Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 350
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350: 346) Heroínas de Hogwarts (parte siguiente a la anterior, así que 2) 350: 346) Heroínas de Hogwarts (parte siguiente a la anterior, así que 2) Dentro de la cabaña de Hagrid, las chicas sostenían las tazas de té que él mismo les había servido y tenían en las manos unos pastelitos de roca que, evidentemente, no pensaban probar.
Se comportaban con una naturalidad impecable, como si no hubieran chantajeado al semigigante para poder entrar.
“Entonces… ¿qué las trae por aquí tan tarde?” preguntó Hagrid, incómodo.
La verdad era que ya no sabía cómo tratar con ese grupo de alumnas: demasiado listas para su edad, demasiado astutas.
“Hogwarts es un buen lugar, ¿no crees, Hagrid?” comentó Hermione con una mirada casual, tomando un sorbo de té.
“Claro que sí.
Hogwarts es el mejor lugar del mundo mágico” respondió él sin dudar, casi con orgullo.
“Pero no siempre lo ha sido… ¿verdad?” replicó Hermione, dejando la frase suspendida en el aire.
“También es un sitio donde pasan cosas terribles…
como los recientes ataques” añadió Susan, con un tono tímido pero certero.
“Eso es solo un percance temporal.
No se preocupen, Dumbledore se encargará de todo.
Él siempre encuentra la manera de resolver las cosas.” Hagrid se removió incómodo en su silla.
“Ojalá tengas razón…” dijo Hermione con voz suave, ladeando la cabeza y mirándolo con compasión.
“Porque no queremos que ocurra algo como lo de hace cincuenta años.” La tetera tembló en las manos del semigigante al escuchar esas palabras.
Hermione había apuntado directo a la herida que nunca había sanado.
“Cuando Myrtle murió…” completó la frase, bajando la mirada como si fuese demasiado doloroso recordarlo.
El rostro de Hagrid se tensó.
Los recuerdos volvieron como un golpe: las miradas acusadoras, las voces que lo señalaron, las cadenas en sus muñecas.
“Tú… fuiste al que detuvieron esa vez, ¿verdad?” preguntó Padma, con un tono de lástima más que de reproche “¡Yo no fui!” rugió Hagrid poniéndose de pie de golpe.
Su tamaño y la brusquedad del gesto hicieron que las tres chicas se sobresaltaran.
Rápidamente él mismo se dio cuenta del error y bajó la cabeza.
“No… no se asusten.
Yo no soy el monstruo que dicen…” Su voz se quebró, y los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas.
“Yo no soy el culpable…” Las tres se lanzaron al mismo tiempo.
“Está bien, Hagrid, no llores” susurró Susan.
“Lo sabemos, sabemos que no fuiste tú” añadió Padma con firmeza.
“Eres inocente, Hagrid.
Te creemos” remató Hermione.
El enorme hombre lloraba como un niño, encorvado en su silla, mientras ellas intentaban consolarlo.
No habían querido empujarlo tan fuerte, pero el tema era demasiado delicado para el semigigante.
“¿De verdad… me creen?” sollozó él, limpiándose la cara con la manga.
“Claro que sí” aseguró Hermione, inclinándose hacia él.
“Ninguna de nosotras puede imaginarte haciendo algo así.” “Entonces… ¿por qué?” preguntó Hagrid, confuso.
“Porque queremos saber la verdad” dijo Padma con una solemnidad inesperada en una niña de su edad.
“Sabemos que tú no eres culpable.
Eso significa que hay algo más, algo escondido bajo la alfombra.
Si lo descubrimos, evitaremos que se acuse otra vez al inocente equivocado y detendremos los ataques.
Nadie mas sufrirá el destino de los petrificados, Myrtle o tú.
“Pero no deberían meterse en esto… Dumbledore sabrá qué hacer” murmuró Hagrid, todavía con el nudo en la garganta.
“Hagrid…” intervino Hermione con calma, mirándolo directo a los ojos, “Dumbledore no puede estar en todas partes.
Nosotros tampoco queremos reemplazarlo… pero no podemos quedarnos de brazos cruzados.” “Ayúdanos a comprender lo que pasó.
Solo eso.” Susan apoyó su pequeña mano sobre el enorme brazo del semigigante, con una mirada tan suplicante que desarmaba cualquier defensa.
“Aunque no hagamos nada más, necesitamos saber la verdad.
Para que nunca más se culpe al inocente, ni se repita una tragedia como aquella.”Hermione remató en el momento exacto.
El silencio cayó como un manto.
Finalmente, Hagrid bajó la cabeza y suspiró con resignación.
“Yo… yo… está bien.
Les contaré lo que pasó.” Dijo con voz temblorosa, sonándose la nariz en su manga y con los ojos aún enrojecidos Las chicas contuvieron una mueca de asco al ver a Hagrid sonarse con la manga, pero aun así fueron comprensivas.
Solo ahora entendían lo duro que debía de ser para él revivir todo aquello, y en cierto modo se arrepintieron de no haber sido más cuidadosas en su búsqueda de la verdad.
“Hagrid… ¿qué pasó hace cincuenta años?” preguntó Padma con cautela, deseando arrancar la verdad de sus labios.
El miedo de estar fuera del castillo a esas horas las carcomía, cada minuto aumentaba el riesgo de ser descubiertas, pero la urgencia de la respuesta era más fuerte.
El semigigante se tomó un tiempo para recomponerse.
Balbuceó cosas sin importancia, recuerdos vagos y detalles triviales, como si buscara rodear el asunto antes de enfrentarlo.
Las chicas intercambiaban miradas, nerviosas, impacientes… hasta que finalmente Hagrid soltó lo que realmente llevaba dentro.
“…Yo tenía una mascota…” confesó con la voz quebrada.
“Pero Aragog no tuvo la culpa de nada.
Era solo una cosita pequeña y frágil… él jamás pudo haber matado a nadie.
No fue él… no fue…” repitió con frustración, golpeando la mesa con el puño.
“¿Qué es exactamente Aragog?” preguntó Padma, intentando mantener la calma.
Una parte de ella temía que esa criatura fuera realmente peligrosa, incluso aunque Hagrid la considerara inocente y que realmente sea la culpable, aunque no tendria sentido pues no podria ser el monstruo de Slytherin.
“Aragog es una acromant…” No alcanzó a terminar.
Unos golpes fuertes resonaron en la puerta, congelando a todos en el acto.
El silencio fue inmediato, cortante —Debe ser Harry —susurró Hermione, recordando lo que Hagrid había mencionado antes—.
Perdón, Hagrid, tenemos que irnos.
No queremos que nadie sepa que estuvimos aquí.
No te preocupes, lo que dijiste quedará entre nosotros.
Y haremos lo necesario para descubrir la verdad… y limpiar tu nombre.
Hagrid asintió con pesar, aunque en su interior había sentido una extraña liberación al hablar, como si un peso hubiera sido levantado de sus hombros.
“Está bien… yo distraeré a los chicos.
Pero no se metan en problemas, ¿me oyen?
Dejen que los adultos se encarguen.”(Hagrid) “Aun así, hay cosas que no sabemos.
Mañana vendremos para que nos cuentes toda la historia” dijo Padma con firmeza.
“Bien, pero no pueden venir a estas horas.” El tono de Hagrid fue suave, aunque firme.
“Vendremos por la tarde, después de clases” asintió Hermione.
Rápidamente, las tres chicas se ocultaron detrás de un sillón mientras Hagrid abría la puerta.
Efectivamente, Harry y Ron habían llegado, curiosamente con la misma intención: buscar respuestas.
Ellos, sin embargo, ignoraban que Hagrid había sido inculpado en el pasado; solo confiaban en que el semigigante pudiera saber algo.
Cuando Hagrid los hizo pasar y cerró la puerta tras ellos, las chicas aprovecharon para escabullirse afuera, deslizándose silenciosas y conteniendo la respiración.
Una vez lejos de la cabaña, soltaron un suspiro de alivio.
La misión había sido casi un éxito: ahora solo quedaba regresar al día siguiente y escuchar toda la historia Se encontraron con las demás chicas que las esperaban, y juntas se dirigieron a su guarida para compartir lo que habían descubierto.
“Acromántula” dijo Hermione en cuanto se sentaron.
“Esa era la mascota de Hagrid… y la razón por la que lo culparon.” Solo alcanzó a oír la palabra incompleta, pero fácilmente lo dedujo, comprensible luego de haber buscado sobra tantas criaturas en este último tiempo.
“¿Una acromántula?” repitió Tracey, frunciendo el ceño.
“No pudo haber sido el monstruo.
Es imposible que petrifique.
Además… ¿estás completamente segura de que es inocente?
Una alumna asesinada por una de esas criaturas sería fácil de identificar.
Si lo detuvieron, fue por algo.
No creo que los aurores se confundieran con algo tan básico.” “Tracey… cállate” interrumpió Pansy, con esa irritación que arrastraba desde hacía días.
“Claramente Myrtle no murió por una acromántula, si no ya lo sabríamos.
Y Hagrid nos lo habría admitido.
Seguramente, en ese entonces, el Ministerio solo necesitaba un culpable para calmar a todos, y como después no hubo más ataques, les salió perfecto.
Mi padre hace ese tipo de cosas a veces” agregó con amarga seguridad.
“Sí… no podemos confiar en el Ministerio” intervino Susan con voz apagada.
“Red dice que es como una cesta llena de manzanas podridas.
Claro…” añadió enseguida, ruborizada “Mi tía es una de las manzanas buenas, y ella también se queja de algunos dentro del Ministerio.” “Entonces la conclusión es clara: no podemos confiar en ellos” dijo Parvati, encogiéndose de hombros.
“Nada nuevo… pero, ¿qué pasa con los ataques actuales?” “Al menos ahora sabemos que no fue una acromántula quien los causó.
Hagrid fue acusado injustamente, pero eso solo significa que alguien más estaba detrás.” Daphne tomó la palabra, analizando con calm “Tenemos que investigar lo ocurrido hace cincuenta años: si hubo testigos, testimonios de otros alumnos, profesores, cualquiera que estuviera involucrado.
El verdadero culpable pudo haber manipulado la situación para que la culpa recayera en Hagrid… y, al lograrlo, dejó de atacar para borrar cualquier rastro.” El grupo guardó silencio un instante, digiriendo sus palabras.
“Entonces seguimos el curso” continuó Daphne.
“Mañana, además de nuestras clases, revisaremos lo que tengamos del caso de hace cincuenta años.
Y por la tarde iremos con Hagrid.
Necesitamos el resto de la historia.” Las chicas asintieron, exhaustas pero con una dirección clara.
Tras discutir un rato más, se dejaron vencer por el cansancio.
Al menos ya tenían un plan: seguir las pistas del pasado para desenterrar la verdad en el presente …
Al día siguiente, las chicas salieron de clase y, tras dejar sus cosas, se dirigieron hacia la cabaña de Hagrid.
Lo hicieron en grupos pequeños, con algunos minutos de diferencia entre unas y otras, como si fueran auténticas espías.
En realidad, no era necesario, pero el gesto tenía su encanto; hasta podía parecer adorable.
Una vez reunidas detrás de la cabaña, repitieron la misma distribución que el día anterior: solo Hermione, Padma y Susan entrarían primero.
Esta vez, Hagrid no se sorprendió con su visita.
Las dejó pasar sin demora, listo para continuar el relato de lo ocurrido cincuenta años atrás.
Sin embargo, apenas había comenzado a hablar, cuando un golpe seco resonó en la puerta.
“¡Rubeus Hagrid, ábranos de inmediato!” ordenó una voz firme y autoritaria.
El semigigante y las chicas se quedaron paralizados.
Nadie reconocía aquella voz.
Con cautela, se acercaron a la ventana… y lo que vieron los dejó sin aliento.
“Es Dumbledore…” susurró Susan, con el rostro pálido.
“Está con el ministro, varios aurores… y el padre de Draco.” “¿Qué hacen aquí?” preguntó Padma en un hilo de voz.
“Rubeus Hagrid, salga ahora o nos veremos obligados a entrar por la fuerza” repitió un auror desde fuera.
El ministro Fudge estaba allí, con el ceño fruncido, exigiendo obediencia.
Dumbledore, en cambio, mantenía la compostura, aunque su mirada destilaba desagrado.
“Ministro, esto es innecesario” dijo Dumbledore con voz grave.
“Hagrid es inocente.
Saldrá por su propia voluntad y responderá a todas sus preguntas, sin necesidad de esta humillación.” “Responderá, sí… pero desde Azkaban” gruñó Lucius Malfoy, con una sonrisa satisfecha.
Llevaba acumulando frustración tras lo sucedido con la Casa Black.
Incluso sus planes para despojar a Dumbledore de la dirección de Hogwarts no habían resultado como esperaba, pero al menos podía cobrarse una pieza importante: apartar al semigigante y debilitar al director quitándole uno de sus aliados más fieles.
Cornelius Fudge tampoco estaba de buen humor.
Los ataques en Hogwarts eran un desastre para su imagen, y más aún con los visitantes extranjeros.
Aunque la responsabilidad recaía en Dumbledore, la sombra de la incompetencia también lo alcanzaba a él.
Necesitaba un gesto contundente, una muestra pública de autoridad.
Enviar a Hagrid a Azkaban sería su manera de “resolver” el problema, sin importar la verdad ni las protestas de nadie “Hagrid… sal, por favor” pidió Dumbledore con un suspiro cansado.
Sabía que la situación estaba escapando a su control.
Por un instante, se vio tentado de acabar él mismo con el basilisco y con el eco de Tom Riddle, pero debía resistir: esa batalla le correspondía a Harry.
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