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Habacuc: El profeta que discute con Dios - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 La voz entre las sombras
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3: Capítulo 3: La voz entre las sombras 3: Capítulo 3: La voz entre las sombras Los primeros rayos del sol apenas rozaban los muros de Jerusalén cuando Habacuc se despertó con una sensación inusual, un hormigueo en el pecho que no podía explicar.

Había pasado la noche reflexionando sobre la confrontación con los líderes del consejo, y aunque su corazón se sentía pesado por la gravedad de los desafíos que le aguardaban, algo más profundo lo llamaba.

Era una presencia que parecía rodearlo, que no podía ser ignorada.

Se levantó, se lavó el rostro con agua fría y se dirigió al techo de su casa.

Desde allí podía observar la ciudad despertar: los comerciantes abrían sus puestos, los niños corrían por los callejones, y los ancianos saludaban a quienes pasaban.

Todo parecía común, pero Habacuc percibía lo que otros no: la injusticia subyacente en cada acción, la tensión silenciosa en las miradas de los poderosos, y el miedo contenido en los gestos de los humildes.

Mientras reflexionaba, un murmullo suave, casi imperceptible, pareció acercarse a su oído.

Habacuc se detuvo, parpadeó y escuchó atentamente.

No era el viento, ni los pasos de los vecinos; era otra cosa, algo que le hablaba directamente al alma.

Casi como un susurro que atravesaba la piel y penetraba en el corazón.

—Habacuc… —la voz parecía provenir de ninguna parte y de todas a la vez—.

Habacuc… Su corazón se aceleró.

Sabía, sin lugar a dudas, que aquella voz no era humana.

Un escalofrío recorrió su espalda, pero no era miedo lo que sentía.

Era una mezcla de reverencia, expectativa y asombro.

Habacuc se arrodilló, cerró los ojos y dejó que la voz lo guiara.

—Señor —susurró—, estoy escuchando.

Enséñame, porque mi corazón desea comprender tu voluntad.

El silencio siguió durante un instante, y luego la voz continuó, clara y profunda, penetrante y llena de autoridad: —He oído el clamor de mi pueblo, y he visto la injusticia que les oprime.

Tu corazón, que no puede tolerar el mal, es el instrumento que usaré para recordarles que no estoy ausente, y que la verdadera justicia prevalecerá.

Habacuc sintió una mezcla de temor y humildad.

Las palabras resonaban en su interior como un tambor que marcaba un ritmo imposible de ignorar.—Señor —dijo con voz temblorosa—, soy un hombre común, joven e inexperto.

¿Cómo puedo enfrentar a los poderosos y corregir lo que otros han permitido durante años?

—No temerás —respondió la voz—.

No serás tú quien actúe solo.

Yo guiaré tus pasos, y tu palabra será mi voz entre los hombres.

No busques fuerza en ti mismo, sino en mí.

Confía en lo que te mostraré, y los caminos que parecen cerrados se abrirán ante ti.

Habacuc permaneció arrodillado, sintiendo cómo cada palabra penetraba su espíritu.

Una paz extraña se apoderó de él, mezclada con la certeza de que su vida jamás volvería a ser la misma.

Comprendió que su misión sería ardua, que los desafíos serían enormes, pero también supo que Dios no lo abandonaría.

Esa misma mañana, mientras caminaba hacia el mercado para ayudar a su madre, Habacuc comenzó a notar señales sutiles que parecían confirmar lo que había escuchado: un niño compartiendo pan con un compañero hambriento, un anciano ayudando a un ciego a cruzar la calle, un comerciante devolviendo monedas injustamente cobradas.

Cada acto pequeño era un recordatorio de que la justicia, aunque a menudo ignorada, existía en el corazón de muchos.

En el mercado, un incidente llamó su atención.

Un grupo de hombres había atacado a un joven que intentaba vender hierbas medicinales sin licencia.

Los mercaderes más antiguos miraban con indiferencia, y los guardias parecían dudar si intervenir.

Habacuc se acercó, recordando las palabras de la voz que escuchó en el amanecer: no debía actuar solo, pero tampoco permanecer callado.

—¡Deteneos!

—gritó con autoridad—.

No es justo que le arrebaten lo poco que tiene solo por cumplir reglas que benefician a unos pocos.

Los atacantes lo miraron con sorpresa, pero Habacuc no retrocedió.

En ese instante, comprendió que cada acción, cada palabra, debía estar acompañada de discernimiento.

No se trataba solo de confrontar, sino de guiar, de recordar a los demás que la justicia verdadera proviene de Dios.

Mientras la multitud se dispersaba, el joven vendedor le agradeció con una sonrisa tímida.

Habacuc sintió cómo su corazón se fortalecía.

No era heroísmo lo que sentía, sino responsabilidad.

Cada acto justo, por pequeño que fuera, era una semilla que podía crecer y transformar su entorno.

Esa tarde, Habacuc decidió visitar el templo.

Necesitaba reflexionar, orar y comprender mejor su llamado.

Al llegar, la multitud estaba reunida para las oraciones, y los sacerdotes dirigían las ceremonias con solemnidad.

Habacuc se arrodilló, cerró los ojos y abrió su corazón:—Señor —dijo en voz baja—, no busco gloria ni reconocimiento.

Solo deseo entender tu voluntad, aprender a actuar según tu justicia y guiar a mi pueblo hacia Ti.

Hazme fuerte cuando los hombres sean débiles, y hazme sabio cuando la tentación de la corrupción se presente.

Mientras oraba, una visión comenzó a formarse en su mente: veía ciudades cayendo bajo la opresión de ejércitos extranjeros, pueblos siendo arrasados, y líderes corruptos celebrando su poder.

Pero entre la destrucción, había destellos de esperanza: hombres y mujeres actuando con integridad, niños compartiendo pan, ancianos enseñando justicia a los jóvenes.

La imagen se movía, cambiaba, y le mostraba que el mal, aunque poderoso, nunca podría aplastar la semilla de la justicia si alguien la protegía.

Al abrir los ojos, Habacuc comprendió que la visión era un mensaje directo de Dios.

No era un castigo ni un juicio; era una guía, un recordatorio de que su camino como profeta no sería solo de advertencia, sino también de enseñanza y esperanza.

Cada palabra que pronunciara, cada acción que emprendiera, sería un reflejo de lo que había visto en esa visión: la lucha constante entre la injusticia y la fe, entre el poder humano y la justicia divina.

Esa noche, mientras la ciudad dormía bajo un cielo estrellado, Habacuc se sentó nuevamente en el techo de su casa.

La brisa nocturna acariciaba su rostro, y él permanecía en silencio, escuchando la voz que ya no era un murmullo, sino una presencia constante en su corazón.

—Señor —susurró—, hoy he visto lo que quieres que haga.

Muéstrame cómo guiar a otros, cómo enfrentar a los que se oponen a la justicia, y cómo mantener mi fe firme aun cuando todo parezca perdido.

El silencio respondió de nuevo, pero Habacuc no lo interpretó como ausencia.

Comprendió que algunas respuestas no llegan como palabras claras, sino como convicciones profundas que guían cada pensamiento, cada decisión, cada acto.

Al día siguiente, mientras recorría las calles, Habacuc comenzó a notar cómo las pequeñas acciones de justicia se multiplicaban: un panadero compartiendo pan con un niño hambriento, un comerciante devolviendo monedas, un maestro enseñando honestidad a sus alumnos.

Cada acto le confirmaba lo que la voz le había dicho: la justicia verdadera requiere observación, intervención y guía.

No era suficiente confrontar a los poderosos; también debía inspirar a otros a actuar correctamente.

Habacuc comprendió que su camino sería largo y lleno de desafíos.

La voz de Dios, la visión que había recibido y su propio corazón inquieto lo preparaban para enfrentar la injusticia de manera constante, no solo con palabras, sino con acciones y sabiduría.

Su misión no sería sencilla, pero la certeza de que Dios lo acompañaba le daba fuerza para continuar.

Y así, con la determinación firme y la fe naciendo de la duda, Habacuc dio los primeros pasos hacia su destino como profeta.

No era un héroe en el sentido que los hombres entienden; era un joven llamado a cuestionar, actuar y guiar, cuya voz y corazón serían instrumentos de justicia y esperanza en un mundo lleno de sombras.

Ese día, mientras el sol iluminaba Jerusalén con fuerza, Habacuc comprendió algo que nunca olvidaría: ser profeta no significa evitar el miedo, sino caminar con él, confiar en Dios y actuar con valentía.

Su diálogo con Dios no sería solo oración, sino conversación, confrontación y búsqueda constante de la verdad y la justicia.

Habacuc estaba listo para comenzar su misión, sabiendo que cada paso, cada palabra y cada acto sería observado, no solo por los hombres, sino también por Aquel que guía el destino de los pueblos y sostiene la justicia en sus manos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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