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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 321

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  4. Capítulo 321 - 321 317 Adiós Europa Hola América
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321: 317) Adiós Europa, Hola América 321: 317) Adiós Europa, Hola América La emoción y el nerviosismo se palpaban en la guarida mientras Hannah y yo nos preparábamos para partir.

Las chicas nos rodeaban, algunas animándonos con sonrisas forzadas, otras recitándonos advertencias como si fueran madres preocupadas por sus hijos… aunque sus consejos dejaban bastante que desear.

También hubo quienes nos dieron pequeños regalos para el viaje: Susan, por ejemplo, nos entregó una bolsa de galletitas que había horneado esa misma mañana, levantándose temprano solo para ello, mirándonos con absoluta tristeza y clara negativa ante nuestro viaje al dárnoslas.

Los abrazos y las despedidas parecían no terminar nunca.

Algunas se comportaban como si estuviéramos por irnos para siempre; los ojos enrojecidos y las lágrimas eran prueba suficiente.

Por mi parte, estaba más tranquilo… o al menos eso aparentaba.

Igual no desperdicié el momento: disfruté de los abrazos, las caricias, y el cariño extra.

Poco después, la profesora McGonagall entró a la guarida.

Con su tono firme pero amable, nos llamó a Hannah y a mí para que nos cambiáramos a ropa muggle y acudiéramos a la oficina del director.

Las demás chicas, reacias a separarse aún, pidieron acompañarnos, pero la profesora accedió solo a que nos esperaran afuera, en el patio.

Esta, después de todo, era solo una parada previa.

Hannah, que al principio se había mostrado serena, ahora dejaba ver los nervios.

Caminaba más cerca de mí que de costumbre, aferrándose a la tela de mi ropa como si buscara estabilidad.

Al llegar a la oficina, ya nos estaban esperando.

Neville se encontraba allí, algo inquieto pero firme.

También estaban presentes los profesores Snape y Sprout —nuestros respectivos jefes de casa—, junto a McGonagall.

Me pregunté si el profesor Flitwick se sentiría excluido por no haber ningún estudiante de Ravenclaw en este viaje.

Por supuesto, también estaba Dumbledore.

Pero no estaba solo.

A su lado se encontraba el profesor brasileño… ¿Marco?

¿Marcelo?

Honestamente, nunca recordé su nombre, y tampoco me había molestado en aprender los de sus estudiantes.

“Así que al fin están aquí” dijo Dumbledore con su típica sonrisa serena.

“Espero que el señor Weasley y la señorita Abbott estén listos para partir.” Noté que cuando me miraba, aunque mantenía su expresión amable, sus ojos ocultaban emociones más intensas.

Era difícil descifrarlas todas, pero no eran indiferentes.

“Estoy seguro de que disfrutarán su tiempo en mi amada escuela” intervino el profesor de Castelobruxo, acercándose con una sonrisa amplia mientras apoyaba la mano en el hombro de Neville.

“Y no se preocupen, más allá de lidiar con los traviesos caiporas, no tendrán ningún peligro real del que preocuparse.” El tono de sus palabras era cortés, pero todos en la sala percibimos la carga venenosa dirigida a Dumbledore.

Aunque no lo dijo directamente, era claro que aludía a los múltiples incidentes que habían sacudido Hogwarts últimamente.

Que sus alumnos no hubieran sido atacados era lo único que salvaba la reputación del intercambio, y aún así, la sombra de la crítica pesaba sobre el colegio.

Dumbledore mantuvo su sonrisa, pero fue una sonrisa forzada, tensa.

Hannah y Neville, por su parte, no parecían notar la lucha política que se jugaba entre líneas.

Quizás era mejor así.

La reunión no era más que una formalidad, un repaso final.

Muchas de las cosas que se mencionaron ya se habían hablado con anterioridad.

El profesor brasileño continuó hablando de las maravillas de su tierra, de la antigüedad y riqueza cultural de Castelobruxo, y —sin decirlo abiertamente— insinuaba una competencia con Hogwarts.

Nuestros jefes de casa nos dieron consejos, advertencias, y palabras de aliento.

Bueno, a Hannah y a Neville, al menos.

Mi charla con Snape fue breve y sin adornos: “No nos avergüences” dijo con su tono seco habitual.

Asentí, y él hizo lo mismo.

No necesitábamos más.

Nos entendíamos con pocas palabras.

Después de todo, en otra vida fuimos amigos… bros, como solíamos decir.

Claro que no se privó de dejarme una última puñalada verbal: “Por fin nos libramos de ti, aunque sea solo por un tiempo.” Sonreí, porque viniendo de él, casi sonaba como una despedida afectuosa.

Dumbledore fue quien nos dio las indicaciones finales, recordándonos —aunque ya lo sabíamos— que viajaríamos junto al profesor Kettleburn, quien nos esperaba afuera con el traslador.

Como era costumbre, mezcló consejos prácticos con frases filosóficas al estilo: “Descubrirán tanto sobre los demás como sobre ustedes mismos”.

Sus palabras estaban claramente dirigidas a Hannah y Neville, una vez más.

Yo, en cambio, recibía un trato diferente.

No necesariamente hostil, pero sí diferente, casi como si mi presencia fuera un tema delicado.

Se disimulaba bien… pero para quien prestara atención, era evidente.

Terminada la charla, salimos al patio, donde nos aguardaban más personas.

Allí estaban las chicas, todas reunidas para la despedida, junto con Harry, Ron, Seamus y Dean —los compañeros de dormitorio de Neville—, además de Fred, George y Percy.

Entre los adultos, además del profesor Kettleburn y Hagrid, también se encontraban nuestros familiares.

Sí, los padres de Hannah, los míos… y la abuela de Neville.

Fue una agradable sorpresa para ellos, aunque inesperada.

Cada uno se dirigió de inmediato hacia los suyos.

En mi caso, simplemente los seguí para no quedar fuera de lugar, aunque me sentía menos afectado.

Hannah corrió a abrazar a su madre con emoción, dando comienzo a una despedida bastante efusiva.

Neville, por su parte, se acercó a su abuela con cautela, como quien teme un examen sorpresa, y recibió de ella su clásica tanda de consejos estrictos.

Yo saludé a mis padres con la dosis justa de sentimentalismo para no alargar el asunto, aunque mi madre claramente no estaba en la misma sintonía.

Me abrazó con tanta fuerza que pensé que me dejaría sin oxígeno, mientras mis hermanos se reían al verme rojo.

No estaban seguros si era por la vergüenza o por la falta de aire.

“Estoy orgullosa de ti” dijo mi madre, aumentando la intensidad del abrazo antes de soltarme para acariciar mi mejilla con ternura, conteniendo las lágrimas.

“Bill estaría emocionado de verte cumplir su deseo de ir a Castelobruxo.” “Nomás no vayas a perderte en la selva” dijo Fred con una sonrisa burlona.

“Sí, estás tan lejos que seguro desistiríamos de buscarte” agregó George sin perder el ritmo.

“No va a salir a la selva “interrumpió Percy, molesto.

“Va a estudiar, a aprender, no a hacer tonterías.

De hecho, me alegra que sea él y no alguno de ustedes” añadió, refiriéndose a los gemelos, aunque era evidente que le carcomía un poco la envidia por no haber tenido una oportunidad similar.

“Sí, claro, va a estudiar muchísimo como cierto hermano que apenas sobrevivirá a sus NEWT” dijo Fred rodando los ojos.

“Es el segundo Percy, vive enterrado en los libros, apenas logra levantarse por las mañanas” comentó George.

“Y ya tiene ojeras tan grandes que podrías guardar dinero ahí” remató Fred.

“¡Cállense!” les gritó Percy, visiblemente irritado.

Ignoré su pelea.

Preferí centrarme en calmar a mi madre, que ya parecía al borde de las lágrimas ante la idea de que me iría tan lejos, aunque solo sería por unos meses.

Me despedí también de mi padre, con un intercambio más sereno, y luego de mis hermanos, incluido Ron.

Él no supo muy bien qué decir, así que repitió frases prestadas de los demás.

Para sacarlo del apuro, solo hice que chocaramos puños.

Con el poco tiempo que quedaba, me acerqué a las chicas para darles un último abrazo, una por una.

Se habían mantenido a cierta distancia mientras estaba con mi familia, especialmente Hermione, que aún no terminaba de encontrar cómo comportarse en su rol de “novia” frente a mis padres.

La expresión en sus rostros mientras me veían despedirme de tantas chicas —sin saludar a un solo chico, y notar que no vino ninguno a despedirme— fue… inolvidable.

No tenía precio.

También aproveché para desvestirme un poco.

No, no me quité la ropa por completo, solo me deshice de las capas extra y los elementos innecesarios para el viaje.

Algunas chicas creyeron que estaba haciendo algo indebido frente a tanta gente, lo cual generó que se ruborizaron al malinterpretar mis movimientos.

El único que comentó al respecto fue el profesor Snape, que murmuró por lo bajo: “Chico listo…” “Bueno, se nos acaba el tiempo, es hora de partir” anunció el profesor Kettleburn, revisando su reloj de bolsillo.

“Acérquense, chicos.” Los tres viajeros nos separamos de la muchedumbre y caminamos hacia él, cargando nuestras maletas —preparadas de antemano y encantadas con hechizos de expansión cortesía de la escuela.

El profesor extendió su única mano sana, en la que sostenía un viejo cucharón de metal.

Todos colocamos nuestras manos sobre él, esperando el momento exacto en que el traslador se activaría.

“Den lo mejor de sí, y hagan que Hogwarts se sienta orgullosa, donde sea que vayan” dijo Dumbledore como despedida final, con su sonrisa habitual.

Entonces el traslador se activó.

Una sensación familiar nos invadió: un tirón tras el ombligo que nos arrancó del suelo.

Todo giró a nuestro alrededor mientras éramos lanzados al aire por unos segundos, y en un parpadeo…

…

Caímos.

Kettleburn logró aterrizar más o menos bien, aunque su pierna prostetica cedió al recibir el peso y terminó sentado en el suelo con una expresión resignada.

Yo, que alcancé a sujetar a Hannah en el último segundo, logré que cayeramos parados.

Aun así, al soltarla, terminó a cuatro patas, algo mareada.

Neville, por su parte…

bueno, él saludó al suelo de frente.

Pero siendo el niño indestructible que era, estaría bien.

“Buen viaje, ¿no?” bromeó Kettleburn mientras se sacudía el polvo.

“¿Todos enteros?” “Sí, profesor” respondí, justo al notar a un hombre que nos observaba desde unos metros más allá, con una sonrisa.

“Buen aterrizaje” comentó el desconocido en un inglés claramente esforzado.

Era un hombre de piel oscura, calvo, atlético y de no más de treinta años.

Vestía pantalones livianos, una camiseta de mangas cortas y zapatillas deportivas.

Llevaba una mochila colgada al hombro, decorada con un distintivo broche que delataba su pertenencia a al Ministerio brasileño de magia.

“Oh, hola, soy Silvanus Kettleburn .

¿Usted es el señor…?” preguntó Kettleburn, extendiendo la mano para saludar.

“Tiago Oliveira” respondió el hombre, estrechándosela, y luego nos miró a los tres.

“Ustedes dos deberían quitarse algo de ropa” dijo, señalando a Neville y Hannah.

Ellos recién entonces notaron lo evidente: el calor era sofocante.

Apenas se hicieron conscientes de ello, comenzaron a sudar, sus rostros se encendieron de rojo y empezaron a removerse incómodos.

Casi al instante, se quitaron toda la ropa de abrigo que llevaban encima, jadeando por aire fresco y deseando un vaso de agua helada.

Tiago sacó su varita del bolsillo y, con un movimiento fluido, invocó una corriente de aire fresco sobre ellos, que al momento alivió sus cuerpos acalorados.

“Tendrán que acostumbrarse al clima de aquí” dijo con una sonrisa relajada.

Luego, sus ojos se posaron en mí, con una ceja levantada…

pero no movió su varita.

Tiago me observaba con una curiosidad palpable.

A diferencia de Neville y Hannah, el calor no parecía afectarme; apenas una ligera humedad en la piel delataba el clima.

Lo que lo intrigaba, supongo, era que no iba abrigado, y mi ropa, quizá demasiado adecuada, me hacía pasar por uno más entre los locales, tan genérico en mi estilo que mi origen era indescifrable.

A la par, mi metamorfomagia, extraída de Tonks, se activó.

Mi cabello y ojos se tornaron de un negro más normal, ajustes que completaron mi mimetismo con el entorno.

Pero lo que realmente descolocó a los demás fue la gorra y los lentes de sol que saqué y me puse sin titubear, adoptando al instante una actitud más despreocupada.

Incluso mi maleta se transfiguró en una mochila más acorde al lugar, decorada con broches de “Unite State”, “I ♥️ in Paris”, un Machu Picchu, un balón de fútbol, y la silueta de los Andes.

Cada uno parecía haber sido recolectado en distintos viajes.

Mis compañeros y el profesor se quedaron perplejos.

La expresión en sus caras era clara: “¿Quién eres, como te infiltraste en nuestro grupo y qué hiciste con el chico que venía con nosotros?” “Parece que te integrarás sin problemas” comentó Tiago con un leve silbido de admiración.

“Obrigado” respondí, como si nada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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