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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 324

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324: 320) Nuevo equipo 324: 320) Nuevo equipo Hicimos muchas más compras, recorriendo tienda tras tienda en distintas secciones del Pasaje de los Arcos.

Caminamos bastante, pero valió la pena: tal como nos había dicho Tiago, algunas tiendas alejadas resultaron auténticas joyas, ya sea por su relación calidad-precio o por la singularidad de sus productos.

Por supuesto, también hubo quienes, como Tiago ya había anticipado, se sintieron atraídos por el aroma de nuestra riqueza… pero ninguno logró presentarse abiertamente.

Supongo que los magos oscuros y los ladronzuelos del mundo mágico brasileño probaron el filo invisible de algunos de mis clones… literalmente.

Estábamos tan seguros sin que nadie supiera qué varias vidas se perdieron, al punto de que hasta Tiago se sorprendió de que nada hubiera pasado y no haya tenido que sacar su varita o llamar a los centinelas.

Por lo menos Helena tiene nuevos materiales con los que trabajar En un momento, mientras caminábamos, Hannah iba leyendo en voz alta la lista de útiles escolares, repasando lo que ya teníamos y lo que aún faltaba.

Entonces pasamos frente a una tienda de varitas, reconocible por su cartel: una enorme varita colgante giraba lentamente sobre la entrada.

“Creo que ustedes ya poseen varitas, así que podemos tachar eso de la lista también” comentó Tiago, sin detenerse.

Pero nosotros sí nos detuvimos.

La vidriera mostraba una gran variedad de varitas que no se parecían en nada a las que conocíamos.

Algunas tenían adornos de plumas en la base; otras estaban recubiertas de hilos de colores entrelazados como si llevaran medias de red; una incluso tenía un aro de madera sobre el mango, dándole aspecto de daga ceremonial o espada corta.

Nos quedamos mirando, desconcertados por lo…

extravagante del diseño.

“¿Son todas así?

“preguntó Neville, con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

“Ah, eso” dijo Tiago sonriendo.

“Es pura estética.

Muchos de esos adornos no sirven para nada… y en algunos casos, incluso interfieren un poco.

Pero a los chicos les encantan.” Nos explicó que en Brasil no hay un fabricante milenario y monopólico como Ollivander.

Existen buenos artesanos, sí, pero son escasos y sus varitas suelen ser costosas.

La mayoría del mercado está compuesto por fabricantes menores, algunos bastante mediocres, pero accesibles para quienes no pueden pagar más.

Como la competencia es feroz entre estas tiendas de segunda, suelen embellecer las varitas para atraer clientes visualmente, especialmente niños.

Es común que los estudiantes elijan la que se “ve mejor” en lugar de la que realmente les conviene.

Me quedé un momento pensativo, luego dije en voz alta: “Creo que deberíamos comprar algunas varitas nuevas.”(Red) Los demás se sorprendieron, especialmente Neville.

“¿Eh?

Pero…” balbuceó, sin entender.

“Neville” dije, mirándolo con firmeza, “parte de tus dificultades con los hechizos viene de usar una varita que no es tuya.

Esa varita fue de tu padre, no fue hecha para ti.

Ahora estamos en Brasil, representando a Hogwarts.

Necesitamos dar lo mejor de nosotros, y eso empieza por tener las herramientas adecuadas.” Neville bajó la mirada, con la duda en el rostro.

Sabía que no podía obligarlo, especialmente con lo que significaba esa varita para él.

Así que hablé con más tacto, reconociendo su vínculo con sus padres pero insistiendo en que tener su propia varita no significaba reemplazarlos, sino encontrar su camino.

Finalmente, asintió en silencio.

Había aceptado.

“Hannah, creo que también deberías considerar tener una varita secundaria” agregué, mirándola.

“Nunca está de más tener una de respaldo, especialmente si tenemos la oportunidad.” Ella no discutió.

Estaba acostumbrada a que mis sugerencias fueran útiles, y además, como yo, tenía curiosidad por ver cómo funcionaba aquí el proceso de emparejamiento.

Después de todo, parte del encanto de este viaje era descubrir cómo los distintos mundos mágicos resolvían las mismas necesidades de maneras tan diferentes.

Al ver que estábamos decididos y sin encontrar motivo para oponerse, Tiago aceptó llevarnos a comprar varitas.

Ya habíamos conseguido todo lo necesario, así que esa sería nuestra última parada antes de ir a comer algo y finalmente partir hacia Castelobruxo.

Eso sí, nuestro guía no nos recomendó precisamente la tienda que habíamos visto antes.

Si queríamos varitas con una calidad al menos comparable a las que usábamos en Europa, debíamos dirigirnos hacia la zona central del pasaje.

A medida que nos acercábamos, era evidente cómo el nivel de lujo se incrementaba: hasta el empedrado del suelo parecía elevar su categoría con cada paso.

Las fachadas eran más ornamentadas, las vitrinas brillaban impecables, y los clientes tenían un aire más elegante… y, en algunos casos, arrogante.

Finalmente, llegamos a una tienda recomendada por Tiago.

No era la más prestigiosa del centro, pero gozaba de una sólida reputación y ofrecía un buen equilibrio entre calidad y precio.

Además, conservaba la tradición de personalizar las varitas con pequeños adornos estéticos si el cliente lo deseaba.

“Todo niño merece que su varita sea única” dijo Tiago sonriendo.

“Algo que la haga especial.” Al entrar, nos recibió el suave tintineo de un encantamiento sonoro y el aroma a madera recién trabajada.

Había unos pocos clientes revisando vitrinas o hablando con los dependientes, pero no tardaron en atendernos.

Luego de entender el motivo de nuestra visita, uno de los empleados nos llevó a una sección especial de la tienda.

Allí había varias tablas largas y delgadas colocadas a lo largo de las paredes, cada una con filas de orificios simétricamente distribuidos.

De cada agujero emergía el mango de una varita para facilitar su evaluación.

El procedimiento era sencillo: se sujetaba el mango de cada varita, y si se sentía una reacción, se la extraía para probarla con un movimiento.

Si la varita respondía, podía considerarse candidata.

En cierto modo, era un proceso más organizado que el de Ollivander, sin ese caos de cajas apiladas hasta el techo ni telarañas en los rincones.

Cada uno eligió su propia dirección.

Neville y Hannah siguieron las recomendaciones del dependiente y se dirigieron hacia los estantes que les generaban una sensación más acogedora, esperando que la intuición los guiara.

Yo, en cambio, tomé otro rumbo.

Me acerqué al estante más apartado, donde se encontraban las varitas más viejas, polvorientas y olvidadas.

No tenía intención de comprar algo mediocre, pero si había una joya oculta, una reliquia entre descartes, quería ser yo quien la encontrara.

A veces, los verdaderos tesoros están donde menos se espera…

o eso dicen las novelas.

Pronto los tres estábamos probando mango tras mango.

Por suerte, según nos aseguraron, todas las varitas se limpiaban mágicamente después de cada intento, lo cual tranquilizaría a los misofóbicos.

Con la ayuda del dependiente, Neville y Hannah terminaron encontrando varitas que les sentaban bien.

El vendedor, con su experiencia, era capaz de intuir las afinidades mágicas de cada uno solo con observar nuestras reacciones.

Yo, en cambio, no tuve suerte.

Nada me convencía.

Tal como con mi varita actual, no sentía una verdadera conexión con ninguna.

Pero a estas alturas, mi magia era lo suficientemente fuerte como para forzar una sincronización, aunque no fuese ideal.

Un rato después, Neville encontró su varita perfecta.

Era de un tono rojizo intenso, construida con madera de Caesalpinia echinata, conocida también como palo brasil o pernambuco.

Su núcleo era una escama de Boitatá: una serpiente de fuego gigantesca que ardía y escupía fuego cuando era provocada o se nojaba.

No pude evitar preguntarme cómo habían logrado introducir una escama tan grande en un objeto tan pequeño.

Cuando Neville la agitó, una figura ilusoria emergió brevemente del extremo: una serpiente de fuego, majestuosa y serena, que se onduló en el aire antes de desvanecerse.

Su presencia era a la vez intimidante y reconfortante, como si advirtiera: “No habrá problema… siempre y cuando no lo provoques.” Neville sonrió con una mezcla de sorpresa y orgullo.

Era la primera vez que sentía que una varita lo había elegido a él, y no al revés.

“Fuerza y resistencia” explicó el dependiente, casi como un ritual.

“Con gran potencial, pero además, una conexión natural con la vida silvestre y un fuerte instinto protector.

Será tan firme como tu lo seas con ella.” Neville asintió en silencio, claramente emocionado.

Por fin, había dado un paso que su yo del pasado jamás se hubiera atrevido a dar.

Hannah también encontró su varita.

Tenía un tono marrón oscuro mezclado con ceniza y vetas rojizas que le daban una apariencia cálida y elegante.

Según ella, incluso tenía un aroma agradable, como a madera dulce y tierra mojada tras la lluvia.

Estaba hecha de jacarandá, y su núcleo era particularmente curioso: una fibras entrelazadas extraídas de una variante mágica de Victoria Régia, el gigantesco nenúfar amazónico.

Al agitarla por primera vez, varios pétalos etéreos de un tono violáceo surgieron en espiral, deshaciéndose en el aire como una llovizna brillante.

Hannah exhaló profundamente; era como si su cuerpo se hubiera revitalizado al instante, y todo el cansancio acumulado por la larga caminata desapareciera.

La varita, sin duda, tenía propiedades restaurativas.

Ambos estaban felices con sus nuevas adquisiciones.

Sin embargo, no por ello descartaron sus varitas antiguas.

Hannah decidió conservar la suya como principal y dejar la nueva como secundaria.

Neville, por otro lado, tomó una decisión más significativa: convertir la nueva en su varita principal y dejar la de su padre como secundaria.

Era un gesto sutil, pero maduro.

Un paso necesario.

Yo, mientras tanto, aún no encontraba nada realmente especial.

Un par de varitas eran mejores que la mía actual, pero ninguna me decía que era varita ideal.

Aun así, noté que uno de los dependientes me observaba con una mezcla de interés, extrañeza y quizás preocupación.

Por mera curiosidad, tomé esas dos varitas que mas o menos lograron congeniar conmigo.

Al agitarlas suavemente, un extraño sonido y una bruma espiral emergió de cada una: una niebla blanca con destellos negros y otra negra con brillos plateados.

Las energías parecían opuestas, pero complementarias.

“Son varitas gemelas” explicó el dependiente con voz medida, aunque dando un paso involuntario hacia atrás.

“Comparten un mismo origen… peculiar.

Y no solo eso: son antiguas, con una historia oscura tras su creación.” “¿Y cuál es?” pregunté, tratando de sonar desinteresado.

Estaba casi seguro de que era una estrategia de ventas.

Ya conocía ese tipo de relatos: “madera rara”, “núcleo especial”, “una reliquia olvidada”…

todo parte del show.

No creía que fuera algo con orígenes “divinos” o similares.

Eso era probable en la era de Morgana, no de ahora.

Neville, Hannah, Tiago y hasta el profesor Kettleburn se acercaron, intrigados por la reacción del vendedor.

“Bulnesia sarmientoi y algarrobo” dijo este, señalando las maderas.

“El núcleo…

proviene de una Jarjacha.” Silencio.

Silvanus y yo abrimos los ojos con sorpresa.

Ambos conocíamos a esa criatura andina.

Para los muggles, era una leyenda oscura, casi demoníaca.

Pero en el mundo mágico, era algo más complejo.

Se trataba de un ser resultado de una transfiguración humana fallida o una antigua maldición: mitad llama, mitad persona.

Situación similar a los Quintaped.

Criaturas salvajes, condenadas, deformes… aunque, según registros, también existieron Jarjachas “naturales” en la antigüedad, ya extintas.

Se debatía si las actuales nacieron de intentos de replicarlas, y si las originales eran tan perversas como las versiones modernas.

“Pocos se atreven a usar pelos de Jarjacha para fabricar varitas,” continuó el dependiente, su voz bajando un tono.

“Muy pocas personas logran manejarlas.

O, para ser más precisos, pocas personas ‘buenas’.” Hizo una pausa cargada de significado.

“Los portadores de estas varitas suelen ser individuos que ya han cometido, o son peligrosamente propensos a cometer, actos prohibidos o indebidos.” Las palabras flotaron en el aire como una sentencia.

Todos me miraron.

Yo mantuve el rostro sereno, pero por dentro… una presión helada se me instaló en el pecho.

La imagen del Jarjacha, ese demonio nacido de la oscura maldición del incesto en las leyendas muggles, se grabó a fuego en mi mente.

Al contemplar la varita, que parecía susurrarme “actos prohibidos e indebidos” Mis ojos se fijaron en el “incesto” que, de algún modo, representaban.

Sin desearlo, la imagen de mis hermanas inundó mi mente, y un impulso repentino me invadió: lanzarlas de nuevo al estante.

No podía permitir que aquello continuara.

Aunque en mi forma de actuar a menudo fuera un demonio, jamás dejaría que esas varitas me empujaran a cruzar esa barrera con mis hermanas.

No lo permitiría.

Ellas debían ser protegidas de todo.

Incluso de mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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