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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 289

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289: 285) ¡M*m*!

289: 285) ¡M*m*!

La razón y la humanidad se desvanecieron, éramos bestias desenfrenadas, no, peor que ellas.

Pasamos de la mesa al suelo, del suelo al sofá, de las paredes al techo —o al menos eso creí, porque la realidad se volvió un borrón de sensaciones imposibles de distinguir.

Ambos llegábamos al clímax con cada embestida, una y otra vez, y, sin embargo, el deseo no se apagaba.

No nos agotábamos; por el contrario, con cada nuevo clímax parecía que absorbíamos la los fluidos del otro para poder continuar, alimentándonos de lo que emanaba de nuestros cuerpos, como si nos fortaleciéramos con cada entrega…

aunque aun así todo quedo cubierto por nuestros jugos.

No sé cuándo ni cómo, pero en algún momento dejé de sentirme como un individuo separado de ella.

Cambiamos de posición, de ritmo, de intensidad y de agujero con una facilidad sobrenatural, cruzando límites que en cualquier otra circunstancia habrían resultado absurdos o aterradores.

El dolor no existía, o más bien, había sido consumido por el placer hasta volverse indistinguible de él.

Lo imposible dejó de serlo.

Quizás realmente le follé el cerebro en algún momento a través de sus orejas, no lo sé.

Incluso cuando todo el florero decorativo desapareció dentro de su culo, lo recibió con gemidos aún más frenéticos.

Para cualquiera, esto habría sido una escena de locura y horror.

Pero para nosotros, era revelación.

Llegamos a un punto donde la lujuria nos devoró por completo, y el mundo físico se desvaneció.

En su lugar, vi lo que nunca debería haber visto.

Vi la esencia de todas las cosas.

Vi el alma de Andrómeda brillando en medio de aquella vorágine, atrapada y contaminada por la misma lujuria que la consumía, deformándola, contaminándola…

Y lo más perturbador no fue verla así.

Fue la certeza de que, si lo quisiera, podría devorar su alma.

No sé cuánto tiempo había pasado.

Seguíamos enredados, moviéndonos como si el concepto mismo del tiempo hubiera perdido significado.

De hecho, podía sentirlo distorsionarse, alargarse y comprimirse de formas que no lograba comprender.

¿Habíamos estado follando más de lo que la realidad permitía?

¿Había transcurrido más tiempo dentro de nosotros que en el mundo exterior?

Mi cuerpo no mostraba señales de desgaste, y el suyo, gracias a mí, se recuperaba tan rápido como se consumía.

Y sin embargo, por más que sintiera que podría continuar por la eternidad, sabía que, en algún momento, esto tenía que terminar.

Poco a poco, fui tomando el control de la lujuria.

No la reprimí, no la extinguí, sino que la moldeé hasta llevarla a un estado más manejable.

Lo suficiente para que aún siguiéramos devorándonos el uno al otro, pero con la certeza de que, eventualmente, alcanzaríamos el final.

Lo que antes era un frenesí desenfrenado, una intensidad capaz de destrozar cualquier cuerpo que intentara replicarla, comenzó a apaciguarse.

La velocidad brutal con la que nos habíamos fundido fue cediendo poco a poco, hasta que nuestros cuerpos encontraron un nuevo ritmo, más lento, más consciente.

No nos detuvimos, pero exploramos otra forma de entregarnos: una unión tan pausada que cada roce, cada espasmo, cada mínima sensación se volvía nítida.

Seguíamos apareándonos como bestias, pero ahora con la delicadeza y la intimidad de dos amantes que se conocían de toda una vida.

Con cada movimiento, con cada caricia, con cada jadeo entrecortado, se sentía como si estuviéramos hechos el uno para el otro.

Como si nuestros cuerpos siempre hubieran estado destinados a encontrarse.

Cuando volví a mirarla, fue difícil seguir viéndola como mi suegra.

En ese instante, Andrómeda parecía más una hermosa novia… o incluso una esposa.

Los signos de la edad parecían desdibujarse, volviéndola más joven de lo que debería ser, y sin embargo, conservando ese encanto embriagador de una mujer madura.

Sus pechos no eran tan firmes como los de Tonks, pero eran más grandes, más suaves, más esponjosos.

Su trasero, generoso, se estremecía con cada embestida, vibrando en perfecta armonía con mi ser.

Su rostro era pura fascinación: una mezcla intoxicante de lujuria y ternura materna que hacía que cada expresión suya fuera aún más irresistible.

No era Tonks, aunque tenía algún parecido, pero, al mismo tiempo, era algo más…

Era Andrómeda…

La madre de Tonks.

Entonces, en medio de todo ese placer, de todas esas sensaciones que nos envolvían, una pregunta se deslizó en mi mente.

‘¿…Pero por qué sigo pensando en Tonks en este momento?’ No detuve mis caderas.

No detuve mis manos.

Pero la duda quedó ahí, como una sombra que susurraba en el fondo de mi conciencia.

…

Tonks estaba preocupada.

No sabía por qué, pero algo en su pecho le oprimía con una inquietud creciente.

A cada paso que la acercaba a casa, la sensación empeoraba.

Era como un cosquilleo incómodo que se extendía por su cuerpo, un mal presentimiento que se aferraba a sus entrañas.

Había salido para organizar un regalo especial para su hombre.

Sí, los juguetes y el disfraz para una noche de sexo desenfrenada eran buenos, pero ahora tenía algo aún más significativo en mente.

Tras recibir la poción del animago instantáneo, finalmente había decidido llevar a cabo una idea que llevaba tiempo rondando en su cabeza.

Pero ahora, con cada metro que la acercaba a su hogar, la ansiedad crecía.

Su respiración se volvía más tensa, su corazón latía con fuerza y la sensación de opresión en su pecho se hacía insoportable.

Abrió la puerta.

Dio un paso dentro.

Y en ese instante, supo que algo estaba terriblemente mal.

No fue solo el sonido.

No fueron únicamente los gemidos y jadeos entrecortados que, por sí solos, ya la pusieron rígida de terror, con los vellos de su cuerpo erizados como si estuviera en medio de un combate a muerte.

Fue algo más profundo.

Algo intangible, que impregnaba el aire.

No era un simple ambiente de deseo carnal… era otra cosa.

Algo que contaminaba la atmósfera con una intensidad sofocante.

Lo sintió en su piel, en su sangre, en sus nervios.

Un calor abrasador recorrió su cuerpo al cruzar el umbral, un hormigueo que se extendió desde su cerebro hasta su vientre… y más abajo.

Un escalofrío la recorrió al darse cuenta de que su coño se humedeció en el instante en que entró.

Quiso dar media vuelta.

Quiso marcharse.

Su mente y racionalidad gritaba que debía hacerlo…

Pero no pudo.

Era como si una fuerza invisible tirara de ella hacia el núcleo de todo esto, como si la casa misma la estuviera absorbiendo.

Con cada paso, su excitación aumentaba contra su voluntad, a pesar de que su miedo y su racionalidad luchaban por mantenerla cuerda.

Sus pies se movían con pesadez, como si el aire mismo la arrastrara hacia adelante.

Su mente ya sabía lo que estaba sintiendo.

Su cuerpo no podía negarlo.

Y eso solo la aterraba más.

Los gemidos eran cada vez más claros.

Demasiado claros.

Ya no podía fingir que no los reconocía.

Pero se negó a aceptarlo.

“No…

no puede ser…” Se repetía a sí misma, desesperada.

Se aferraba a la posibilidad de estar equivocada.

Se decía que debía haber otra explicación.

Hasta que cruzó el umbral de la habitación.

Y entonces lo vio.

La imagen más aterradora y repulsiva que jamás había imaginado.

Solo un poco menos devastadora que ver el cadáver de su propio padre.

Ahí estaba él.

Su novio.

El hombre con el que soñaba compartir su vida.

Desnudo, tendido en el suelo con la espalda apoyada en el sofá.

Y sobre él… Su madre, Andrómeda, arrodillada, con la cabeza inclinada, devorándo su pene con un fervor y una devoción solo posible en la fanática más acérrima.

Un grito desgarró su garganta antes de que su mente pudiera procesarlo.

“¡¡¡MAMÁ!!!” Fue un alarido que arrastró su alma consigo, expulsando de su cuerpo el horror, la traición, el miedo y una avalancha de emociones demasiado intensas para ser descritas.

Levanté la mirada y la vi.

Tonks estaba ahí, de pie en el umbral, con la expresión más estremecida que jamás le había visto.

Su rostro estaba encendido en un sonrojo que no podía ser solo de vergüenza o enojo.

Podía sentirlo… su miedo, su dolor, su furia contenida.

Una tormenta de emociones la envolvía, tan abrumadora que incluso su cabello cambiaba de color incontrolablemente ante mis ojos, reflejando el caos en su interior.

Me miraba fijamente, sin parpadear, como si no pudiera procesar lo que tenía frente a ella.

Como si su mente se negara a aceptar la realidad.

Quería gritar…

Quería liberar el dolor que se desgarraba dentro de su pecho…

Quería sacar su varita y hacerme expulsar mis propios intestinos con un solo hechizo….

Quería saltar sobre mí y golpearme hasta que no quedara más que una masa sanguinolenta de carne destrozada….

Quería gritarme hasta hacerme añicos los tímpanos…

Quería… quería tantas cosas.

Pero no pudo hacer ninguna de ellas…

Sus ojos se inyectaron de sangre, su respiración se volvió errática, su cuerpo temblaba como si estuviera al borde de un colapso.

Y entonces, lo inevitable sucedió.

En lugar de gritar, dejó escapar un gemido, profundo, agresivo, cargado de un deseo visceral que no debería estar ahí.

Y se lanzó sobre mí.

Con manos desesperadas, arrancó su propia ropa con una urgencia febril, como si algo dentro de ella hubiera explotado y no pudiera contenerlo más.

El calor de su cuerpo la devoraba desde adentro, nublándole la razón.

El odio, el miedo, la traición… todo quedó ahogado bajo la insaciable necesidad de ser una conmigo.

Tonks ya no sabía por qué estaba enojada.

Todo su furor, todo su conflicto interno, se disolvió en una única necesidad: montarme y aparearse como un animal en celo.

No le importó que su madre estuviera allí.

No le importó nada más.

Solo avanzó con decisión, apartándola sin siquiera mirarla, y encontró su lugar sobre mí, hundiéndose de golpe en mi miembro y cabalgándolo con desenfreno.

Andromeda, por su parte, tampoco pareció inmutarse.

Como si el instinto la guiara más que la razón, simplemente buscó su propio lugar y, casi por reflejo, se sentó sobre mi rostro, ofreciéndose como alternativa.

Los tres formamos un coro de sonidos hipnóticos mientras nuestros cuerpos se movían con ferocidad, sincronizados en un frenesí sin sentido.

Ni Tonks ni Andromeda parecían conscientes la una de la otra, o quizás simplemente no les importaba.

En ese estado, reducidas a su más pura excitación y despojadas de toda racionalidad, lo normal sería que ocurriera una de dos cosas: que se atacaran entre sí, luchando por la oportunidad de monopolizarme… o que su deseo las llevara a follarse la una a la otra en un frenesí de lujuria.

Pero yo estaba ahí.

Como un puto sol de deseo, devorando toda lógica y consumiendo cualquier otro pensamiento que no fuera el deseo de poseerme.

Las atraía tanto que ni siquiera podían concebir la idea de desviar su atención hacia otra persona.

Pelear entre ellas habría sido un desperdicio de energía que podrían usar para seguir copulando conmigo.

Y en este momento, en este preciso instante, no existía nada más en el universo que eso.

El intercambio de saliva y la liberación de fluidos sobre el otro solo aumentaban aún mas el ambiente afrodisiaco que nos envenenaba.

A pesar de que el poder de [Esencia de la Lujuria] ya había perdido su impulso inicial y ahora era apenas un rezago de lo que llegó a ser, nuestros cuerpos y mentes solo seguían bailando al ritmo del amor desenfrenado.

Intercambiaron lugares, una y otra vez, Con Tonks siendo montada por detrás mientras Andrómeda me obligaba a beber de sus pechos.

Con Tonks intentando follar mi cara con su coño mientras Andrómeda me montaba como una vaquera.

Ambas usando mis muslos para masturbarse mientras luchaban por tener un segundo mas mi lengua dentro de sus bocas…

Aunque no fue tan desenfrenado como cuando Andromeda y yo comenzamos nuestra unión profana, seguía siendo lo suficientemente intenso como para que cualquier cuerpo humano colapsara bajo la presión.

Aun así, no nos detuvimos.

Las caderas chocaban una y otra vez, los besos se multiplicaban sin descanso y las manos recorrían cada centímetro de piel con desesperación, como si quisieran arrancar un pedazo del otro y fundirse en uno solo.

Pero por mucho que el deseo pareciera inagotable, los cuerpos no podían sostenerlo para siempre.

Sin la lujuria alimentándolas, el agotamiento finalmente las alcanzó.

Aunque la intensidad no disminuyó, la velocidad y el ritmo comenzaron a fallar.

No importaba si era Tonks o Andromeda: ambas habían alcanzado demasiados orgasmos para contarlos, y cada uno drenaba lo poco que les quedaba de energía.

Hasta que, finalmente, el último clímax las consumió por completo.

Se desplomaron con la respiración agitada, los cuerpos exhaustos y temblorosos.

Sus agujeros, usados hasta el límite, estaban repletos, empapados tanto por sus propios jugos como por la esencia del joven que las había llevado a semejante éxtasis.

Tonks, apenas consciente, todavía tenía un hilo de néctar blanco escurriendo entre sus labios mientras su cuerpo se deslizaba lentamente desde el sofá hasta el suelo, sin fuerzas siquiera para mantener los ojos abiertos.

Andromeda no era diferente.

Su entrepierna era una cascada de semen que, de no ser por la magia bloqueando su capacidad de concebir, habría dado lugar a un batallón en su vientre.

Como su hija, cayó en un sueño profundo, con una sonrisa satisfecha y radiante en su rostro.

Yo no me sentía cansado como ellas.

No físicamente, al menos.

Me sentía bien…

pero también sentía que algo en mi interior se había desgastado.

Como si cada vez que las llenaba, una parte de mi espíritu se derramara con ellas.

Me dejé caer también, y como si hubiéramos estado sincronizados, los tres nos abrazamos instintivamente, buscando calor en medio del sueño.

Por ahora, nos sumergimos en la calidez de este momento.

Mañana, cuando la conciencia regrese, todo este amor se convertirá en algo horrible.

Cuando Tonks y Andromeda despierten y se den cuenta de lo que ha sucedido… Pero por ahora… solo disfrutaré.

—///— patreon.com/Lunariuz

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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