Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 352
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- Capítulo 352 - 352 348 Heroínas de Hogwarts vs
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352: 348) Heroínas de Hogwarts vs.
el bosque 352: 348) Heroínas de Hogwarts vs.
el bosque Las chicas no tenían ni idea de lo que estaba ocurriendo afuera, ni que, debido a los problemas que Fudge y Lucius estaban provocando, Dumbledore no podría acudir en su ayuda de inmediato.
Su camino se internaba cada vez más en el Bosque Prohibido, y él no llegaría a tiempo hasta que ellas ya estuvieran demasiado dentro.
Avanzaban a paso rápido.
Algunas caminaban con la adrenalina y la emoción de la aventura, otras con cautela, y varias no podían evitar el miedo.
El atardecer caía, y el bosque, imponente y ajeno, se volvía cada vez más oscuro y hostil “¿Están seguras de que deberíamos estar haciendo esto?
“preguntó Tracey.
La emoción inicial se le desvanecía con cada árbol gigantesco que dejaban atrás, y empezaba a sentir el peso de lo desconocido.
“Tranquila, Tracey” respondió Parvati con confianza.
“El bosque es peligroso, sí, pero no es como si no fuéramos lo bastante fuertes para enfrentarlo.” “No sabemos qué habrá aquí” intervino Astoria, que ya comenzaba a rezagarse, aunque ya no tenia la maldición, su cuerpo era el mas débil del grupo.
“Y debemos encontrarnos con una acromántula… esas comen carne humana” “Red no nos entrenó para nada” dijo Cho, sin titubear, aunque bajó un poco el paso y agudizó la mirada como las demás.
“Además, buscamos a una araña de más de cincuenta años.
Aun si fuera tan grande como en los libros, a esa edad estaría demasiado vieja para hacer mucho.” “Las acromántulas son peligrosas, sí” añadió Hermione con calma.
“Pero somos muchas, y es solo una araña.
Si tenemos cuidado, nada malo pasará.” “¿Cómo saben que es una sola?” insistió Tracey, que no podía apartar de su mente la imagen de una araña gigante devorando personas.
“Son originarias de Asia” explicó Susan.
“Es rarísimo que aparezcan aquí.
A menos que haya encontrado pareja, no deberíamos preocuparnos por más de una.” El grupo continuó caminando, aunque algunas dudaban cada vez más.
Lo hacían por Hagrid, recordándose que era por él que estaban allí.
No es que no tuvieran miedo, sino que confiaban en que trabajando juntas podrían salir ilesas incluso en un lugar tan peligroso.
Habían sido entrenadas con dureza, hasta el punto de sentirlo casi como un acoso, pero ese esfuerzo había afinado sus reflejos y sentidos más allá de lo normal para brujas de su edad.
No eran expertas, no todavía, pero tenían razón en algo: en una situación normal, el bosque no sería un gran peligro mientras la suerte no les jugara en contra.
Pero esta no era una situación normal… y la mala suerte estaba a punto de alcanzarlas.
Avanzaban en pequeños grupos muy unidos, varitas alzadas e iluminando con Lumos.
La oscuridad del bosque se espesaba a su alrededor.
Aunque intentaban mostrarse seguras, estaban atentas a cada sonido y cada sombra.
Penelope, la mayor, permanecía aún más alerta que las demás.
Se sentía responsable de la seguridad del grupo, y había advertido desde un inicio que aquello era una mala idea.
Pero, al final, había aceptado acompañarlas.
Si iban a entrar, entonces ella se aseguraría de que nadie saliera herida.
El problema era que no pasaba nada.
Nada en absoluto.
El bosque estaba tan silencioso que no parecía natural.
Ni un crujido de ramas, ni un aleteo, ni el rugido lejano de una bestia.
Como si estuviera… vacío.
“¿No sienten algo raro?” susurró Cho.
“Sí… el aire es distinto” respondió Parvati.
“No, no es solo eso…” negó Cho, aunque también notaba que el aire parecía cargado, extraño.
“Todo está demasiado silencioso” dijo Daphne en voz baja.
“Ni un insecto, ni un pájaro.” “Y tampoco veo las arañas que se suponía debíamos seguir” comentó Padma, deteniéndose un instante.
“¿Nos hemos perdido?” “No lo creo.
Miren…” dijo Millicent, señalando hacia un árbol cercano.
En su corteza había hilos gruesos de telaraña.
Más adelante, entre los árboles, vieron otras, dispersas pero inconfundibles.
Se sintieron aliviadas: parecía que iban en la dirección correcta.
Pero no sabían en lo que se estaban metiendo.
Cada paso las alejaba más de la salida y las acercaba al corazón de un misterio.
Ese cambio en el aire no era casualidad, sino el indicio de un campo mágico en el que, sin darse cuenta, ya habían entrado Caminaron cada vez más hacia las telarañas, que aunque parecían dispersas, en realidad estaban dispuestas por todo el bosque en una formación particular… una trampa natural, un tejido inmenso que generaba una especie de distorsión en la orientación.
Cuanto más avanzaban, más difícil sería encontrar la salida.
Esa era una de las razones por las que las acromántulas habían pasado desapercibidas durante este ultimo tiempo.
Incluso para magos experimentados, o mejor dicho especialmente en ellos: la carencia de resistencia mágica y sentidos agudos propios de las bestias, esta trampa era muy eficaz.
El viaje continuó, y a cada paso aparecían más y más telarañas… pero ninguna araña.
Esa ausencia aliviaba e inquietaba a las chicas por igual.
Y fue cuando hallaron, entre dos árboles, una red tan gruesa y resistente que fácilmente podría atrapar criaturas mucho más grandes que un ser humano, cuando el grupo empezó a perder confianza.
La idea de retroceder apareció en sus mentes.
Solo el silencio absoluto del bosque —extraño, inquietante, pero también libre de amenazas visibles— las empujaba a seguir.
“Oigan, miren, encontré una telaraña roja” señaló Tracey, mostrando una red pequeña, casi normal, al pie de un árbol.
“No sabía que existían.” “Se ve rara… pero hermosa” murmuró Parvati, tentada de arrancar un trozo para guardarlo como recuerdo.
“No debemos distraernos” intervino Hermione, con el ceño fruncido.
“Tenemos que cumplir la misión y salir del bosque… Ya casi no queda luz del sol.” Al igual que las demás sentía esa extraña sensación en sus adentros de que estaban en peligro.
La advertencia surtió efecto.
Parvati suspiró, resignada, y volvió con el grupo.
Las telarañas cada vez más abundantes podían significar que estaban cerca de Aragog… pero también confirmaban que no estaba solo.
Aun así, las chicas decidieron seguir.
Tenían en mente varios hechizos para enfrentar a múltiples enemigos, y aunque se prometieron huir al menor indicio de que las cosas se descontrolarían, la mayoría avanzaba movida por un pensamiento compartido: “Si las demás continúan, no puedo ser yo la que se retire”.
El grupo prosiguió hasta que, cansadas y con esa sensación incómoda de estar siendo observadas, se detuvieron.
El silencio del bosque pesaba como una losa.
Decidieron sentarse unos minutos, comer algo y beber agua, intentando recuperar fuerzas.
Algunas estaban tan impacientes que casi propusieron gritar el nombre de Aragog para llamarlo, aunque sabían que sería una temeridad.
“Bien, chicas… seguimos” ordenó Pansy, empuñando su varita adornada con tallados de unicornio, el regalo que más confianza le daba.
“Está bien, sigamos” repitieron varias, levantándose con un esfuerzo renovado.
“¿Susan?” llamaron, al notar que la pelirroja no prestaba atención.
“¿Eh?
Perdón, es que… noté algo raro” dijo apresuradamente.
“¿No se han dado cuenta de que parece seguir siendo de tarde?
Ya debería haberse hecho de noche y no debería haber luz.” Mostró a las demás un pequeño reloj de bolsillo, regalo de su tía.
La hora era clara: la noche debía haber caído hacía rato.
Las chicas levantaron la vista.
El cielo todavía conservaba ese tono amarillento y oscuro del atardecer, como suspendido en un instante interminable.
“Sí… es extraño” comentó Millicent, que también lo había notado porque sentía en el estómago que ya era hora de la cena.
“Quizás tu reloj está mal” aventuró Tracey, aunque no sonaba muy convencida.
“No podemos quedarnos aquí esperando a ver qué ocurre” sentenció Penélope, la mayor del grupo, con una seriedad que imponía respeto.
“El bosque se volverá mucho más peligroso en plena oscuridad.
Creo que deberíamos volver.
¿Qué piensan?” Las chicas se miraron entre sí, y todas estuvieron de acuerdo.
Quizá aquella salida improvisada no había sido la mejor decisión.
Tras discutirlo unos minutos, acordaron regresar y probar nuevamente al día siguiente.
Si partían por la mañana tendrían más tiempo, más recursos… y, sobre todo, menos riesgos.
Ahora conocían parte del camino, y eso jugaría a su favor.
“Está bien, volvamos” dijo Penélope, quien por seguridad —como hacía cada tanto— comenzó a contar a las chicas para asegurarse de que todas estuvieran presentes.
Entonces notó a la única que no había abierto la boca en todo ese rato.
“Luna… ¿pasa algo?” “Nada en particular, solo estaba mirando el árbol detrás de Hermione.
Nunca vi uno así” respondió la rubia, señalando con calma Todas desviaron la mirada y se toparon con un pino extraño: el tronco, hasta casi dos tercios de su altura, estaba cubierto por decenas de protuberancias esféricas, blancas con un centro rojizo, cada una del tamaño de un puño infantil.
No quedaba espacio para ver la madera, y la visión recordaba a un sarpullido desmesurado y grotesco.
Pese a lo inquietante, había en ello algo estéticamente llamativo, lo suficiente como para atrapar la curiosidad de Lovegood.
“Debe ser una especie de hongo.
Crecen en algunos árboles; no es raro que cubran la corteza.
Aunque… este es bastante peculiar” comentó Cho con tono reflexivo Hermione, que era la más cercana, también lo encontró curioso.
Quizás fue esa chispa de infantil fascinación la que la impulsó a acercar la punta de su varita para tocar levemente una de las protuberancias.
Al primer contacto, no ocurrió nada.
Ni vibración, ni movimiento, ni olor.
Hermione incluso pensó en llevar un fragmento a Snape para que se los identificara.
Pero un segundo después, el bosque estalló en movimiento: todas las supuestas esferas comenzaron a temblar y a moverse al unísono.
“¿¡Qué—!?” exclamaron varias al unísono, con el corazón en la garganta, creyendo al principio que se trataba de alguna clase de planta mágica.
Pero no era ningún hongo.Eran cientos de pequeñas arañas blancas que comenzaron a desprenderse del tronco, cayendo como una lluvia viva sobre el suelo… y sobre las chicas.
“¡AHhhHhh!””¡Kyaaaa!””¡Aggghhh!” Los gritos desgarraron el silencio del bosque, lo bastante fuertes como para atraer a cualquier depredador cercano.
Pero en ese instante nada importaba: varias tenían arañas sobre el cuerpo, recorriéndoles los brazos, los hombros, el cabello.
Hermione, por estar más próxima, terminó prácticamente cubierta, moviéndose a tientas en un pánico sofocante.
“¡Ventus!” reaccionó Penélope con reflejos admirables.
Un violento torbellino barrió gran parte de las criaturas, arrancándolas de las ropas y piel de sus compañeras.
Las demás también se apresuraron a ayudar, lanzando encantamientos y manoteando con desesperación hasta librarse de las pequeñas patas que les reptaban por encima.
Para alivio de todas, las arañas no parecían tener intención de atacar: eran crías, aún sin colmillos desarrollados ni veneno.
De hecho, las que no habían caído sobre los cuerpos corrieron en todas direcciones, alejándose a toda prisa.
Pocos segundos después, no quedaba ni rastro de la nube viviente que había descendido sobre ellas.
El tronco volvió a lucir tan normal como cualquier otro, como si jamás hubiera albergado aquellas criaturas.
Pero las chicas habían cambiado.
El miedo y el asco seguían marcados en sus expresiones, algunas temblando con las manos rígidas.
“¿Están bien?” preguntó Pansy, con el ceño fruncido.
“¡No!
¡Creo que una de esas arañas me tocó la boca!” chilló Parvati, frotándose los labios como si intentara arrancar la sensación.
“¡No tengo ninguna más, verdad?
¡Revisen mi espalda!” pidió Padma, girando nerviosa sobre sí misma.
“¿Qué clase de arañas eran esas…?” murmuró Millicent, sintiendo todavía un escalofrío en la nuca donde una de ellas había trepado.
“Tranquilas, ya no están” aseguró Penélope, esforzándose por sonar firme mientras las inspeccionaba con la mirada.
“Lo mejor será volver al castillo.
Todas necesitamos un descanso.” Nadie protestó.
Todas asintieron, con un nudo en el estómago.
Esa experiencia había sido demasiado fuerte, y lo único que deseaban ahora era un baño caliente, ropa limpia y la seguridad de las paredes de piedra de Hogwarts.
No sería raro que alguna terminara desarrollando una fobia a las arañas semejante a la de Ron Weasley después de lo ocurrido.
Sin mirar atrás más de una vez, solo para asegurarse de que no quedaban restos de aquellas criaturas blancas, emprendieron el camino de regreso.
Algunas ya pensaban en excusas para no volver al día siguiente y delegar la misión a las más valientes.
Hermione, marchaba en un silencio doloroso: estaba al borde de las lágrimas, temblando todavía, y en susurros apenas audibles pronunciaba mi nombre, como si esperara que apareciera para protegerla.
Aun así, trataba de ocultar sus ojos enrojecidos, guardando su miedo en lo más profundo.
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