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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 5

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5: Capítulo 5 torneo de caza 5: Capítulo 5 torneo de caza “Semana de entrenamiento intenso” Durante la semana siguiente, Lusian mantuvo su rutina de entrenamiento junto al anciano Albert, quien no mostraba piedad alguna.

Más peso, más repeticiones, más precisión en cada golpe de espada; cada sesión de meditación y canalización de mana se sentía como un fuego que quemaba hasta los huesos.

El sudor y la concentración se mezclaban, y aun así, los resultados eran visibles.

El flujo interno de mana de Lusian aumentaba lentamente, apenas un hilo de energía más denso que la semana anterior, pero estable.

Albert lo observaba con la satisfacción contenida de quien ha visto avanzar a un discípulo.

—Tu control ha mejorado —dijo una mañana, mientras medían la concentración de energía en una esfera de cristal—.

Si mantienes este ritmo, pronto alcanzarás el umbral de los Lords.

Lusian asintió, consciente de que el poder no dependía solo del entrenamiento.

En este mundo, la fuerza también se comía.

Cada bocado podía reforzar el núcleo de mana, o dejarlo estancado.

El mana, la energía vital que fluía en todos los seres vivos, podía ser absorbido de múltiples formas.

Las criaturas mágicas, los frutos que crecían en tierras bendecidas y los minerales nacidos de la tierra encantada contenían fragmentos concentrados de esa fuerza.

Consumirlos no era un simple placer: era un acto de supervivencia, una manera de alimentarse del mundo y convertirlo en poder propio.

La carne de monstruo de alto rango, jugosa y cargada de mana, era un tesoro que los nobles devoraban con solemnidad.

Las plantas exóticas, delicadas y efímeras, se desvanecían en minutos si se sacaban de su hábitat.

Los líquidos y frutos de tierras mágicas podían transformarse en sopas y vinos que reforzaban el cuerpo y el espíritu, pero solo los pudientes podían pagarlos.

Lusian había aprendido esto conversando con Albert.

La mayoría de la población sobrevivía con carne común y hierbas insípidas, incapaz de acceder a la energía pura que los nobles derrochaban en sus mesas.

Los banquetes del ducado eran rituales de poder: cortes de bestias encantadas, sopas que brillaban con la luz del mana y frutas que destellaban bajo la luna.

Cada comida reforzaba cuerpo y espíritu, como si la propia energía del mundo fluyera hacia los afortunados.

Era un sistema brutalmente injusto, pero eficiente.

Lusian lo comprendió mientras sostenía un trozo de carne recién preparado, caliente y brillante bajo la luz de la cocina: no bastaba con entrenar; había que devorar el poder mismo del mundo para convertirse en algo más que un simple aprendiz.

Comer era un privilegio.

Comer era crecer.

Comer era, en definitiva, sobrevivir.

Mientras masticaba lentamente, Lusian cerró los ojos y respiró hondo.

Su mente no solo absorbía nutrientes: absorbía reglas, estrategias, posibilidades.

En un mundo así, cada decisión, cada movimiento, cada bocado podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte, entre el dominio y la irrelevancia.

Y Lusian sabía que no estaba dispuesto a quedarse atrás.

Una tarde, tras el agotador entrenamiento, Lusian se reclinaba en el jardín mientras Umber, el lobo negro, dormía plácidamente a su lado.

El aire olía a tierra húmeda y flores recién abiertas; por primera vez en días, una calma inesperada se instalaba en su pecho.

Sofía apareció poco después, moviéndose con esa elegancia natural que parecía rodearla de luz.

Saludó a Lusian con un beso en la mejilla y se sentó junto a él, sosteniendo un sobre sellado con cera dorada.

—Una carta del palacio —dijo, su voz suave como un susurro entre las hojas—.

Lusian examinó el sello: el emblema real del Reino de Aldarion brillaba bajo la luz del sol.—¿Qué es esto?

—preguntó, curioso.

—Una invitación —respondió Sofía, apenas esbozando una sonrisa—.

Para el torneo de caza real.

Marca el inicio del año académico en la academia.

Todos los herederos de las casas principales están invitados.

Lusian arqueó una ceja.—¿Y realmente tengo que ir?

Sofía soltó una breve risa y, casi sin pensar, le dio un pellizco en la mejilla; un gesto que ya se había vuelto habitual entre ellos.

Lusian, sorprendentemente, lo disfrutaba.

Ese afecto, aunque no era hijo suyo, le recordaba que no estaba completamente solo.

—Es importante que asistas —dijo Sofía, acariciándole la barbilla—.

El torneo no es solo una competencia: es política, alianzas, prestigio.

—Podríamos decir que estoy enfermo —intentó él con tono bromista—.

Tos de duque, ¿no?

Ella negó con paciencia y determinación.—No es una opción.

En tres días, por la mañana, te llevaré al bosque Cymopelia.

Allí formaremos el grupo que te acompañará.

El nombre del bosque le recorrió un escalofrío.

Cymopelia: pantanos traicioneros, follaje denso y enjambres de bestias insectoides.

Recordó con vergüenza la pesadilla que había sido el tutorial del juego, donde morir 1,372 veces antes de descubrir el punto débil del jefe del bosque fue solo el principio de un ciclo de frustración y dolor.

Sofía percibió la sombra en su gesto y puso una mano sobre su brazo.—¿Estás bien?

—Sí —mintió él, enderezando la postura—.

Solo recordaba algo del bosque.

Ella asintió, pero añadió con voz práctica:—No irás solo.

Cada casa puede presentar tres representantes; cada representante va con un grupo de quince guerreros.

Además, tendrás a Thunder y Umber contigo.

—¿Está permitido llevar bestias mágicas?

—preguntó, sorprendido.

—No hay regla que lo impida —respondió Sofía, firme—.

Y no consentiría que nadie se quejara.

Nadie se atreverá.

Aun así, la seguridad de su voz no calmó del todo a Lusian.

Cuando Sofía se marchó, quedó solo con sus pensamientos.

Las imágenes del tutorial volvieron en oleadas: el torneo había sido el primer eslabón de una cadena que terminó con el asesinato del príncipe heredero y una cascada de tragedias.

Su estómago se apretó; las manos comenzaron a sudar.

No por la competición, sino por lo que podría desencadenarse.

Entre esos recuerdos emergió otra idea: la familia Denisse.

En su memoria de jugador, los Denisse eran hilos de traición y poder del imperio.

Un pensamiento frío y utilitario se formó en su mente: si lograba minar a los Denisse, podría cortar una de las principales fuentes de apoyo imperial.

Peligroso, sí.

Pero tentador.

“Reglas del torneo” Al llegar el día del torneo, Lusian no descendió de un carruaje como la mayoría de los nobles.

Montaba a Thunder, su majestuosa bestia mágica de pelaje blanco con reflejos plateados.

A su lado trotaba Umber, el lobo negro que nunca se separaba de él.

La entrada fue tan imponente que el bullicio se detuvo por un instante.

Las miradas se clavaron en él y los murmullos se extendieron como olas; no era habitual ver a alguien tan joven cabalgar una criatura mítica con tanta seguridad.

El bosque Cymopelia se extendía al norte de Acrópolis como un manto de niebla y ramas retorcidas.

En sus límites, se alzaban pabellones y carpas con los estandartes de las casas nobles.

Era un evento grandioso: el torneo de caza real, organizado anualmente por el rey Felipe.

Durante cinco días, los participantes ingresarían al bosque para cazar criaturas salvajes y bestias mágicas.

Quien recolectara la mayor cantidad de núcleos de mana de clase alta se ganaría el prestigio y la gloria de su casa.

Los nobles de todas las categorías se habían reunido: desde los representantes de las trece familias más poderosas del reino hasta barones y caballeros menores.

El aire estaba cargado de tensión, orgullo y ambición.

Mientras avanzaba hacia el sector asignado a la Casa Douglas, Lusian notó cómo los demás participantes se apartaban a su paso.

Algunos inclinaban la cabeza; otros lo observaban con mezcla de respeto y envidia.

Las conversaciones se tornaban susurros.

Su armadura negra, de diseño elegante con bordes dorados, reflejaba la luz del sol matutino.

Era un artefacto mágico de nivel mítico, una reliquia familiar que solo los herederos directos podían portar.

Tener uno de nivel mítico era un privilegio al alcance de muy pocos, y para Lusian, más que un símbolo de poder, era una carga.

La atención que atraía lo incomodaba profundamente.

A lo lejos, entre las filas de caballeros y nobles reunidos, vio a su padre, el duque Laurence Douglas, conversando con el rey Felipe y otros duques.

A su lado estaba Caleb, su hermano mayor, con una armadura azul adornada con el escudo familiar.

Ambos notaron la llegada de Lusian.

Laurence frunció apenas el ceño.

Aunque su expresión se mantenía serena, la rigidez de su postura delataba desagrado.

Caleb, en cambio, lo observaba con una sonrisa fría, casi burlona.—Llegas haciendo un gran espectáculo, como siempre —dijo Caleb cuando Lusian estuvo lo bastante cerca.—Y tú, como siempre, escondido detrás de las palabras —respondió Lusian sin mirarlo.

El ambiente se volvió tenso.

Incluso los caballeros que acompañaban a los hermanos intercambiaron miradas incómodas.

Laurence intervino con voz firme:—Basta.

Estamos en presencia de la realeza —dijo, deteniendo su mirada en Lusian—.

No estamos aquí para discutir, sino para demostrar la fuerza de nuestra casa.

Lusian inclinó ligeramente la cabeza, más por formalidad que por respeto.

Sabía que su relación con su padre era una fachada mantenida solo por conveniencia política.

Laurence nunca lo había considerado realmente su hijo, y Caleb jamás ocultaba su resentimiento.

En el fondo, Lusian sospechaba que ambos lo veían como una molestia demasiado protegida por Sofía.

Aun así, el contraste entre los tres era evidente.

Laurence proyectaba autoridad y nobleza; Caleb, arrogancia y control; y Lusian, una presencia fría y serena que imponía respeto sin necesidad de alzar la voz.

Cuando Sofía apareció en el área de espectadores, todas las atenciones se desviaron hacia ella.

La duquesa Douglas era imposible de ignorar: elegante, altiva y acompañada por su león mágico, una criatura colosal cuyo rugido silenciaba cualquier conversación.

Su mirada se cruzó con la de Lusian, y él percibió un leve gesto de orgullo en su rostro.

El sonido de trompetas doradas marcó el inicio de la ceremonia.

El rey Felipe subió al estrado, acompañado por el príncipe Andrew Erkhan, representante de la familia real.

Detrás de ellos se alineaban los representantes de las casas más influyentes: los duques Bourlande y Sneider, y los condes Armett, Kessler, Macllister, Stanley, Briggs, Mondring, Denisse, Carter y Brown.

El aire vibraba de expectación.

Cada noble, cada guerrero, cada bestia mágica parecía contener la respiración antes de que el bosque abriera sus puertas y comenzara la caza.

Lusian respiró hondo, consciente de que el torneo no sería solo una prueba de habilidad…

sino un tablero donde alianzas, secretos y traiciones se movían bajo la mirada del rey.

Lusian sintió un escalofrío recorrerle la espalda al ver al conde Denisse entre los presentes.

Recordó el incidente con el barón Joel y cómo su ejecución había sacudido la capital.

En silencio, se preguntó qué rostro ocultaba el conde tras esa máscara de cortesía.

Mientras el rey pronunciaba su discurso de apertura, Lusian volvió la vista hacia el bosque Cymopelia.

Una brisa helada le rozó el rostro.

Aquel lugar, cubierto por neblina y árboles retorcidos, no era solo un escenario de cacería: era el inicio de algo mucho más oscuro.

Él lo sabía.

En el juego, este torneo había marcado la primera tragedia: el asesinato del príncipe Andrew y la caída en desgracia del reino Erkhan.

El corazón de Lusian comenzó a latir con fuerza bajo la armadura.

No sabía si el destino seguiría el mismo curso, pero una cosa era segura: esta vez, no sería un mero espectador.

Luego de los saludos honorarios de la nobleza, el portavoz del rey subió al estrado central.

Su voz resonó con firmeza sobre el murmullo expectante de la multitud.

—Por orden de Su Majestad, el torneo de caza real da comienzo —anunció—.

Escuchen con atención las reglas del evento, pues su cumplimiento será vigilado rigurosamente.

Un silencio solemne se extendió por el lugar.

—Primero —continuó—, el torneo tendrá una duración de cinco días.

Al caer el sol del quinto día, se dará por concluido.

Quien no haya regresado a tiempo quedará descalificado, sin excepción.

Algunas miradas se cruzaron con inquietud.

El bosque Cymopelia no era un lugar amable para quienes se perdían entre su neblina.

—Segundo, todos los participantes deberán utilizar el dispositivo de almacenamiento espacial proporcionado por la familia real.

Ningún otro artefacto será permitido.

Las presas deberán conservar señales de haber sido cazadas dentro del periodo válido.

El conde Macllister, en colaboración con un mago espacial, supervisará personalmente la verificación de las piezas recolectadas.

—Tercero, el sistema de calificación otorgará puntos según la clase de los enemigos cazados.

El portavoz alzó un pergamino y comenzó a leer con tono solemne: Clases de Monstruos A: 1000 puntos B: 500 puntos C: 200 puntos D: 50 puntos E: 20 puntos F: 10 puntos Clases de Bestias Mágicas Omega: 5000 puntos Épsilon: 2000 puntos Delta: 1000 puntos Gamma: 500 puntos Beta: 200 puntos Alpha: 100 puntos Lusian absorbió cada palabra.

En este mundo, las criaturas se dividían en dos grandes categorías: Los monstruos eran seres salvajes, nacidos del exceso de mana en la naturaleza.

Aunque peligrosos, su poder era limitado y su energía inestable.Las bestias mágicas, en cambio, eran criaturas conscientes, dotadas de núcleos de mana puros y estructuras mágicas complejas.

Algunas podían incluso comprender el lenguaje humano y formar vínculos con los guerreros.

Por esa razón, cazar una bestia mágica otorgaba mucho más prestigio —y mana— que derrotar a un simple monstruo.

—Finalmente, queda estrictamente prohibido entablar combate entre los participantes.

Este es un torneo de caza, no una guerra entre casas —concluyó el portavoz.

Una oleada de murmullos se extendió entre los nobles, mezclando emoción y nerviosismo.

Lusian permaneció en silencio, observando a su alrededor.

Sabía que, más allá de los premios y el prestigio, lo que realmente movía a las familias era el mana, y que cada movimiento dentro del bosque podría cambiar no solo la posición de una casa, sino la del reino entero.

En este mundo, el crecimiento personal no dependía de simples entrenamientos o rituales, sino de la alimentación.

Las criaturas y plantas del bosque absorbían el mana del entorno, y al consumir su carne o esencia, los cazadores podían fortalecer su cuerpo y expandir su núcleo mágico.

Cuanto mayor era el nivel de la presa, mayor el beneficio.

Por eso, los torneos de caza no eran solo competiciones: eran verdaderas batallas por poder, evolución y supervivencia.

De repente, entre la neblina del bosque y el murmullo de los participantes, una figura conocida apareció a la distancia: Emily.

Caminaba con paso firme, con su armadura ligera que brillaba bajo los primeros rayos del sol.

Su presencia, aunque elegante, tenía un aire de determinación.

Al acercarse, inclinó ligeramente la cabeza en saludo antes de alzar la vista y sonreír tímidamente.

—¿También vas a participar?

—preguntó Lusian, sorprendido de verla allí.

—Sí —respondió ella con una sonrisa leve—.

Es mejor estar activa en el evento que quedarme en el campamento.

Últimamente…

nadie parece querer mi compañía.

Lusian notó la incomodidad en su tono.

No necesitó preguntar para entenderlo.

Desde el incidente con el barón Joel, Emily se había convertido en un tema incómodo entre las familias nobles.

Muchos la evitaban, temerosos de ofender a los Douglas o de verse involucrados con alguien asociado a una ejecución tan pública.

A eso se sumaba su compromiso con Lusian, que la hacía aún más inaccesible para los jóvenes de la nobleza, quienes la miraban con recelo o envidia.

—Así que prefieres cazar monstruos antes que aguantar miradas —comentó Lusian con una sonrisa comprensiva.

Emily asintió, algo avergonzada.—Supongo que sí.

Al menos en el bosque no tengo que preocuparme por lo que murmuran de mí.

—Ten cuidado y no te alejes de tu grupo —advirtió Lusian con tono protector.

Emily lo miró, sorprendida por su preocupación.—¿Te preocupas por mí, señor Lusian?

—Solo llámame Lusian —respondió él con una sonrisa genuina—.

Y sí…

me preocupo por ti.

Emily bajó la mirada, sonrojada.—Gracias, Lusian.

Prometo tener cuidado.

Tú también cuídate, ¿sí?

Lusian asintió antes de subir a su montura.

Ella lo observó marcharse, sintiendo por primera vez en días que alguien la veía más allá de los rumores y el miedo.

Después de separarse de ella, Lusian montó de nuevo a Thunder, ajustando las riendas.

Umber caminaba a su lado, olfateando el aire húmedo del bosque.

Se reunió con su grupo, liderado por Albert, un magister experimentado de mirada tranquila y voz autoritaria.

El grupo constaba de dieciséis miembros: 1 de clase Lord-Delta: Charles Grell 4 de clase Lord-Gamma 3 de clase Lord-Beta 4 de clase Lord-Alpha 2 de clase Lord 1 Magister-Gamma: Albert (líder) Lusian, de clase Legionario-Delta Albert, montando una bestia alada menor, se volvió hacia ellos y habló con tono estratégico:—Escuchen.

El bosque Cymopelia está lleno de criaturas tipo insecto.

Evitaremos las colonias y nos centraremos en cazas individuales.

Buscamos calidad, no cantidad.

No desperdicien energía en presas de bajo nivel.

El grupo asintió con firmeza.

Lusian, por su parte, activó discretamente un vínculo mental con Umber, enviándolo en busca del príncipe Andrew.

Si la historia seguía su curso como en el juego, Andrew moriría aquí.”Si logro salvarlo, me deberá un favor.

Y ese favor podría cambiar el futuro”, pensó Lusian.

Las horas transcurrieron con cautela.

Durante las dos primeras, solo cazaron pequeños monstruos de clase D.

Era una caza rutinaria, sin sobresaltos, hasta que un temblor sacudió la tierra.

Del pantano emergió una figura colosal: un escorpión gigante, de caparazón oscuro y ojos rojos como brasas.

Su aguijón goteaba veneno, y cada uno de sus pasos hacía vibrar el suelo.

Albert alzó la mano.—¡Todos atrás!

¡Esa cosa es clase B!

—advirtió con voz grave.

Lusian sonrió levemente, con un brillo en los ojos que mezclaba emoción y cálculo.”Perfecto…

justo lo que necesitaba.” “El Escorpión de Sombras” Ante la orden de Albert, todos se pusieron en alerta.

Las armas se iluminaron con destellos de maná mientras los caballeros adoptaban posiciones defensivas, cuidando de no acercarse demasiado al aguijón del escorpión.

Aquella criatura, del tamaño de una carreta, levantó su cola negra y afilada, y un chillido grave reverberó en todo el claro del bosque.

Albert fue el primero en actuar.—¡Formación de contención!

¡Eviten el veneno!

—ordenó con firmeza.

Los caballeros se desplazaron con disciplina, rodeando al monstruo.

Lusian permaneció unos metros atrás, montado sobre Thunder, su imponente corcel mágico.

La melena plateada del animal se erizaba con destellos eléctricos que crepitaban en el aire como pequeños relámpagos.

Thunder era una bestia mágica de afinidad rayo, una de las más raras de su tipo.

Su poder residía en la capacidad de liberar descargas en área, capaces de paralizar a sus enemigos y reducirlos a cenizas.

Sin embargo, a diferencia de cualquier jinete ordinario, Lusian no sufría los efectos del rayo.

Esto era posible gracias a un vínculo mágico de protección que Sofía había establecido entre ambos; un hechizo antiguo de sincronía elemental que permitía que el maná de Thunder reconociera a Lusian como parte de sí mismo.

Albert lanzó un hechizo de fuego, golpeando al escorpión de lleno.

El cuerpo del monstruo se cubrió instantáneamente con una capa oscura: su defensa sombría.

Lusian lo reconoció al instante; había visto ese patrón de ataque incontables veces en el juego.

“Clase B.

Afinidad oscuridad.

Combo de cola triple, defensa activa tras impacto elemental…

esto va a doler.” El escorpión se alzó, lanzando una onda expansiva que hizo retroceder a los caballeros.

Lusian sonrió levemente y murmuró:—Tu turno, Thunder.

Con un relincho atronador, Thunder avanzó a toda velocidad.

El suelo se partía bajo sus cascos mientras su cuerpo se envolvía en una tormenta azulada.

Las descargas eléctricas bañaron el terreno, chamuscando el aire a su paso.

El impacto fue tan poderoso que incluso las hojas de los árboles cercanos se encendieron en pequeños destellos de fuego azul.

Lusian y Thunder se deslizaron bajo la cola del escorpión.

Un rayo masivo impactó directamente sobre el abdomen de la criatura, dejándola paralizada por completo.

En ese instante, los caballeros aprovecharon para atacar desde los flancos.

Albert lanzó otra ráfaga de fuego, y las espadas imbuidas en maná cortaron una de las tenazas del monstruo.

El escorpión rugió, alzando su aguijón ennegrecido, pero Thunder ya se había lanzado de nuevo, descargando otra onda de electricidad que lo sacudió violentamente.

Albert se adelantó con un grito, su espada envuelta en llamas, y cortó el aguijón de un solo golpe.

Los demás caballeros cerraron el cerco, combinando ataques físicos y mágicos hasta que la criatura cayó con un estruendo, su cuerpo temblando por las descargas residuales.

Un silencio denso cubrió el lugar.

Albert exhaló con alivio, limpiando su espada.—Clase B, escorpión de sombras.

Quinientos puntos —dijo con tono firme mientras uno de los caballeros sellaba el cadáver dentro del dispositivo de almacenamiento espacial.

Lusian permaneció quieto sobre Thunder, observando los restos humeantes.

Podía sentir el maná condensado que emanaba del cuerpo del monstruo.

En este mundo, ese maná impregnaba la carne, los órganos y la sangre de las criaturas mágicas, convirtiéndolos en fuentes vivas de poder.

Era así como los humanos podían fortalecerse: alimentándose de la esencia del maná que residía en los seres más poderosos.

Thunder resopló suavemente, y Lusian acarició su cuello.—Buen trabajo, amigo.

Las chispas aún crepitaban sobre su piel, pero ni una sola lo tocó; el vínculo que compartían lo protegía por completo.

Albert se acercó y le dirigió una mirada aprobatoria.—Una ejecución perfecta, joven maestro.

Sin su ataque, varios habríamos caído.

Lusian asintió en silencio, pero su mente estaba en otra parte.

“Un escorpión de clase B tan cerca del borde del bosque…

algo no encaja.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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