GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 50
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Capítulo 50: Capítulo 50 La Cacería de Héroes
“Arnos, el Primer Héroe Caído”
El aire temblaba en el campo de batalla. La tierra olía a hierro y a polvo levantado por miles de pisadas. Entre cadáveres y cascos rotos, Arnos se levantó como una montaña que se rehúsa a caer. El coloso de la Tierra respiraba con furia animal, su armadura dorada rajada y manchada, su espada brillando aún como una reliquia sagrada en medio de tanta sangre.
A sus pies, un joven soldado Douglas intentaba arrastrarse lejos. Arnos lo tomó del cuello y lo alzó con facilidad, apoyando el filo de su espada contra su garganta.
—¡Míralo bien, Lusian! —bramó, con la rabia de una oración rota—. Si no te rindes, morirán todos. ¡Todos!
El viento se detuvo. Nadie en el campo respiró.
Lusian simplemente caminó hacia él. No desenvainó. No gritó. Sólo lo miró con una serenidad que resultaba insoportable.
—¿Esta es tu justicia? —preguntó—. ¿Amenazar a un soldado sin espada?
Arnos apretó la mandíbula. No era miedo: era orgullo herido.
—¡Yo soy su espada! ¡Los dioses hablaron a través de mí! ¡No puedes juzgarme!
—Eso dicen todos los asesinos.
Entonces, Lusian desenfundó.
El sonido del acero resonó como un trueno contenido. Arnos rugió y soltó al joven, cargando con un golpe descendente que buscaba partir a Lusian en dos. La fuerza era brutal, pura, como si intentara destruir la tierra misma.
Pero la espada golpeó aire.
Lusian dio un paso lateral: preciso, calculado, casi anticipado. Arnos apenas tuvo tiempo de girar cuando el filo oscuro de Lusian chispeó contra su armadura. No era un corte de fuerza; era técnica. Lectura. Conocimiento.
—¿Crees que tu fuerza es suficiente? —gruñó Arnos, frustrado, descargando un golpe arrollador.
Lusian lo anticipó. Una vez más. Otro paso. Otra deflexión perfecta.
—¿Por qué sigues a los dioses? —preguntó con calma—. Solo estás siendo usado.
Arnos no quiso escuchar. Sintió cómo el cansancio se filtraba en sus músculos; su respiración se volvió áspera, como si cada inhalación quemara. Golpeó de nuevo, un martillazo capaz de derribar muros. Pero Lusian avanzó en lugar de retroceder, rompiendo el ritmo del ataque, rompiendo la guardia de Arnos y arrancando una placa de su armadura sagrada.
El coloso jadeó, un rugido contenido que llevaba consigo su orgullo y furia.
Arnos lanzó un golpe descendente, brutal, capaz de partir una muralla. Lusian se movió para esquivarlo… pero esa vez Arnos no cometió el mismo error de siempre.
El coloso giró la muñeca con una destreza que no parecía suya —un movimiento aprendido en carne viva, no otorgado por dioses— y la espada cambió de ángulo a mitad del descenso.
Fue un segundo.
Un latido.
Un error mínimo.
El filo rozó la mejilla de Lusian, cortando el aire tan cerca que dejó una línea de sangre fina en su piel.
El campo de batalla se quedó helado.
Arnos sonrió, no con arrogancia, sino con la furia de un hombre que aún podía matar.
—No me venceras —gruñó.
Lusian retrocedió un paso por primera vez, no por miedo… sino porque entendió que Arnos había dejado atrás la técnica divina y estaba peleando como algo peor:
un hombre desesperado.
—Bien —respondió Lusian, con un hilo de sangre deslizándose por su mandíbula—. Demuéstrame entonces quién eres sin tus dioses.
Arnos rugió y embistió, esta vez con movimientos menos previsibles: fintas improvisadas, fuerza quebrada, golpes que parecían errores… y que casi eran trampas. Lusian tuvo que recalibrar, adaptarse en tiempo real; su lectura ya no era perfecta.
Por un instante, fueron iguales.
Dos hombres.
Dos pasiones.
Dos furias chocando.
Y solo entonces, cuando Arnos vació su última chispa de vida humana…
Lusian encontró la apertura.
—¿Crees… que puedes matar… a un elegido? —gruñó, aferrándose a su fe, a su título, como a un escudo invisible.
—No. —La mirada de Lusian era fría, casi misericordiosa—. Voy a matar a un hombre que se escondió detrás de ese título.
Arnos gritó entonces. No era guerra. No era orgullo. Era súplica.
Una súplica a dioses que ya no respondían.
Embistió con toda su fuerza. Un último ataque. Todo lo que era.
Lusian no esquivó.
No retrocedió.
Sólo avanzó.
El acero atravesó primero la guardia rota, luego la garganta.
Arnos quedó quieto, con los ojos abiertos, como si buscara una respuesta en el cielo. Pero ya no había voz. Ni altar. Ni dios que lo escuchara.
Cuando su cabeza cayó y rodó entre la hierba empapada de sangre, la expresión final era de sorpresa. Como si al final hubiera entendido que los dioses jamás estuvieron allí.
El silencio que siguió no fue de victoria.
Fue de revelación:
los héroes podían morir.
Mientras el choque de espadas retumbaba en el campo, Elizabeth no veía al ejército ni a Arnos. Solo veía a ella.
Delora se alejaba entre humo y ruinas, tambaleante, pero viva. Elizabeth sintió cómo meses de humillación, miedo y noches sin dormir ardían en su pecho.
—No vas a escaparte —murmuró.
La alcanzó en segundos.
Delora apenas logró girar. Su mirada se ensombreció, sin miedo… solo resignación.
—¿Viniste sola? —susurró con voz rota—. Pensé que te esconderías tras tu reino, como antes.
Elizabeth avanzó, cada paso cargado de rencor.
—Yo no me escondo. Tú me entregaste a ellos.
Delora alzó su mano. Una lanza de luz brotó, rápida como un latido. Elizabeth se apartó y el rayo quemó el tronco detrás de ella.
—Obedecí órdenes divinas… —jadeó Delora—. No fue personal.
—¡Para mí sí lo fue! —rugió Elizabeth.
Arremetió.
El primer golpe fue un corte lateral que Delora bloqueó apenas a tiempo, pero el choque le abrió la defensa y la hizo retroceder, resbalando entre ceniza y barro.
Delora intentó lanzar otra luz, pero Elizabeth le cortó el antebrazo, obligándola a soltar la esfera a medio conjuro. El destello murió en el aire.
Delora gritó.
Elizabeth no se detuvo. La empujó contra un árbol con brutalidad, la hoja rozando su clavícula. Delora trató de defenderse, pero sus movimientos eran más lentos, más torpes.
—Yo… —tosió Delora, sangre bajando por su labio—. Si no te hubiera entregado… el ritual te habría matado.
—Prefería morir —susurró Elizabeth.
Y allí sí:
un solo golpe decisivo.
La espada entró por su abdomen, atravesando piel, carne y maná.
Delora se desplomó, jadeando.
El anillo cayó de su mano, rodando entre raíces. Un artefacto oscuro, con un brillo divino corrupto.
Elizabeth lo tomó, aunque la energía de oscuridad le quemó la palma.
Delora levantó la mirada una última vez, como buscando perdón.
—Te perdono —dijo Elizabeth, con una sonrisa amarga—. Pero no te absuelvo.
Y la decapitó.
La cabeza de Arnos golpeó la roca y rodó hasta detenerse boca abajo, con los ojos vidriosos apuntando al vacío.
Lusian respiraba rápido, no por cansancio, sino por rabia contenida. El olor a carne quemada y magia corrupta le raspaba los pulmones.
Entonces escuchó pasos.
Pensó que era otro enemigo, pero su corazón casi se detuvo cuando la vio salir entre el humo.
—¿Elizabeth?
Su voz dejó de sonar como la de un estratega. Fue la de un hombre.
Ella caminaba con lentitud, con el vestido rasgado, la piel arañada y una sombra seca de sangre que le cruzaba el rostro. No toda era suya. Pero Lusian no lo sabía. No podía saberlo.
Antes de que pudiera hablar, el cuchillo resbaló de sus dedos y cayó al suelo.
Lusian cruzó la distancia sin pensar. La tomó de los hombros, casi con demasiada fuerza, intentando ver sus heridas.
—¿Qué te hicieron? —su tono no era una pregunta; era un rugido contenido—. ¿Dónde estás herida? ¿Respiras bien? ¡Mírame!
Sus manos temblaban. Lusian, el hombre que podía ordenar ejecuciones sin pestañear, temblaba.
Elizabeth lo miró, sorprendida por ese miedo genuino.
Él buscaba una herida en su abdomen, en su cuello, en sus costillas…
—No es mía —susurró ella al fin.
Solo entonces, muy lentamente, Lusian soltó aire.
No la soltó. Solo dejó de apretar.
Elizabeth abrió la mano ensangrentada. Entre sus dedos llevaba un anillo oscuro, como metal vivo.
—Delora. Ya no volverá a traicionar a nadie.
Lusian la miró como si no entendiera al principio, todavía atrapado en el terror de haberla encontrado así. Después, con mano firme, pero aún rígida, tomó el anillo.
—Pudiste haber muerto —dijo él, con una dureza que no intentó disimular. No era reproche. Era miedo.
Elizabeth bajó los ojos. No por culpa.
Sino por temor a algo más profundo: si él supiera lo que es ahora, ese miedo crecería.
Y no sabía si podría soportarlo.
“La caída de la Primera ciudad”
La primera ciudad había caído.
El barro era un mapa de cuerpos, estandartes rotos y humo caliente que olía a derrota. Lusian dio la orden de repliegue con voz firme; no quedaba nada que ganar allí, solo vidas que aún podían salvarse. Las columnas intentaban formarse con disciplina, pero cada vez que la oscuridad olfateaba una debilidad, surgía un grito perdido entre la niebla.
En la vanguardia de la retirada, Adela apareció como un muro. Desmontó de su tigre blanco y clavó la bota en el barro; cada movimiento suyo era medido, preciso, letal. A su alrededor, los jinetes de bestias mágicas respondieron al instante: pantera, oso y grifo avanzaron con rugidos que partían el aire, abriendo corredores para cubrir la huida de las tropas Douglas.
Mark, sobre su grifo, lideró la contraofensiva con la furia de alguien que ya lo ha perdido todo. Su pelotón cargó en cuña: la pantera se deslizó entre sombras, el oso embistió derribando líneas enteras. Por un instante —solo un instante— pareció que la retirada se sostenía.
Pero la oscuridad del Ducado era traicionera.
El sello de área que envolvía la ciudad convirtió el terreno en trampas vivientes: olas súbitas, muros de agua, visibilidad reducida a un susurro. La magia cortó coordenadas, torció rutas… y lo que era una maniobra se transformó en caos.
Adela gritó órdenes, su voz cortando humo y miedo.
—¡Formación cerrada! ¡Protejan la retirada lateral!
Los jinetes respondieron en cadena, un muro móvil de colmillos y garras. El tigre blanco embestía con precisión quirúrgica; el oso rompía cercos; la pantera desgarraba sombras que intentaban flanquear.
Y entonces llegó el golpe.
Una punzada de hielo, fina como una guadaña divina, atravesó el aire. No fue aleatoria: fue un cálculo perfecto. Un rayo helado desgarró la línea de vuelo, inmovilizando músculos y articulaciones.
El grifo de Mark cayó en picada. Su ala derecha apenas respondía, y mientras agonizaba entre nubes, logró alzar el vuelo una última vez para alejar a Eleonor y Norma, que se aferraban desesperadas a sus patas. Desapareció hacia la retaguardia, dejando tras sí un rastro de plumas ensangrentadas.
Mark no tuvo tanta suerte.
Sus bestias yacían destrozadas. Su respiración era un silbido roto.
Pasos sobre el barro congelado lo obligaron a alzar la mirada.
Adela avanzaba hacia él, desmontada, envuelta en vapor. El tigre blanco caminaba a su lado, su pelaje ensangrentado, el maná gélido evaporando el agua a cada exhalación. Era un cuadro casi ritual.
Las botas de Adela se hundieron en el lodo, acercándose con esa calma devastadora reservada solo para los verdugos seguros de su sentencia.
Lo miró como si hubiera estado siguiéndolo desde el primer rugido del combate.
Mark intentó levantar su lanza, pero el frío en sus músculos era veneno.
—Tú… —murmuró, escupiendo sangre—. ¿Por qué atacas los elegidos de los dioses?
Ella ladeó la cabeza, desprovista de emoción.
—¿Los dioses los eligieron? —respondió con suavidad casi maternal—. Me parece que solo son herramientas.
El tigre gruñó, vibrando en los huesos del moribundo.
Adela se inclinó un poco, evaluándolo.
—Tu pantera luchó bien. Tu oso, también. Incluso ese grifo tuyo… admirable.
Pero tú… —sus ojos dorados se estrecharon— no debiste cruzarte conmigo hoy.
Mark reunió fuerzas para erguirse. Su lanza temblaba, pero aún estaba en guardia.
—No… pienso… arrodillarme —gruñó entre dientes.
Adela sonrió, una sonrisa triste y cruel.
—Tranquilo. Un jinete no muere arrodillado.
Chasqueó los dedos.
El tigre blanco se movió más rápido de lo que Mark pudo comprender.
Un destello.
Un zarpazo diagonal.
Un golpe helado que le cortó el pecho de lado a lado.
Cayó de espaldas. El frío lo mordía por dentro, robándole aliento y mundo.
Adela se arrodilló a su lado mientras el tigre lamía la sangre de sus garras.
—Retirada completa —ordenó sin apartar la mirada—. Ni uno más.
Los jinetes respondieron. El tigre ladeó la cabeza, olfateando el aire mientras la ciudad, detrás de ellos, se desmoronaba en humo y ruinas.
Adela se dio la vuelta sin mirar el cadáver del héroe caído.
La primera ciudad del Ducado Douglas había caído.
Horas después, lejos de los muros derrumbados de la ciudad, otro grupo de héroes avanzaba por los bosques intentando reorganizarse, ignorantes de que el cazador ya iba tras ellos.
El viento pesaba.
No soplaba: apretaba.
Como si el bosque contuviera la respiración ante lo que estaba por ocurrir.
Carlo Benucci caminaba con pasos torpes, la mirada perdida en un vacío que ya no podía llenar. Su dios protector había caído en batalla; la conexión divina que lo sostenía se había roto como un hilo viejo. Y con ella, su don de precognición, su orgullo, su identidad.
Se sentía liviano y hueco, como si una parte de su alma hubiera sido arrancada.
Ya no era un héroe bendecido.
Solo un hombre común condenado a volver a una existencia gris.
—No sabes lo que se siente —murmuró, con una voz que ya no era suya—. Que el ser que te dio sentido simplemente… deje de existir.
Leonardo lo miró con desdén.
—No estamos aquí para llorar, Carlo. Si bajas la guardia, no podrás culpar a nadie cuando te arranquen la cabeza.
—Tú no entiendes —gruñó Carlo, dolor y resentimiento mezclados en el tono—. Tu dios sigue vivo. Yo… ya no soy nadie.
Xiomara tensó la mandíbula.
—Basta. Concéntrense. Si Lusian está cerca, todos moriremos si seguimos discutiendo.
Pero ya era tarde.
El suelo vibró.
Sombras largas se abrieron entre las raíces como lanzas vivas que estallaron hacia arriba. La tierra escupió agujas negras de maná, torcidas, afiladas, pulsantes como serpientes buscando carne.
Los héroes retrocedieron entre gritos, esquivando apenas el primer embate.
Un relámpago estalló desde las sombras, cegador y seco. Ninguno fue alcanzado… pero el bosque quedó marcado con surcos negros y humo.
El silencio volvió unos segundos.
Un silencio espeso, ominoso.
Luego, el rugido.
Un rugido metálico, eléctrico, como una tormenta que hubiera aprendido a respirar.
Desde la penumbra emergió Thunder, la bestia mágica de Lusian: un coloso cubierto de rayos vivos que serpenteaban por su cuerpo. Cada pisada hacía temblar la tierra. Cada exhalación olía a ozono.
Encima de ella, con una sonrisa quebrada por el odio y los ojos vacíos de piedad, estaba Lusian.
Leonardo alcanzó a gritar:
—¡Es un señuelo! ¡Recompongan la—!
No terminó.
Thunder embistió.
Un destello azul, un trueno seco, un cuerpo arrancado del suelo.
Carlo apenas tuvo tiempo de gritar antes de que Lusian lo agarrara por la cabeza, levantándolo como si fuera un muñeco de trapo, y desapareciera con él entre los árboles.
Alejandro extendió la mano inútilmente.
—¡Carlo!
Solo respondió un eco ahogado… luego, gritos desgarradores que se perdieron en el bosque.
Xiomara apretó los dientes con rabia.
—¡Maldición! —rugió golpeando el suelo—. Nos tomaron con la guardia baja.
El bosque volvió al silencio.
Pesado.
Sofocante.
El olor a ozono aún flotaba en el aire.
Y a lo lejos, los gritos de Carlo se apagaron, uno… dos… tres… hasta que solo quedó el murmullo del viento.
Lusian ya estaba cazando a su siguiente presa.
Leonardo habló con rabia contenida.
—Ese hechizo de área está destrozándonos. ¿No se suponía que tu amada debía romperlo? Despierta ya. Ella puede localizarlo. Solo ella puede ayudarnos.
Alejandro apretó la mandíbula, su voz temblando de frustración.
—Si ella dijo que no puede, yo le creo.
Mientras el grupo luchaba por reorganizarse, Lusian arrastraba a Carlo fuera del radio del conjuro. Thunder caminaba detrás, aún chisporroteando.
Carlo cayó al suelo en convulsiones, empapado en sudor y electricidad. Lusian lo dejó caer como un saco sin valor.
Carlo suplicó, la voz hecha pedazos.
—No fue mi culpa… todo fue orden de Irius el heraldo… ¡Yo solo cumplía el mandato divino! Lo juro…
Los ojos de Lusian eran agujas heladas.
—Invadiste mis tierras, tus excusas no te salvarán —respondió—
Carlo intentó invocar los restos de su bendición: destellos dorados brotaron de su piel… y murieron al instante, apagados como brasas mojadas.
Lusian levantó una mano. Sombras se reunieron detrás de él, afilándose en lanzas oscuras. La lluvia de dagas impactó contra Carlo: algunas rebotaron en su armadura, otras atravesaron carne y hueso.
Carlo cayó de rodillas, jadeando, sangrando, temblando.
El aire se volvió espeso.
Con paso lento, casi ceremonial, Lusian se acercó con la espada en mano.
Un corte.
Limpio. Preciso.
El brazo izquierdo de Carlo cayó al suelo. Su grito rasgó la noche.
—No entiendes… —jadeó Carlo, aún resistiéndose—. Nosotros… luchamos por la humanidad…
Lusian se detuvo frente a él.
—No —lo interrumpió con calma glacial—. Luchas por los caprichos de un dios que te usó como carne de sacrificio.
Su espada bajó de nuevo.
El brazo derecho cayó.
El grito retumbó entre los árboles, mezclado con el eco lejano de truenos mágicos.
Carlo tiró su cabeza hacia atrás, sudor y lágrimas mezclándose con la sangre.
—Cuando el hechizo se disipe… te destruirán… —jadeó con un último rastro de orgullo roto—. Ellos… te cazarán…
Lusian sonrió sin humor.
—Quizá —respondió—. Pero no estarás para verlo.
Otro corte.
La pierna derecha de Carlo salió despedida.
Carlo cayó sobre el costado, aún consciente, ahogado en dolor y terror, pero aferrado a un último hilo de vida.
“La Caída en el Cielo”
El estruendo en el cielo se apagó de golpe.
Las dos fuerzas divinas dejaron de chocar y un silencio brutal descendió sobre el mundo.
Las nubes se partieron como un cristal roto.
Montañas enteras flotaban en el aire, suspendidas por la onda residual del poder divino.
El maná que emanaba de Velyrion se desvaneció como humo arrastrado por el viento.
Los héroes —Alejandro, Xiomara, Drago y Leonardo— apenas tuvieron tiempo de entender lo ocurrido.
Y entonces, el bosque cambió.
Los árboles se retorcieron hacia ellos como si respiraran.
Las raíces se agitaron bajo sus pies.
La gravedad tembló, el aire vibró…
y el mundo se distorsionó como si alguien estuviera reescribiendo la realidad.
De entre ese caos emergió Dayana D’Angelo Rossetti, con la piel pálida iluminada por la luz fracturada del cielo.
Pero no estaba sola.
Detrás de ella, los cuerpos de guerreros caídos se levantaron como marionetas, guiados por hilos de maná oscuro que brillaban como venas carmesí.
Pero había algo mas…
Una sombra que no pertenecía al bosque.
Un doble maná, imposible.
Un eco del espacio mismo.
Dayana no lo mencionó.
Los héroes no lo percibieron.
Pero ella sí.
Un aliado oculto… el héroe del espacio, un viajero de realidades, manipulando el campo gravitacional alrededor de ella, estabilizando su cuerpo agotado, cubriendo pequeñas brechas en su defensa.
Un favor personal.
Un favor a Lusian.
Dayana sonrió apenas—una sonrisa que ningún mortal habría notado—, consciente de que sin ese soporte subliminal, enfrentarse a tres héroes hubiera sido un suicidio.
Dayana levantó una mano.
Los cadáveres se detuvieron al instante, tensos, listos.
—Su dios ha muerto —dijo con una sonrisa fría—. Y ustedes siguen esperando salvación.
Alejandro dio un paso atrás.
Drago apretó la empuñadura del arma.
Xiomara bajó su centro de gravedad.
Leonardo levantó el escudo.
—No te enfrentarás sola… ¿verdad? —gruñó Xiomara.
Dayana rio bajo, un sonido apenas humano, divertido.
—No. Sería un desperdicio.
Cerró los dedos lentamente.
Las marionetas vivientes crujieron al unísono, preparándose para atacar. Sus articulaciones resonaban como ramas secas; algunos aún sangraban, otros goteaban maná negro.
—Ustedes perdieron a su dios —avanzó Dayana—. Yo solo he ganado nuevos soldados.
El bosque se cerró tras ella con un rugido grave.
Drago fue el primero en reaccionar, abalanzándose sobre ella con su fuerza dracónica.
Dayana no retrocedió.
—Drago… tú deberías haber sido mío —susurró.
Sus dedos se alargaron como garras.
Un solo corte, limpio, quirúrgico:
la carótida y un punto exacto entre el cuarto y quinto nervio del cuello, donde el maná vital se desborda.
La sangre dejó de fluir por un instante… como si algo invisible hubiera detenido el tiempo alrededor de la herida.
Drago cayó de rodillas, pero no murió.
La herida estaba diseñada no para matarlo…
sino para vaciarlo.
Para abrirle el alma.
El héroe del espacio alteró discretamente la gravedad bajo Drago para que no muriera de inmediato.
Dayana necesitaba un cuerpo fuerte.
Un contenedor.
Con un gesto casi delicado, Dayana hundió la mano en la herida y extrajo un hilo de esencia carmesí.
Drago gritó.
Y luego cayó…
pero se levantó otra vez.
—¡Drago! —gritó Xiomara, girando—.
Leonardo juró entre dientes.
—Es su estilo… separar, aislar, devorar.
Alejandro tensó la espada.
—No… está jugando con nosotros.
La distorsión del bosque comenzó a desvanecerse como niebla al amanecer. Las raíces reptantes, las sombras susurrantes y la tierra palpitante se calmaron al disiparse la última onda del choque divino.
El silencio que siguió fue antinatural.
Un cuerpo cayó desde lo alto del bosque, con suavidad casi ceremonial.
Drago-marioneta nacio.
Vacío.
Fuerte.
Obediente.
Su armadura estaba astillada, el escudo hecho añicos, el pecho hundido como si un golpe imposible lo hubiera aplastado desde dentro. Apenas respiraba.
Xiomara corrió hacia él.
—¡Drago! —su voz se quebró.
Pero sus ojos estaban vidriosos, sin vida.
Desde la niebla rojiza, Dayana emergió nuevamente, la sangre evaporándose de sus dedos.
—No debería estar vivo —susurró, más para sí misma—. Pero me interesaba ver quién vendría a recogerlo.
El cuerpo de Drago se levantó solo. Las articulaciones crujieron, los dedos se doblaron en ángulos imposibles, músculos tensos con maná que no era suyo.
Dayana cortó el aire con su voz:
—No se preocupen. Lo herí con cariño.
Su sombra se fusionó con la de Drago.
—Lo mantendré en pie un ratito… mientras me sirve.
Drago, convertido en marioneta sangrante, levantó la espada y se lanzó contra sus propios compañeros.
Alejandro sintió un escalofrío helado.
—¿Qué diablos le hiciste? —escupió.
Dayana ladeó la cabeza, casi divertida.
—Lo toqué donde duele.
El recuerdo del ataque fue tan rápido como su movimiento:
un destello carmesí, un hilo de sangre que atravesó el aire como si quisiera cortarlo en dos.
Drago ni siquiera alcanzó a reaccionar.
El corte diagonal le abrió el pecho… pero no lo mató.
Dayana había esquivado corazón y columna con precisión quirúrgica, como si conociera su anatomía mejor que él mismo.
—Una pequeña caricia —murmuró ella.
Alejandro vio entonces el detalle que se le había escapado:
los dos dedos manchados que Dayana había hundido en el cuello de Drago un instante después.
No era un golpe.
Era una invasión.
El maná vampírico seguía agitándose dentro de su cuerpo como un enjambre oscuro, anulando sus nervios, robándole la voluntad.
Lo suficiente para mantenerlo de pie.
Lo suficiente para convertirlo en un arma.
Drago avanzó de nuevo, arrastrando la sombra de Dayana como si fuera suya.
El cuerpo de Drago avanzó tambaleándose, pero cada paso resonaba como un golpe de martillo.
La sangre caída de su armadura se elevaba en hilos finísimos, respondiendo a la voluntad de Dayana.
Era una marioneta… y, al mismo tiempo, un arma.
—Drago… —susurró Xiomara, temblando—. Regresa…
Pero lo que regresó fue un tajo.
La espada de Drago descendió con furia descontrolada. Alejandro bloqueó, pero el impacto lo lanzó de espaldas, haciéndole chocar contra un árbol partido por la distorsión.
Leonardo gritó:
—¡No lo ataquen fuerte! ¡Aún está vivo!
—¡No importa! —la voz de Dayana sonó a sus espaldas, debilitada, casi un desgarro—. No se preocupen… su cuerpo ya cruzó la frontera del regreso.
Su cuerpo temblaba, la respiración irregular. Controlar a un héroe del calibre de Drago requería un maná que incluso una vampira de su linaje no podía sostener mucho tiempo.
Y se notaba.
La sombra de Drago parpadeaba con cada latido de Dayana.
Pero mientras ella se desmoronaba, él se volvía más peligroso, movido por impulsos puros, sin la última chispa de humanidad que le quedaba.
Xiomara lanzó un sello de contención, buscando rodearlo con luz.
Drago lo partió en dos con un solo golpe.
Alejandro intentó sujetarlo por detrás, pero Drago giró con una fuerza antinatural y lo clavó contra el suelo.
Leonardo cargó con la lanza:
—¡Drago, perdóname!
El héroe-marioneta lo recibió con un tajo que habría cortado a otro guerrero en dos.
Leonardo logró desviarlo a medias, pero sintió el hombro abrirse como tela rasgada.
Drago no sentía dolor.
Drago no se detenía.
Drago no escuchaba.
Solo avanzaba, como si cada paso fuera una orden:
Matar.
Matar.
Matar.
Dayana cayó de rodillas.
El suelo alrededor de ella se llenó de grietas oscuras como raíces muertas.
—Ya… no puedo… más…
Su control sobre Drago se volvió errático.
Su sombra comenzó a desvanecerse.
Su silueta temblaba como humo a punto de dispersarse.
Alejandro lo vio.
Sabía lo que significaba.
—¡Es ahora o nunca!
Xiomara negó con la cabeza, lágrimas brotando.
—¡No! ¡Es Drago! ¡Aún está ahí dentro!
Pero Drago levantó la espada sobre ella.
La muerte venía en un brillo de acero.
Leonardo, malherido, gritó.
—¡Xiomara, abajo!
Ella se agachó en el último instante.
Y Alejandro, con una última chispa de energía, atravesó el pecho de Drago por la espalda.
La hoja salió por delante.
El cuerpo de Drago se estremeció violentamente.
Un sonido escapó de sus labios.
No una palabra.
Apenas un suspiro.
La sombra que lo controlaba se desprendió como hollín al viento.
El maná vampírico quedó sin dueño.
Al romperse el vínculo, Dayana lanzó un grito agudo, como si le arrancaran la mitad del alma.
La sangre en el aire cayó de golpe.
La niebla escarlata se disipó.
Su cuerpo parpadeó.
—Esto… no terminó… —susurró con rencor.
Y entonces, simplemente, se deshizo en una nube negra, escapando entre los árboles como un soplo tenue.
Había agotado todo su maná.
Cualquier segundo más habría significado su muerte.
El cuerpo del guerrero se desplomó lentamente, como si se resignara.
Xiomara cayó de rodillas junto a él.
—Drago… Drago, por favor…
Pero él ya no escuchaba.
Leonardo bajó la cabeza.
Alejandro apretó los puños.
El bosque, incluso devastado por la guerra divina, guardó silencio para él.
Un héroe había muerto…
y la verdadera responsable había escapado.
“El Precio de los Dioses”
El eco de la batalla ya se había apagado, pero el bosque aún olía a sangre fresca y maná quemado.
Los cruzados —los pocos que seguían con vida— huían.
Ni retrocedían ni se reagrupaban: corrían como animales acorralados.
Algunos conservaban en la armadura restos del resplandor dorado de Velyrion.
Otros cargaban cuerpos mutilados, destrozados por criaturas nacidas del choque divino.
En sus ojos no había miedo… había abandono.
La certeza de que sus dioses ya no los estaban mirando.
Lusian avanzaba en dirección contraria a ese río humano.
La capa desgarrada, la piel cubierta de polvo y sangre ajena, los ojos vacíos de alguien que ya cruzó demasiadas líneas en muy poco tiempo.
Un cruzado lo reconoció al pasar:
—¡L-Lusian! —balbuceó. Sus piernas temblaron; el miedo lo traicionó.
Lusian ni giró la cabeza.
Simplemente siguió caminando.
A cada paso, el maná suspiraba en el aire como un animal moribundo.
El territorio Douglas era un cadáver recién abierto.
Y más adelante, entre restos de árboles arrancados y tierra humeante, dos figuras lo esperaban.
Emily.
Kara.
Emily fue la primera en correr hacia él.
—¡Lusian! —la voz se le quebró aunque luchó por controlarla.
Kara llegó un instante después, observándolo con la precisión fría de una guerrera.
—¿Estás herido?
—No. No es mi sangre —respondió Lusian, y su tono fue más suave con ella de lo que pretendió—. ¿Tú estás bien?
Emily no respondió de inmediato.
Sus ojos recorrían la devastación: cadáveres, armaduras rotas, árboles convertidos en astillas flotantes.
—¿Esto… lo hicieron los dioses? —murmuró. No había condena en su voz.
Había traición.
Kara apretó la mandíbula, conteniendo un grito que no sabía si era rabia o miedo.
—Lusian… tú sabes que te persiguen —dijo al fin—. Pero esto… esto es otra cosa.
¿Por qué?
¿Qué demonios están intentando?
¿Por qué castigar así a todos?
Lusian respiró hondo.
No tenía fuerzas para mentir.
Ni para maquillar la verdad.
—Los dioses no son inmortales —dijo al fin—. Necesitan creyentes, rezos… necesitan que la gente los adore para seguir existiendo.
El fenómeno de maná… fue provocado por ellos.
Emily abrió los ojos, como si el mundo se le partiera.
—Entonces… toda esta gente… —se cubrió la boca con ambas manos—
¿solo eran… recursos?
—Sí —respondió Lusian.
La palabra cayó como una piedra en un pozo sin fondo.
Kara pateó una roca, furiosa.
—¡Maldita sea! —gritó—. ¡Somos sus soldados, no su ganado!
Emily dio un paso hacia Lusian.
Su mano temblaba cuando tomó la de él.
—Nosotras vinimos a ayudarte —susurró—. No a juzgarte.
Pero al ver esto… —sus labios temblaron—
me pregunto si seguir creyendo en ellos… tiene algún sentido.
El viento cargado de polvo rojo giró en remolinos pequeños a su alrededor, como si el mundo aún se retorciera de dolor.
Lusian guardó silencio.
Quería decirles la verdad entera… pero sabía que sonaba más a delirio que a revelación.
Entonces, desde el interior del bosque devastado, un grito desgarró el aire.
Emily apretó la mano de Lusian.
Kara desenvainó la espada al instante.
Y desde entre los árboles, emergieron Alejandro, Leonardo y Xiomara.
Alejandro levantó su arma, sus ojos ardiendo de odio y duelo.
—¡LUSIAN! ¡Por fin te encontramos!
Un torrente de llamas surgió de sus manos, quemando hojas y ramas a su alrededor. Lusian reaccionó, desviando las ráfagas con raíces y escombros que flotaban a su alrededor, convirtiendo el terreno en su aliada. Cada explosión iluminaba su rostro, reflejando concentración y cautela.
Pero antes de que Alejandro pudiera lanzar un segundo ataque, una voz lo detuvo:
—¡Alejandro, detente! —gritó Emily, corriendo hacia él—. ¡No eres tú quien debería hacerle esto!
Por un instante, Alejandro y Lusian vacilaron.
Los ojos de Alejandro —cargados de furia y desgarro— chocaron con los de Emily, Lusian se detuvo, sorprendido por la intervención de Emily y ese segundo de duda lo desarmó por dentro. Leonardo lo vio.
Fue suficiente.
El tercer príncipe se deslizó por el flanco, silencioso como un cuchillo entre hojas.
Una descarga eléctrica estalló contra la espalda de Lusian, quemándole el hombro y arrancándole un grito ahogado. El impacto lo hizo tambalearse, doblando su torso mientras el dolor recorría cada músculo. Alejandro, al ver la apertura, lanzó un ataque de fuego: las llamas iluminaban el rostro de Lusian, reflejando su concentración y su agonía. Con un esfuerzo desesperado, Lusian esquivó como pudo, cada movimiento cargado de tensión, aunque el dolor seguía atravesando su cuerpo.
—¡Basta, Leonardo! —gritó Kara, interponiéndose entre él y Lusian, absorbiendo y desviando la electricidad con todo su poder—. ¡No lo toques!
Lusian respiró con dificultad, la sangre brotando por la herida en su hombro, y por un instante la duda lo paralizó. Cada músculo de su cuerpo gritaba, pero no podía permitirse fallar. Con un esfuerzo desesperado, manipuló su maná: espinas surgieron del suelo, atrapando el pie de Alejandro y arrastrándolo al suelo. Lusian ejecutó un corte preciso y brutal, apagando la furia del amigo de la infancia de Emily. Alejandro cayó sin vida.
Pero la batalla no había terminado. Leonardo y Xiomara ignoraban los gritos de Kara y Emily, avanzando sin detenerse. Cada ataque de Leonardo levantaba chispas y troncos partidos, mientras Xiomara convertía el agua en látigos fluidos que golpeaban con precisión letal. Lusian, herido y agotado, sabía que ya no podía retroceder. Kara bloqueaba y desviaba los ataques eléctricos de Leonardo, protegiendo a Lusian mientras él se concentraba en Xiomara.
Con un gesto calculado, Lusian manipuló su maná y atrapó a Xiomara, redirigiendo su torrente de agua hasta envolverla contra sí misma. La joven luchó con todas sus fuerzas, su rostro reflejando incredulidad y sacrificio, pero no había escapatoria. Con un último movimiento de maná, Lusian terminó la confrontación: Xiomara cayó, empapada, agotada y derrotada, mientras el bosque parecía contener el aliento ante la magnitud de la batalla.
Leonardo rugió, furioso, esquivando ataques que ya no tenían la fuerza suficiente para frenarlo. Kara y Emily luchaban a su lado, gritando, empujando, suplicando, pero nada podía detener su avance. Lusian, herido y respirando con dificultad, vio la oportunidad: mientras Leonardo forcejeaba con Kara, lanzó todo su maná concentrado contra su espalda, atravesando su corazón con un golpe preciso y mortal. Un corte certero y milimétrico apagó su obsesión y su furia. Leonardo cayó, inconsciente, mientras el bosque temblaba con el eco de su rugido final.
Lusian cayó de rodillas, el cuerpo temblando y cubierto de heridas menores y quemaduras. Cada respiración era un esfuerzo, cada latido un recordatorio del precio pagado. Kara y Emily se acercaron, aterradas y agotadas, mientras los cuerpos de Alejandro, Xiomara y Leonardo yacían inmóviles. El bosque estaba devastado: ramas rotas, fuego apagándose lentamente, agua esparcida en charcos reflectantes.
Finalmente, la oscuridad reclamó a Lusian. Su visión se nubló, y cayó inconsciente entre las raíces y los escombros, rodeado por el silencio absoluto del bosque, testigo mudo de la batalla y del precio de la victoria.
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