GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 47
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Capítulo 47: Capítulo 47 Habilidades Demoniacas
“La Hija del Chacal”
El amanecer llegó tarde a Eldoria.
Era como si el sol temiera iluminar los cuerpos cubiertos por mantas, las ruinas humeantes y las espadas aún manchadas de sangre. Las campanas de la capital sonaban con un luto grave, cada toque era un recordatorio de cuántos no volverían a casa.
Pero en la plaza central, donde el estandarte imperial se teñía de gris bajo la ceniza, la gente no murmuraba sobre la tragedia… sino sobre el hombre que había muerto defendiéndolos.
Marcus Valentine.
El Chacal de hierro.
Su gobernador.
Dicen que cuando el enemigo derribó los muros, él se quedó para abrir las puertas a los civiles.
Dicen que peleó contra diez, contra treinta, contra cien.
Dicen que su último aliento fue un rugido para protegerlos.
Los rumores eran más bellos que la verdad.
Y eso era suficiente.
En el centro de la plaza, una joven permanecía de pie frente a la estatua improvisada de su padre. Apenas veintidós años, rostro firme, manos crispadas en el frío. El viento agitaba su abrigo negro, pero no movía sus ojos. Ella miraba al frente, como él solía hacerlo.
Laura Valentine.
La única hija del Chacal.
Los soldados la observaban en silencio, algunos con respeto sincero, otros con culpable agradecimiento. Nadie sabía extinguir el miedo tanto como ese hombre. Y ahora todos permanecían quietos… esperando que alguien les dijera cómo seguir.
Laura habló. Sin temblar. Sin lágrimas.
El silencio de la plaza la sostuvo como un juramento.
—Aquí… donde él formaba a sus soldados —dijo, sin mover un músculo del rostro—. Mi padre murió cumpliendo su deber. —Su voz, firme como acero, se alzó sobre la multitud—. Dio su vida por Eldoria y por su gente. Y yo les juro algo: no permitiré que su sacrificio sea olvidado… ni negociado.
Un murmullo recorrió la multitud.
—El Imperio… decidió honrar su memoria —continuó—. Y yo… asumiré su puesto como gobernadora interina. Hasta que esta ciudad pueda levantarse de nuevo.
los soldados llevaron sus puños al corazón.
No hubo aplausos. Solo un silencio respetuoso. Espeso. Doloroso. Verdadero.
Laura Valentine no necesitaba ovaciones. Su sola presencia decía lo que todos temían:
El Chacal murió.
La hija del Chacal ha nacido.
La multitud empezaba a dispersarse cuando cuatro figuras avanzaron entre los estandartes ennegrecidos por el humo. Lusian iba al frente, con Elizabeth a su derecha; detrás de ellos, Emily y Kara caminaban en silencio, como sombras disciplinadas.
Laura Valentine no se movió. Mantuvo la mirada fija en el monumento improvisado de su padre hasta que los pasos se detuvieron frente a ella.
—Valentine —saludó Lusian, con voz neutra, carente de condolencias.
La joven giró lentamente la cabeza. Sus ojos no buscaban compasión, solo reconocimiento.
—Duque Douglas. Princesa Elizabeth.
Elizabeth inclinó la cabeza con respeto sincero, no con lástima.
—Eldoria perdió a un hombre valiente —dijo ella—. Pero hoy ganó una líder.
Laura no bajó los ojos ni sonrió. Aceptó las palabras como quien recibe un arma.
—Haré lo que deba para que este lugar se levante. Con o sin ayuda imperial.
Kara arqueó una ceja ante el mensaje implícito. Emily, en cambio, dio un paso hacia adelante, cuadrando los hombros.
Lusian cuando él habló, con la serenidad tensa de quien sabe que el peligro no ha terminado.
—Estaremos aquí un día —dijo él sin titubeo—. Antes de continuar nuestro viaje.
Elizabeth lo miró de reojo. Kara frunció el ceño. Emily apretó la empuñadura de su arma.
El silencio cayó… pesado.
Laura dio un paso al frente, la sombra del duelo enterrada bajo la urgencia.
—¿Un día? —sus palabras eran un filo—. El monstruo que nos atacó no cayó en esta ciudad. Se retiró. Puede volver en cualquier momento.
Sus ojos brillaron con algo que no era miedo, sino una furia sofocada por la responsabilidad.
—Mi padre era el guerrero más fuerte de Eldoria. Ahora… estamos indefensos. Si se marchan tan pronto, ¿quién detendrá a esa cosa cuando regrese?
Kara apoyó la lanza en el suelo, firme.
—Nosotras no partiremos —dijo con una decisión que no pedía permiso—. No mientras haya civiles en riesgo.
Emily respiró hondo, su voz suave pero tan luminosa como la magia en sus venas.
—Ese monstruo no atacó por azar, Laura. Volverá. Y cuando lo haga… estaremos aquí.
Elizabeth miró a Lusian. No lo ordenó.
Pero en sus ojos estaba escrito: no puedes dejarlos así.
Lusian cerró los párpados un instante. Sabía lo que significaba quedarse: retrasar el viaje. Exponerse. Reescribir el futuro que él creía conocer del “juego”.
Cuando habló, lo hizo con ese tono que nunca pedía reconocimiento, pero sí respeto.
—Entonces… —dijo al fin— no nos iremos hasta que ese monstruo sea derrotado.
Laura por primera vez aflojó los hombros. No fue alivio. Fue… esperanza. Una chispa débil, pero real.
—Gracias —susurró—. Eldoria no olvidará esto.
Kara sonrió con fiereza. Emily, con compasión. Elizabeth, con orgullo silencioso.
Lusian se limitó a asentir.
“El Rastro del Abismal”
El destino del monstruo
Había huido sin reconocer el camino, guiado únicamente por el instinto. Las garras negras del Abismal aún goteaban sangre seca mientras cruzaba los límites de la ciudad y se internaba en la espesura oriental. Allí, la niebla nunca se disipaba y el suelo parecía respirar, lento y dormido, bajo cada paso suyo. Cada zancada desprendía destellos de maná oscuro, como si el bosque advirtiera de su presencia.
Solo cuatro felinos sobrevivientes lo seguían. La mitad de la manada había perecido durante la incursión en la ciudad, pero aquellos cuatro eran distintos: sus ojos ya no reflejaban mera bestialidad, sino un tenue brillo de comprensión. El mana los había transformado. Ahora se movían junto al Abismal como si reconocieran en él a un líder… o a un dios.
El Abismal llevaba extrañamente 2 núcleos de poder dentro de sí, una energía que lo dominaba más de lo que él podía controlarla. Sin embargo, algo en su interior lo impulsaba hacia un claro oculto, escondido entre rocas negras cubiertas de hongos que brillaban con luz propia. La tierra misma exudaba maná, como una herida abierta. Allí gruñó, marcando territorio, arañando el suelo con furia animal. Había encontrado su dominio: un reino para cazar… o para evolucionar.
Esa energía indómita no pasó desapercibida.
Muy lejos, entre riscos escarchados, Dayana seguía el rastro. No necesitaba perros, guías ni mapas. El aire vibraba con una frecuencia que solo ella podía percibir: magia, miedo… y algo más, que la atraía como si su núcleo elemental fuera una brújula viva.
Sus ojos lilas parpadearon cuando la ráfaga la golpeó.
—Está más allá de lo que podía imaginar… —susurró—. Y no es miedo lo que siento… es interés.
El monstruo no se ocultaba. Reclamaba su lugar en el mundo. Y Dayana, paso a paso, iba a encontrarlo.
Los felinos que lo seguían no eran bestias comunes. Antes habían sido depredadores astutos, maestros de la caza silenciosa. Ahora, corrompidos, su inteligencia permanecía, aunque retorcida. Creían dominar cualquier territorio que pisaran, incluso bajo el sol ardiente que los dejaba sin camuflaje.
No buscaban ventaja. La soberbia que el Abismal les imponía los había vuelto incapaces de medir el riesgo.
—No actúan como animales —murmuró Dayana, observando el claro desde la loma—. Creen que esto ya les pertenece.
—Eso significa que no retrocederán —respondió Emily, abriendo su grimorio—. Y si no retroceden… podemos quebrarlos.
La maga extendió la mano. El aire a su alrededor se volvió denso, pesado, cargado de electricidad azulada que chisporroteaba entre sus dedos.
—Emily, aún no —masculló Lusian, ajustando la empuñadura de su espada—. Si los debilitamos, vendrán todos.
—Justo eso quiero.
Sin más aviso, el hechizo se desató. Una onda silenciosa se expandió sobre el claro, como un latido colosal que recorrió la tierra. No buscaba herir la carne, sino romper la corrupción que los devoraba por dentro. Las sombras que envolvían a los felinos se quebraron como vidrio mojado. El maná oscuro retrocedió, disolviéndose hasta dejar a los animales vacíos, vulnerables… conscientes por primera vez.
Y entonces ocurrió lo inevitable: los felinos sintieron miedo.
Pero no huyeron.
Atacaron. Rabiosos, desesperados por recuperar lo que sentían perdido. Las garras chocaron contra las armas de los hombres con un sonido metálico y brutal. Los colmillos buscaron cuellos, y sus aullidos llamaron a algo más profundo, una resonancia ancestral que pareció sacudir el bosque mismo.
Dayana sintió el cambio en el aire.
—Van a defender su territorio… incluso si deben morir por él —susurró, y sus ojos lilas se afilaron como cuchillas.
A lo lejos, en el centro del claro, el Abismal levantó la cabeza. El hechizo lo había despertado, y el bosque entero pareció contener la respiración.
“La Cacería de las Sombras”
El este de Eldoria estaba en silencio absoluto. Ni pájaros, ni viento, ni insectos se atrevían a romper la calma tensa. Entre troncos ennegrecidos y raíces retorcidas, avanzaban los cazadores: veinte hombres y mujeres con el miedo apretado en el estómago. No buscaban gloria ni honor. Marchaban porque era su deber.
Albert encabezaba la columna, su mirada fría y precisa, forjada por años de guerra y sangre.
—Formación escudo irregular. —Su voz cortó cualquier intento de réplica—. Nadie se separa. Nadie actúa solo. Si lo ven… no ataquen. Solo contengan.
A su derecha, Emily Carter sostenía una esfera de luz contra su pecho, brillante y palpitante como un corazón ardiente. No era consuelo. Era un arma viva, capaz de quemar la sombra misma y revelar lo que el ojo humano no podía percibir.
Lusian Douglas avanzaba junto a Emily, la espada aún sin desenvainar, la capa rozando el suelo como un presagio oscuro que anunciaba tragedia.
Su voz fue un murmullo bajo, una advertencia afilada:
—Si te alejas más de tres pasos, no podré cubrirte.
—No necesito que me cubras. —Emily no apartó la mirada del bosque—. Necesito purificarlo.
—Purificarlo sería suicidio.
Ella no respondió. Ninguno de los dos tenía tiempo para discutir con la muerte.
Más adelante, Dayana se detuvo de golpe. La sangre que marcaba sus palmas goteó sobre la tierra, y las gotas se extendieron hacia el este como venas vivas, latiendo con un ritmo ajeno al humano.
—Está cerca —susurró—. Muy cerca.
Kara no esperó más. La Heroína de la Fuerza avanzó un paso, flexionando el cuello; los músculos tensos bajo la armadura, los dientes apretados por la impaciencia.
Para ella, el miedo era una invitación. El peligro, un desafío.
Albert levantó la mano, cortándole el impulso.
—No lo destruyes —ordenó con voz firme—. Lo inmovilizas. La luz de Emily lo hará físico.
Kara sonrió: una curva breve, casi cruel.
—Entonces lo haré físico varias veces.
El suelo vibró.
Al principio, fue solo un susurro.
Un temblor leve, como si el bosque exhalara después de siglos reteniendo la respiración.
Luego… silencio.
Un silencio tan absoluto que incluso el corazón de los cazadores pareció detenerse.
Un crujido seco resonó a la distancia.
Otro.
Y otro.
Los árboles muertos comenzaron a inclinarse, como si algo se deslizara entre ellos sin tocar la tierra. No caminaba… se desplazaba. La niebla se volvió más densa, pegándose a la piel como un sudor helado.
Emily contuvo el aliento.
—Está aquí…
La esfera de luz en su pecho latió una vez, como un corazón vivo.
Lusian, sin levantar la mirada, murmuró:
—No se muevan.
Albert alzó su escudo; el resto lo imitó al instante, formando un muro irregular. Respiraciones contenidas, manos temblorosas sujetando lanzas y glifos chispeantes.
Dayana cerró los ojos; un hilo de sangre resbaló por su mejilla.
—No viene desde un solo punto… —susurró con horror—. Nos rodea.
Una carcajada baja, rasposa, inhumana, reptó entre los troncos.
Kara dio un paso al frente.
—Ya lo escuché. ¿Ahora puedo romperle el cráneo?
Albert apretó los dientes.
—No hasta que—
El bosque explotó.
Una sombra se abalanzó desde la izquierda, rápida como un latigazo. Su forma era un borrón de furia y maná que desgarró dos árboles como si fueran paja.
—¡ESCUDO! —gritó Albert.
Los cazadores chocaron sus escudos al unísono. El impacto fue brutal: los metales se abollaron, las botas se hundieron en la tierra, y dos de ellos cayeron de rodillas, vomitando sangre.
Emily extendió la mano, temblando. Su piel brillaba con un fuego invisible que ardía bajo su brazo, y gotas de sangre comenzaron a resbalar desde sus dedos. Cada latido de su corazón parecía enviar electricidad pura por sus venas.
—¡Cúbranme! —gritó, con la voz rota por el esfuerzo.
Lusian se acercó rápidamente, colocando sus manos sobre sus hombros para estabilizar la energía que amenazaba con desgarrarla desde dentro. Kara avanzó a su lado, escudo alzado, vigilando los límites del claro, lista para bloquear cualquier ataque. Dayana abrió las palmas y dejó que unas gotas de su sangre lilas se mezclaran con el maná de Emily, como un hilo vital que sostenía el hechizo.
El aire se volvió denso y pesado, vibrando con un dolor que quemaba los músculos y el alma de Emily al mismo tiempo. Cada pulso de energía la hacía arquear la espalda, gimotear y sentir que la luz podía consumirla entera si no mantenía la concentración.
Una onda silenciosa se expandió sobre el claro. No buscaba herir carne, sino quebrar la corrupción que devoraba a los felinos. Las sombras que los envolvían comenzaron a resquebrajarse, como vidrio mojado. Pero cada instante que pasaba, Emily sangraba más, su respiración se entrecortaba y sus rodillas amenazaban con ceder.
—¡Aguanta un poco más! —gritó Lusian, ajustando la energía, mientras su aura negra ondulaba alrededor de Emily, protegiéndola del retroceso mágico.
Los felinos corrompidos comenzaron a tambalear, sus ojos brillando con una conciencia recién despertada. Y entonces, sintieron miedo. No huyeron, pero rugieron y atacaron, desesperados por recuperar lo que creían perdido.
Emily cayó de rodillas, jadeando, temblando por el dolor que recorría su cuerpo, pero sus ojos seguían fijos en el claro. Kara y Lusian la sostuvieron mientras Dayana mantenía el flujo de sangre y maná, asegurándose de que la maga no colapsara.
—¡Ahora! —susurró Emily con voz quebrada—. ¡Conténganlos, yo… yo los mantendré en línea!
Cada segundo era un desafío. Cada respiración podía ser la última. Y aún así, la luz que nacía de Emily iluminaba el bosque, haciendo tangible lo intangible, revelando al monstruo y sus sirvientes mientras consumía su fuerza vital.
Cuando la onda finalmente se estabilizó, Emily yacía exhausta, pálida, con quemaduras en la piel y manchas de sangre por todo el cuerpo. Pero había logrado lo imposible: la corrupción había sido quebrada, las sombras reveladas, y los felinos habían despertado a la conciencia, aunque ahora fueran una amenaza más consciente y feroz.
—No… puedo volver a hacer eso —murmuró Emily, con la voz casi un hilo. Lusian y Kara la ayudaron a incorporarse, mientras Dayana limpiaba su sangre y estabilizaba su maná restante.
El claro estaba iluminado, el peligro latía en cada sombra… y la batalla apenas comenzaba.
“El Devorador del Claro Negro”
La esfera estalló en un destello que iluminó los troncos ennegrecidos.
La sombra retrocedió, siseando como un animal herido.
Lusian se movió como una flecha oscura.
En un parpadeo, estuvo frente a la criatura, espada baja, aura negra ondulando desde sus pies.
—Ahora lo vemos —dijo.
El destello de Emily reveló por primera vez la forma del monstruo:
Un cuerpo felino, enorme, huesos visibles bajo un pelaje como humo vivo.
Cuatro ojos rojos, fijos y calculadores.
Garras largas como dagas curvas.
El pecho abierto, mostrando un núcleo palpitante, como un corazón de sombra latiendo con vida propia.
Un susurro recorrió la formación.
—Un omega…
—Cuidado… —dijo Albert, horrorizado—. Es clase S.
Kara dio un paso adelante. Sus músculos temblaban, no de miedo…, sino de excitación.
—Traigan más luz. Voy a partirlo en dos.
El monstruo abrió la boca. No rugió. Habló.
—Había más humanos… anoche.
Su voz era múltiple: eco, hambre, amenaza.
Emily tembló, pero no retrocedió.
—Es un líder de manada…
—Definitivamente —asintió Lusian—. Está buscando territorio… para evolucionar.
El bosque se partió como si respirara dolor. Otras sombras se movieron en los límites de la luz.
Albert tragó saliva.
—Formación firme. No rompan líneas. Kara, contención. Emily, foco constante. Lusian…
—Lo sé —dijo él, avanzando un paso decisivo—. Mantendré su atención.
El Devorador bajó la cabeza. Los cuatro ojos lo fijaron, y las sombras envolvieron sus patas como un manto vivo.
Kara escupió al suelo.
—Perfecto. Si quiere morir, que empiece por nosotros.
Emily gritó:
—¡LUSIAN, AHORA! ¡LUZ EXPANSIVA!
El claro entero se iluminó en un pulso cegador.
La luz había nacido. Y la batalla comenzó.
Kara respiró hondo. El aire estaba cargado de humo y magia, cada partícula vibrando con la amenaza de la criatura. Sus botas crujieron sobre la hojarasca negra mientras avanzaba, músculos tensos como cuerdas de arco.
El Devorador inclinó la cabeza. Los cuatro ojos rojos seguían cada movimiento, evaluando, calculando. Sus garras dejaron surcos profundos en la tierra húmeda. Cada respiración era un rugido contenido, presagio de furia concentrada.
Kara levantó el brazo, flexionó las piernas y lanzó su primer golpe.
El impacto fue un terremoto: la garra del Devorador chocó contra su antebrazo cubierto de armadura.
Chispas de maná saltaron como pequeños meteoros entre el metal y la sombra viva.
—¡Eso no fue suficiente! —gruñó Kara, la adrenalina quemando cada vena de su cuerpo.
El Devorador retrocedió solo un paso, evaluando. No era miedo; era cálculo.
Su cola, larga y flexible, golpeó un árbol cercano y lo partió de un solo barrido. El olor a madera quemada y tierra levantada invadió los sentidos de todos.
Kara corrió hacia adelante, girando sobre sí misma. Cada golpe suyo era un martillo de guerra, un choque de huesos y acero contra la carne negra y palpitante del Devorador.
La criatura se movía con una fluidez imposible, esquivando, bloqueando, deformando su cuerpo como sombra viva. Cada contacto hacía vibrar la tierra bajo los pies de los cazadores. El sonido era metálico, húmedo…, un himno a la brutalidad.
Emily gritó desde atrás:
—¡Kara, resiste! ¡No busques matarlo, solo contenlo!
—¡No puedo! —contestó la Heroína de la Fuerza, dientes apretados—. ¡Me está desafiando!
El Devorador lanzó un salto imposible, cubriendo metros en segundos. Kara lo recibió con un giro descendente, pero el impacto la lanzó hacia atrás. Rodó por el suelo, piedras y raíces rajando su armadura.
Se incorporó jadeante, ojos encendidos de determinación. Su puño derecho brillaba con un aura roja intensa: la magia de fuerza, su bendición divina concentrada en un solo punto.
—Vamos a ver quién rompe primero —murmuró, más para sí que para cualquiera.
El Devorador gruñó, expandiendo su forma. Su pelaje se alargó, garras dobladas hacia afuera, y los cuatro ojos brillaron en sincronía, proyectando un aura que hacía que el aire mismo se ondulara.
Kara lanzó su ataque más potente hasta ese momento: un golpe descendente que combinaba fuerza bruta con maná rojo vibrante.
El Devorador recibió el golpe con la espalda; el impacto hizo temblar los troncos cercanos, levantando polvo y escombros. Un destello de luz roja y negra iluminó el bosque.
Por un instante…, todo se detuvo.
El Devorador retrocedió un paso. Kara respiró hondo, sangre en el labio, armadura abollada, pero de pie.
—No me subestimes —susurró.
El rugido que siguió fue profundo, resonando en la tierra, proyectando amenaza pura.
Ambos combatientes se midieron. Cada uno sabía que ese choque no sería el último; la batalla apenas comenzaba.
El bosque, antes silencioso, parecía contener la respiración. Incluso el viento se atrevió a esperar.
Kara levantó el puño otra vez, lista para embestir, mientras el Devorador inclinaba la cabeza, sus ojos como faros rojos marcando cada movimiento.
Era el primer golpe en una guerra que no terminaría hasta que uno u otro cayera…, o hasta que el bosque quedara devorado por completo.
El choque inicial había estremecido los árboles. Cada golpe de Kara contra la carne negra del Devorador hacía vibrar la tierra, levantando raíces y hojarasca como lluvia seca. Los cazadores mantenían la formación, cada uno conteniendo a criaturas menores, sombras que se arrastraban entre raíces y troncos, ansiosas por atacar.
Emily concentraba la luz.
Cada haz descendía con exactitud quirúrgica, arrancando forma a las sombras y revelando los movimientos del bosque antes de que pudieran cerrarse sobre ellos.
Lusian no atacaba.
Se interponía.
La oscuridad del monstruo se materializaba en lanzas, esferas y flechas compactas de maná, proyectiles densos que buscaban a Emily y a Kara con precisión letal.
Ninguno llegó a alcanzarlas.
Cada vez que una forma de oscuridad nacía en el aire, la de Lusian respondía.
No chocaban.
No explotaban.
Se encontraban.
La materia oscura perdía coherencia, se deformaba, se deshilachaba como humo atrapado en una corriente contraria. Lanzas que se doblaban antes de impactar, flechas que perdían filo, esferas que se apagaban a medio trayecto.
No era resistencia.
Era dominación del mismo lenguaje.
La oscuridad no puede imponerse sobre sí misma.
Lusian se movía como un muro invisible, anulando cada intento del monstruo de usar maná contra los demás, obligándolo a retroceder, a recalcular.
A luchar sin su ventaja.
El monstruo rugió, frustrado.
Sus ataques mágicos ya no servían.
La oscuridad estaba ocupada.
—¡Mantengan la línea! —gritó Albert, el corazón martillando contra el pecho—. ¡Si cae uno, caemos todos!
Un rugido profundo respondió, reverberando entre los troncos y levantando nubes de polvo. Kara respiró hondo, sintiendo cómo la fuerza del S-Omega —el que los soldados llamaban Devorador— golpeaba contra su magia y su cuerpo. Cada fibra de su ser estaba en tensión. Cada segundo contaba.
El S-Omega se lanzó de nuevo, veloz, garras cortando el viento como cuchillas. Kara esquivó y contraatacó; su puño estalló en maná carmesí, iluminando la oscuridad como un faro sangriento. El impacto hizo temblar el suelo bajo los pies de Emily y Lusian.
No era fuerza contra fuerza: era un tablero de guerra. El monstruo esquivaba y anticipaba cada movimiento, probando defensas, analizando debilidades. No atacaba con furia, sino con cálculo. Un depredador inteligente.
Una arremetida más. Kara cargó con todo, pero el S-Omega, en lugar de responderle, giró hacia Emily. El aire vibró con una amenaza dirigida, precisa: no buscaba eliminar a Kara. Buscaba quebrar la luz, desestabilizar la estrategia humana.
—¡Emily, atrás! —gritó Lusian. Su espada negra interceptó al monstruo justo a tiempo.
El impacto lo lanzó contra un árbol. El sonido del choque resonó como una sentencia. Lusian escupió sangre…, pero la luz de Emily estaba a salvo.
“El Guardián de Eldora”
Kara apretó los dientes. No podía pelear sola. Si quería contener a la bestia, debía obligarla a cometer errores, no a ganar terreno. Emily era la pieza clave. El S-Omega lo sabía… y eso lo hacía más peligroso.
—¡Ahora, Emily! —ordenó Kara, cubriéndola.
Entonces Dayana habló, con la voz rota, manos ensangrentadas tras desollar bestias menores.
—No está cazando cuerpos —dijo—. Está cazando territorio. Estamos invadiendo… y por eso quiere destruirnos.
Emily miró al monstruo, horrorizada.
—¿Entonces… qué pasa con la ciudad?
—Solo son obstáculos en su zona de cacería —respondió Dayana—. Mientras esté la ciudad, su territorio no estará completo. Toda esta zona ya la considera suya.
El S-Omega sonrió con los ojos, como un felino evaluando presas. Sus sombras se multiplicaron en reflejos difusos, atacando desde ángulos distintos. Los cazadores tuvieron que moverse en sincronía perfecta.
El choque continuó, feroz. Kara recibió un golpe imposible de esquivar; rodó varios metros, mandíbula sangrante, pero se mantuvo de pie. Emily lanzó un rayo de luz pura que obligó al monstruo a retroceder, aunque sin perder su calma felina.
Albert cubrió flancos. Dayana derramó sangre controlando varias bestias derrotadas. Laura era mantenida fuera de la línea de muerte. Todo era supervivencia milimétrica.
Lusian bloqueó otro impacto defendiendo a Emily y cayó de rodillas. Su sangre vibró… algo dentro de él respondía.
Entonces Elizabeth emergió de las filas de los soldados, montada en Thunder. Ella sentía algo extraño: podía comunicarse con aquel monstruo. Lentamente avanzó, casi hasta llegar donde Lusian, y, sin entender del todo por qué, Elizabeth abrió la mente.
No para imponer… sino para advertir.
—Para —dijo, gélida—, o morirás…
El S-Omega olfateó el aire y se detuvo apenas un instante.
No era una frontera impuesta ni una orden silenciosa: era un límite peligroso, denso, cargado de advertencia.
No había autoridad allí.
Solo riesgo.
Entonces la voz resonó en su cabeza, baja y precisa, como si el propio mundo hablara:
—Aquí termina lo que puedes cazar sin consecuencias.
—Más allá… la noche ya no será tu aliada.
El monstruo no retrocedió.
Pero tampoco avanzó.
Kara jadeó, apoyándose para no caer.
—¡Puedo vencerlo! —gritó—. ¡Continuemos…!
La batalla no había terminado… pero el terreno, por fin, había cambiado.
El bosque contuvo la respiración. Incluso la luz de Emily parecía latir, como un corazón que marcaba el tiempo de la batalla. El Devorador los observaba, evaluando, calculando… y el choque apenas comenzaba.
El Devorador gruñó, un sonido grave que reverberó entre raíces y troncos. No era un animal irracional: sus movimientos se hicieron más medidos, precisos. Había respeto, sí… pero también amenaza. Estratega, depredador, calculador.
Lusian se levantó a duras penas y endureció el gesto pese al dolor. Enfrentarse a un enemigo que dominaba su mismo elemento lo colocaba en clara desventaja. Tener que luchar únicamente con fuerza física y, además, proteger a otros era lo peor que podía suceder. Sin embargo, no había otra opción: se incorporó y regresó al combate.
Cada paso suyo cortaba la tensión como una hoja invisible. Su aura oscura emergió despacio, no como una explosión, sino como una marea negra filtrándose entre la arena, envolviendo el claro y reclamando el espacio sin violencia.
—Humanos… —gruñó el felino—.
—¿Por qué invaden mi territorio?
Lusian se detuvo a pocos metros. No alzó la voz.
—Tu territorio termina donde empieza la ciudad —declaró, firme—.
—Esa frontera será tuya. Nadie la cruzará sin tu permiso…
—y tú no cruzarás hacia la gente.
El Devorador olfateó el aire, inclinando la cabeza.
La tensión se volvió absoluta. El monstruo no quería admitirlo, pero los golpes de aquella humana de cabello rojo lo habían llevado al límite; si aquello continuaba, tendría que huir.
No había duda.
No había miedo.
Solo reconocimiento.
—Eldora no será tu madriguera —intervino Elizabeth, su voz entrando directo en la mente de la bestia—.
—Si aceptas un pacto, respetaremos tu vida.
El monstruo respondió con un rugido bajo, profundo, que hizo vibrar las raíces y selló el acuerdo.
No habría servidumbre.
No habría obediencia.
Protección del territorio.
Indiferencia hacia los humanos.
Runas antiguas ardieron un instante en el aire y se extinguieron.
Una promesa simple, brutal y clara:
si no era atacado, no atacaría.
Emily susurró, todavía incrédula:
—¿No… lo matamos?
—No —respondió Lusian—.
—Lo contratamos.
La sonrisa que acompañó sus palabras era cansada, irónica… y plenamente satisfecha.
Laura Valentine bajó la lanza. Su padre había muerto defendiendo Eldora, y ahora un monstruo vigilaría la frontera. No había miedo en sus ojos.
Solo una esperanza feroz.
El S-Omega permanecía entre las sombras, observando, evaluando.
No humano.
No noble.
No leal.
Solo una criatura que cumple lo que promete.
El bosque respiró de nuevo.
No hubo victoria en sangre esta vez.
La batalla había terminado.
Y la ciudad había ganado un guardián
que ni la política
ni la guerra
podrían traicionar.
Eso era suficiente.
Emily apenas se sostenía en pie; la armadura rota, la piel quemada por maná oscuro.
Lusian, con tres costillas fracturadas, se mantuvo delante de ella, aún listo para pelear.
Kara esperaba, tensa, el mínimo descuido.
Albert y Dayana cubrían a Laura, que contenía la respiración: era la primera vez que veía una criatura que no temía al hombre.
Dayana observó al monstruo con atención absoluta.
—Está evaluando —susurró—. No nos amenaza. Delimita.
Quiere jerarquía. Reconocimiento.
El S-Omega inclinó la cabeza y rascó la tierra con la garra.
Aceptaba.
Eldora acababa de obtener un guardián.
Si alguna vez cruzaban su frontera…
no habría negociación.
Solo cacería.
“La Ira del Oráculo Caído”
Desde su trono de luz quebrada, Velyrion, el Oráculo Eterno, sintió cómo su existencia se deslizaba fuera de sus manos. Durante eones había contemplado el destino de toda criatura… hasta ahora, el futuro era un muro oscuro.
Su don —su orgullo, su prisión— estaba ciego.
Sus ojos antiguos, nítidos como espejos infinitos, buscaron respuestas en el vacío del Mundo Celestial. La negrura devolvió silencio, y en ese silencio se reveló algo desconocido para un dios: miedo.
—¿Quién osa desafiar al Oráculo? —su voz retumbó, quebrando capas de realidad. Los ecos desbordaron los reinos como tormenta sin nubes.
Ninguna visión respondió. La verdad aguardaba abajo.
Una grieta recorrió su esencia. No era el tiempo quien lo devoraba… sino el olvido. La fe que lo sostenía —esa energía que los mortales generan al creer, al temer, al suplicar— se desvanecía como humo arrancado por el viento.
Un dios no muere de vejez. Muere cuando deja de ser recordado.
Velyrion sintió su poder desangrarse, gota a gota. Si descendía al mundo mortal, perdería lo que le quedaba. La Ley era implacable:
“Quien pise la tierra… dejará de ser divino.”
Un dios en el mundo humano es solo un cuerpo. Limitado. Vulnerable. Asesinable.
Pero la anomalía debía ser eliminada.
El Oráculo rasgó el velo entre los reinos y recorrió la humanidad con mirada depredadora: husmeó cada sombra, cada linaje, cada alma… hasta hallarlo.
Lusian Douglas.
Un duque mortal. Un nombre que no figuraba en el Libro del Destino… una existencia que persistía, aferrada al futuro como un error que se niega a ser borrado.
Velyrion lanzó profecías negras desde el cielo: augurios de ruina, acusaciones divinas, sentencias destinadas a convertirlo en paria. Los templos repitieron sus palabras. Las cortezanas murmuraron su condena. Los altos sacerdotes proclamaron desgracia.
Con su poder desangrándose como cristal roto y su eternidad resquebrajándose, Velyrion comprendió lo inevitable: debía descender.
Una furia teñida de un temor que ningún dios debería conocer ardió en su mirada.
El dios enfrentaría a la anomalía con sus propias manos.
Pero alguien esperaba.
Kheris, el dios caído. Sus ojos antiguos y oscuros habían visto este futuro nacer antes que el Oráculo. La trampa ya estaba sellada en el borde entre lo real y lo divino.
El descenso de Velyrion no sería cacería. Sería sentencia.
En la tierra, lejos de los cielos que lo condenaban, el condenado aún no sabía que un dios había pronunciado su nombre.
Mientras Lusian ingresaba a la capital de Carpathia, mentiras y difamaciones se propagaban tras él como una sombra envenenada.
“El presagio de carne y Sangre”
Mientras Lusian cabalgaba por las calles de Acropolis, sentía las miradas clavarse en su espalda. No eran simples observadores: eran ojos que lo pesaban, lo medían… que dudaban de él.
Los susurros crecían a su paso, arrastrándose como hojas secas empujadas hacia un abismo invisible.
No era solo la nobleza o los soldados quienes lo evitaban.
No eran solo los nobles o los soldados. También campesinos, mercaderes… incluso los niños apartaban la vista, como si el miedo hubiera contaminado el aire de Acropolis.
Lusian apretó las riendas. Frunció el ceño. Algo había cambiado, algo más profundo que el cansancio del viaje.
Las puertas del Salón Real se abrieron ante ellos.
Caminaban juntos:
Lusian al frente.
Elizabeth con la firmeza de la realeza.
Emily y Kara, magulladas pero erguidas como guerreras que se niegan a retroceder.
Los guardias los miraban con respeto… y temor.
El Rey Felipe Erkhan se levantó en cuanto Lusian cruzó el umbral.
No esperó protocolo. No ocultó emoción.
—Lusian… —su voz llevaba un agotamiento que solo los reyes conocen—. Ojalá este recibimiento fuese distinto.
Se acercó y posó ambas manos sobre sus hombros, como quien recibe a un hijo que vuelve de la guerra.
—Me trajiste a mi hija sana y salva. Eso… jamás podré pagarlo.
Lusian inclinó ligeramente la cabeza.
—Majestad. Cumplimos con la misión. Protegimos a la princesa y apoyamos al Imperio cuando fue necesario.
La princesa Elizabeth dio un paso adelante. Su tono, claro y firme:
—Padre… hemos regresado. Salvamos varias ciudades, contuvimos criaturas que devoraban aldeas enteras y… —se obligó a respirar— gracias a él pude volver.
La reina Adelaine avanzó y abrazó a su hija con fuerza.
El príncipe Andrew también se acercó y, con un leve asentimiento, agradeció a Lusian.
Felipe sonrió, apenas perceptible, pero había emoción en sus facciones.
No hubo tiempo para más.
Las campanas del templo interior resonaron tres veces.
Graves.
Funestas.
Desde los corredores laterales avanzaron figuras envueltas en mantos blancos y máscaras doradas.
Los Heraldos.
Los Sacerdotes del Dogma Celestial.
Su palabra ahora pesaba más que la de muchos nobles.
El líder del grupo, un hombre de postura rígida y rostro curtido, se colocó entre el rey y Lusian. Su mirada mostraba abierta antipatía.
—Duque Lusian Douglas de Mondring… —pronunció con voz templada pero cargada de tensión—.
El Oráculo ha visto tu sombra.
Los dioses nos han advertido.
Traerás ruina y calamidad al mundo.
El aire se volvió denso, casi irrespirable.
Emily reaccionó al instante.
—¿¡Ruina!? —exclamó, dando un paso adelante—. ¡Debe ser un error! ¡Lusian salvó vidas! ¡Miles! ¡Nunca haría daño a alguien que no lo mereciera!
Kara avanzó, irritada; su voz fue un estruendo.
—¿Por qué acusan a alguien que no ha hecho nada malo?
La princesa Elizabeth no habló.
Su silencio era más peligroso que cualquier grito.
Con un solo gesto suyo, la guardia real desenvainaría.
Felipe levantó una mano.
—¡Silencio! —ordenó, aunque su voz cargaba más dolor que autoridad—. Señores… ¿qué pretenden con esto? Los escucharemos, sí, pero que quede claro: aún soy yo quien toma las decisiones en este reino.
Los heraldos dieron un paso adelante.
Presionaban.
Como si ya olieran sangre.
Lusian inspiró profundamente.
Y avanzó él mismo.
Se plantó en el centro del salón.
La luz que entraba por las vitrinas caía sobre él como un juicio divino.
—Hablan de mi muerte —dijo, firme—. No lo nieguen. La desean.
Su mirada recorrió a heraldos, sacerdotes… y fanáticos.
Lusian no buscó la espada. No la necesitaba. Solo levantó la mirada, midiendo a cada uno de los presentes.
—Si alguien quiere mi vida…
Hizo una pausa.
Una que cortó el aire en dos.
—…que esté dispuesto a perder la suya.
Las antorchas parecieron titilar. Incluso los Heraldos contuvieron el aliento, aunque su máscara no dejara ver su temor.
El salón quedó en absoluto silencio.
Ni una pluma habría caído sin hacer eco.
“El Presagio y la Espada”
Las puertas del salón del trono se cerraron tras él con un golpe seco.
Los Heraldos permanecieron a los lados, túnicas oscuras y ojos encendidos por la frustración divina.
Querían hablar, querían gritar la profecía a su rostro… pero el eco de los pasos de los quinientos soldados Douglas en la plaza era más persuasivo que cualquier plegaria.
Se apartaron del camino sin mirarlo, apretando las manos como mendigos que temen a un rey.
Lusian continuó andando, sin dignarse a darles la satisfacción de una mirada.
Cuando cruzó el umbral del palacio Douglas, alguien lo empujó contra la pared.
Un abrazo ardiente.
Desesperado.
—¡Lusian!
Adela.
Se aferró a él como si el mundo fuese a quebrarse bajo sus pies. Sus brazos lo envolvían con tanta fuerza que incluso la armadura protestó con un crujido.
Su rostro estaba hundido en su pecho, tembloroso, las lágrimas resbalando sin permiso.
A su lado, la bestia mágica —el imponente Tigre Blanco— gruñía bajo, mostrando colmillos capaces de partir un escudo. Sus ojos brillaban con una ferocidad protectora, casi divina.
Por un instante, un escalofrío recorrió la espalda de Lusian.
Ese poder…
Esa presión en el aire…
Era la misma sensación que había sentido en la Marchitahelada, donde aquella criatura había masacrado a decenas de soldados.
Adela lo abrazó con más fuerza.
—No vuelvas a dejarme… —su voz se quebró entre lágrimas.
Lusian la tomó por los hombros, firme pero suave, estabilizándola.
Ella no solo era su guardaespaldas.
Era la única capaz de proteger al ducado en su ausencia.
—Era necesario. —Su voz no temblaba, pero suavizó el contacto, rodeándola—. Sé que fue duro.
Adela levantó el rostro.
En sus ojos ardía dolor… y una ira que había intentado contener durante días.
—Mi deber es cuidarte… Si algo te pasaba, yo… yo no…
—Adela. —La detuvo con voz seria, clara—.
Tú eres la única que puede comandar a los jinetes de bestias mágicas.
Mientras yo no esté, eres la única que puede defender el ducado.
Te necesito aquí. ¿Lo entiendes?
La bestia blanca bufó, como si desaprobara sus palabras.
Adela bajó la mirada… pero sus dedos temblaban con rabia contenida.
—No quiero separarme de ti otra vez, Lusian… —susurró, la voz rota, aferrándose a él como si temiera que se desvaneciera.
Lusian sabía que aferrarse a él era peligroso… para ella.Le tomó la mejilla con cuidado, obligándola a mirarlo a los ojos.
—No habrá próxima vez sin ti.
Ella respiró hondo. Tragó lágrimas.
Y asintió despacio, apretando un puño contra su pecho tembloroso.
El Tigre Blanco dejó de gruñir. Sus colmillos aún brillaban, pero bajó la cabeza, aceptando la promesa como un contrato de sangre.
—Es una promesa, entonces.
Se hundió de nuevo en sus brazos, dejando escapar un sollozo contenido.
Y por primera vez…
Lusian temió no poder cumplirla.
“El Silencio que Asfixia”
Días después, Lusian caminaba por las calles de Acropolis como un espectro entre sombras.
No porque la gente lo evitara… sino porque parecía que retrocedían ante él sin siquiera darse cuenta, como si sus cuerpos obedecieran a un instinto primitivo.
No había ruido.
No había vida.
Solo un silencio espeso que parecía adherirse a la piel.
Las ventanas se cerraban con un golpe suave.
Las persianas bajaban un palmo más.
Las manos se unían en plegarias temblorosas apenas lo reconocían.
No era odio.
No era violencia.
Era miedo puro.
Los niños dejaban de jugar y se quedaban inmóviles, con los ojos demasiado abiertos para su edad.
Los adultos evitaban levantar la vista, pero cuando lo hacían… el terror se reflejaba en sus pupilas.
Algunos murmuraban oraciones.
Otros trazaban el símbolo del sol en sus pechos, un gesto de protección contra la mala fortuna.
Las profecías de los Heraldos habían cumplido su función.
Detrás de Lusian, Albert y treinta soldados Douglas marchaban en silencio.
Su armadura negra, el paso sincronizado, el estandarte plateado del lobo al viento…
Eran una advertencia:
Nadie tocaría al duque.
Nadie desafiaría a la Casa Douglas.
Y aun así, la presencia de esa guardia no rompía el aire helado que envolvía a su líder.
A su paso, los comerciantes bajaban la voz.
Los puestos del mercado se contraían.
El bullicio habitual de la capital se desvanecía poco a poco, hasta que solo quedaban sus pasos resonando contra el empedrado.
Un hombre mayor, encorvado, murmuró mientras se alejaba:
—Dicen que donde él camina… la calamidad lo sigue…
Su esposa lo arrastró del brazo antes de que Albert pudiera reaccionar.
Lusian no dijo nada.
Sus ojos recorrían la ciudad como quien observa un campo de batalla antes de la tormenta.
Los templos habían extendido su veneno con precisión quirúrgica.
No había insultos.
No había piedras arrojadas.
No había multitudes furiosas.
Solo distancia.
Solo miedo.
Solo un vacío que se abría donde él pisaba.
Un vacío fabricado por los dioses.
Cuando finalmente se detuvo frente a la plaza norte, el silencio era tan absoluto que podía escuchar su propia respiración bajo la armadura.
El duque cerró los ojos por un instante.
Ese primer día, comprendió algo que no quería aceptar:
La verdadera batalla no sería contra un dios.
Sería contra el corazón de la gente que juró proteger.
Y contra la sombra que los dioses habían puesto detrás de su nombre.
“El Presagio de la Aurora”
La mañana cayó sobre la capital con un brillo pálido, casi enfermo.
Mientras Lusian recorría las calles envueltas en susurros de miedo, lejos de él dos heroínas libraban una guerra distinta, silenciosa y cruel.
La luz y la fuerza.
Las hijas predilectas de la Luz.
Antes aclamadas por todos…
Ahora, vigiladas.
El Templo de la Aurora se alzaba como un faro blanco, impecable. Una fortaleza de fe que escondía cuchillas detrás del incienso dulce. La luz atravesaba los vitrales como puntas de lanza, juzgándolo todo.
Emily respiró profundo antes de cruzar el umbral.
Kara entró tras ella, la mano sobre la lanza, como si la pureza misma del aire pudiera volverse enemiga.
Sacerdotes, monjas y nobles devotos se alinearon a los costados, sus ojos cargados de reverencia… y sospecha.
La Gran Sacerdotisa Elyra se adelantó con una sonrisa suave. Sus pasos flotaban sobre el mármol, blancos, impecables.
—Hijas benditas de la Aurora —su tono era maternal, pero había un filo escondido—. Las diosas os han enviado una visión… y un deber.
Emily sintió un ligero temblor en la espalda.
Kara frunció el ceño.
—Un presagio camina sobre la tierra —continuó Elyra—. Una sombra cercana a vosotras.
Una pausa. Un silencio que los devotos llenaron con miedo.
—¿Lusian? —Emily lo dijo en un susurro, como si el nombre quemara.
El murmullo se volvió cuchillas invisibles.
—El duque Douglas —corrigió la sacerdotisa, como si su identidad ya estuviera sellada—. Donde él aparece, la naturaleza se retuerce. Las bestias mutan. Los muertos aumentan.
Un joven sacerdote, el fervor en los ojos, dio un paso al frente.
—Ustedes lo han visto. Donde pisa, algo se rompe. No es coincidencia. Es destino.
Kara apretó los dientes.
—Lusian ha salvado más vidas de las que vosotras podéis contar —gruñó—. Si ha habido tragedias, él las contuvo.
Eso provocó un siseo indignado.
Emily mantuvo la mirada fija en el suelo.
Ella había visto lo que él hacía cuando se enfurecía, blandía su espada contra sus enemigos sin temor.
Esa fuerza invencible.
Esa sombra en sus ojos.
El templo lo olió en su corazón.
Elyra dio un paso más, extendiendo la mano como si ofreciera consuelo.
—Hija mía… ¿no lo sientes? —su voz era miel… y veneno—. La Luz lo rechaza. Él no pertenece a este mundo.
Emily tragó saliva.
Temía cuando lusian casaba a sus enemigos… sin compasión.
Y si un día el se saliera de control.
Los fieles se arrodillaron.
—Purifiquen el mundo.
—Protegen al reino.
—La Luz te eligió.
Plegarias.
O cadenas.
Elyra levantó la voz, iluminada por un rayo que la volvió casi divina.
—Si ustedes no actúan, nadie podrá detener la calamidad.
Emily sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Kara le apretó el brazo.
Un gesto firme.
Humano.
—No dejes que te laven la cabeza con palabras bonitas —murmuró la guerrera.
La sacerdotisa solo sonrió, más afilada que cualquier daga.
Cuando salieron del templo, la multitud estalló en aplausos. Flores bajo sus pies. Sonrisas devotas. Esperanza fingida.
Emily sintió náuseas.
Kara escupió en el suelo.
El deber las llamaba.
La fe las presionaba.
El mundo entero las señalaba…
Pero sus corazones gritaban una verdad más profunda:
No eran las diosas quienes pedían sangre.
Eran los hombres.
El miedo.
La manipulación.
Pronto tendrían que elegir.
Salvar al amor de su vida, quien había sangrado con ellas…
o abandonarlo y que el mundo lo sacrifique, para evitar un posible mal.
Y Emily supo, mientras el peso de la espada invisible se cerraba sobre su cuello…
Que cualquier elección la convertiría en traidora.
“Despertar de la Reina Demonio”
La luz de los vitrales caía sobre el mármol como un mosaico vivo. Los colores se deslizaban, palpitaban, como si la sala respirara con ella.
Elizabeth abrió los ojos. El brillo en su mirada era como un amanecer invertido: hermoso, inevitable… y peligroso.
El silencio de su habitación era opresivo. No había sirvientas, no había sacerdotes, no había miembros del culto vigilándola con miedo disfrazado de reverencia. Solo ella… y el eco de algo antiguo respirando dentro de su piel.
Elizabeth se incorporó con lentitud. Su cabello, antes suave y rubio, ahora parecía absorber la luz. Su corazón latía con un ritmo antiguo, demasiado antiguo para ser humano.
Era un eco.
Un recuerdo.
Miles de vidas, miles de muertes… espadas sagradas atravesando su pecho, lanzas de luz reduciendo su reino a ceniza, plegarias humanas clamando por su destrucción. Siempre despertaba. Siempre devoraba reinos. Siempre moría en nombre de los dioses.
Un ciclo perfecto.
Un monstruo útil.
Sus dedos temblaron sobre el borde de la cama. No había runas, no había marcas divinas. El ritual falló.
Por primera vez, nada la ataba.
Y en ese vacío sin órdenes… una pulsación distinta la atravesó. No era divina. No era odio. Una pulsación cálida, inesperada, inequívoca:
Lusian.
Elizabeth lo recordó. Su corazón palpitó por él: amante, aliado, salvador. Él no existía en sus vidas pasadas… pero ahora todo parecía encajar.
Ese corazón no había elegido a reyes demonio. Nunca.
Ese corazón no le había pertenecido. Hasta hoy.
“¿Esto era amor? ¿Era destino? No lo sabía.”
Pero sí sabía que por primera vez era libre.
Y fue entonces cuando una sonrisa se formó en su rostro, delicada y terrible a la vez.
—Así que esto es… ser libre.
Por primera vez, la Reina Demonio no deseó destruir el mundo.
Deseó vivir en él. Sin permiso. Sin dioses.
Si el mundo intentaba matarla otra vez…
Sus ojos brillaron como un amanecer que quemara en lugar de iluminar.
—Entonces será el mundo quien aprenda a temer.
“Cacería Santa”
Las campanas sagradas resonaron en todos los continentes al mismo tiempo.
No eran plegarias.
No eran advertencias.
Eran órdenes.
Las estatuas de los dioses lloraron lágrimas negras en templos de mármol, iglesias de madera, capillas hundidas bajo tierra. El cielo se tiñó con un trazo oscuro, como si alguien hubiera firmado el firmamento.
No era dolor.
Era juicio.
Los fieles cayeron de rodillas. Los sacerdotes temblaron como si les hubieran arrancado el alma. Ninguna voz mortal pronunció la sentencia… pero todos la escucharon en su pecho:
“Para preservar el mundo, el presagio debe morir.”
Guerreros, ascetas, alquimistas, caballeros santos… todos recibieron el llamado.
No marchaban contra un demonio.
No marchaban contra un enemigo.
Marchaban para cuidar la fe.
Y quien se opusiera sería marcado como traidor a la divinidad. Los dones sagrados se marchitarían. Las bendiciones se volverían castigo. Las oraciones se volverían silencio.
El miedo se convirtió en juramento.
En cada reino, los elegidos se arrodillaron:
Un caballero lloró sin querer mientras su armadura ardía con fuego bendito.
Una sacerdotisa gritó sin voz cuando la marca en su piel se abrió como un sol.
Un asesino sonrió vacío al sentir que su daga latía como un corazón.
No fueron reclutados.
Fueron activados.
Elegidos desde el nacimiento.
Criados para este día.
Los pergaminos sagrados cruzaron fronteras antes que los ejércitos.
Sellos divinos, oro con sangre, runas vivientes.
Ninguno mencionaba demonios.
Ninguno hablaba del amanecer invertido de Elizabeth.
Solo un nombre estaba inscrito.
Lusian Douglas de Mondring.
El Presagio de Carne y Sangre.
Ningún dios explicó qué temían.
Ningún dios explicó por qué él debía morir.
La fe no necesita explicación.
Solo necesita un sacrificio.
“El hombre al que no le dejaron elegir”
La noche sobre el ducado era limpia y helada. El viento movía los campos en silencio, como si todo el ducado contuviera el aliento. Lusian estaba solo, de pie en el mirador del castillo, mirando un cielo que parecía demasiado vasto para alguien tan atrapado.
No pensaba en estrategias.
No pensaba en profecías.
Solo quería entender por qué.
Un destello oscuro lo interrumpió. Kheris apareció sin sonido alguno, como una grieta en la noche, su presencia más sombra que cuerpo.
—Estás inquieto —dijo el dios, con una calma casi ofendida por el silencio del mundo.
Lusian no apartó la mirada del cielo.
—No cambió nada. —Su voz sonó hueca, casi normal, como si la tragedia fuera una conversación cualquiera.— No importa cuánto intente… sigo condenado a morir aquí.
Kheris no negó. Solo se acercó, apoyando la mano enguantada en la baranda fría.
—No puedes volver —respondió—. Nunca pude llevarte conmigo. Lo hice una vez, con un objeto perdido de los dioses. Es irrepetible.
Una sencilla frase. Un hecho lógico. Pero para Lusian fue una sentencia que le vació los pulmones. La garganta le ardió y aún así habló:
—Entonces… ni siquiera me sacaste de allá. Solo… me arrancaste.
Silencio.
Ese silencio fue peor que cualquier respuesta.
Lusian apretó los dientes. No gritó. No lloró. Solo dejó que el resentimiento forma una línea dura en sus mandíbulas.
—Me trajiste a morir —murmuró.
Kheris lo observó sin disculpas, sin culpa. Como si fuera tan inevitable como el invierno.
—Morirás solo si lo permites —dijo el demonio—. Ya no eres débil.
Lusian rió, sin humor, sin fuerza. Una risa que sonaba como alguien que se ahoga.
—Son cientos. Miles. Héroes bendecidos, templos, reyes. Si lucho, mi pueblo muere conmigo. Si huyo… mueren por mí. No puedo salvarlos… ni puedo morir sin matarlos.
Kheris lo escuchó, paciente, como quien observa a un niño aprender que el fuego quema.
—Los números no importan —susurró—. La verdadera fuerza los consume.
Luego lo dijo. Esa frase que no sonaba a ayuda, sino a otra condena disfrazada:
—Puedo lanzar un hechizo sobre todo el ducado. Años de noche. Tus enemigos perderán su fe, su camino, su poder. Y tú, con tu oscuridad… podrás cazarlos.
Lusian se giró al fin. No con furia. Sino con algo peor: miedo.
No miedo a los templos.
No miedo al destino.
Miedo a tener que elegir.
—Eso… —susurró— eso condenaría a todos. A los cultivos, a la tierra, a mi… gente.
Kheris inclinó la cabeza, como si no comprendiera.
—¿Y no los condenan los dioses ya?
Lusian no contestó. No podía.
Porque era verdad.
Y era insoportablemente injusta.
Miró sus manos. Sangre seca de guerras que no pidió.
Miró el cielo. Un mundo que lo quería muerto sin conocer su nombre.
Por primera vez desde que llegó, no sintió rabia.
Sintió cansancio.
Vacío.
Un deseo irracional de desaparecer… no por cobardía, sino porque nunca pudo elegir nada.
Kheris habló de nuevo, suave como un cuchillo envuelto en seda.
—Vas a tener que elegir, Lusian. Eso es lo único que nunca podrás evitar.
Lusian cerró los ojos, como si así pudiera escapar del mundo.
Y sintió algo terrible:
No quería ser un héroe.
No quería ser un demonio.
No quería ser nada de lo que el mundo le había impuesto.
Solo quería que, al menos una vez… la vida fuera suya.
Al amanecer, la plaza central del Ducado Douglas estaba tan llena como el día de su ascensión, pero esta vez no había festividad. No había estandartes sagrados ni sacerdotes. Solo el pueblo, reunido por la urgencia.
Sobre el estrado improvisado, Lusian observó todos esos rostros: manos curtidas por el cultivo, ojos que habían aprendido a no pedir ayuda, guerreros con la piel marcada por antiguos juramentos. Cansados, sí… pero no quebrados.
Respiró hondo. No iba a adornar la verdad.
—El mundo entero —comenzó— ha recibido un mandato divino. Los dioses me han declarado su enemigo. Vendrán a matarme.
Las palabras cayeron como una losa. Nadie murmuró, nadie gritó. Solo silencio. Un silencio duro, denso, como el acero antes de la forja.
—Escúchenme bien —continuó—. No los obligaré a luchar. No los arrastraré conmigo. No los usaré como escudo. A partir de este instante, todo aquel que desee partir es libre de hacerlo. No cargaré culpa sobre quien elija vivir.
El viento frío sopló entre los balcones cubiertos de vegetación. Las lianas verdes ondularon, como si escucharan también.
—Los libero de cualquier responsabilidad —remató.
Y entonces… el silencio murió.
No con protestas.
No con llanto.
Sino con una sola voz grave, rota y vieja. Un anciano soldado alzó la cabeza y rugió:
—¡Mentira!
Lusian sintió el corazón saltarle al pecho.
El anciano avanzó entre la multitud apoyándose en su lanza. Su uniforme estaba gastado, pero en el pecho cargaba el lobo Douglas bordado con orgullo. Se detuvo frente a él, enfrentándolo como si fuera más alto que cualquier montaña:
—Un Douglas no libera a su gente… —sus ojos ardían—. ¡Un Douglas lucha con ella!
El estruendo fue inmediato.
Miles de puños se alzaron.
Miles de gargantas gritaron.
—¡Se vive con su señor!
—¡Se muere con su señor!
No era fanatismo religioso.
Era identidad.
Era el dogma que la Tormenta del Maná no había extinguido:
El ducado no existe sin su duque.
El duque no existe sin su gente.
Los refugiados se unieron.
Los niños golpearon el suelo con los pies.
Los nobles recitaron el juramento sin ceremonia.
Y Lusian sintió la ironía trágica:
estaba intentando salvarlos… y ya se habían sacrificado por él.
Adela, acompañada de su tigre, apareció entre la multitud. llevaba un vestido sencillo. Pero su voz dominó todo el valle:
—¡Escuchen a su duque! ¡Él no pidió este destino! ¡Él desea que vivan!
El pueblo respondió como un solo monstruo de voluntad:
—¡Si él muere, morimos también!
Adela cerró los ojos, derrotada por el mismo amor que la sostenía.
Lusian bajó la mirada. Sentía que la arena bajo sus botas temblaba con cada latido.
No puedo salvarlos… pero tampoco puedo abandonarlos.
No lloró.
No gritó.
Solo aceptó.
Alzó su voz, ahora como líder, no como joven intentando huir de una condena:
—¡Entonces prepárense! ¡Si los dioses vienen a quitarnos lo que somos… les enseñaremos lo que hemos decidido ser!
Las lianas en los muros se tensaron como tendones vivos.
Los soldados golpearon sus armas contra el suelo.
Y miles de almas respondieron:
—¡Douglas no se arrodilla!
Lusian sintió por primera vez que el destino no era una cadena… sino un arma.
Y se prometió una sola cosa:
Si los dioses querían guerra, tendrían guerra.
Pero no contra un demonio.
Contra un ducado entero.
“El Ducado en Pie de Lucha”
El amanecer intentó nacer, pero solo sangró sobre los muros del castillo Douglas.
El aire vibraba no de miedo, sino de decisión.
Un niño apretó la mano de su madre. Un campesino dejó caer su herramienta. Nadie dijo nada. Todos habían entendido.
Lusian cruzaba la sala de mando, y su sombra parecía caminar más rápido que él. Sobre las mesas, mapas desplegados, rutas marcadas con tinta que parecía carbón. Generales y estrategas hablaban con voces contenidas, como si gritar fuese romper un pacto invisible. El humo de las antorchas se mezclaba con el olor frío del acero recién afilado.
En los patios, Adela dirigía a los jinetes mágicos con la mirada dura de quien sabe que no hay segundas oportunidades. Las bestias bajo ellos —mitad furia, mitad espíritu— sentían lo que sus monturas no se atrevían a decir. Bufaban, rasgaban el aire, inquietas como si el cielo hubiese comenzado a temer. Adela ajustó la correa de su bestia, recordando las palabras de Sofia, su maestra: no retroceder nunca.
Dos soldados jóvenes, aún sin cicatrices, se chocaron accidentalmente de nervios. Se miraron.
No hablaron.
Solo asintieron. Ese gesto decía: “Si tú no huyes, yo tampoco.”
Los herreros golpeaban el metal con una urgencia silenciosa. Sus martillos no cantaban: rugían. Cada golpe arrancaba chispas que parecían fragmentos del último día. Las armaduras eran reforzadas con runas antiguas, grabadas con cortes precisos, como si el metal llorara letras.
Una herrera mayor se detuvo un instante, limpiándose el sudor.
Miró una espada recién terminada y susurró: “Que te regresen con vida.”
Era para su hijo.
En las cámaras internas, los hechiceros abrían grimorios prohibidos. Sus dedos temblaban, no por miedo, sino por responsabilidad. Albert y los generales discutían estrategias con Lusian; no hablaban de victorias, solo de probabilidades. Cada página parecía pesar lo mismo que una vida.
Y en los barrios, donde no llegan los títulos ni los estandartes, la gente cargaba sacos de grano, reforzaba puertas, cosía vendas, encendía braseros. Se escuchaban risas tímidas, oraciones, discusiones. El ducado no estaba esperando ser salvado: estaba presentándose a la guerra.
Desde los patios hasta los barrios, el ducado se movía como un solo organismo: armas afiladas, runas grabadas y manos que reforzaban puertas y cosechas.
Una anciana dejó un plato caliente en el alféizar de su ventana “por si algún soldado pasa con frío”.
Tal vez nadie lo comería… pero ese era su modo de luchar.
Cuando la noche finalmente llegó, no lo hizo como un descanso. Cayó como un telón definitivo, implacable, sin la cortesía de las estrellas. No hubo luna. No hubo horizonte. Solo la sensación de que el mundo había dejado de girar.
En lo más profundo del bosque, allí donde ninguna plegaria humana había sido escuchada jamás, Kheris levantó las manos.
El aire tembló.
No como tiemblan las hojas,
sino como tiembla el firmamento
cuando un dios recuerda quién fue.
Sus guantes estaban cubiertos de polvo celestial, migajas de artefactos prohibidos, reliquias que solo los dioses expulsados pueden tocar.
A su alrededor, la sombra no caía al suelo…
subía, intentando alcanzar un cielo que ya no lo reconocía.
En sus ojos ardían dos emociones que ningún mortal debería ver:
Rabia antigua.
Compasión prohibida.
Kheris habló, como quien desliza un cuchillo en la memoria:
—El Oráculo ya no te ve, Velyrion…
Y eso te aterra, ¿verdad?
El viento se detuvo, como si escuchara un secreto que jamás debió ser dicho.
No era una frase.
Era un recordatorio.
Una deuda.
Un castigo pendiente.
El bosque pareció inclinarse ante él, como si adorara a un rey muerto.
Kheris abrió los brazos, no para invocar la noche… sino para reclamarla.
—Que el día se extinga… —susurró—.
Que la noche reclame su trono.
Las palabras llevaban otro significado, enterrado como veneno en una plegaria:
“Desciende, Velyrion.
Atrévete a venir.
Atrévete a morir.”
Entonces la sombra brotó bajo sus pies, no como oscuridad…
sino como un océano ancestral, vivo, antiguo, consciente.
Bebió la luz.
Devoró el sol.
Atrapó el tiempo entre sus fauces, como si fuera un animal pequeño.
El ducado quedó envuelto en una noche que no era noche,
sino la sentencia de un dios caído.
La luna seguía ahí.
Las hojas estaban rígidas, negras.
Como si hubieran envejecido diez años en una noche.
Desde las almenas, Lusian observó la oscuridad tomar forma. No era ausencia de luz: era presencia de algo más antiguo. Y, en ese instante, el poder de su linaje despertó… como un corazón que vuelve a latir después de estar enterrado.
Los guerreros Douglas cerraron los ojos. Las sombras los reconocieron. Los aceptaron.
La noche ya era suya
Ahora la guerra era su derecho.
En un pueblo cercano, la puerta de la curandera se abrió de golpe.
El viento helado entró con el hombre que cargaba un pequeño bulto entre los brazos.
—¡Rápido… es mi hija! ¡No despierta! —la voz se le quebraba en cada palabra.
Berenia, que llevaba cuarenta años recibiendo urgencias y desgracias, sintió el peso inmediato del silencio en la habitación. Tomó a la niña con cuidado: el cuerpo estaba tibio, respiraba, pero su quietud era antinatural, como si no perteneciera al mundo de los vivos ni de los dormidos.
La curandera acercó una lámpara a su rostro.
Nada.
—Vamos, pequeña… —susurró, agitando con delicadeza su hombro.
Ni un parpadeo. Ni un temblor.
El sueño era demasiado profundo… demasiado rígido.
Un escalofrío recorrió la espalda de Berenia. Encendió otra lámpara, una más fuerte, una que usaba para diagnosticar enfermedades graves. Acercó la luz a los ojos de la niña.
Su mano tembló.
Las pupilas no reaccionaron.
Ni un cierre.
Ni una contracción mínima.
Eran ojos que miraban… sin ver.
La luz danzaba frente a ellos como si fuera invisible.
—No es fiebre… —murmuró Berenia, sintiendo cómo algo se aflojaba dentro de su pecho—. No es veneno… ni magia.
Apretó los labios.
—Es la noche —susurró—. La noche… dentro de ella.
El padre se derrumbó contra la pared, sin entender.
Afuera, la luna inmóvil seguía clavada en el cielo.
Demasiado blanca.
Demasiado quieta.
Demasiado atenta.
Y, por primera vez en su vida, Berenia comprendió que la luna no iluminaba.
Observaba.
Como quien toma nota de los vivos… antes de decidir a quién reclamar.
Como si algo divino —o algo caído— estuviera tomando nota de cada alma que se dormía bajo su sombra.
Días después, los fanáticos vestidos de blanco avanzaron hacia el territorio Douglas. Sus rostros eran máscaras de fervor; sus pasos, una procesión arrogante. Portaban estandartes sagrados y espadas bañadas en plegarias, convencidos de que el mundo —y los dioses— les debían la victoria.
Pero al cruzar el último mojón de piedra, algo los detuvo.
El día siguió allí arriba, pero no entró.
La luz se quedó atrás, como si temiera pisar ese territorio.
Dentro… el ducado era más oscuro que una noche sin luna.
Una oscuridad espesa, viva, que parecía escuchar.
Ni un pájaro cantó al verlos entrar.
Ni un insecto se movió.
Como si el territorio mismo esperara un primer error para tragárselos.
—Encended las antorchas —ordenó el capitán.
Las manos temblaron mientras acercaban la llama al yesquero. Pero en cuanto la chispa tocó la madera…
…la antorcha no ardió rojo.
Ardió azul.
El azul no era fuego.
Era juicio.
El mismo azul que marcaba los viejos estandartes del linaje Douglas.
Los fanáticos dieron un paso atrás cuando escucharon el crujido.
La madera no se quemaba.
Se pudría.
Se deshacía en su propio interior, como si la llama la devorara desde el alma hacia afuera.
—¿Qué… qué clase de brujería…? —balbuceó uno.
Pero no había brujería.
Había juramento.
La noche del ducado respiró.
Y el fuego azul danzó un instante, iluminando figuras entre los árboles… sombras que no retrocedían ante la luz.
Las sombras no se movieron…
se curvaron, como si una sonrisa invisible tensara la oscuridad misma.
No tenían rostro, pero algo en su forma insinuaba expresión:
una bienvenida silenciosa, cruelmente paciente.
No era amenaza.
Era reconocimiento.
No avanzaron.
No atacaron.
Solo se expandieron… como si se relamieran con un hambre paciente.
No hubo choque de ideologías.
No hubo batalla.
Solo desaparición.
Al amanecer —si es que ese concepto aún tenía sentido— buscaron cuerpos. Encontraron nada. Ni sangre, ni restos, ni cenizas. Como si el ducado hubiese devorado su existencia sin dignarse a probarla.
Los supervivientes, pocos y rotos, regresaron murmurando historias imposibles: sombras con dientes, plegarias devoradas, voces que susurraban su nombre antes de arrancarlo de su cuerpo. Refundieron su fe en miedo. Entendieron algo que los dioses no les habían advertido:
El castigo divino había condenado a un solo hombre.
Pero el ducado entero había aceptado luchar en su lugar.
Ahora el terror tenía un territorio.
Y ese territorio tenía un nombre.
Douglas.
Pronto los rumores comenzaron a extenderse, colándose entre puertas cerradas y fogones apagados. Nadie sabía quién lo dijo primero, pero todos repetían lo mismo con un temblor en la voz:
—No es noche…
—Es hambre.
Y cada vez que esas palabras eran susurradas, un temblor recorría a los hombres…
no por miedo al enemigo,
sino porque la propia oscuridad escuchaba, y se volvía consciente de aquel que la nombraba.
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