Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 337
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337: 333) Debería convertirse en una película 337: 333) Debería convertirse en una película Andromeda y yo aparecimos en la estación de King’s Cross, en el lado mágico, claro.
Yo llevaba el aspecto de Tenebrius, porque no podía dejar que nadie viera a Red; se suponía que él estaba en Castelobruxo en ese momento.
“¿Estás seguro de que todo estará bien?” preguntó Andromeda con sincera preocupación.
“Estará bien.
Aunque no lo parezca, Tonks puede ser muy responsable.
Sé que, a pesar de todo, va a poder con esto…
aunque le cueste un poco al principio” respondí con convicción.
“Hablaba de Ruby” aclaró, alzando una ceja.
“Oh…
sí, Ruby estará bien también.
Tonks me quiere, y aunque no sea su hija biológica, no la rechazaría.
Además, esa niña es prácticamente indestructible” añadí con una sonrisa medio orgullosa, medio resignada.
“Bien…” suspiró Andromeda, y luego me miró con una mezcla de reproche y ternura antes de abrazarme contra su pecho, empujándome suavemente.
“Pero vas a tener que dejarme pasar más tiempo con ella…
o por lo menos empezar a hacerme una propia” añadió con tono bajo, mientras apretaba su vientre contra mí de forma nada inocente.
Justo en ese momento, Andromeda se dio cuenta de que no estábamos solos.
Varias personas nos miraban en la estación, y rápidamente me soltó, tratando de recuperar la compostura y actuar con naturalidad, a pesar de su sonrojo.
A veces olvidaba que había testigos.
Para ella, nuestra relación ya era algo interiorizado, natural, casi rutinario…
pero eso no significaba que el resto del mundo la aceptara.
Exponerla en público solo traería problemas.Y aunque yo no estaba usando mi cuerpo real, sino el de Tenebrius, eso tampoco lo hacía más fácil.
Tenebrius era moderadamente conocido, y si alguien llegaba a descubrir que la viuda Tonks tenía una relación con el antiguo compañero de su hija, las habladurías no tardarían en estallar.
Me reí en silencio de su habilidad para fingir que todo estaba bajo control, tomé su mano con tranquilidad y la guié hacia el pasaje al mundo muggle.
Las miradas no me molestaban demasiado; si hacía falta, podía alegar que estaba sacando a pasear a mi suegra.
…
Atravesamos el pasaje y emergimos en la estación muggle, mucho más concurrida que su contraparte mágica.
Nuestras ropas no eran tan extravagantes como para destacar, aunque sí algo anticuadas.
Aun así, el vestido de Andromeda llamaba la atención: era elegante, sobrio, y resaltaba su figura de forma envidiable.
Las miradas no se hicieron esperar.
Cruzamos la estación en busca de un taxi entre los disponibles.
Finalmente, encontramos uno libre y subimos.
Pero al mirar al conductor, me detuve por un instante.
“¿Henry?” pregunté, con una mezcla de sorpresa y duda.
El taxista me miró con expresión pensativa al escuchar su nombre.
Se lo notaba intentando hacer memoria.
“Oh…
el chico con la novia rebelde, ¿no?”(Henry) Sí, era él.
Henry Alfred Watson.
El mismo taxista que me había llevado aquella primera vez a la estación, y que, por una extraña coincidencia, había terminado siendo mi conductor exclusivo las pocas veces que necesitaba uno.
“Si seguís atendiéndome así, voy a pensar que trabajás de taxista solo para llevarme a mí” bromeé.
“Creo que solo te he llevado una o dos veces” dijo, aún dudando.
“Cierto…” admití, recordando que la mayoría de las veces que me subí a su taxi, lo hice con el cuerpo de Red, no con el de Tenebrius.
“¿Grimmauld Place?
¿Sabés dónde queda?” pregunté, intentando cambiar de tema.
“Hmm…
creo que sí” respondió, pensando un momento.
“Conozco más o menos la zona, pero voy a necesitar algo más de información.” “Andromeda te irá indicando cuando estemos cerca” dije, y ella asintió con una sonrisa leve.
Así, el auto se puso en marcha y comenzó el viaje, mientras la mano de Andromeda se posaba distraídamente sobre la mía.
Observaba con fascinación tanto el taxi como el trayecto y al taxista, que parecía bastante conversador.
“¿Y qué pasó con tu novia?” preguntó con tono burlón, mirando por el retrovisor a Andromeda.
“No creí que tus gustos cambiaran tan rápido… aunque debo admitir que tu gusto sigue siendo excepcional.” “Sigue en casa” respondí con naturalidad.
“Esta es mi suegra.” “Ah, ya veo de dónde heredó tanta belleza esa joven” comentó, lanzando otro cumplido.
“Y…
perdón por decir que era una rebelde.
Seguro es una chica excepcional.” “Está bien, si es un poco rebelde” añadió Andromeda con una sonrisa tranquila.
La charla continuó un rato, distendida, mientras nos adentrábamos en zonas menos concurridas, acercándonos lentamente a nuestro destino.
Pero algo no se sentía bien.
Un presentimiento.
Mi instinto gritaba… *ÑIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII…* El auto giró de golpe, sacudiéndonos con violencia.
Afortunadamente, Henry había reaccionado rápido: un volantazo justo a tiempo para evitar el choque frontal con un coche que apareció de la nada, conduciendo a contramano directo hacia nosotros.
No frenó.
Eso no habría evitado el impacto.
En cambio, giró bruscamente hacia un callejón, donde el auto se detuvo de golpe.
La sacudida fue fuerte, pero claramente preferible a terminar estampados como el otro vehículo, que se estrelló contra un poste.
No sabíamos si su conductor había sobrevivido.
El mal presentimiento se cernía de nuevo, un eco familiar de aquella extraña sensación que tuve en Brasil.
Sospecho que es el poder de la profecía, manifestándose como un agudo instinto y precognición.
“¿Están todos bien?” preguntó Henry, aún aturdido pero recuperando la compostura con rapidez.
“Sí.
Quédense adentro” dije con seriedad, sacando mi varita y saliendo del coche.
Ya los había sentido.
Mi mirada se dirigió al fondo del callejón, donde un chasquido seco confirmó que alguien se acababa de aparecer.
Mal.
No eran particularmente hábiles.
Además, percibí presencias en los techos.
No hubo discursos villanescos ni advertencias.
Solo luz verde disparada desde varias direcciones… y algo peor: hechizos explosivos y de fuego directamente dirigidos al taxi.
Tuve que dividir mi atención entre protegerme y proteger el vehículo.
Malditos.
Eran más listos —y más numerosos— de lo que esperaba.
Andromeda, al oír los estallidos, salió del coche con la varita en mano.
Era sanadora en San Mungo, pero también una Black.
No era de las que apartaban la mirada cuando la muerte se acercaba.
Apenas asomó la cabeza por la puerta, un hechizo voló directo hacia ella.
Por suerte logré desviarlo a tiempo.
Tras ese primer susto, Andromeda no dudó en salir por completo, uniéndose al combate y cubriendo la retaguardia.
Una o dos docenas de enemigos.
No eran inumerables, pero este clon no estaba diseñado para soportar combates largos.
Y estando en pleno enfrentamiento, no podía usar [viaje] lejos de o hacia aquí.
Los refuerzos tardarían unos minutos… minutos en los que cualquier cosa podía pasar.
Pero yo ya no era alguien a quien un grupo así pudiera detener.
Mi postura cambió, más agresiva.
Con Andromeda cubriendo uno de los flancos, podía concentrarme en el ataque.
Primero los del techo: eran los más difíciles de alcanzar y también los más peligrosos.
Levanté la varita.
Una gran llamarada brotó, iluminando el callejón con un efecto tan espectacular como inefectivo… pero ese era el propósito.
La verdadera amenaza eran las esquirlas de sangre invisible que disparé justo después, a alta velocidad.
Y detrás de ellas, una serie de maldiciones y hechizos para rematar a quien aún pudiera moverse.
Aun así, por los que atacaban desde el suelo, tuve que generar una protección general.
Todo se volvió más peligroso cuando comenzaron a lanzar pociones como si fueran granadas, las cuales explotaban al contacto con hechizos.
Tuve que improvisar un muro de sangre invisible para detenerlas, lo cual desconcertó a nuestros atacantes, que no entendían cómo lo hacía.
Claro que, como dije, descubrí su naturaleza explosiva solo después de la primera…
Espero que Henry tenga algún tipo de seguro contra bandidos mágicos y pociones volátiles.
Aunque había pasado mucho en muy poco tiempo, la batalla no duró más que unos minutos.
Aun así, nuestros atacantes —más de veinte— ya se daban cuenta de que no estaban ganando.
Éramos solo dos, y no solo no nos habían vencido, sino que encima estaban perdiendo hombres.
Las cosas se volvieron peores para ellos cuando se escucharon explosiones y uno de los magos, que se disponía a atacarme con una varita en una mano y una poción explosiva en la otra, fue acribillado.
Varios agujeros aparecieron en su cuerpo antes de que cayera al suelo, provocando que la poción detonara cerca de sus aliados, en una explosión brutal y caótica.
“¡¿Henry!
¿De dónde sacaste esa pistola?!” le grité, girando apenas la cabeza para ver al rubio disparar desde detrás de la puerta del taxi.
“¿De dónde sacaste tú ese palo que lanza fuego?” replicó, mientras apuntaba y disparaba de nuevo.
Esta vez su blanco logró levantar un escudo a tiempo, aunque igual terminó herido.
“Touché” respondí, relajándome un poco sabiendo que finalmente habían llegado los refuerzos.
Clones invisibles surgieron de las sombras, moviéndose como espectros tras los enemigos, atravesándolos con puñales encantados, silenciándolos para siempre.
El que parecía el líder comprendió por fin que todo estaba perdido y ordenó la retirada, sin dejar de mirarnos con odio mientras escapaba con los pocos que aún podían correr.
Solo algunos lograron escapar… o eso creyeron.
Uno de mis clones los seguiría.
Así, el combate terminó, y quedamos nosotros tres en medio de un callejón en ruinas, junto a un taxi con un lateral carbonizado.
Henry soltó un largo suspiro y se apoyó contra el auto, agradeciendo el respiro.
Ya no era tan joven y no había tenido tanta acción en mucho tiempo.
Revisó el cargador de su arma, tosió un par de veces por el humo tóxico de las pociones, y cerró los ojos un instante para recuperar el aliento.
“¿Estás bien?” preguntó Andrómeda, con sus manos sobre mí, revisándome con preocupación, ignorando sus propias molestias.
“Estoy bien… ¿y tú?” le respondí, examinándola también.
Tenía algunas heridas leves, pero la adrenalina aún no le permitiría notarlo.
“Estoy bien” dijo mientras sacaba unas pociones de su bolso.
Me ofreció una, pero al rechazarla, se las tomó ella misma sin perder tiempo.
“Revisa a Henry, por las dudas” le pedí.
Siendo sanadora, podría hacer un buen trabajo… además, le daría su merecido sentido de utilidad.
Andrómeda asintió y se acercó a Henry, que abrió los ojos apenas la vio sacar la varita frente a él.
Pero al reconocerla, se relajó y la dejó hacer.
Vi cómo ella realizaba un chequeo mágico y comenzaba a curarlo: cerró heridas, alivió golpes, y extrajo con precisión fragmentos de vidrio y metal incrustados en su cuerpo.
Mientras tanto, yo ya había empezado a moverme otra vez, usando hechizos para restaurar lo que podía del callejón.
Aproveché el momento para hacer preguntas.
“Entonces, Henry… ¿de dónde saca un taxista como tú un arma así… y además saber usarla?”(red) “Serví en el ejército… hice contactos… ahora estoy retirado” respondió con tres frases cortas que parecían esconder toda una novela.
“¿Pero no tienes como cuarenta?” pregunté, dudando de su edad de retiro.
“Cuarenta y uno” dijo sin agregar más.
No parecía dispuesto a explayarse.
Entonces fue él quien nos miró con curiosidad.
“¿Y ustedes?
¿Tú, tu suegra, esos tipos… qué fue todo eso?
¿Magia?”(Henry) “Literalmente” dije con una sonrisa, mientras terminaba de arreglar lo que quedaba del coche.
“Pff…” suspiró, rindiéndose ante lo inverosímil.
“Las declaraciones a la policía van a ser un infierno.” “No habrá declaraciones” le aseguré, restaurando los últimos detalles del vehículo.
Henry abrió los ojos por completo, notando que todo el lugar estaba prácticamente como si nada hubiera pasado.
Más limpio, incluso, que cuando llegamos.
Me observó girar la varita entre mis dedos y soplar su punta como si fuera una pistola recién usada.
“Necesito una de esas” dijo riendo, notando que el dolor se desvanecía gracias a Andrómeda.
Y añadió, divertido: “O diez… o las que tengan disponibles…”
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