Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 356
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356: 352) Rescate 356: 352) Rescate Daphne despertó aterrada.
Había caído dormida sobre Goldie, agotada hasta el límite.
No se dio cuenta en qué momento la araña, para asegurarse de que nada saliera mal, la metió en su boca y la mantuvo allí como prisionera.
La pobre niña había permanecido atrapada en la oscuridad de aquellas fauces metálicas, incapaz siquiera de volver a su forma humana por el espacio reducido.
Ahora, cubierta de los fluidos viscosos de la araña, se encontraba en un lugar desconocido, rodeada de decenas de criaturas, cada una más aterradora que la anterior.
Habría sido lógico que le diera un ataque al corazón en ese instante… pero entonces me vio.
Yo estaba allí, mirándola.
Daphne se deslizó rápidamente hacia mí y se enredo en mi pierna, temblando de puro miedo.
Incluso si pensaba que yo era una alucinación, prefería abrazarse a ese único rayo de luz en medio de aquella pesadilla.
“Tranquila, Daphne.
Todo está bien ahora.” Le acaricié la cabeza, con suavidad.
Al sentir el tacto de mi mano, y notar que las arañas no se movían ni la atacaban, comenzó a comprender que no se trataba de una visión pre-muerte.
Recuperó algo de claridad y volvió a su forma humana, aunque no se apartó; al contrario, se abrazó aún más fuerte a mí, con los ojos fijos en las arañas que la rodeaban.
“¿Red?” preguntó con voz temblorosa, sin entender si estábamos a salvo o no.
“Tranquila, no te harán nada… ¿verdad, niñas?” dije, consolándola.
“No dañar presa de Papá…” respondió una de mis hijas, como confirmando mis palabras.
El cerebro de Daphne pareció entrar en cortocircuito ante esa declaración.
Estaba más confundida que nunca, pero al menos comprendió algo: ya no estaba en peligro inmediato.
“Perdón por todo esto, Daphne.
No esperaba que entraran al bosque… Les traeré un helado cuando volvamos.” La separé suavemente para poder moverme.
Ella no sabía cómo reaccionar ante esta situación; seguía muy cerca de mí, tratando de recomponerse.
Me acerqué a la mesa donde yacían los capullos y comencé a abrirlos.
El primero fue el de Hermione.
Estaba medio consciente, con los ojos enrojecidos por el veneno.
Cuando me vio, sus pupilas se llenaron de miedo.
No solo por lo que había sufrido, sino porque había estado semiconsciente todo este tiempo… y escuchado parte de mi conversación.
Sin dudar, lancé un hechizo de olvido sobre ella y luego la puse a dormir.
No pensaba borrar todo, solo las partes más traumáticas.
Cierta experiencia podría ser útil para ellas, pero no quería quebrarlas.
Daphne, a mi lado, observó cómo modificaba la memoria de mi supuesta “novia” sin vacilar.
Tembló, asustada, pero su mente ya había empezado a funcionar con más claridad, razonando lo que sucedía.
Aunque seguía aterrorizada, trató de controlar el miedo.
Después liberé a las hermanas Patil.
Con ellas repetí el mismo procedimiento: olvido y sueño.
Luego fue el turno de Penélope, pero en su caso solo la liberé y la acosté junto a las demás.
Acto seguido empecé a eliminar el veneno de sus cuerpos y a cerrar las pequeñas heridas.
Por suerte, como el objetivo había sido capturarlas, el veneno era leve, más paralizante que dañino La primera en recuperarse fue Penélope.
Aunque aún estaba débil, recobró casi toda la conciencia.
Me miró, y en sus ojos brilló un suspiro de alivio: para ella, mi presencia significaba que todo estaría bien.
Sin embargo, al igual que Daphne, se sobresaltó al ver a las arañas que nos rodeaban.
“Red… ¿dónde está mi hermana?” preguntó Daphne, juntando valor entre temblores.
“¿Dónde está su hermana?” repetí a mis hijas.
“Debe ser la más pequeña y débil de todas las chicas capturadas: cabello rubio, casi blanco platino, piel pálida… prácticamente parece una niña enferma.” “No hay tal chica”, respondió una de mis hijas, y las demás asintieron.
“Lo más pequeño que capturamos que olía a ti fue una mariposa”, añadió otra.
“Es ella”, murmuró Daphne, aún con miedo, pero comprendiendo que las arañas no iban a hacerles daño.
“¿Están las demás bien?” preguntó Penélope, también dándose cuenta de lo mismo.
“Tranquilas, están bien.” Les aseguré a las dos antes de volverme a mis hijas.
“¿Dónde está esa mariposa?” Aracne alzó un dedo hacia lo alto de la pared de la cueva.
Allí, un pequeño capullo estaba pegado entre las telarañas, casi invisible.
Suspiré y solté una risa baja.
Qué cómico —y aterrador— habría sido olvidar a la pequeña Astoria por una estupidez así.
Aracne trepó y bajó con el capullo en sus manos, sosteniéndolo con una delicadeza impropia de ella.
Había entendido que estas niñas no podían ser dañadas.
Rompí el capullo y encontré dentro a Astoria, en su forma de mariposa, desmayada.
Su fragilidad había hecho que, apenas capturada, perdiera el conocimiento sin llegar a darse cuenta de nada.
Mejor así.
Aunque debía curarla y fortalecerla en el futuro, o esto se repetiría La revitalicé con mis poderes y pronto comenzó a moverse.
En un destello, recuperó su forma humana: una niña recién despertada, aturdida y somnolienta.
“Daphne?” murmuró, desorientada.
“¡Astoria!” gritó Daphne, abalanzándose sobre ella para abrazarla.
Las dejé disfrutar de ese reencuentro mientras revisaba la condición de las demás.
Penélope ya estaba evaluando a Susan, Hermione y a las hermanas Patil, aliviada al comprobar que estaban estables, aunque no podía ocultar la incomodidad de tener a tantas arañas observándolas con curiosidad.
“¿Dónde están las demás?” pregunté a Araña Hermione.
“Conectadas a la Red Roja…” respondió, señalando la salida de la cueva.
“Uff… y yo que quería que no fuera tan traumático.” Suspiré y le hice una seña a las chicas.
“Vamos a buscar a las demás.” Luego miré a mis hijas.
“Ayúdenme a cargar a las inconscientes.” Ellas obedecieron de inmediato.
Con un poco de telaraña fijaron a Susan, las hermanas Patil y a Hermione sobre sus espaldas, mientras yo emprendía el camino guiado por Araña Hermione.
Penélope, Daphne y Astoria temblaban de intriga y miedo, sin atreverse a alejarse de mí.
Quedarse solas en esa cueva no era opción.
Avanzamos hasta encontrar a la primera víctima enredada en la Red Roja: Tracey.
Estaba inconsciente, suspendida en los hilos Toqué la telaraña, enviando un mensaje a Reina Roja para que retirara su mente de la de Tracey y de las demás chicas.
No quería que sufrieran daño accidental al liberarlas.
Con la ayuda de las pequeñas criaturas vinculadas a la Reina Roja, saqué a Tracey de la red y la deposité en el suelo.
Usé un poco de legilimancia para revisar su estado mental tras la invasión de la Telaraña Roja, y luego lancé un hechizo de olvido y modificación de memoria para borrar lo peor.
Una vez estabilizada, la entregué a mis hijas para que la cargaran con el resto.
“Vamos por las siguientes”, dije con calma.
“Sí, Padre…” respondió Araña Hermione, avanzando para buscar a las demás.
Pocos metros después encontramos a dos chicas más: Millicent y Pansy.
A simple vista parecían cadáveres.
El aura de la muerte las rodeaba con fuerza; era evidente que se habían cruzado con Fantasma y que apenas habían sobrevivido.
No podía perder tiempo.
Las bajé con cuidado y comencé a restaurar su vitalidad antes de que cruzaran definitivamente el umbral.
Al mismo tiempo realicé una ligera modificación en sus recuerdos, limpiando solo la parte afectada por la conexión con la telaraña roja.
El resto lo dejé intacto.
Con una fuerte inyección de energía vital, ambas dieron un jadeo estremecedor, como si regresaran de las profundidades, antes de abrir los ojos “¡Red!” fue Pansy la primera en reaccionar, lanzándose a mis brazos con desesperación.
“Arañas… ¡tantas arañas!
¡Muerte, corre!” exclamó, repitiendo lo primero que le vino a la mente, incapaz de separar la realidad de la memoria reciente.
“Tranquila, ya todo pasó” le aseguré, acariciando también la cabeza de Millicent, que seguía paralizada al notar las siluetas de mis hijas detrás de mí.
Pansy, al girarse, vio lo mismo y estuvo a punto de soltar un grito.
La abracé con firmeza, interrumpiendo el pánico antes de que explotara.
“Shhh… calma.
No van a hacerte daño” le susurré.
Mis palabras parecieron ser lo único capaz de anclarla; podía sentir cómo su cuerpo temblaba, pero se forzó a creerme.
“Perdón… padre…” la voz etérea de Araña Fantasma rompió el silencio, cargada de culpa.
El efecto fue inmediato.
Su tono arrastraba ecos de muerte, y las chicas presentes lo sintieron como una puñalada en el alma.
Millicent y Pansy, que ya habían sufrido ese poder, se encogieron de dolor, con la sensación de que otra vez sus espíritus se desprendían de la carne.
Incluso la frágil Astoria, incapaz de resistirlo, se desplomó en brazos de su hermana, aunque aun conciente.
“Modera el poder de tu voz, Fantasma” ordené con calma.
Aunque no era letal de inmediato, escucharla sin resistencia podía desgastar la vida de uno y ser fatal a largo plazo.
“¿Pa… padre…?” tartamudeó Pansy, mirándome con incredulidad, incapaz de procesar lo que había escuchado.
“Es una larga y compleja historia…
se las contaré algún día”, dije, sin aclarar que el ‘padre’ de esas arañas era bastante literal, dejando la verdad a la interpretación.
“Solo tienen que saber que ellas están de nuestro lado.
De hecho, solo sobrevivieron porque sintieron que tenían una relación conmigo; de lo contrario, ya serían comida de araña, o algo peor…” La confesión dejó a las chicas sin aliento.
Haber sentido la muerte tan de cerca y descubrir que su única salvación residía en ese lazo invisible era una mezcla amarga de alivio y terror.
La intriga crecía, pero ninguna estaba dispuesta a seguir preguntando allí mismo.
“Vamos a rescatar a las que faltan” dije finalmente, levantándolas del suelo y continuando con la búsqueda.
El camino continuó, y las chicas se pegaron a mí como si mi sola presencia fuera su única garantía de seguridad.
La sombra de mis hijas araña las incomodaba profundamente, pero no se atrevieron a cuestionarlo.
La siguiente que encontramos fue Cho.
Su estado era, junto con Millicent y Pansy, el peor de todos.
El veneno en su cuerpo y sus heridas eran graves; de hecho, haberla dejado conectada a la telaraña roja fue lo único que mantuvo sus signos vitales.
La escena era inquietante: inconsciente, con los ojos abiertos, inyectados en rojo y supurando pus por los lagrimales.
Me concentré en sanarla mientras permanecía enredada, estabilizando su condición antes de bajarla.
Poco a poco el veneno retrocedió y el color regresó a su piel.
Al fin, cuando estuvo a salvo, la coloqué sobre el suelo y completé los demás cuidados necesarios.
Las niñas observaron en silencio, con una mezcla de temor y alivio, cómo Cho pasaba de un estado cercano a la muerte a respirar con calma.
Todas habían cargado la culpa de creer que no lograron salvarla esa ves y que la habían perdido para siempre; ahora, verla recuperarse les devolvía fuerzas.
Incluso Penélope, la más templada, soltó un largo suspiro que revelaba el peso liberado de su conciencia.
Cho estaba estable.
Como las demás, necesitaría descanso, pociones y buena comida, pero se recuperaría.
La entregué también a mis hijas para que la cargaran.
“Vamos.
Solo queda una más.” dije, marcando el final del camino.
Las chicas se sintieron inmensamente aliviadas de que esto estuviera a punto de acabar.
Su único deseo era escapar del bosque para siempre, volver al castillo y enterrarse en sus camas.
La experiencia había sido un golpe de realidad brutal, mostrándoles lo indefensas que eran ante peligros que jamás habían imaginado.
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