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Habacuc: El profeta que discute con Dios - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 Visiones de guerra y juicio
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6: Capítulo 6: Visiones de guerra y juicio 6: Capítulo 6: Visiones de guerra y juicio El amanecer de Jerusalén llegó con un aire inquietante.

Las sombras de los muros se alargaban entre los callejones, y el rumor de los primeros comerciantes apenas podía cubrir un murmullo de preocupación que recorría la ciudad.

Habacuc se levantó con un peso en el corazón, la sensación de que algo terrible se acercaba, algo que no podía ignorar.

Los líderes de la ciudad, cada día más irritados por su predicación, comenzaban a planear formas de desacreditarlo, mientras la población observaba con miedo y expectativa.

Habacuc subió al techo de su casa, como solía hacer cada mañana, buscando el contacto con Dios, con la esperanza de recibir una guía más clara sobre lo que debía decir y cómo debía actuar.

Cerró los ojos, y el murmullo del viento se transformó en un silencio profundo que llenó su interior.

Entonces, comenzaron las visiones.

Primero, vio un ejército extraño avanzando sobre tierras lejanas.

Sus soldados eran numerosos, uniformes, implacables, como sombras que se deslizaban sobre ciudades indefensas.

Había un rugido constante, no de voces humanas, sino de hierro y destrucción.

Los muros caían ante su paso, y las ciudades ardían en fuego y humo.

Habacuc sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral; la visión era clara: el juicio venía, y era inevitable.

—Señor —susurró el profeta—, ¿es esto lo que nos espera?

¿Nuestra ciudad, nuestro pueblo, bajo el juicio de los enemigos?La voz de Dios resonó con fuerza, más firme que cualquier sonido humano: —Habacuc, observa con atención.

La violencia y la corrupción han envenenado el corazón de Judá.

Sus líderes han olvidado mi ley, y mi pueblo ha abrazado la injusticia.

Por ello, el castigo será inevitable si no hay arrepentimiento.

Mira y comprende, porque tu misión será advertir, enseñar y guiar, incluso cuando el miedo se apodere de los corazones.

La visión continuó.

Habacuc vio a los soldados entrar en ciudades vecinas, arrasando todo a su paso.

Vidas inocentes se perdían, ancianos y niños caían, y las casas que habían protegido a familias durante generaciones se convertían en cenizas.

Pero entre el caos, vio también pequeñas luces: personas ayudándose mutuamente, compartiendo pan, protegiéndose y consolándose unos a otros.

La justicia humana podía fallar, pero la bondad persistía, y esa era la semilla que debía proteger.

Al abrir los ojos, Habacuc sintió el peso de la responsabilidad.

La visión no era un simple presagio; era una instrucción.

Debía preparar a su pueblo para enfrentar la calamidad, advertirles de la injusticia que había atraído el juicio y fortalecer la fe de aquellos que deseaban escuchar la verdad.

—Señor —dijo en oración silenciosa—, ¿cómo enfrentarán mi advertencia si nos niegan y nos persiguen?

¿Cómo hablar a los líderes que se aferran al poder y al miedo?

—No serás tú quien cambie sus corazones —respondió Dios—.

Solo serás el mensajero.

Mi palabra hablará a través de ti.

Algunos escucharán, otros se burlarán, pero los que deseen salvar sus vidas y sus almas hallarán en tu mensaje la guía y la luz que necesitan.

Ese día, Habacuc salió nuevamente a la plaza central.

La gente ya estaba acostumbrada a verlo, aunque aún había temor en sus ojos.

Los líderes lo observaban desde lejos, cada día más preocupados por su influencia, y algunos empezaban a planear represalias más agresivas.

Pero Habacuc no flaqueó; la visión y la instrucción divina le habían dado una claridad que sobrepasaba cualquier miedo humano.

—Ciudadanos de Judá —comenzó Habacuc con voz firme—.

He visto con mis ojos lo que se avecina si seguimos ignorando la voluntad de Dios.

La corrupción, la opresión y el pecado han llenado nuestra tierra, y si no nos arrepentimos, vendrá un juicio que arrasará nuestras ciudades, nuestras familias y nuestras vidas.

Algunos en la plaza se apartaron, temerosos de escuchar lo que consideraban palabras terribles.

Otros se acercaron, atraídos por la seriedad y la convicción del joven profeta.—No es mi palabra —continuó Habacuc—, sino la advertencia del Señor.

Cada líder que ignora la justicia, cada ciudadano que permanece indiferente, cada decisión tomada en egoísmo, acerca la calamidad sobre todos nosotros.

Pero aún hay tiempo para cambiar, para actuar con justicia, para proteger a los débiles y seguir el camino de Dios.

De repente, un grupo de jóvenes comerciantes se acercó, con gestos de incredulidad y curiosidad: —¿Qué podemos hacer, señor Habacuc?

—preguntaron—.

¿Cómo podemos protegernos de lo que dices?

Habacuc los miró, y su voz se suavizó, mezclando autoridad y ternura: —Cada acto de justicia, por pequeño que sea, es un escudo contra la destrucción.

Ayudad a los necesitados, enseñad la verdad, proteged a los que no pueden defenderse.

La justicia no es solo un concepto, es acción, y cada acción correcta fortalece la ciudad y protege a su pueblo.

Mientras hablaba, los líderes de la ciudad comenzaron a acercarse, molestos por la audiencia que Habacuc atraía.

Uno de ellos, visiblemente enfadado, gritó: —¡Basta!

Este joven siembra miedo y confusión.

Ordeno que sea detenido y castigado por atreverse a desafiar nuestra autoridad.

Habacuc no retrocedió.

Su corazón estaba lleno de fe, y la voz de Dios resonaba en su interior: —No temas, Habacuc.

Mi palabra permanece.

Los que te persigan solo revelan su ignorancia y su pecado.

Mantente firme y cumple tu misión.

El joven profeta alzó la voz: —No temo a los hombres ni a su autoridad cuando actúan en contra de la justicia.

La verdadera autoridad es la de Dios, y Él ve cada injusticia, cada abuso, cada acto de corrupción.

Prepárense, Judá, porque el juicio se acerca.

Pero aquellos que se arrepientan y actúen con justicia encontrarán refugio y protección bajo Su voluntad.

La plaza quedó en un silencio absoluto.

Los ciudadanos miraban con asombro y miedo, y los líderes, frustrados por no poder silenciar al joven, se retiraron para discutir nuevas estrategias.

Habacuc comprendió que su mensaje estaba comenzando a calar en los corazones, aunque solo fueran unos pocos los que lo aceptaran de inmediato.Esa noche, subió nuevamente al techo de su casa, mirando las luces de la ciudad que titilaban bajo la luna.

Su corazón estaba en paz, pero sabía que las visiones continuarían, y que el mensaje debía fortalecerse cada día.

—Señor —susurró—, hoy he hablado y he advertido a la ciudad.

Algunos escucharán, otros no.

Fortalece mi corazón y enséñame cómo guiar a mi pueblo en estos tiempos de prueba.

El viento nocturno respondió con un murmullo entre los tejados, y Habacuc comprendió que su misión apenas comenzaba.

La calamidad era inevitable si el pueblo persistía en el pecado, pero aún había tiempo para aquellos dispuestos a escuchar y actuar según la justicia de Dios.

Al amanecer del día siguiente, Habacuc despertó con un sentido renovado de propósito.

Las visiones le habían mostrado la magnitud del juicio, pero también le habían dado claridad sobre su misión: advertir, enseñar y guiar, sin importar la oposición de los líderes ni la incredulidad de muchos ciudadanos.

Cada palabra que pronunciara sería un reflejo de la voluntad divina, y cada acción justa fortalecería la esperanza de aquellos que deseaban cambiar.

Así, con la fe nacida de la duda y la determinación que solo la certeza divina puede dar, Habacuc comenzó a preparar a Jerusalén para los tiempos difíciles que se avecinaban.

Su voz sería un faro de advertencia y esperanza, y su mensaje un recordatorio de que la justicia de Dios siempre prevalece, incluso cuando la ciudad parece sumida en la corrupción y la sombra del juicio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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