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Habacuc: El profeta que discute con Dios - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 “Habacuc El profeta que discute con Dios”
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1: “Habacuc: El profeta que discute con Dios” 1: “Habacuc: El profeta que discute con Dios” Prólogo: El susurro de la injusticia El viento se movía con pesadez sobre las piedras antiguas de Jerusalén.

Había un silencio extraño, como si la ciudad contuviera la respiración, esperando algo que aún no podía comprender.

Entre las calles de polvo y el murmullo lejano del Templo, Habacuc caminaba con paso lento, los ojos fijos en el horizonte, y un corazón lleno de preguntas que no encontraba a quién formular.

Cada día se levantaba con la sensación de que algo estaba fuera de lugar, que el mundo que conocía, su mundo, se tambaleaba bajo el peso de la injusticia, y que nadie, ni siquiera los hombres piadosos, parecía notar la grieta creciente en el tejido de la justicia divina.

Habacuc no era un hombre como los demás.

Desde niño, había sentido un fuego interno, una inquietud que lo separaba de sus compañeros.

Mientras otros jugaban o se conformaban con las tradiciones, él miraba más allá, buscando respuestas que no estaban en los libros ni en las palabras de los ancianos.

Su alma no descansaba ante la injusticia; su espíritu no podía ignorar el dolor de los humildes, la arrogancia de los poderosos ni la impunidad de quienes gobernaban con mano dura y corazón endurecido.

Y, sin embargo, había algo más profundo, una pregunta que retumbaba en su interior: ¿por qué Dios permite que todo esto suceda?

Aquella tarde, mientras el sol caía sobre los muros desgastados de la ciudad, Habacuc se detuvo frente a un pozo abandonado.

La piedra estaba fría, y el reflejo del cielo en el agua era apenas un destello entre la suciedad y el musgo.

Se inclinó y, por un momento, permitió que la voz que guardaba en silencio se hiciera audible, aunque solo para él.

“Señor… si escuchas, si hay alguien allí… ¿por qué permites que el mal se levante tan alto, y que los justos sufran en silencio?” La pregunta flotó sobre el pozo, y el eco de sus palabras parecía disiparse antes de llegar a cualquier respuesta.

Desde fuera, alguien podría haber pensado que Habacuc estaba solo, pero no lo estaba.

Había presencia.

Siempre la había habido.

Durante años había sentido la cercanía de algo más grande, algo invisible que parecía observar cada paso, cada pensamiento.

No era miedo lo que sentía; era expectativa, la sensación de que su vida estaba a punto de cambiar de manera irrevocable.

Y, sin embargo, el miedo comenzó a filtrarse: ¿y si su búsqueda de justicia lo dejaba solo, sin refugio, sin guía?

¿Y si cuestionar al Todopoderoso era un pecado más grande que los males que veía a su alrededor?En el silencio del atardecer, Habacuc recordó las historias de los profetas antiguos: hombres y mujeres que habían hablado y clamado a Dios, que habían confrontado reyes y ejércitos, y que habían sostenido la fe aun cuando el mundo se derrumbaba a su alrededor.

Se preguntó si él también estaba llamado a algo así, si su inquietud no era simple rebeldía, sino un signo de que su espíritu debía actuar.

Su corazón latía con fuerza; no podía ignorar la voz que ahora le susurraba al oído: “Hay un propósito en tu angustia, y tu pregunta no quedará sin respuesta.” Esa noche, Habacuc soñó con imágenes confusas, pero llenas de fuerza.

Vio ciudades arrasadas, ejércitos avanzando sobre pueblos indefensos, y hombres corruptos celebrando victorias que parecían impunes.

Pero entre la destrucción, vio también destellos de esperanza: un niño que ofrecía pan a otro hambriento, un anciano que protegía al débil, y hombres y mujeres que, aunque pequeños ante la inmensidad del mal, sostenían su integridad como un estandarte.

Cuando despertó, el sol estaba apenas asomando por el horizonte, y él sintió que su sueño no era solo una advertencia; era un llamado.

Su corazón ardía con un propósito que no podía ignorar.

Al caminar de regreso a su casa, Habacuc percibió que no podía quedarse en silencio.

No podía limitarse a observar cómo la injusticia se expandía como sombra sobre su pueblo.

Cada conversación con los mercaderes, cada encuentro con los líderes religiosos, cada palabra que escuchaba sobre la opresión de los pobres y la corrupción de los poderosos, aumentaba su inquietud.

Su espíritu gritaba por acción, por respuesta, por un medio para que la voz de los desamparados fuera escuchada.

Pero ¿cómo podría un hombre común enfrentarse a un mundo tan grande, tan injusto?

Fue entonces que lo comprendió: no estaba solo en su lucha.

La voz que había sentido toda su vida no era un eco vacío, ni una ilusión de su mente inquieta.

Había una presencia que escuchaba, un Dios que no solo veía la injusticia sino que invitaba a sus hijos a dialogar con Él.

Habacuc sintió cómo la certeza se filtraba en su corazón: podía cuestionar, podía reclamar, podía discutir, porque la relación con Dios no era solo de obediencia ciega, sino de diálogo, de búsqueda, de confrontación sincera.

Y este pensamiento lo llenó de un valor que nunca había sentido.

Durante semanas, la inquietud de Habacuc lo acompañó como sombra y luz a la vez.

En cada mercado, en cada templo, en cada calle polvorienta, veía signos de corrupción, pero también señales de esperanza.

Comenzó a tomar nota, a recordar, a escuchar con atención los murmullos de los oprimidos.

Cada injusticia que presenciaba se convertía en un grito silencioso que llevaba consigo, un mensaje que debía transmitir, aunque aún no sabía cómo.

Sabía que su voz sola no bastaría, pero confiaba en que aquella presencia que lo guiaba le daría las palabras justas, el tiempo adecuado, y el camino que debía seguir.Una noche, mientras la luna se elevaba sobre Jerusalén, Habacuc sintió un cambio interior.

La duda que había llenado su mente comenzó a transformarse en algo más profundo: fe.

No una fe ciega, sin preguntas, sino una fe que surgía del cuestionamiento mismo, de la búsqueda constante, del coraje de enfrentar la injusticia y la incertidumbre.

Entendió que el diálogo con Dios no sería cómodo ni fácil, pero sería verdadero y necesario.

Sus lágrimas se mezclaron con la brisa nocturna, y en ese momento supo que su vida estaba a punto de transformarse para siempre.

Habacuc no lo sabía aún, pero estaba en el umbral de un viaje que lo llevaría más allá de sus propios límites, hacia conversaciones que desafiarían su entendimiento, hacia desafíos que pondrían a prueba su fe, y hacia un propósito que trascendería su existencia.

Sería un profeta que no solo escucharía, sino que cuestionaría; un hombre que confrontaría la injusticia y al mismo tiempo confiaría en la justicia de Dios; un alma que aprendería que la duda no es enemiga de la fe, sino su camino hacia la verdad.

Y así, con el corazón encendido por la inquietud y la esperanza, Habacuc dio su primer paso hacia lo desconocido.

No era un héroe en el sentido que los hombres entienden, ni un líder que buscaba la gloria.

Era un hombre común, con preguntas profundas, con coraje silencioso, y con la certeza de que, aunque la injusticia parezca triunfar, siempre hay un susurro divino que escucha, guía y responde.

El sol se levantaba sobre Jerusalén, bañando las piedras y los muros con luz dorada, mientras Habacuc caminaba, preguntando, escuchando, esperando.

Y el mundo, aunque todavía lleno de injusticia y dolor, estaba a punto de conocer la voz de un hombre que se atrevió a discutir con Dios.

Capítulo 1: Sombras sobre Judá El amanecer llegaba lentamente a Jerusalén, pintando los muros y las calles de un dorado apagado.

Las primeras luces del día iluminaban los tejados de piedra, los patios polvorientos y los mercados que comenzaban a despertar con un murmullo constante de voces, carretas y animales.

La ciudad estaba viva, pero bajo su vitalidad aparente, se percibía un latido de inquietud.

Habacuc lo sentía en cada paso que daba mientras recorría las calles de su barrio.

Su mirada se detenía en los gestos de los hombres: rostros endurecidos por la fatiga, miradas desconfiadas, manos que intercambiaban monedas con rapidez, y susurros cargados de temor.

Habacuc no era un hombre mayor; apenas contaba con veinticinco años, pero su alma parecía llevar el peso de décadas.

Su cabello oscuro y ondulado caía sobre su frente, y sus ojos reflejaban una intensidad que contrastaba con la calma aparente de su andar.

Mientras caminaba hacia la casa de su padre, recordaba la conversación de la noche anterior, cuando, frente al fuego del hogar, su madre le había advertido sobre el peligro de cuestionar a los líderes de Judá y a los mercaderes del templo.

—Habacuc —había dicho ella con voz temblorosa pero firme—, sé que tu corazón busca justicia, pero en esta ciudad la justicia no siempre se encuentra.

Los hombres poderosos tienen sus reglas, y los débiles pagamos las consecuencias.

No te expongas.

Él la había escuchado en silencio, respetando su consejo, pero en su interior un fuego se encendía.

¿Cómo podía aceptar la injusticia sin alzar la voz?

¿Cómo podía permanecer callado cuando veía que los pobres eran explotados, los huérfanos ignorados y los impuestos aumentaban mientras los ricos disfrutaban de su opulencia?

La ciudad, con toda su vida y bullicio, parecía un teatro de sombras donde la corrupción y el temor danzaban sin que nadie lo cuestionara.

Al llegar a la casa, un modesto hogar de piedra y madera, Habacuc fue recibido por su padre, Eliaquim, un hombre sereno, de manos callosas y mirada profunda, que había enseñado a su hijo a respetar la ley de Dios, pero también a observar el mundo con ojos atentos.

—Buenos días, hijo —dijo Eliaquim, mientras colocaba sobre la mesa pan recién horneado y un cuenco de miel—.

¿Dormiste bien?

—Más o menos, padre —respondió Habacuc, dejando escapar un suspiro—.

Hay cosas que me inquietan.

Hay demasiada injusticia en las calles.

Los ricos se aprovechan de los pobres y nadie levanta la voz.

Eliaquim suspiró, inclinando la cabeza hacia adelante.

—Sé lo que sientes, hijo.

Yo también lo sentí cuando tenía tu edad.

Pero la justicia de Dios no siempre se manifiesta como esperamos.

A veces debemos aprender paciencia.

—Paciencia… —repitió Habacuc con voz suave, pero firme—.

Sí, padre, entiendo… pero ¿hasta cuándo?

Su padre no respondió, y la conversación quedó suspendida entre ellos como una bruma ligera.

Habacuc sabía que debía aprender paciencia, pero su corazón le exigía acción, y esa tensión era un peso constante.

Ese mismo día, mientras caminaba hacia el mercado para ayudar a su madre con las compras, Habacuc fue testigo de una escena que marcaría su destino para siempre.

Un mercader, un hombre corpulento con túnica bordada y una sonrisa arrogante, discutía con un anciano que vendía aceitunas y vino.

La voz del mercader era dura, y sus gestos amenazantes; el anciano, encorvado por la edad, apenas podía sostener su cesta.

—¡Quítame esas monedas!

—exigía el mercader—.

Has cobrado demasiado por tus aceitunas.

Aquí las reglas son claras.

Yo decido los precios.

El anciano levantó la cabeza, con ojos cansados pero llenos de dignidad: —Estas aceitunas son mi sustento.

Cada moneda que cobro es para alimentar a mis nietos.

No puedo aceptar menos, señor.

Habacuc observó la escena con el corazón encogido.

No era la primera vez que veía algo así, pero aquel día algo dentro de él se encendió con una fuerza que no había sentido antes.

Dio un paso adelante y, sin pensar demasiado, se dirigió al mercader: —¡No es justo!

—gritó con voz firme—.

No puedes robarle el sustento a un hombre mayor solo porque tienes poder y dinero.

El mercader lo miró, sorprendido, como si aquel joven hubiera osado interrumpir la ley de los poderosos.

Sus ojos centellearon con ira, y su mano se cerró en un gesto amenazante.

—¿Tú?

—dijo con desprecio—.

¿Y quién te crees que eres?

—Alguien que no puede quedarse callado mientras otros sufren —respondió Habacuc—.

La justicia no pertenece solo a los poderosos.

El mercader, enfurecido, soltó un grito y se alejó, dejando al anciano con su mercancía intacta.

El anciano miró a Habacuc y, con una sonrisa débil, asintió: —Gracias, muchacho.

No muchos tienen el valor de hablar cuando todos miran hacia otro lado.

Habacuc sintió una mezcla de alivio y preocupación.

Había actuado, sí, pero sabía que no todos los poderosos aceptarían su intervención.

Y, en lo profundo de su corazón, se preguntaba si esa valentía que lo había impulsado era suficiente para enfrentar la injusticia que permeaba toda la ciudad.

Esa noche, mientras la ciudad dormía bajo un cielo estrellado, Habacuc se sentó en el techo de su casa, observando las luces que parpadeaban en la distancia.

Recordaba las palabras de su padre y el rostro del anciano en el mercado, y se preguntaba cómo podía hacer que la justicia prevaleciera sin poner en riesgo su vida ni la de su familia.

La duda y la fe se entrelazaban en su mente: la duda de si podía cambiar algo, y la fe de que Dios veía cada injusticia y cada acto de valentía.

Fue en ese momento, mientras el viento nocturno acariciaba su rostro, que Habacuc sintió, por primera vez con claridad, la llamada interior que había percibido desde niño.

No era una voz audible, sino una certeza profunda que atravesaba su ser: Dios lo estaba preparando para algo grande, algo que iba más allá de la justicia humana, algo que requeriría de él coraje, paciencia y diálogo con lo divino.

—Señor —susurró Habacuc, inclinando la cabeza hacia el cielo estrellado—, si estás allí, guíame.

Enséñame cómo hablar y actuar.

No quiero ser un hombre que se quede callado ante la injusticia.

Quiero entender tu voluntad y cumplirla.

El silencio le respondió, pero Habacuc no lo interpretó como ausencia.

Comprendió que algunas respuestas no llegan como palabras, sino como un impulso que guía el corazón hacia la acción correcta.

Y ese impulso era más fuerte que cualquier temor.

A la mañana siguiente, la ciudad despertó con el bullicio habitual.

Habacuc caminaba nuevamente por las calles, pero algo había cambiado en él.

Cada rostro, cada gesto, cada conversación era una oportunidad de observar, aprender y prepararse.

No se trataba solo de enfrentar la injusticia de manera aislada; se trataba de comprenderla, de discernir su origen y, sobre todo, de buscar cómo Dios permitiría transformarla.

Ese día, mientras ayudaba a su madre en el mercado, Habacuc fue testigo de otra escena que le dejó un nudo en la garganta: un grupo de jóvenes del barrio, empobrecidos y hambrientos, discutía sobre cómo conseguir pan para sus familias.

Algunos de ellos habían sido enviados por sus padres a mendigar, otros habían sido abandonados por la guerra y la pobreza.

Sus voces eran desesperadas, llenas de miedo, pero también de esperanza.

Habacuc los observó y sintió que la carga de la injusticia no era solo un tema abstracto, sino algo tangible, que se manifestaba en el hambre, la vulnerabilidad y la impotencia.

En ese instante, comprendió que su misión no sería sencilla.

No bastaría con defender al anciano o intervenir en un mercado; debía elevar su mirada hacia lo que muchos no veían: la corrupción en los corazones de los líderes, la injusticia que se ocultaba detrás de leyes y decretos, y la necesidad de enseñar a su pueblo que la fe y la justicia no podían separarse.

Habacuc estaba decidido a caminar ese camino, aunque la sombra de la duda siempre lo acompañara.

Mientras el sol caía nuevamente sobre Jerusalén, Habacuc regresó a casa, agotado pero firme.

La ciudad parecía dormir bajo la ilusión de paz, pero él sabía que la sombra de la injusticia era larga y persistente.

Sin embargo, también sabía que la llama de su corazón estaba encendida, y que nada podría apagarla.

Esa llama lo llevaría a confrontar no solo a los hombres, sino también a Dios, en un diálogo que marcaría el inicio de un viaje que cambiaría su vida y la de su pueblo para siempre.

Y así, mientras las luces del atardecer doraban los muros de Jerusalén, Habacuc se preparaba para lo que aún no comprendía: la tarea de ser un profeta que no solo escucha, sino que cuestiona; un hombre cuya fe surgirá de la duda, y cuyo diálogo con Dios transformará el dolor de su pueblo en esperanza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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