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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 335

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  4. Capítulo 335 - 335 331 Paso a paso
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335: 331) Paso a paso…

335: 331) Paso a paso…

Amelia me ayudó más de lo que esperaba esta vez.

Especialmente luego de conseguir que me prometiera, formalmente, que nadie más sabría sobre las peticiones que le hice.

Convencerla de mantener silencio sobre algo que podría considerarse ilegal no fue fácil, claro, pero para mi sorpresa terminó aceptando más rápido de lo que anticipaba.

Aun así, ofreció una pequeña —y algo digna— resistencia.

Encontrar la casa Gaunt no fue complicado una vez que obtuve la dirección.

Y como ya había activado múltiples puntos de teletransportación por toda Inglaterra, llegar fue cuestión de segundos.

La imagen era…

deprimente.

Se notaba que alguien había intentado mantener el lugar en pie, pero estaba irremediablemente vencido por el abandono y el tiempo.

En fin, el estado de la casa me era irrelevante; de los Gaunt había poco que me interesara realmente… bueno, quizás más adelante podría aprovechar alguna campaña para conseguir a Merope Gaunt y luego enfrentarme a Voldemort mientras su madre cabalga mi polla…

pero eso sería para otro día.

Lo importante era el anillo.

Podía sentir diversas magias protectoras y un puñado de maldiciones, aunque nada que no pudiera evitar.

Con mi experiencia, sortearlas fue casi trivial.

Me transformé en un Letifolt para colarme sin ser visto.

Oscuras energías trataron de atacarme, pero entre volverme invisible, adoptar la forma de un charco de sangre o simplemente resistirlas, avancé sin mayor inconveniente.

Llegué a un salón central que, curiosamente, ya no tenía medidas de seguridad activas.

Bastó un vistazo.

Desde que absorbí el poder de la Capa de Invisibilidad, mi sensibilidad hacia el poder de la muerte aumentó considerablemente.

Y allí estaba.

Aunque cubierto por un velo maligno que trataba de enmascararlo, pude sentirlo con claridad: el anillo.

El anillo de la familia Gaunt.

Lo tomé en mis manos.

Era simple, pero con un aire de lujo anticuado…

y cargado de poder.

El fragmento de alma en su interior intentaba seducirme con desesperación.

Me reí en su cara.

Ese patético intento de tentación no iba a funcionar.

Ni las maldiciones que lo recubren podrían hacerme más que obligarme a gastar un clon o dos, y eso en el peor de los casos.

Desaparecí poco después, llevándome el anillo conmigo.

Me aseguré de dejar todo como si nada hubiera pasado: un anillo falso en su lugar, con su propio paquete de maldiciones personalizadas —diferentes, claro— para que los curiosos sufran un poco por su codicia.

…

En cuanto al segundo objetivo…

bueno, eso fue más complicado que simplemente robar una reliquia de una casa en ruinas.

Encontrar elfos domésticos libres —o siquiera disponibles para la compra— era una odisea.

Nadie se deshacía de ellos así como así.

Aun así, Amelia volvió a ser útil, dándome pistas, rumores sobre dónde podía adquirir alguno o incluso lugares donde encontrar elfos que estaban a punto de morir en soledad, abandonados tras cometer errores o desarrollar defectos que los volvían “inservibles”.

Algunos sin brazos, sin piernas, ciegos, uno que incluso había perdido por completo su capacidad mágica.

Fue…

deprimente.

Los encontré tirados en rincones, sin moverse, sin comer, simplemente esperando morir como si fueran basura olvidada.

Hablé con varios.

Les ofrecí una segunda oportunidad.

Pero estaban tan destrozados —física y mentalmente— que me decían, con la voz rota, que no podían hacer nada, que eran inútiles, que lo mejor sería dejarlos morir.

Los convencí.

Les prometí que podía curarlos, devolverles la capacidad de trabajar.

Y fue como si les diera la vida misma.

Exageradamente felices, algunos casi me besaron los pies.

Uno incluso llegó hasta mis rodillas.

Me volví su salvador, un mesías.

Bueno… eran solo tres, pero igual.

Me los llevé a casa, junto con otros cuatro que ni siquiera podian resistirse.

Estaban tan desechos y debiles que solo los tome y me los llevé.

Tenía un plan para ellos.

Los curé lo mejor que pude, con mis poderes y llevándolos al [Hospital].

Luego, antes de seguir, los vendí al mercader y los recompré uno por uno, para tenerlos disponibles en la tienda.

Sí, podría haber hecho eso con uno solo, pero traté de ahorrar.

Todavía me duele el gasto que fue Elise, y apenas nos estamos recuperando financieramente.

Ya que estaba en eso, también aproveché para cambiarle el sexo a todos los elfos machos.

Cuando todo estuvo listo, me acerqué al tablón en busca de una misión lo suficientemente larga, pero no lo bastante peligrosa.

Antes de que pudiera elegir, Gemma se me acercó con nuestra hija en brazos.

Aunque había dejado un clon mío con ellas todo el tiempo, la niña parecía querer a mi “yo real”, y querian acompañarme.

Al principio me negué, pero terminé cediendo al final.

Elegí una misión moderada: duraba entre dos y tres años.

No era peligrosa y podria criar a mi hija lejos del resto.

Allí podría verla crecer, educarla con calma, sin los susurros ni las miradas incómodas.

Porque sí, a pesar de ser apenas una recién nacida, ya había empezado a detectar personas por el olfato y el oído…

y tenía la manía de morder.

Y no, su mordida no era nada suave.

Así que, con mi mujer, mi hija y mis nuevos elfos domésticos, iniciamos la misión.

Aparecimos en medio de un bosque, y lo primero que hice fue establecerme: construí una casa cómoda, funcional, para mi familia.

Un buen hogar.

Luego, para sorpresa de todos, me desnudé.

Listo para empezar con “la acción”.

Gemma, instintivamente, se abrió de piernas en la cama…

solo para descubrir que esta vez ella no era el objetivo.

Las elfas domésticas nunca habían sido tan “bendecidas” por un amo como lo serían ahora.

Aunque pronto descubrirían que este “favor divino” venía con más carga de trabajo que una vida entera fregando pisos.

Porque sí, yo las salvé, las restauré, y ahora les daría un propósito…

un deber que deberian cumplir por el resto de sus vidas…

una vida que posiblemente la pasaran alejadas de las personas.

…

En un rincón discreto del mundo mágico francés, un bar relativamente nuevo —cerrado al público por el momento— ya contaba con visitantes especiales.

“Bonjour, Apolline.

¿Qué te trae por aquí?” saludó una joven de cabello blanco con un francés fluido y elegante.

“Hola, Silk.

Solo venía a ver cómo andaban las cosas” respondió una mujer madura, de belleza imponente, acompañada por su hija menor.

“¡Hola, Silk!” exclamó Gabrielle, saludando rápidamente antes de salir corriendo hacia la bodega, ansiosa por descubrir qué nuevas delicias escondía el lugar.

“Perdónala…

siempre que viene por aquí se le abre el apetito.

Aunque, bueno, podríamos culpar a tus cocineros por eso” dijo Apolline, riendo y encogiéndose de hombros con una expresión de disculpa.

“Agrega lo que tome a mi cuenta, como siempre.” “Está bien, que tome lo que quiera.

Y ya te dije: no tienes cuenta aquí.

Toma lo que desees, al fin y al cabo, este lugar es tuyo.

Yo solo soy una administradora…

y proveedora” respondió Silk con su tono habitual, sereno pero firme.

Las dos mujeres siguieron conversando.

Hablaron, por supuesto, de Fleur, que al parecer había conseguido permiso para salir del colegio ese fin de semana y llegaría en cualquier momento.

También mencionaron a cierto joven pelirrojo que no había vuelto a aparecer.

Lo que Apolline no sabía era que ese muchacho, estaba hablando con ella en ese mismo instante…

aunque fuera a través de uno de sus clones.

“Entonces…

¿qué dices de pasar por mi casa a tomar un té o algo?” preguntó Apolline una vez más, como solía hacer cada vez que venía.

“Estoy ocupada” respondió Silk sin siquiera mirarla, ocupada en limpiar copas y ordenar tarros de cerveza.

“Siempre dices eso.

Pareciera que solo vivieras para este bar…

no es que eso esté mal, realmente este lugar es único.

Pero también deberías tener algo de libertad” insistió Apolline, acercándose tras la barra, abrazándola con ternura y dedicándole una mirada lastimera, como intentando convencerla con puro dramatismo.

“¿Qué pasaría si un día te desmayás por exceso de trabajo?” “Si sigues con eso, no sé qué voy decirle a Alain” respondió Silk sin perder la compostura ni detener sus movimientos.

Aun así, le lanzó una mirada de reojo a la mujer que la abrazaba, agradeciendo en silencio que su cuerpo actual no tuviera pene…

o habría sido una situación más incómoda.

El linaje veela realmente hacía que las mujeres fueran peligrosamente hermosas.

“Sabés que le soy completamente leal a mi marido” dijo Apolline en tono burlón, apretando aún más el abrazo, como si quisiera impedirle escapar.

“Solo soy una amiga un poquito cariñosa…

y no me cambies de tema.” “¿No tienes otras amigas?

¿Por qué siempre yo?” replicó Silk, aunque ya conocía la respuesta.

Después de estos meses, entendía perfectamente cómo era Apolline.

“Sí, tengo otras.

Pero ninguna como yu… o como Red.

Ustedes dos son tan raros…

tan especiales” confesó con sinceridad.

“Con ustedes puedo sentir una conexión distinta.

Como híbrida, me cuesta encontrar empatía real entre mis amigas comunes.

Solo quienes comparten algo parecido pueden hacerme sentir esta cercanía.

Por eso me interesan tanto Red…

y vos.” Silk —el alter ego de Red— no sabía cómo responder.

Esta forma era, en esencia, una prueba, un juego.

No quería complicar más sus relaciones personales, por eso siempre había evitado establecer vínculos más allá de lo profesional o amistoso.

Pero Apolline…

Apolline lo hacía difícil.

“Si estás buscando compañía similar, hay un lugar donde se reúnen muchas personas como nosotros…

Quizás en el futuro puedas visitarlo” dijo Silk, con un tono suave pero evasivo.

“¿En serio?

¿Dónde?” preguntó Apolline con curiosidad genuina, sin aflojar el abrazo ni un poco.

“Aún no está abierto a extraños.

Por el momento es algo puramente familiar.

Aunque te aseguro que en un par de años cambiará…

y verás a muchas personas tan extrañas como yo allí.”(Silk) “Ya me estoy emocionando” dijo Apolline con una sonrisa ladeada, creyendo a medias lo que escuchaba.

“¿Y cómo se supone que puedo ir?” “Te repito: ahora es solo para la familia…”(Silk) La amistad entre Silk(Red) y los Delacour, especialmente con Apolline, se había fortalecido con el tiempo, pero aún no consideraba prudente abrir las puertas de ese espacio privado.

Faltaban cosas por preparar.

“Ohhh…” respondió Apolline con un tono burlón, mientras deslizaba sus brazos por la cintura de Silk.

“Entonces dime, ¿me estás por hacer una propuesta indecente?

¿O vas a venderme a algún primo tuyo?

Porque, mira…

amo a mi marido, pero si fueras vos…

tal vez dejaría ver un poco más de piel en un baño entre chicas.” Sin más aviso, comenzó a besarle el cuello con picardía, para luego atacar con fuerza desmedida…

a cosquillas…

intentado por fin romper la expresión estoica que esa chica siempre mantenía.

Las manos de Apolline no tuvieron piedad: abdomen, axilas, costados, pecho.

Red, aún dentro del cuerpo de Silk, tuvo que hacer acopio de toda su voluntad para no quebrar la frialdad impecable que tanto se había esforzado en mantener.

Pero no era tan fácil.

Entre los besos, las cosquillas y el súbito calor que empezaba a recorrerle el cuerpo, se le cayó la caja con las jarras de vidrio que estaba cargando, y— *¡Crash!* Un desastre.

La caída fue tan torpe que acabaron rodando juntas por el suelo, entre gritos ahogados, risas contenidas y cristales rotos.

Ninguna tuvo tiempo de reaccionar cuando sonó la campanilla de la puerta.

Aquel clon, Silk, no estaba pensado para combates, ni para soportar emociones intensas.

De hecho, apenas si tenía poder mágico.

Era un avatar de apoyo…

Apolline terminó encima de Silk, en una posición más que comprometedora: en plena misionera, con la ropa algo desacomodada y las manos ubicadas en lugares que Red habría disfrutado…

si estuviera con su cuerpo real.

Antes de que pudieran pedir disculpas, corregir posturas o simplemente fingir que nada pasó, dos voces irrumpieron como cuchillos en la escena: “¡¡¡MAMÁ!!!” gritó Fleur desde la puerta, paralizada al ver lo que parecía ser su madre montando sin pudor a la administradora del bar.

“¡No engañes a papá con mis amigas!” “Mamá está jugando a los pajaritos…

haciendo pajaritos” dijo Gabrielle mirando desde detras de una puerta, en voz baja pero lo suficientemente alta como para ser escuchada por todos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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