GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 51
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Capítulo 51: Capítulo 51 El Nacimiento de un Semi-dios
“El Legado del Caído”
La luz de la tarde se filtraba débil entre los estantes de la habitación, tiñendo de rojo el polvo que flotaba en el aire. Lusian yacía recostado sobre la cama, el cuerpo cansado y magullado, los ojos semiabiertos, respirando con esfuerzo. Cada inhalación era un recordatorio del precio que había pagado: carne, hueso, humanidad… y aún así, sobrevivía.
Un susurro atravesó el cuarto, frío y extraño, pero cargado de peso. Lusian giró lentamente la cabeza, y allí estaba Kheris, encorvado, su figura difusa como humo entre la luz moribunda. La energía que lo rodeaba era tenue, casi espectral, y su respiración parecía arrastrar los últimos latidos de un mundo que se desvanecía.
Lusian abrió los ojos de golpe.
El dolor en el pecho se expandió como una ola fría. La habitación se diluyó. El mundo se deshilachó en luz… y cuando volvió a abrir los ojos, solo quedaba el vacío blanco.
El vacío blanco alrededor no tenía horizonte, pero una voz—esa voz—lo llamaba como un veneno suave que conocía demasiado bien.
Y allí estaba.
Kheris.
De pie, o lo que quedaba de él, con la silueta temblando como una llama en agonía. Su presencia todavía oprimía el aire, pero ya no como antes; era la sombra de un dios en proceso de desintegrarse.
—Aún no has muerto —escupió Lusian con una mueca de desprecio.
Kheris sonrió. Una mueca rota, arrogante incluso al borde del fin.
—Será pronto.
Lusian no respondió. Tenía mil insultos guardados, todos quemándole la lengua. ¿Pero para qué? El odio ya había cumplido su función.
Kheris alzó una mano y un resplandor oscuro empezó a formarse.
—Te dejaré mi último rastro de divinidad.
—No lo quiero —lo interrumpió Lusian sin pensarlo.
Los ojos del dios brillaron con impaciencia.
—Escucha, humano ignorante —bufó Kheris—. Los héroes no son más que herramientas. Si uno muere, otro será escogido. Si uno se rebela, otro lo reemplaza. Siempre habrá alguien dispuesto a servir, alguien dispuesto a morir por ellos.
—¿Entonces nunca pararan? —preguntó Lusian, la rabia y el cansancio mezclados.
—Nunca —dijo Kheris, con un dejo de triunfo amargo—. No habrá paz para ti ni para los tuyos. Cada victoria es solo un respiro, un instante antes de que el ciclo se repita. Los dioses recuerdan, los dioses castigarán. Y mientras tú existas, sus planes se verán afectados. Siempre. Hasta que dejes de existir.
Lusian frunció el ceño, la rabia ardiendo como fuego en su pecho.
—¡Es tu culpa! ¡Todo esto… tu maldita culpa! —apretó los puños con fuerza, hasta que los nudillos se pusieron blancos—.
—Entonces, ¿por qué haces esto? ¿No deberías estar buscando cómo salvarte, mendigando adoración, suplicando devotos?
Kheris rió. Una risa seca, quebrada, pero llena de veneno.
—¿Salvarme? Ya es tarde para mí. Fui condenado desde que fui expulsado del mundo celestial. No hay retorno para los dioses caídos.
Se acercó un paso. El piso inexistente tembló.
—Pero tú… tú serás mi última venganza.
Lusian retrocedió apenas un centímetro.
—¿Venganza?
—Mientras existas, ellos sufrirán —susurró Kheris—. Cada vez que interrumpas sus planes, ellos recordarán lo que me hicieron. Recordarán que no pudieron borrarme del todo. Serás mi eco… y su tortura.
—Te odiarán, Lusian —susurró mientras se deshacía en polvo—. Y ese odio será mi nombre… pronunciado por tu sola existencia.
De pronto, el mana divino proveniente de Kheris se deslizó dentro de Lusian como fuego líquido, inundando cada fibra de su ser. Su oscuridad creció, más densa, más pura; sus venas ardían con un poder antiguo que jamás había tocado un mortal. Los músculos se tensaron y relajaron al mismo tiempo, como si conocieran secretos de movimientos imposibles.
El poder lo atravesó. No era como el maná: era algo vivo, antiguo, hambriento.
Lusian jadeó, aterrorizado. Por un instante creyó que lo rompería.
Pero no lo hizo.
Lo sostuvo.
Y entonces, lo reclamó.
Sus ojos amarillos se encendieron, brillando desde dentro, no con luz propia, sino como un reflejo de la divinidad que ahora habitaba en él. Un zumbido profundo recorrió el aire, resonando en su pecho, en la tierra, la habitación incluso se oscureció aun mas. Cada sombra cercana pareció inclinarse, respetuosa, ante aquel poder recién nacido.
Lusian respiró hondo. Su voz, cuando habló, no era solo humana: vibraba con un eco que parecía surgir de otra realidad.
—Esto… esto es mío —murmuró, probando la fuerza que recorría su cuerpo—. No soy un dios… pero ningún dios podrá tocarme sin pagar el precio.
El polvo de Kheris flotaba aún en el aire, ceniza divina que se disipaba con la brisa, y con ella, la última presencia del dios desapareció. Lusian permaneció solo, pero diferente: un semidios nacido del rencor, de la guerra, y de la venganza. Un ser que, mientras existiera, sería la marca viva de los dioses, recordándoles que no todo podía ser controlado.
Sus sombras se movieron con voluntad propia, bailando en el suelo como un preludio del poder que ahora podía moldear. Su oscuridad ya no era solo suya: era un filo afilado, una fuerza que podía desafiar cualquier designio divino, pero a un precio que solo él comenzaba a comprender.
Aquella oscuridad no era un don.
Era un legado.
El legado del último dios caído… marcado ahora sobre un mortal que nunca había pedido ser su heredero.
“Sombras y Venganza”
El silencio que seguía a la desaparición de Kheris se extendía como un manto denso. Lusian permanecía recostado, respirando con dificultad, su cuerpo todavía palpitando con el maná divino que ahora habitaba en él. Cada fibra de su ser estaba cargada de un poder que nunca había imaginado, pero también de dolor y resentimiento.
Un crujido de madera y el golpe de botas sobre el suelo rompió la quietud. La puerta se abrió y la primera en aparecer fue Elizabeth. Su rostro mostraba mezcla de ira y preocupación.
—¡Lusian! —gritó, avanzando hasta él—. ¡¿Qué demonios te pasó?! —sus ojos se llenaron de lágrimas—. ¡¿Qué demonios te pasó?!… —su voz se quebró—. ¡Mírate!
Lusian parpadeó, girando la cabeza apenas, dejando que la voz de Elizabeth chocara con su enojo contenido.
—Te envié allí— su voz era un susurro áspero, fatigado—. No quería que terminaras lastimada.
Elizabeth dio un paso más, acercándose hasta que podía sentir su respiración. La furia se mezclaba con el miedo, y su voz temblaba:
—¡¿Arriesgarte demasiado?! —la furia lo empapaba todo—. ¡Mírate, estás magullado, herido… y tú te atreves a llamarme “protegerme”! —su voz era un grito que vibraba en la habitación.
Lusian suspiró, respirando con esfuerzo. Tenía mil cosas que responder, mil disculpas que lanzar, pero ninguna parecía suficiente. Elizabeth, aun sin pelear, irradiaba fuerza y determinación. Su reproche lo golpeó con la fuerza de un martillo.
Detrás de él apareció Emily, la heroína de la luz. Su rostro estaba pálido, casi fantasmal, y sus manos temblaban ligeramente. Lusian notó de inmediato algo extraño: su aura de luz, antes radiante, ahora parpadeaba débil y fragmentada, como si estuviera a punto de extinguirse. La diosa de la luz le había retirado la bendición, dejándola marcada. Una maldición la recorría como un hilo de hielo bajo la piel, enroscándose en sus venas con hambre silenciosa.
—Emily… ¿qué te pasó? —preguntó Lusian, su voz cargada de preocupación y cansancio.
Ella bajó la mirada, temblando.
—La diosa me ha maldecido… —susurró, apenas audible—. Por no matarte… —su voz se quebró, y sus ojos buscaron los de él,
Lusian cerró los ojos un instante, apretando los puños con rabia y culpa. Esto es mi culpa… murmuró en silencio. Cada hilo de la maldición le hablaba de su fracaso, de las vidas que se veían afectadas por su existencia y decisiones.
Lusian cerró los ojos un instante, dejando que su nueva comprensión fluyera a través de él. Con la divinidad recién heredada, podía ver la maldición como nunca antes: una corriente de energía divina distorsionada, un hilo oscuro y frío que avanzaba por las venas de Emily, devorando su fuerza vital. Cada latido suyo enviaba un pulso de amenaza que podía matarla si no intervenía.
Respiró hondo y extendió la mano. Su maná fluyó hacia ella, mezclándose con la energía de la maldición. No podía arrancarla, no podía borrarla… pero sí podía retener su avance, frenando el hilo oscuro que buscaba consumirla.
—No permitiré que mueras —dijo con firmeza—. No mientras pueda hacer algo.
El hilo de maldición se estremeció bajo su toque, como si reconociera la fuerza de aquel mortal que ahora era un semidiós. Emily gimió suavemente, y por primera vez en lo que parecía una eternidad, su respiración se estabilizó. La amenaza seguía allí, latente, pero contenida… por ahora.
Lusian cerró los ojos un instante, sintiendo el peso de cada heroína, de cada vida afectada por la cadena de dioses y héroes.
Entonces Kara entró. Su paso firme resonó como el golpe de un martillo. No había miedo en ella, solo respeto contenido. La bendición de su dios, la fuerza misma, seguía intacta. La diosa de la fuerza reconocía su poder y no la abandonaría. Lusian notó el contraste: mientras Emily parecía marchita y maldita, Kara se mantenía sólida, sus músculos y aura intactos, la fuerza irradiando confianza y desafío.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Kara, cruzando los brazos—. Te enviaron al límite, Lusian. Pero me alegra ver que aún estás de pie. —Su tono era firme, protector, casi cálido en su contraste—. No todos los dioses son… injustos.
El siguiente en aparecer fue Adela. La guerra la había dejado exhausta, pero su enfado era visible. Lusian había peleado solo, mientras ella organizaba tropas, coordinaba la retaguardia, velaba por la seguridad de todos. Ahora lo veía herido, y una mezcla de culpa y enojo la consumía.
—¡Maldita sea! —gritó—. ¡Yo estaba organizando todo mientras tú te lanzabas al abismo! ¿Cómo puedes estar así? —sus ojos brillaban con furia y preocupación—. ¡No tienes idea del miedo que sentí pensando que… que no volverías!
Lusian, con dificultad, intentó una sonrisa sarcástica, pero Adela no se dejó. Su enfado era una mezcla de protector y acusador, la intensidad de su relación con él brillaba en cada palabra y gesto.
En ese instante, Isabella entró. Su rostro mostraba pánico y alivio a partes iguales. No era una guerrera, nunca había luchado en la vanguardia, pero su conexión con Lusian era profunda. Sin pensarlo, corrió hacia él y lo abrazó, fuerte, como si pudiera transmitirle su calor y protegerlo de todo lo que había sufrido.
—¡No hagas eso! —susurró contra su hombro—. No vuelvas a hacerme preocupar así… —El temblor en su voz mostraba cuánto le costaba mantener la calma.
Lusian cerró los ojos un momento, sintiendo ese afecto puro entre el caos. No podía corresponder con palabras; no aún. Pero el contacto le dio un hilo de humanidad que necesitaba.
Y entonces, la atmósfera cambió. Una presencia se deslizó por el borde de la habitación, silenciosa, letal. Dayana apareció, la vampira. Sus ojos brillaban con un hambre sutil, un placer oscuro al sentir la nueva divinidad de Lusian. Su mirada se fijó en él, y por un instante todo lo demás desapareció.
—Interesante… —susurró, su voz como terciopelo venenoso—. Te han dado algo más… más fuerte. —Su lengua humedeció sus labios, y una sonrisa peligrosa se dibujó. Quisiera probar un poco… tu sangre…, pensó, saboreando la idea con un instinto predador. Pero un segundo después, percibió la fuerza que ahora residía en él, un filo de poder que no se podía ignorar. Podría aplastarme en segundos, reconoció, y la anticipación se mezcló con un respeto casi temeroso.
Lusian permaneció inmóvil, sintiendo la tensión que emanaba de ella. No estaba aquí para atacar aún, pero la energía que irradiaba era pura intención de depredador, curiosidad y deseo mezclados. Esta vez, la balanza había cambiado: Lusian ya no era el cazado.
El aire tembló. Cada una de estas mujeres miraba al semidiós recién nacido con respeto, temor, amor y desafío. Lusian respiró hondo, sus sombras se movían a su alrededor, danzando con voluntad propia. Su poder ya no era solo suyo; era la marca de Kheris, la herencia de un dios caído, un filo afilado que podía desafiar cualquier designio divino.
Y Dayana lo sabía.
—Esto va a ser… divertido —susurró, dejando que la sombra de su deseo y peligro se filtrara en la habitación.
Lusian levantó la mirada, sus ojos amarillos brillando con intensidad sobrenatural. Cada músculo tenso, cada sombra moviéndose a su alrededor, mostraba que la partida estaba lejos de terminar. La caza apenas comenzaba, y esta vez, él era el que podía marcar las reglas.
“El Vacío de los Elegidos”
La noticia viajó más rápido que cualquier mensajero.
Antes de que los cuerpos de los Cruzados se enfriaran…
Antes de que el eco de la batalla se desvaneciera…
El mundo entero ya lo sabía: los elegidos de los dioses habían caído.
No era solo una derrota militar.
Era un símbolo roto.
Un recordatorio brutal de que incluso los héroes más poderosos podían sangrar… y morir.
En templos y catedrales, las campanas repicaron con un sonido hueco, casi fúnebre.
Los fieles se arrodillaron temblando.
Los altos sacerdotes discutían entre miedo y furia:
algunos clamaban venganza divina,
otros murmuraban dudas que podían costarles la vida.
¿Los dioses habían cambiado?
¿Su voluntad ya no podía protegerlos?
Mientras tanto, los reyes convocaban a sus consejos,
y los nobles debatían entre reforzar fronteras o pactar con antiguas herejías.
El miedo avanzaba en silencio,
insidioso,
como un río negro imposible de contener.
En las tierras salvajes, las bestias sensibles al maná se inquietaron.
Bandadas desviaron sus rutas,
y criaturas ancestrales alzaron la cabeza, percibiendo un quiebre invisible.
Los chamanes escucharon susurros en las raíces de los árboles:
“La balanza se ha movido… algo se ha roto.”
En las islas de los magos, la alarma fue aún mayor.
Los Cruzados habían sido creados para enfrentar lo imposible.
Si ellos habían caído…
¿Qué esperanza quedaba para los mortales comunes?
Los Archimagos revisaban profecías olvidadas.
Los portales vibraban, inestables, como si el flujo natural del maná hubiese perdido su ritmo.
Y entonces sucedió.
Una luz vertical rasgó el cielo en cada nación.
No importó idioma, clima ni continente:
era como si una mano invisible hubiera abierto un portal entre los mundos.
La voz llegó después.
Profunda.
Vibrante.
Resonando en huesos, carne y espíritu:
—Los elegidos han caído.
—El equilibrio se fragmenta.
—Los dioses reclaman nuevos campeones.
En plazas abarrotadas, la gente se arrodilló sin pensar.
Niños lloraban.
Ancianos extendían las manos hacia el resplandor.
Los Heraldos descendieron envueltos en mantos de luz o sombra.
Sus ojos ardían con fuego celestial o bruma etérea.
No necesitaron gritar:
—Los fieles deberán acudir.
—La selección comenzará.
—Solo los dignos caminarán entre dioses.
No era una invitación.
Era un decreto.
El Torneo de la Elección fue proclamado.
Los dioses no podían permitir un vacío de poder.
Enemigos antiguos ya despertaban en las sombras.
Llegarían candidatos de órdenes sagradas, aldeas remotas, clanes guerreros, academias arcanas y pueblos olvidados por la historia.
Las pruebas serían brutales: físicas, mágicas, espirituales.
El alma misma sería examinada.
Todos podían sentirlo.
Los dioses estaban desesperados.
Y cuando los dioses desesperan…
los mortales tiemblan.
Los Heraldos desaparecieron tan rápido como habían llegado.
La luz tardó minutos en desvanecerse.
El mundo contuvo la respiración.
La caída de los Cruzados no había sido un final.
Era la señal.
El inicio de una nueva disputa divina…
una carrera por llenar el vacío dejado por los héroes muertos.
Y entre mortales, sabios y necios murmuraban lo mismo:
—El mundo ha cambiado… y ningún dios podrá revertirlo.
Mientras el miedo se extendía entre los mortales, en lo alto del Mundo Celestial, donde los océanos eran luz y el firmamento se sostenía con leyes invisibles, los diecinueve tronos mayores se reunieron.
Cada uno brillaba con una presencia capaz de deformar la realidad…
…excepto uno.
El trono que había pertenecido a Kheris permanecía vacío, quebrado en la base, como si su esencia se hubiera desintegrado desde dentro.
Un recordatorio silencioso e insoportable:
Un dios había muerto.
Otro había sido borrado.
Y ambos por manos mortales.
Algo que no ocurría desde el nacimiento del mundo.
Aeltharis, dios del Orden, se alzó.
Su voz, cuando habló, fue la voz que estabilizaba tormentas:
—Velyrion ha sido asesinado. Kheris ha desaparecido para siempre. No quedan fragmentos. No quedan restos. Ambos… eliminados del ciclo.
Un murmullo recorrió los tronos como un terremoto contenido.
Seraphyne, Diosa de la Vida, frunció el ceño, conteniendo un temblor que raramente mostraba:
—Artureos… —dijo, con voz cargada de reproche—. ¿Por qué no le quitaste tu bendición a esa mocosa?
Artureos, Dios de la Fuerza, inclinó levemente la cabeza, con una sonrisa fría:
—Ella me agrada… es fuerte. —Sus ojos brillaron con un fuego indomable—. Pero se unió a ese demonio. Sus decisiones no me importan.
Seraphyne lo miró con incredulidad:
—¿Y no te preocupa que termines muriendo por ella?
Artureos se encogió de hombros, tranquilo como si hablara de otra era:
—Puedo esperar hasta el ciclo del próximo mundo. No soy tan viejo.
Aeltharis, invitando al orden, intervino con la gravedad de siglos:
—Silencio. —Su voz resonó, firme y absoluta—. Debemos hablar del verdadero peligro.
Therem, dios de la Guerra, golpeó su trono; el estruendo sacudió el firmamento:
—¡No perdamos tiempo hablando del Caído! Kheris ya no existe. Lo que importa es lo que dejó atrás.
Todos sabían a qué se refería: un mortal. Un humano que ahora cargaba fragmentos de divinidad.
Lusian.
—Creó un heredero ilegítimo —continuó Therem—. Un semidiós que no nació de fe, ni de culto, ni de devoción.
Aeltharis habló con voz grave, cada palabra tallada en la eternidad:
—Y ese es el verdadero problema. Un ser que no depende de creyentes… es un dios que no puede morir.
Los tronos temblaron.
Un dios sin fe era una paradoja. Una amenaza. Una herejía viviente.
Ignivar, dios del Fuego Primigenio, añadió con tono profundo:
—Los humanos ya se adaptan al maná. Cada año dependen menos de nuestras bendiciones… y de nuestras amenazas.
Si además encuentran en ese semidiós un símbolo… una alternativa…
El silencio que siguió pesaba más que cualquier sentencia.
Si los humanos empezaban a creer en Lusian,
si lo veían como protector, como justicia, como esperanza,
si lo veneraban —aunque fuera instintivamente—…
El panteón perdería poder.
Perdería territorio espiritual.
Perdería dominio.
Y con ello,
comenzarían a desaparecer.
Aeltharis habló al fin, con frialdad absoluta:
—Debemos impedir que ese mortal… no, ese semidiós… se convierta en un punto de apoyo para la humanidad.
Debemos borrar su influencia antes de que se afiance.
Seraphyne dudó:
—¿Matarlo?
Therem no vaciló:
—Si es necesario. Un dios cayó por su mano. La semilla del Caído vive dentro de él. No podemos permitir que se convierta en una fe alternativa.
Lyria entrelazó las manos, calculadora y fría:
—Y debemos hacerlo pronto. Antes de que los humanos comprendan lo que él representa: una divinidad que camina entre ellos… y que no los necesita para existir.
Aeltharis se levantó, su presencia iluminando el infinito:
—El Concilio decreta:
Lusian Douglas de Mondring será eliminado.
El decreto se grabó en el tejido del cielo, ardiendo como un pacto imposible de romper.
Uno a uno, los tronos se apagaron.
La luz retrocedió.
El silencio eterno regresó.
Solo quedó el trono roto de Kheris.
Quieto.
Silencioso.
Cargado de algo que ningún dios se atrevía a nombrar:
miedo.
“El Origen del Poder Divino y la Verdadera Amenaza”
Desde el inicio de la creación, surgieron las Leyes Fundamentales, y con ellas los dioses.
No eran eternos.
Ni omniscientes.
Ni omnipotentes.
Su existencia dependía de algo simple… y aterrador:
la fe humana.
Cuando un mortal rezaba, dudaba, suplicaba o confiaba, generaba una energía invisible:
la Fe Condensada, o Maná Divino.
Solo el dios adorado podía absorberla.
Esa energía extendía su vida, alimentaba su poder y sostenía su trono en el Mundo Celestial.
Un dios sin creyentes no envejecía.
Desaparecía.
Disuelto.
Olvidado incluso por la historia.
Por eso jamás descendían al mundo mortal.
La Ley Universal era implacable:
“Quien descienda… dejará de ser divino.”
Sería mortal.
Vulnerable.
Asesinable.
Para mantener su dominio, los dioses crearon Heraldos, avatares parciales, visiones oraculares y desastres controlados.
Manipulaban desde las alturas.
El maná no era una bendición.
Era un instrumento.
Cuanto mayor el peligro,
mayor el miedo…
mayor la necesidad de rezar.
El caos no era un accidente.
Era un plan.
Una adoración forzada a escala continental.
Pero Lusian rompía esa ley.
Caminaba entre los mortales con fragmentos de divinidad…
sin necesitar fe.
Y eso, para los dioses, era peor que una rebelión.
Era algo que nunca habían enfrentado.
Algo que jamás debió existir.
Una amenaza que los dioses no podían controlar.
Ni comprender.
Ni detener.
“El Ultimo Dia del Ducado”
El amanecer no trajo luz.
Solo una neblina espesa de maná que ondulaba sobre las ruinas como un océano enfermo.
Lo que una vez fue el corazón del Ducado Douglas…
ya no era un lugar para humanos.
Las montañas cercanas se habían partido en ángulos imposibles, como si manos divinas las hubieran moldeado a golpes.
Los árboles retorcidos respiraban maná.
Las piedras palpitaban como corazones muertos.
Y el aire…
El aire estaba tan cargado de magia que quemaba la piel.
Nadie podía vivir allí.
Ni hoy.
Ni mañana.
Y tal vez nunca.
Lusian observó en silencio.
Su rostro, por primera vez, no mostraba fuerza… sino cansancio.
Albert se acercó entre los restos del camino.
—Mi señor —dijo con gravedad—. Ya hemos organizado todo. Las caravanas partirán antes del mediodía.
Detrás de él, miles de soldados y civiles se reunían, llevando lo poco que quedaba.
Un mar humano desgarrado, pero dispuesto a seguir.
Uno de los generales dio un paso adelante.
—Duque Douglas… déjenos seguirlo. Donde usted vaya, iremos nosotros.
Lusian bajó la mirada.
El general no lo entendía.
O sí.
Un pensamiento se abrió como una herida:
“¿Por qué no me odian…?
Fui yo quien provocó la caída de este lugar.”
Albert lo miró con la sinceridad implacable que solo él podía permitirse ante Lusian.
—Mi señor, sé lo que está pensando… pero escúcheme.
Señaló las ruinas, el cielo agrietado, las líneas de maná vibrando sobre el suelo.
—El Ducado no existe por las tierras. Ni por las murallas.
Existe para servirlo a usted. Esa es —y siempre ha sido— nuestra razón de existir.
Lusian cerró los ojos.
Sintió el peso del poder divino dentro de él: Y en su corazón un fuego que no podía apagar.
Suspiró.
—Bien… —dijo con voz grave—. Busquemos un nuevo lugar. Uno donde el maná sea tolerable. Donde las bestias no los sigan.
Albert… encárgate de guiarlos.
—Sí, mi señor.
El general insistió:
—¿Y usted? ¿Vendrá con nosotros?
Lusian negó lentamente.
Miró al horizonte, hacia donde el cielo seguía fracturado por la batalla de los dioses.
—Los dioses no aceptarán lo que soy —dijo con honestidad cortante—. Enviarán héroes. Enviarán monstruos. Lo intentarán todo.
Y no puedo permitir que medio millón de personas mueran solo por estar a mi lado.
Dio un paso atrás.
El viento de maná hizo ondear su capa como si la tierra misma lo rechazara.
—Moverme solo es la única forma de mantenerlos con vida.
Mientras ustedes buscan un hogar… yo desapareceré del mapa.
Albert tragó, ocultando el dolor.
—Cuando encontremos un lugar seguro —dijo—, cuando levantemos murallas nuevas… usted volverá, ¿verdad?
Lusian sostuvo su mirada.
—Sí.
Cuando estén a salvo.
Cuando los dioses no puedan usarlos para alcanzarme… regresaré.
Albert inclinó la cabeza en una despedida que sabía que podía durar meses… o años.
Los tambores sonaron.
Las caravanas comenzaron a avanzar.
Una ducado entero emprendió un éxodo que sería recordado por generaciones.
Lusian, solo en medio del territorio muerto, los observó alejarse.
Y solo cuando el último estandarte Douglas se perdió entre la bruma de maná, permitió que su expresión cambiara.
—Que vengan los dioses… —murmuró—.
Esta vez, no los esperaré aquí.
El viento rugió, arrastrando polvo y luz distorsionada alrededor de sus botas.
Lusian dio un paso hacia el horizonte fracturado…
…cuando escuchó pasos detrás de él.
No eran soldados.
No era Albert.
Ni un heraldo divino.
Eran ellas.
Elizabeth avanzaba meneando suavemente las caderas, la mirada fija en el hombre al que había elegido.
—Si creíste que te dejaríamos caminar hacia la muerte tú solo —dijo, con una sonrisa cansada pero firme—, entonces aún no me conoces.
Emily llegó después, respirando hondo, los ojos inquebrantables.
—Te lo dije una vez —susurró—. No importa a dónde vayas… yo iré contigo.
Kara apareció a continuación, su espadón envuelto en vendas para contener la energía residual que aún palpitaba en él.
—Además —añadió con tono mordaz—, ¿quién te sacará de los problemas cuando actúes como un héroe idiota? Porque lo harás. Siempre lo haces.
Isabella caminó con la frente en alto, los ojos rojos encendidos como brasas.
—¿Vas a abandonarme? —preguntó, con un dejo de culpa y desafío—. Prometiste cuidarme siempre… ¿o solo lo dijiste para llevarme a tu cama?
Mi camino está atado al tuyo, Lusian. Hasta el final.
Adela avanzó en silencio, acompañada de su tigre blanco. Su presencia era cálida, un refugio, pese al aura helada que emanaba de él.
—No somos cargas —murmuró, tocando su brazo—. Somos tu fuerza.
Y tú eres la nuestra.
Dayana fue la última en aparecer, descendiendo de una roca fracturada con su habitual aire desafiante. Sus ojos se detuvieron en el cuello de Lusian; se lamió los labios, dejando entrever los colmillos.
—No tengo hogar —dijo con voz baja—. Y además… —sonrió—, si te ayudo, me darás un poco, ¿verdad?
Prometo obedecerte. Solo dame un poco de ti.
Lusian las miró.
Seis mujeres que habían sobrevivido a la guerra.
—No entienden lo que se avecina —dijo finalmente—. No puedo permitir—
Elizabeth lo interrumpió con un paso firme.
—No tienes derecho a decidir por nosotras.
Emily contenía las lágrimas.
Kara sonreía como si todo fuera un juego, dispuesta a seguirlo incluso contra su voluntad.
Isabella ardía.
Adela irradiaba serenidad.
Dayana parecía lista para suplicar… o morder.
Lusian cerró los ojos.
Era imposible protegerlas.
Imposible detenerlas.
Y, muy en el fondo, lo sabía:
ellas eran la última parte de su humanidad.
Abrió los ojos.
Y aceptó su destino…
y el de ellas.
—Entonces —dijo—, caminemos juntos.
El maná sopló otra vez, levantando remolinos de luz violeta.
Lusian avanzó.
Elizabeth a su izquierda.
Emily a su derecha.
Kara saltando sobre una roca.
Isabella con pasos de fuego.
Adela detrás, guardiana silenciosa.
Dayana al frente, desafiando la tormenta.
Siete figuras.
Un solo propósito.
El mundo había perdido un ducado.
Los dioses habían ganado un enemigo.
Y el continente entero pronto aprendería una verdad nueva:
Cuando un semidiós camina acompañado…
no existe cielo capaz de contenerlo.
Gracias por llegar hasta aqui, acompañarme en esta aventura, la segunda parte vendra pronto. gracias.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com