Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 349
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349: 345) Heroínas de Hogwarts (parte: no me acuerdo y me da paja buscar así que 1 de nuevo) 349: 345) Heroínas de Hogwarts (parte: no me acuerdo y me da paja buscar así que 1 de nuevo) En Hogwarts, otra reunión se celebraba en la guarida.
De hecho, ahora ocurrían casi todos los días; sin embargo, aunque la frecuencia había aumentado, el ánimo no lo hacía.
El ambiente se sentía pesado, como si todos supieran que algo faltaba.
“Se siente tan… raro” comentó Parvati, rompiendo el silencio con un suspiro.
“Sin Red, como que todo está demasiado tranquilo.” “Todavía hay un monstruo que petrifica a la gente y que no logramos atrapar” añadió Tracey con seriedad, tratando de darle importancia a lo obvio.
“Nah… aun así, no alcanza a lo que sería con Red” negó Parvati, encogiéndose de hombros.
“En cierto modo es relajante pero… aburrido” “Y no todos están felices con eso” intervino Padma, señalando con la mirada a quienes más había afectado su partida.
Ahí estaba Pansy, de Slytherin, devorándose las uñas como si fueran dulces Honeydukes.
Ya había tenido que visitar la enfermería por eso, pero no podía parar.
Su humor estaba tan irritable que nadie se atrevía a hablarle más de dos frases seguidas.
A su lado, Millicent estaba… bueno, “presente” físicamente, pero con la mirada perdida como si contemplara el vacío existencial.
Por otro lado estaba Hermione, enterrada en montañas de libros.
Leía sin pausa, como si quisiera devorar toda la biblioteca en una sola noche.
Nadie estaba seguro si lo hacía por buscar una solución al misterio, o porque simplemente no soportaba sentir el silencio que dejaba Red.
No muy lejos de ella, Lavender no dejaba de escribir, como si fuera una máquina sobrecargada.
Las chicas no entendían por qué, pero parecía estar canalizando una energía desbordada de esa manera.
Sin embargo, no permitía que nadie leyera lo que escribía, lo que resultaba molesto.
Sudando, jadeando y con el rostro enrojecido, lo que plasmaba en el papel debía ser tan sorprendente como para provocarle tal excitación…
pero era mejor para sus mentes inocentes que jamás lo descubrieran.
Mientras tanto, Luna y Ginny cuchicheaban entre ellas.
Nadie entendía muy bien de qué hablaban, pero al menos parecían conformes con tenerse mutuamente.
Algo turbias, sí, pero dentro de todo… funcionales.
Susan, en cambio, era un caso aparte.
Si continuaba a ese ritmo, haría que todos engordaran.
Al irse Hannah y Red, sus amigos más cercanas, se sintió desolada.
Aunque el resto de las chicas intentaron acogerla, ella había perdido su seguridad.
Se refugió en la cocina, horneando y llevando comida a todos sin cesar, como si creyera que la comida era la única forma de mantener su amistad.
Las chicas, para no hacerla sentir mal, seguían aceptando, aunque algunas ya notaban los kilos de más que estaban ganando.
“Vamos chicas, no se fue hace tanto” dijo Penélope al llegar, observando la escena: un grupo disperso, entre el desánimo y la gula.
“¿Nos escribió algo?” preguntó Pansy de inmediato, dejando de masacrar sus uñas solo para alzar la mirada.
“No, Pansy” respondió Penélope con resignación.
“Le escribimos esta mañana.
Tarda alrededor de un día en respondernos, incluso si lo recibió, tendriamos su respuesta al anochecer.
No insistas tanto, relájate.” “Penélope tiene razón” intervino Cho, poniéndose de pie con solemnidad.
“Queríamos demostrar que podemos resolver este misterio sin su ayuda, y ahora es nuestra oportunidad.
Dejen de lamentarse y esforcémonos por acabar con este problema antes de que vuelva.” “Sí, debemos hacerlo” apoyó Hermione, cerrando su libro con un golpe seco que resonó en toda la sala.
“Tenemos que demostrarnos que podemos lograr cosas sin él.
Nos hemos acostumbrado demasiado a que siempre esté para resolverlo todo… y no lo necesitamos… de esa forma.” Aclaró lo último en un murmullo, apretando los labios.
Las demás chicas asintieron, cada una con motivaciones muy distintas: algunas aburridas de la rutina sin ataques sorpresa, sin caos, sin las locuras espontáneas de Red; otras, las que lo extrañaban con más fuerza, simplemente buscaban algo que mostrarle con orgullo cuando regresara.
“Bien, ¿en dónde nos quedamos?”, preguntó Astoria, que se mantenía un poco apartada.
Era un año menor que la mayoría y, aunque se llevaba bien con Ginny y Luna, no la incluían en algunos de sus temas secretos.
“En que hay una posible gorgona escondida en alguna parte de los terrenos de Hogwarts,” respondió Parvati.
“Podría ser otra criatura,” añadió Padma, “pero elegimos la gorgona porque… bueno, es lo más ‘regional’.
Eso, o es algo que todavía desconocemos.” “Bien, ¿y qué más?” Preguntó Pansy, con esa expresión decidida de quien quería cerrar el caso sí o sí, aunque fuera a cabezazos.
Ella iba a presentarme la cabeza de la gorgona como trofeo de casa antes de reclamarme.
“Pues… nada más,” admitió Padma con desánimo.
“En realidad estamos atrapadas.
Incluso con el esquema de los ataques no conseguimos nada, ni siquiera un sospechoso claro.” Las chicas comenzaron a discutir a partir de ahí, repitiendo los mismos argumentos, recriminándose detalles, cuestionando si no habían dejado pasar pistas obvias.
La tensión flotaba en el aire como una nube lista para estallar, y Pansy, con los nervios destrozados, era la chispa que más fácil se encendía.
No llegó a mayores, pero la sensación de malestar era innegable.
Y mientras tanto, en silencio, cierta escritora no perdía el tiempo y volcaba todo aquello en su cuaderno con sorprendente… creatividad Escritura pervertida de Lavender: “…y así, el harén del Emperador Red cayó en el caos.
Amigas contra amigas, hermanas contra hermanas.
La ausencia de su sagrada varita de carne nos había condenado.
No había duda: las mujeres no éramos más que sacos de semen, agujeros de carne que se volvían un completo desastre si no nos usaban como juguetes sexuales…
Nuestros instintos de mujer nos obligaban a convertirnos en bestias salvajes en el momento en que no nos enterraban una buena…” “Jejejeje…” Lavender soltó una risita tonta mientras escribía, incluso babeando un poco sobre la página.
“¿Lavender?
¿Estás… bien?” preguntó Hermione, arqueando una ceja.
Lavender levantó la vista y descubrió que todas la observaban con expresiones que iban del horror al desconcierto.
Tragó saliva, se limpió disimuladamente la comisura de la boca y cerró el cuaderno de golpe, sentándose recta en un intento desesperado de parecer normal.
Claro, salvo por la mancha de humedad sospechosa que se ocultaba solo gracias a tener las piernas cruzadas.
“¿En qué quedamos?” preguntó en un tono extrañamente neutro.
“…Bien,” dijo Hermione, con dudas evidentes pero sin ánimo de profundizar más.
Prefirió continuar.
“En realidad no es que estemos tan estancadas.” “¿En serio?
Entonces tenemos alguna pista clave, ¿no?” intervino Cho, lista para lanzarse a una aventura peligrosa aunque no se librara del miedo al monstruo.
“Tenemos un sospechoso… pero no lo hemos ido a ver porque no creemos que sea él,” explicó Hermione mientras dibujaba en la pizarra la silueta de una persona con un gran signo de interrogación.
“Pero estamos en un callejón sin salida.
Aunque no sea el culpable, podría tener información que nos ayude a avanzar.” “¿Quién?” preguntaron varias al mismo tiempo, la mayoría sin tener la menor idea de a quién se refería.
“Hagrid.” Pronunció Hermione lentamente, antes de pegar una foto suya sobre la silueta recién dibujada.
El silencio se hizo denso, solo roto por algún carraspeo incómodo.
Y fue ahí cuando varias comprendieron que, efectivamente, a las chicas se les terminan pegando manías de sus novios.
En este caso, la teatralidad de Hermione era sospechosamente parecida a la mía.
Ella misma lo notó en el acto… y me maldijo mentalmente por haberla corrompido …
Las chicas aguardaron hasta bien entrada la noche para visitar a Hagrid.
No querían que nadie descubriera su investigación, así que esperaron a que el castillo quedara en silencio y luego, una por una, se escabulleron como sombras.
“Como ninjas, diria Red”susurró Tracey con una sonrisa.
“¡Cállate!” le espetó Pansy, dándole un golpe en el brazo.
“¡Nos van a descubrir!” Consiguieron llegar hasta la cabaña del guardabosques sin contratiempos, pero había un problema evidente: eran demasiadas.
Entrar todas solo serviría para incomodar a su sospechoso.
Así que decidieron que unas pocas se encargarían del interrogatorio, mientras el resto escucharía desde afuera gracias al prototipo de oreja extensible que Ginny había conseguido de Fred y George.
Hermione, Padma y Susan fueron las elegidas.
Una de cada casa… bueno, menos Slytherin, porque todos sabían que Hagrid no tenía la mejor relación con esa casa.
Nadie quiso tentar la suerte.
*toc* *toc* *toc* “¿Harry?” preguntó Hagrid abriendo la puerta, esperando ver a harry y Ron, quienes le habian mandado una lechuza diciendole que venian para charlar.
“¿Chicas?
¿Qué hacen aquí?
No deberían estar fuera del castillo a estas horas…” “¿Así que no nos invitas a pasar, pero sí estabas esperando a Harry?” preguntó Hermione con tono inquisitivo.
“El viejo guardabosques, recibiendo a dos niños en plena noche… y sin que nadie se entere…” Padma se llevó las manos a la boca fingiendo escándalo.
“¿Es Hagrid un mal adulto que quiere hacer cosas a los niños?”, susurró Susan, acurrucándose detrás de Padma en busca de protección.
“¡¿Qué?!
¡Jamás!
¡No soy esa clase de persona!” Hagrid retrocedió un paso, entre ofendido y aterrado.
Era la primera vez que alguien lo acusaba de algo semejante, y por poco no perdió los nervios.
Si hubiera sido cualquier otro tipo y no estas niñas quizas ya le hubiera dado un puñetazo.
“Tranquilo, Hagrid.
Es broma” dijo Hermione rápidamente, dándole unas palmadas tranquilizadoras en el brazo con una sonrisa sincera.
“Todos sabemos que siempre serás nuestro amigo, el guardabosques en el que confiamos para mantenernos a salvo.” El semigigante suspiró con alivio, aunque la broma no le había hecho ninguna gracia.
Apenas estaba recuperando la calma cuando Hermione continuó con una sonrisa que parecía sacada de un manual slytherin.
“Entonces… ¿podemos pasar?”(Hermione) “Esto… no es hora de…” Hagrid intentó negarse.
Sabía que estaba mal que los estudiantes rondaran fuera del castillo, y además ya esperaba a Harry y Ron.
“¿Es porque somos niñas?
¿Eres ese tipo de hombre malo?” susurró Padma con falsa inocencia.
“¿A hagrid le gustan los niños pero no las niñas?” añadió Susan en un murmullo tembloroso.
“Quizás deberíamos avisar a Dumbledore, para que al menos sepa que las chicas están a salvo…” remató Hermione con un toque de desprecio fingido.
Las tres se abrazaron, temblando teatralmente mientras miraban a Hagrid con ojos de “pobres víctimas”.
Una actuación magistral “Está bien, pasen…” gruñó Hagrid, frunciendo el ceño con evidente dolor de cabeza.
“¡Y por favor, dejen de pasar tanto tiempo con Red!” Las chicas dejaron la farsa al instante y entraron sonrientes, triunfales.
Por supuesto, solo se atrevían a bromear así porque conocían bien el corazón noble del semigigante.
La presión era apenas un truco aprendido de Red para ganar ventaja en la negociación e interrogatorio posterior.
En cuanto las chicas que esperaban afuera…
“¿Ven?
Les dije que funcionaría.
Por eso no dejamos ir a Penélope, no habría tenido el mismo impacto visual” dijo Parvati con aire satisfecho.
“Igual creo que debimos guardar la carta por si Hagrid no hablaba.
Ahora, si lo intentamos otra vez, ya no tendrá el mismo efecto… incluso podría volverse en nuestra contra” comentó Daphne con cautela.
“No importa, si no funciona siempre podemos usar la fuerza” sugirió Pansy con un encogimiento de hombros.
“No podemos derrotar a Hagrid lo bastante rápido como para no llamar la atención” replicó Cho.
“No vamos a sacarle nada a golpes.” “Entonces lo envenenamos” dijo Pansy con total naturalidad.
“O lo emborrachamos, o lo drogamos con alguna poción…” añadió Lavender, entusiasmada, mientras intentaba escribir notas en la oscuridad.
“Chicas…” intervino Tracey con tono pensativo.
“¿Creen que es verdad que cada vez nos estamos pareciendo más a Red?” Hubo un silencio.
Todas se miraron entre sí, y un leve sonrojo recorrió el grupo.
Nadie quiso responder en voz alta.
A un costado, Penélope solo suspiró con resignación: “Al menos se dieron cuenta”, pensó, temiendo por lo que deparaba el futuro a la generación del mundo mágico.
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