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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 El rugido del trueno
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7: Capítulo 7 El rugido del trueno 7: Capítulo 7 El rugido del trueno “La Bruma de la muerte” El amanecer del cuarto día del torneo llegó cubierto por una bruma pesada que olía a humedad y peligro.

Lusian Douglas estaba de pie, en silencio, observando cómo su grupo preparaba los suministros.

A su lado, Umbra, el lobo negro, aguardaba agazapado, con los ojos brillando como brasas en la penumbra.

Lusian lo miró y le habló en voz baja, impregnando sus palabras con un ligero flujo de maná.

—Encuentra al príncipe Andrew.

Mantente oculto.

Si algo ocurre, envíame una señal.

Umbra inclinó la cabeza y desapareció entre los árboles, su silueta fundiéndose con las sombras del bosque.

Lusian sabía exactamente por qué lo hacía.

En los registros del “juego” —su guía oculta en este mundo— ese día estaba marcado como la muerte del príncipe heredero.

Y aunque no sentía simpatía por Andrew, su muerte desataría un conflicto político que arrastraría al reino entero.

No podía permitirlo.

—Albert —ordenó mientras montaba sobre Thunder, su caballo mágico—.

Partiremos al norte, hacia la zona media del bosque.

Umbra nos guiará.

Albert asintió sin preguntar.

La disciplina de los caballeros Douglas era absoluta.

A varias leguas de distancia, el grupo del príncipe Andrew avanzaba entre árboles altos cubiertos de hiedra.

El ambiente era sofocante; el maná del bosque parecía más denso que de costumbre.

Richard Bourlance, su capitán, levantó la mano, haciendo una señal de alto.

—Algo no está bien —murmuró—.

Mantengan la formación.

Un caballero avanzó con cautela para investigar el entorno, pero antes de que pudiera dar la alarma, de entre las sombras surgió la mantis mágica: una criatura de más de cuatro metros, con un exoesqueleto verdoso que brillaba con maná y ojos compuestos de resplandor antinatural.

En un instante, un brazo raptorial lo atrapó con fuerza sobrehumana.

Sus gritos se apagaron al ser invadido por el veneno paralizante, y la mantis volvió a desaparecer entre el follaje con su presa.

—¡Manténganse juntos!

—ordenó Richard, desenvainando la espada mientras Edward activaba círculos de hielo y agua.

El primer ataque combinado logró frenar brevemente a la bestia, pero no detenerla.

Con un movimiento letal, la mantis destruyó al caballero atrapado y se lanzó contra el grupo, obligando a los demás a retroceder.

Cada ataque de los magos y caballeros exigía concentración extrema, y el maná y la resistencia comenzaban a agotarse.

—¡No bajen la guardia!

—gritó Edward, mientras un torrente de agua y una ola de hielo impactaban contra las patas delanteras de la criatura.

La bestia retrocedió apenas unos segundos antes de arremeter de nuevo.

A unos cientos de metros, ocultos entre la espesura, treinta hombres vestidos con ropajes oscuros observaban el combate.

El emblema imperial, apenas visible en uno de sus brazaletes, brilló bajo la tenue luz.

—Esperen —ordenó su líder en voz baja—.

Que terminen con la bestia primero.

Cuanto más agotados estén, más fácil será cumplir la misión.

Los hombres asintieron sin emitir palabra.

Su objetivo era uno solo: el príncipe Andrew.

De regreso en el campo de batalla, la mantis avanzaba con ferocidad, golpeando con una rapidez imposible de seguir.

Tres caballeros cayeron antes de que pudieran reaccionar, y otro fue alcanzado al intentar esquivar una embestida.

Cada conjuro y cada defensa drenaba poco a poco las fuerzas del grupo; la fatiga se reflejaba en respiraciones entrecortadas y músculos tensos.

Richard y Edward evaluaron la situación.

Sabían que prolongar la lucha solo los desgastaría más.

—¡Ataque combinado!

—gritó Richard.

Dos círculos gigantes se formaron bajo sus pies, superpuestos.

Agua e hielo se fusionaron en una tormenta que congeló parte del terreno y atrapó a la mantis en una prisión helada.

Una de sus patas quedó parcialmente cubierta de hielo, dejando un rastro que Edward señaló con precisión.

La criatura rugió con furia, pero sus movimientos se volvieron lentos, y el aire se llenó del olor metálico de la sangre.

Andrew aprovechó la humedad residual y canalizó su maná eléctrico.

Un rayo atravesó la capa de hielo y partió en dos al monstruo.

El rugido final resonó en todo el bosque, dejando a los caballeros y magos jadeantes, cubiertos de sudor y sangre, con los músculos temblando por el esfuerzo y el maná al límite.

—Recarguen energía, rápido —ordenó Richard, respirando con dificultad—.

Esto no ha terminado.

Habían ganado la batalla, pero el costo era evidente: cinco caballeros Lord caídos, maná agotado, heridas y un agotamiento feroz.

Ahora estaban vulnerables; cualquier ataque sorpresa podría ser fatal.

Pero toda esperanza se desvaneció cuando una oleada de intenciones asesinas los envolvió como un cuchillo invisible, helándoles la sangre.

Richard dio un paso al frente y alzó la voz con autoridad: —¡Todos, en posición!

¡Identifíquense!

Una respuesta seca surgió desde las sombras del bosque: —No hay necesidad.

Solo venimos por la vida del príncipe heredero.

El sonido metálico de espadas desenvainándose llenó el aire.

La segunda batalla del día estaba por comenzar.

“La emboscada” Richard evaluó a sus enemigos con rapidez, y un escalofrío recorrió su espalda.

Frente a ellos se desplegaba un grupo formidable: el líder, un Guerrero Magister-Delta de afinidad Tierra, imponía respeto con su sola presencia.

A su lado, un Guerrero Magister de Fuego, dos Guerreros Lord-Gamma capaces de manipular el viento y un Lord-Beta dominando las sombras completaban la élite enemiga.

Los seis espadachines Lord y los cuatro magos Lord-Beta eran la retaguardia, listos para atacar sin piedad.

Frente a esa fuerza, la posición de Richard no era envidiable.

Junto a él estaban Edward, un Lord-Delta con dominio del hielo, dos Guerreros Lord-Gamma, tres Guerreros Lord-Alpha y tres magos Lord-Beta especializados en Agua y Viento.

Y, al centro del grupo, el príncipe Andrew: Legionario-Delta, débil en combate físico, pero poseedor de un maná extraordinariamente puro.

Los números no favorecían a la realeza, y Richard lo sabía.

Cada segundo contaba; cada movimiento debía ser calculado al milímetro si querían sobrevivir a esa batalla.

Finalmente, una figura emergió de entre la neblina del bosque.

Su presencia oscura parecía devorar la luz a su alrededor.

—No hacen falta nombres —dijo el líder, un Magister-Delta cuyo maná de tierra hacía vibrar el suelo—.

Entréguennos al príncipe, y el resto vivirá.

Richard apretó la mandíbula.

—Tendrás que pasar sobre todos nosotros para lograrlo, maldito.

El hombre sonrió, tranquila y cruelmente.

—Eso se puede arreglar.

La tensión se quebró como una cuerda al límite.

Los guardias de Andrew formaron un círculo protector: escudos al frente, magos atrás, armas listas.

Richard activó un pequeño artefacto de comunicación que emitió un destello azul: la señal de auxilio para los escuadrones reales.

El aire olía a metal, sudor y maná comprimido.

—¡Ataquen!

—ordenó el líder enemigo.

El Magister-Delta atacante se lanzó al frente con una velocidad devastadora.

Los espadachines chocaron contra los defensores con una fuerza que habría desarmado a cualquiera de menor rango.

La barrera mágica de los magos de Andrew resistió apenas unos segundos antes de fracturarse bajo los golpes reforzados con tierra del líder.

La línea de defensa se tambaleó.

Richard interceptó al Magister enemigo; sus espadas chocaron con un estruendo que hizo crujir los árboles.

Edward, en el flanco derecho, congelaba el suelo para frenar a los dos Lord-Gamma que se movían con la velocidad del viento.

Pero los atacantes estaban preparados.

Conocían la formación de guardia del príncipe.

Sabían dónde golpear.

Los magos enemigos lanzaron hechizos de oscuridad que entorpecían reflejos y voluntad; dos espadachines trataban de romper la formación simultáneamente.

El grupo de Andrew empezaba a ceder.

En medio del caos, Andrew respiraba con dificultad.

Cada descarga eléctrica le exigía más de lo que su cuerpo podía soportar, pero se negaba a detenerse.

En apenas dos minutos feroces, el suelo quedó marcado por sangre y cráteres mágicos.

Cinco guerreros Lord del príncipe cayeron.

Tres de los atacantes también yacían muertos o gravemente heridos.

La barrera defensiva finalmente se quebró con un rugido, fragmentándose en chispas azules.

Dos magos de Andrew, temblando por el agotamiento, lanzaron un hechizo combinado de agua presurizada que arrastró a dos enemigos contra los árboles.

Andrew aprovechó la humedad en el aire y, con un grito de esfuerzo, desató un rayo que calcinó a un tercer atacante.

Edward cayó de rodillas, jadeando, al borde del colapso.

El líder enemigo levantó la mano, deteniendo la ofensiva.

También evaluaba el riesgo.

Caminó hacia Richard con paso tranquilo y seguro.

—Ríndanse —dijo con una voz casi amable—.

Nadie vendrá.

Todo ha sido calculado para que el príncipe muera hoy.

Y si te apartas, Bourlance…

respetaré tu vida.

Richard lo miró con furia honesta, el rostro manchado de sudor y sangre.

—Si abandono a mi señor, dejo de ser un caballero.

¿Qué valor tendría mi nombre?

El líder lo observó con una mezcla de burla y respeto retorcido.

—Entonces te daré una muerte rápida.

Richard se adelantó, interceptándolo antes de que alcanzara al príncipe.

Edward se enfrentó al segundo Magister con las últimas fuerzas que le quedaban.

Richard apenas tuvo tiempo de gritarle a Andrew entre dos choques de espadas: —¡Tu afinidad te da ventaja, úsala!

No hubo más explicación.

Andrew lo entendió al instante: su afinidad Delta, aunque modesta, consumía menos maná que la mayoría.

Y ese margen podía significar vivir…

o morir.

El líder enemigo, con afinidad Delta del elemento Tierra, se movía con una fuerza aterradora, reforzando su cuerpo hasta volverlo casi impenetrable.

Sin mediar palabra, alzó la mano: —¡Acaben con ellos!

Llamas chocaron contra muros de hielo; ráfagas de viento cortaban los árboles como papel.

Richard formó un muro de agua giratoria para desviar una lluvia de espadas mágicas.

Edward lanzó lanzas de hielo a quemarropa, bloqueando a tres enemigos, pero su respiración comenzaba a fallar.

—Maldita sea…

sabían que vendríamos por aquí —murmuró Richard, comprendiendo que los atacantes buscaban separar a los defensores para romper la formación.

La batalla se volvió desesperada.

Cada caballero enfrentaba a dos enemigos.

Los magos reforzaron la barrera elemental combinada, pero el líder enemigo logró agrietarla con un solo golpe.

Richard sintió el peligro: si la barrera caía, el príncipe moriría.

Durante dos minutos infernales, el bosque se iluminó con destellos de fuego y relámpagos.

Cinco caballeros del príncipe cayeron.

Tres atacantes fueron abatidos.

Entonces uno de los magos enemigos logró finalmente romper la formación defensiva.

En el instante en que la barrera se quebró, dos magos de Andrew, exhaustos, canalizaron su maná restante en un último hechizo combinado de agua que lanzó a varios enemigos por los aires.

Andrew elevó su mano.

—¡Rayo de Castigo!

Un relámpago descendió del cielo, amplificado por la humedad del suelo, y fulminó a un Lord enemigo.

El impacto sacudió todo el terreno.

La situación ya era desesperada.

Y el príncipe Andrew entendió que ese día podía ser su último cuando vio a Edward de rodillas, con el pecho atravesado por una lanza de fuego.

Richard apenas podía mantenerse en pie.

Justo cuando la situación había superado cualquier posible salvación y el asesino avanzaba hacia el príncipe, levantó su espada dispuesto a dar el golpe final…

“La Llegada de los Douglas” El cielo se rasgó en luz.

Un estruendo atravesó el bosque como un latido divino.

Desde lo alto de una colina, descendió una criatura envuelta en relámpagos: Thunder, el corcel mágico del rayo, crin erizada de electricidad, cascos golpeando el aire como si la tormenta misma lo impulsara.

Sobre su lomo, un joven de mirada glacial blandía una lanza luminosa.

A su costado, una sombra viviente se abalanzaba sobre los enemigos: Umbra, el lobo negro de ojos carmesí, con los colmillos hundidos en la garganta de un mago antes siquiera de que este pudiera gritar.

El líder de los asesinos sintió el hielo reptarle por la columna.

—No…

no puede ser…

—¡Los Douglas!

—gritó uno de sus hombres.

Su respiración se volvió pesada.

Cada músculo de su cuerpo, tensado.

Tenía la misión más delicada de su carrera: asesinar al príncipe Andrew, sin margen para errores, sin refuerzos que llamaran la atención.

Todo debía resolverse con la precisión de un golpe quirúrgico.

Pero el primer revés llegó antes siquiera de iniciar el ataque: un Oryctes de rango B-Delta emboscó a sus espadachines, reduciendo a diez de los mejores en cuestión de segundos.

Mal augurio.

Ahora, aquello que descendía desde la colina no era un refuerzo…

era una sentencia.

—Maldita sea…

—escupió, con los dientes apretados.

Los Douglas no inclinaban la balanza: la destrozaban.

Cada segundo de retraso significaba más bajas, más terreno perdido, más posibilidades de que el silencio de esa noche se convirtiera en ruido político al amanecer.

La misión estaba al borde del colapso.

Pero retirarse no era una opción.

Cumplir la misión, cueste lo que cueste.

Thunder aterrizó con un impacto eléctrico que sacudió el suelo.

Tres asesinos se lanzaron contra el jinete.

Un destello.

Un crujido seco.

Cayeron, aturdidos por la descarga.

Albert y Charles reaccionaron con precisión impecable.

En un mismo movimiento, desenvainaron, cruzaron acero…

y los tres cuerpos rodaron contra el suelo.

Lusian levantó su espada.

El filo se tiñó de oscuridad, como si la sombra respondiera a su voluntad.

—Albert.

Charles…

atrápenlos.

Los necesito con vida.

Lo que siguió no fue una batalla.

Fue una ejecución silenciosa y perfectamente orquestada.

Richard observó a su contrincante aturdido y vio a Albert acercarse con determinación.

La relación entre la Corona y los Douglas era históricamente ambigua; muchos en la corte los consideraban asesinos despiadados que operaban en secreto.

Sin embargo, la eficacia y precisión con la que los Douglas eliminaban a los atacantes le produjo un inesperado alivio.

Notó, además, que el líder de los asesinos había activado un artefacto mágico, y su prioridad inmediata era neutralizarlo.

Albert se dirigió a Richard con calma:—Descansa, muchacho.

Ya has hecho un buen trabajo.

Richard, jadeante, respondió con gratitud:—Gracias, señor.

Pero este sujeto sigue siendo peligroso.

Albert asintió, evaluando la situación:—Si te quedan fuerzas, ayúdame a capturarlo.

Mi señor tiene varias preguntas para él.

Richard aceptó y se preparó para asistir en la captura.

El asesino, consciente de que buscaban mantenerlo con vida, aprovechó para ganar tiempo y envolvió su cuerpo en mana de viento, lanzando ráfagas contra Albert.

Este bloqueó todos los ataques con su espada envuelta en fuego.

Tras varios golpes consecutivos, el brazo derecho del asesino fue arrancado, dejando la herida quemada y deteniendo la hemorragia.

Richard, observando la escena, se sorprendió: el desequilibrio de fuerzas era evidente.

El anciano, pese a ser de la misma clase que ellos, mostraba habilidades que desafiaban la lógica.

Albert, con voz firme, le dijo al enemigo:—Mi señor te necesita con vida, pero no dijo nada sobre que te llevaríamos entero.

Con un movimiento rápido, cortó la mano izquierda del asesino antes de que pudiera lanzar un hechizo de viento, luego lo agarró por el cuello y lo arrastró hacia Lusian.

Mientras tanto, Charles se enfrentaba al asesino de clase Magister.

El combate fue arduo y prolongado; el atacante estaba agotado, pero seguía siendo letal.

Finalmente, Charles no tuvo otra opción que decapitarlo para proteger al grupo, ya que capturarlo era imposible.

Cuando todo terminó, el bosque quedó en silencio.

Los cuerpos humeaban, y el olor a ozono llenaba el aire.

Richard, jadeante, se acercó.—Mi señor Douglas…

nos ha salvado.

—Su tono era tenso; esperaba no haber salido de una crisis para entrar en otra, pero había respeto en su mirada.

Lusian no respondió.

Bajó de Thunder y se acercó al cuerpo del asesino líder, aún con vida.—Umbra, vigila —ordenó.

El lobo gruñó y se sentó junto al prisionero, cuya respiración era entrecortada.

—Aún respira —dijo Albert.—Bien —respondió Lusian—.

Lo hará hasta que me diga quién lo envió.

Se volvió entonces hacia el príncipe Andrew, que lo observaba con una mezcla de orgullo herido y alivio contenido.

Lusian, severo y orgulloso como todo Douglas, jamás haría daño a un miembro de la realeza, siempre y cuando este no traicionara al reino.

La mayoría del pueblo veía a los Douglas como asesinos despiadados, sombras que actuaban en secreto y cuya lealtad era difícil de discernir.

Sin embargo, la verdad era distinta: desde la fundación del reino, la Corona y la casa Douglas habían trabajado juntas.

La Corona guiaba al pueblo a la luz, gobernando con justicia y transparencia; los Douglas, en cambio, operaban en la sombra, eliminando amenazas, intrigas y cualquier peligro que pudiera desestabilizar el reino.

Por eso, aunque Andrew era el heredero y Lusian su protector, el vínculo entre ellos no era solo de lealtad personal: era la unión de dos funciones complementarias, ambas indispensables para la supervivencia del reino.

—Tu alteza, está a salvo.

Pero si desea seguir con vida, debe tener más cuidado.

Andrew apretó los puños, aliviado de que la crisis hubiera pasado, y en silencio observó a Lusian mientras daba órdenes a sus subordinados.

Lusian sabía que era crucial que el rey y la Corona se enteraran de que el Imperio estaba detrás de los ataques.

Ordenó a sus caballeros capturar a los asesinos que se habían atrevido a atentar contra el “inútil” príncipe.

Albert, Charles y el resto del grupo intentaron obedecer, pero la situación era complicada: muchos atacantes eran letales, y la defensa de Andrew requería máxima concentración.

No tuvieron más opción que eliminar a varios enemigos para protegerse y proteger al príncipe, logrando capturar únicamente a tres de ellos.

El humo del combate todavía flotaba entre los árboles, mezclándose con el olor a ozono y sangre.

Cuerpos yacían inmóviles en el suelo, mientras los gritos de los asesinos capturados resonaban a lo lejos.

Lusian se apartó unos pasos de Thunder y miró a Andrew con seriedad.

—Explícame exactamente qué sucedió aquí —dijo, con voz fría pero firme, consciente de que cada detalle podría ser importante para descubrir a los responsables.

Andrew, aún recuperándose de la adrenalina, respiró hondo.—Nos emboscaron…

mientras luchábamos contra una maldita mantis —respondió, la voz tensa y cargada de cansancio.

Lusian arqueó una ceja, estudiando al joven príncipe.—¿Quién tendría los cojones de desafiar al “inútil” príncipe de esta manera?

—Su tono era mitad reproche, mitad ironía, pero reflejaba su preocupación por la gravedad de la situación.

Andrew bajó la mirada, consciente de la tensión que aún flotaba en el aire.—No lo sé…

pero pronto lo descubriremos —dijo, mientras los gritos y sollozos de los asesinos capturados le recordaban que la amenaza no había terminado.

Lusian asintió ligeramente, evaluando el terreno y a los hombres que aún quedaban de pie.—Bien.

Entonces cada movimiento a partir de ahora debe ser calculado.

No podemos permitir otro error.

Richard y Albert se acercaron a Lusian y Andrew para informarles que, aunque no habían logrado identificar directamente a los responsables del ataque, todos los asesinos parecían provenir del Imperio.

Albert explicó con calma: —Mi señor, todos eran soldados del Imperio.

No logramos obtener más información, ya que muchos murieron durante el interrogatorio.

Hicimos todo lo posible por ser cautelosos.

Andrew suspiró, frotándose la frente.—¿Escucharon los nombres de Alessia Ferrussi o Leonardo?

Richard negó con la cabeza:—No, mi señor.

Pero es extraño…

ninguno respondió siquiera al llamado de apoyo.

Algo no encaja.

La sospecha creció en Richard.

Las palabras del asesino de que “todo estaba planeado” cobraban sentido: el Imperio estaba detrás de la emboscada, y la situación era más compleja de lo que parecía.

A lo lejos, un grupo de ocho caballeros apareció corriendo, visiblemente golpeados, pero con el escudo de su lealtad claramente visible.

Julián, su líder, se adelantó y, al ver a Lusian, se tensó.

Desenvainó su espada y dio órdenes a sus hombres, mientras Albert, Charles y los Douglas se posicionaban a su lado.

Thunder y Umbra se mantuvieron vigilantes junto a Lusian.

Andrew, con voz firme, le ordenó a Julián: —¡Guarden las armas!

—dijo—.

¿Por qué llegan hasta ahora?

—preguntó Andrew.

Julián detuvo a sus hombres con un ademán, aunque su mirada seguía fija en Lusian, desconfiada.

Respiraba con dificultad, cubierto de sangre seca y hollín, la expresión endurecida por la fatiga.

Dio un paso al frente, golpeando su pecho con el puño cerrado.

—A cinco hombres, mi señor…

los perdimos —dijo con voz ronca—.

Nos defendimos desesperadamente, y aunque deseábamos acudir al llamado de Su Alteza, no pudimos hacerlo.

Le pido disculpas por nuestro retraso, su excelencia.

Andrew lo observó en silencio unos segundos, sin mostrar enojo, solo un cansancio contenido.—Entiendo.

Al menos llegaste con los que pudiste salvar.

Julián bajó la cabeza, avergonzado.

Lusian, que estaba detrás del príncipe, cruzó los brazos y lo examinó con una mueca apenas perceptible.

—Cinco bajas…

y eso que venían en grupos de trece —comentó en tono frío—.

No fue una simple emboscada, ¿verdad?

Julián negó.—No, señor su majestad.

Los atacantes conocían nuestro recorrido.

Nos esperaban con trampas mágicas y bestias invocadas.

Cuando creímos que todo estaba perdido, se retiraron de repente.

Fue…

extraño.

Andrew entrecerró los ojos.—¿Se retiraron?

¿Sin razón aparente?

—Así es, mi señor —dijo Julián, vacilando un instante—.

Parecía como si hubiesen recibido una nueva orden…

o como si su objetivo hubiese cambiado.

Andrew asintió lentamente y su mirada se desvió hacia Lusian.—Eso significa que no solo querían matarme.

Querían que yo muriera aquí, sin testigos ni rastros que los delataran.

Lusian permaneció inmóvil, su expresión imperturbable.

Andrew soltó una breve exhalación, con una sonrisa tensa que no alcanzaba a iluminar sus ojos.—Bien…

ahora no me queda otro camino que volver —dijo, mirando a Lusian—.

Necesito que me acompañes hasta la salida del bosque.

Mis hombres…

no son suficientes para protegerme.

Lusian lo observó en silencio, su expresión imperturbable.—Olvídalo —respondió con frialdad.

Andrew frunció el ceño, insistiendo:—Por favor…

hazlo por mi hermana.

No puedo arriesgarme a otro ataque.

Lusian se giró ligeramente, mostrándole desdén:—Qué molesto.

El príncipe no replicó.

Solo lo siguió en silencio, consciente de que debía depender de él, aunque Lusian dejara en claro que no le debía nada.

Los cascos de Thunder y las pisadas de Umbra marcaban el camino entre los árboles, mientras el bosque lentamente recuperaba la calma.

“Premios y Celebración” Cuando llegaron cerca de la base del torneo, el grupo de Andrew y Lusian se separó.

Al entrar a la carpa, Lusian se encontró con su madre, Sofía, quien lo esperaba con evidente molestia por las imprudencias cometidas durante el torneo.

Sofía pellizcó su mejilla y lo regañó con severidad.

—¿Por qué hiciste tantas locuras?

—le reprochó—.

Estaba muy preocupada por ti.

Lusian respondió con calma:—Nunca estuve en peligro, madre.

Todo estaba bajo control.

Sofía, todavía preocupada, lo miró fijamente, tratando de entender cómo Lusian había anticipado el ataque al príncipe Andrew.—¿Por qué enviaste a Umbra a seguir a Andrew?

—preguntó.

Lusian explicó con sinceridad:—Quería hacerle una broma al inútil de Andrew, pero cuando sentí que estaba en peligro, tuve que ayudarlo.

Sofía lo observó detenidamente, intentando discernir si decía la verdad.

Finalmente, decidió confiar en su hijo y dijo:—Espero que eso sea verdad, Lusian.

—Sí, madre —respondió él—.

Te lo juro.

Aunque Sofía seguía preocupada por las acciones de Lusian, decidió confiar en él y esperar que aprendiera de sus errores.

Sabía que su hijo tenía un espíritu aventurero y a veces impulsivo, pero también reconocía su valentía y habilidades únicas.

Al anochecer, el rey organizó una pequeña reunión en el campamento del torneo de caza para anunciar los resultados y premiar a los participantes.

También aprovechó la ocasión para invitar a todos a un banquete en el palacio real, que se celebraría dentro de dos días, con motivo de la finalización del evento y la apertura del año escolar en la academia.

Tras el cierre del torneo, los resultados finales se anunciaron con gran expectación.

En primer lugar se encontraba la familia Douglas, con 160,000 puntos, llevándose el premio mayor: un millón de piezas de oro.

Los Bourlance no se quedaron atrás; con 146,000 puntos, obtuvieron 900,000 de oro.

Erkhan, con 143,000, se alzó con 800,000 de oro, mientras que Sneider, con 136,000 puntos, se llevó 700,000.

Más abajo en la tabla, Kesller logró 124,000 puntos y 600,000 de oro; Denisse, con 117,000, recibió 500,000; y Carter, con 109,000, obtuvo 400,000.

Mondrig, con 107,000 puntos, completó la lista de los mejores, llevándose 300,000 de oro.

Los demás participantes no se fueron con las manos vacías: cada uno recibió 20,000 piezas de oro como reconocimiento por su esfuerzo y participación en el torneo.

La emoción y el alivio se mezclaban entre los competidores, mientras algunos celebraban y otros ya empezaban a planear su regreso para la próxima contienda.

Este anuncio generó gran emoción y expectativas entre los participantes y sus seguidores.

El banquete en el palacio real sería un evento especial para celebrar los logros de los cazadores y marcar el inicio del nuevo año escolar en la academia.

En una habitación de un casino de la capital, un hombre se divertía con varias mujeres cuando fue interrumpido por el dueño del casino, que tocó la puerta.

—Mi señor, me disculpo por molestarlo.

—¿Qué quieres?

—respondió el hombre.

—Señor, lo están buscando.

—¿Quién se atreve a ser tan imprudente?

—Son sus hombres, señor…

los que envió a aquella misión.

—¿Volvieron?

Ya era hora.

Mientras caminaban, Ambrosio tenía mucho cuidado de no enojar a aquel hombre.

Ya le había traído grandes beneficios en el Imperio y en el reino.

—Señor, ¿se encuentra bien?

—preguntó Ambrosio—.

¿Desea que le traiga más esclavas?

Solo dígame qué necesita y será un honor complacerlo.

(Maldito lame botas…

si no fuera porque le aseguré una vida tranquila, no sería tan servicial.

Asqueroso) —No es necesario por el momento, estoy bien —respondió Marcus con desdén.

En una habitación secreta dentro del casino, doce hombres estaban arrodillados, temerosos de cómo reaccionaría Marcus Valentine al informar el fracaso de la misión.

—¿Dónde está Nic?

—Lo siento, mi señor…

murió.

—Lástima.

Tenía potencial.

¿Y la misión?

—Fracasamos, señor.

Marcus se levantó, furioso: —¡¿QUEE?!

Pedazo de inútiles…

¡¿no pudieron matar a un simple crío?!

¿Qué pasó?

—El mocoso de los Douglas apareció —dijo uno de los subordinados.

—¿Dónde están los demás?

—Somos los únicos que sobrevivimos.

—¿Me estás diciendo que murieron treinta y ocho soldados del Imperio y aún así no pudieron completar la misión?

—Lo siento, mi señor —dijo otro, bajando la cabeza—.

Podemos tomar represalias y…

podemos intentar asesinar a Lusian Douglas, que interfirió con la misión.

Marcus lo fulminó con la mirada.—Eres un imbécil.

¿Qué vas a hacer?

¿Enfrentarte a cinco mil soldados altamente entrenados de frente?

¿O piensas infiltrarte de noche para ser detectado y torturado hasta morir?

¿O, mejor aún, planeas un asesinato en pleno día, cuando esté paseando por la ciudad y alertes a todos los caballeros del reino de nuestra presencia?

—Disculpe mi ignorancia, señor…

esperamos sus órdenes.

—Contáctate con los Denisse y diles que detengan todo.

No muevan ni un solo dedo.

Este fracaso alertará al rey y nos enviarán a sus perros de caza…

los Douglas.

—Sí, mi señor.

Al quedarse solo, Marcus maldijo su mala suerte, apretando los puños mientras el silencio del casino lo envolvía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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