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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 316

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316: 312) Últimos momentos (parte 1) 316: 312) Últimos momentos (parte 1) Aunque no logré explorar la Gran Bretaña medieval ni más allá como había planeado al principio, viviendo casi recluido junto a Morgana, igual aprendí muchas cosas interesantes.

Me perdí el ascenso del Rey Arturo y el desarrollo de los Caballeros de la Mesa Redonda, pero sí llegué a conocerlos…

como rivales.

Debo admitir que, incluso siendo muggles, esos caballeros eran impresionantemente capaces.

Estoy seguro de que su equipo mágico influyó, pero también sospecho que tenían algún tipo de técnica o método de entrenamiento que les permitía superar los límites humanos de esta época.

De lo contrario, muchas de sus hazañas no tendrían explicación.

Quizá eran experimentos de Merlín… Hablando de Merlín, debo reconocer que, al igual que Morgana, es un adversario formidable.

No sorprende si consideramos que es un reencarnador con bastos conocimientos y experiencias acumuladas.

En algunos aspectos, es incluso superior a Morgana, aunque más por la diferencia en sus enfoques que por poder puro.

Luchar contra Morgana es como jugar a la ruleta rusa: sus ataques son impredecibles, y aunque la mayoría parecen inofensivos, cualquiera podría ser el veneno letal que acabe contigo.

Merlín, en cambio, es más directo.

Su poder es constante, brutal y metódico, pero no carese de algunas artimañas interesantes.

Recuerdo la mirada que me lanzó ese viejo barbudo cuando se dio cuenta de que había otro mago a su nivel.

Fue muy parecida a la que Morgana me dedicó la primera vez.

En nuestro primer enfrentamiento, pude analizar varios de sus métodos, y noté con claridad la furia de Morgana al ver que Merlín utilizaba técnicas que consumían poder divino.

Sí, como ella, él también lo poseía.

El problema era que muchas de esas técnicas usaban la misma fuente de poder que ambos compartían… y Morgana, al enterarse de que se estaba agotando, no quedó nada contenta.

En esa batalla no hubo un vencedor.

Aunque éramos dos contra uno, la aparición de Arturo complicó todo.

No era un mago poderoso como Merlín.

De hecho, creo que es un squib o algo parecido, ya que puede percibir y entender la magia mejor que los muggles, pero no usarla activamente.

El verdadero problema fue su espada: la legendaria Excalibur.

Aquel artefacto mágico superó mis expectativas.

Cuando apareció, emitió un brillo repentino y un extraño poder que solo puedo describir como “sagrado”.

Ese poder intentó reprimirnos tanto a Morgana como a mí.

Sentí cómo aquella parte de mí que representa la pura maldad se resistía a ese poder.

Incluso las esencias de pecado que estaba canalizando fueron suprimidas temporalmente.

Morgana también fue afectada: algunas de sus habilidades, consideradas “malévolas”, quedaron anuladas.

Era una sensación extraña… como si el peso de todas las vidas que había arrebatado me estuviera frenando.

Fue una situación inesperada, y una desventaja muy molesta.

Pero, por suerte, aún tenía dentro de mí la bondad de Elise.

Gracias a eso, aunque al principio quedé atónito, logré recuperar el control y remontar parte del combate.

Así quedó la escena: dos magos poderosos (Merlín y yo), un Arturo implacable, y una Morgana debilitada por la supresión mágica de Excalibur.

La única forma que tenía de contrarrestarlo era usando poder divino, pero no quería malgastarlo.

Por eso, nunca pudo luchar en serio.

Al final, la batalla terminó sin un vencedor claro.

Ambos grupos decidimos retirarnos: ellos hacia Camelot, y nosotros de regreso a Ávalon.

…

Durante este periodo también fui testigo de algo que no esperaba: un lado de Morgana que desconocía, o al menos uno que rara vez mostraba.

Quizás no era completamente distinto al que había conocido, pero sí lo suficiente como para desconcertarme.

Morgana tenía aprendices.

Varias niñas, de edades distintas —la menor con apenas nueve años y la mayor rondando los diecisiete— a quienes enseñaba personalmente.

Fue toda una sorpresa verla en ese rol.

La mujer enigmática, fría y calculadora que conocía, se transformaba ante sus alumnas en alguien más…

humana.

Más paciente.

Incluso, me atrevería a decir, afectuosa.

No es que dejara de ser intimidante.

Seguía imponiendo respeto, y no dudaba en usar el miedo como herramienta educativa si alguna cometía una torpeza.

Pero detrás de su severidad se notaba algo más profundo: un genuino deseo de formar, de guiar, de dejar una huella.

Conversamos al respecto.

No pude evitar reclamarle, medio en broma, por qué con ellas sí podía mostrarse amable y conmigo no.

Fue entonces cuando me habló de su filosofía: la inmortalidad del legado.

A diferencia de su ambición habitual por el poder y la supervivencia, en este tema tenía una perspectiva sorprendentemente altruista.

Para ella, enseñar era una forma de permanecer, incluso si su nombre se perdía en la historia.

Le bastaba con que alguien heredara sus conocimientos.

Era tan distinta a la Morgana que conocía…

No pude evitarlo.

La tomé ahí mismo, sobre los viejos escritorios donde sus alumnos habían estado trabajando apenas unas horas antes.

Otra cosa curiosa fue encontrar entre sus alumnas a dos jóvenes de apellido Ravenclaw.

Sí, esa familia.

Me pareció tan interesante que, con descaro y para fastidio de Morgana, me presenté en una de sus clases como “alumno invitado”.

Las miradas confundidas de las chicas y la expresión de fastidio absoluto en el rostro de Morgana fueron memorables.

Observé sus clases con interés, más del que habría esperado.

Tal vez porque, en el fondo, me recordaban a los planes que he estado buscando lograr para mis futuras hijas por nacer.

Fue un lindo momento…

hasta que llegó ese día en que terminé follándome a la maestra frente a sus estudiantes…

y luego la orgía con los estudiantes…

En efecto, no me dejaron volver.

Y, al parecer, varios estudiantes sufrieron las consecuencias: no solo por la supuesta “agresión” a su profesora aquel día que colaboraron conmigo haciendola gemir, sino también por sus preguntas sobre mi posible regreso, acompañadas de gestos coquetos como arreglarse el cabello.

Morgana no tardó en castigar esas actitudes con medidas tan drásticas como dejarlas calvas.

…

Con el paso del tiempo, sentía que la campaña se acercaba a su fin.

Las batallas contra Merlín eran cada vez más intensas, y los ejércitos de Camelot y Ávalon marchaban hacia un enfrentamiento definitivo.

Fue entonces cuando me vi envuelto en un último gran episodio de esta historia.

Un evento que, como muchos otros, desconocía por completo.

Incluso en el futuro, los registros históricos serían confusos y fragmentados al respecto.

Morgana tenía un objetivo en mente.

Uno perverso, oscuro… y peligroso.

Su blanco era una entidad poderosa —no exactamente una diosa, pero sí un ser antiguo, reverenciado por algunos como si lo fuera.

morgana tenia malas intenciones, perversas por asi decirlo, contra un ser poderoso, no un dios como los que existieron anteriomrente, pero uno no muy lejos, y que algunso le veneravan como si lo fuera.

Me pidió ayuda.

Y aunque lo que había ocurrido con su clase me mantenía en deuda, probablemente habría aceptado de todos modos.

Morgana afirmaba que podía hacerlo sola, pero si tenía la oportunidad de sumar mis habilidades y las de Elise, ¿por qué no aprovecharlo?

Aunque, por precaución, dejé a Elise atrás.

Su magia no habia sido entrenada y su experiencia en combate limitada.

Decidimos que se quedaria “Cuidando el fuerte”.

Junto a Morgana llegamos a un lago profundo y místico.

En sus aguas se ocultaba nuestro destino: un palacio sumergido.

Avanzamos con sigilo, empleando encantamientos, disfraces y rutas secretas.

Incluso cuando nos descubrieron, ya habíamos alcanzado la cámara interior.

Allí se encontraba nuestro blanco: Nyneve, la Dama del Lago.

Morgana me había advertido de su poder.

No solo era hermosa, sino que su presencia era sobrecogedora.

Su magia fluía con naturalidad, antigua y extraña, y en su santuario acuático, tenía la ventaja.

Pero Morgana había venido preparada.

El veneno que elaboró fue devastador.

Una mezcla de arte oscura, esencia divina y maldiciones que incluso a mí me causaban inquietud.

Algunas de esas maldiciones, lo supe después, habían sido algunas de las usadas en mí anteriormente.

Una vez herida con el veneno, la Dama del Lago, Nyneve, estaba condenada.

Horas después, el veneno comenzó a hacer efecto.

Habíamos sellado todas sus posibles vías de escape, incluso cancelando cualquier movimiento espacial.

Es más, su lago, antes cristalino, se había oscurecido; Morgana lo envenenó por completo para agravar aún más la situación.

La vimos se desvanecerá lentamente, reducida a la debilidad de un ciervo recién nacido, sin rastro de su magia.

El veneno la tornaba pálida y hasta un poco morada, atenuando su luz interna como una flor marchita, pero extrañamente, su belleza aún perduraba.

Fue encadenada en el centro de su propia sala sagrada, mientras Morgana preparaba el siguiente paso.

Me explicó que Nyneve no era exactamente un semidios —pues no tenía el potencial de ascender como tal—, sino una criatura mágica con un linaje divino.

Había sido ella quien entregó a Arturo la segunda generación de Excalibur, y, según Morgana, siempre había servido de apoyo a Merlín cuando más lo necesitaba.

No era inmortal, pero sí longeva.

Su esperanza de vida se extendía hasta los quinientos años.

Aunque, más extraño aún, pertenecía a un linaje que practicaba una forma de reencarnación.

Cuando moría, su cuerpo se recogía en un capullo en las profundidades del lago, donde lentamente renacía como la siguiente Dama del Lago.

No sabría decir si eso significa que siempre es la misma…

o simplemente la siguiente.

“Es bonita, ¿no crees?

Pura, inmaculada, como una santa inalcanzable”, siseó Morgana con desprecio, sujetando la barbilla de Nyneve.

“Por qué no usas tu pene para algo bueno esta vez y te aseguras de destruir esa pureza”, pronunció maliciosamente.

Morgana anhelaba profanar a este ser puro, y mi presencia le había dado nuevas y retorcidas formas de conseguirlo.

Había ideado un plan verdaderamente malvado tras descubrir que aquella podría ser, quizás, su última vida como la Morgana que conoció; si ese era el caso, planeaba derrotar por completo a su rival, incluyendo a sus mejores aliados.

Morgana insistió en que empleara mis peores métodos, incluso recomendándome algunos.

El hermoso espíritu del agua frente a mí irradiaba una pureza que hacía parecer un pecado imperdonable tocarla, pero nada podía detenerme, sobre todo con Morgana a mi lado, observándome con una expectación que no le había visto desde lo de Elise.

Ni siquiera esa mirada lastimera, pura y llena de inocencia que parecía apelar a mi bondad, surtió efecto.

Avancé.

Los jirones de los ropajes que quedaban de nuestra lucha no tardaron en ser arrancados, y el hada pura fue poseída justo allí.

El grito de su pureza quebrantada resonó por el palacio submarino, un eco que podría encantar a cualquier hombre, tan seductor como la primera gota de sangre manchó el suelo, sellando el final de una inocencia.

Durante horas, gemidos resonaron mientras un ser de pureza inmaculada era arrastrado a la locura por el placer inmenso de artes prohibidas.

Morgana no se quedó solo observando.

Tras unos minutos deleitándose con la humillación de una rival a manos de quien, a medias, podía considerar su hombre, ella persiguió un objetivo mucho mayor.

Había preparado incontables horrores para este momento y los desató sin pausa: el círculo mágico brillando a nuestro alrededor, los sacrificios.

Pero lo más espantoso fue verla tallar tatuajes sobre la propia piel de Nyneve, marcas que, a juzgar por los desgarradores gritos de la infortunada mujer, no auguraban nada bueno, y que exudaban un aura maligna incesante.

Todo esto ocurría mientras mi depravado y lujurioso acto no se detenía en la simple toma de su pureza, sino que profanaba otros rincones de su cuerpo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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