Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 345
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- Capítulo 345 - 345 341 Lady Black
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345: 341) Lady Black 345: 341) Lady Black Revitalicé a Andrómeda con mi poder, poco a poco, ayudándola a incorporarse.
Sin mi ayuda o cuidados posteriores, probablemente pasaría débil el resto del día, pero aunque me hubiera gustado dejarla descansar, aún teníamos asuntos pendientes.
El salón donde nos encontrábamos comenzaba a recuperar la calma.
El aura opresiva se disipaba y los espíritus iban desvaneciéndose lentamente.
Kreacher observó, con lágrimas en los ojos, cómo Regulus desaparecía antes de desplomarse exhausto en el suelo.
Su ayuda había sido mínima y el costo, alto… pero al menos hizo algo.
Por ello mismo también me encargué de curarlo; lo necesitaríamos para lo que venía después.
La mayoría de los fantasmas se marcharon enseguida, aunque no todos.
Algo había ocurrido con el retrato de Walburga: parecía haber perdido parte de aquella fuerza y realismo que tuvo hace unos instantes, pero tampoco se desvaneció por completo.
Se notaba que la figura en el cuadro no se sentía bien; fruncía el ceño con desagrado.
Pero eso no importaba ahora.
“¿Lo hicimos?” preguntó Andrómeda, aunque ya conocía la respuesta.
Lo sentía.
La magia de la Casa Black parecía responderle, como dispuesta a obedecer sus órdenes.
En su mente aparecían recuerdos y conocimientos que sólo la cabeza de familia debía poseer: contraseñas, secretos, propiedades, hechizos familiares, cuales eran los miembros vivos más importantes… incluso podía sentir su posición dentro del linaje, justo en el centro, como la línea principal.
“Hola… señora Black” le dije con tono burlón.
“¿Seguirá permitiendo que este humilde servidor bese sus pies, o ya no soy digno?” “Vas a besar más que mis pies” replicó, con un falso tono autoritario, antes de abrazar mi cuello y besarme con fuerza.
Fue un beso intenso, dominante, como si Andrómeda descargara toda la tensión acumulada por lo soportado en ese gesto.
Walburga no tardó en quejarse desde el retrato, pero la ignoramos.
Aun así, fui yo quien cortó el beso; había cosas más urgentes que atender.
“Tenemos invitados esperándote afuera” le recordé dandole suaves caricias.
La última barrera ya estaba casi destruida, aunque, si realmente quisiera, podría mantenerla el tiempo que deseara.
En el feudo, un clon mío absorbía sangre de las granjas para recargarla; el coste era alto, sí, pero podría prolongarla mucho más si lo necesitaba.
Andrómeda sabía que debíamos encargarnos de esos “invitados” primero.
Se levantó y se acercó al retrato de Walburga, pero no para discutir con ella —aunque la bruja seguía murmurando que Andrómeda debía comportarse con más recato ahora que era la cabeza de la familia—.
En cambio, retiró el cuadro, revelando una pared lisa… que no lo fue por mucho tiempo.
Con su varita, escribió sobre ella: Toujours Pur.
La pared blanca se transformó, revelando el escudo de la familia Black.
Andrómeda tocó una secuencia específica en los cuervos y, en la parte superior, la calavera abrió la boca, mostrando un anillo.
Sin dudar, se lo colocó en el dedo.
Al girarse, me encontró observándola con curiosidad, y decidió explicarse: “Anillo familiar.
Sirve para abrir con mayor facilidad las bóvedas ocultas de la casa y ciertas zonas restringidas… además de funcionar como garantía en Gringotts” dijo, tímida pero con un guiño picaro.
Walburga guardó silencio.
Conocía perfectamente ese anillo, pero nunca lo mencionó.
Tras la muerte de un jefe de familia, el anillo volvía a su escondite, o si el portador no lo llevaba puesto durante cierto tiempo.
Ella había esperado que Regulus lo heredara, pero ya no estaba… y jamás se lo habría entregado a Sirius.
No esperaba, sin embargo, verlo en manos de otra persona.
Sus emociones eran demasiado contradictorias como para expresarlas.
Sin retrasarlo más, le entregué a Andrómeda otro vestido y le expliqué lo que debía hacer, a ella y al elfo recién recuperado, que ahora se arrodillaba ante la nueva señora Black, reconocida por Regulus.
El vestido anterior era hermoso, pero este proyectaba una aura de autoridad mucho más acorde a una sangre pura.
Con el vestido, el anillo y una mentalidad lista para imponerse, Andrómeda estaba preparada para salir y enseñarle a todos quién era ahora…
y que la familia Black ahora había resurgido.
…
Fuera de la mansión, los ataques contra la barrera continuaban, al menos por parte de quienes aún ignoraban lo que estaba ocurriendo.
Sin embargo, en cierto momento, los rostros de Narcisa y Draco se ensombrecieron al recibir de nuevo aquel llamado, esta vez anunciando el ascenso de una nueva cabeza de la familia.
Lucius fue el primero en notarlo al ver a su esposa negar con la cabeza, una rendición silenciosa reflejada en su mirada.
La ira lo invadió al instante: golpeó su bastón contra el suelo con tal fuerza que casi lo partió, y dirigió una mirada de furia hacia la barrera y la mansión que protegía.
Había perdido… pero eso no significaba que pensara retirarse.
Dumbledore también lo percibió, comprendiendo de inmediato lo que había sucedido, aunque se mantuvo al margen.
Aunque había considerado intervenir, ahora lo único que le interesaba era observar cómo se desarrollaban los acontecimientos… y aprovechar para enviar algunas cartas a sus colegas brasileños con el fin de averiguar más sobre el “actuar” de ciertas personas.
Solo estos dos grupos entendían que todo estaba ya decidido.
Fudge y los aurores, en cambio, no tenían la menor idea y continuaban atacando la barrera como si aún existiera una posibilidad de derribarla.
Pasado un tiempo, la barrera pareció solidificarse de pronto para, acto seguido, desparramarse como agua y desvanecerse sobre el suelo.
Los aurores que la golpeaban quedaron perplejos; algunos, orgullosos, creyeron que habían sido ellos quienes habían dado el golpe final.
La mayoría, sin embargo, notó que la barrera no había sido “rota”, sino desactivada voluntariamente.
Apenas unos segundos después de su desaparición, y antes de que se pudieran dar órdenes para avanzar, la gran puerta de la Casa Black se abrió lentamente.
De ella emergió Andrómeda, caminando con paso lento pero firme, la cabeza erguida y una mirada despectiva que recorría a todos los presentes.
Vestía un traje que cualquier dama de alta cuna habría envidiado; no era extravagante, más bien sencillo, pero desprendía una innegable aura de opulencia.
“Les agradecería que no atacaran mi casa… a menos que quieran que mi familia los considere enemigos” pronunció con voz clara, cargada de una altivez que jamás había mostrado en el pasado.
“¡¿Andrómeda?!” exclamaron varias voces al unísono tras reconocerla, cada una con un matiz distinto de emoción Fudge estaba boquiabierto.
No esperaba que la persona que reclamara la Casa Black fuera ella.
Y, por lo que veía en su mano, ese anillo, lo había conseguido… lo que le provocó un dolor sordo en el pecho mientras su mente comenzaba a maquinar cómo manejar aquella situación.
En su ignorancia, creyó que, entre todos los posibles herederos Black, Andrómeda sería la más fácil de manipular y que sus propias pérdidas serían mínimas… quizá incluso podría engañarla para obtener algún beneficio.
Los Malfoy, por su parte, la observaban con un odio palpable, avanzando con paso firme hacia ella, como si estuvieran a punto de iniciar una pelea.
Claro que no lo harían; no comenzarían una disputa física delante de todos, y menos cuando la situación ya se había descontrolado tanto… aunque Lucius lo deseaba.
No podía aceptar que la herencia que su familia había esperado con ansias se hubiera desvanecido en cuestión de minutos.
Incluso Narcissa se debatía entre el disgusto de ver aquel anillo en la mano de Andrómeda y un atisbo, muy enterrado, del afecto que alguna vez le tuvo como hermana… aunque, en el fondo, sentía que le habían arrebatado algo que debía pertenecerle a su hijo.
Por otro lado, Dumbledore y McGonagall no pudieron ocultar cierta sorpresa.
Que fuera Andrómeda ya era notable, pero lo verdaderamente impactante era su porte.
Ambos la habían conocido como estudiante y después, pero ahora no solo parecía más joven —detalle que muchos otros también notaron—, sino que emanaba una actitud y un aura completamente distintas a aquella joven expulsada por casarse con un hijo de muggles “Lord Malfoy, no pongas esa cara… casi parece que vas a iniciar una guerra entre nuestras casas” comentó Andrómeda con un deje burlón hacia Lucius, que seguía acercándose.
“Hola, Señora Black” respondió él con una sonrisa forzada, apretando con fuerza el bastón “Andrómeda” intervino McGonagall mirándola preocupada junto a Dumbledore, a su lado también vino acercándose Fudge, quien hizo retroceder a los aurores.
“Profesora McGonagall, profesor Dumbledore… un gusto verlos por aquí.
Les invitaría a pasar, pero no es un momento conveniente: la casa está hecha un desastre.
Les invitaré a tomar algo en unos días, cuando la haya reformado” dijo con una sonrisa más política que cordial.
“Lo mismo para ti, Cissy… espero que retomemos aquellas reuniones secretas de nuestra infancia.
Tenemos mucho de qué ponernos al día.” Su hermana la miró con emociones contradictorias.
“Así que te has convertido en la jefa de la casa Black…” murmuró Dumbledore, suspirando, sintiéndose más viejo al ver aquella transformación en alguien que antes habría considerado una aliada confiable.
Ya no estaba seguro de conocerla.
Sonrió con cortesía.
“Felicidades, Andrómeda.
No esperaba esto de ti… pero siempre supe que te aguardaban grandes cosas.” “Buenos días, señora Tonks” interrumpió el ministro, buscando tomar el control de la situación y la conversación, pues estaba siendo ignorado.
“Black, señor ministro” corrigió ella sin mostrar ni deferencia ni desprecio.
“Ahora soy Andrómeda Black, y he recuperado mi apellido.
Además, soy Lady Black: ama y dueña de esta familia.” “Sí, bueno… la felicito por su reincorporación a la familia, pero no puede asumir la jefatura sin la aprobación del Ministerio.
No se preocupe, no será nada complicado” dijo con una sonrisa ensayada.
Fudge no pensaba aceptar tan fácilmente aquel cambio, pero veía en Andrómeda una oportunidad: Malfoy era demasiado enrevesado y astuto, pero ella, con un expediente mucho más sencillo, podría resultarle más beneficiosa como nueva jefa da la casa Black.
“No, lo siento, pero eso no es así.
Ya soy la señora Black” respondió Andrómeda con naturalidad.
“Lo quiera o no, ministro, no puede cambiarse.” El rostro de Fudge se tensó apenas, al notar que la mujer no cedía ni le daba margen para imponer su autoridad, aunque se obligó a no mostrar molestia.
“No puede simplemente tomar posesión de una familia sin la aprobación ministerial.
Pero… yo la apoyo, y puedo ayudarla.
Siempre creí que era una sanadora excepcional y una gran bruja, y creo que sería una buena líder para la familia y restaurarla de este estado en el que cayó…
un futuro prometedor… si lo consigue.
Solo tenemos que resolver ciertos asuntos legales en el Ministerio, como dicta la ley.” Continuo Fudge, tratando de parecer amigable.
A su lado, Lucius aunque no pensaba que fuera tan fácil luego de ver como se desarrolló todo, estaba apoyando en secreto al ministro para revocar esta sucesión.
“Creo que no lo entendió, ministro…” Andrómeda sonrió, esta vez con un matiz burlón.
“Ya soy la jefa de la familia Black, legalmente.
Si va al Ministerio y revisa los registros, en todas las propiedades, títulos y archivos… aparecerá mi nombre.” Sus palabras dejaron desconcertado al ministro.
La seguridad con la que las decía no era fingida y era porque eran verdad.
Este no era un simple ritual ni un acto simbólico: Andrómeda había tomado posesión real de las riquezas y las deudas de la familia.
Su nombre apareció en cualquier contrato preexistente, incluso ciertas magias respondían solo a ella en este momento.
Era, en toda regla, la jefa de los Black, y nadie, aunque quisiera, podría negarlo.
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