Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 354
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- Capítulo 354 - 354 350 Heroínas de Hogwarts vs
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354: 350) Heroínas de Hogwarts vs.
Jefes 354: 350) Heroínas de Hogwarts vs.
Jefes Las chicas se dividieron en pequeños grupos de una o dos, huyendo lo más rápido que podían en diferentes direcciones.
No importaba cuánto dolieran sus piernas: no se detuvieron.
No sabían a dónde se dirigían, pero seguir corriendo era lo único que podían hacer.
Algunas arañas, veloces como el viento, no tardaron en alcanzarlas.
No se lanzaban sobre ellas, ni clavaban sus colmillos, ni siquiera las golpeaban con sus patas; simplemente las seguían, a su mismo ritmo, acosándolas, como depredadores que disfrutan del miedo de su presa, esperando a que el cansancio las derribe.
Llegó un punto en el que las chicas estaban exhaustas, con la respiración desgarrando sus pechos, convencidas de que en cualquier instante caerían al suelo y serían devoradas.
Pero entonces ocurrió algo extraño: las arañas comenzaron a detenerse, una tras otra, como si hubieran llegado a un límite invisible que no se atrevían a cruzar.
Las muchachas, presas del pánico, tardaron en darse cuenta.
No miraban atrás, no se atrevían.
Solo cuando los chillidos y el retumbar de las patas desaparecieron, notaron que el silencio había vuelto.
… Millicent y Pansy corrían juntas.
Cuando comprendieron que ya no había ruidos de persecución, se transformaron de nuevo en sus formas humanas y cayeron al suelo, agotadas, jadeando con el corazón desbocado.
No sabían qué había sucedido, pero lo agradecieron con el alma.
Por mucha voluntad que tuvieran, seguían siendo niñas pequeñas que temblaban ante la idea de una muerte atroz.
Sin embargo, tampoco podían engañarse: no estaban fuera de peligro.
El lugar al que habían llegado no ofrecía seguridad alguna.
Todo era gris y apagado.
El eterno atardecer del bosque parecía haberse convertido en una noche perpetua en aquella zona.
Era un ambiente extraño y asfixiante, y aunque no comprendían por qué, sentían el aliento de la muerte flotando a su alrededor, como si en cualquier instante su hora fuese a llegar Pansy reprimió el llanto mientras intentaba escribir un último [mensaje], una despedida.
Creía que no había muchas posibilidades de sobrevivir y, recordando que aquel mensaje tardaría un día en llegar —como yo les había mentido—, lo dejó como testimonio de su último gesto de amor.
Pasaron unos minutos antes de que se levantaran de nuevo.
No tenían otra opción más que seguir adelante: volver atrás significaba encontrarse con la horda de arañas.
Así que avanzaron hacia lo desconocido, hacia el centro de aquella tierra gris.
Caminaron durante un tiempo, hasta que Millicent se detuvo bruscamente, tambaleándose.
“¿Qué te pasa, Milli?” preguntó Pansy de inmediato, apuntando su varita a todas partes con nerviosismo.
“No sé… siento que no tengo fuerzas…” su voz se volvió cada vez más débil, sus piernas cediendo bajo ella.
Pansy se apresuró a sostenerla antes de que cayera al suelo.
Millicent respiraba con dificultad, hasta que, de repente, soltó un largo suspiro… y sus mejillas recuperaron el color.
“Yo… me siento mejor” murmuró, sorprendida por la repentina recuperación.
“¿Qué pasó?” preguntó Pansy, aún con Millicent apoyada en su hombro.
Para sostenerse, puso la mano sobre una raíz sobresaliente de un árbol.
En ese instante, sintió como si toda la fuerza abandonara su cuerpo.
Fue Millicent quien la vio palidecer y, alarmada, la sacudió con torpeza.
Entonces notó que la mano de Pansy estaba pegada a una telaraña que cubría la raíz.
Intentó cortarla con la varita; le costó trabajo, como si la telaraña tuviera una resistencia antinatural, pero finalmente logró arrancar un fragmento.
Pansy respiró con fuerza, soltando un largo suspiro, y el color regresó un poco a su rostro.
Pero su mano quedó entumecida, casi insensible, todavía con restos de telaraña pegados.
“¡Es la telaraña!” exclamó Millicent.
Al alzar la mirada, el reflejo de la luna reveló algo que antes no habían notado: todo el suelo estaba cubierto por una vasta red, extendida con la precisión de un mosaico, que antes había pisado.
A simple vista, parecía un suelo de baldosas con un patrón decorativo… pero ahora sabían que era una trampa mortal.
“Quizá por eso las otras arañas no se atreven a entrar” dijo Pansy, tratando de despegar lo que quedaba de telaraña de su piel.
“Sentí cómo me drenaba poco a poco… y un frío horrible.” Avanzó con cautela hacia un espacio más abierto, evitando las hebras pegajosas que se extendían entre los árboles.
“Yo sentí lo mismo…” respondió Millicent siguiéndola.
“Tal vez sea nuestra oportunidad.
Si estas telarañas las mantienen alejadas, podríamos resistir hasta que nos rescaten… o incluso usarlas para alejarlas de allá atrás…”(Pansy) “¡Ah!” gritó Millicent de repente.
El corazón de Pansy dio un vuelco.
Se giró de inmediato para ver a su amiga, que retrocedía aterrada, tropezando y cayendo de espaldas.
En el impacto, su cuerpo tocó varias secciones del suelo cubierto de telarañas.
En cuestión de segundos, Millicent dejó de moverse.
Su rostro se volvió blanco como la cera… con la quietud de un cadáver.
El instinto de Pansy fue correr a ayudarla.
Sentía, con una certeza espantosa, que si no la liberaba pronto, esa telaraña acabaría consumiéndola del todo.
Pero entonces comprendió: Millicent había gritado por una razón.
Se obligó a mirar hacia el claro al que se dirigía.
Allí, donde la oscuridad confundía las formas, creyó ver un montón de piedras o un árbol seco.
Pero no era eso.
Era otra araña.
Una araña esquelética, de tamaño monstruoso, inmóvil hasta que percibió su atención.
Entonces se irguió lentamente, como si no tuviera ningun apuro, y giró la cabeza hacia la niña que todavía parecia respirar.
La visión la golpeó como un hechizo.
Pansy se sintió congelada, incapaz de apartar la mirada.
Su entorno se distorsionó, y durante un instante creyó que toda su vida desfilaba ante sus ojos.
Todo eso, provocado solo por ver aquella criatura.
La araña abrió sus fauces hacia el cielo, como si fuera a lanzar un chillido desgarrador.
Pansy lo vio… pero no lo escuchó.
Antes de que su cerebro pudiera interpretar el sonido, la oscuridad la envolvió por completo.
…
Hermione y Parvati corrían juntas, transformadas en sus formas animales, moviéndose con rapidez entre la espesura.
El bosque se volvía cada vez más extraño: las telarañas crecían en densidad hasta cubrir ramas y troncos como muros plateados.
No tenían otra opción más que atravesar esa zona.
Entonces lo vieron.
A lo lejos, una luz titilante iluminaba la oscuridad: el resplandor de llamas, y cerca de ellas, la silueta de una figura humana.
El corazón de ambas dio un vuelco.
La esperanza volvió de golpe: ¿sería un profesor, alguien que había venido a rescatarlas?
Con renovada energía, corrieron emocionadas hacia aquella figura.
*pum* El suelo se vino abajo.
Lo que habían pisado no era tierra sólida, sino un entramado de telarañas endurecidas y cubiertas con polvo y hojas para camuflarse.
El falso piso cedió, y las dos cayeron a un pozo profundo.
Apenas tuvieron tiempo de gritar antes de enredarse en la telaraña viscosa que cubría el interior de la trampa.
Intentaron transformarse de vuelta en humanas para usar sus varitas, pero sus cuerpos estaban demasiado restringidos, pegajosos, envueltos en hebras cada vez más apretadas.
Desde la penumbra descendió una criatura: una araña gigantesca, de movimientos fluidos, cuyos múltiples ojos brillaban con una inteligencia, como la que uso para hacer ese señuelo.
Lo más perturbador era su mirada… demasiado humana.
La criatura empezó a rodearlas, reforzando la trampa con nuevas hebras, preparando capullos humanoides para ambas.
Y cada vez que Parvati gritaba el nombre de Hermione, la araña hacía un extraño movimiento, como si llamara su atención.
…
Susan, por su parte, corría sin rumbo, desesperada.
Había perdido toda voluntad de luchar.
Durante lo que le parecieron horas se había limitado a huir, consciente de que las criaturas podían atraparla en cualquier momento.
Y, en el fondo, parte de ella deseaba que todo terminara pronto.
Finalmente llegó a una zona rocosa del bosque, cerca de la entrada a unas cuevas.
Exhausta, regresó a su forma humana.
Su ropa estaba hecha jirones, y tenía heridas en brazos y piernas.
Caminaba tambaleante, abrazándose a sí misma, más para proteger su mente que su cuerpo.
“Hmm… hay algo deliciosamente satisfactorio en ver cómo dejas de resistirte y simplemente… te rindes” susurró una voz femenina, seductora y venenosa.
Susan se quedó helada.
Sus ojos se abrieron con incredulidad, pensando que estaba alucinando.
Pero entonces lo sintió: dos manos heladas que surgieron por detrás, sujetando con suavidad cruel sus mejillas.
Por un instante creyó haberse salvado, que había encontrado a otra persona.
Una ilusión breve y frágil.
Porque a sus costados, entre la penumbra, emergieron dos patas de araña gigantescas.
Y al mismo tiempo, notó el peso de un cuerpo extraño apoyándose contra su espalda.
“¿Vas… a… matarme?” murmuró Susan entre lágrimas, sin atreverse a mirar lo que tenía detrás “No lo sé…” respondió la voz juguetona, seguida de una risita aguda.
Las manos humanas se apartaron de su rostro y en su lugar sostuvieron un solo hilo de seda, grueso y resistente como el acero.
“Y-yo… no quiero… que duela…” sollozó Susan, temblando.
“Eso no lo decides tú” replicó la figura, divertida.
“Pero si gritas lo suficiente… quizá me entretengas lo bastante como para no castigarte antes de llevarte con mis hermanas.” Con un rápido movimiento, la criatura manipuló el hilo y lo lanzó sobre el indefenso cuerpo de Susan, que quedó atrapada en un instante.
La joven soltó un grito de puro pánico, resonando en la caverna mientras el eco se mezclaba con una risa oscura que parecía provenir de todas partes.
…
Daphne había tenido suerte… o al menos eso parecía.
Desesperada, había terminado en la misma zona gris donde antes se internaron Pansy y Millicent, aunque en otro sector.
Durante un instante pensó en esconderse allí y esperar, pero recordó a su hermana.
El recuerdo de Astoria fue suficiente para vencer la lógica y el miedo.
Aunque sabía que era arriesgado, incluso estúpido, salió a buscarla.
En esa búsqueda, tropezó con algo inesperado: una araña enorme, de aspecto dorado, con inscripciones circulares brillando en todo su cuerpo.
Daphne se quedó paralizada, convencida de que sería devorada al instante… pero la criatura permaneció inmóvil, como si fuese una estatua.
Lo más extraño era que ninguna de las demás arañas se atrevía a acercarse a ella.
Cansada, temblando de agotamiento, tomó una decisión arriesgada: trepó al cuerpo de la araña dorada y se aferró a él.
La superficie era fría, dura y extrañamente reconfortante.
Allí, Daphne se acurrucó y cerró los ojos, rindiéndose al sueño.
No sabía que, en cuanto ella se quedó dormida, la araña dejo atras esos pocos movimientos regulares… y comenzó a caminar lentamente hacia el centro del bosque.
…
En cuanto a Astoria, había sido la más desafortunada con el tiempo.
A cualquiera le parecería que su forma animaga de mariposa le daría ventaja: pequeña, rápida, casi invisible.
Pero no fue así.
Apenas escapó de la nube de niebla que había cubierto su retirada, quedó atrapada en la telaraña tendida entre los árboles.
Allí no había arañas gigantes, sino otras más pequeñas, adaptadas a presas diminutas como ella.
Atacaron sin piedad, envolviéndola en un capullo brillante antes de cargarla y llevársela entre las sombras.
…
Las últimas en permanecer libres fueron Ginny y Luna.
Contra todo pronóstico, eran las que mejor les había ido.
Luna había recuperado su forma humana para treparse a la espalda de Ginny, que seguía galopando como un corcel, y desde allí lanzaba hechizos que abrían el camino.
Juntas avanzaron más lejos que ninguna de las demás.
Pero entonces algo cambió.
Las arañas que las perseguían comenzaron a titubear… y luego se detuvieron.
Una sensación de terror recorrió la horda, como si hubieran percibido algo mucho más terrible que ellas mismas.
Una de las perseguidoras se adelantó con movimientos temblorosos, poniéndose frente a Ginny y Luna.
Estaban listas para destruirla, cuando un mensaje apareció frente a sus ojos, suspendido en el aire como una instrucción invisible: [Síganla.
Salgan del bosque.
Regresen al castillo.
Hablen cerca de los cuadros de como terminaron este viaje y como es malo que sin dejarles descansar tengan que hacer recados para las demas chicas que ya estan en la guarida]
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