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Halo reencarnación: el camino del espartan - Capítulo 1

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1: Capítulo 1 1: Capítulo 1 El aire se estrelló contra mis pulmones con una violencia repentina.

Mis ojos se abrieron de golpe.

Aún podía sentir la textura de la caja de Halo Infinity en mis manos, el olor a lluvia en la calle, y el velo negro que había consumido mi visión.

Pero la realidad que se extendía ante mí no era la de mi apartamento ni la de un hospital.

Era un universo completamente ajeno.

Estaba en una sala vasta, con paredes metálicas de un gris opaco, iluminada por una luz cruda y artificial que se filtraba de lámparas incrustadas en el techo.

Todo era minimalista, industrial, y me causaba una sensación de profunda inquietud.

Me sentía atrapado dentro de una máquina.

Lo que más me desorientó fue la multitud de niños, de no más de seis años, que me rodeaban.

Todos tenían expresiones tensas, asustadas, en sus rostros.

Vestían uniformes militares de un verde oscuro y botas que parecían hechas a su medida.

Bajé la vista y vi que yo llevaba el mismo atuendo.

Mi estómago se revolvió con una mezcla de pánico y náuseas.

Miré mis manos.

Eran pequeñas, suaves y pálidas.

Nada comparado con las manos grandes y marcadas por el trabajo de mi “yo” anterior.

Una pregunta silenciosa, desesperada, gritó en mi mente: ¿Dónde demonios estoy?

¿Por qué soy un niño?

Un siseo agudo rompió el tenso silencio.

Una puerta se abrió al otro lado de la sala, revelando a un hombre alto con un uniforme negro impecable.

Un logo en su pecho capturó mi mirada, paralizándome.

Era una pirámide con un ojo en el sentro y debajo, en un cartel, decía: Siempre vigilantes.

El emblema de la ONI.

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral.

Sabía exactamente qué era ese símbolo, a qué organización pertenecía.

Mi mente, un desastre de recuerdos de una vida adulta y de una infancia que no me pertenecía, se negaba a aceptar la realidad.

¿Una reencarnación?

¡Qué absurdo!

Hace apenas unos minutos, la vida era simple: una caminata bajo la lluvia, la emoción de un videojuego nuevo.

Ahora, la realidad se había doblado, retorcido, y me había arrojado a un lugar que solo existía en la ficción.

Dudé de mi propia cordura.

Vi que muchos de los niños se tensaron ante la presencia del uniformado.

Yo, ahora convertida en Lis, como me lo confirmaba la etiqueta en mi pecho, observé al hombre.

Su sola presencia irradiaba una autoridad silenciosa.

“Síganme”, exigió con una voz seca y desprovista de emoción.

Los niños obedecieron, moviéndose con una mezcla de duda y miedo.

Entre ellos, mis ojos encontraron a un niño especial.

Tenía el pelo corto y castaño, tez clara, ojos azules y pecas esparcidas por su rostro.

No había duda.

Era él.

¡John!

La última pizca de incertidumbre se esfumó.

Si John-117 estaba aquí, entonces la pesadilla era real.

Estaba en el universo de Halo, a punto de comenzar el programa Spartan-II.

Y no sabía si era una bendición o una maldición.

El hombre nos guió por pasillos estériles y minimalistas.

El silencio era pesado, roto solo por el murmullo asustado de los otros niños.

Finalmente, llegamos a lo que parecía ser un anfiteatro.

[Minutos antes] La Dra.

Halsey se encontraba en el centro de la plataforma del anfiteatro, su bata blanca resplandeciendo bajo la fría luz de los reflectores.

Un hombre bajó por las escaleras.

No era alto ni musculoso, pero su paso lento y calculado, lleno de una gracia mortal, revelaba a un guerrero.

El Suboficial Jefe Méndez.

“Voy a decirles la verdad”, le dijo Halsey.

“Cualquier historia que inventemos para motivarlos…

si se enteran, se pondrán en nuestra contra.” Méndez asintió, un gruñido de aprobación casi inaudible.

“La verdad tiene riesgos”, advirtió Déjà.

“Así como las mentiras”, respondió Halsey.

“Esto ya será lo bastante peligroso para ellos, incluso con la mente intacta.” Se aclaró la garganta y su voz, amplificada por el micrófono, llenó el espacio.

“Tráiganlos ahora.” Pronto, los niños entraron, un total de setenta y cinco.

Sus rostros, marcados por la fatiga y el miedo, mostraban la conmoción de su experiencia.

Halsey sintió una punzada de arrepentimiento.

Eran solo niños.

Cuando se sentaron en las gradas, ella comenzó a hablar.

“Según el código naval 45812, se les recluta en el proyecto especial del UNSC, con nombre en código SPARTAN-II.” Las palabras se le atragantaron.

¿Cómo podían asimilarlo?

Parecían tan confundidos.

Unos pocos intentaron levantarse, pero sus instructores los empujaron de vuelta.

Seis años de edad.

Esto era demasiado.

“Han sido llamados a servir”, explicó.

“Serán entrenados… y serán lo mejor que podemos hacer de ustedes.

Serán los protectores de la Tierra y todas sus colonias.” Un puñado de niños se enderezó, la curiosidad reemplazando al miedo.

Halsey observó a John, el sujeto 117.

Él arrugaba la frente, pero la escuchaba con una atención total.

“Esto será difícil de entender, pero no volverán con sus padres.” Los niños se agitaron.

Unos pocos sollozaban en silencio.

“Este lugar se convertirá en su hogar”, continuó Halsey, su voz más suave.

“Sus compañeros de entrenamiento serán su familia.

El camino será difícil, pero sé que todos lo lograrán.” Las palabras patrióticas sonaron huecas.

Ella sabía la verdad.

No todos lo lograrán.

La ONI lo llamaba “pérdidas aceptables”.

“Ahora descansen”, les dijo.

“Empezamos mañana.” [Después del discurso] Después del discurso, nos condujeron a los barracones.

Mi mente seguía girando, negándose a aceptar que mi vida anterior había sido borrada.

Mi cuerpo, un recipiente que ahora contenía mi conciencia, se sentía pesado.

Me desplomé en la litera, el metal frío sintiéndose como una losa.

Coincidentemente, mi litera estaba en el mismo habitáculo que la de John-117, el legendario Jefe Maestro.

Y cerca, estaban otros nombres que reconocí de las novelas: Fred-104, Linda-058 y Kelly-087.

La ironía era cruel.

Yo, un simple fan que había soñado con esto, ahora estaba aquí, atrapado en una pesadilla.

Mi cuerpo se sentía agotado, un cansancio que iba más allá del sueño.

Seguramente, era por el largo viaje y el sueño criogénico antes de que yo tomara posesión del cuerpo.

Observé a los demás niños.

Algunos lloraban en silencio, otros miraban al techo sin parpadear.

Y unos pocos, como John, parecían aceptar su destino con una frialdad sorprendente.

La litera a mi derecha estaba ocupada por una niña de cabello rubio claro, de espaldas a mí.

A mi izquierda, un niño observaba el techo, relajado, con los brazos detrás de la cabeza.

Fruncí el ceño.

¿Qué pasa con este?

Intenté mirar su placa de identificación.

“No me mires tanto”, dijo.

“Es incómodo, ¿sabes?” “Mierda, me asustaste”, solté, mi voz sonando como un susurro extraño.

“Jeje”, rió entre dientes.

“Lo siento, no fue mi intención.” Se giró para verme, una leve sonrisa en sus labios.

Suspiré.

¿Qué digo?

Mi mente, acostumbrada a conversaciones de adulto, no tenía idea de cómo interactuar con un niño.

Opté por lo más simple.

“¿Sabes dónde estamos?” Negó con la cabeza.

“Solo sé que me dormí en mi habitación y desperté en una nave.

Por lo que vi en el camino, estamos en un planeta que no reconozco.” “Estamos en Reach”, susurré, la información del “lore” saliendo sin pensar.

Maldición.

“¿Qué?” Me miró con una ceja arqueada.

“¿Qué, qué?” “Murmuraste algo”, insistió.

“¿Qué era?” “Oh, no es nada”, dije rápidamente, sacudiendo la cabeza.

Él me miró con una mezcla de sospecha y curiosidad.

“Lo que tú digas.” Se acomodó en su litera, y después de un momento, preguntó: “¿I…

cómo te llamas?” Me detuve.

El recuerdo de mi nombre anterior, “Tony”, se atascó en mi garganta.

Intenté recordar el nombre de este cuerpo.

Cerré los ojos, concentrándome, y un torrente de memoria ajena a la mía me invadió: una granja, unos padres amorosos, un sol brillante sobre campos de trigo…

Finalmente, recordé.

“Me llamo Linnes Kraus”, dije, el nombre sintiéndose ajeno en mi boca.

“Pero puedes llamarme Lis.” “Vaya, bonito nombre.

Te queda bien.” “Sí, sí”, asentí rápidamente.

“Ahora dime el tuyo.” El chico se giró y me miró con sus ojos marrones, una sonrisa burlona en su rostro.

“Soy William, pero puedes llamarme Will.” Mis ojos se abrieron.

El nombre se me hacía conocido.

Mi mente, un archivo de datos sobre el universo de Halo, se activó.

William-043.

Uno de los Spartans más cercanos a John, un veterano, un héroe caído.

Mi mente se aceleró, procesando toda la información.

“Jeje”, me reí en voz baja.

“Creo que acabo de conocer a un personaje importante.” “Es un placer conocerte, Will.” “Igualmente”, respondió.

Nuestra conversación fue interrumpida por una voz femenina.

Era la chica de la litera de al lado.

“Pueden dejar de parlotear”, su voz sonaba irritada.

“Estoy tratando de dormir.” Will se rió en voz baja.

“Ups, creo que la hicimos enojar.” “Te estoy escuchando”, gruñó la chica, con un tono más irritado.

“Mierda”, murmuré.

Will se rió entre dientes.

“Será mejor que nos durmamos antes de que la princesa rubia nos golpee.” “Bueno, hasta mañana entonces”, dije, acomodándome en mi litera.

Él me hizo un gesto con la mano, y ambos nos quedamos en silencio.

Mañana sería un día largo.

Con ese último pensamiento, me dejé llevar por el agotamiento y me quedé dormida.

[0530 horas, 24 de septiembre de 2517] [Calendario Militar] / Sistema Épsilon Eridanis, complejo militar de Reach, planeta Reach Un grito desgarrador me arrancó de un sueño profundo.

“¡Despierten, reclutas!” Mi mente, aún envuelta en la neblina del sueño criogénico, intentó procesar la orden.

Mi cuerpo, pequeño e indefenso, reaccionó con lentitud.

En cuestión de segundos, la somnolencia se desvaneció, reemplazada por la adrenalina del pánico.

Un hombre fornido me agarró del brazo con una fuerza brutal y me arrancó de la litera de un solo tirón.

El impacto de mis pies desnudos contra el suelo de concreto fue doloroso y helado.

La sala, antes silenciosa, era ahora un caos de gritos, sollozos ahogados y el chasquido metálico de los bastones eléctricos que los instructores blandían.

Miré a Will, quien ya estaba de pie, con el cuerpo tenso y los puños apretados.

Él no entendía, pero yo sí.

Esto no era una pesadilla.

Era el inicio del infierno.

“¡Soy el suboficial jefe Méndez!”, bramó el hombre que estaba junto a John.

Su voz era un trueno.

“El resto de estos hombres son sus instructores.

Harán exactamente lo que les digamos.” Es él.

Era exactamente como lo había visto en las animaciones de The Fall of Reach, pero en persona era más rudo, más intimidante.

Una figura de autoridad que no aceptaba la debilidad.

Méndez señaló el extremo de los barracones.

“Las duchas están a popa.

Todos se lavarán y volverán aquí para vestirse.” Hice una mueca de disgusto.

Desvestirme frente a todos.

Ya era incómodo siendo un adulto, pero como una niña de seis años, el nivel de incomodidad era insoportable.

Y luego estaba el otro problema, el más grande: yo, Tony, ahora era mujer.

Me desvestí lo más rápido que pude, mis movimientos torpes y vergonzosos.

El agua tibia me dio un alivio fugaz, pero fue seguida por un chorro helado que me hizo jadear de dolor.

Mi cuerpo tembló incontrolablemente, los pequeños músculos se tensaron con el frío.

Me sequé de prisa y corrí a mi litera.

Me puse ropa interior, calcetines gruesos, una sudadera gris que se ajustaba perfectamente y unas botas de combate que se sentían como plomo.

“Afuera, reclutas”, anunció Méndez.

“¡A triple marcha!” Corrí hacia el exterior, con Will a mi lado.

El sol aún no había salido, y el cielo era de un azul oscuro.

La hierba estaba húmeda por el rocío de la mañana.

Me detuve por un instante.

Había filas y filas de barracones de bloques de concreto, y a lo lejos, el rugido de los Pelicans que despegaban.

Era el complejo de Reach.

El lugar donde todo se había forjado, donde nacieron las leyendas.

Era…

hermoso.

La ironía me golpeó.

Estaba en la base militar donde se forjaron los supersoldados, pero no podía evitar sentirme conmovida.

“Harán cinco filas de igual longitud, quince reclutas en cada una”, ordenó Méndez.

“Enderecen esa fila.

Tres pasos hacia atrás.” Me coloqué en la cuarta fila, con Will y la chica de la litera en la tercera.

“¡Salto de tijera!

Cuenten hasta cien.

¡Listos, ahora!” El ejercicio comenzó.

El dolor se extendió por mi cuerpo, intensificándose con cada salto.

Cada músculo, cada articulación, clamaba por detenerse.

En mi vida pasada, el ejercicio era una elección.

Aquí, era una obligación.

Joder, duele.

Apreté los dientes con tanta fuerza que mis mandíbulas dolían.

El sudor goteaba por mi frente, empapando la sudadera.

El mareo amenazaba con hacerme caer.

No me detuve.

Vi a un niño que dudó por un segundo.

Un instructor lo castigó al instante con un bastonazo en el estómago.

El chico se dobló de dolor, pero se recompuso de inmediato.

“Noventa y ocho…

noventa y nueve…

cien.” Méndez se detuvo, tomó un profundo respiro y continuó sin piedad: “¡Sentadilla!

Cuenten hasta cien, sin holgazanear.” ¿Qué?

¿Me estás jodiendo?

Mi mente, mi cuerpo, todo mi ser, se resistía.

Me tiré al suelo, el dolor en mis piernas era insoportable.

“El primer miembro del equipo que renuncie”, dijo Méndez, “tendrá que correr dos veces alrededor del complejo y luego hacer doscientas abdominales.” El castigo era tan brutal que me obligó a levantarme.

Vi a John en la primera fila.

Vomitó, pero en un instante, se recompuso y siguió.

Su disciplina era asombrosa.

Es el Jefe Maestro por algo, pensé.

“¡Levantamiento de piernas!”, Méndez continuó, como si fuera una máquina sin emociones.

Voy a morir, pensé.

Mis piernas temblaban como gelatina.

Me sentía débil, mareada, y cada fibra de mi ser gritaba de dolor.

Finalmente, Méndez gritó: “¡Descanso!

¡Entrenadores, traigan agua!” Me desplomé sobre la hierba, jadeando.

El sudor me corría por la espalda, mi corazón latía desbocado.

El cuerpo de un niño no estaba preparado para esta clase de tormento.

Los otros niños se agarraban el costado, con el rostro pálido y los labios temblorosos.

“Un buen comienzo, reclutas”, nos dijo Méndez, como si acabáramos de dar un paseo por el parque.

“Ahora, vamos a correr.

¡De pie!” Me levanté con un esfuerzo titánico, mis piernas temblaban como si fueran de gelatina.

Corrimos por un camino de grava, a través de filas de barracones, por un río y sobre un puente.

La carrera parecía infinita.

Mi garganta y mis labios estaban secos, mi estómago se retorcía de hambre.

Joder, maldije a cualquier dios que me había traído a este mundo.

Corrimos hacia un patio donde ondeaba la bandera del UNSC.

Un águila con las alas extendidas, un planeta protegido por un escudo.

A un lado, un edificio impresionante: la Academia de Oficiales Navales.

Una mujer con una sábana blanca nos esperaba en la cima de la escalinata.

Era Déjà.

“Excelente trabajo, Suboficial Jefe Méndez”, dijo con voz suave.

“Mi nombre es Déjà y seré su maestra.

Por favor, pasen.

La clase está a punto de empezar.” Los niños gruñeron, pero nadie se quejó.

Déjà añadió: “Si prefieren, pueden continuar con su calistenia.” ¡Ni en broma!

Corrí escaleras arriba, siguiendo a John, que se había adelantado.

Adentro, el aire fresco fue un alivio.

Había galletas saladas y un cartón de leche para cada uno.

Me comí las galletas y me bebí la leche de un trago.

El sabor era simple, pero en ese momento, se sintió como un manjar.

Sonreí.

No todo era tortura aquí.

Déjà comenzó su lección sobre los trescientos espartanos en las Termópilas.

Una representación holográfica apareció en la sala, mostrando la batalla en miniatura.

Lanzas y espadas se astillaron, la sangre holográfica se esparció.

Los niños, fascinados, aplaudieron cuando los espartanos ganaron.

La demostración fue impresionante.

“Eso es todo por hoy”, dijo Déjà.

“Mañana les mostraré a unos lobos.

Ahora, es el momento del patio de juegos.” Vi los ojos de John iluminarse.

Él amaba los juegos, especialmente el del rey de la colina.

Fuimos con Méndez, quien nos esperaba afuera.

“Es hora del patio de juegos.

Es una carrera corta.

Fórmense.” ¿Corta?

“Carrera corta mi trasero”, pensé.

Era un laberinto de postes de madera, redes, puentes y cuerdas, todo suspendido en el aire.

Era tal como se describía en la novela, y mi corazón se aceleró de emoción.

“Reclutas, formen tres filas.” John, Kelly y Sam, como en la historia, cayeron en el mismo equipo.

Yo me preguntaba quiénes serían los míos.

“Oye”, una niña me llamó.

Era una chica de pelo corto y negro, con ojos marrones.

Su placa decía Sheila-065.

“Hola”, le respondí.

“Soy Sheila.

¿Y tú?” “Lis”, le respondí.

“Lis-002.” “Encantada.

El último miembro de nuestro equipo está por allá”, señaló a otra niña.

Cassandra-075.

Tez clara, pelo corto y castaño, ojos color avellana.

Los tres éramos un equipo de chicas.

Busqué a Will con la mirada.

Lo encontré hablando con dos niños.

Uno era alto y parecía rudo: Jorge.

El otro era más bajo, con pelo negro: Antón.

No los conocía del lore, pero sabía que Will estaba en el equipo correcto.

“El juego de hoy”, explicó Méndez, “se llama ‘Toca la Campana’.” Señaló al poste más alto.

“Hay muchas maneras de llegar allí.

El primer equipo que toque la campana y regrese, gana la cena.” Un murmullo de aprobación se extendió entre los niños.

“El último equipo”, añadió, “se queda sin cena.” El silencio se hizo palpable.

“Prepárense”, dijo Méndez.

“¡Vamos!”, gritó.

John se adelantó, trepando la red de carga.

Corrí detrás, escalando, balanceándome y saltando por las plataformas.

Llegué a la campana y la toqué, pero no fui la primera.

Había al menos una docena de niños que ya estaban allí, incluyendo a John.

Los últimos en llegar fueron Kelly y Sam, quienes miraban a John con furia.

Él se encogió de hombros, inexpresivo.

“Buen trabajo, reclutas”, dijo Méndez.

“Vuelvan a los barracones a comer.” Los niños vitorearon.

“…todos menos el equipo tres”, agregó.

John protestó.

“¡Pero yo gané!

Fui el primero.” “Sí, fuiste el primero”, le explicó Méndez.

“Pero tu equipo llegó en último lugar.

Recuerden esto: no se gana a menos que su equipo gane.

Una persona que gana a expensas del grupo, significa que todos pierden.” Sabias palabras, pensé.

El grupo caminó de vuelta a los barracones.

[En el comedor] Observé a John, Kelly y Sam, sentados, con caras largas.

John fruncía el ceño y se agarraba el estómago con hambre mientras Sam observaba a los demás comer la deliciosa comida.

Él frunció el ceño.

“Este es mi momento”, dije mentalmente.

Agarré dos platos llenos de pavos de mi propia porción y me levanté del asiento.

“¿Adónde vas con eso?”, preguntó Sheila, frunciendo el ceño.

“Están hambrientos, y necesitan reponer energías para mañana”, dije simplemente.

“Pero ni siquiera los conoces”, ella protestó.

“No.

Pero ahora somos una gran familia y eso basta”, dije, alejándome con los platos.

¿Qué mejor momento para acercarme a John y su grupo que este, no?

Me acerqué a los tres niños que estaban sentados en la mesa y coloqué los platos en la mesa frente a ellos.

Kelly, John y Sam me miraron con sorpresa dibujada en sus rostros.

El primero en preguntar fue Sam.

“¿Qué estás haciendo?” Primero me senté al lado de Kelly y dije: “Evitando que mueran de hambre.” John frunció el ceño ante la respuesta de esta niña.

Kelly simplemente miró de reojo a John, como diciendo que fue su culpa.

Él sintió un escalofrío.

“Gracias, te debemos una”, dijo Sam, sonriendo levemente y dándole un codazo a John en el costado.

“Hmm… sí, gracias”, dijo rápidamente.

“Por cierto”, dijo, “me llamo Sam.” Asentí en respuesta.

Él continuó presentando al resto del equipo, algo innecesario, pues los conocía a los tres perfectamente.

“Él es John”, señaló al niño a su lado, “y ella es Kelly”, señaló a la niña sentada a mi lado.

Ella tenía un rostro anguloso y cabello azul.

Tenía su propio encanto.

Ahora que lo pienso, no he visto mi rostro aún.

Tenía que resolverlo más tarde.

“Bueno, entonces creo que llegó el turno de presentarme”, dije.

“Soy Linnes Kraus pero pueden llamarme Lis-002.” Agregué mi numeración al final.

“Entonces es un placer conocerte, Lis”, dijo Sam con una amplia sonrisa.

“Sabes, hoy en la mañana conocí a alguien que tiene casi ese mismo nombre”, dijo Kelly a mi lado.

“Se llama Li.” “¿En serio?

Qué coincidencia entonces”, dije.

“Bueno, ¿a qué esperamos?

¿Comemos?” “¡Sí!”, respondieron los tres.

“Está delicioso”, dijo Kelly saboreando el pavo asado.

“Misión cumplida”, anoté mentalmente, mientras mordisqueaba el pavo.

Kelly tenía razón, estaba buenísimo.

[De vuelta en los barracones] Me desplomé en mi litera, mi cuerpo adolorido.

Las luces de los barracones se atenuaron, sumiendo la sala en una penumbra.

Mi primer día como Spartan había llegado a su fin, pero una extraña sensación de inquietud me asaltó.

Yo sabía cosas.

Cosas que nadie más sabía.

Sabía el destino de muchos de los niños que dormían a mi alrededor.

Sabía sobre la guerra que se avecinaba, y sobre las fuerzas que acechaban en la oscuridad.

El Covenant, el Flood…

la simple idea de esos parásitos espaciales me recorrió la espalda, erizándome los pelos.

“Vaya, hoy fue un día…”, Will me susurró desde su litera.

“Ajetreado”, le respondí.

“Sí.

¿Crees que mañana será igual?” “Es lo más probable.

O tal vez peor”, dije.

“¿Will?” “Sí.” “¿Puedo hacerte una pregunta?

Va a sonar estúpida, pero necesito saber.” “Adelante.” “¿Cómo me veo?

¿Mi apariencia?” Will se rió.

“Jajajajaja.

No esperaba esa pregunta.” “¿Qué es tan gracioso?” “Nada, nada.

Es solo…

la pregunta.

Bueno, respondiendo…

eres bonita.” Me quedé helada.

¿Me dijo qué?

Nunca me había sentido tan incómoda en mi vida.

“Tienes unos preciosos ojos azules y un rostro bastante atractivo en mi opinión.

Y tu cabello…

diría que es rubio, como el de nuestra compañera de allí.” “Oye, te escuché”, protestó la chica desde su litera.

“Y mi nombre es Deysi, no sin nombre.” “¡Oh, por fin te dignas a presentarte, princesa!”, bromeó Will.

“Un poco tarde, si me lo preguntas.” “¡Cállate, maldito imbécil!”, espetó Deysi.

“Mejor sigue con tu coqueteo barato.” “¿Y tú qué, estás celosa?”, Will le devolvió la burla con una sonrisa.

“¿Celosa?

¡Ni en tus sueños más locos, Will!”, se defendió ella.

“¡Ya, paren los dos!”, dije, mi voz sonando más exasperada de lo que pretendía.

“No pueden llevarse bien, ¿verdad?” “Por mi parte, sí”, respondió Will con su sonrisa característica.

“Mientras Will no me moleste, estaré encantada de ser su amiga”, dijo Deysi, suavizando su voz.

“¿Ven qué fácil?

Ah, por cierto, encantada de conocerte, Deysi.

Supongo que ya sabes mi nombre.” “Sí, y posiblemente casi todos los demás, gracias al bocón de Will”, dijo Deysi con un tono condescendiente.

“Por cierto, Will”, pregunté, cambiando de tema, “¿cómo se llaman los de tu equipo?” “El más grande es Jorge y el otro Antón.” Jorge.

El del Equipo Noble.

Antón.

Del Equipo Verde.

La confirmación me hizo respirar hondo.

Estaba rodeada de héroes.

[Al día siguiente] Al día siguiente fue lo mismo-calistenia y correr toda la mañana, luego clase hasta la tarde.

Hoy Déjà nos enseñó sobre los lobos.

El salón de clases se convirtió en un prado holográfico, y observamos a siete lobos cazando un alce.

La manada trabajaba junta, golpeando dondequiera que la bestia gigante no los enfrentara.

Era fascinante y horripilante ver a los lobos rastrear, y luego devorar, a un animal de muchas veces su tamaño.

Durante toda la clase, presté mucha atención, no por qué me interesara, sino por la proyección holográfica que llenaba la habitación, era impresionante.

Después de la clase, volvimos corriendo al patio de juegos.

Hoy era diferente.

Había menos puentes y sistemas de cuerdas y poleas más complicados.

El poste con la campana era ahora veinte metros más alto que cualquiera de los otros.

“Los mismos equipos que ayer”, anunció Méndez.

Sam y Kelly se acercaron a John.

Sam lo empujó.

El temperamento de John se encendió-quería golpear a Sam en la cara.

noté esto y no interviene.

Debía dejar que todo fluyera igual que en el canon de Halo, intervenir ahora causaría un efecto mariposa que podía perjudicarla en el futuro, así que solo me involucraría con ellos en ciertas ocasiones.

“Será mejor que nos ayudes”, siseó Sam, “o te empujaré de una de esas plataformas.” Y yo saltaré encima de ti”, añadió Kelly.

Estaba mirando a John y su grupo charlando cuando alguien me agarró del hombro.

Inmediatamente giré la cabeza.

“Ah, eres tú”, dije.

“Otra vez mirando a esos tres”, tarareo Sheila.

Me encogí de hombros.

“Me agradan”.

“Lo que tú digas,” dijo ella encogiéndose de hombros “¿Lista?”, preguntó Sheila.

“Siempre lo estoy”, respondí, dirigiendo mí mirada al recorrido que tendrían que hacer.

Reclutas, prepárense”, gritó Méndez.

“¡Vamos!” Salí corriendo tan rápido como las piernas me permitían correr, pero no fue suficiente, Kelly paso a mí lado a gran velocidad.

No había visto a nadie correr como ella, era rápida, muy rápida, justo como la describían en las novelas.

Segundos después, John y Sam pasaron a mi lado a toda velocidad.

“Nos vemos”, se burlo Sam.

Maldita sea, cuanto corren estos tipos, pensé Llegué a una de las canastas.

Sheila y Casandra se unieron momentos después.

Juntos, tiramos de la cuerda y nos elevamos.

Había mucha cuerda-por cada tres metros que tiraban, sólo subían un metro.

“¡Más rápido!

Nos están dejando atrás”.

Tiraron lo más rápido posible, trabajando en equipo.

No llegamos de primeros.

Pero al menos quedamos en séptimo lugar.

Los tres tocamos la campana y juntos cruzamos la meta.

El Suboficial Jefe Méndez nos observó.

“Nada mal”, dijo.

“Trabajamos bien en equipo”, tarareó Cassandra, dándole una palmadita a Sheila en el hombro.

Simplemente me encogí de hombros y esperé a que los demás reclutas terminarán la carrera.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaoistyC4Sya Hola chicos y chicas.

Seguramente se estarán preguntando porque borré todos mis capítulos del fanfic.

Y la respuesta es que los reescribí porque si seriamente no me convencía.

Y eso es lo que había estado haciendo durante un tiempo.

Una vez más lo siento.

de verdad.

Pero verán que estos nuevos capítulos reescritos son la ostia, con nuevos personajes, escenas etc…

que más decirles…

Simplemente lean y verán lo que digo.

otra cosa.

Planeó llevar este fanfic hasta el final si o si aunque me cueste.

Nos vemos la próxima.

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