Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 325
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- Capítulo 325 - 325 321 La historia de las jarjachas
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325: 321) La historia de las jarjachas…
325: 321) La historia de las jarjachas…
“¿Y cuál es su historia?” preguntó Hannah, notando la tensión en el aire, aunque sin comprender del todo su origen.
Ella me conocía bien.
Sabía que a veces tomaba decisiones arriesgadas, que tenía un lado oscuro…
pero no alcanzaba a imaginar hasta qué punto ese lado podía extenderse.
La pregunta pareció pesar en el ambiente.
El rostro del dependiente, que ya era serio, se volvió sombrío.
No era solo por el núcleo de Jarjacha; según él mismo había dicho, aunque poco comunes, esas varitas no eran inéditas.
El verdadero problema, al parecer, estaba en la historia que cargaban.
“No sé si todo esto es verdad” dijo con voz grave.
“Pero lo que he oído…
y lo que he visto, me ha hecho creerlo.” Se aclaró la garganta y, sin más, comenzó a narrar.
—Hace siglos, hubo una serie de desapariciones masivas.
Pueblos enteros, arrasados.
No quedó nadie…
salvo cadáveres destrozados.
La culpable, según las leyendas, era una Jarjacha diferente a cualquier otra.
Una llama enorme.
Aunque su aspecto exacto sigue siendo un misterio, se dice que era una hembra, una Jarjacha Warmichasqa, según la leyenda que no es de por aquí asi que no lo se bien.— —Arrasaba todo a su paso.
Asolaba aldeas sin piedad.
Solo perdonaba a los recién nacidos y a las mujeres embarazadas.
A las demás…
—hizo una pausa tensa—…
les arrancaba y se comía el corazón, el hígado, el útero.
Algunas versiones dicen que también el cerebro.
A los hombres les destrozaba los genitales y los decapitaba sin ceremonia.
A los niños, los devoraba.
O los mataba sin más.— —Ninguna arma, ni mágica ni muggle, podía detenerla.
Y no estaba sola.
Era una reina, rodeada por otras Jarjachas: su horda.
Todas distintas.
Algunas esqueléticas, otras con alas, otras humanoides.
Una pesadilla viviente, cada una con su propia perversión.— El tono del dependiente se volvió más bajo, como si el miedo mismo habitara en las palabras.
—Se perdieron tantos pueblos que incluso las grandes ciudades comenzaron a temer.
Los magos más poderosos de cada región se unieron para detenerla.
Pero fracasaban una y otra vez.
Cuando la buscaban, no la encontraban.
Y cuando la encontraban…
no estaban preparados.
Morían más de los que sobrevivían.
Hasta que “ella” apareció.— Varias personas se habían acercado, atraídas por la historia.
Incluso otros dependientes dejaron de trabajar para oír.
—No se sabe quién era.
Algunos dicen que no había registros de su existencia antes de ese momento.
Una bruja, Vestida como una Aventurera, y religiosa, tal vez, por la cruz que llevaba en el pecho y sus rituales.
Se la conoció como “la Sacerdotisa Redentora”.
Algunos decían que conocía a la Reina Jarjacha desde antes.
Que eran viejas enemigas.
O amantes.
O madre e hija.
Las leyendas no se ponen de acuerdo.— —Ella lideró una batalla final.
Magos, brujas, y hasta muggles se unieron bajo su mando.
Fue una guerra breve pero sangrienta.
Cientos murieron.
Pero al final, la horda de Jarjachas fue dispersada.
Y la Reina… asesinada por ella.— Todos permanecimos en silencio, absortos por la historia.
A pesar de ser contada en un inglés entrecortado con portugués, la intensidad de la narración era tan potente que trascendía el idioma.
El dependiente tenía talento para contarla, y su voz cargaba un peso que parecía más real que leyenda.
Otros clientes y empleados se acercaron a escuchar; incluso personas del exterior se asomaron por las ventanas, atraídas por la concentración inusual de oyentes.
En pocos minutos, la tienda estaba abarrotada.
—Tras la derrota, los magos y muggles querían incinerar el cadáver de la Reina Jarjacha.
Deseaban una pira pública, un acto simbólico de victoria… y de advertencia.
Pero la Sacerdotisa Redentora se negó.
Dijo que destruirla no acabaría con su maldición… solo la dispersaría.
Su esencia encontraría el modo de regresar.
Y ella no podía permitirlo.— Se oyó un murmullo apagado entre los presentes.
—Así que tomó el cuerpo.
A solas, lo llevó a un lugar sagrado.
Decía que debía tratarla, no borrarla.
Que para sellar algo tan poderoso y retorcido no bastaba con fuego: había que comprenderlo, desarmarlo y dividirlo.— Su voz se volvió más baja, más pesada.
—Se dice que extrajo algunos cabellos de la criatura: de su cabeza, pecho, vientre, pubis y cola.
También extrajo su corazón… aún palpitante.
Luego, derritió el cuerpo por medios que nadie logró comprender del todo.
Tal vez alquimia…— Hizo una pausa dramática.
Era entendible como se volvió vendedor, tenía talento.
—Sumergió el corazón, con los cabellos metidos en su interior, en la fuente donde se disolvía la carne de la Reina.
Cerró el contenedor durante sesenta y un días, permitiendo que solo viera el sol los domingos, y la luna solo durante las noches de luna llena y nueva.
Mientras tanto, ofrecía su propio cabello en el altar de una pequeña capilla, donde rezaba sin cesar.— —Al finalizar, cuando abrió el contenedor, solo quedaba un corazón gris, seco, que al instante se vio reducido a polvo… revelando los cabellos, ahora teñidos de sangre.
Los entrelazó con los que se había cortado en la capilla, esperando que su voluntad, su penitencia y su fe contuvieran la corrupción.
Luego, partió en un viaje a través del continente, buscando maderas dignas de sellar esa oscuridad.— —Después de aquello, emprendió un viaje por todo el continente, buscando materiales capaces de contener un poder tan peligroso.
En sus travesías, consiguió madera de dos árboles singulares, crecidos en zonas imbuidas de una magia ancestral y poderosa.
Con esa madera y los cabellos de la Jarjacha entrelazados con intrincados encantamientos, forjó dos varitas.
Su propósito: que el inmenso poder del demonio jamás pudiera unificarse por completo de nuevo.— El dependiente terminó su historia bajando la mirada con dramatismo.
Quizás se había metido demasiado en el relato… o tal vez simplemente lo había vivido tantas veces que ya no sabía cómo separarse de él.
“¿Pero por qué hacer una varita con algo así?” preguntó un joven desde el fondo, reflejando el desconcierto general.
“O sea, eso es prácticamente un arma capas de usar el poder de jachaca o como se llame.” “Porque destruirla o sellarla no funcionaba” respondió otro dependiente, un hombre mayor que había estado escuchando en silencio hasta ese momento.
“Se dice que la esencia de la jarjacha no podía ser contenida ni aniquilada sin provocar que regresara, incluso más fuerte.
Así que se buscó un recipiente…
una varita.
No tan destructiva como la criatura original, pero sí capaz de causar un gran caos.
La trampa es simple: mientras nadie la use, no puede hacer daño.” “¿Y por qué está a la venta?” intervino una mujer con gesto de alarma.
“¿No sería mejor tirarla al fondo del océano?
¡O llevarla al Ministerio para que la guarden bajo mil sellos mágicos!” “Se ha intentado todo eso.” El primer dependiente suspiró con amargura antes de responder “Varios han tratado de esconderla, sellarla, destruirla.
Pero no sirve.
Si se deja fuera del alcance humano… desaparece.
Y siempre, siempre vuelve a aparecer.
A veces en esta tienda, a veces en otras por donde ha pasado.
Donde alguien pueda llegar a ella” El dueño de la tienda apareció entonces, abriéndose paso entre los curiosos, con expresión cansada.
“Hay archivos en el Ministerio con su historial completo” dijo en voz baja.
“Lugares donde ha reaparecido, incidentes relacionados… Si tienen dudas, pueden consultar los registros.
Nosotros estamos obligados a declarar cada aparición y cada venta.
Y si no lo hacemos, las sanciones son severas.” “¿Y cómo sabemos que esta varita es esa varita?” preguntó un anciano escéptico de aspecto noble pero aun desarreglado.
“¿Y si todo esto es solo un cuento para vendernos una réplica?” “Créame… o no.
Pero si la lleva, se dará cuenta pronto.
La historia no es lo preocupante.
Es lo que hace después.” El dependiente más viejo bufó, sin molestarse en disimular su fastidio.
El dueño tomó entonces la palabra, en tono firme pero resignado.
“No es buena idea poner los ojos en esa varita” advirtió.
“Por sus condiciones mágicas, no podemos simplemente ocultarla.
Debemos exhibirla, aunque sea en lo más alejado del local, para que no cambie de ubicación por su cuenta.
Pero hacemos lo posible para que nadie la compre.
No ganamos ni un centavo con ella, y lo preferimos así.” El hombre no ocultaba su molestia.
Tenían que soportar la varita hasta el final de la década, cuando por fin sería trasladada a otra tienda.
Esa era la forma en que el peso de ese objeto maldito se compartía, sin condenar a nadie a una posesión permanente.
Justo ahora, en el noveno año de su turno, ocurría un incidente así, y su inquietud era más que justificada.
Hizo una pausa, y su mirada se volvió sombría.
“Ha sido vendida varias veces… y siempre vuelve.
¿Entienden lo que eso implica?” “¿Mucha gente ha muerto por su culpa?” preguntó Hannah, con preocupación, lanzándome una mirada de reojo.
Yo aún sostenía las varitas, sin darme cuenta.
“Sí… y no” respondió el dependiente con voz neutra.
“Muchos de los que la compran por curiosidad, estudio o simple morbo, terminan devolviéndola.
Cambian.
Vuelven… diferentes.
Callados.
Rotos.” Otro dependiente completó la explicación: “Estas varitas… susurran.
A los puros, los tientan.
Les ofrecen caminos prohibidos, ideas impensables.
A los que ya han cruzado esas líneas… los empujan a ir más lejos.
Si el mago se resiste a esos impulsos, las varitas castigan con un zumbido persistente, agudo, como el lamento de una jarjacha.
Un sonido que, con el tiempo, enloquece.
Hay quienes se han quitado la vida solo para hacerlo callar.” Y luego, casi en un susurro: “Quienes ceden a su influencia, sin embargo…
suelen encontrar un final trágico: ya sea aniquilados por venganza por sus víctimas, o consumidos al intentar satisfacer los insaciables deseos de las varitas, sin la fuerza para lograrlo.” Hubo un silencio denso.
“Lo único que se podría considerar ‘bueno’ de esas varitas,” añadió el dueño, “es que son un poco más poderosas que las varitas normales, mas poderosas cuanto más ‘felices’ estén, y que las Jarjachas, las criaturas mismas, no atacarán a su portador; incluso es posible que sigan sus órdenes.” El silencio en la tienda era absoluto.
Todos miraban las varitas que tenía en las manos… igual que yo.
No escuchaba nada.
Y eso, al parecer, era lo que más inquietaba a los dependientes.
Según sus advertencias, quien sostenía esas varitas comenzaba a oír, al cabo de unos segundos, un zumbido leve… el presagio del chillido de jarjacha que con el tiempo volvería loca a su víctima.
Pero yo… nada.
Ningún zumbido, ningún susurro.
Solo silencio.
Más aún, las varitas no solo no se resistían, sino que parecían cooperar.
No eran perfectas, claro, pero su poder superaba con creces al de las demás que había probado.
La compatibilidad oscilaba entre el 60 y el 70 por ciento, mientras que el resto apenas llegaba al 40.
Y lo había descubierto: el problema nunca fueron las varitas comunes.
Soy yo.
Mi magia requiere materiales que pocas pueden ofrecer.
Por eso esta dupla maldita me resultaba tan…
eficiente.
Fue entonces cuando lo sentí: una risa.
No un sonido real, sino una sensación.
Como una carcajada en lo profundo de mi mente.
Inesperadamente suave.
Luego vino una vibración sutil desde ambas varitas.
No era una agresión mental, y eso me desconcertó.
Yo soy inmune a esas cosas.
Pero esto… esto no intentaba penetrarme ni dañarme.
Era como si se alegraran.
Como si se rieran conmigo.
Como si —de forma absurda y perturbadora— me consideraran su pareja ideal.
“¡Chico, dame las varitas!” exclamó el anciano de antes, con ojos brillantes de codicia.
Había ignorado las palabras de precaución y ahora solo pensaba en añadirlas a su colección privada.
“¡Yo quiero una de las dos!” dijo el joven que antes había hablado.
Su tono era arrogante, como si creyera que podría domar la oscuridad de una sola varita para satisfacer sus propios caprichos.
“¡¿Pero no escucharon nada de lo que dijimos?!
¡Esas varitas son malvadas!” rugió el dueño de la tienda, indignado.
La imprudencia de esos clientes ponía en juego la reputación de su tienda si algo les pasaba.
Poco a poco, más personas se acercaban.
No todos, claro: solo algunos atraídos por el poder.
La mayoría, más sensata, se mantenía al margen, observando con creciente tensión.
“Suelta las varitas” dijeron casi al unísono Tiago y Silvanus, con el rostro serio y varitas levantadas.
Querían irse.
Querían sacarme de allí antes de que esto se volviera aún más peligroso.
Las risas seguían en mi cabeza.
No me hacían daño, pero resultaban… molestas.
y con mis maestría emocional las entendí…
se reían de estas personas.
Sin pensar, di un movimiento seco, firme, con ambas varitas al mismo tiempo.
Vibraron como si juntos fuéramos un gran diapasón.
No emitieron el sonido de uno, como se esperaría.
En su lugar, resonó un extraño y gutural: *QAR-QAR-QAR-QAR-QAR…* Los rostros de los presentes palidecieron.
Varios quedaron rígidos, como si algo hubiera penetrado sus pensamientos.
Algunos recordaban viejos pecados que creían olvidados.
Otros se vieron, sin poder evitarlo, cometiendo actos que jamás se habrían atrevido a imaginar: incesto, asesinato, traición, sacrilegio.
Y entre las ilusiones, dos figuras monstruosas —dos jarjachas— se alzaban detrás de mí.
Altas, deforme, entre humo y fuego.
El mundo, por unos segundos, se tornó negro y rojo.
Las risas que antes se escuchaban en mi cabeza ahora se desbordaban en las de todos.
Eran dominantes.
Implacables.
Como si quisieran hacer nido en sus mentes.
Y entonces, el silencio volvió.
Quienes hasta hace un instante deseaban con fervor las varitas, ahora dudaban, perturbados por la forma en que su esencia había logrado invadir sus propias mentes sin resistencia alguna.
—///— Desde aquí vuelvo a adherirme al Patreon, subiendo la cantidad correspondiente a la cantidad de dinero.
Aun así, lo redondearé hacia arriba para llegar a los dos capítulos semanales y no quedarme fuera solo por faltar un dólar según el pago actual.
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