Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 322
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322: 318) Viaje turistico 322: 318) Viaje turistico “Deberíamos movernos o no llegaremos a tiempo” comentó Tiago, haciéndonos señas para que lo siguiéramos.
Mis compañeros seguían en estado de shock, aún asimilando tanto el repentino cambio de entorno como el mío.
Pero el profesor no les dio tiempo para quedarse quietos: con suaves empujones, nos puso en marcha, iniciando una caminata que resultaría bastante interesante.
El traslador nos había llevado a una zona del Parque Estatal de Cantareira, en Brasil.
Este lugar es un punto habitual de llegada para magos internacionales: su extensión, naturaleza frondosa y relativa privacidad lo hacen ideal.
Bastan unos cuantos hechizos repelentes de muggles en zonas estratégicas para que pase desapercibido, a pesar del turismo.
En el camino nos cruzamos con otros magos, algunos tan viajeros como nosotros, y otros —como Tiago— miembros del Ministerio de Magia brasileño.
Claro que esta parada era más común para viajes turísticos o misiones menores; los que requerían contacto directo con el ministerio utilizaban trasladores especiales que los llevaban directamente allí, siempre con previa aprobación.
El lugar era fascinante, al menos para mis compañeros, que se debatían entre la curiosidad y el nerviosismo.
Mi transformación ya había sido un buen sacudón para ellos, y no había tiempo para formular todas las preguntas que tenían.
El calor era sofocante, el ambiente vibraba con una energía distinta, y la diferencia horaria entre Escocia y Brasil no ayudaba.
La tierra, la flora, la fauna… todo era ajeno, exótico, propio de un bosque tropical.
Y ni hablar de los muggles que pasaban por allí, hablando un idioma que ni Hannah ni Neville lograban comprender.
A diferencia de ellos, nosotros estábamos más tranquilos.
Tiago era un guía competente, y no vivimos la clásica escena cómica de perdernos por el bosque.
El profesor Kettleburn, por su parte, caminaba con seguridad a pesar de su media pierna faltante; se notaba que tenía experiencia en entornos naturales, sin importar su localización.
Por mi parte, sin darme cuenta, me encontraba más animado de lo habitual.
Tan animado, de hecho, que iba tarareando una melodía y mis caderas se movían solas al compás de la [música] en mi cabeza.
Fue Hannah quien me sacó de ese trance: “¿Estás bien?” preguntó, observándome con desconcierto, aún intentando acostumbrarse a mi nuevo look.
“Te ves… ¿feliz?” “¿En serio?” respondí, llevándome la mano al rostro, notando la sonrisa.
“Parece que sí…” “¿Qué sucede?” insistió, claramente intrigada.
Hasta ahora no me había visto tan entusiasmado con este viaje.
“Yo… sí, estoy feliz.
Siento que recuperé una parte de mí” dije, sin entrar en más detalles, mientras dejaba que mis ojos recorrieran el entorno.
Las calles de tierra, la gente a nuestro alrededor, todo era tan distinto a Gran Bretaña… “Sabes, a veces no sabes cuánto necesitas algo… hasta que lo tienes” añadí, tomando la mano de Hannah y acercándola hacia mí, guiándola con suavidad al ritmo que sólo yo parecía escuchar.
“La tierra mojada, el calor, la humedad, el viento, el olor… ¡me encanta este lugar!” Hannah se sonrojó por el contacto.
No es que en nuestras clases de baile no hubiéramos estado así de cerca, pero se sentía diferente ahora.
Quizás por el calor, por mi intensidad, o por la ropa ligera que llevábamos, que hacía que todo pareciera más íntimo.
Aunque estaba nerviosa, no se resistió.
Después de todo, mis clases habían servido: podía seguirme el ritmo… más o menos.
Ya habíamos llegado a la zona más pública del parque, donde la gente se reunía en mayor número.
Quizás llamábamos demasiado la atención, porque algunos trastenues (una mezcla entre turistas, locales, músicos callejeros y algunos magos ocultos) comenzaron a lanzarnos silbidos y vítores.
Aunque su sorpresa era comprensible, yo ya contaba con habilidades que realzaban mi aspecto, carisma y, por supuesto, mis auras.
A esto se sumaba mi habilidad para bailar, que había subido de nivel en varias ocasiones a lo largo del tiempo.
Y teniendo público… me dejé llevar.
Moví a Hannah como una marioneta dentro de una improvisada coreografía.
Aunque había aprendido algunos pasos, no era precisamente hábil, y con la atención de los curiosos sobre ella, se puso aún más nerviosa.
Aun así, mi experiencia compensaba lo que a ella le faltaba: el show fluía.
Un trastenue se unió con su guitarra, añadiendo música real a la que ya sonaba en mi cabeza.
Las palmas marcaron el ritmo.
Hannah se sentía como una muñeca de trapo, arrastrada de aquí para allá, además de recibir algunos toques que no esperaba, lo que la hizo ponerse roja como un tomate.
El espectáculo duró apenas un par de minutos antes de que yo mismo lo cerrara, sabiendo que Tiago no nos dejaría perder más tiempo.
Aunque, para ser sincero, él también parecía haberse mezclado con el público, entretenido.
Cerré el acto con una reverencia teatral, ayudando a Hannah a inclinarse conmigo.
La pobre estaba jadeante, sudada, temblorosa… y con las piernas hechas gelatina.
Nuestro camino se retomó sin más demoras.
Además de las alabanzas de Tiago, que no perdía oportunidad para recomendarme un futuro profesional en Brasil, también noté las miradas de Neville y del profesor Kettleburn, llenas de sorpresa… y un poco de admiración.
Por su parte, Hannah no podía disimular su creciente incomodidad.
Aunque intentaba mantener la compostura, algo dentro de ella le decía que había entrado en terreno peligroso.
Siempre había sabido que yo era algo excéntrico, pero aquí… estaba desatado.
Y esa idea la tenía confundida, nerviosa y, sobre todo, exhausta.
Sentía que no podría sobrevivir muchas más experiencias como esta sin que su corazón colapsara.
“Estuvo bien, lo hiciste genial” intenté animarla con una sonrisa, esperando que eso ayudara a calmarla.
“No estuvo bien…” protestó ella, ocultando el sonrojo con la mano.
“¿Cómo puedes disfrutar esto?
¡Hace un calor insoportable!” se quejó, dándose una palmada en la mejilla.
“¡Y hay demasiados mosquitos!” Hannah parecía más desconcertada con cada paso.
La diferencia entre nosotros se le hacía cada vez más evidente, como si fuéramos de especies distintas.
Aunque ya conocía mi naturaleza peculiar, ahora lo sentía más que nunca.
Justo al terminar el baile, había sentido que su cuerpo entero hervía, como si el calor acumulado hubiese explotado desde dentro, dejándola al borde del desmayo.
Estaba acostumbrada al clima fresco del Reino Unido.
Aunque le habían advertido sobre el calor brasileño antes del viaje, no imaginó que sería tan intenso.
Había empacado ropa ligera… pero claramente no lo suficiente.
Al llegar, no tuvo otra opción que desvestirse apresuradamente para no caer fulminada.
Todo le parecía parte de otro mundo.
Si hubiera sabido lo que la esperaba, se habría preparado mejor.
En Gran Bretaña, las túnicas encantadas para conservar la temperatura eran útiles… pero estaban pensadas para resistir el frío, no este tipo de infierno húmedo.
Dudaba seriamente que Madam Malkin supiera confeccionar algo apropiado para la selva brasileña.
“¿Cómo puedes estar tan bien?
¿Tan enérgico?” preguntó, mirándome como si fuera un fenómeno biológico.
“No sé… quizá es natural en mí” respondí con sencillez, encogiéndome de hombros.
La verdad, mi cuerpo estaba bastante fortalecido para resistir climas extremos, así que este calor no me afectaba tanto.
Y sí, estaba emocionado.
No lo podía negar.
Pero lo que había ocurrido —el baile, la música, el impulso— fue más una explosión espontánea de algo acumulado.
“Fue solo este momento.
Ahora me siento más relajado” añadí con sinceridad.
Le sonreí a Hannah mientras extendía ligeramente mis auras, lo suficiente como para que los mosquitos dejaran de acosarla.
Tiago, que ya estaba a punto de lanzar un hechizo repelente —algo que aquí en Brasil aprenden desde muy jóvenes—, se detuvo al notar el efecto.
Me observó con esa expresión de reconocimiento que ya le había visto antes.
En realidad, al principio tenía la intención de dejarnos sufrir un poco con el calor y los insectos, como parte de una broma local hacia los extranjeros.
Pero después del espectáculo que dimos y considerando que éramos estudiantes de intercambio de Castelobruxo, estuvo dispuesto a romper esa regla no escrita.
Yo, por mi parte, no tenía idea de lo que pasaba por su cabeza.
Estaba concentrado en atender las picaduras de Hannah.
Coloqué mis dedos sobre las picaduras y canalicé una pequeña curación.
Ella soltó unos gemidos bajos, involuntarios y vergonzosos, que parecían una mezcla de alivio y pudor.
No dije nada, pero no pude evitar sonreír al ver su cara completamente sonrojada.
La caminata fue algo larga —otra de las “tradiciones” que los turistas mágicos deben soportar al llegar—, pero finalmente llegamos a un estacionamiento.
Allí, Tiago nos condujo hasta un vehículo que nos esperaba: una vieja Kombi blanca, con un discreto emblema del Ministerio de Magia brasileño, camuflado entre símbolos muggles.
La puerta se abrió sola y subimos.
Al fin, pudimos sentarnos.
Hannah y Neville prácticamente se desplomaron en los asientos después de la agotadora caminata.
Incluso el profesor Kettleburn, con su habitual compostura, no pudo evitar masajearse la pierna prostética.
“Abróchense los cinturones” dijo Tiago con tono de guía turístico, mientras se sentaba al volante.
Poco después, la Kombi arrancó y nos alejamos del parque rumbo al centro de São Paulo.
Sí, guías mágicos brasileños conducen vehículos muggles por la ciudad.
Algo impensable en Gran Bretaña u otros países de Europa, donde el mundo mágico tiende a separarse lo más posible de todo lo no mágico.
Neville, Hannah y yo mirábamos por la ventana cómo el paisaje iba cambiando.
Pasamos de los senderos frondosos de la reserva a los inicios de la urbanización, y poco a poco, a las calles llenas de vida, edificios y caos organizado de la ciudad.
Este tipo de trayecto —de lo salvaje a lo urbano— parecía ser otra tradición local, una especie de paseo turístico mágico para que los extranjeros pudieran apreciar el contraste.
Tiago se lo tomó en serio.
Nos iba señalando lugares, explicando detalles, contando anécdotas del mundo mágico brasileño.
Y lo hacía bien: tenía carisma, buena voz y sabía captar la atención, incluso la de Hannah que seguía medio derretida por el calor.
El mundo mágico de Brasil era distinto.
Muy distinto al que conocíamos.
Pero tenía sentido.
Aunque su historia es larga y compleja, muchos países de América son relativamente jóvenes.
La colonización, las luchas entre magos europeos y nativos durante el “descubrimiento” del continente, y la posterior mezcla cultural, dieron como resultado una sociedad mágica muy diversa.
Aquí también existen familias antiguas, algunas incluso orgullosas de su “pureza de sangre”, pero son pocas y bastante diferentes a las de Gran Bretaña.
En Brasil, la población mágica es mucho más amplia y variada.
Hay un alto número de mestizos, magos nacidos de muggles.
Esa diversidad es mucho más marcada que en Europa, donde la “pureza de sangre” ya está en decadencia… aunque muchos todavía se aferran a ella.
Por lo que yo había aprendido en mis campañas, la idea de los “verdaderos sangre pura” era un mito antiguo.
Los linajes completamente mágicos se extinguieron hace más de mil años.
Todos los actuales son versiones diluidas.
Bueno… casi todos.
Gracias a mí, volvieron a aparecer algunos magos purasangre reales, como Andra, cuyo linaje de “Bruja” se encuentra al 100%.
Así que no estaba tan asombrado ni incómodo como mis compañeros, pero igual me dejé llevar por la curiosidad.
América era vasta, diversa, y con solo este pequeño vistazo, ya me planteaba un viaje por todo el continente, desde Canadá hasta Chile.
Un recorrido por las culturas mágicas del continente, y la habilitación de puntos de teletransporte para facilitar el acceso entre regiones.
Durante el viaje, Tiago también habló con el profesor Kettleburn, intercambiando opiniones sobre política mágica, criaturas locales y otros temas.
A nosotros nos lanzaba preguntas cada tanto, manteniendo el ambiente animado.
Pero conmigo fue más conversador: al notar que me desenvolvía con soltura y que tenía un perfil…
peculiar, la charla se volvió más dinámica e interesante.
Y aprendí bastante.
Tiago era hijo de muggles, lo cual explicaba por qué trabajaba como conductor mágico en medio de una ciudad como São Paulo.
Aquí, los pocos sangre pura que quedaban no solían ejercer este tipo de trabajos.
Él había estudiado en Castelobruxo y, tras graduarse, comenzó como asistente de guías turísticos mágicos, hasta ascender a su puesto actual.
Lo bueno de su rol es que estaba muy informado.
Sabía de todo: rumores del ministerio, cambios en las leyes mágicas, celebridades locales, incluso rarezas del mundo muggle.
Tenía un pie en cada mundo, y eso lo hacía, a su manera, uno de los tipos más sabios del camino.
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