Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 339
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- Capítulo 339 - 339 335 Entrando a la casa Black
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339: 335) Entrando a la casa Black 339: 335) Entrando a la casa Black “Mmhh…
también podríamos hacerlo aquí mismo…
digo, creo que tengo derecho a vengarme, follando en cada habitación de esta casa,” dijo Andrómeda con una sonrisa burlona, ocultando mal el hecho de que la idea de profanar la vieja mansión que la repudió la excitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
“Primero terminemos lo que vinimos a hacer…” le respondí, aunque mi mano seguía en su trasero.
“¿Sabés cómo entrar, o hay que hacerlo por la fuerza?” “Puedo intentarlo.
No volví desde que me escapé, no sé si bloquearon mi acceso,” dijo con un dejo de desconfianza.
Le hice un gesto para que lo intentara de todas formas.
Si no funcionaba, tenía recursos de sobra para forzar la entrada.
Incluso podría llamar a Elise y que con su poder divino nos abriera paso sin más.
Andrómeda se adelantó despacio, con la varita baja, haciendo un leve movimiento con la muñeca.
Frente a nosotros, el edificio “normal” comenzó a cambiar, revelando por un instante el número 13, oculto entre el 12 y el 14.
“Vaya, ¿lo lograste?
Quizás tu familia no te ha repudiado del todo,” dije, colocándome a su lado.
“Es solo una ilusión.
Hacer aparecer la puerta es una cosa, que te dejen entrar es otra,” respondió, desinflando de inmediato cualquier esperanza.
Entonces apuntó su varita hacia la puerta… pero no pasó nada.
Su expresión se volvió triste, aunque no del todo sorprendida; parecía que ya lo esperaba.
“No pongas esa cara, ya verás cómo te van a querer…
con un poco de mi ayuda,” le dije mientras tomaba su mano con firmeza.
“Primero necesitamos entrar para que eso pase,” murmuró con sarcasmo.
“Eso puede ser más fácil de lo que piensas…
¿Siguen teniendo elfos domésticos aquí?” pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
“Deberían,” contestó sin estar del todo segura.
“Perfecto, dejámelo a mí.”(Red) Había pasado bastante tiempo con los elfos domésticos, aprendiendo mucho sobre ellos y sobre las familias que los poseen.
Lancé unos cuantos hechizos silenciadores a nuestro alrededor y cerré los ojos, concentrándome.
Al abrirlos, liberé mi aura mágica con toda su intensidad.
No era una [aura] específica, sino una mezcla brutal de poder natural, habilidades y magia de sangre.
Tan densa era que incluso Andrómeda, a quien intencionalmente excluí del efecto directo, sintió un estremecimiento por todo el cuerpo.
Se le erizó la piel.
Los muggles de la zona, en cambio, no tuvieron tanta suerte.
Algunos se sintieron incómodos, otros mareados, y más de uno terminó desmayado sin saber por qué.
“¡Hacedos presentes, siervos de la Casa Black!” troné con una voz más grave que la habitual, cargada de intención.
“Yo, el Brujo Sanguinario, anuncio mi presencia.
Exijo que se me abra esta puerta para una audiencia con los ancestros de la noble y más antigua Casa Black.” Andrómeda me miró con una mezcla de sorpresa y duda, sin tiempo siquiera para preguntar qué demonios estaba haciendo.
La puerta se abrió con un crujido, dejando ver a un elfo doméstico muy viejo, temblando con la cabeza gacha.
“Saludos, distinguido invitado,” murmuró Kreacher con la voz quebrada.
“Kreacher le da la bienvenida en nombre de la familia Black.” No era un aura cualquiera la que emití; era la esencia de un linaje mágico tan puro como el que ostentaba Andra actualmente.
Esa potencia, intrínsecamente ligada a su origen genético, bastaba para que los elfos la sintieran, la temieran y la respetaran con una intensidad casi innata.
“Saludos, elfo” dije con firmeza, sin altanería, pero tampoco con deferencia.
“Solicito audiencia con vuestro amo.
A mi lado se encuentra una de los vuestros, garante de mi causa.
Espero que se nos conceda la entrada.” Kreacher, aún con la cabeza gacha, alzó levemente la vista hacia Andrómeda.
Al principio pareció reconocerla con el título que alguna vez le correspondió… pero luego su expresión se torció.
“¡La traidora de sangre!” exclamó con una mezcla de repulsión y sorpresa.
Apenas pronunció esas palabras, un peso invisible cayó sobre él.
Una presión silenciosa, pero abrumadora, lo hizo temblar.
Mi mirada, fría y severa, se clavó en su cuerpo.
Kreacher enmudeció de inmediato, sintiendo el filo de mis expectativas sobre su lengua.
“Estimado señor… esta… dama ha sido expulsada de la familia Black… no puede hablar en su nombre” balbuceó finalmente, con un tono vacilante, midiendo cada palabra.
“Ve y consúltalo con Walburga” ordené con un tono más áspero.
“No hagas que perdamos tiempo.
Esta audiencia es tan importante para mí… como para la noble Casa Black.” El elfo asintió apresuradamente, desapareciendo con un leve chasquido.
A mi lado, Andrómeda me observaba con algo más que sorpresa.
Había una mezcla de contemplación y nostalgia en sus ojos.
Como si, por un instante, aquella aura, ese tono de mando, esa vieja casa… la hubieran llevado de regreso a su infancia.
Al tiempo en que aun “no habia manchado la nobleza de su apellido”.
Sentí su mirada, y sin perder la oportunidad, le dediqué una sonrisa suave, rompiendo por completo el personaje que había adoptado.
Ella soltó una risa baja.
Poco después, la puerta volvió a abrirse.
Kreacher nos recibió con una reverencia temblorosa, haciéndose a un lado para dejarnos pasar.
El interior de la casa era lúgubre, silencioso.
Kreacher parecía mantenerla en pie como podía, pero la ausencia de vida hacía que toda la mansión emanara una sensación de abandono inevitable.
Nos condujo hasta un salón oscuro, dominado por un enorme retrato.
En él, la figura de una mujer nos observaba con dureza.
Sus ojos se fijaron en nosotros con juicio inmediato.
“Así que tú eres quien exige audiencia con la Casa Black… y traes contigo a esta desgracia de mi sangre…” escupió la mujer en el retrato, su voz cargada de desprecio, sin atisbo de respeto ni prudencia.
Como si no tuviera nada que temer… ni nada que perder.
“Así es, señora Walburga” respondí con calma.
“Estos somos.
Pero ¿no le parece imprudente despreciar tanto a Andrómeda?
Después de todo, es su sangre.
Es una Black.
¿Insultarla no es, en cierta forma, insultar a su propia familia?” “Lo que haga mi familia no es de tu incumbencia” bufó.
“Y esa basura que alguna vez llevó nuestro apellido no merece ni compasión ni defensa.” “Es un placer volver a verte, tía Walburga” dijo Andromeda con un suspiro, dejando que el recuerdo del pasado se colara por un instante en su voz.
Los cuadros siempre tenían esa cualidad inquietante de mantener congelado el tiempo, como si los viejos fantasmas nunca hubieran partido del todo.
“No me hables, escoria” espetó Walburga sin miramientos.
“Solo quería ver qué clase de necio osaba exigir audiencia en esta casa, pero veo que ni siquiera eso valió mi tiempo.
Kreacher, échalos.” “Alto ahí, señora Black.
Creo que se está precipitando…” intervine con calma, liberando una vez más mi aura, deteniendo al elfo en seco.
Kreacher se quedó paralizado, temblando ligeramente.
El peso de mi presencia era demasiado para su obediencia ciega.
“¿Cómo puede llamar escoria a esta mujer?
¿Acaso no es una Black?
¿No pertenece ella a la más noble y antigua casa mágica de Gran Bretaña?” pregunté, con una voz suave pero firme, guiando la conversación con la astucia de quien mueve las piezas de un tablero.
Walburga frunció el ceño al ver la reacción de Kreacher, congelado por el miedo.
Pero su orgullo estaba demasiado enraizado como para mostrar debilidad.
Aún con la casa en ruinas, aún con su linaje mermado, no pensaba ceder un palmo.
“Esa mujer dejó de ser parte de esta familia el día que se casó con ese sangre sucia” escupió las últimas palabras como si fueran veneno.
“Sangre sucia…” repetí con aparente pesar.
“No creo que sea apropiado hablar tan mal de los muertos.” Andromeda apretó el brazo con fuerza, tratando de conservar la compostura.
Ya habíamos hablado de esto, sabia por donde irian las cosas, pero aun así no era sencilo.
“¿Está muerto?” preguntó Walburga con sorpresa.
La expresión de su sobrina no dejó lugar a dudas.
Por primera vez, una grieta se abrió en su fachada de desprecio.
“Entonces…
¿ahora que enviudaste planeas arrastrarte de vuelta, mendigando clemencia?” dijo con tono cortante, pero el odio en su voz había disminuido…
apenas un uno por ciento, pero era algo.
“Permítame terminar…” dije, con ese tono ambiguo entre confesión y narración que oculta más de lo que revela.
“Sí, fue una desgracia que Ted Tonks —hijo de muggles y esposo de su sobrina— muriera…
por mi culpa.” “¿Tú lo mataste?” preguntó Walburga, y por primera vez su voz no sonaba a juicio, sino a genuina curiosidad.
Aquello se estaba volviendo demasiado complejo incluso para ella: su sobrina repudiada, ahora viuda, regresaba acompañada por el supuesto asesino de su marido… un hombre que hablaba como los nobles que ella recordaba.
“Sí y no…
digamos que su sobrina-nieta y yo hicimos ciertas cosas, que llevaron a otras cosas, que desembocaron en la desafortunada muerte del difunto Ted Tonks —que en paz descanse—.
Pero esa es una historia larga…
y complicada.
Como los asuntos que venimos a tratar con usted” dije con una sonrisa tranquila, confiado en cada palabra.
Walburga nos observó en silencio unos segundos.
Más que a mí, evaluaba la reacción de Andromeda, que claramente me dejaba el protagonismo de la conversación.
Finalmente, la mujer del retrato suspiró con hastío y giró levemente el rostro.
“Kreacher, prepara algo de té para nuestros…
invitados” ordenó, con un dejo de resignación, pero también de interés.
“A sus órdenes, mi señora” respondió el elfo con entusiasmo, desapareciendo de inmediato.
Hacía mucho que no recibía una tarea tan formal, y el ambiente empezaba a parecerse al de las reuniones de antaño, cuando la casa aún tenia vida y poder.
“Si no le molesta, señora Black, creo que sería más apropiado que viniera a hablarle en persona…
y también más respetuoso si me presentara con mi verdadero aspecto” añadí, con una sonrisa cortés, mirando al retrato.
Walburga alzó una ceja, intrigada.
Pero su expresión pasó de la desconfianza al desconcierto cuando vio cómo el cuerpo de Tenebrius se deshacía en un charco de sangre oscura, que pronto se disipó como niebla sobre el suelo.
Intercambió una mirada con Andromeda, quien no reaccionó en absoluto, como si aquel espectáculo fuera rutina.
Eso, más que tranquilizarla, despertó por primera vez un atisbo de verdadera cautela en la señora Black.
A los pocos segundos, unos pasos resonaron por el pasillo.
Entré por el arco de la puerta con calma, sin prisa, y me detuve frente al retrato.
Hice una reverencia algo exagerada, por puro efecto teatral.
“Permítame presentarme formalmente, señora Black.
Puede llamarme Red” dije con una media sonrisa.
“¿Cómo?” la pregunta escapó de sus labios casi sin querer, especialmente al notar mi estatura y algunos rasgos faciales que delataban mi juventud.
Se contuvo, sin embargo, y reformuló: “¿Por qué no habías venido así en primer lugar?” “Lo lamento, señora, pero tengo demasiados asustons que atender y necesito estar en muchos sitios a la vez” respondí, sin dar más detalles.
Pero sus ojos se entrecerraron, con el brillo de quien olfatea algo interesante.
“Ah, por cierto…” añadí, como si fuera una anécdota trivial “Me tomé la libertad de inutilizar tenporalmente el retrato de Phineas Nigellus Black.
Disculpe la descortesía, pero no deseo que el director Dumbledore se entere de lo que vamos a discutir hoy.” Walburga me miró fijamente.
Ya no había desprecio en sus ojos, sino escrutinio.
Si antes nos observaba con altivez, ahora lo hacía con genuina atención.
No era un cualquiera el que había cruzado la puerta de Grimmauld Place.
Y si bien la mayoría de los Black podían haber reaccionado con furia ante el sabotaje de un retrato familiar, ella pareció tomarlo como un gesto de sensatez.
No había necesidad de decir cuánto resentimiento guardaba hacia Dumbledore.
Que alguien tuviera la audacia —y la razón— de apartarlo del asunto, solo elevaba su percepción sobre mí.
“Bien…
¿de qué quieres hablar, señor Red?” preguntó finalmente, más interesada que a la defensiva.
Su mente ya trabajaba en intentar descifrar si Andromeda formaba parte activa de lo que estaba por venir, o si solo había sido un medio para hacerme pasar por esa puerta.
Sabía que la familia ya no tenía mucho que ofrecer…
al menos no a simple vista.
Pero había tesoros ocultos, secretos bien guardados, y la idea de que alguien pudiera conocerlos la inquietaba.
“Bueno, creo que lo mejor será presentarle adecuadamente la situación…
y también quién soy” dije mientras me dejaba caer con total comodidad en un sillón, como si me encontrara en casa.
Andromeda me siguió y se sentó suavemente en el apoyabrazos, tranquila.
“Comencemos con esto…”
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