Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 327
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327: 323) ¿Cómo se llega a Castelobruxo?
327: 323) ¿Cómo se llega a Castelobruxo?
Tiago nos informó que ya no teníamos tiempo para sentarnos a comer como había planeado.
Debíamos partir de inmediato hacia el punto de encuentro con el personal de Castelobruxo.
Lo único que pudo hacer fue comprar algo rápido para que picáramos durante el trayecto.
Y, al menos por un rato, fue agradable.
La comida ayudó a calmar a mis compañeros.
Eran una versión mágica del pão de queijo, pero con sabores y temperaturas aleatorias.
Afortunadamente, no tan impredecibles ni arriesgados como las grajeas Bertie Bott de todos los sabores.
Aquí la variedad se limitaba a tipos de queso: salados, picantes, ácidos…
nada que te haga cuestionar por que existen.
“Hmm… rico…” comenté, tomando uno directamente de la bolsa que sostenía Hannah.
“Extrañaba esto… aunque yo los conocía por otro nombre.” “Red…2 dijo Hannah con voz apagada.
“¿Las varitas no te causarán problemas?
¿No deberíamos buscar una forma de devolverlas?” preguntó, claramente preocupada.
“Dijeron que ya mataron a muchos de sus portadores…” La chica estaba afectada.
Después de lo que habíamos vivido, la posibilidad de perderme la inquietaba más de lo que quería admitir.
Había empezado a entender que conmigo nada podía pasarle, y esa sensación de seguridad se le había vuelto casi adictiva.
Sabía que era difícil deshacerse de mí por medios normales, pero no sabía si yo podría librarme de esas varitas.
“Dijeron que son oscuras… que te controlarán…” añadió, con sus ojos de cachorro llenos de preocupación.
No eran tan eficaces como los de Susan, pero casi.
“Tranquila” le dije con una sonrisa tranquila.
“Puedo controlarlas mejor que nadie.” Me incliné hacia su oído y le susurré: “¿No recuerdas cuál es mi forma animaga?” “El leti…” Hannah abrió los ojos, sorprendida al recordarlo.
“Desde el principio, las varitas no pueden hacerme daño.
No afectan a criaturas oscuras… puedo dominarlas completamente gracias a eso.
Sin riesgos” le dije, con tono confiado.
Aunque en realidad, era más una actuación para calmarla, la razón era otra.
“¿De verdad?” preguntó, como si no pudiera concebir que le estuviera mintiendo.
Asentí con una sonrisa tranquila, llevándome el dedo a los labios en señal de secreto.
Ante eso, Hannah pareció mucho más relajada… y volvió a comer con más ánimo.
Por mi parte, mientras masticaba, me puse a repasar mentalmente todo lo que había experimentado hasta ahora con las varitas.
Eran buenas.
Más que buenas, increíbles, aunque aun no perfectas.
Incluso mejores que mi primera varita cuando recién la obtuve, antes de que perdiera compatibilidad con el tiempo.
No había tenido en mis manos la Varita de Saúco como para compararlas directamente, pero sabía lo suficiente como para trazar paralelos.
¿Eran más poderosas que esa?
No tenía una respuesta clara.
El problema con estas varitas no era su poder… sino su inestabilidad.
A diferencia de la Varita de Saúco —que solo obedecía a quien derrotara a su dueño anterior, pero mejoraba enormemente su capacidad— estas varitas funcionaban por capricho.
A veces eran increíblemente poderosas.
A veces, más débiles que una varita común.
Durante el combate anterior, tuve que usar más magia de la necesaria solo para mantener el ritmo en ciertos hechizos.
Estaba claro que decían la verdad respecto a que la intensidad de su poder fluctuaba según su “estado emocional”.
Sin embargo, había algo que jugaba a mi favor: eran excepcionalmente compatibles con mi magia de sangre.
Ninguna otra varita había respondido así ante ese tipo de magia.
En eso… eran únicas.
…
Tuvimos otro viaje en kombi, esta vez desde São Paulo hacia un destino desconocido.
Los dos centinelas que nos escoltaban no dominaban el inglés tan bien como Tiago, lo que dificultaba la conversación… aunque a Hannah eso le pareció entretenido.
Lo malo era que Tiago, quien podría haber mantenido el ambiente animado, no estaba precisamente de humor.
Esta había sido, sin dudas, su misión más complicada.
No era que nunca hubiera enfrentado problemas antes, pero esta vez todo era diferente: un grupo misterioso, objetos malditos en manos de un niño… y un Ministerio que, lejos de intervenir, parecía querer mirar hacia otro lado.
De hecho, le habían ordenado guardar silencio sobre las varitas, incluso respecto a mí.
Nada debía decirme.
Querían que cargara con ese peso… y que me lo llevara lejos.
No era un buen día para Tiago.
El viaje fue largo, pero tolerable.
Y fue durante ese trayecto que Neville, finalmente, rompió el silencio.
“Por favor… enséñenme” dijo, bajando la cabeza.
Hannah y yo nos miramos, sorprendidos por su repentina acción.
“No quiero volver a congelarme cuando las cosas se pongan feas” continuó, luchando contra la frustración y sin poder dejar de pensar en sus padres “Quiero poder hacer algo… no quedarme atrás sin más.
Si pasa algo de nuevo, quiero ayudar a mis amigos.
Haré lo que sea.
Puedo pagarles, si quieren.” “No te preocupes, Neville.
Te ayudaremos” dijo Hannah con decisión, sin esperar mi opinión.
Le había bastado con ver los ojos rojos de Neville “Sí… supongo que podemos darte una mano” agregué con un encogimiento de hombros.
“Este viaje puede ayudarte a encontrar tu valor… después de todo, tu varita dice que eres alguien protector, quizas puedas demostrarlo.” Neville asintió, profundamente agradecido.
Durante el resto del trayecto le fuimos dando consejos, algunos prácticos, otros más emocionales.
La verdad, era un chico agradable.
Demasiado tímido tal vez, pero con una personalidad tan poco conflictiva que era fácil aceptarlo.
En cierto punto dejamos atrás la civilización, adentrándonos en un camino de tierra, solitario y rodeado de vegetación.
Me costaba creer que seguiríamos en esa kombi hasta llegar al corazón del Amazonas.
Si eso era así, después de todo lo que le dijéramos en el camino, Neville bajaría convertido en Conan el Bárbaro.
La velocidad del vehículo disminuyó cuando divisamos a lo lejos un grupo de personas.
Al acercarnos, vimos que había tanto adultos como jóvenes de distintas edades.
Cuando finalmente estacionamos, pudimos bajar por fin y estirar las piernas.
Nuestra llegada llamó la atención de todos, especialmente por la presencia de los dos centinelas, cuyas túnicas y emblemas los delataban de inmediato.
“Llegamos justo a tiempo” suspiró Tiago, mirando su reloj.
Apenas unos segundos después, una brisa fuerte cruzó el lugar y, como invocado por el viento, apareció un autobús largo y encantado, con la bandera de Brasil pintada al frente.
Se detuvo a un lado con un sonido de chirrido de las puertas y el silencio del antes activo motor.
Del vehículo bajó una mujer de piel cobriza y cabello castaño con reflejos rojizos.
Llevaba la varita en el cinturón y un anotador en la mano.
Dedicó una sincera sonrisa alegre y saludó en portugués antes de comenzar a pasar lista.
Llamaba a los alumnos emepezando desde el último año, uno por uno, mientras estos subían al autobús.
Juntamos nuestras cosas y, ahora que estábamos en un entorno mágico, retomé mi aspecto habitual: el color natural de mi pelo y mis ojos.
El cambio solo había sido necesario durante el paso por zonas muggles.
Lo había hecho por curiosidad, pero fue el comentario de Hannah lo que me convenció de revertirlo.
Me dijo que me veía “raro”… Y supongo que para ella, Red siempre tenía que verse como Red.
“Aquí nos despedimos” dijo Tiago, dándonos la mano a cada uno.
Al llegar a mí, se detuvo un poco más, mirándome con una mezcla de preocupación, resignación y afecto.
“Ten cuidado con esas varitas… Aunque me despedirían si se enteran de que te digo esto, si puedes… deshazte de ellas”.
Asentí solo para tranquilizarlo, aunque no tenía intenciones reales de hacerlo.
Como maximo, pensaba vendérselas al comerciante si las cosas se complicaban demasiado.
Nos despedimos, y nos acercamos a la mujer del autobús, quien se presentó como la profesora Silvia.
“Es un placer recibirlos.
Estoy segura de que disfrutarán mucho este viaje” nos sonrió la profesora mientras anotaba nuestros nombres en la lista, aunque no fuera realmente necesario.
“No sé si seré su profesora, pero espero poder conocerlos mejor.” Con ese recibimiento, subimos al autobús junto con ella.
Desde afuera, parecía limitado, pero por dentro era sorprendentemente amplio.
Como todo buen transporte mágico, este autobús era mucho más grande de lo que su aspecto exterior sugería.
Aunque parecía viejo —con zonas oxidadas, pintura descascarada y detalles gastados por el tiempo—, en su interior se notaba que estaba potenciado con todo tipo de encantamientos.
Por ser los estudiantes extranjeros, nos ubicaron en una de las primeras filas, cerca de otros alumnos nuevos y algunos de segundo año.
No había asientos asignados, pero se notaba que los alumnos mayores preferían los sectores del fondo.
Katleburn también consiguió asiento cerca de la profesora Silvia, con quien empezó a intercambiar conocimientos de forma entusiasta.
Yo logré sentarme junto a Hannah, para desgracia de Neville, que tuvo que compartir lugar con desconocidos.
Afortunadamente, los chicos que le tocaron eran amables, aunque el principal problema fue el idioma.
Hannah y Neville apenas entendían el portugués, y muchas de las conversaciones que surgían por la curiosidad que generábamos como forasteros se volvieron casi unilaterales.
Solo yo podía responder y traducir, pero era agotador.
En cierto punto fingí que también me costaba entender algunas cosas, solo para tomarme un descanso.
El autobús se puso en movimiento con una velocidad que en el mundo muggle sería considerada ilegal, aunque nada comparado con la locura del Autobús Noctámbulo.
Lo impresionante no era su velocidad, sino sus capacidades mágicas: a veces despegaba del suelo como si volara, en otras ocasiones se desvanecía y reaparecía en otra carretera o incluso en otra región.
A pesar de esos saltos mágicos, el interior estaba encantado para que los pasajeros apenas notaran los cambios.
Una verdadera obra de alquimia y magia aplicada al transporte.
Nos detuvimos en distintos puntos a lo largo del país para recoger a más estudiantes.
Con el tamaño de Brasil, no era raro que existieran tantas paradas.
Para muchos magos hijos de muggles o de zonas rurales sin demasiados recursos, esta era la única forma de llegar a Castelobruxo.
Con el paso del tiempo y la dificultad de mantener conversaciones con nosotros, dejamos de ser el centro de atención.
Cada grupo volvió a hablar entre sí.
La zona de profesores y alumnos estaba insonorizada mágicamente, pero entre estudiantes se escuchaba todo con claridad.
Así fue como captamos parte de las charlas a nuestro alrededor.
Muchos hablaban de sus vacaciones: lo que hicieron, lo que sufrieron, o lo que esperaban del nuevo año.
Algunos comentarios eran bastante llamativos, como el que soltó una chica un par de filas atrás: “¡Menos mal que esa vieja mal cogida se jubiló!” Obviamente no traduje eso tal cual para Hannah.
Le dije algo más “embellecido”, aunque no pude evitar sonreír.
Me encantaría saber qué apodos tendrían aquí para alguien como Snape.
El recorrido fue largo, pero nos permitió conocer varios rincones mágicos del país.
Mientras pasábamos por Río de Janeiro, por ejemplo, escuchamos historias sobre enclaves mágicos en esa ciudad.
Brasil, al parecer, tenía varios centros mágicos importantes, además del Pasaje de los Arcos o la Feria de los Hechiceros, aunque mas pequeños y no tan reconocidos fuera de su región.
Hannah se quedó mirando el Cristo Redentor desde la ventana, casi hipnotizada.
Yo, en cambio, admiraba las playas doradas más abajo.
“Deberíamos ver si podemos escaparnos acá algún día” le susurré con complicidad.
“Eso estaría mal” respondió, con un leve sonrojo y una expresión que intentaba parecer desaprobatoria, aunque no lograba ocultar su emoción.
Brasil era tan distinto que se notaba que quería explorarlo todo.
“Entiendo.
Entonces… sin que nadie se entere” le guiñé un ojo.
“Deberías ir pensando en un buen traje de baño.” Hannah se sonrojó de nuevo, esta vez por otra razón, aunque no negaría que, con el calor de allí, la idea de usar un traje de baño era cosiderable.
Por suerte, y a pesar de su aspecto viejo, el autobús estaba climatizado por dentro, ofreciendo a Hannah y Neville un bienvenido respiro del clima local.
En cierto punto, la ruta de recolección terminó y comenzamos el verdadero trayecto hacia Castelobruxo.
Bueno… casi.
Faltaba una última parada.
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