GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 49
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Capítulo 49: Capítulo 49 La Primera Cruzada de los Fieles
“La llegada del ejército de los fieles al Ducado”
Han pasado meses desde que los dioses invocaron la primera cruzada, meses que el Ducado usó para reforzar muros, entrenar soldados y preparar a su gente para lo que se avecinaba. Hombres y mujeres de todos los rincones del mundo se habían reunido bajo un mismo juramento: acabar con aquel hombre cuya llegada, profetizada por el Oráculo Divino, marcaría la destrucción de la humanidad. Durante semanas, los templos habían enviado emisarios, bendecido a los soldados y conducido rituales de purificación; los campos de entrenamiento se habían convertido en templos de sacrificio, donde el hierro y la fe se forjaban en un mismo fuego. La cruzada no era solo una guerra; era un mandato divino, y cada alma que marchaba llevaba consigo la certeza de que la muerte era honorable si se entregaba por la voluntad de los dioses.
El horizonte se tiñó de blanco y oro. Alejandro Marchen se adelantó unos pasos, separándose del grueso del ejército, observando cómo los Fieles avanzaban con una precisión que rozaba lo militar y lo sagrado. Cada estandarte, bordado con runas y símbolos de los dioses, ondeaba al compás de los cánticos, y cada soldado marchaba con la fe tatuada en los músculos y en el corazón. Alejandro sintió un escalofrío recorrer su columna: orgullo por la fuerza que la humanidad podía reunir… y miedo, un miedo frío que no se disiparía hasta que la oscuridad fuera derrotada.
Al otro lado del ejército, Emily avanzaba con pasos medidos y vacilantes, cada uno cargado como si transportara el peso del mundo. Su armadura reflejaba la luz de las antorchas, como si intentara sostener una esperanza que ella misma dudaba de sentir. Pero su rostro delataba la verdad: fatiga acumulada, noches sin dormir y la tensión de no saber cómo cumplir con aquello que el deber le exigía. Cada movimiento, cada respiración, estaba medido y contenido, como quien oculta un secreto capaz de cambiarlo todo. Sabía que la cruzada no podía detenerse, y aun así, en lo profundo de su pecho, cada paso hacia la oscuridad era un acto de traición hacia aquello que amaba.
Cuando el ejército ingresó al territorio del Ducado, la oscuridad los envolvió como un manto denso, absorbiendo toda luz. Pronto, ni siquiera podían distinguir sus propias manos. Un sacerdote del Templo del Fuego se adelantó, encendiendo antorchas y elevando su voz por encima del estruendo de tambores y cánticos:
—¡No teman! ¡Los dioses están con nosotros!
Las palabras se clavaron en el corazón de Alejandro. Por un instante, sintió que no solo lo señalaban como combatiente, sino como el elegido, el protector destinado a enfrentar la oscuridad que se avecinaba. Apretó los dientes. Por primera vez desde la muerte de su familia, sintió que el fuego divino lo acompañaba, no solo como promesa de poder, sino como recordatorio de su deber. Pero debajo de la armadura, bajo la certeza de su rol de protector, se agitaba algo más oscuro: la venganza. Cada músculo de su cuerpo recordaba el dolor de perder a sus padres, la impotencia de verlos desaparecer bajo la mano de los Douglas.
Un temblor recorrió el suelo cuando los primeros soldados cruzaron el límite del Ducado. Pero pronto el avance se detuvo: la oscuridad era tan intensa que nada podían ver. Los héroes tuvieron que reunirse y coordinarse. Emily levantó una mano, y un halo de luz se desplegó sobre los soldados más cercanos. La oscuridad pareció retroceder unos pasos, suficiente para que los héroes avanzaran hacia el frente.
El primer enfrentamiento estaba por comenzar. El silencio era más amenazador que cualquier grito de guerra; era la prueba de todo lo que los Fieles y los héroes habían construido. El viento traía consigo aromas de pólvora, maná y fe, mezclados con un extraño olor a tierra húmeda y sombra que Alejandro no había percibido jamás. Cada paso hacia el interior del Ducado parecía un desafío: las hojas crujían bajo sus pies, los árboles parecían observarlos, y en la penumbra de los bosques, la magia de la noche se concentraba, acechando, lista para devorar la luz.
“Masacre en la Oscuridad”
El sol brillaba alto, pero en el Ducado la luz parecía extinguida. La tierra y los bosques respiraban con vida propia, oscura, silenciosa, y cada paso de los cruzados se hundía en un manto de penumbra que absorbía sonido y esperanza. Noventa y cinco mil hombres avanzaban hacia el corazón del Ducado, armaduras apagadas por la sombra, estandartes ondeando con fe y juramento, ignorantes de que la noche ya los había atrapado.
El primer límite fue cruzado y la tierra tembló bajo sus botas. Las piernas que antes marchaban con determinación se volvieron de plomo; la respiración se hacía pesada, y el maná se espesaba como barro helado en sus venas. Soldados caían de rodillas, tropezando entre sus compañeros, gritos apagados por la oscuridad. Órdenes perdidas, banderas caídas, cadenas de mando rotas: el caos reinaba.
Desde las sombras surgieron los Douglas, cinco mil liderados por Lusian, moviéndose como un enjambre letal. Flechas se desvanecían en la penumbra antes de tocar el suelo; cuchillas cortaban con un suspiro.
Alejandro Marchen bloqueó un tajo que buscaba su cuello y respondió con un corte preciso, derribando al Douglas antes de que pudiera reaccionar. La sangre se mezcló con barro y hojas húmedas. A su alrededor, los gritos de compañeros heridos se entrelazaban con el estruendo de la batalla:
—¡Ayuda! ¡No puedo…!
Algunos intentaban levantar a los caídos, pero oleadas de sombras los arrastraban, absorbiendo cada destello de luz. Las antorchas apenas iluminaban contornos de muerte y desesperación.
Treinta metros más allá, Sir Edran atravesaba a cuatro enemigos en un estrecho pasillo de árboles. Su espada resplandecía, cortando la oscuridad como un rayo de justicia, mientras su respiración entrecortada mostraba la tensión de la pelea. Lyra, con ojos brillantes de maná, lanzaba rayos de luz que atravesaban las sombras, derribando Douglas que intentaban flanquearlos. Cada movimiento de ambos era preciso, calculado y agotador.
Alejandro y Leonardo avanzaban hacia el corazón de la oscuridad, sus ojos fijos en Lusian y sus fuerzas. Cada golpe era cargado de furia y propósito, derribando enemigos uno a uno mientras abrían camino. A su lado, Delora danzaba entre los adversarios envuelta en su maná oscuro; sus ataques eran fluidos y calculados, una mezcla de agresividad y estrategia que dejaba un rastro de enemigos abatidos sin descuidar su propia defensa.
Emily se movía en diagonal entre los aliados más heridos, lanzando hechizos de protección y sanación. Cada chispa de luz era un escudo, no un arma de venganza; su prioridad era salvar vidas, no matar. Su respiración temblaba, consciente de que cada conjuro consumía fuerza y esperanza, pero no podía detenerse.
Kara permanecía en la retaguardia, observando, lista para intervenir solo si era necesario. Sus movimientos eran defensivos, calculados; evaluaba la situación, protegía puntos clave y medía la lealtad de cada bando antes de actuar.
El bosque vibraba con el choque de acero, maná y gritos. Cada acción reflejaba la motivación individual de quien la ejecutaba: algunos avanzaban para destruir, otros para salvar, otros para sobrevivir… y todos sentían el peso de cada segundo en la línea de fuego.
El horror se volvió tangible: treinta mil cruzados yacían muertos entre árboles y barro, atrapados entre magia debilitante y ataques letales. Miles huían desordenados, abandonando estandartes y armas, ignorando órdenes que nadie escuchaba. Cada cuerpo caído parecía un susurro de advertencia: la oscuridad no se enfrentaba con valor; devoraba a los fuertes y a los desesperados por igual.
En las ciudades periféricas, la lucha no cesaba. Cada calle y plaza era un campo de batalla: guerreros Douglas aparecían desde ventanas y tejados, cuchillas en mano, mientras los héroes bendecidos levantaban barreras de luz y lanzaban conjuros que iluminaban la penumbra como relámpagos. Cada conjuro fallido, cada paso en falso, costaba una vida más.
Los Douglas también caían; tres mil de sus hombres no sobrevivieron al fuego concentrado de los elegidos. Sin embargo, los cruzados habían perdido muchos más hombres, muertos o huyendo, mientras la oscuridad permanecía intacta. Cada sombra caída era reemplazada por otra; cada grito apagado se convertía en eco de desesperación por toda la tierra del Ducado.
Cuando los sobrevivientes comenzaron a retroceder, exhaustos, confundidos y aterrados, la ciudad central y las seis periféricas permanecían intactas, envueltas en un manto que ni el sol podía atravesar. Los héroes bendecidos cubrieron la retirada, levantando a los heridos y lanzando hechizos de protección sobre corredores de luz que aún existían. Emily sostenía su halo con manos temblorosas, buscando un rastro de Lusian entre la oscuridad, incapaz de traicionarlo abiertamente, pero temerosa de perderlo.
La masacre había terminado, pero el Ducado seguía vivo, un ente oscuro que enseñaba a los cruzados que la luz debía ser sostenida con precisión, sacrificio y fe. Cada sombra era un centinela; cada árbol, una amenaza silenciosa; cada paso hacia adelante, una prueba de valor y resistencia. La primera emboscada había demostrado que incluso la fe más férrea se quebraba ante la astucia y la oscuridad absoluta. La guerra apenas comenzaba.
“Reunión estratégica tras la retirada del Ducado”
El grupo se reunió en un claro cercano al límite del Ducado. El barro olía a sangre y el humo de las antorchas apenas perforaba la penumbra. Cada héroe llevaba la marca de la derrota: armaduras melladas, cortes profundos, quemaduras de maná y la mirada cargada de tensión. Nadie hablaba primero; todos sabían que cualquier palabra podía encender un conflicto.
Arnos, debilitado tras enfrentarse a Lusian, se mantuvo erguido. Su aura fanática todavía imponía respeto, aunque sus movimientos eran lentos, cargados de esfuerzo. Sus ojos recorrieron a los héroes, buscando obediencia.
—Escuchen —dijo, con voz firme pero entrecortada—. No podemos permitirnos otro golpe como el de hoy. Si atacamos otra vez así, todo estará perdido.
Hubo silencio. Cada héroe miraba al otro, evaluando ego, heridas y miedo. Emily se apoyó sobre un tronco, respirando con dificultad, sus manos temblorosas cubiertas por sellos de protección. No levantó la voz, pero habló con cuidado:
—No podemos… no podemos seguir actuando como un solo cuerpo. Cada uno lidera a sus propios seguidores, y eso nos hizo vulnerables. Si volvemos a atacar así, perderemos más de lo que podemos soportar.
Kara frunció el ceño, evaluando la propuesta, sin decidirse a apoyar ni a contradecir:
—La estrategia nos mató hoy —dijo, con voz baja—. Pero… ¿a quién seguimos realmente? Cada quien parece querer marcar el camino.
Alejandro y Leonardo intercambiaron miradas tensas. Ambos querían liderar, mostrar que eran imprescindibles. Alejandro rompió el silencio:
—Si vamos a atacar otra vez, alguien debe marcar el camino. Yo puedo hacerlo. Tengo experiencia en estas tierras, y… podemos coordinar mejor si alguien con visión dirige.
Leonardo respondió con desafío:
—No subestimes lo que puedo hacer. Puedo reorganizar nuestras fuerzas, optimizar cada movimiento… necesitamos liderazgo, sí, pero no cualquiera puede tomar las decisiones.
Tamara cruzó los brazos, con los ojos brillando de fuego residual:
—Esto no es un juego de egos. Cada error nos costó hoy. Si vamos a atacar otra vez, necesitamos organización. Cada quien debe cumplir su rol y dejar de pelear por protagonismo.
Norma, con heridas recientes, sostuvo su espada débilmente vibrante con maná:
—Y aun así, algunos no confían en Arnos. ¿Cómo podemos coordinarnos si seguimos actuando como líderes individuales?
Darrel cojeaba, con los reflejos mágicos alerta:
—No hay tiempo para discusiones de egos o lealtades dudosas. Lusian y los Douglas no esperan ni titubean. Si queremos sobrevivir, debemos aceptar a Arnos como guía… aunque no estemos convencidos.
Mark, sobrevolando con su grifo y herido por la flecha, asintió con dificultad:
—Cada ataque debe estar sincronizado. La próxima emboscada puede destruirnos si no somos precisos.
Shelby golpeó su espada contra una roca con fuerza:
—¡No podemos quedarnos quietos! Lusian nos venció, pero no durará mucho si concentramos nuestro poder. ¡Debemos atacar y acabar con él!
Emily respiró hondo, midiendo cada palabra para no levantar sospechas:
—Tal vez… debemos reagruparnos, recuperar fuerzas y planear antes de lanzarnos otra vez. Si seguimos impulsivamente, no sobreviviremos. —Miró a los demás con cuidado—. No estoy diciendo que nos detengamos… solo que debemos ser prudentes.
Un silencio pesado cubrió el claro. Nadie podía contradecirla sin parecer temeroso, pero la sugerencia sembró dudas.
Arnos respiró hondo, extendió las manos y trató de imponer orden:
—Escuchen todos. La cruzada tiene un líder, y ese soy yo. No para imponer voluntad, sino para que los errores de hoy no se repitan. Emily, tu magia de protección será clave; Tamara, controla la ofensiva; Norma y Darrel, coordinen defensa y ataques precisos; Mark y Eleonor, cubran aire y flancos; Shelby, concentrarás fuego solo bajo orden. Cada acción debe estar sincronizada.
El grupo permaneció en tensión. Nadie confiaba del todo en los demás, y muchos resentían la autoridad de Arnos, pero todos comprendían la cruda verdad: sin unidad, la cruzada estaba condenada.
—Tenemos que sobrevivir hasta la próxima batalla —continuó Arnos—. Recuperaremos fuerzas, evaluaremos heridas y aprenderemos de la derrota. La oscuridad no espera. Nosotros tampoco podemos.
Los héroes asintieron con cautela, pero el gesto era más un reflejo automático que un acuerdo real. Sus ojos hablaban por ellos: agotamiento que pesaba como cadenas, miedo que se enroscaba en la garganta, rabia contenida a duras penas… y, en algún rincón de cada corazón, una chispa de determinación que se negaba a morir. Emily escondía un alivio silencioso tras su prudencia, consciente de que cualquier indicio de duda podría ser considerado herejía; Alejandro y Leonardo intercambiaban miradas cargadas de cálculo, midiendo hasta dónde podrían imponerse sin romper la frágil unidad; Kara sentía su corazón dividido, atrapada entre obedecer las órdenes divinas y seguir su propio instinto. Nadie decía nada, pero cada respiración parecía un recordatorio de lo que se habían jugado y de lo que aún estaba en juego. La guerra apenas comenzaba, y la próxima batalla no solo decidiría la suerte de la cruzada… sino quién sobreviviría para contarla.
“La Reina Demonio entra en acción”
Elizabeth percibió el temblor mucho antes de que los cruzados siquiera sospecharan su presencia. Cuando los informes sobre el Ducado llegaron a sus manos, junto con las órdenes divinas para eliminar a Lusian, su corazón no pudo permanecer en silencio. Durante siglos había obedecido rituales y dioses, sirviendo como arma desechable. Esta vez, sin embargo, todo era distinto. Su deseo no era obedecer. Su deseo era encontrarlo, y nadie —ni siquiera el mundo— la detendría.
El palacio quedó atrás, vacío y silencioso. Sus cadenas se habían roto la noche de su despertar, y la libertad ardía en su pecho como un sol negro. Su cabello absorbía la luz del alba, y su mirada brillaba con la determinación de quien no admite límites. Sabía lo que debía hacer: atraer la atención del enemigo y abrir camino hacia el Ducado antes de que Lusian pudiera ser alcanzado por los cruzados.
Desde los bordes del bosque, su aura demoníaca se extendió como un manto oscuro. Miles de criaturas sintieron el llamado: bestias feroces, espectros de fuego y sombras vivientes acudieron, obedientes a su voluntad. Sin dudarlo, Elizabeth liberó su energía sobre el ejército cruzado acampado a las afueras del Ducado.
El ataque fue un río negro. Las criaturas rompieron líneas, aplastando escudos, devorando armaduras, arrancando gritos de terror de los soldados. Flechas y lanzas eran lanzadas al azar, algunas acertaban a monstruos menores, pero la mayoría desaparecía en la oscuridad. Cada movimiento de Elizabeth dictaba la muerte con precisión letal, aunque ella permaneciera invisible, un susurro que impregnaba todo.
Un joven cruzado cayó bajo un lobo espectral; otro apenas logró alzar el escudo antes de que se astillara en su brazo. La resistencia fue breve. Aquellos que sobrevivieron huyeron, arrastrando cuerpos y armas, mientras la bruma y la penumbra devoraban su orden. La moral se quebró más rápido que las filas.
Elizabeth avanzaba con pasos silenciosos, ceremoniosos, cada instante acercándola a Lusian. Su mente se fijaba en un solo nombre, y ese pensamiento la hacía más poderosa. La ciudad parecía inclinarse ante su presencia; las sombras se alargaban, retorcidas, como si reconocieran a su dueña. Su sonrisa, apenas perceptible, era letal: nadie la vería llegar, pero todos sentirían las consecuencias.
—Lusian… —susurró entre los árboles—. Te encontraré.
El caos alcanzó su punto máximo: barro teñido de sangre, gritos que se mezclaban con rugidos, estandartes arrancados y cuerpos destrozados. Elizabeth observaba desde la distancia, llamando a más monstruos con apenas un pensamiento. Cada ataque, cada muerte, reforzaba su control, y la marea parecía imparable.
Cuando finalmente la confusión y la muerte se asentaron, el campo de batalla era un lienzo de derrota: cruzados dispersos, heridas abiertas, cadáveres entre la bruma. La cruzada había sufrido su golpe más duro. Elizabeth, serena, desapareció entre las sombras, dejando atrás el eco de su victoria y la certeza de que su único objetivo permanecía intacto: Lusian.
“La Cruzada Fracasa”
El barro absorbía cada paso de los cruzados, mezclando sangre, incienso y sudor. Los cánticos sagrados sonaban apagados, los estandartes ondeaban como fantasmas de gloria pasada, y manos temblorosas aferraban cruces y espadas bendecidas. La penumbra del Ducado devoraba la luz de las antorchas y con ella la fe de los hombres.
—¡Mantengan la fe! —gritó un sacerdote, su voz intentando imponerse sobre el caos—. ¡Los dioses nos guiarán!
El rugido de los monstruos rompió el aire. La oscuridad parecía palpitar, y los héroes bendecidos surgieron de ella como rayos en la tormenta.
Sir Edran cortaba, giraba y repelía ataques invisibles; cada enemigo abatido parecía evaporarse en sombras. Lyra, ojos brillando de maná, disparaba rayos precisos que atravesaban la penumbra, iluminando un instante los horrores que los rodeaban. Delora, envuelta en su aura oscura, desaparecía entre los monstruos, reapareciendo para salvar a un cruzado a punto de ser devorado. Tamara mantenía la ofensiva, lanzando fuego y relámpagos sobre las criaturas que amenazaban la línea; Kara bloqueaba ataques estratégicamente, su mirada evaluando cada movimiento de los aliados y enemigos.
Keitaro se teletransportaba, apareciendo y desapareciendo, desviando ataques y transportando heridos fuera del alcance de las garras y colmillos. Mark sobrevolaba el campo sobre su grifo, lanzando ataques precisos desde arriba mientras Eleonor protegía flancos y corredores con lanzas de maná. Shelby rugía, atacando sin pausa, su fanatismo chocando contra la frustración de ver a los hombres caer. Emily tejía barreras de luz que palidecían frente a la marea oscura, su agotamiento marcado en cada chispa que emanaba.
Los soldados cruzados no comprendían lo que pasaba. La marea negra los golpeaba una y otra vez. Bestias devoraban escudos, astillaban lanzas y arrastraban hombres hacia la penumbra. Intentos de reagruparse terminaban en caos; los estandartes caían, las órdenes se perdían en el ruido, y el miedo se filtraba incluso en los más devotos.
—¡No puede ser…! —gritó un joven cruzado mientras un espectro lo arrastraba—. ¡Esto no está en los libros de los santos!
Los sacerdotes corrían entre las filas, báculos y cálices alzados, pero sus plegarias se desvanecían ante la fuerza imparable de la oscuridad. Uno de ellos miró a su alrededor, dudando antes de hablar, como si el aire mismo lo cuestionara.
—¡Retrocedan! —ordenó Arnos, debilitado, rostro cubierto de barro y sudor, mientras su maná divino palpitaba débilmente—. ¡No podemos sostener la línea!
El repliegue fue un desastre: caballos relinchaban y resbalaban, filas se rompían, estandartes manchados de sangre caían al suelo. Algunos soldados miraban atrás con incredulidad; el horror no solo los golpeaba físicamente, sino que perforaba su fe.
Cada héroe tenía su propia batalla en paralelo. Delora eliminaba grupos de monstruos mientras protegía aliados; Lyra y Sir Edran abrían pasillos seguros; Tamara y Kara controlaban áreas estratégicas; Keitaro transportaba heridos, apareciendo justo a tiempo para salvar vidas; Emily sostenía halos de luz que mantenían a los supervivientes con vida. Cada ataque era perfecto, pero aislado: milagros en medio del desastre.
El corazón de los cruzados se rompía lentamente. Casi la mitad del ejercito cruzado a muerto, atrapados entre magia debilitante y emboscadas invisibles. Miles huían desordenados, abandonando armas y estandartes, ignorando órdenes que nadie escuchaba. Cada sombra parecía un centinela, cada árbol, una amenaza. La oscuridad era un enemigo que no se enfrentaba solo con fe.
Cuando el polvo, el barro y los gritos finalmente se asentaron, los sobrevivientes estaban dispersos, exhaustos, cubiertos de sangre y miedo. Los sacerdotes levantaban las manos en oración, contando los muertos, mientras el golpe de la realidad caía como un martillo: la cruzada había fracasado.
—Está… está acabado —susurró un sacerdote, la voz quebrada—. La cruzada… se cancela.
La noticia se propagó rápidamente, eco sombrío entre los supervivientes. La fuerza que los había atacado era incomprensible; imposible de derrotar solo con devoción. Los héroes habían contenido la amenaza, pero la moral del ejército religioso estaba rota. El Ducado permanecía intacto, cada sombra vigilante, recordándoles que el mundo que conocían había cambiado para siempre. La cruzada, sagrada y confiada, terminaba en humillación y derrota, marcada por miedo, incredulidad y la evidencia de que la fe no basta frente a la oscuridad absoluta.
“El descenso del Dios”
El cielo del Ducado se abrió en mil grietas de luz, como si el mundo contuviera la respiración antes del juicio final. Nubes oscuras giraban en espirales imposibles, y rayos de resplandor puro atravesaban la penumbra, iluminando los horrores que Elizabeth había desatado. La tierra tembló bajo los pies de los sobrevivientes; cada sombra pareció estremecerse, consciente de que algo más poderoso que cualquier monstruo había descendido.
Lusian alzó la mirada hacia el cielo desgarrado. La luz divina rasgaba las nubes, proyectando sombras imposibles sobre todo el Ducado, y cada grieta luminosa parecía anunciar el juicio de los dioses. Pero, pese a aquel espectáculo celestial, su atención se desvió hacia algo mucho más cercano.
Entre la bruma que devoraba los restos del campo de batalla, percibió un movimiento familiar: una silueta que su corazón reconoció antes que sus ojos. Elizabeth.
Su voz surgió entre el rugido distante de la guerra, suave pero inconfundible. Era ella —la mujer que había amado más allá de cualquier límite— avanzando hacia él desde la penumbra.
Había algo distinto en ella, algo que no podía definir. Pero en ese instante no importaba. Lusian la vio entre la bruma y los cuerpos dispersos, y sin dudarlo, la abrazó con todas sus fuerzas, protegiéndola de la marea de oscuridad que los rodeaba.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, la preocupación marcada en cada palabra—. Podrías haberte lastimado… deberías regresar al palacio; de allí te enviarán a la capital.
Elizabeth sonrió, un gesto cargado de peligro y promesas, con un dejo de coquetería:
—No… no me iré —dijo, firme y decidida—. Esto es lo que esperaba.
Por un instante, el mundo se detuvo: la guerra rugía a su alrededor, la oscuridad se debatía con la luz del dios descendido, pero allí, entre ellos, existía un refugio de certeza y deseo. Ningún caos, ningún enemigo, ninguna marea de muerte podía borrar lo que se habían prometido, aunque fuera solo con la mirada.
Elizabeth presionó su frente contra la de Lusian. Sus ojos, oscuros como la noche y brillantes como el fuego, lo desafiaban y seducían al mismo tiempo.
—¿Crees que dejaría que te lastimaran, tonto? —dijo, su voz un filo entre juego y amenaza—. Es peligroso… te enviaré de regreso. No sé cuándo volverán a atacar.
Lusian se rascó la cabeza, incómodo. Conocía demasiado bien la determinación de aquella princesa. Suspiró y, con mezcla de resignación y cariño, dijo:
—Quédate cerca de mí.
Elizabeth se acercó con paso firme, segura de no apartarse de su lado, ni siquiera en medio del caos. Sonrió, la misma confianza que siempre lo desarmaba, y respondió firme:
—No me moveré de tu lado.
Permanecieron juntos, mientras el cielo se rasgaba en grietas de luz. Lusian apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento antes de que una energía colosal descendiera sobre el Ducado: Velyrion había llegado.
Los sobrevivientes cruzados, exhaustos y al borde del colapso, alzaron la vista. Un silencio inusitado cubrió el campo; parecía que todo estaba perdido.
La bruma se curvaba, los árboles se retorcían… y entonces, él apareció.
Un resplandor atravesó la penumbra. Velyrion descendía desde las alturas, y la bruma se curvó ante su presencia; los árboles parecían inclinarse como testigos temerosos. Las ondas de maná que emanaban de él rasgaron la oscuridad y se mezclaron con los gritos de los cruzados y el rugido de las criaturas, produciendo un estruendo que no pertenecía a este mundo.
El aire vibraba con un equilibrio imposible entre luz y sombra. Los cruzados, agotados y al borde del colapso, alzaron la vista justo cuando la energía divina los alcanzó. Una oleada cálida los recorrió como fuego sagrado: las heridas se cerraron, la fatiga se desvaneció, y la fe, antes rota, volvió a encenderse como un sol en sus pechos.
—¡No cedan! La fe no se quiebra ante la oscuridad. ¡Recuerden por qué luchan! —su voz atravesó los corazones y los bosques, encendiendo la determinación de los soldados.
Mientras el ejército se reorganizaba, un vacío surgió en la bruma. La oscuridad se condensó en un ser colosal cuya aura devoraba la luz. Kheris, el antiguo Dios de la Oscuridad, expulsado del Mundo Celestial hacía eones, emergía ante ellos.
Velyrion se detuvo. La figura que surgía de la niebla no debía existir. Su sorpresa fue total.
—Viejo amigo… —dijo Kheris, con voz de hierro arrastrado sobre piedra.
El Oráculo lo observó como quien contempla un cadáver que nunca debió levantarse.
—Kheris… —respondió, tenso—. Pensé que eras historia.
La tierra vibró bajo el peso de sus presencias. La bruma se rasgó, y las ondas de maná —una de luz pura, otra de sombra antigua— chocaron, retorciendo el aire, los árboles y el suelo. Los cruzados apenas podían comprenderlo: no era un encuentro, era un ajuste de cuentas milenario.
—Me expulsaste con mentiras —dijo Kheris, sus ojos ardiendo con siglos de traición—. Visiones falsificadas. Profecías moldeadas a tu antojo… todo para abrir paso a tu nueva diosa.
La luz de Velyrion tembló, vacilante.
—El equilibrio debía mantenerse —replicó, aunque su voz sonaba menos firme—. Tu caída era necesaria… para proteger el mundo.
—¿Proteger…? —escupió Kheris, con desprecio.
Algo cambió en el Oráculo. Su voz dejó de ser divina, se volvió humana: herida y temerosa.
—¿Fuiste tú…? —preguntó, con un temblor que retumbó como trueno sofocado—. ¿Trajiste ese error a este mundo?
Kheris sonrió, un gesto mínimo y helado, ajeno a toda humanidad.
—Ah, el “error”… —susurró—. Lusian. El mortal que jamás debió existir.
Fragmentos de luz se quebraron alrededor de Velyrion, llameando como vidrios sagrados.
—¡Lo arrancaste de otro mundo! —rugió, entre rabia y miedo—. ¡Un alma fuera del Libro del Destino!
La risa de Kheris no existió en el aire: era un vacío que devoraba sonido, calor y esperanza.
—Exacto —dijo mientras avanzaba—. Un ser sin destino. Un número que tu mirada no alcanza. Gracias a él, tu libro sangra… y tú, Velyrion, el eterno Oráculo, ya no ves nada.
El dios se tensó como si cada palabra le hiriera físicamente. Los cruzados sintieron el golpe en sus almas: sus creencias, sus dioses y su guerra eran reescritos frente a ellos.
Kheris no venía a destruir ni a salvar a la humanidad. Venía por un solo propósito: forzar la caída del dios que lo traicionó.
—¡No permitiré que manipules a los mortales! —estalló Velyrion.
El choque entre luz y sombra iluminó el cielo. Los rayos de maná y la sombra se retorcían con violencia, y los cruzados, testigos de la verdadera divinidad, alzaron sus armas con renovada determinación. La guerra ya no era solo una cruzada; era el enfrentamiento de voluntades divinas, y la humanidad estaba en medio.
“la Guerra Total”
Velyrion alzó la voz, resonante como trueno sobre los sobrevivientes cruzados:
—¡Avancen! ¡Lusian no debe escapar! ¡El Ducado caerá y los errores del destino serán corregidos!
La sola presencia del dios incendió a los soldados. Las armaduras vibraban, los estandartes parecían arder, y cada cruzado sintió que su historia se reescribía con fuego y luz. Avanzaron, no como hombres, sino como sentencia divina.
En el cielo, el duelo entre Velyrion y Kheris alcanzaba su clímax. La tierra tembló; ríos enteros ascendieron como serpientes líquidas hacia las nubes, montañas quedaron suspendidas en el aire como colmillos de piedra, y relámpagos de luz pura chocaron contra oleadas de sombra, fragmentando el aire. El mundo mismo parecía doblarse bajo la ira de los dioses.
Aun así, bajo el cataclismo, los cruzados marchaban sobre el Ducado.
Lusian había reunido a los suyos: un ejército endurecido, moldeado por la oscuridad y por el deber. Superados tres a uno, los Douglas se movían como una sola criatura: formaciones precisas, flancos cubiertos, arqueros y magos emboscando desde humo y sombra.
—¡No dejéis que nos sobrepasen! —rugió Lusian, espada en alto, el estandarte Douglas ondeando entre la bruma—. ¡Si caéis, que sea defendiendo este suelo! ¡Ni un invasor más!
El choque fue inmediato: acero contra acero, gritos ahogados en cada onda de maná que descendía desde el cielo. Flechas llameantes y descargas de energía surcaban el aire, reflejando el caos del enfrentamiento divino.
Tamara lideraba la ofensiva cruzada, vomitando fuego y relámpagos sobre la defensa. Delora caía como una sombra silenciosa entre los árboles, cortando gargantas antes de que las alarmas se levantaran. Emily, envuelta en halos de luz, sostenía a los heridos; Sir Edran y Lyra abrían brechas con fuerza implacable, permitiendo que las filas cruzadas penetraran más y más en el Ducado.
Pero los Douglas no cedían un palmo.
Cada Douglas caído era reemplazado por otro que conocía cada raíz del bosque, cada callejón del Ducado, cada emboscada premeditada durante años. Sus defensas eran un ballet calculado: anticipaban rutas, levantaban barreras de sombras, sacrificaban lo justo para proteger lo irremplazable.
El campo entero vibraba con la colisión de voluntades. La gravedad fluctuaba, las hojas temblaban como si fueran de vidrio, y el cielo se rasgaba en colores imposibles… como si el mundo imitara a los dioses.
—¡Adelante! —rugió Velyrion, su voz extendiéndose como un trueno eterno—. ¡Nada los detendrá!
Los cruzados avanzaron como una muralla iluminada, escudos reluciendo bajo su bendición.
Kara sostenía la línea frontal, deteniendo golpes con el cuerpo, soportando impactos que habrían aplastado a otro soldado.
—¡Empujen! ¡Cubran al de la izquierda! —gritaba, retrocediendo paso a paso, protegiendo más que atacando.
Keitaro aparecía y desaparecía en destellos breves, cargando hombres heridos sobre sus hombros, transportándolos fuera del fuego cruzado. No alzaba espada: solo salvaba vidas, reescribiendo el mapa del combate con cada rescate.
Un estandarte Douglas cayó; un joven cubierto de barro y sangre lo alzó de nuevo con un grito desgarrado:
—¡Este es nuestro hogar!
Alejandro levantó un muro de fuego, separando a los cruzados que avanzaban demasiado rápido de la línea de defensa Douglas, evitando una masacre inmediata.
Lyra lanzó un rayo al cielo —no contra los Douglas, sino para iluminar el caos. Por un instante reveló la silueta de los dioses encadenando manás opuestos.
Sir Edran empujó con fuerza brutal, su espada trazando semicírculos que obligaban a los Douglas a retroceder, no a morir.
—¡Retiren a los heridos! ¡Hagan espacio!
Emily, temblando, levantó una barrera de luz sobre un grupo de soldados a punto de caer. No podía respirar. No podía mirar a Lusian. Temía que él la viera ayudando al bando equivocado.
La barrera salvó a veinte hombres.
Luego, ella cayó de rodillas, llorando, no por dolor, sino por miedo.
Los Douglas cerraron filas. Resistían. Contra los cruzados, contra su dios enemigo, contra el destino que los quería borrados.
Y sobre ellos, como si el cielo estuviera a punto de romperse…
Velyrion y Kheris chocaron otra vez.
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