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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 331

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  4. Capítulo 331 - 331 327 Mañana en Castelobruxo
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331: 327) Mañana en Castelobruxo 331: 327) Mañana en Castelobruxo Finalmente, tras subir durante un buen rato, llegamos ante una imponente puerta de piedra de doble hoja.

Estaba cubierta de símbolos antiguos y relieves que parecían moverse levemente bajo la luz, como si respiraran.

Daba la impresión de que solo podía abrirse con magia… o con permiso especial.

La profesora alzó su varita frente a los ojos tallados en la piedra.

Estos se iluminaron con un suave resplandor rojo, y una voz grave emergió desde la misma puerta: “Pasa, DaSilva.” Con un leve temblor, la gigantesca puerta comenzó a abrirse lentamente.

“¿Silvia DaSilva?” pregunté, con una pequeña sonrisa, apenas burlona.

“Mi padre era muy bromista” respondió ella con gracia, como si ya estuviera acostumbrada a la pregunta.

Cruzamos el umbral y entramos a una oficina amplia, no tan distinta a la del director Dumbledore en Hogwarts.

Sin embargo, esta tenía un detalle impresionante: un gran balcón al fondo, que ofrecía una vista privilegiada de la selva y de gran parte del campus de Castelobruxo.

La bruma matutina aún flotaba entre las copas de los árboles.

“Bienvenidos” nos dijo el director, en un inglés bastante decente y con una voz tranquila.

La charla que siguió fue bastante monótona, una especie de versión tropical de la que Dumbledore nos había dado antes de partir hacia Brasil.

El director fue amable y cordial, pero no dijo nada especialmente nuevo.

Solo repasó algunas normas básicas y recomendaciones importantes: no alejarse de los profesores durante las prácticas al aire libre, evitar zonas restringidas, y otras advertencias similares que normalmente se dan a los de primer año.

Como nosotros entrábamos directamente a segundo, tenían que ponernos al día para evitar… accidentes innecesarios.

Nos dejaron ir poco después, aún con tiempo suficiente antes del inicio de nuestra primera clase.

Justo en ese momento, la profesora Silvia nos entregó nuestros horarios.

Cada año escolar se divide en varios grupos para mantener un número razonable de alumnos por clase.

Las subdivisiones eran simples: Grupo A, B, C, etc.

Para situaciones más especiales, como competencias o actividades conjuntas, se usaban nombres más distintivos y agradables, pero para el día a día, la nomenclatura era puramente funcional.

Cada grupo tenía un cronograma distinto.

Algunas clases eran por la mañana para unos, mientras que otros cursaban esa misma asignatura por la tarde.

Y cuando el número de estudiantes era particularmente alto, se habilitaban clases nocturnas.

Castelobruxo, al menos en términos de alumnado y personal docente, era más grande que Hogwarts.

Para simplificar las cosas, Hannah, Neville y yo fuimos asignados al mismo grupo.

Al menos para las materias básicas, eso haría todo más llevadero.

Más adelante, si queríamos, podíamos inscribirnos a clases opcionales fuera del horario regular.

Algunas eran dictadas por profesores oficiales, otras por instructores externos que colaboraban con la escuela, e incluso había cursos ofrecidos por estudiantes de grados superiores.

Al salir de la oficina del director, luego de despedirnos y recibir sus buenos deseos, nos encontramos con una chica que venía en nuestra dirección.

Ya vestía el uniforme de Castelobruxo.

Tendría unos quince años, con piel morena como canela bajo la luz suave del amanecer.

Su cabello castaño caía en ondas, sus labios estaban ligeramente maquillados, y era alta, con un desarrollo físico notable que el uniforme apenas disimulaba.

Aun así, no llegaba a tener la presencia de una mujer adulta: todavía conservaba esa mezcla de adolescente y joven segura de sí misma.

“García, justo a tiempo” dijo la profesora Silvia con un gesto de aprobación.

“¡Aquí estoy, profesora!” respondió la chica con entusiasmo, su voz viva y chispeante.

“Esta es Malena García, estudiante de quinto año.

Será su guía por Castelobruxo desde aquí” nos presentó Silvia, y añadió con una sonrisa.

“Yo debo irme a preparar mi clase, pero no se preocupen, nos veremos muy pronto.” “¡Hola a todos!” nos saludó Malena con una sonrisa contagiosa, hablando en un inglés algo accidentado pero perfectamente entendible.

“¡Vengan!

Vamos a ver si alcanzamos algo de desayuno antes de que se llene el comedor.” Con una energía arrolladora, Malena comenzó a guiarnos por los pasillos del castillo, colocándonos las manos sobre los hombros con una confianza tan natural que parecía conocernos de toda la vida.

Caminábamos por corredores que ya habíamos visto antes, pero ahora teníamos una guía experta.

O mejor dicho, una que hablaba sin parar… y lo disfrutaba.

“En realidad, iba a ser una estudiante de último año quien los guiara, pero ayer comió demasiado y hoy está enferma” nos explicó entre risas.

“Vi la oportunidad y me ofrecí.

No voy a mentir: al principio me sentí afortunada de no ser la elegida… pero luego los vi.

Lo que hicieron en el autobús fue increíble, así que me interesé….

¿Todos los magos británicos son como ustedes, o mandaron a los mejores?…

Si tú eres bueno en adivinación” dijo, mirándome, “¿cuáles son las especialidades de ustedes dos?…

¿Es cierto que además de magia tienen clases de esgrima y etiqueta?” Hablaba sin detenerse, y aunque su inglés tenía fallas aquí y allá, se esforzaba y le salía bien.

Su entusiasmo era contagioso; más que molesta, resultaba motivadora.

Y entre pregunta y pregunta, también nos fue explicando cosas útiles.

“Y estos relieves de aquí” dijo señalando las paredes mientras caminábamos “son relativamente nuevos.

Hace unos setenta años hubo una pelea o algo así, y este pasillo… boom.

Voló por los aires.

Los relieves más antiguos son de cuando se fundó el castillo, pero algunos se colocaron después.

No los dañen, ¿sí?

El castigo no es nada leve.

Como todos están conectados por una red mágica, repararlos es carísimo.

En serio: no quieren que el director se entere de que rompieron uno…” Tocó con cuidado una figura tallada en forma de chamán y luego añadió con una sonrisa traviesa: “Aunque, si buscan bien, pueden encontrar cosas escondidas por estudiantes ingeniosos… eso sí, muchos van a ser penes.” Soltó una carcajada al ver cómo Neville se ponía rojo como un tomate, y aprovechó para pasarle un brazo por los hombros y atraerlo contra su pecho.

“¡Vamos, ya casi llegamos!” dijo, riendo con más fuerza.

Neville parecía al borde del colapso.

Su cara no podía ser más roja, y su lenguaje corporal gritaba incomodidad.

Malena, en cambio, no parecía tener ni una pizca de sentido del espacio personal… o simplemente no le importaba.

Para ella, todo esto era perfectamente normal.

Hannah, por su parte, estaba maravillada.

Observaba a Malena con una mezcla de asombro y admiración.

Durante el trayecto, la chica lanzó varios hechizos menores para mostrarnos secretos y curiosidades del castillo, moviendo objetos, revelando inscripciones ocultas o activando pequeños mecanismos mágicos.

Exudaba una confianza natural que Hannah casi envidiaba.

Al verla moverse con soltura, interactuar sin esfuerzo con nosotros y hablar sin miedo, Hannah deseó poder ser así.

En un lugar nuevo, rodeada de desconocidos, ella aún se sentía nerviosa.

Pero Malena… Malena era una tormenta animada y extrovertida.

Llegamos a una gran sala llena de mesas dispuestas de forma diversa: algunas rectangulares, otras redondas, e incluso había una larga barra con numerosos asientos a lo largo.

“Este es el comedor interno del colegio” explicó Malena mientras avanzábamos.

“Se usa sobre todo para desayunos en las mañanas frías o cuando el clima está demasiado agresivo como para estar afuera.

Por lo general, se puede comer en los patios, como ayer, aunque nada tan exagerado como aquella recepción.

Como los diferentes grupos tienen horarios distintos, es común que algunos entren a comer justo cuando otros ya se van.” Elegimos una mesa vacía y nos sentamos.

En el centro de la mesa había un objeto extraño, algo parecido a un cenicero o un adorno decorativo, pero su función quedó clara cuando Malena pasó su varita por encima: una pequeña llama se encendió por un instante con un suave “fup”.

Pocos segundos después, una puertecilla en la pared se abrió y un carrito salió de la cocina, vino suavemente hasta nuestra mesa.

Se desplazó bordeándola con elegancia, dejando frente a cada uno una bandeja, y algunas más en el centro con varios acompañamientos, antes de regresar por donde vino.

“Interesante” dije, observando el carrito encantado.

Pero al usar [Sentir Presencia], me di cuenta de que no era un simple objeto animado… estaba siendo guiado por una criatura invisible o algo similar.

“Coman ahora, todavía tienen que volver a ponerse sus uniformes” nos dijo Malena mientras comenzaba a comer con naturalidad.

El desayuno era sencillo, pero no por eso menos reconfortante.

En nuestra bandeja había una taza grande con alguna bebida caliente a base de leche, y varias rodajas gruesas de pan.

En las bandejas del centro estaba lo más variado: mermeladas, quesos, jamones y otros aderezos dulces y salados para complementar.

“El desayuno no es siempre igual” continuó Malena con la boca medio llena.

“Aunque hay semanas en que se repite.

Si quieren saber qué hay cada día, hay un cartel al costado de la puerta de la cocina.

Claro, si quieren algo específico, hay formas de conseguirlo…” “¿Cómo cuáles?” preguntó Hannah con curiosidad.

“Bueno, por ejemplo” dijo bajando un poco la voz, como si revelara un secreto, “acá sí tenemos mercados internos.

No sé cómo será en su escuela, pero según me contó la amiga de una amiga que conocía a una chica que fue a Hogwarts, allá no tienen nada así.” “¿Mercado interno?” preguntamos casi al unísono.

“Sí.

Bueno, no necesariamente interno… algunos están dentro del castillo, otros en el patio.

¿Recuerdan los edificios que ayer estaban cerrados por ser el primer día?

Algunos de esos son tiendas, comedores o puestos donde podés comprar comida o cualquier otra cosa.

No es gratis como el comedor, claro, pero si tenés algo de dinero encima y te quedás con hambre, o simplemente querés algo diferente, son tu mejor opción.” Se detuvo un momento para tragar y luego añadió con orgullo “Dentro del castillo, las tiendas son chiquitas, de unos pocos metros, pero se consiguen desde objetos útiles hasta golosinas.

Hace unos años instalaron un puestito de dulces que recomiendo.” Malena continuó explicándonos que todas esas tiendas son gestionadas por individuos o pequeños negocios que tienen un contrato especial con la escuela.

Castelobruxo les permite operar dentro de sus terrenos a cambio de una parte de las ganancias.

Al parecer, algunos de esos negocios están a cargo de exalumnos que no tuvieron demasiada suerte afuera, pero que consiguieron establecerse aquí.

Si logran un buen trato con la escuela, pueden montar un pequeño comercio y vivir de eso.

No es un negocio millonario, pero sí estable, y muy codiciado: además, les permite seguir cerca de la vida mágica del colegio.

El desayuno se terminó rápido, y Malena nos instó a volver a nuestros dormitorios para buscar los uniformes.

Los uniformes de Castelobruxo consistían principalmente en túnicas de un verde brillante, adornadas con patrones y detalles amarillos con un leve tono dorado.

Los habíamos comprado en el Pasaje de los Arcos, pero esta sería la primera vez que los usáramos.

La escuela tenía una cierta ética en torno al uniforme: no era obligatorio todo el tiempo, solo desde cierta hora de la mañana —cuando comenzaban las clases— hasta su finalización, incluyendo los entretiempos.

Fuera de ese rango horario, o durante días sin clases, no era necesario usarlo, salvo que se indicara lo contrario(aunque sí recomendado o deseado).

Yo me cambié bastante rápido y salí del dormitorio dejando a Neville atrás, que parecía haber olvidado dónde había guardado el suyo.

Poco después llegó Hannah, también ya cambiada.

Ambos nos miramos con una mezcla de orgullo y extrañeza, envueltos por ese característico verde esmeralda.

“Siento que me volví una Slytherin” bromeó Hannah, algo nerviosa pero admirando su uniforme.

“¿Creés que mis compañeros de casa me acusarían de traición?” “Serías una serpiente espectacular” le respondí, también en broma, tomándole la mano y haciéndola dar una vuelta para verla de cuerpo entero.

No disimulé demasiado mi mirada.

“Si van a cogerse ahora, no van a llegar a clase.

Solo digo” interrumpió Malena desde el pasillo, con una media sonrisa burlona.

“¡¿Qué?!

¡Nosotros no…!” se sobresaltó Hannah, poniéndose aún más roja.

“No haríamos algo así, ¡no es lo que parece!

Solo somos amigos, y somos…” “Tu amigo no parece tener una expresión que diga lo mismo” dijo Malena, señalándome con el mentón.

“¡No, no es eso!

Es solo que Red…

él es…” Hannah tartamudeaba como una niña asustada a la que acababan de acusar de algo que no había hecho.

Me miró, casi suplicante, como pidiéndome que la ayudara.

“Déjala, vas a hacer que se encierre en la habitación” dije finalmente, poniéndome de su lado.

“Dale tiempo para acostumbrarse.” “Hmm…

aún no negaste nada” replicó Malena, alzando las cejas y mirando alternativamente a Hannah y a mí.

Guardé silencio.

A diferencia de Neville o Hannah, no iba a darle el gusto de una reacción divertida.

Me limité a cruzar los brazos y devolverle la mirada.

Aunque Hannah mostro algo molestia por eso.

“Je…

interesante” musitó Malena, con una sonrisa ladeada.

“Pero cuídala bien, ¿sí?

Escuché que hay varios chicos a los que les encantaría salir con una británica.

Podrían tener los ojos puestos en ella.” Y luego, con un tono más ligero, añadió riendo: “Aunque me caen bien, así que si tienen algún problema, cualquiera de ustedes puede venir a la gran Malena por protección.” Fue justo entonces cuando Neville llegó corriendo, jadeando y con el uniforme algo arrugado.

Malena solo nos guiñó un ojo antes de darse la vuelta y guiarnos hacia lo que sería nuestra primera clase en Castelobruxo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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