Habacuc: El profeta que discute con Dios - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 Voces que no se pueden callar
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2: Capítulo 2: Voces que no se pueden callar 2: Capítulo 2: Voces que no se pueden callar El sol apenas despuntaba sobre Jerusalén, y la ciudad comenzaba a llenarse de murmullos, pasos y el olor del pan recién horneado.
Las calles de piedra se iluminaban con los primeros rayos, y los comerciantes abrían sus puestos mientras los ciudadanos se apresuraban a comenzar sus ocupaciones.
Para la mayoría, era un día más, lleno de rutina y preocupaciones; para Habacuc, era un día que sentía diferente, como si el aire mismo le recordara que la justicia no podía esperar más.
Desde temprano, se dirigió al centro de la ciudad, donde los líderes y jueces del consejo se reunían para dictar las leyes y decidir sobre los asuntos del pueblo.
Habacuc había escuchado rumores de corrupción: impuestos injustos, abusos de poder y decretos que beneficiaban únicamente a los ricos.
Su corazón latía con fuerza; sabía que enfrentarse a ellos sería peligroso, pero no podía permanecer callado.
La indignación por el sufrimiento de los humildes era más fuerte que cualquier temor.
Al llegar al patio del consejo, Habacuc se mezcló entre la multitud que aguardaba afuera.
Los murmullos eran constantes.
Algunos ciudadanos que también habían oído sobre los abusos comentaban en voz baja, temerosos de ser escuchados por los guardias.
Otros, resignados, aceptaban el sistema como si fuera inevitable.
Habacuc respiró hondo y recordó la mirada agradecida del anciano en el mercado la semana pasada.
No podía traicionar esa voz de justicia que clamaba en su interior.
Finalmente, los líderes emergieron de la sala del consejo: hombres de túnicas largas, rostros serios y aire de superioridad.
Sus pasos resonaban en el patio, y su presencia imponía silencio.
Habacuc observó cómo las sombras de su autoridad se proyectaban sobre la gente; no era solo miedo lo que inspiraban, sino el peso de la injusticia que ellos mismos sostenían con cada decreto.
Un anciano se acercó a Habacuc, sus manos temblorosas y su rostro surcado de arrugas.—Joven… —dijo con voz apagada—, ¿estás seguro de que quieres entrar allí?
Ellos no escuchan, y muchos han sido castigados por hablar.
—Lo sé —respondió Habacuc con firmeza—.
Pero alguien debe hacerlo.
Alguien debe alzar la voz por los que no tienen poder.
El anciano asintió y se retiró, dejando a Habacuc solo frente a la puerta del consejo.
Respiró hondo y cruzó el umbral, entrando en la sala donde los jueces discutían los asuntos de la ciudad.
El aire era denso y cargado de autoridad.
Las miradas se posaron sobre él con curiosidad y desdén.
—¿Quién eres, joven?
—preguntó uno de los líderes con tono severo—.
No es lugar de niños ni de inexpertos cuestionar nuestras decisiones.
—No vengo a cuestionar por vanidad ni por orgullo —dijo Habacuc, manteniendo la calma—.
Vengo a hablar por los que sufren, por los que no pueden pagar sus impuestos, por los huérfanos y los pobres que son ignorados mientras otros prosperan a costa de ellos.
Hubo un murmullo entre los jueces.
Algunos se mostraban irritados; otros, curiosos.
Nadie esperaba que un joven de su edad tuviera el valor de entrar en la sala y hablar con tal determinación.
Habacuc continuó: —Cada decreto que se dicta con injusticia pesa sobre la gente como una cadena invisible.
Dios ve cada acto, cada abuso, y escucha cada llanto.
¿Cómo pueden gobernar sabiamente si ignoran la voz de los necesitados?
El silencio se hizo absoluto.
Un juez más joven, con ceño fruncido y labios apretados, se levantó: —Joven, hablas con valentía, pero no entiendes las complejidades del gobierno.
La justicia no siempre es inmediata.
Hay leyes, procedimientos y tradiciones que deben respetarse.
—Entiendo —respondió Habacuc—, pero cuando la ley sirve para favorecer a los poderosos y castigar a los débiles, ¿no es nuestra obligación cuestionarla?
¿No es nuestra responsabilidad recordar que la justicia verdadera proviene de Dios, y que Él no acepta opresión ni injusticia?
La tensión en la sala era palpable.
Algunos líderes intercambiaban miradas incómodas; otros lo miraban con ira contenida.
Habacuc, sin embargo, no vacilaba.
Su corazón estaba firme, y su espíritu encendido por la certeza de que estaba cumpliendo un propósito mayor.En ese instante, una de las mujeres presentes, madre de familia y comerciante respetada en la ciudad, se adelantó: —El joven tiene razón —dijo con voz temblorosa pero segura—.
He visto cómo muchos de nosotros somos tratados injustamente, y nadie se atreve a hablar.
Pero si no levantamos la voz, ¿quién lo hará?
Las palabras de la mujer resonaron en la sala como un eco de esperanza.
Algunos ciudadanos asintieron en silencio; otros bajaron la cabeza, avergonzados de haber permanecido callados tanto tiempo.
Habacuc sintió que no estaba solo, que la llama de justicia que ardía en su corazón podía inspirar a otros a no temer.
Sin embargo, la confrontación no estaba exenta de peligro.
Uno de los líderes más poderosos, un hombre corpulento con mirada fría, golpeó la mesa con fuerza y levantó la voz: —¡Basta!
Este joven habla de cosas que no comprende.
La justicia de Dios no se administra a través de tus palabras ni de las nuestras.
Cada ley que dictamos tiene su propósito, y quienes la cuestionan se arriesgan a la desobediencia y al castigo.
Habacuc se mantuvo firme, aunque sentía la tensión recorrer su cuerpo.
Cerró los ojos un instante, buscando en su interior la guía divina.
Sus labios se movieron en un susurro que solo él podía escuchar: —Señor, dame fuerza.
Haz que mis palabras no sean vanas, y que mi voz sirva a los necesitados.
Cuando abrió los ojos, continuó: —No busco desobedecer, sino recordar que la verdadera justicia es ciega ante el poder y el dinero.
No es justicia si el débil sufre y el fuerte se enriquece.
Cada acto injusto es un recordatorio de que necesitamos volver a Ti, Señor, y recordar que tu voluntad no permite opresión.
El silencio llenó la sala nuevamente.
Algunos de los líderes bajaron la mirada; otros se mostraban molestos.
Pero la semilla había sido plantada.
La valentía de Habacuc había abierto una grieta en la apariencia de autoridad que durante tanto tiempo había cubierto la injusticia de la ciudad.
Al salir del consejo, Habacuc sintió un alivio mezclado con preocupación.
Había hablado, pero sabía que no todos los líderes aceptarían sus palabras.
Algunos podrían buscar su castigo; otros podrían intentar silenciarlo de maneras más sutiles.
Sin embargo, la mirada agradecida de los ciudadanos que lo observaban desde las puertas y ventanas le dio fuerza.
Habacuc comprendió que su lucha apenas comenzaba, y que debía prepararse para enfrentar no solo la resistencia humana, sino también las dudas que surgirían en su propio corazón.
Esa noche, mientras la luna iluminaba Jerusalén con su luz plateada, Habacuc subió nuevamente al techo de su casa.
La ciudad dormía, pero él permanecía despierto, reflexionando sobre lo ocurrido.
Cada palabra pronunciada resonaba en su mente; cada gesto de aquellos que lo escucharon le recordaba que la justicia y la fe requieren valentía y constancia.
—Señor —susurró—, hoy he hablado, y aunque mi voz es débil ante tantos, confío en que Tú escuchas.
Enséñame a mantenerme firme, a guiar a otros y a enfrentar lo que venga sin perder la fe.
El viento nocturno le respondió con un susurro entre los árboles y las piedras de la ciudad.
Habacuc comprendió que cada desafío que enfrentaría no sería solo una prueba de valor, sino también de su fe.
La justicia no se alcanzaría solo con palabras, sino con acción, perseverancia y un corazón dispuesto a dialogar con Dios incluso cuando todo pareciera incierto.
Al amanecer del día siguiente, Habacuc despertó con una mezcla de determinación y expectativa.
Sabía que sus acciones habían hecho eco, que su voz había sembrado preguntas en los corazones de quienes escucharon, y que la ciudad comenzaría a mirar la injusticia de manera diferente.
Pero también sabía que cada acto de valentía atraería atención, tanto de quienes querían el cambio como de quienes se aferraban al poder corrupto.
El joven profeta comprendió que su camino estaba marcado: cuestionar, confrontar, actuar y, sobre todo, mantener la fe en medio de la duda.
No sería un camino fácil, pero la voz de Dios, el recordatorio de que cada acto de justicia es visto y valorado, lo llenaba de fuerza y propósito.
Ese día, mientras recorría las calles de Jerusalén, Habacuc no veía solo la ciudad; veía un escenario donde cada injusticia debía ser enfrentada, cada voz ignorada debía ser escuchada, y cada corazón que dudaba debía recordar que la verdadera justicia proviene de Dios y que Él, incluso en silencio, guía a quienes se atreven a dialogar con Él.
Y así, con la determinación firme y el espíritu encendido, Habacuc inició su camino como profeta.
No solo como un joven que se atrevió a hablar, sino como un hombre cuya fe surgía de la duda, cuya voz desafiaba la opresión, y cuyo diálogo con Dios sería la luz que guiaría a su pueblo hacia la justicia verdadera.
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