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Habacuc: El profeta que discute con Dios - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 La visión del ejército y la semilla de los fieles
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8: Capítulo 8: La visión del ejército y la semilla de los fieles 8: Capítulo 8: La visión del ejército y la semilla de los fieles El sol se alzaba lentamente sobre Jerusalén, bañando los muros antiguos con un resplandor anaranjado.

La ciudad estaba inquieta.

Desde hace días, los rumores de un ejército extranjero que se aproximaba recorrían las calles, pero la mayoría los desestimaba, convencidos de que los líderes de Judá protegerían a su pueblo.

Sin embargo, Habacuc sabía que no era solo un ejército lo que se acercaba, sino el resultado de años de corrupción, pecado e indiferencia ante la justicia de Dios.

Esa mañana, antes de que los primeros rayos del sol tocaran las piedras de la plaza central, Habacuc subió al techo de su casa y cerró los ojos en oración.

Su corazón estaba cargado de una mezcla de temor, responsabilidad y resolución.

Había aprendido a confiar en la voz de Dios, y esa voz le hablaría nuevamente, guiándolo en lo que debía advertir a su pueblo.

—Habacuc —dijo la voz de Dios, firme y clara—.

Mira lo que viene, porque mi justicia no puede ser ignorada.

La ciudad que desprecia la verdad y la rectitud será juzgada, pero aquellos que se aferran a la fe y actúan con justicia encontrarán refugio en mi palabra.

Y entonces las visiones comenzaron.

Primero vio un ejército poderoso y disciplinado, avanzando desde tierras lejanas.

Su número era inmenso, y sus armas brillaban bajo el sol como relámpagos.

Habacuc pudo ver cómo marchaban, sin piedad, destruyendo aldeas y ciudades que se interponían en su camino.

La devastación era completa: muros derrumbados, familias dispersas, y el llanto de los inocentes llenando el aire.Luego vio a los líderes de Judá, reunidos en sus palacios y casas, ignorando las advertencias de justicia y los clamores de su pueblo.

Su orgullo, su codicia y su desobediencia habían creado un vacío que permitiría que la calamidad se desatara sin restricciones.

Habacuc sintió un nudo en la garganta: la visión era aterradora, pero no podía apartar la mirada.

Debía comprender la magnitud del juicio que se avecinaba para poder transmitirlo con claridad a su pueblo.

—Señor —susurró el profeta, con la voz temblorosa—, ¿cómo podré advertir a un pueblo que no quiere escuchar, a unos líderes cegados por la codicia y a ciudadanos que temen más al poder humano que a Tu justicia?

—No serás tú quien cambie todos los corazones —respondió Dios—.

Solo serás el instrumento de mi palabra.

Algunos escucharán y se arrepentirán; otros no, y sus caminos mostrarán la consecuencia de la incredulidad.

Persevera en tu misión, Habacuc, y fortalece a los que desean escuchar.

Habacuc abrió los ojos, sintiendo la gravedad de su misión.

La ciudad estaba dividida, los líderes conspiraban contra él y la multitud mostraba una mezcla de temor y esperanza.

Pero en medio de esa confusión, comenzó a ver otra visión: pequeños grupos de ciudadanos actuando con justicia, ayudando a los pobres, defendiendo a los inocentes y compartiendo alimento y refugio.

La bondad persistía, y en esos actos simples residía la semilla de esperanza que debía proteger.

Con esa claridad, descendió a la plaza central, donde la multitud ya esperaba su presencia.

Habacuc sabía que debía transmitir tanto la advertencia como la esperanza, porque ambos elementos eran esenciales para preparar a Judá.

—Ciudadanos de Judá —comenzó, su voz firme y solemne—.

He recibido nuevas visiones del Señor.

Un ejército poderoso se acerca, no solo como amenaza externa, sino como consecuencia de nuestras acciones y nuestra desobediencia.

Los líderes que ignoran la justicia y los ciudadanos que permanecen indiferentes enfrentarán la calamidad.

Pero aquellos que actúen con rectitud, que protejan a los débiles y que sigan el camino de Dios, encontrarán refugio y fuerza.

Un murmullo recorrió la plaza.

Algunos ciudadanos retrocedieron, temiendo la magnitud de sus palabras, mientras otros se acercaron, buscando comprender cómo podían actuar para protegerse y proteger a los demás.

Habacuc continuó, sabiendo que cada palabra era crucial: —No es demasiado tarde —dijo—.

Cada acto de bondad, cada decisión justa, cada palabra de verdad puede salvarnos.

Jerusalén puede encontrar redención si regresamos al Señor y actuamos con justicia.

La calamidad que se avecina puede ser mitigada, pero no ignorada.Entre la multitud, un grupo de jóvenes se acercó, ojos brillantes y llenos de determinación: —Señor Habacuc —dijeron—, queremos aprender cómo ayudar, cómo hacer lo correcto y proteger a nuestra ciudad.

Enséñanos.

Habacuc sintió un peso en su corazón: no todos escucharían, pero algunos sí, y ellos serían los que podrían mantener viva la esperanza.

Comenzó a enseñarles sobre justicia, misericordia, fe y obediencia, mostrándoles que incluso en tiempos de temor y división, la acción justa podía marcar la diferencia.

—Proteged a los que no pueden defenderse —les dijo—, compartid con los necesitados, no robéis ni engañéis, y manteneos firmes en la verdad.

Así, aunque la ciudad enfrente destrucción, la luz de Dios permanecerá entre vosotros.

Mientras hablaba, los líderes de la ciudad observaban desde lejos, enfurecidos y temerosos de la influencia que Habacuc estaba ganando.

Algunos enviaron a sus seguidores para interrumpir la enseñanza, pero los jóvenes se mantuvieron firmes, inspirados por la fe del profeta y el poder de sus palabras.

La tensión en la ciudad aumentaba: Jerusalén estaba dividida entre el miedo y la esperanza, entre la obediencia al poder humano y la obediencia a Dios.

Esa noche, Habacuc subió al techo de su casa, contemplando la ciudad que comenzaba a sentir la presión de las visiones y las advertencias.

Su corazón estaba cansado, pero también fortalecido por los pequeños actos de justicia que había presenciado.

Sabía que debía seguir adelante, que su misión era preparar a la ciudad, fortalecer a los que deseaban escuchar y advertir de la calamidad inminente.

—Señor —susurró—, la ciudad está dividida, los líderes me buscan para silenciarme, y el miedo crece entre los ciudadanos.

Fortalece mi corazón y guíame para enseñar la verdad, proteger la semilla de justicia y preparar a Jerusalén para lo que viene.

Y entonces, la visión final apareció ante él: un ejército que se acercaba a la ciudad, pero también un grupo de ciudadanos firmes en la justicia, actuando con bondad y fe, iluminando la oscuridad que se cernía sobre Judá.

Habacuc comprendió que la tarea no sería fácil, pero que la esperanza podía mantenerse viva si la gente se aferraba a la voluntad de Dios y a sus enseñanzas.

Al amanecer del día siguiente, Habacuc despertó con un sentido renovado de propósito.

La invasión era inminente, los líderes corruptos seguían conspirando, y la ciudad estaba dividida.

Sin embargo, los primeros seguidores de Habacuc, inspirados por su enseñanza, comenzaban a actuar con justicia, creando un pequeño pero significativo movimiento que podría cambiar el destino de algunos habitantes de Judá.—Señor —murmuró antes de descender a la plaza—, no temo al peligro ni a la división.

Mi voz será tu instrumento, y tu palabra iluminará a quienes deseen escuchar.

Aunque solo algunos respondan, su fe y sus acciones serán suficientes para mantener viva la esperanza en medio de la calamidad que se avecina.

Así, mientras la ciudad despertaba entre murmullos de temor y esperanza, Habacuc continuó su misión.

Su voz comenzaba a resonar no solo entre la multitud, sino también en los corazones de aquellos que, con valentía, decidían seguir la justicia y la voluntad de Dios.

La semilla de los fieles había sido plantada, y aunque la sombra de la calamidad crecía, la luz de la fe empezaba a brillar en Judá.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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