Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 351
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- Capítulo 351 - 351 347 Hagrid culpable
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351: 347) Hagrid culpable?
351: 347) Hagrid culpable?
—Dentro de la cabaña— “Ya voy…” respondío Hagrid, nervioso.
Luego se volvió hacia las chicas.
“Ustedes tienen que irse.
¡Que no las encuentren aquí!” “Pero ¿cómo…?” empezó a decir Padma, cuando un leve silbido las interrumpió.
“¡Pssst… aquí!” susurró alguien desde el rincón opuesto a la puerta.
Un ladrillo retirado de la pared dejaba ver un rostro conocido.
Cho las observaba con calma, como si todo estuviera bajo control.
“Perdón, Hagrid, luego lo arreglamos” dijo con una sonrisa confiada.
Las chicas que aguardaban afuera ya habían comenzado a trabajar, retirando ladrillos uno por uno, improvisando un pasadizo diminuto.
Bastaba para que Hermione, Padma y Susan escaparan sin ser vistas, mientras los golpes en la puerta sonaban cada vez con más fuerza.
Hagrid tardó el tiempo suficiente para que las chicas salieran de su casa.
Abrió la puerta justo cuando el grupo terminaba de devolver los ladrillos a su lugar y los sellaban de forma provisional.
Ahora, completamente reunidas, las chicas esperaban detrás de la casa, ansiosas por saber qué estaba pasando.
Finalmente, Hagrid salió de la casa.
Su expresión ya era sombría, y se ensombreció aún más al ver a Lucius Malfoy entre los presentes.
“¿Qué pasa?
¿Por qué maltratan mi puerta?” gruñó, intentando contener su furia por la presencia de Dumbledore.
“Rubeus Hagrid, queda detenido por los recientes ataques y petrificaciones de estudiantes” declaró uno de los aurores, aunque su voz tembló al enfrentarse a la imponente figura del guardabosques.
“¡Yo no he sido!
¿Cómo podría hacerle eso a los alumnos?” replicó Hagrid, con una indignación tan palpable que cualquiera podía sentirla “Está sucediendo otra vez, y mientras tú sigues en Hogwarts…” intervino Fudge, sin mostrar compasión alguna.
Quería resolver la situación rápido, y a su manera.
“Fudge…” la voz de Dumbledore sonó firme, tampoco contento con la situación.
“No puede arrestar a Hagrid sin pruebas.
Yo respondo por su inocencia” “Esto no puede quedar así, Dumbledore.
El historial de Hagrid ya es malo y no podemos arriesgarnos.” Fudge no lo miraba a los ojos; quería dejar clara su autoridad.
“Ni siquiera sé por qué no está en Azkaban todavía.
No es seguro que un criminal semigigante ande suelto”, dijo Lucius.
Era un ataque velado a Dumbledore, una de las muchas municiones que usaría para intentar sacarlo del cargo de director en un futuro muy cercano.
Hagrid lo miró con rabia contenida, pero antes de que Dumbledore respondiera, habló con voz grave: “Está bien, iré con ustedes.” No quería que Dumbledore tuviera que defenderlo otra vez y seguri causándole problemas.
“Pero sepan que soy inocente, y que el verdadero culpable sigue libre.” “Di lo que quieras” respondió Fudge con desdén.
“Cuando los ataques se detengan, podrás decirle eso al Wizengamot.
Esposenlo.” Los aurores avanzaron.
Hagrid, frustrado e impotente, no se resistió.
Se dejó poner las cadenas, apretando los puños para no cometer una locura que empeorara las cosas.
“Solo quiero decir una cosa…” murmuró, y lanzó una mirada rápida hacia detrás de su casa, donde las chicas lo observaban escondidas.
“Si alguien quiere respuestas, que siga a las arañas.
Ellas los llevarán al culpable” Dijo creyendo que ellas podrían encontrar a Aragog y que él les contaría la verdad…
una confianza que ignoraba por completo el hecho de que el resultado podría ser catastrófico.
Todos los presentes lo escucharon, pero fueron las chicas quienes lo entendieron de inmediato.
Una de ellas acababa de ver a un grupo de arañas caminando hacia el bosque.
No se quedaron a observar; ya se estaban arriesgando demasiado al ser encontradas allí.
Con discreción, se internaron en el bosque sin mirar atrás.
Ahora, su misión era aún más importante: se estaban llevando a un inocente, y debían hacer todo lo posible para liberar a Hagrid.
Fudge, Lucius y los aurores no prestaron atención a las palabras de Hagrid, convencidos de que eran simples desvaríos de un criminal.
La condición de semigigante pesaba más que cualquier argumento, y ese prejuicio bastaba para que nadie lo tomara en serio.
Hagrid bajó los hombros con pesadez.
Sabía que no estaba equivocado, pero cualquier intento de resistirse solo empeoraría la situación.
Así que decidió aceptar su arresto.
Confiaba en que las chicas encontrarían a Aragog, aprenderían algo de él y luego se lo contarían a Dumbledore, quien, al final, sabría resolver todo.
En ese instante, dos figuras irrumpieron corriendo desde el castillo hasta la cabaña, justo cuando Hagrid era escoltado hacia afuera.
“¡Hagrid!” exclamaron Harry y Ron al verlo esposado.
“¿Harry?
¿Ron?
¿Qué hacen aquí?” preguntó Hagrid con sorpresa y un dejo de dolor.
No quería que lo vieran en esa situación.
“¿Qué está pasando?
¿Por qué se lo llevan?” exigió Harry, mirando con rabia contenida a cada adulto presente, deteniéndose en Lucius, a quien de inmediato culpó en silencio.
“Hola, señor Potter” respondió Fudge con una sonrisa falsa, suavizando de pronto su tono.
“Estamos deteniendo al causante de los ataques.
Ahora puede estar tranquilo: Hogwarts vuelve a ser seguro.” “¡Pero es inocente!” gritó Ron con indignación.
“¡Sí!
No puede ser Hagrid, él jamás le haría daño a nadie” confirmó Harry, incrédulo.
La noche anterior habían estado con él y habían escuchado palabras que parecían una pista, pues a Hagrid le fue mucho mas fácil hablar de su pasado luego de ya habérselo contado a las chicas.
Esa misma pista los había traído de vuelta, buscando confirmación.
Y ahora lo encontraban encadenado.
Lucius intervino con su habitual veneno: “Hmm… Ni siquiera eres capaz de mantener el orden en esta escuela, Dumbledore.
Chicos corriendo a cualquier hora, en vísperas del toque de queda… Hogwarts ha caído muy bajo bajo tu mando.” Sonrió con crueldad.
“Tienes suerte de que este criminal no haya hecho daño al Salvador, porque entonces no habría nadie que pudiera salvarte a ti.” “¡Eso no es cierto!” gritaron Harry y Ron al unísono.
“¡Jamás les haría daño!” estalló Hagrid con tal fuerza que los aurores dieron un paso atrás, tensos por instinto al sentirlo rugir encadenado.
“Vamos, llévenselo” ordenó Fudge con impaciencia.
No había venido a estas horas para discutir, sino para que lo vieran atrapando al supuesto criminal.
Una confrontación con Harry Potter no estaba en sus planes, y no muy buena para su imagen, por lo que quería marcharse cuanto antes “¡No esperen, no se lo lleven!” gritaron Harry y Ron desesperados.
“¡Él es inocente!” “Está bien…” dijo Hagrid con voz grave, mirándolos con la única esperanza que le quedaba.
“Solo hay que seguir a las arañas.
Allí encontrarán la verdad.” “Sí, sí… tú y tus arañas” bufó uno de los aurores, empujándolo con la varita para obligarlo a avanzar.
Y entonces sucedió algo que detuvo todas las acciones y congeló el aire mismo.
No era un simple incidente como la aparición de dos niños en medio de la escena.
No.
Esto era mucho peor.
Una voz estridente, quebrada por el dolor, surgió desde el interior del bosque, como un grito ahogado que apenas encontraba fuerzas para salir.
“¡Hagrid… Hagrid!… ¡Ayuda… Hagrid!” Todos voltearon de inmediato hacia los árboles oscuros.
Lo que emergió de allí hizo que hasta los más curtidos aurores palidecieran: una acromántula gigantesca, tambaleándose en un estado deplorable, arrastrándose con sus últimas energías fuera del bosque.
Era enorme, imponente todavía, pero su cuerpo maltrecho hablaba por sí mismo: estaba casi ciega, cubierta de heridas, desnutrida al punto de parecer un cadáver viviente.
Los conocedores notaron de inmediato que no venía a atacar.
Aun así, Ron se quedó petrificado, al borde del desmayo, y aunque nunca lo admitiría, soltó un grito agudo de niña.
“¿¡Aragog!?” exclamó Hagrid, con el corazón encogiéndose al reconocer a su viejo amigo, casi como un hijo para él.
“¡Aurores, ataquen!” ordenó Fudge al instante, sacando su varita con torpeza.
Lucius, mucho más rápido, ya había liberado la suya desde el bastón, con un destello de fría intención asesina.
Nadie esperaba ver semejante criatura aparecer de la nada.
Pero antes de que los hechizos pudieran ser lanzados, la acromántula colapsó contra el suelo con un estruendo sordo.
Estaba moribunda.
“¡Aragog!” rugió Hagrid, saliendo disparado hacia ella, ignorando todo lo demás.
“¡Deténganlo!” ordenó Fudge, y los aurores lanzaron conjuros que rebotaron sin apenas efecto contra la piel resistente del semigigante.
Hagrid ni los sintió; toda su atención estaba fija en su amigo agonizante.
Se arrodilló junto al cuerpo gigantesco, con lágrimas desbordando sus ojos.
“¡Aragog, estás bien?
¿Qué te pasó?” preguntó con voz rota, acariciando con manos temblorosas la coraza debilitada de la acromántula.
“Bien… aquí está el criminal y su monstruo” proclamó Fudge con entusiasmo grotesco, incapaz de ocultar la euforia de lo que, para él, era una victoria.
Ya se veía en los titulares del Profeta: el ministro que atrapó al culpable y a la bestia.
“¡Cállese!” gritó Hagrid con un rugido atronador y acalló a todos por un instante.
“¡Aragog no es un monstruo!” se giró otra vez hacia la araña, impotente, suplicando.
“¿Qué te pasó, amigo mío?
¿Cómo puedo ayudarte?
Profesor Dumbledore… ¡por favor, ayúdelo!” “Hagrid… invasoras… de fuera…
del bosque… mis hijos… luchan… pero son demasiado… fuertes…” jadeó con dificultad, intentando advertir.
“Arañas… enemigas…” Un alarido de dolor desgarró la escena.
Entonces, de forma horrible e inimaginable, el abdomen de Aragog se abrió de golpe, como si algo explotara desde dentro.
De su interior emergió una criatura espantosa: una araña rojiza, más pequeña pero feroz, que se liberó atravesando su cuerpo.
Con una velocidad imposible se lanzó hacia el bosque.
Los aurores reaccionaron lanzando conjuros, pero la bestia los esquivó con movimientos rápidos y sinuosos, y en cuestión de segundos desapareció entre los árboles.
“¡ARAGOG!” el grito de Hagrid fue un rugido cargado de desesperación, quebrando su alma en pedazos.
Abrazó el cadáver inmóvil de su amigo, incapaz de aceptar la realidad, sollozando como un niño frente a una pérdida insoportable.
El silencio que siguió fue absoluto.
Todos los presentes estaban conmocionados, aunque en distintos niveles: horror, desconcierto, incredulidad.
Solo Hagrid lloraba de verdad por la perdida de un amigo, mientras sus lágrimas caían sobre la coraza sin vida de la acromántula.
“Ministro… ¿qué hacemos?” preguntó con voz temblorosa uno de los aurores.
Fudge, tras un breve instante de reflexión, vio en esa desgracia su oportunidad perfecta.
Ya tenía al culpable y al monstruo para mostrar al mundo; el problema de Hogwarts estaba “resuelto” y su gloria asegurada.
Enderezó la espalda y habló con solemnidad impostada: “Encarcélalo.
Llévenlo a Azkaban.
Ha sido encontrado culpable.
Y lleven también el cadáver de la acromántula como prueba” ordenó Fudge, con los brazos cruzados a la espalda.
“Fudge…
¿en serio crees que esa araña, en tal estado, pudo haber causado todo esto?”, dijo Dumbledore con una expresión seria.
Esto estaba fuera de sus cálculos.
Por suerte, Hagrid no había enviado a Harry a investigar, o estaría en peligro.
Claro, él sabía de las chicas, pero también de algunas de las cosas que ellas ocultaban y las creía capaces de salir del bosque en el momento que vieran peligro.
En ese sentido, aceptaba que las había entrenado bien, además de confiar en que yo no las habría dejado ponerse en peligro y les habría dado una forma de salvarse.
Solo tenía que esperar y observar desde lejos en un rato, aunque no sabía cuán peligroso era.
Fudge no se inmutó, al contrario, parecía disfrutar su papel.
“Claramente, es peor de lo que pensábamos” sentenció, como si estuviera dando una conferencia.
“Los ataques no fueron simples accidentes: se trata de una guerra racial entre arañas.
Hagrid orquestó las petrificaciones, atrayendo a los aurores para eliminar a los rivales de sus criaturas…
pero fracaso y lo atrapamos con las manos en la masa” Elevó la voz, como si hablara ya frente a las cámaras del Profeta: “En unos días enviaremos un destacamento al bosque para exterminar a las acromántulas y a sus enemigos.
Así devolveremos la seguridad a Hogwarts.” Nadie le creyó.
Ni Dumbledore, ni Harry, ni Ron.
Ni siquiera Lucius Malfoy, aunque guardó silencio.
Todos sabían que parecía demasiado rebuscado.
Pero el daño ya estaba hecho.
La muerte de Aragog, ocurrida en ese preciso instante y lugar, era lo peor que podía haber pasado para el caso de Hagrid.
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