Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 329
- Inicio
- Todas las novelas
- Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo
- Capítulo 329 - 329 325 Llegando
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
329: 325) Llegando 329: 325) Llegando Aquellos que querían usar la bola para lucirse habían perdido toda intención.
Sabían que no podían competir con lo que acababan de presenciar.
Ellos apenas esperaban mostrar una imagen borrosa, un símbolo, algún animal…
no recrear una visión profética completa, con narrativa, emoción, música…
“Red… ¿Qué significa lo que vimos?” preguntó Hannah, tan fascinada como los demás.
Ella, al haber sostenido la bola de cristal durante toda la visión, había sentido algo más profundo.
Para ella, el calor del sol, la textura de la arena y la brisa del desierto no eran meras imágenes: los había sentido en las palmas de sus manos.
Mis manos aún temblaban.
La energía que había liberado era desconocida, abrumadora, y aunque ya había pasado, su eco seguía recorriendo mi cuerpo como una corriente eléctrica.
Y entonces, frente a mis ojos, aparecieron notificaciones.
[La habilidad “Oído de Bardo” ha subido a Nivel 5] [La habilidad “Profecía” ha subido a Nivel 2] [Combinación: Música Nv5 + Profecía Nv2 + Oído de Bardo Nv5 → Nueva habilidad adquirida: “Canto Profético” Nv1] Sí.
Otra vez una nueva habilidad asombrosa.
Ni siquiera necesitaba leer su descripción para saber que era poderosa.
Oído de Bardo había sido una de mis primeras habilidades, y una especialmente difícil de subir.
Su funcionamiento estaba a nivel conceptual.
Si se combinó con la profecía, no podía ser algo menor.
“Una profecía impresionante” escuché una voz madura y reconocí de inmediato a la profesora Silvia.
Me giré y la vi acercarse entre los estudiantes, que rápidamente le hicieron lugar al notar su presencia.
Ahora me miraba con una sonrisa que no le había visto antes.
Sus ojos brillaban, como si acabara de presenciar un milagro.
“Un método curioso… e impactante.
Nunca había visto una forma de profecía como esa.
Conozco algunas que se le parecen, pero la tuya…” se estremeció suavemente.
“Sentí el poder del destino en cada verso, como si leyeras el alma del mundo.” “Gracias…” respondí indefenso.
No esperaba nada de eso.
Para mí, todo había comenzado como un simple momento de ‘a ver quién la tiene más grande’.
“La verdad, fue pura casualidad.
Es la primera vez que uso una bola de cristal.
Solo hice lo que pude con lo que tenía.” “Creo que podría ayudarte a conseguir un puesto como asistente en la cátedra de adivinación, si te interesa.
Por lo menos hasta que te gradúes…
ahí podríamos apuntar aún más alto” dijo, aún observándome como si hubiera encontrado una joya escondida.
“Gracias… pero no planeo quedarme aquí” respondí con cordialidad, intentando frenar cualquier idea sobre mi futuro en Brasil.
“¿Por qué no?
Claramente tienes un don… y te ves muy cómodo.
Como si este fuera tu verdadero hogar.
Incluso realizaste la profecía en portugués” añadió, sin rendirse.
Parecía convencida de que yo era la nueva promesa mística de su país.
“Es cierto, Red.
Lo hiciste en otro idioma” añadió Hannah, emocionada.
“No entendí ni una palabra, pero sonó genial.” A ella no le preocupaba que me fuera.
No creía que pudiera abandonar Hogwarts…
no con mi historial allí y mis intereses por las chicas, algo que ella, intencionadamente estaba ignorando.
“¿Qué decía?” preguntó con genuina curiosidad.
“Sobre nuestras cabezas el solSobre nuestras cabezas la luzSobre nuestras manos la creaciónPor encima de todo… el corazón” recitó la profesora Silvia, como si lo recordara palabra por palabra.
Supongo que alguien acostumbrado a leer profecías tiene ese tipo de memoria.
“Poético y significativo…”añadió.
“¿Sabes algo más sobre la visión?
¿Algún detalle que te parezca importante?
¿Quiénes eran, dónde era, qué crees que simboliza?” “No lo sé muy bien…” respondí, tratando de ordenar las emociones que aún vibraban dentro de mí.
“Pero sé que parte de la visión es literal.
El desierto… eso va a pasar.
Estoy casi seguro.
Y creo que tiene que ver conmigo.
Sentí que yo estaba allí.
Bajo el sol.
Frente a… un palacio.
O algo parecido.” “¿Y cuándo crees que sucederá?” preguntó Hannah, algo preocupada.
Apenas habíamos llegado a un país tropical, y ya estaba hablando de irme al desierto.
“No lo sé con precisión” admití.
“No será ahora mismo, pero tampoco dentro de muchos años.
Es difícil de explicar.
No hay una fecha… solo una sensación de que se acerca.” “Tranquilo” intervino la profesora con tono sereno.
“Algunas cosas no se pueden controlar.
Pero con práctica… podrás entenderlas mejor.” Durante los últimos minutos del viaje, la profesora Silvia nos habló con interés.
Quería aprender más sobre nosotros, pero también orientarnos un poco sobre la profecía que habíamos presenciado.
Nos pidió permiso para conservarla un tiempo y estudiarla junto con mi método.
Se lo permitimos, y ella se llevó la bola de cristal prometiendo que, una vez pudiera transferir la visión a otro contenedor, nos la devolvería.
Incluso se ofreció a enviarnos una copia si la queríamos para nosotros.
No pasó mucho tiempo hasta que el autobús se detuvo.
Hacía rato que estábamos adentrándonos en plena selva tropical: habíamos entrado en el Amazonas.
La conversación con la profesora nos había distraído del trayecto, pero, siendo honestos, mirar por la ventana no nos habría servido de mucho para ubicarnos en aquel laberinto de verde infinito.
Llegamos a un área despejada donde los autobuses se detuvieron.
Ya había gente esperándonos.
Tal como al principio del viaje, se organizó el descenso por orden de edad, de los cursos superiores a los inferiores.
Cuando llegó nuestro turno —mezclados con los de primer año— la mayoría de los grupos ya había partido hacia el colegio.
Desde nuestra posición solo se veían árboles por todas partes, selva densa, humedad pegajosa, calor sofocante… pero si uno miraba bien, en una dirección precisa, se alcanzaba a distinguir una antigua edificación dorada.
Tenía el mismo aire majestuoso y etéreo que Hogwarts visto desde lejos por primera vez.
“¡Los de primer año!” anunció la profesora Silvia, acompañada por otro docente con una barba balbo descuidada, que pedía un recorte a gritos.
Varios niños bajaron nerviosos de distintos autobuses.
Con los vehículos ya vacíos, el murmullo en portugués se mezcló con el español, y el sonido general se volvió caótico.
Siguiendo las órdenes de la profesora Silvia, nos unimos al grupo de los más pequeños y comenzamos una caminata por senderos amplios que atravesaban la selva.
No eran simples caminos de tierra: un autobús podía pasar por allí sin problema, incluso dos o tres a la vez.
Pero, por tradición o tal vez por ritual, esta parte del viaje siempre se hacía a pie.
El sol ya comenzaba a caer, y se estimaba que llegaríamos a Castelobruxo con los últimos rayos del atardecer.
Para ese punto, muchos ya estaban agotados y con hambre, pero este era el último obstáculo.
Caminamos bastante rato, a veces por tramos rectos, otras por curvas suaves.
Cada tanto, el camino nos regalaba una vista más clara del colegio.
Era una construcción magnífica, casi irreal, cubierta de detalles dorados que brillaban con el sol poniente.
“¿Creés que está hecho de oro de verdad?” me preguntó Hannah.
“Probablemente no… al menos no toda la estructura interna” respondí, pensativo.
“Aunque, con magia, nunca se sabe.
Podría ser.” Avanzamos unos metros más, hasta que unas presencias comenzaron a hacerse evidentes.
Nos habían estado observando desde que bajamos de los autobuses, pero recién ahora sus figuras se volvían visibles: pieles verdes, ojos rojos, cuerpos pequeños y ágiles.
Se ocultaban entre las hierbas, detrás de los árboles, incluso encaramados en las ramas altas.
Nos observaban con atención…
y algunos niños, al notarlos por primera vez, soltaron gritos de susto.
Lo peor vino después.
Las criaturas reaccionaron a que se notara su presencia… lanzando excrementos de animales directamente sobre nuestro grupo.
Los gritos se multiplicaron.
Los niños corrían en todas direcciones, algunos llorando.
El caos fue inmediato.
Los profesores hicieron lo posible por mantener el orden y defendernos de las travesuras de los caiporas.
Hannah se aferró a mí con fuerza en cuanto un trozo de excremento cayó peligrosamente cerca de nosotras.
Gritó en mi oído, aunque no sabría decir si por miedo o por puro asco.
Instintivamente saqué mi varita para protegernos.
Pero en el instante en que lo hice, los caiporas se detuvieron.
Todos giraron sus cabezas hacia mí, o más precisamente, hacia mi mano.
Los caiporas, protectores ancestrales de Castelobruxo, no eran enemigos en sí: sus ataques con heces eran simples travesuras para probar a los recién llegados.
Pero al ver mi varita…
o mejor dicho, al sentir el aura oscura que la rodeaba, reaccionaron con una agresividad mucho más peligrosa.
El ambiente cambió.
El aire se volvió denso y pesado.
La selva enmudeció.
Y de repente, toda la mierda fue dirigida hacia mí con precisión mágica.
Luego, ya no fueron solo excrementos: las travesuras pasaron a proyectiles reales.
Piedras y lanzas salieron volando de entre la maleza.
Tuve que fortalecer mi escudo, pero al ver que la intensidad no cesaba, levanté la otra varita hacia el cielo, dejando que un destello rojo estallara como un relámpago silencioso.
El hechizo no fue destructivo, pero sí efectivo en su propia manera: era un ataque mental que los hizo caer y retorcerse sobre el suelo.
Los caiporas retrocedieron, ya fuera por su propia cuenta o con la ayuda de sus congéneres, ocultándose todos en lo más profundo de la selva.
Había calma.
Pero no era una calma agradable.
El ambiente seguía cargado, tenso, como si la selva misma respirara con recelo.
Y el hedor…
el hedor no ayudaba.
Rápidamente conjuré algunos hechizos de casco burbuja para Hannah, Neville y varios niños que estaban a punto de desmayarse.
Al menos eso alivió el ambiente inmediato.
“Voy a hablar con los caiporas antes de que esto se vuelva un desastre” dijo el profesor que acompañaba a Silvia.
Luego se giró hacia nosotros, los de primer año.
“Solo se replegaron…
para contraatacar con más fuerza.
Iré a calmarlos.
Ustedes sigan con la profesora Silvia.” Y sin más palabras, se internó entre los árboles, desapareciendo.
Reanudamos la caminata en silencio.
Los estudiantes cuchicheaban entre ellos, con la adrenalina aún presente y los ojos muy abiertos.
“Dan mucho miedo…
¿vamos a tener que vivir con ellos en el castillo?” murmuró una niña con los ojos húmedos.
“No debería sorprenderte” respondió otro.
“Mis padres dijeron que los caiporas siempre hacen cosas así.” “Mi mamá me contó que cuando estudiaba acá, una vez fue a orinar al borde del bosque y los caiporas la ataron a un árbol con lianas encantadas.
Tardaron horas en encontrarla” Sí…
toda escuela tiene sus historias.
…
Tal como se había anticipado, los últimos rayos del sol acariciaron la gran edificación dorada justo cuando llegamos a sus pies.
El edificio principal, de arquitectura imponente, parecía un antiguo templo precolombino tallado en oro puro, reluciendo con una majestuosidad que solo podía existir gracias a la magia.
A su alrededor se alzaban otras construcciones menores, algunas con techos escalonados, otras decoradas con glifos brillantes.
Sin duda, todas merecían exploración… pero ese momento aún no había llegado.
En la plaza principal, varias mesas, faroles flotantes y estandartes brillaban con luz propia, organizados en semicírculos como si aguardaran nuestra llegada.
Muchas de las mesas ya estaban llenas de estudiantes de otros cursos, y la profesora Silvia nos guió hacia una especialmente reservada para los de primer año.
En el centro del patio se había levantado un pequeño escenario.
Cuando todos se sentaron, el director de Castelobruxo —un hombre alto de rostro sereno y túnica verde con bordados de jaguar— subió al podio flotante, iluminado por esferas doradas suspendidas sobre su cabeza.
Alzó la voz con solemnidad, dando la bienvenida a los nuevos estudiantes y, con un gesto particular, también a nosotros tres: los alumnos de intercambio.
Fuimos, otra vez, el centro de atención.
Traducí en voz baja para Hannah y Neville, que compartían la misma mezcla de nervios y entusiasmo.
Estaban algo abrumados por tantas miradas, pero no podían dejar de sonreír.
Al terminar su discurso, el director no quiso retener más a los estudiantes hambrientos.
Alzó las manos, y con un murmullo en lengua tupí, dio comienzo al banquete.
La comida no apareció repentinamente como en Hogwarts, sino que se reveló.
La mesa, que hasta entonces parecía vacía, estaba en realidad colmada de platos —pero estos habían sido invisibles e intangibles hasta ese momento.
Con un resplandor tenue, los alimentos se hicieron visibles y accesibles, como si hubieran estado esperando una señal para manifestarse.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com