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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 323

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  4. Capítulo 323 - 323 319 Callejón Diag
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323: 319) Callejón Diag…

digo…

323: 319) Callejón Diag…

digo…

Seguimos recorriendo la ciudad durante un buen rato.

São Paulo no solo era enorme, sino también bulliciosa, y después de un tiempo, el trayecto comenzó a volverse algo monótono.

Tiago, con una sonrisa culpable, se disculpó por ello: “Lo sé, es un poco tedioso… pero son las normas.” No le estaba permitido trasladarnos directamente mediante aparición.

A menos que uno mismo supiera hacerlo —y tuviera permiso para hacerlo en esa zona— estábamos obligados a usar medios más tradicionales, como cualquier muggle perdido en el tráfico.

Así que tocaba aguantar el paseo.

Después de una larga caminata y un viaje aún más largo en coche, finalmente llegamos a nuestro destino.

A simple vista, parecía un museo antiguo.

Y no es una forma de hablar: era un museo, una edificación de otro siglo que destacaba con fuerza entre los modernos edificios que la rodeaban.

Su arquitectura parecía querer transportarnos varios siglos hacia el pasado.

“Aquí estamos.

A punto de entrar al mundo mágico brasileño” anunció Tiago, bajando de la Kombi con cierto entusiasmo.

Observamos el museo una vez más, y no pudimos evitar comparar la situación con el Caldero Chorreante y la entrada al Callejón Diagon.

Aunque cumplían funciones parecidas, esto era…

diferente.

Sabiendo cuál era mi verdadero objetivo en este viaje, no pude evitar acelerar el paso hacia la puerta principal.

Caminaba al frente, seguido muy de cerca por Hannah, que se pegaba a mí por nerviosismo y emoción a partes iguales.

Neville nos seguía justo detrás, como si tuviera miedo de perderse si se alejaba demasiado.

Durante casi todo el trayecto había permanecido en silencio, como si no se sintiera con derecho a hablar.

Teniendo en cuenta algunas de las cosas que le había oído decir a su abuela, lo entendía.

Íbamos avanzando en una formación triangular, directos hacia la entrada del museo, hasta que la risa de Tiago nos detuvo.

“¡Por ahí no es, chicos!” dijo divertido, estábamos a punto de meternos en una exposición sobre los jesuitas en lugar de ir a realizar nuestras compras mágicas.

Nos indicó el camino correcto, guiándonos por un lateral del edificio.

Había otras entradas menores, puertas para el personal o de emergencia, muchas de ellas discretamente cubiertas por altos arbustos bien cuidados, claramente puestos ahí con intenciones más mágicas que estéticas.

Esta vez, para evitar más confusiones, decidimos seguirlo directamente.

Nos condujo a una pequeña puerta lateral, donde saludó con naturalidad al guardia de seguridad, quien apenas nos miró antes de volver a concentrarse en su lectura.

Todo parecía estar perfectamente ensayado.

El interior del edificio seguía pareciendo un museo… hasta que Tiago nos guió hacia una esquina específica.

Frente a nosotros, una gran pared con un arco tallado en piedra.

Nos sonrió y, sin detenerse, la atravesó como si nada.

Tal como se hacía en la estación 9¾, en King’s Cross.

Junto al profesor Kettleburn, lo seguimos sin pensarlo.

Y al otro lado, el ambiente cambió por completo.

Nos encontramos en una calle larga, muy larga, tan extensa que no podíamos ver su final.

A ambos lados se alineaban pequeñas construcciones, como tiendas y locales, de donde la gente entraba y salía constantemente.

Varias calles perpendiculares se conectaban a esta vía principal, formando un verdadero laberinto urbano.

Todo parecía estar bajo tierra, pero muy, muy alto sobre nosotros se extendía un techo, que tenia algunos ventanales en el que dejaban ver el cielo.

Y aunque no tenía sentido que un lugar cerrado y con ventanales tan pequeños en comparación, estaba muy bien iluminado… en fin, magia.

“Bienvenidos al Pasaje de los Arcos” dijo Tiago con una exagerada reverencia, como si estuviera presentando un espectáculo.

Nos adentramos con cautela, caminando más juntos para no perdernos entre la multitud.

Observamos las tiendas a los lados.

No eran muy grandes desde fuera, algunas incluso parecían puestos improvisados, pero una vez cruzabas la entrada, muchas revelaban interiores amplios y encantados.

Era el mismo principio del Callejón Diagon, pero con su propio sabor local.

Familiar, sí, pero también exótico e inesperado.

Llegamos a una pequeña plaza circular, con un obelisco en el centro.

Un monumento, probablemente conmemorativo, aunque no nos detuvimos a leer la placa.

No era momento de turismo.

Aún teníamos tareas pendientes antes de partir hacia Castelobruxo, cuya ubicación en plena selva amazónica estaba todavía a un buen tramo de distancia.

Nos detuvimos un momento en la plazoleta para que Tiago pudiera darnos algunas indicaciones clave antes de comenzar con nuestras compras.

Este lugar se llamaba el Pasaje de los Arcos, justamente porque estaba delimitado por dos grandes arcos: uno al principio y otro al final de la calle principal, colocados en los extremos opuestos del museo que servía como entrada encubierta.

El Pasaje estaba formado por una red de calles llenas de tiendas, interrumpidas por plazoletas como esta, además de la arteria principal.

Tiago nos explicó que, además de la calle que iba de arco a arco —la más importante, donde se encontraban negocios de renombre de principio a fin—, existía una gran calle perpendicular que la atravesaba en el centro, dividiendo el lugar como una cruz.

Fuera de esa estructura, las calles restantes estaban organizadas de forma concéntrica, como anillos que se iban degradando en importancia.

“Cuanto más cerca del centro estén, más costosos, exclusivos o influyentes son los negocios” nos explicó.

“Y cuanto más hacia los bordes se vaya, bueno… la cosa se vuelve más barata, pero también más dudosa.” Aunque no había un equivalente oficial al Callejón Knockturn, nos advirtió que en los anillos exteriores —especialmente el penúltimo— podían encontrarse tiendas de dudosa reputación.

El último anillo, el más externo, era patrullado por Centinelas (el equivalente local a los aurores), así que era relativamente seguro.

Pero mejor no tentar a la suerte.

Fue en ese momento cuando Tiago, algo incómodo, nos hizo una pregunta que intentó disimular con tono casual, aunque claramente no le gustaba hacerla: respecto a nuestra situación económica.

Dependiendo de nuestra respuesta, planeaba guiarnos a distintas zonas del Pasaje, adaptando las compras al presupuesto de cada quien.

También nos entregó, en ese momento, la lista oficial de útiles escolares de Castelobruxo para el año.

Afortunadamente para él, no hubo necesidad de pasar vergüenza: ninguno de nosotros estaba precisamente corto de dinero.

Neville era el heredero directo de los Longbottom, lo cual lo convertía en un pequeño aristócrata rico, aunque no le gustaba alardear de ello.

Hannah pertenecía a una familia respetada, con medios suficientes.

Y en mi caso… bueno, dinero era lo que menos me faltaba.

No solo tenía una gran fortuna, sino que, si por alguna razón me hiciera falta, podía crear oro sin mucho esfuerzo.

“No te preocupes por eso” le dije con una sonrisa.

“Podemos darnos el lujo.

Solo guíanos a los mejores lugares que conozcas.” Mis compañeros asintieron, confiando en mi liderazgo.

Tiago se relajó de inmediato.

Se notaba que conocía el Pasaje como la palma de su mano y que estaba encantado de poder mostrarnos sus rincones favoritos sin preocuparse por limitaciones económicas.

Aunque muchas de las tiendas más lujosas estaban en el centro, nos advirtió que también había joyas ocultas repartidas por los anillos exteriores: negocios menos conocidos pero con productos excepcionales.

Prometió que no nos arrepentiríamos.

Pero antes de ir de compras, había que hacer una parada obligatoria: el banco.

Llevando dinero encima —y más aún, mucho dinero— no era la mejor idea en un lugar tan concurrido.

Para mi sorpresa, había una sucursal de Gringotts en este lado del mundo, aunque era más simbólica que funcional.

Era pequeña, poco concurrida, y evidentemente subordinada a los bancos locales, mucho más relevantes en Brasil.

Tiago nos llevó al banco que él mismo solía usar.

Por dentro, era muy distinto a lo que conocíamos.

Aquí los empleados principales eran magos y brujas, no goblins.

Aunque también vimos algunos seres humanoides de baja estatura, con aspecto distinto a los duendes europeos.

No sabría decir qué eran exactamente, pero claramente cumplían un rol similar.

Tiago charló con uno de los empleados con evidente familiaridad.

Al parecer, conocía a todo el mundo.

Después de algunos trámites, nos ofrecieron una breve explicación sobre la economía mágica local.

Aquí no se usaban galeones, sickles ni knuts.

El sistema era otro: las monedas eran el Áureo, el Árgen y el Senda.

Y a diferencia del sistema británico, aquí el cambio era bastante más lógico: “1 Áureo equivale a 7 Árgenes, y 1 Árgen equivale a 10 Sendas” nos explicó el empleado con amabilidad.

No pude evitar aplaudir mentalmente.

Sí, seguía habiendo un número primo ahí en medio, pero era mucho más razonable que la confusa conversión europea.

Finalmente, un sistema monetario que no parecía hecho para torturar personas.

Cambiamos una suma considerable de dinero.

Realmente mucha.

Fue una recomendación directa de Tiago, quien nos sugirió hacerlo todo de una vez, ya que —según dijo— lo necesitaríamos en la escuela.

No quiso entrar en detalles.

Lo que ni el guía brasileño ni los empleados del banco esperaban era la cantidad absurda que sacamos los tres.

Neville, con toda la calma del mundo, entregó sus ahorros completos, más una generosa suma enviada por su familia.

Hannah, por su parte, traía una cantidad más razonable, pero se la multipliqué sin decir palabra.

Y luego vino mi parte… simplemente puse una porción de mi “fortuna” con naturalidad.

Las bocas abiertas en la sala podrían haber atrapado más de un insecto.

Incluso el profesor Kettleburn, que había sacado una pequeña bolsita de monedas para hacer su propio cambio, la volvió a guardar con algo de vergüenza.

Parecía querer evitar enseñar su “humildad” frente a lo que a ojos de cualquiera serían tres príncipes.

La banquera, atónita, tuvo que pedir autorización a un superior para gestionar una operación de tal magnitud.

Y Tiago, nos obligó a abrir cuentas bancarias locales.

Estaba visiblemente nervioso: aunque estábamos en un banco seguro, mover tanto dinero era como encender una bengala gigante que dijera “¡Robadnos!”.

No pensaba sacarnos de ahí con todo encima, ni en broma.

Ni Neville ni Hannah terminaban de entender el problema.

Yo, por mi parte, estaba demasiado curtido como para dejarme intimidar por ladrones.

Perdimos algo de tiempo, pero logramos abrir las cuentas y habilitar un sistema mágico de pagos.

A partir de entonces, en tiendas afiliadas, solo necesitaríamos firmar y estampar el sello que nos habían entregado: el banco se encargaría del resto.

Un sistema sorprendentemente práctico.

De todos modos, sacamos algo de dinero en efectivo para imprevistos, pero nada que llamara la atención.

Salimos del banco con Tiago suspirando como si le acabaran de sumar diez años encima.

Se masajeaba el hombro y nos miraba con una mezcla de incredulidad y resignación, como si pensara “¿por qué me tocan a mí estos monstruos millonarios?”.

También tenía razón: su trabajo era protegernos, y claramente no se lo estábamos poniendo fácil.

Entonces comenzó la verdadera misión: las compras escolares.

Como nuevos estudiantes de Castelobruxo, necesitábamos muchos elementos que lo que habíamos traído desde casa no cubría.

Algunos eran comunes, como calderos y guantes de piel de dragón, pero otros eran…

muy distintos a lo habitual.

Aquí, la lista incluía botas reforzadas, máscaras similares a las de gas, trajes de seguridad, y lo que solo podía describirse como herramientas de jardinería avanzadas.

Todo indicaba que esta escuela tenía un enfoque mucho más práctico y centrado en el entorno natural.

Claramente, mucho del aprendizaje sucedía fuera del aula.

También tuvimos que comprar libros.

Algunos eran estándar, usados internacionalmente, pero otros eran exclusivos del currículo local, imposibles de conseguir en Gran Bretaña.

Aquí se presentó un problema serio para Neville y Hannah: el idioma.

Habían practicado algo de portugués, lo básico, pero no lo suficiente como para lidiar con textos académicos.

Por suerte, muchos de los libros de Castelobruxo estaban encantados para traducirse automáticamente, usualmente portugués y español.

El problema es que muy pocos tenían traducciones al inglés, y muchos de los textos que necesitaban estaban completamente fuera de su alcance.

Los vi mirando los libros, pasando páginas con cara de frustración, tratando de adivinar qué significaba cada palabra.

Para calmarlos, les aseguré que me encargaría de conseguir traducciones y que podían confiar en mí: desde que había comenzado a planear mi expansión internacional, había trabajado en dominar varios idiomas precisamente para evitar estos problemas.

Inglés, español, francés, alemán, portugués… incluso el inglés antiguo de la época de Morgana.

Si alguien estaba preparado para actuar como traductor personal, era yo.

Ambos soltaron un evidente suspiro de alivio, al menos uno de los tres, sabía lo que hacía y podía guiarlos en aquel nuevo entorno.

Hannah, una vez más, agradeció mi genialidad; aunque a veces resultara extraño, yo siempre era confiable, y eso ella lo valoraba sinceramente.

Para resolver el problema de los libros, envié un clon directamente al [Mercader], quien mantenía sus productos actualizados gracias a las tiendas mágicas que habíamos visitado.

Allí, solicite los [productos personalizados] y obtenga las traducciones al inglés de los libros que necesitábamos.

Esta experiencia me hizo ver un potencial negocio futuro, algo que podría agregar cuando abra la respectiva sucursal del “Gremio de Aventureros” aquí.

(Nota del autor: Para evitar recargar los capítulos con aclaraciones lingüísticas innecesarias, a partir de este punto asumiremos que la mayoría de los personajes en esta región se comunican en portugués.

Red, al dominar el idioma, actúa como traductor para Neville y Hannah, quienes apenas entienden unas pocas palabras.

No se especificará constantemente qué idioma está siendo hablado, salvo cuando sea relevante para la trama o el diálogo.

En algunos casos, ciertos personajes —como comerciantes importantes, profesores o empleados del ministerio— hablarán directamente en un “mal inglés”, facilitando la comunicación sin necesidad de intermediarios.

Sin embargo, para interacciones comunes o con la población local, el idioma habitual será el portugués.

Esto se aclara para evitar llenar los textos con traducciones entre paréntesis como se hizo previamente con el francés, ya que esta sección de la historia será más extensa.)

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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