaban con una facilidad humillante, torciendo el cuerpo con movimientos que parecían burlas, sombras vivientes que reían del intento humano.
Los pocos destellos que dieron en el blanco no encontraron carne: se extinguieron contra una piel reforzada por maná bestial, como gotas de lluvia chocando contra piedra ardiente.
La respuesta llegó sin ruido previo, sin aviso, como una sentencia inevitable.
Zarpas atravesaron pechos, partiendo costillas como ramas secas; la armadura no se abrió: se reventó, estallando junto a la carne que debía proteger. Espadas cayeron junto a manos desprendidas, gargantas se abrieron con un solo corte, y los soldados se desplomaron con la expresión vacía de quien muere antes de comprender que ya fue alcanzado.
No hubo combate.
Solo una masacre.
Entonces, la plaza se oscureció.
No por humo ni fuego, sino por algo más denso que la noche. De entre los escombros surgió el líder de la manada: un felino A-Omega. Su pelaje no brillaba; parecía absorber la luz misma, devorándola en un silencio absoluto. Cada movimiento dejaba una estela de sombras que vibraban, como si tuvieran vida propia. Sus ojos, de un rojo profundo, ardían como carbones en una forja: inteligentes, antiguos y cargados de una furia paciente.
Su sola presencia tensó el aire. A cada paso, el suelo crujía, levantando fragmentos de piedra que temblaban, como si el mundo rehusara sostener su peso. Cuando rugió, el sonido no fue un estruendo, sino un impacto físico: una onda brutal que golpeó los pechos de los defensores, arrancándoles el aliento. Varios soldados cayeron de rodillas, no por miedo consciente, sino porque sus cuerpos simplemente se negaron a seguir en pie.
El A-Omega los contempló… no como presas, sino como obstáculos insignificantes.
Un grupo de felinos más pequeños cercó al destacamento que defendía la puerta principal. Las garras atravesaron escudos y armaduras como si fueran cuero húmedo; los colmillos abrieron gargantas y corazas con una facilidad grotesca. Lanzas, espadas y hachas rebotaban contra ellos como juguetes inútiles. En segundos, los muros quedaron teñidos de rojo: la sangre corría entre los adoquines, salpicaba columnas y formaba charcos espesos bajo los pies temblorosos de quienes aún intentaban luchar.
Los gritos de los soldados se mezclaron con el rugido salvaje de las bestias y el crepitar del fuego que empezaba a devorar casas y puestos de guardia. La ciudad gemía bajo el peso de la masacre.
Desde lo alto de su torre, Marcus Valentine observaba con la piel lívida y la mandíbula rígida. Había defendido Eldoria durante décadas; había visto guerras, asedios y monstruosidades. Pero nada se comparaba con aquello. Intentó gritar órdenes, estrategias, cualquier cosa que organizara la resistencia… pero la sorpresa había corroído la obediencia militar. Incluso los guerreros más curtidos dudaban, incapaces de aceptar que estaban luchando —y perdiendo— contra depredadores imposibles.
Entonces, otro estruendo sacudió la muralla. Un felino saltó desde las sombras y cayó entre los defensores como una bola de hierro lanzada desde una catapulta. El impacto hizo explotar el suelo: cuerpos salieron volando, huesos crujieron como ramas secas, los escudos se incrustaron en los muros.
Más abajo, otra bestia embistió la puerta del mercado con tanta fuerza que los cerrojos salieron disparados. Los barriles de aceite y las antorchas almacenadas dentro rodaron hacia la calle; el fuego los abrazó en cuanto tocaron el suelo. En cuestión de segundos, las casas cercanas ardían como antorchas gigantes, iluminando la pesadilla con una claridad cruel.
El resplandor del incendio reveló lo que la niebla había escondido hasta entonces: soldados bañados en sangre, civiles corriendo a ciegas, sombras felinas moviéndose entre el humo como criaturas salidas del infierno mismo.
La ciudad no solo estaba siendo atacada.
Estaba siendo devorada.
El ataque era total. Eldoria parecía condenada, tragada por fauces y fuego…
Hasta que un resplandor distinto rasgó la oscuridad.
Una luz majestuosa surgió en la distancia, tan intensa que los felinos se detuvieron, desconcertados. El rugido de la masacre perdió fuerza. La noche pareció contener el aliento.
Desde el cielo descendían tres figuras envueltas en auras tan colosales que distorsionaban el aire a su alrededor, como si el mundo mismo se inclinara para recibirlas. Y con ellas emergió un corcel de relámpagos, una criatura magnífica que parecía caminar sobre truenos vivos. Cada pisada dejaba chispas sobre los adoquines, iluminando con brutal claridad los cadáveres, las murallas derrumbadas y el reguero de sangre que inundaba la plaza.
Por un instante, aunque efímero, los felinos retrocedieron. Orejas aplanadas, cuerpos tensos. No era miedo; era reconocimiento. Habían cazado presas fáciles…
Ahora les tocaba enfrentar algo diferente.
Los defensores humanos, destrozados y exhaustos, sintieron un latido de esperanza regresar a sus venas. Los pocos que aún sostenían espadas o báculos se irguieron, respirando como quien emerge de una larga asfixia.
Entonces, Marcus Valentine descendió de la torre.
Sus botas golpearon el adoquinado con un eco imponente, y su capa se abrió entre humo, ceniza y brasas como el ala de un halcón que vuelve a caer sobre el campo de guerra. Ya no era el gobernador calculador, ni el político temeroso que había observado desde las alturas: era el guerrero que alguna vez empuñó el escudo que fundó Eldoria.
Desenvainó su espada.
El metal cantó como un trueno contenido.
—¡Formen filas! ¡No retrocedan! ¡Cúbranse con magia y escudos!
Su voz perforó el caos.
Los soldados respondieron sin titubeos. Báculos se elevaron; runas ardieron en una luz fatigada pero firme; escudos chocaron entre sí, reconstruyendo una muralla viva, irregular, sangrante… pero inquebrantable.
Entre humo, cadáveres y chispas del corcel relampagueante, la última resistencia humana volvió a levantarse. Quizá solo quedaban restos, hombres rotos, magia exhausta…
Pero se alzaron.
La guerra no había terminado.
Solo acababa de cambiar de fase.
“Sombra, Luz y Acero”
Un rugido estremecedor desgarró la noche, sacudiendo las murallas como si el mundo fuera a quebrarse. El felino A-Omega —un coloso de músculos, maná feroz y salvajismo desbordado— se lanzó contra la primera línea humana. Sus garras cortaron el aire con tal potencia que los escudos se astillaron sin siquiera tocarlo; los soldados salieron despedidos como muñecos de trapo, estampándose contra tejados, calles y restos humeantes de la plaza.
Marcus Valentine no alcanzó a dar otra orden.
El monstruo ya estaba encima.
Un zarpazo descendió con la furia de una tormenta, y Marcus lo bloqueó a tiempo. El impacto le recorrió el brazo como un latigazo eléctrico; sintió cómo el hueso vibraba, cómo sus dedos perdían sensibilidad. El A-Omega no peleaba con ritmo ni técnica: era velocidad instintiva, fuerza desproporcionada, crueldad pura… una naturaleza que superaba cualquier escuela de combate humano.
La plaza central se convirtió en un infierno vivo.
Cada rugido del líder de la manada arrancaba fragmentos de piedra de las casas, y cada golpe de sus patas generaba ondas de choque que escupían sangre, hierro y polvo.
Marcus —el Chacal de Eldoria, protector, gobernador y último muro en pie— elevó su Bastón Supremo.
Las sombras bajo sus botas se agitaron.
Como si tuvieran memoria propia, cobraron forma: columnas líquidas, brazos oscuros, pliegues espectrales que emergían del suelo y de los cuerpos caídos, levantándose para frenar al monstruo. Las sombras rugían sin boca, tironeando, comprimiendo, intentando contener aquello que ni la luz ni el acero habían logrado detener.
Por primera vez, el A-Omega no avanzó.
No retrocedió.
Solo miró al hombre que lo frenaba.
Y su rugido cambió… de hambre, a reconocimiento.
Las sombras golpeaban, envolvían, frenaban. Intentaban contener la catástrofe. Pero el A-Omega las desgarraba con una naturalidad monstruosa, como si no fueran más que humo inquieto. Cada vez que una barrera caía, un fragmento de poder se arrancaba del cuerpo de Marcus, espiralándose en el aire antes de ser devorado por el fuego.
El monstruo no era solo fuerza descomunal.
Era estrategia.
Cada embate probaba un ángulo distinto —como un cazador que estudia el latido exacto donde la presa morirá.
Marcus lo entendió de inmediato.
Si fallaba un solo hechizo, Eldoria caería con él.
El calor quemaba los pulmones. El humo raspaba la garganta. Entre cada choque, un recuerdo lo atravesó como una flecha: la risa de su hija corriendo entre esos mismos puestos del mercado que ahora ardían como hogueras funerarias. El dolor lo golpeó… y al mismo tiempo le afiló el espíritu.
Detrás de él, los pocos soldados que resistían retrocedían hacia las callejuelas, rodeados de felinos menores. Estos no atacaban con simple brutalidad: su magia era primitiva pero letal. Sus sombras se estiraban desde las patas, no como tentáculos, sino como garras alargadas, filosas, que reptaban por el suelo en emboscadas veloces. Se adherían a los tobillos, a las armas, a los escudos, y tiraban con un tirón brutal que arrancaba a los defensores de su formación, como si ya estuvieran muertos y solo quedara arrastrarlos.
Cada rugido era un derrumbe.
Cada captura, un corazón apagado.
La ciudad no estaba luchando.
Estaba agonizando.
La barrera arcana, que debía proteger la muralla durante un mes de asedio, había caído en menos de veinte segundos.
Desde la puerta noreste, la niebla se espesó, teñida de un brillo oscuro y elegante. De aquel velo emergió una figura: Lusian, envuelto en sombras que no eran simples hechizos, sino fragmentos vivos de oscuridad, ondulando como tinta agitada bajo el agua. A su alrededor, el maná se volvía pesado, grave, como si el aire mismo temiera moverse.
Los felinos la olieron antes de verla. Rugieron y se abalanzaron… pero Lusian no retrocedió. Con movimientos precisos, quirúrgicos, levantó barreras negras que absorbían zarpazos y desviaban ataques físicos, como espadas chocando contra metal invisible. La magia que intentaba rodearlo se disipaba, devorada por su oscuridad, convertida en nada.
Él lo sabía.
Los soldados también.
Los felinos, sin excepción, lo entendieron.
Lusian no era un verdugo.
Era un muro.
Tras él, un estallido de luz pura desgarró el humo. Emily avanzó con determinación inquebrantable; su magia luminosa obligaba a la oscuridad a retroceder, humillada. Sus destellos abrían la niebla, cegaban a los felinos menores, cosían heridas con puntadas de luz y trazaban un corredor seguro hacia la plaza central. Cada rayo era una lanza certera, una señal de esperanza en la noche en llamas.
A su lado, Lusian se movía con precisión letal. La oscuridad a su alrededor ondulaba como tinta viva, absorbiendo impactos, enroscándose alrededor de zarpazos y desviando ataques que habrían desbaratado la concentración de Emily. Donde la luz flaqueaba, la sombra lo cubría; donde la sombra se asentaba, la luz lo hería. No eran opuestos: se complementaban —él retenía, ella abría—, escudo y filo trabajando al unísono.
Detrás de Emily irrumpió Kara, con el maná carmesí palpitando en sus músculos. Su sola presencia fue un rugido. Un puñetazo suyo lanzaba felinos menores por los aires, deshacía columnas y volteaba barricadas como si fueran juguetes. Su función era simple y brutal: mantener la línea, romper la resistencia y regalar a Emily el tiempo y el espacio para concentrar golpes de luz más devastadores.
El avance de los tres era un martillazo en cadena: oscuridad que resiste, luz que purifica, fuerza que rompe.
Lusian detuvo el zarpazo del A-Omega con la hoja de Dainslein; la espada absorbió la fuerza como si mordiera la misma oscuridad. La garra quedó atrapada un segundo contra el filo, y de las sombras que se proyectaban bajo el monstruo surgieron cadenas negras, enroscándose en sus patas como serpientes heladas. Lo azotaron contra el empedrado, clavándolo a tierra mientras rugía y forcejeaba sin poder liberarse.
Emily respondió al instante: un rayo atravesó la horda, cruzando la plaza como un latigazo divino. Aquellos a los que no mató, quedaron marcados; sus heridas se cauterizaron al momento, dando a los soldados un respiro entre el caos. Donde su luz pasaba, la muerte retrocedía o se consumía en ceniza.
Kara avanzó con brutalidad precisa. Con el mandoble firme en una mano, la otra abría camino: un puñetazo directo a un muro de escombros lo hizo estallar como un ariete, ladrillos y polvo volando en un estallido seco. Antes de que tocaran el suelo, atrapó a un felino menor por el cuello y lo lanzó hacia atrás como un saco de cuero; la criatura chocó contra otra, derribándola como fichas de dominó. Solo entonces elevó el mandoble, lista para que el acero terminara lo que su fuerza había comenzado.
Luz, sombra y fuerza se combinaron en un solo impulso. La ciudad, que instantes antes parecía sentenciada, volvió a respirar… aunque solo fuera un suspiro. La horda retrocedió, confundida y dolorida, frente al muro de poder que los tres héroes habían formado. Por un momento, Eldoria dejó de ser un campo de masacre: se convirtió en una fortaleza de esperanza, donde cada golpe, cada hechizo y cada zarpazo se conjugaban para sobrevivir un instante más.
El A-Omega rugió, y la noche tembló como si las murallas mismas se estremecieran. La bestia arremetió contra la primera línea humana: un zarpazo partió escudos, otro levantó nubes de piedra y sangre, lanzando soldados por los aires como muñecos de trapo.
El fugaz respiro de esperanza se convirtió en ceniza.
Marcus lo entendió. No con reflexión, ni con razón militar. Lo comprendió como lo haría una presa acorralada:
no hay imperio si no queda humanidad.
Vio a sus soldados—sus hombres, su pueblo—ser triturados como si nunca hubieran tenido nombre.
Corrió. No dio órdenes. No calculó maniobras. Tiró el protocolo al suelo y corrió como quien intenta arrancar a su pueblo de la boca del lobo.
Blandió espada y bastón a la vez, cruzándolos contra la embestida del A-Omega. La fuerza del impacto lo levantó del suelo, pero Marcus se aferró como si su armadura fueran raíces: ambos artefactos clavados como anclas. La criatura se vio obligada a frenar. Solo un segundo. Un segundo robado a la muerte.
El monstruo gruñó, desconcertado.
No por las armas.
Por la obstinación.
Y ese instante bastó para que los recién llegados desataran su respuesta.
A su alrededor, los felinos menores seguían desgarrando barricadas de madera y metal, arrancando a los soldados de sus filas como cazadores aburridos con presas cansadas. El fuego devoraba casas enteras, y el humo espeso quemaba los pulmones, mezclándose con el olor a cobre de la sangre y el amargor de la ceniza.
Eldoria parecía arder desde adentro.
Marcus esquivó una garra por instinto, sintiendo el corte del viento a centímetros de su garganta. Retrocedió tambaleante, giró con el corazón martillando como si quisiera escapar de su pecho… y entonces los vio.
Entre la multitud deshecha, como pinceladas violentas en el infierno:
Lusian avanzaba envuelto en sombras vivas que devoraban ataques.
Emily dibujaba líneas de luz que cortaban la oscuridad como bisturís de sol.
Kara destrozaba bestias a golpes, cada puñetazo rompiendo huesos como si fueran ladrillos húmedos.
Sus auras juntas no eran magia.
Eran un estallido de color contra la pesadilla.
Y mientras el caos devoraba la plaza, Marcus sintió algo que jamás pensó sentir ante ellos:
no odio, no rencor, no desprecio… sino alivio.
Sus antiguos enemigos del reino… los reconoció al instante.
Y, sin mediar palabra, estaban peleando a su lado.
Con un rugido que partió el aire, Marcus concentró cada fragmento de su vida, de su orgullo y de su desesperación, y lo moldeó en un último ataque. Sombras y fuego se fundieron, disparándose como una lanza ardiente hacia el A-Omega.
La bestia se detuvo de golpe, músculos tensos, ojos llameantes ante la sorpresa. Los felinos menores retrocedieron, confundidos… y Marcus sintió, por un instante, que había logrado romper su destino.
Pero la diferencia era abismal.
El monstruo respondió con un salto imposible, como si el suelo fuera viento. Marcus apenas alcanzó a levantar su arma suprema. El impacto lo lanzó contra la pared; la piedra se astilló en su espalda. Rodó entre polvo y fuego, con la boca llena de sangre. Intentó incorporarse. No pudo. La vista se le veló en franjas grises. Solo tuvo tiempo para una última claridad: habían salvado a otros.
Intentó ponerse de pie. Ya no podía.
La plaza ardía. El fuego devoraba puerta por puerta, las calles se teñían de rojo, y aun así… allí estaban ellos. Sus antiguos enemigos.
Lusian absorbía ataques de oscuridad con calma implacable, como si el caos lo alimentara. Emily cortaba el aire con destellos que abrían brechas en la horda. Kara destrozaba a una bestia tan grande como un carro, apartándola como si fuera un obstáculo más.
Los hombres de Eldoria —su gente, su orgullo— luchaban hombro a hombro con los soldados del reino Carpathia. Sin distinguir uniformes. Sin recordar tratados rotos ni odios sembrados.
Solo sobrevivían.
Con la respiración rota y la vista empañada, Marcus entendió. Por fin entendió.
No importaban imperios. No importaban coronas. El mundo había cambiado. La humanidad ya no peleaba por poder, sino por no desaparecer.
Y, en un murmullo casi imperceptible —más pensamiento que voz— dejó su última verdad:
—Quizá nunca fueron mis enemigos… solo los guardianes que yo no quise ver…
Su mirada quedó fija en la plaza encendida.
No con rencor.
Con paz.
El A-Omega rugió, no como un vencedor glorioso, sino como una bestia que sentía peligro por primera vez. Emily lo hirió con un haz tan preciso que lo obligó a retroceder, desgarrando su piel y su orgullo. Kara lo hizo tambalear con un golpe que quebró el suelo bajo sus patas. Lusian, con su aura oscura, selló el camino de huida, convirtiendo su presencia en un muro impenetrable.
La guerra seguía.
El monstruo no había ganado. Tampoco los humanos. Pero la balanza se había movido.
No por un héroe.
Sino por un hombre que, al final, comprendió.
Que sobrevivir juntos era la única victoria que importaba.
Emily mantuvo el foco. La luz que emanaba de sus manos no era un destello, sino una lanza constante que desgarraba el aire y quemaba el humo como si lo arrancara del mundo. El A-Omega se desplazó lateralmente, esquivando el siguiente disparo a una velocidad imposible para un cuerpo tan enorme. Sus garras rozaron el suelo incendiado, y sus pupilas estrechas evaluaban no solo el ataque, sino a los enemigos que lo protegían.
Esa bestia pensaba.
No luchaba con rabia; luchaba con estrategia.
Otro felino menor emergió desde los restos de una tienda derrumbada, lanzándose contra Emily desde arriba. Kara dio un paso, cargó el hombro hacia atrás y, sin mirarlo siquiera, lanzó un puñetazo ascendente que destrozó huesos y lo dejó caer como un saco roto. Sin esperar a que tocara el suelo, lo sujetó de una pierna, giró sobre sí misma y lo lanzó contra el A-Omega como si fuera un proyectil vivo.
La bestia no se sobresaltó. Simplemente movió una pata, ladeando el cuerpo del felino muerto para evitar que la trayectoria lo empujara donde no quería estar. Aquel movimiento era elegante, medido… táctico.
No luchaba por dominar la plaza.
Luchaba por conservar una salida.
Desafiado, Lusian esbozó una sonrisa apenas perceptible. Su aura oscura se extendió como un manto voraz, cubriendo el suelo, los muros e incluso los restos humeantes de la batalla. Las sombras se alzaron en estacas negras, transformando la plaza en una trampa: cada intento de escape se volvía más imposible. Absorbían la magia enemiga, pero cada embestida del A-Omega las hacía vibrar como agua tensa. Lusian sentía el costo en su propia sangre, aunque su rostro permanecía impasible.
—No dejaré que corras —murmuró.
El A-Omega giró su mirada hacia él. No había miedo en sus ojos, pero sí reconocimiento. Por primera vez midió a Lusian como igual… o como un obstáculo que debía aplastar antes de que fuera demasiado tarde.
Emily exhaló bruscamente, una señal clara. El rayo consumía su maná, pero no bajaba los brazos. Kara tembló de impaciencia, lista para abalanzarse ante el más mínimo error. Las sombras de Lusian seguían creciendo, cerrando la trampa.
Un rugido profundo resonó… no de amenaza, sino de decisión.
El A-Omega estaba eligiendo.
No una victoria.
Sino su vida.
Y lo haría a cualquier costo.
La ciudad ardía, pero entre la confusión surgió un patrón: los soldados humanos, guiados por Emily y protegidos por Lusian y Kara, comenzaron a recuperar terreno estratégico. Calles que minutos antes eran fosas de sangre y escombros ahora tenían barricadas humanas, sostenidas con disciplina desesperada.
El A-Omega retrocedió hacia la muralla oeste.
No era miedo.
Era cálculo animal.
Su pelaje sacudido, la sangre brillando entre sus fauces, las pupilas estrechas midiendo a los tres que habían llegado. Comprendía algo simple y brutal: su presa había cambiado de categoría. Ya no era un festín fácil. Era una cacería costosa. La bestia no mostraba orgullo, solo la supervivencia que le permitiría ser más letal mañana.
Una sombra pasó sobre el monstruo. Un felino menor cayó a su lado, destrozado. La criatura no lo defendió, no lo vengó; solo lo esquivó, como quien evita un cadáver inútil. Con un chasquido seco de mandíbulas, retrocedió entre el humo y las torres derrumbadas, moviéndose despacio, atento, siempre listo para volver.
Desapareció entre fuego, humo y rugidos dispersos, dejando el sabor de la incertidumbre clavado en cada garganta. No había sido derrotado. Solo había decidido sobrevivir.
Lusian, Emily y Kara se acercaron al cuerpo que había caído defendiendo su ciudad. Marcus, el hombre que había sido enemigo, piedra de tropiezo, espina del reino, intentaba aferrarse a su bastón y su espada, como si pudiera ordenar a su cuerpo que se levantara. Pero los dedos ya no respondían; la carne había dejado de obedecer ante la muerte.
Nadie pidió perdón. Nadie ofreció disculpas. No era momento de palabras… y él tampoco las buscaba.
Solo exhaló, con la rudeza del que acepta su final sin gloria ni excusas.
El sabor de la sangre y el humo se mezclaba en su boca. Por un instante, recordó el balcón donde tomaba su té cada mañana, contemplando esta misma plaza. Nunca imaginó que moriría allí, protegiéndola.
—Hombres… antes que… naciones…
Su voz se apagó como una antorcha consumiéndose en su propia cera.
No hubo llanto. Solo un silencio pesado, casi solemne. Un silencio que no nacía del respeto, sino de la comprensión: incluso el ego más hostil puede morir por otros… si la muerte llega en el momento correcto.
Un joven soldado dejó caer la lanza y cubrió su rostro con las manos. Una mujer empujó a su hijo hacia un callejón, sin mirar atrás. Un oficial de alto rango se arrodilló, besó el polvo y permaneció inmóvil. Nadie supo si lloraba al Chacal… o al hombre que había muerto por ellos.
Entonces, un resplandor eléctrico surcó el cielo. Entre los restos de humo apareció un corcel azul de casco chispeante, y sobre su lomo, dos mujeres firmes como centinelas. Los felinos menores huyeron dispersos, como ratas sorprendidas por un trueno. La noche aún estaba llena de amenazas, pero el equilibrio había cambiado.
Eldoria no estaba perdida.
Los héroes habían respondido.
Y, en algún lugar, oculto pero vigilante, el A-Omega esperaba su próxima oportunidad.
No era una bestia a derrotar.
Era un enemigo que aprendería a ganar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com