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Habacuc: El profeta que discute con Dios - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 Entre el clamor y la duda
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7: Capítulo 7: Entre el clamor y la duda 7: Capítulo 7: Entre el clamor y la duda La ciudad de Jerusalén despertó con un murmullo de inquietud que parecía atravesar cada calle y cada hogar.

La predicación de Habacuc había comenzado a dejar huellas visibles: la gente murmuraba en los mercados, en los templos y en los patios de las casas, debatiendo sobre la justicia, la corrupción y la advertencia que había traído el joven profeta.

Algunos sentían temor, otros esperanza, y muchos más comenzaban a cuestionar su propia vida y las decisiones que habían tomado durante años.

Habacuc despertó antes del alba, como era su costumbre, y subió al techo de su casa para orar y buscar dirección.

La noche anterior había sido larga y llena de sueños inquietantes: visiones de fuego y destrucción, de ejércitos avanzando y de ciudades que caían ante la violencia.

También había soñado con rostros familiares: amigos, vecinos y líderes que no escucharían sus advertencias, que seguirían en su indiferencia y que sufrirían las consecuencias de su desobediencia.—Señor —susurró el profeta, arrodillado—, ¿cómo podré soportar todo esto?

¿Cómo advertir a un pueblo que no quiere escuchar, a líderes que se resisten a la verdad y a ciudadanos que temen más al poder humano que a Tu justicia?

El silencio le respondió, pero no como ausencia, sino como una presión intensa dentro de su corazón.

Habacuc comprendió que la duda era parte de su camino; que incluso los profetas debían enfrentar sus miedos y su propia incertidumbre antes de poder guiar a otros.

Cuando la luz del amanecer comenzó a acariciar los muros de Jerusalén, Habacuc bajó a las calles.

La plaza central estaba llena, pero el ambiente había cambiado: la tensión era palpable, y los ciudadanos se agrupaban, algunos en pequeños círculos discutiendo en voz baja, otros mirándolo con temor y expectación.

Habacuc respiró hondo y levantó la voz: —Ciudadanos de Judá —dijo con firmeza—.

He recibido visiones del Señor, y debo advertirles que la injusticia y la corrupción traerán calamidad si continuamos en el pecado.

Escuchad, porque cada acción vuestra tiene consecuencias, y cada silencio perpetúa el mal.

Un grupo de comerciantes y ancianos murmuraba entre sí, algunos mostrando acuerdo, otros señalando con desdén.

La división en la ciudad era evidente: los que deseaban escuchar y cambiar se agrupaban cerca de Habacuc, mientras que los incrédulos y temerosos se mantenían a distancia, murmurando acusaciones y cuestionando su autoridad.

—¡Joven insolente!

—gritó un líder, avanzando entre la multitud—.

Hablas de juicio y calamidad como si tuvieras autoridad sobre nosotros.

Nosotros gobernamos esta ciudad, y tus palabras solo siembran miedo.

Habacuc lo miró directamente a los ojos, sin titubear: —No temo a los hombres —respondió—, porque no hablo por mí mismo.

Hablo por Dios, y Su justicia es más grande que cualquier autoridad humana.

Si persistís en la corrupción y la injusticia, no solo perderéis el favor de Dios, sino que traeréis sobre vosotros mismos la calamidad que He visto.

La multitud reaccionó con un murmullo creciente.

Algunos apoyaban sus palabras, mientras otros criticaban la audacia del joven.

La división en Jerusalén comenzaba a profundizarse: vecinos se enfrentaban entre sí, amigos discutían, y los líderes comenzaban a conspirar para desacreditar al profeta.

Habacuc percibió la gravedad de la situación; su mensaje estaba surtiendo efecto, pero también provocando conflictos que podrían tornarse peligrosos.Al final de la plaza, un grupo de mujeres y niños observaba en silencio, aferrándose a la esperanza que las palabras del profeta despertaban en sus corazones.

Una anciana se acercó y dijo: —Habacuc, tus palabras nos llenan de temor, pero también de esperanza.

¿Cómo podremos protegernos y ayudar a otros a entender lo que nos estás advirtiendo?

Habacuc respiró hondo, sintiendo el peso de la responsabilidad: —El temor puede paralizar, pero la acción fortalece.

Enseñad la justicia en vuestras casas, proteged a los vulnerables y practicad la bondad incluso cuando otros actúen mal.

Así, Jerusalén tendrá luz en medio de la oscuridad y fuerza frente a la calamidad.

Sin embargo, mientras hablaba, una sombra de duda comenzó a asentarse en su corazón.

A pesar de su firmeza, Habacuc se preguntaba si su voz sería suficiente para cambiar a un pueblo acostumbrado al pecado, a la indiferencia y a la obediencia ciega a líderes corruptos.

La visión de las ciudades cayendo ante ejércitos enemigos volvía a su mente con intensidad, recordándole que la misión que tenía por delante sería peligrosa y que incluso su vida podía estar en riesgo.

Esa tarde, mientras recorría las calles de Jerusalén, Habacuc observó escenas que reforzaban su temor: comerciantes cobrando precios injustos, líderes burlándose de los pobres, ciudadanos indiferentes a la necesidad de sus vecinos.

Cada acto de injusticia le dolía como un puñal, pero también le recordaba la urgencia de su mensaje.

Comprendió que la verdadera batalla no sería solo contra los ejércitos visibles que podrían invadir Judá, sino contra la corrupción, la indiferencia y la incredulidad que habían echado raíces en la ciudad.

Al caer la noche, Habacuc subió de nuevo al techo de su casa, mirando las luces de Jerusalén que titilaban bajo la luna.

Su corazón estaba cargado de emociones: miedo, ansiedad, esperanza y determinación.

Cerró los ojos y oró, buscando guía y fortaleza.

—Señor —susurró—, hoy he visto la división en mi pueblo, el temor en sus corazones y la incredulidad de muchos.

Ayúdame a mantenerme firme, a hablar con sabiduría y a proteger la semilla de justicia que aún existe entre nosotros.

La voz de Dios le respondió con fuerza y claridad: —Habacuc, hijo mío, no temas.

Las dudas y los miedos que sientes son naturales, pero son también la prueba de tu fe.

No serás tú quien cambie a todos los hombres, pero sí quien prepare el camino para que algunos escuchen y actúen.

Persevera en tu misión, incluso cuando el pueblo se resista.

Cada palabra que pronuncias, cada acto de valentía, es un faro de esperanza en medio de la oscuridad.Durante días, Habacuc continuó predicando, enfrentando tanto el rechazo como la aceptación.

Su mensaje comenzó a dividir Jerusalén: los que escuchaban sus palabras y se comprometían con la justicia se agrupaban cerca de él, mientras los que temían la autoridad y la calamidad futura se alejaban, murmurando críticas y conspirando contra él.

Esta división provocó tensiones visibles en la ciudad, peleas en los mercados y disputas entre vecinos, pero también iluminó corazones, despertando conciencia y responsabilidad.

Una tarde, mientras enseñaba a un grupo de jóvenes sobre justicia y bondad, un mensajero llegó apresurado con noticias preocupantes: —Señor Habacuc —dijo jadeando—, los líderes están planeando detenerlo.

Algunos buscan desacreditarte públicamente, mientras otros intentan que te arresten por predicar sin su permiso.

Habacuc escuchó en silencio, su corazón latiendo con fuerza, y luego dijo con calma: —No temo a los hombres ni a sus planes.

Mi misión no es convencerlos, sino transmitir la verdad de Dios.

Que actúen según su voluntad; yo cumpliré con la mía.

Esa noche, antes de dormir, Habacuc reflexionó sobre todo lo ocurrido: la división de la ciudad, la resistencia de los líderes, el temor de los ciudadanos y la esperanza de los pocos que escuchaban.

Comprendió que la lucha que enfrentaba no era solo externa, sino también interna: debía controlar sus dudas, fortalecer su fe y mantener la claridad de su mensaje, aun cuando la oposición creciera y los desafíos parecieran insuperables.

—Señor —murmuró—, no quiero fallarte ni perder la fe en medio de tanta oposición.

Dame la fuerza para guiar a tu pueblo, aunque el camino sea difícil y el temor me rodee.

La brisa nocturna acarició su rostro, y Habacuc sintió nuevamente la presencia de Dios, reconfortante y firme.

Comprendió que, aunque el camino sería arduo y la ciudad estaría dividida, su misión como profeta no dependía del reconocimiento humano, sino de su obediencia a la voluntad divina.

Al amanecer del día siguiente, Habacuc despertó con un corazón renovado.

Las visiones de juicio seguían presentes, y la división de Jerusalén era evidente, pero la certeza de que Dios lo guiaba y que su mensaje podía salvar a algunos fortalecía su espíritu.

Sabía que los días que venían serían difíciles, llenos de confrontaciones, amenazas y desafíos, pero también sabía que cada palabra, cada acto y cada oración serían instrumentos para preparar a su pueblo frente a la calamidad inminente.Y así, mientras la ciudad despertaba con murmuraciones de miedo, esperanza y curiosidad, Habacuc continuó su misión.

Su voz, ahora cargada de experiencia y convicción, comenzaba a resonar más allá de la plaza central, llegando a los hogares, los mercados y los corazones de aquellos dispuestos a escuchar.

La división de Jerusalén era solo el inicio de un proceso que pondría a prueba la fe, la justicia y la esperanza de todo Judá.

Habacuc sabía que debía mantenerse firme, incluso cuando la oscuridad pareciera rodearlo, porque su diálogo con Dios, su misión y su fe nacida de la duda serían las luces que guiarían a su pueblo hacia la verdad, la justicia y la esperanza en los tiempos venideros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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