Habacuc: El profeta que discute con Dios - Capítulo 5
- Inicio
- Todas las novelas
- Habacuc: El profeta que discute con Dios
- Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 El aviso que estremece Jerusalén
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
5: Capítulo 5: El aviso que estremece Jerusalén 5: Capítulo 5: El aviso que estremece Jerusalén El día amaneció con un aire extraño en Jerusalén, como si la ciudad misma contuviera la respiración.
Las calles que habitualmente bullían de actividad estaban llenas de susurros y miradas nerviosas.
Habacuc caminaba entre los vecinos, notando que algo se había transformado: la tensión se percibía en el rostro de los comerciantes, en los pasos apresurados de los ciudadanos y en el silencio temeroso de los jóvenes.
La semilla de su predicación había germinado, y la voz de justicia que él representaba comenzaba a alterar la rutina de la ciudad.
Mientras cruzaba la plaza central, un grupo de hombres lo rodeó.
Eran enviados de los líderes del consejo, hombres de túnicas largas y semblantes severos, que no escondían la intención de intimidarlo.
Habacuc, aunque joven, no retrocedió.
Su corazón estaba firme, y su convicción más fuerte que el temor.
—Habacuc —dijo uno de ellos, con voz grave y amenazante—.
Te advertimos por última vez: cesa de hablar en la plaza.
Tu insolencia contra los líderes y tu osadía de desafiar la autoridad traerán consecuencias que no podrás soportar.
Habacuc los miró, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza, y respondió con calma: —No busco enfrentamiento por vanidad.
No deseo poder ni reconocimiento.
Solo hablo por los que no pueden alzar la voz, por los oprimidos, por los huérfanos y los pobres que confían en Dios.
Los hombres intercambiaron miradas, y uno de ellos murmuró: —Es valiente… pero los valientes también caen.
Sin esperar más, se retiraron, dejando tras de sí un silencio que parecía envolver toda la plaza.
La gente observaba, algunos con admiración, otros con miedo.
Habacuc respiró hondo y continuó su recorrido, consciente de que su camino como profeta comenzaba a atraer enemigos visibles.
Esa noche, mientras la ciudad dormía bajo un cielo estrellado, Habacuc subió al techo de su casa y se arrodilló, buscando la guía divina.
La voz que había escuchado en noches anteriores regresó, más fuerte y solemne, como un trueno silencioso que vibraba dentro de su pecho: —Habacuc, hijo mío —dijo la voz—.
He visto tu valentía, y he observado cómo hablas por los que no pueden.
Pero el tiempo se acorta.
Los caminos de Judá están llenos de corrupción y pecado, y los hombres no escucharán hasta que la calamidad se acerque.
Prepárate, porque pronto mostraré el juicio que se aproxima, y tu palabra deberá advertir a mi pueblo de la inminente destrucción.
El joven profeta cerró los ojos, sintiendo cómo un escalofrío recorría todo su cuerpo.
Las palabras de Dios eran claras: no sería un camino fácil, ni de elogios, ni de aprobación general.
La ciudad, sus líderes y muchos ciudadanos lo resistirían, pero su misión era transmitir el mensaje divino, aunque nadie quisiera escucharlo.
—Señor —susurró Habacuc—, ¿cómo podré advertir a mi pueblo si no quieren escuchar?
¿Cómo transmitir tu mensaje cuando incluso los poderosos me desprecian y me amenazan?
—No temas —respondió la voz—.
No eres tú quien convence, sino mi palabra que habla a través de ti.
Ellos podrán ignorarte, burlarse de ti y perseguirte, pero la verdad que llevarás tocará los corazones de los que desean escuchar.
La fe surge cuando la voz humana se une a la voluntad divina.
A la mañana siguiente, Habacuc se preparó para predicar de nuevo, esta vez más consciente de la amenaza que enfrentaba.
Caminó hacia la plaza central, donde la gente ya comenzaba a reunirse, atraída por las noticias de su valentía.
Algunos miraban con expectación, otros con recelo, y los líderes del consejo observaban desde la distancia, evaluando cómo responderían ante su mensaje.
—Ciudadanos de Jerusalén —comenzó Habacuc—.
El Señor ha visto la injusticia que nos rodea.
He recibido su palabra y debo advertirles: si continuamos en la corrupción, en la violencia y en la indiferencia, la calamidad vendrá sobre nosotros.
No es un juicio humano, sino divino.
Los murmullos comenzaron a crecer.
Algunos ciudadanos retrocedieron, aterrados por la intensidad de sus palabras, mientras otros se acercaban, con curiosidad y esperanza.
Habacuc continuó, su voz firme y clara: —No es tarde para volvernos al Señor.
Cada acción justa, cada decisión correcta, cada acto de bondad es un paso hacia la salvación.
Pero si ignoramos sus advertencias, si persistimos en la opresión y en la injusticia, la destrucción será inevitable.
Uno de los líderes, visiblemente irritado, se acercó con pasos rápidos:—¡Basta!
—gritó—.
Estas palabras siembran miedo y desorden entre la gente.
Tú, joven insolente, serás castigado si continúas profetizando y perturbando la paz de nuestra ciudad.
Habacuc no retrocedió.
Sus ojos brillaban con determinación, y su voz resonó más fuerte que nunca: —No busco sembrar miedo por mí mismo, sino advertirles según la voluntad de Dios.
No es mi palabra lo que amenaza, sino la injusticia que hemos permitido que crezca en nuestras calles, en nuestros hogares y en nuestros corazones.
La tensión en la plaza era palpable.
Algunos ciudadanos comenzaron a gritar en apoyo de Habacuc, mientras otros pedían que se detuviera, temiendo la ira de los líderes.
La confrontación parecía inevitable, pero en ese instante, Habacuc sintió una presencia invisible que lo llenaba de calma y seguridad: la voz de Dios, su guía constante.
—Habacuc —susurró la voz en su corazón—.
No temas a los hombres.
Aunque te persigan y te desprecien, mi palabra permanecerá.
Mantente firme y permite que mi mensaje se propague.
Los que deseen escucharlo encontrarán esperanza y luz, y los que no, enfrentarán las consecuencias de su incredulidad.
Con cada palabra, Habacuc sentía cómo su miedo se transformaba en coraje.
Comprendió que ser profeta no significaba buscar aprobación, sino transmitir la verdad divina, incluso cuando era incómoda, desafiante o impopular.
Su voz era un instrumento, y su corazón, un canal de justicia y esperanza.
Esa tarde, mientras regresaba a su casa, Habacuc fue seguido discretamente por algunos ciudadanos curiosos, ansiosos por escuchar más sobre sus palabras y la advertencia que traía.
Entre ellos había mujeres, ancianos y jóvenes que sentían en su interior que la ciudad necesitaba un cambio, y que las palabras del joven profeta podían ser el primer paso hacia la redención.
Al llegar a casa, Habacuc subió al techo, mirando las luces de Jerusalén que comenzaban a encenderse mientras la noche caía.
La ciudad parecía tranquila, pero él sabía que la calma era solo superficial.
Las tensiones estaban creciendo, y los líderes corruptos no permitirían que su autoridad fuese cuestionada sin luchar.
—Señor —susurró—, hoy he hablado frente a la multitud y he sentido su miedo y su esperanza.
Fortalece mi corazón para los días que vendrán, guíame para enfrentar la oposición y enséñame cómo transmitir tu mensaje a aquellos que se resisten a escuchar.La brisa nocturna acarició su rostro, y Habacuc sintió la certeza de que Dios no lo abandonaría.
Cada amenaza, cada desafío y cada mirada de desprecio sería una oportunidad para fortalecer su fe y enseñar a su pueblo la importancia de la justicia y la obediencia a la voluntad divina.
Esa noche, antes de dormir, recordó los susurros y visiones de los días anteriores: las ciudades cayendo ante la corrupción, los líderes ignorando la justicia, pero también los destellos de bondad y esperanza que se manifestaban en los corazones de los humildes.
Comprendió que su misión no era solo advertir sobre la calamidad, sino guiar, enseñar y proteger la semilla de justicia que todavía podía florecer en Judá.
Y así, mientras la luna iluminaba Jerusalén, Habacuc cerró los ojos con un corazón decidido.
Sabía que los días que venían serían difíciles, que la oposición sería fuerte y que el pueblo no siempre escucharía.
Pero también sabía que su voz, su fe y su obediencia a Dios serían la luz que empezaría a romper las sombras de la injusticia en la ciudad, preparando a Judá para enfrentar los tiempos que se avecinaban.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com