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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 328

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328: 324) Viendo…

328: 324) Viendo…

El autobús redujo la velocidad y nos adentramos en una zona amplia, una especie de intersección mágica donde comenzaron a unirse otros autobuses provenientes de todo el continente.

Cada uno llevaba múltiples banderas pintadas en sus costados —no solo una, como el nuestro—, sino varias agrupadas.

Chile, Argentina y Uruguay; Paraguay, Bolivia y Perú; Ecuador, Colombia y Venezuela; Guyana, Surinam y la Guayana Francesa… y así siguieron llegando más, con emblemas de Centroamérica y el Caribe ondeando en colores vibrantes.

Cada autobús tocaba su bocina distintiva al acercarse, como si se saludaran con una especie de código amistoso y sonoro entre viejos compañeros de ruta.

Así, comenzamos a avanzar en conjunto, uno detrás del otro, formando una caravana mágica, larga y multicolor, rumbo a Castelobruxo.

La escena resultaba fascinante para nosotros y para los estudiantes nuevos, mientras que para los de cursos superiores tenía algo de nostálgico.

A partir de ese punto, el trayecto se volvió más lento: todos los autobuses igualaron su velocidad para moverse en sincronía.

Aun así, seguíamos viajando rápido, y según lo que escuchamos, en menos de una hora estaríamos entrando a la región del Amazonas.

El paisaje pasaba a toda velocidad por las ventanas encantadas, y el murmullo de las conversaciones volvía a llenar el ambiente.

Fue entonces cuando Hannah se interesó por un grupo de chicas sentadas no muy lejos.

Estaban jugando con una bola de cristal y varios palos tallados, delgados y huecos, parecidos a fragmentos de flautas de madera o bambú, colgando de hilos.

El conjunto parecía un cruce entre un móvil de cuna y un carrusel artesanal.

Las chicas intentaban hacer una adivinación, aunque el humo de la bola apenas se movía.

A diferencia de Hogwarts, en Castelobruxo la asignatura de Adivinación se enseña desde primer año, aunque de forma introductoria.

En segundo año se vuelve más práctica y exigente, y a partir de allí, pasa a ser optativa.

Aun así, parecía haber una gran afición por ella.

Movida por la curiosidad —y, quizás, por aburrimiento— Hannah abrió su mochila y sacó su propia bola de cristal.

La habíamos comprado en el pasaje de los arcos, atraídos por los glifos móviles que flotaban en su interior como si fueran ilusiones vivas.

Ella no recordaba cuánto costaba porque fue mi dinero el que desapareció en la transacción… pero yo sí me acuerdo.

Era cara.

Muy cara.

Lo curioso de estas bolas de cristal de lujo es que no garantizan nada.

Si tienes mucho talento, pueden ser de una ayudita.

Si tienes poco, pueden se vuelven herramientas necesarias para trabajar bien… Pero si no tienes ni una pizca de habilidad… bueno, ni aunque fuera una reliquia encantada por los mismísimos oráculos de Delfos.

No sirve.

Es como mirar dentro de una piedra cara.

Lo que Hannah no sabía era que, al sacarla, había captado la atención de medio autobús.

Varios estudiantes de segundo y tercer año —ya familiarizados con la materia— se acercaron de inmediato, fascinados por lo lujoso del objeto y por la posibilidad de usarlo.

Ella, que apenas entendía lo que implicaba todo eso, se quedó paralizada, abrumada por la cantidad de manos que querían tocarla o pedirle que hiciera una demostración.

“No sé cómo funciona…” murmuró, mientras sostenía la bola con ambas manos, intentando que algo —cualquier cosa— ocurriera.

Pero el cristal permanecía estático, los glifos internos giraban sin rumbo y no aparecía ni una triste nube de humo revelador.

Por suerte, las mismas chicas del móvil mágico se acercaron para ayudarla.

La guiaron con movimientos suaves, susurrándole indicaciones.

Hannah respiró hondo, lo intentó otra vez… y esta vez los glifos se desvanecieron lentamente, dejando ver una bruma tenue que se formó en el interior.

Todos contuvieron la respiración.

Pero apenas unos segundos después, la bola volvió a la normalidad.

Un suspiro colectivo de decepción recorrió el grupo.

Ese fue el momento perfecto para los que esperaban su oportunidad: varios estudiantes con habilidades en adivinación se alistaron para lucirse y, de paso, probar el costoso artefacto.

No perdían nada y ganaban atención.

Pero para desgracia de todos esos chicos que querían lucirse con la bola de cristal de Hannah, fue a mí a quien ella se dirigió.

“¿Quieres intentarlo?” Me encogí de hombros, como si no le diera importancia, y le pedí que la sostuviera.

Para ese momento, el grupo de curiosos nos rodeaba como si estuviéramos por presentar un espectáculo.

Aunque había adquirido cierto conocimiento de la adivinación, mi verdadera conexión radicaba más bien en la fuerza del destino que la impulsaba.

Era una corriente inmanejable, similar al Tiempo o la Muerte, conceptos donde a menudo recaían las divinidades.

No tenía formación estricta, ni talento sobresaliente, pero sí una versatilidad natural y experiencia con métodos poco ortodoxos, adquiridos en las distintas campañas.

Saber que todos esos otros querían usar la bola de Hannah solo para presumir me generó cierto fastidio.

Tal vez era una mezcla de territorialidad y celos hacia la mujer que ya consideraba mía, pero en ese momento decidí que, si iba a hacer algo, tenía que ser lo bastante impactante como para callar bocas.

Así que elegí algunos de los métodos que conocía.

No buscaba una predicción verdadera —aunque podría terminar siéndolo—, sino canalizar con precisión esa fuerza invisible que algunos llaman “destino”.

Si lograba dirigirla a través del cristal, bastaría para asegurar un resultado convincente.

Cualquier cosa que aplastara el ego de los espectadores me servía.

“Sostenla firme” le dije a Hannah, mientras adoptaba una expresión seria y liberaba mi [aura de misterio], más por teatralidad que por otra cosa.

La atmósfera cambió al instante.

Algunos dieron un paso atrás, otros se inclinaron hacia adelante.

Mi presencia se volvió pesada, magnética.

Hannah se quedó quieta, sosteniendo la bola frente a mí, como si supiera que algo importante estaba por pasar.

Entonces, cerré los ojos, me mantuve inmóvil unos segundos…

y de pronto extendí mi brazo con fuerza hacia la bola, en mi mejor imitación de Saruman con el Palantír.

La reacción fue inmediata: los glifos ilusorios grabados en el cristal se deshicieron como partículas blancas que comenzaron a girar dentro de la esfera a gran velocidad.

Aunque eran adornos puramente estéticos, el contacto con mi maná los desintegró como si no pudieran soportar la intensidad, liberando una especie de torbellino brumoso en su interior.

Yo no tenía idea de lo que acababa de desatar.

Mi entendimiento —limitado pero intuitivo— sobre el concepto de “destino”, junto con la naturaleza particular de mi magia, diversas habilidades y mi constante exposición a energías divinas (gracias, Elise), habían activado por completo el poder de la bola de cristal.

Y no solo eso: lo habían sobrecargado.

De haber sido una bola común, ya estaría hecha trizas.

Al mismo tiempo, en la parte delantera del autobús, una profesora sintió un escalofrío repentino.

Fue como si una onda invisible le recorriera la columna, un zumbido en el alma.

No entendía qué pasaba, pero reconocía bien esa sensación: el poder de una profecía estaba en el aire.

Silvia, profesora de Encantamientos para los años menores y también suplente habitual en Adivinación, se levantó de golpe.

Sin pensarlo, se movió en el autobús, siguiendo esa extraña vibración que parecía emanar del centro de la multitud.

Mientras tanto, yo seguía concentrado.

Abrí los ojos lentamente.

Sonidos arcanos escapaban de mis labios, palabras que no pertenecían a ninguna lengua viva.

Eran susurros en idiomas tan antiguos que incluso Morgana pocas veces los usaba, pero aun así dejo registro de ellos.

Mi mano permanecía sobre el cristal, ahora cubierto por remolinos cada vez más intensos.

La escena era surreal.

No tenía un plan exacto, solo algunos conocimientos básicos, así que dejé que el instinto me guiara.

Y fue entonces que empezó a surgir algo más.

Sin querer, mis palabras adquirieron ritmo.

Mi tono cambió.

Y sin saber por qué, comencé a tararear.

Una melodía suave, casi hipnótica.

Había activado [música] sin darme cuenta.

Como si la magia tuviera su propia voluntad y decidiera acompañar el momento.

Como si se sincronizara con los giros de las nubes dentro del cristal.

Entonces, mi tarareo empezó a tomar forma, acompasándose con el instrumental que escuchaba dentro de mi cabeza.

Para sorpresa de todos, ese mismo sonido comenzó a emanar desde la bola de cristal, tenue al principio, pero subiendo de volumen con cada segundo.

Las nubes dentro del cristal se disiparon poco a poco, dando paso a una imagen bañado en luz.

Sin darme cuenta, había comenzado a cantar.

(Sob o Sol, de Marcus Viana.) “Sobre as nossas cabeças o Sol Sobre as nossas cabeças a luz Sobre as nossas mãos a criação Sobretudo o que mais for o coração” La imagen dentro del cristal no era estática.

El desierto parecía real, como una grabación en alta definición.

Podías ver el viento levantando la arena, las dunas moviéndose como si fueran olas, y más adelante, un oasis resplandeciente.

La cámara invisible que lo mostraba volaba a ras del suelo, avanzando sin detenerse.

Vimos estructuras extrañas, majestuosas, con una arquitectura que recordaba a la egipcia, aunque no eran exactamente eso.

Luego, la visión cambió: estábamos de nuevo en el desierto, pero ahora se veía a tres figuras humanas y un camello caminando por la inmensidad dorada.

“Luz da fé que guia os fiéis Pelo deserto sem água e sem pão Faz de pedras um rio brotar Faz do céu chover forte o maná” De pronto, una tormenta apareció.

Las nubes se cerraron en la bola de cristal, y una lluvia torrencial cayó sobre el desierto.

Pero no era agua común: era una lluvia de luz, una sustancia brillante, etérea, que caía como si cada gota estuviera cargada de magia.

La visión continuó.

Ahora había una hoguera encendida bajo la noche estrellada del desierto.

Las mismas figuras que habían caminado entre las dunas estaban ahora sentadas a su alrededor.

Eran humanoides, pero solo se veían como siluetas.

No tenían rostros ni rasgos definidos.

Solo formas envueltas en sombras suaves, como si aún no estuvieran completas… o como si todavía no fuera tiempo de conocer su identidad.

Quebra o vaso de barro do teu coração Com o melhor vinho do teu amor Pois quer a lei que ele se perca no chão E floresça o deserto aos seus pés La escena dentro de la bola de cristal cambió una vez más.

El campamento se desvaneció hasta que solo quedaron las siluetas… un par en particular, abrazándose y moviéndose en un “baile íntimo” que varios estudiantes reconocieron al instante.

Pero nadie dijo una palabra: la energía que irradiaba esa visión no permitía burlas ni interrupciones.

Era demasiado real, demasiado poderosa.

“Regando as areias recriando o regato e as luzes do Éden das flores Na terra dos homens do circo dos anjos guardiões Implacáveis do céu Dançamos a dança da vida No palco do tempo teatro de Deus Árvores Santa dos sonhos Os frutos da mente são meus e são teus Nossos segredos guardados Enfim revelados nús sob o Sol Segredos de Deus tão guardados Enfim revelados nus sob o Sol” La pareja danzaba, se amaba, y con su unión la vida misma comenzaba a despertar.

Del suelo nacía pasto verde y fresco, extendiéndose a su alrededor como una ola de vitalidad que transformaba la arena inerte en un oasis viviente.

Flores brotaban.

Arbustos emergían.

Todo lo que la bola de cristal mostraba era cubierto por un resplandor nuevo y cálido.

Luego, como una bandera ondeando en cámara lenta, cientos de hilos rojizos comenzaron a extenderse por la visión, como si fuera una cabellera que cubría la imagen.

No eran del mismo rojo intenso que mi cabello, sino de un tono casi naranja, mas cerca del color de un pelirrojo mas normal.

Y con esas últimas notas, la imagen comenzó a desvanecerse.

La música se apagó poco a poco.

Los hilos rojizos desaparecieron.

La bola de cristal volvió a su estado habitual… aunque los glifos que la decoraban ahora tardaban en recomponerse Entonces, en medio del silencio reverente, una voz soltó: “Guau…” Y como si esa palabra rompiera un hechizo, el murmullo creció hasta convertirse en un estallido.

Todos los estudiantes comenzaron a hablar al mismo tiempo, entre risas, susurros y gritos de asombro.

Nadie había visto jamás una adivinación así.

Incluso ignorando el contenido subido de tono que había tenido —que también ayudó al impacto—, la experiencia había sido simplemente extraordinaria.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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