Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 6

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. GUERRA EN EL MUNDO MAGICO
  4. Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 conflictos en el bosque
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

6: Capítulo 6 conflictos en el bosque 6: Capítulo 6 conflictos en el bosque “El zumbido en el bosque” Mientras el grupo avanzaba más profundo entre los árboles, el aire se volvió pesado y húmedo.

Los rayos de sol apenas lograban filtrarse entre la espesura, y un zumbido bajo, casi imperceptible, comenzó a vibrar en el ambiente, haciéndoles tensar cada músculo.

Thunder, que caminaba al frente junto a Lusian, relinchó inquieto.

Su cuerpo se cubrió de chispas azules; el instinto de la bestia le avisaba del peligro.—¿Qué sucede, muchacho?

—susurró Lusian, ajustando las riendas y observando el bosque con atención.

Un destello cruzó la penumbra entre los árboles, tan rápido que apenas pudieron seguirlo con la vista.

Antes de que nadie reaccionara, una sombra amarillenta se estrelló contra el suelo, levantando polvo, hojas secas y ramas rotas.

Era una abeja gigante, casi del tamaño de un caballo.

Sus alas batían con fuerza, produciendo un zumbido ensordecedor que hacía vibrar el aire.

Sus ojos, negros y brillantes, seguían los movimientos del grupo con inquietante precisión.

Albert se adelantó, sus movimientos precisos y calculados.

Con un giro ágil de la espada, cortó las alas de la criatura y la atravesó con un golpe limpio en la cabeza.

El insecto se estremeció unos segundos, derramando un fluido espeso de color violeta, antes de quedar inmóvil.

El veterano observó el cuerpo con mirada grave.—Un enjambre debe estar cerca —dijo con voz firme—.

Individualmente, estas abejas son clase C; en grupo, podrían alcanzar clase B.

Cien de ellas, y podrían derribar a una bestia mágica de este nivel.

El grupo intercambió miradas tensas.

Uno de los caballeros murmuró con cautela:—Podríamos intentar atraparlas…

su veneno y aguijón se venden bien.

Albert negó lentamente con la cabeza.—Morirían cinco o seis de nosotros antes de conseguirlo.

No vale la pena.

Lusian frunció el ceño, imaginando lo letal que debía ser un enjambre entero.—¿Tan peligrosas?

—Más de lo que parecen —respondió Albert—.

Su veneno no solo quema la carne; también bloquea el flujo de maná.

El veterano entonces señaló discretamente el piercing de plata en la oreja izquierda de Lusian.—Este artefacto lo protege de la mayoría de los venenos.

Lusian lo tocó, sorprendido.—¿Esto?

Ni siquiera sabía que lo llevaba puesto.

Albert arqueó una ceja.—Es un artefacto de la familia Douglas.

Si inyectas maná en él, activa un hechizo de purificación.

Te curará casi al instante…

si alguna de estas abejas te pica.

—¿Casi todos los venenos?

—preguntó Lusian, intrigado.

—Casi todos.

Solo tres son imposibles de neutralizar.

Dos de ellos son rarísimos y absurdamente caros; ni siquiera el emperador de Itaca se arriesgaría.

El tercero…

es más peligroso, porque actúa en segundos.

Inmoviliza el cuerpo y bloquea el flujo de maná.

Si te alcanza, ni siquiera podrías activar el artefacto.

Un escalofrío recorrió la espalda de Lusian.

Imaginó su maná bloqueado, como un río detenido por una roca, y sintió un ligero hormigueo de alerta por todo el cuerpo.

Los caballeros se miraron, conscientes de que el bosque escondía peligros mucho mayores que simples abejas gigantes.

El silencio volvió a caer, pesado y expectante, mientras los rayos de luz jugaban entre la niebla y las ramas.

Cada respiración parecía amplificar el zumbido distante, recordándoles que, en el bosque Cymopelia, incluso la criatura más pequeña podía ser letal.

Albert dio un paso al frente y su voz resonó firme entre los árboles:—Mantengan los ojos abiertos.

Si escuchan un zumbido fuerte, no intenten luchar; retrocedan y protéjanse con barreras mágicas.

No permitiremos que un enjambre acabe con nosotros.

Lusian observó el cadáver de la abeja y el veneno que aún burbujeaba en el suelo.

El bosque estaba vivo…

y hambriento.

Thunder resopló, y una chispa recorrió su cuerpo.

Lusian asintió, ajustando su agarre en las riendas.—Sigamos —dijo en voz baja—.

Esto apenas comienza.

Mientras Albert y Lusian discutían los peligros, los caballeros regresaron apresurados, trayendo noticias de la colmena.

A diferencia de lo que Lusian esperaba, la colmena solo contenía unas 130 abejas.

En su mundo anterior, una colmena normal tendría decenas de miles.

Pero aquí, el equilibrio era lógico: las abejas mágicas necesitaban grandes concentraciones de maná para crecer.

Cuanto más maná absorbían, menos individuos podía sostener la colmena.

Una regla simple de la naturaleza.

Albert frunció el ceño ante el informe.—Si todas atacan al mismo tiempo —dijo con gravedad—, ni siquiera Thunder podría protegernos.

Todos moriríamos.

Su decisión fue inmediata y prudente: descartar el ataque.

Pero Lusian no apartó la mirada del humo leve que se elevaba de la colmena.

Recordó las incontables batallas del juego; allí, los errores no pesaban.

Aquí, cada fallo podía costar vidas.

Aun así, la miel mágica era tentadora: rica en maná, capaz de fortalecer cuerpo y espíritu, y un recurso valioso para pociones y rituales.

Finalmente, habló con calma:—Albert…

podríamos hacerlo, si las separamos.

El veterano arqueó una ceja.—¿Separarlas?

—Sí —explicó Lusian—.

Atacamos desde cuatro puntos distintos, formando una X, manteniendo distancia entre los grupos.

El enjambre se dividirá y perderá coordinación.

Serán más fáciles de manejar.

Albert lo estudió en silencio.—¿Y de dónde sacaste eso?

—Lo escuché en Trhuin —respondió Lusian, intentando sonar casual—.

Unos aventureros hablaban de cómo cazar nidos parecidos.

El veterano cruzó los brazos.—Si te equivocas, morirán hombres.

¿Puedes cargar con eso?

Lusian tragó saliva.

No estaba acostumbrado a que una estrategia implicara vidas reales.—Sí —respondió con firmeza—.

Si el plan falla, asumiré la responsabilidad.

Albert lo miró unos segundos más, luego asintió lentamente.—Bien.

Lo haremos a tu manera.

Pero recuerda, Lusian…

una estrategia no vale nada si olvidas que las vidas no se reinician.

El grupo se reorganizó.

Cuatro escuadras, cada una con tres caballeros y un mago.

El fuego sería el elemento principal.

Albert levantó la mano, canalizando energía ardiente en su espada:—¡Ahora!

Varias bolas de fuego cruzaron el aire y estallaron contra la colmena.

Un rugido de zumbidos llenó el bosque.

Tal como Lusian había previsto, las abejas se dispersaron en cuatro direcciones.

El plan funcionaba…

hasta que el grupo de Lusian recibió el embate más fuerte.

Veintinueve abejas se lanzaron sobre ellos.

Thunder relinchó, liberando un estallido eléctrico que recorrió el suelo y el aire, aturdiendo a decenas de abejas.

Lusian, protegido por el vínculo mágico que lo unía a su montura, no sufrió daño alguno, pero los caballeros retrocedieron ante la descarga.

Cinco abejas, inmunes al rayo, se abalanzaron directamente sobre él.

Lusian giró su espada, concentrando maná en el filo, pero Albert llegó primero, cortando dos de un solo movimiento.

Los caballeros remataron a las restantes con ataques coordinados.

En los otros frentes, las escuadras enfrentaban sus propios desafíos.

Algunos hombres fueron picados, pero las pociones antídoto surtieron efecto de inmediato.

Cuando el último zumbido se desvaneció, el aire se llenó de humo y olor a miel quemada.

Albert observó el campo con ojos críticos.—Veintiuna muertas antes del contacto…

—murmuró—.

La idea funcionó mejor de lo que esperaba.

Lusian bajó la mirada, aliviado.

Nadie había muerto.

Albert ordenó reagruparse y continuar.

La reina debía estar cerca: las abejas guardianas nunca se alejaban demasiado del corazón de la colmena.

Minutos después, el zumbido regresó, más profundo y amenazante.

El aire vibraba con energía mágica, como si el bosque mismo contuviera el aliento.

Del interior del nido emergió una criatura colosal: la reina, flanqueada por cuatro guardianas, su cuerpo cubierto de cristales negros de maná que reflejaban la luz en destellos ominosos.

Thunder relinchó, y su cuerpo se cubrió de rayos azules.

Lusian alzó la espada, sintiendo el latido de la energía mágica que recorría cada fibra de su ser.—Ahora —susurró.

Thunder se lanzó como un rayo, golpeando a la reina con una descarga directa que partió su caparazón en un estallido de chispas y maná.

Lusian aprovechó el momento, saltando de la montura y cortando en diagonal, dividiendo a la criatura en dos.

Las guardianas intentaron reaccionar, pero los caballeros no dieron tregua.

Ataque tras ataque, barrera tras barrera, cayeron una a una.

En minutos, el campo quedó silencioso, roto solo por el zumbido lejano de abejas dispersas.

Albert observó el cuerpo de la reina y asintió con respeto.—Buen trabajo, joven maestro.

No cualquiera se atrevería a improvisar algo así.

Lusian apenas sonrió, cansado pero aliviado.

Había tenido suerte; en el juego, esto habría sido simplemente otra victoria, pero aquí, cada corte y cada decisión pesaban con la certeza de la vida real.

Mientras recolectaban los cuerpos y la miel mágica, Albert le dio una palmada en el hombro.—Parece que Sofía te ha enseñado bien.

Sigue escuchando esa intuición.

Pero recuerda…

el bosque no perdona dos veces.

Lusian asintió.

Ese día había ganado algo diferente: la certeza de que el conocimiento podía salvar vidas…

o destruirlas, si se usaba sin cuidado.

Esa noche, el grupo montó campamento en un claro del bosque.

Los magos trazaron runas de protección alrededor del perímetro, y esferas luminosas flotaban suavemente, iluminando el lugar con un brillo azul etéreo.

Albert organizó las guardias, mientras los caballeros levantaban tiendas y revisaban su equipo.

Lusian, sentado junto al fuego, observaba las llamas danzar, reflejando destellos en su armadura.

Había sido un día agotador, pero revelador.

Durante la cena, Albert sacó un pequeño frasco de cristal lleno de miel mágica.

Su tono era solemne:—Con el permiso del joven maestro, compartiremos un poco de esto.

La miel de abeja mágica es un manjar raro…

y una bendición para quienes arriesgan su vida cazando.

Lusian asintió con una leve sonrisa.—Háganlo.

Nos la ganamos.

Uno a uno, los caballeros probaron la miel.

Una pequeña cucharada bastó para que un calor intenso recorriera sus cuerpos, como si una corriente invisible de energía fluyera por sus venas, reanimando músculos cansados y despejando la mente.

Incluso Lusian lo sintió.

El maná de la miel se mezclaba con el suyo de forma armoniosa, incrementando sutilmente su flujo interno.

No era abrumador, sino un fortalecimiento silencioso, estable y natural.

Albert, tras probarla, comentó con tono analítico:—Definitivamente está saturada de maná.

Debe haberse generado en un ambiente donde las plantas y el aire están llenos de energía vital.

Esto explica por qué las abejas eran tan resistentes.

Charles Grell, con la mirada fija en el frasco, añadió:—No me extrañaría que la colmena se formara cerca de una fuente de maná subterránea.

Si recolectamos más, esta miel podría usarse para preparar pociones de refuerzo o incluso elixires de ascenso de clase.

Las palabras de Charles despertaron murmullos de emoción entre los soldados.

Para ellos, sentir el poder recorrer el cuerpo era un privilegio que rara vez se experimentaba fuera de las familias nobles.

Lusian observó sus rostros iluminados por la esperanza y pensó en lo irónico del destino: en su vida anterior, la fuerza se obtenía con horas de combate o puntos de experiencia.

Aquí, en cambio, bastaba un simple alimento.

Un mundo donde la comida era poder.

“El Nido de Arañas” El tercer día del torneo de caza trajo consigo un aire cargado de tensión y desesperación.

En el grupo liderado por Manuel Carter, la situación se había tornado caótica.

Emily y Alejandro, explorando una zona boscosa, tropezaron con un nido de arañas.

Antes de poder retirarse, se vieron forzados a luchar por sus vidas.

Cuatro caballeros habían caído ya, y los demás combatían con todas sus fuerzas contra una araña gigante de clase B y sus crías de clase D.

En total, eran cincuenta y cinco criaturas.

El suelo estaba cubierto de cuerpos atrapados en hilos plateados, mientras diez crías ardían en las brasas de los hechizos de fuego.

Emily alzó las manos al cielo y activó su hechizo Luminis Radiance.

Un círculo dorado de luz pura surgió bajo sus pies, irradiando energía sagrada.

Su afinidad mágica de categoría Delta amplificaba la potencia del maná de sus aliados y debilitaba la influencia de la magia oscura que emanaba del enjambre.

Mientras su luz brillaba, los caballeros avanzaban, y Alejandro lideraba la vanguardia, su espada envuelta en llamas, cortando los hilos que descendían desde los árboles.

Pero el verdadero peligro no estaba en tierra.

La araña gigante, astuta y rápida, se movía entre las copas, lanzando hilos para atrapar a los soldados y devorarlos en las alturas.

Alejandro, tras observar su patrón, lanzó una llamarada que quemó los hilos antes de que otro caballero fuera arrastrado.

Los demás siguieron su ejemplo, usando fuego para contrarrestar la estrategia del monstruo.

La criatura cambió de táctica.

Desde las sombras del dosel descendía en silencio sobre los distraídos, inyectando veneno antes de desaparecer nuevamente.

William, el caballero más fuerte del grupo, de clase Magister, intentaba acorralarla, pero la araña era demasiado veloz.

Cuando descendió directamente sobre Emily, un destello ardiente iluminó el bosque.

Alejandro, sin dudarlo, desató su hechizo de fuego de rango 5, un rugido de llamas que incendió las ramas y obligó a la criatura a retroceder.

Los caballeros atacaron con fuerza, pero la araña chilló con un sonido agudo que estremeció a todos, mientras sus crías se lanzaban con furia renovada.

Los soldados retrocedieron, heridos y agotados.

Entonces, un estruendo resonó entre los árboles.

Un segundo grupo apareció: Daniel Carter y sus hombres.

Preocupado por la seguridad de sus hijos, Daniel nunca se había alejado demasiado.

Su llegada cambió el rumbo de la batalla.

En minutos, las crías fueron aniquiladas, y la araña madre, enfurecida por la pérdida, se lanzó con furia ciega.

Daniel avanzó al frente, su espada envuelta en maná de luz.

Cada golpe suyo repelía la energía oscura del monstruo.

William, herido pero firme, se unió al ataque.

Juntos cortaron varias de las patas de la criatura.

En un último acto de desesperación, la araña se abalanzó sobre William, hundiendo sus colmillos en su hombro y vertiendo veneno en su cuerpo.

—¡No!

—gritó Emily, extendiendo su mano—.

Antes de que pudiera lanzar un hechizo, Alejandro corrió hacia el monstruo.

Su espada, envuelta en fuego ardiente, se hundió directamente en la frente de la criatura.

Canalizando todo su maná, gritó:—¡Arde en el infierno!

Una llamarada surgió de la hoja, incendiando la cabeza de la araña.

El monstruo soltó un chillido desgarrador antes de desplomarse, muerto.

El silencio posterior fue pesado.

Solo se escuchaban las llamas consumiendo los restos del nido.

Daniel corrió hacia William, quien bebía una poción para contrarrestar el veneno.

—¿Estás bien?

—preguntó Daniel, grave.—Estaré bien, señor.

Fue…

un error de cálculo —respondió William, intentando mantenerse en pie.

Daniel frunció el ceño.—¿Cómo se metieron en este lío?

—Fue mi descuido.

No noté los hilos en los árboles.

No pensé que encontraríamos un monstruo de clase B tan cerca del límite del bosque —admitió el caballero con pesar.

Daniel se acercó a sus hijos.

Emily y Manuel estaban cubiertos de sudor, pero ilesos.—Deberías haberte quedado con tu madre, Emily.

No sé por qué me dejé convencer —dijo con decepción.—Padre…

no sabíamos que habría criaturas tan fuertes.

Aún no habíamos entrado tan profundo —respondió ella, con la voz temblorosa.

Daniel suspiró y explicó:—Esta es la época en que las bestias dan a luz.

Los monstruos adultos se dispersan para proteger a sus crías.

El reino organiza este torneo ahora precisamente por eso: para limpiar el bosque y evitar que las amenazas se acerquen a la capital.

Así, el rey no tiene que arriesgar a sus tropas.

Manuel lo miró con frustración.—Entonces, todo este torneo es solo una forma de que los nobles hagan el trabajo sucio del reino.

Daniel sonrió con amargura.—Exactamente.

Aunque hay quienes lo disfrutan…

Manuel comprendió a qué se refería.—Por eso los Douglas siempre ganan, ¿verdad?

Para ellos esto no es un deber, es una oportunidad de presumir su poder.

Aunque Daniel reprendió a sus hijos, en el fondo entendía el motivo de Emily.

Sabía del peso de su compromiso con Lusian y de cómo las habladurías de la nobleza la habían aislado.

Ella solo quería demostrar que podía valerse por sí misma.

Tras dejar instrucciones para disponer de los cuerpos y quemar el nido, Daniel se alejó.

Alejandro aprovechó para acercarse a los hermanos.

—Espero que no les haya ido muy mal con el regaño —bromeó con sonrisa cansada.—No tienes idea…

—respondió Manuel, resignado—.

Padre está furioso.Emily bajó la mirada.—Es mi culpa.

Si no hubiera insistido en venir, esos caballeros seguirían vivos…

Manuel apoyó una mano en su hombro.—No digas eso.

La muerte forma parte del camino del caballero.

No hay mayor honor que morir defendiendo a su señor o a sus compañeros.

Emily lo miró con lágrimas contenidas y lo abrazó, agradecida.

Pero su mente vagó hacia otro nombre: Lusian.

¿Qué habría hecho él en su lugar?

Alejandro frunció el ceño.—¿Qué pasa, Emily?

No me digas que preferirías estar con ese…

“accesorio”.—¿Accesorio?

—repitió Emily, confundida.—Así le llama Alejandro.

Un noble mimado que no merece su título —interrumpió Manuel, con ironía.

Alejandro golpeó el suelo con frustración.—Ese tipo se cree superior a todos —gruñó—.

Vive del nombre Douglas y del miedo que inspira su familia.

Emily lo miró con severidad.—No hables así, Alejandro.

Ya sabes lo que le ocurrió al barón Joel por insultar a un Douglas.

El silencio cayó sobre el grupo, tenso y pesado.

Manuel fue el primero en hablar, con voz cautelosa.—El barón te insultó…

y Lusian ordenó su ejecución, ¿no es así?

Emily bajó la mirada.

Las palabras de Manuel pesaban en su pecho.—No fue así…

—murmuró—.

Lusian solo intentó detener la situación, pero…

fui yo quien intervino.

Todo se salió de control.

Alejandro la miró sorprendido.—¿Quieres decir que tú…?

—No lo entienden —interrumpió Emily, casi susurrando—.

El barón me amenazó, y Lusian solo reaccionó para protegerme.

Pero lo que ocurrió después…

fue culpa mía.

Si no hubiera abierto la boca, nada de eso habría pasado.

Alejandro apretó los puños con rabia.—Aun así, ese hombre vive rodeado de miedo.

Un día alguien tendrá que ponerle fin a su tiranía.

Emily lo observó con preocupación, mezcla de culpa y temor.—No cometas una locura.

No entiendes el poder que esa familia posee…

Lusian no es como su padre, pero si los provocas, pagarás un precio muy alto.

Alejandro se quedó mirando el fuego del campamento, ceño fruncido.

Cada chispa le recordaba algo: la rabia, la impotencia, la humillación.—Por eso —dijo al fin, con voz firme—, dejaré de ser caballero del conde Carter.

Me uniré a los caballeros reales.

Algún día recuperaré el nombre de mi familia…

y pondré fin al poder de los Douglas.

Sus palabras resonaron con una determinación tan fría que incluso Emily sintió un escalofrío.

Manuel, que escuchaba en silencio, apretó los puños.

—Si ese es tu camino —dijo, con la voz temblorosa pero decidida—, entonces yo te apoyaré.

No pienso quedarme de brazos cruzados mientras mi hermana sufre.

Emily lo miró horrorizada.

—¡Manuel, no digas eso!

No entiendes lo que estás diciendo.

Pero Manuel continuó, impulsado por la rabia y la impotencia.

—Siempre he vivido escuchando sobre el honor de los Carter y la justicia del reino, pero si esa justicia permite que los Douglas hagan lo que quieran, entonces ya no me interesa.

Alejandro lo miró, sorprendido, pero una chispa de aprobación cruzó su rostro.

—Entonces no estoy solo —murmuró.

Emily se cubrió el rostro, las lágrimas resbalando por sus mejillas.

—¡Por favor, basta!

No quiero que mueran por mi culpa.

No entienden…

Lusian no es lo que creen.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué estás diciendo?

Emily respiró con dificultad, temblando al recordar aquella escena en la mansión del conde Denisse.

—Lo vi temblar…

vi miedo en sus ojos.

No es un monstruo.

Hay algo en él…

algo roto.

Manuel la observó con una mezcla de sorpresa y confusión.

—¿Te gusta?

Hizo una pausa y levantó la vista hacia ellos, el reflejo del fuego dibujando destellos dorados en sus ojos cansados.

—Ustedes no entienden lo que están diciendo —continuó, con una mezcla de tristeza y severidad—.

Enfrentarse a los Douglas no es una cuestión de valor, es una sentencia de muerte.

Cada movimiento, cada palabra, tiene un precio.

Si cometen un error, arrastrarán también a nuestra familia.

Manuel bajó la cabeza, incómodo ante el tono de su hermana.

Alejandro, en cambio, la miró con una mezcla de frustración y dolor.

Alejandro apartó la mirada, apretando los puños, el fuego reflejándose en sus ojos oscuros.

No permitiré que ese hombre también te arrebate a ti, pensó, con los dientes apretados hasta el dolor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo