Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 357
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357: 353) ¿Ultimo Rescate?
357: 353) ¿Ultimo Rescate?
Lavender estaba un poco más lejos, pero no tardamos en llegar con la guía de mis hijas.
Su cuerpo colgaba de la telaraña, cabeza hacia abajo, retorciéndose débilmente en la inconsciencia… aunque, para sorpresa de todos, tenía una ligera sonrisa en el rostro.
A su lado esperaba la Reina Roja, que ya había terminado de dar órdenes a sus arañas para que comenzaran a retirar las telarañas —normales y rojas— de toda la zona.
“Hola, mi niña” dije mientras acariciaba tranquilamente a la Reina Roja.
Las chicas se quedaron petrificadas.
Después de lo vivido, ninguna podía concebir la idea de tocar a una araña gigante, menos con cariño.
A sus ojos, yo estaba completamente loco por hacerlo.
Al notar algo extraño en mi hija, me agaché para que pudiera susurrarme su preocupación sin que las demás escucharan.
Era raro verla tan incómoda, pero al fin entendí por qué.
“Chicas, esperen un poco.
No se preocupen, no les harán daño” dije antes de levantar una barrera que bloqueaba visión y sonido alrededor de mí, la Reina Roja y la red donde estaba Lavender.
Acaricié la cabeza de mi hija en señal de consuelo y me dispuse a tratar a Lavender.
Su estado no era grave: solo debía reponer algo de su energía.
No estaba envenenada ni herida como las demás debido a la forma en que fue capturada.
Cuando estuvo más estable, dejé que las arañas de la Reina Roja comenzaran a retirarla de la red.
Era un proceso delicado: la telaraña estaba conectada al cuerpo de la víctima y si no se hacía con cuidado, podían lastimarla.
Por suerte, la Reina Roja ya había cortado la conexión mental profunda, dejando solo un enlace superficial para vigilar el estado de la prisionera.
El problema vino cuando Lavender, al estar relativamente bien y no haber sido noqueada, comenzó a recuperar la conciencia en medio del proceso.
Lo primero que vio fue a mí, liberándola.
Y entonces… “¿Red…?” murmuró con voz débil, antes de abrir los ojos con una sonrisa extasiada.
“Ya es tarde para salvarme… ya soy una con la colmena… mi cuerpo, antes tuyo, ha sido reclamado por la Reina… seré usada como sustento para sus crías… ¡mi carne dará vida a camada tras camada de arañas que conquistarán el mundo!” Su expresión se encendía como la de una fanática religiosa.
“Lavender Brown ya no existe… solo queda la fiel incubadora de la Reina… ¡Su maquina reproductora!” continuó, con voz cada vez más exaltada.
“Tu… tu semilla ya no puede purificarme, mi cuerpo solo existe para recibir los innumerables óvulos de mi ama… y parir hasta el fin de mis días…
Ama…
mi Ama…
¡úsame!
¡PROFÁNAME para extender su prole por el mundo!
¡Conviértanos a todos en simples úteros vivientes para la raza superior!” La Reina Roja, a un lado, empezó a temblar.
Movía los colmillos como si intentara espantar moscas invisibles, mientras emitía un chirrido agudo y nervioso.
Lavender, lejos de detenerse, redoblaba la apuesta: “¡Sí!
¡Hazlo!
¡Destroza mi cuerpo, consume mi mente, arranca mi alma y convirtámonos en las vasijas de la colmena eternaaa!
¡Ese es nuestro único destino y razón de existir!” Fue entonces que le solté un par de bofetadas.
“¡Lavender, cálmate!
Estás alterando a la Reina Roja” dije, señalando a la pobre araña, que parecía sufrir cosquillas en el cerebro.
“¿A-ama?
¿Ella también te atrapó…?” balbuceó Lavender, mirándome con ojos vidriosos y aún más excitada.
“¡Claro, nadie escapa!
Ni siquiera tú… ahora serás parte de la colmena… ¡Juntos pariremos las arañas más fuertes que dominarán este mundo!
¡Nunca fui tan feliz, Red… compartir este destino contigo es lo más hermoso que me ha pasado…!” Me froté el puente de la nariz mientras veía a Lavender tenia un orgasmo con sus propios delirios.
Lo peor era que, debido a la conexión con la telaraña roja, podía notar que tanto la Reina Roja como las arañas más pequeñas de la red estaban teniendo problemas para coordinarse, como si también estuvieran recibiendo parte de ese estímulo enfermizo “¿Cómo es posible que tu mente podrida pueda alterar algo que roza el apocalipsis?” murmuré, sujetándola mientras terminaba de arrancar los últimos hilos que la retenían.
“No deberías ser tan fuerte…” “Abrázame, Red, mientras nuestra ama nos usa como incubadoras…
te gustará…” susurró con esa sonrisa bobalicona, como si no entendiera que ya estaba fuera de la red “Lav… ella no va a hacerme eso.
Es mi hija.
Literalmente, mi hija biológica.” La seguí abofeteando un poco, intentando que reaccionara “¿Qué?!” pareció reaccionar por un segundo, pero enseguida retomó el rumbo demente.
“¡No puede ser…!
Entonces fui tomada por la hija de mi amor… Tú no llegaste a tiempo, ya es tarde, ahora soy parte de la colmena, mi cuerpo ya fue modificado, escucho su voz en mi mente… Lo siento, Red, pero me perdiste en las patas de tu propia hija… Al menos podré darte muchos nietos araña que dominarán la Tierra… Aunque sé que tu dolor al verme unida para siempre a la telaraña debe destrozarte… Quizás en tu sufrimiento vengas a verme, mientras estoy llena de huevos, y… te masturbes mientras lloras viendo lo que perdiste… contra lo que no puedes hacer nada…” “Lav” suspiré.
“Primero: mi hija aún no te hizo nada, tu cuerpo está perfectamente… a diferencia de tu cabeza, que sí está hecha un desastre.
Segundo: ya estás fuera de la red.
Y tercero: la influencia que tuviste fue mínima, porque mi hija no quería dañarte al sentir que tenías una relación conmigo.
De hecho, eres tú la que más daño le está causando a ella… con todos tus pensamientos degenerados.” Señalé a la Reina Roja.
“¿Ama?” Lavender la miró, y recién ahí se dio cuenta de que la presencia en su mente era la misma araña que tenía delante.
Le dedicó una mirada con ojitos de corazón, enamorada de su propia fantasía hecha carne… o patas.
La pobre araña retrocedió un paso, alzó los colmillos y lanzó un chillido de incomodidad.
“Yo también quiero…” balbuceó Lavender con lágrimas en los ojos.
“Pero le pertenezco a tu padre… aunque estoy segura de que, si él me lo permite, podría parir tus crías… convertirme en la máquina reproductora que siempre soñamos…” “En realidad, lo que te está diciendo es que te alejes.” Aclaré con un suspiro.
“Te tiene un poquito de miedo.” Era sorprendente lo que una mente degenerada podía lograr: traumatizar a una criatura diseñada para someter la mente de otros.
Claro, la Reina Roja podría haber destruido a Lavender desde el principio, pero esa restricción de no hacerle daño fue lo que la debilitó.
Al inicio, los pensamientos de Lavender se mezclaron con la red sin problema, pero cuando su psique se hundió más profundo en la mente de la Reina Roja, esta notó lo invasivos que eran sus delirios inconscientes.
Y como nunca había tenido interés ni experiencia en las depravaciones cotidianas de Lavender, no supo cómo contrarrestarla.
Me tomé un rato en explicarle la situación para que volviera al mundo real… pero ella se fijó en lo menos importante.
“¿¡Entonces lo has hecho con una araña!?” preguntó emocionada, con una euforia que reemplazaba al asco que cualquiera sentiría.
“¿Y engendraste a estas… súper arañas… como la ama Roja?” dijo mirando con deseo a la Reina Roja.
“Por favor, deja de llamarla “ama”.
Es mi hija…” murmuré, frotándome la sien “Cierto… soy tu pertenencia.
Debes sentir que me estás perdiendo y…” volvió a divagar, hasta que cambió de tema.
“¡Entonces puedes reproducirte con cualquier cosa, engendrando monstruos cada vez más grotescos?!” “Sí, probablemente… ¿pero escuchaste alguna de las otras cosas que te dije?” respondí con frustración.
“¿Podrías dejar que una de tus hijas me devore y me mantenga en su estómago… y que la ama Roja me embarace… o que ambos, padre e hija, lo hagan juntos… y luego alguien más me coma?” dijo Lavender con un brillo enfermizo en los ojos.
“Stupefy” recité, lanzándole el hechizo Lavender cayó al suelo, inconsciente.
La miré con indiferencia.
Quizá debería haberlo hecho desde el principio.
Era sorprendente el monstruo que había creado… y no hablaba de mis hijas arañas.
Quité la barrera y cargué a Lavender, llevándola con las demás chicas inconscientes.
Mientras tanto, la Reina Roja corrió a ayudar a retirar las telarañas junto a sus crias.
No era labor de una reina, pero prefería eso a estar cerca de Lavender, incluso dormida.
Las chicas habían permanecido tensas todo ese tiempo.
La presencia de las arañas las había aterrado, y nadie se había atrevido a hablar.
Solo un silencio incómodo llenaba el aire.
“¿Está bien?” preguntó Penélope, preocupada por Lavender.
Su rescate había tardado demasiado, y la barrera levantada por mí solo le confirmaba que algo grave había pasado.
“Diría que demasiado” resoplé.
“Bien, terminemos con esto.
Astoria, ven.” Levanté mi varita.
“¡Red!
Eso… no necesitas borrarle la memoria” saltó Daphne, aunque sin mucho ímpetu, adivinando lo que iba a hacer.
“Tranquila.
Soy bueno en esto.
No dañaría su mente.
Si no, no me habría atrevido a hacerlo con las demás” dije, intentando calmarla.
“No… es que… no hace falta.
Puedes confiar en ella como confías en mí.
Nosotras dos, ambas hermanas, estamos dispuestas a servirte con todo nuestro corazón.
Ella guardará tus secretos como si fueran suyos” dijo Daphne rápidamente.
Estaba siendo sincera, vendiéndose a sí misma y a su hermana al demonio… o sea, a mí.
Había visto mi potencial y decidió seguirme, pero tras conocer la existencia de estas arañas que me llamaban padre, comprendió que apenas había rascado la superficie de mi poder.
No creía del todo que fueran mis hijas, pero el simple hecho de comandarlas ya era aterrador.
Antes, pensaba sacrificarse para proteger a Astoria, pero ahora no.
Daphne entregaba a su hermana como parte del “combo”.
Creía que sirviéndome sería la única forma de asegurar un futuro estable para ambas.
Yo ya no era un buen líder: era un tirano en potencia, y ella lo había entendido.
Como buena Slytherin, estaba dispuesta a sacrificar lo necesario, incluso sus cuerpos, con tal de sobrevivir y asegurar su lugar.
“Supongo que está bien… aunque haré un pequeño arreglo para asegurarme de que si alguien revisa vuestras mentes, nadie vea más de lo que debe… con todas ustedes” acepté.
Después de todo, no iba a rechazar la lealtad de un par de hermanas tan dispuestas a ofrecérmela.
Astoria estaba confundida y aterrada, pero no contradijo nada de lo que dijo su hermana.
Confiaba en que Daphne estaba tomando la mejor decisión, aunque no la entendiera.
“Bien.
Entonces… ¿alguien quiere que le borre recuerdos?
Confío en ustedes porque todas son mis mujeres y gente de confianza.
Pero si sienten que lo que vivieron es demasiado, puedo diluirlo un poco.” Golpeé suavemente mi varita contra la palma “¿¡Millicent también es tu mujer!?” exclamó Pansy, sorprendida.
Claro, las demás también reaccionaron: nadie sabía cuándo se había sumado a la lista.
“Sí… mal momento para presentaciones, pero luego habrá tiempo.
Ahora… ¿alguien quiere un pequeño borrado de memoria?” pregunté una última vez.
Al final, ninguna aceptó.
Pese al miedo y el horror, nadie quiso olvidar lo vivido Con todo listo, varios clones cargaron a las inconscientes y emprendimos el camino de regreso a Hogwarts junto al resto.
Aún quedaban cosas que hablar en la Guardia antes de que yo desapareciera de nuevo.
También dejé un clon con mis hijas arañas, para devolverlas al [Feudo].
Había sido un día demasiado intenso para muchos.
El amanecer llegaba cuando por fin pizamos el castillo.
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