Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 332
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332: 328) Primer día en C…
332: 328) Primer día en C…
Malena nos guió hasta una de las aulas del tercer nivel del castillo, donde un grupo de alumnos ya comenzaba a entrar.
“Esta es el aula de Encantamientos, su primera clase si no me equivoco.
Aquí nos separamos.
Ya les indiqué dónde están las demás aulas, pero si se pierden, pregunten a alguien…
aunque no siempre confíen en lo que digan los murales o los fantasmas.
No todos son lo que aparentan” dijo, con un gesto ambiguo.
“En fin, por la tarde los volveré a encontrar para continuar con el tour.
Ahora debo irme a mi clase” añadió antes de alejarse corriendo como si ya llegara tarde.
Nos quedamos solos, y entramos al aula.
La profesora, una mujer anciana y delgada como un palo de escoba, nos observó con atención desde el frente mientras buscábamos asientos libres entre los demás alumnos.
Después de casi diez minutos, comenzó la clase con una presentación general.
Se presentó como la profesora de Encantamientos de segundo año, explicó algunas normas del aula y nos saludó particularmente a nosotros, los recién llegados.
Todo lo dijo en portugués, por lo que tuve que actuar como traductor una vez más.
Para no interrumpir la clase con mi voz, opté por enviarle a Neville y Hannah un [Mensaje] continuo, transmitiendo en tiempo real lo que la profesora decía.
Como si no hubiese suficiente tiempo en el año para cubrir todo el temario, comenzó directamente con teoría.
Muchos alumnos suspiraron, algunos hicieron muecas o pequeños sonidos de resignación, como si ya supieran lo que se venía.
Incluso hubo quienes intentaron distraerla haciendo preguntas sobre noticias actuales o asuntos personales, en un intento inútil por retrasar la inevitable avalancha de información mágica.
Una larga pizarra mágica comenzó a llenarse de texto y diagramas gracias a una tiza encantada, que escribía por sí sola mientras la profesora hablaba sobre la teoría de los hechizos, usando ejemplos del primer año para reforzar la explicación.
Como si todos supieran exactamente qué hacer, los alumnos empezaron a copiar el contenido de la pizarra en sus cuadernos.
Nosotros hicimos lo mismo para no quedarnos atrás.
Gracias a mi habilidad [Escritura], que ya había subido varios niveles por su uso constante, terminé de transcribir todo bastante rápido.
Con eso, me di el lujo de observar a Hannah a mi lado, quien claramente tenía más dificultades.
No es que no supiera tomar apuntes de teoría mágica, pero al estar en un idioma que aún no dominaba, le tomaba el doble de tiempo.
Así pasó aproximadamente media hora, hasta que la profesora borró la parte más antigua de la pizarra y escribió algo más simple: la pronunciación y el formato de un hechizo.
La clase pasó entonces de teoría a práctica.
La profesora explicó y demostró el encantamiento reductor: Reducio.
Luego de su ejemplo, llegó nuestro turno para intentarlo.
La profesora comenzó a caminar entre los bancos, observando, corrigiendo y guiando, aunque su rostro serio y adusto le daba un aire intimidante que imponía respeto.
Tanto Hannah como Neville no tuvieron mayores dificultades con el hechizo reductor, ya que lo habíamos practicado durante nuestro breve paso por Hogwarts.
Haber pasado unos meses allí antes de llegar a Castelobruxo resultó ser una ventaja para ambos: al menos el inicio del año sería más llevadero mientras se adaptaban.
Y ni hablar de mí… La clase continuó mientras Neville irradiaba una mezcla de nerviosismo y alegría.
Haber completado el hechizo sin errores le dio un subidón de confianza.
Notó que su varita respondía mejor, que la magia fluía con menos resistencia, y ese progreso lo animaba aún más, generando un círculo positivo: mayor confianza, mejores resultados.
Finalmente, la clase terminó y llegó el momento de movernos a la siguiente, con solo diez minutos de descanso entre medio.
Era poco tiempo, pero suficiente si no te perdías por los pasillos…
Aunque gracias a mi habilidad [Mapa], eso no era una preocupación para mí.
Corrimos hacia un aula distinta a la anterior.
Esta, a diferencia de la anterior clase de encantamientos, parecía la guarida de un gran depredador…
o de un cazador excepcional.
Las paredes estaban adornadas con enormes huesos, cráneos, colas, alas e incluso criaturas enteras disecadas.
El ambiente olía a viejo y a cuero.
¿Y a quién encontramos allí?
Al mismísimo profesor Kettleburn, acompañado por el otro docente que había salido a calmar a los caiporas cuando llegamos a Castelobruxo.
Ambos comenzaron a darnos la clase en conjunto, explicando que a partir de ahora cooperarían al enseñarnos esta asignatura.
Era nuestra primera clase de Magizoología, y fue bastante interesante.
En Hogwarts no se cursa hasta tercer año, pero en Castelobruxo es una materia fundamental desde el primero.
Y, francamente, tenía sentido: estando en medio de la selva amazónica, conocer a fondo a las criaturas mágicas no es solo útil… es una cuestión de supervivencia.
La clase fue principalmente teórica, utilizando especímenes disecados, ilustraciones y diagramas para ayudarnos a comprender mejor.
Además, siendo el primer día, se hizo un repaso general del contenido del año anterior, lo cual fue muy útil para ponernos al día.
Al parecer, las actividades al aire libre recién comienzan a partir de la segunda o tercera semana.
Por precaución, algunos alumnos de primer año incluso tardan un mes entero en salir del castillo.
Es una forma de asegurarse de que estudien y repasen bien antes de enfrentarse a criaturas reales en un entorno impredecible.
Me sorprendió la cantidad, variedad y diferencia de criaturas con respecto a lo que conocía.
Incluso yo, que había estudiado bastante con Newt, me encontraba fascinado por detalles y especies a las que nunca les había prestado atención.
Era comprensible: muchas de estas criaturas no eran relevantes en Europa, y yo jamás me había alejado demasiado de esa región.
Esta fue la primera clase a la que presté verdadera atención… o casi.
En algún punto, comencé a hojear rápidamente los libros por mi cuenta, intentando asimilar la enorme cantidad de información que contenían.
La lista de criaturas parecía interminable.
La clase finalizó, y por fin llegó la hora del almuerzo.
Salir al exterior durante el día nos permitió apreciar mejor el entorno de Castelobruxo.
Las edificaciones cercanas al castillo eran, en su mayoría, de piedra, y estaban tan bellamente talladas como el interior del castillo.
Entre los edificios se extendían calles empedradas, pequeñas plazas y rotondas, dándole al lugar la apariencia de un antiguo poblado.
Mientras caminábamos hacia el comedor, observamos escenas que iban desde lo cómico hasta lo inquietante.
Vimos a un grupo de alumnos gastándole una broma a una de las cocineras de los edificios; a otros arrastrando mariposas gigantes como si fueran globos; y, por supuesto, a los infames caiporas… quienes, en ese momento, estaban arrojando una cantidad alarmante de insectos vivos a los platos de ciertos alumnos, sin que estos se dieran cuenta.
Cuando aquellas criaturas me vieron, sentí su mirada clavarse en mí como espinas.
Había resentimiento en sus ojos, y no me quedó ninguna duda: si nos encontráramos a solas, en algún rincón apartado del bosque… yo sería su objetivo.
Logramos llegar a las mesas junto a los demás estudiantes.
Ya había fuentes dispuestas para que nos sirviéramos la comida.
Algo hambrientos, comenzamos a comer.
Aunque a mis compañeros parecía costarles un poco acostumbrarse a los sabores locales —tan distintos a los británicos—, también comieron hasta saciarse.
Luego del almuerzo y de al menos una hora de receso, partimos hacia la siguiente clase: Herbología.
Como mencioné antes, se daba dentro de los terrenos del castillo, esta vez en uno de los invernaderos.
Neville y Hannah estaban claramente en su área de especialización, lo que les daba más confianza.
Aun así, el idioma seguía siendo un obstáculo, aunque confiaba en que con el tiempo se adaptarían.
La clase fue larga y agotadora.
Tuvimos que cambiar plantas de macetas, remover tierra y arrancar malas hierbas a mano.
No era la parte más interesante de la asignatura, pero resultaba esencial.
No se nos permitía usar magia a menos que el profesor lo indicara, como parte de un ejercicio: aprender a reconocer qué plantas reaccionan mal a la energía mágica circundante, y saber cuándo es apropiado lanzar hechizos y cuándo no.
Después de eso tuvimos medio módulo de Transformaciones, y así terminó el día escolar.
Tras la última clase, decidimos descansar en una de las terrazas del castillo.
Desde allí admiramos el paisaje y comentamos los eventos del día.
Fuera de las clases, todo había salido bastante bien.
Incluso algunos compañeros se acercaron a invitarnos a diversas actividades, pero declinamos con cortesía.
Aún estábamos aclimatándonos al nuevo entorno… aunque ahora teníamos varios compromisos pendientes para las semanas venideras.
Malena terminó por encontrarnos allí y nos llevó a continuar con nuestro recorrido por el castillo.
Esta vez nos guió hacia el exterior, mostrándonos las diferentes tiendas y comedores que rodeaban el castillo.
Nos explicó con detalle el funcionamiento de cada uno, y nos recomendó algunos —al menos, los que ella conocía bien.
Pronto se hizo tarde, y fue momento de volver.
Había sido un día agotador, especialmente para mis compañeros, pero también lleno de descubrimientos.
En Herbología, por ejemplo, se toparon con plantas de las que jamás habían oído hablar… y, por lo que entendieron, eso era apenas la punta del iceberg.
Además, Malena nos comentó que durante el resto de esta semana y la próxima nos mostraría más secretos del castillo durante las tardes, siempre que nuestros horarios lo permitieran.
Teníamos mucho por descubrir.
…
Ya dentro del feudo, me encontraba consolando una vez más a Lily y Petunia.
Les sobaba el trasero mientras aplicaba algo de mi magia curativa para aliviar el dolor.
Técnicamente, ya estaban completamente recuperadas desde hace varios tratamientos… pero al parecer les gustaba la sensación que mi poder les provocaba.
Sí… terminé cediendo ante sus caritas tristes.
Mientras tanto, otro de mis clones buscaba a Elise, ya que no lograba encontrarla.
Al principio creí que simplemente seguía evitándome… pero comencé a preocuparme al no hallarla por ningún rincón del feudo.
Y para empeorar la situación, nuestra conexión mental presentaba una especie de interferencia.
No era total, pero sí notoria.
Fue solo al cruzar a su mundo que sentí nuevamente su presencia.
Eso me dio algo de alivio, pero esos minutos de incertidumbre me dejaron inquieto.
El mundo de Elise había cambiado… enormemente.
Era mucho más grande e inmenso que antes.
Solo con verlo ya sentía que mi “billetera mental” sangraba por anticipado.
Calculaba que tendría más de mil kilómetros de circunferencia… casi dos mil, quizás.
Pero eso no era lo único.
También habían cambiado los cuerpos celestes: el sol y la luna ahora tenían el mismo tamaño que el planeta, aunque, por suerte, estaban mucho más alejados que en su versión original.
De lo contrario, las cosas se habrían puesto bastante feas.
Y ni hablar de la magia.
El ambiente desbordaba una cantidad absurda de energía mística.
Si esto fuera otro tipo de historia, este sería el clásico lugar donde el protagonista se encierra a entrenar hasta convertirse en un ser invencible.
Busqué a Elise por todo el planeta, sin éxito.
Incluso tratando de percibirla desde su interior, no lograba localizarla, aunque sabía que estaba allí.
Así que seguí buscando… por el espacio.
Me costó encontrarla en esta nueva escala cósmica, pero finalmente lo logré.
Y cuando lo hice, me llevé otra sorpresa.
Frente a mí, flotando en el vacío, había una enorme esfera de luz blanca que cegaba la vista.
Al principio pensé que se trataba de otra estrella, o quizás de algún nuevo elemento que Elise había incorporado a su mundo.
Pero no… no era eso.
Cuando logré forzar un poco mi visión mágica y soportar el resplandor, la vi.
Allí estaba Elise, en lo que sería una posición fetal… para caballos, y en siendo mucho mas grande de lo que recordaba.
Flotaba en el espacio, encerrada en una esfera de energía que la envolvía por completo, cada vez más densa y opaca.
Una esfera que exudaba un poder divino, puro, casi absoluto.
“¡Elise!” la llamé, sin respuesta.
Entonces probé a través de nuestra conexión interior, ‘¡Elise!’.
“¿Red…?” se escuchó su voz, tenue, como un eco en mi mente.
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