Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 358
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- Capítulo 358 - 358 354 Heroínas de regreso a Hogwarts
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358: 354) Heroínas de regreso a Hogwarts 358: 354) Heroínas de regreso a Hogwarts Entramos a Hogwarts de forma discreta, cubriéndome a mí y a las chicas con una capa de sangre invisible.
Así llegamos hasta la guarida, donde nos esperaban Ginny y Luna… quienes, al verme, no pudieron evitar saltar sobre mí y abrazarme, apretándose contra mi pecho e incluso, juraría, hasta olfateándome.
“Tranquilas, déjenme despertar a las demás primero y luego hablamos” dije, dejando a las chicas inconscientes y ocupándome de despertarlas una por una.
Ellas abrieron los ojos aturdidas, con la memoria alterada y la cabeza embotada.
Pero cuando se reorientaron y vieron mi silueta frente a ellas, tras frotarse los ojos como si temieran estar soñando… “¡RED!” gritaron casi todas a coro, abalanzándose sobre mí para abrazarme también.
De no ser por mi fuerza ya me habrían tirado al suelo.
Se notaba cuánto me habían extrañado, sobre todo después de lo sucedido.
De hecho, si no hubiera borrado parte de sus recuerdos, la reacción habría sido mucho más intensa: lágrimas incontenibles y un miedo palpable a soltarme.
Las chicas con la mente intacta solo suspiraban ante la escena, negando con la cabeza.
Pensaban que, a veces, la ignorancia realmente podía ser felicidad.
Todas recordaban haber estado al borde de la muerte y, aunque envidiaban un poco la calma ingenua de las demás, no pudieron evitar sonreír con cierta amargura.
Pansy, en particular, parecía molesta porque no le dejaban espacio para abrazarme; y Lavender fruncía el ceño, como si le molestara que la hubieran apartado de su “reina roja”, su nuevo fetiche viviente “Calma, chicas, déjenme respirar” pedí, aunque no hice nada por apartarlas.
“¿Red, cuándo volviste?””¡Qué bueno que estás aquí!””¿Nos salvaste, verdad?” Todas hablaron al mismo tiempo, volviendo imposible sostener una conversación coherente.
Me tomé un momento para calmarlas antes de seguir.
Al final, estaban todas sentadas en sillones formando un semicirculo a mi alrededor.
Las que tenían la memoria alterada parecían más tranquilas, sin entender por qué las demás se mostraban tan agotadas o con miedo persistente.
Lo interpretaron como si unas fueran simplemente más fuertes que otras.
“Me voy poco más de una semana y ya se meten en un lío como este” dije en tono acusador, aunque más como comentario para aliviar la tensión que como regaño real.
Las chicas me miraron avergonzadas.
Sabían que habían sido temerarias, pero no imaginaron que las cosas escalarían tanto.
Nadie esperaba encontrarse con un ejército de arañas tan extrañas y peligrosas en el bosque.
“Gracias por salvarnos, Red… de verdad pensé que nos iban a devorar” murmuró Parvati, avergonzada y timida.
“Sí… aunque no recuerdo qué pasó al final.
Creo que me desmayé” añadió Padma, y varias más asintieron, sintiendo que había algo que no encajaba, aunque sin poder precisarlo.
“Tuvieron suerte de que dejara un clon de emergencia aquí, por si algo ocurría.
No pensé que tendría que gastarlo tan rápido.
Y deberían dar gracias de que conociera al padre de esas arañas, porque de lo contrario, ninguna de ustedes estaría contando esto” dije, con el tono de un padre regañando a sus hijas.
“¿Sabes sobre esas arañas?” preguntó Hermione, sorprendida.
“Sé de dónde vienen… y que estaban en el bosque peleando contra las acromántulas.
Sintieron que ustedes tenían cierta relación conmigo, y por eso no las devoraron.
Aunque sí les dieron un buen susto y algunas magulladuras” añadí, señalando sus túnicas sucias y rasgadas.
“Les servirá de lección.” Las chicas se ruborizaron, asintiendo en silencio.
Ninguna planeaba volver a entrar al Bosque Prohibido sin estar mucho mejor preparada… ni ignorar las señales de peligro otra vez.
Esta vez habían tenido demasiada suerte.
“Perdón… seguíamos una pista.
No pensamos que…” dijo Hermione con un hilo de voz, apretando su túnica con fuerza.
Había sido su decisión seguir la pista de Hagrid, y aunque borré la peor parte de la experiencia, ella todavía se sentía culpable.
Las lágrimas le ganaron, y pese a su esfuerzo por mantenerse firme, terminó corriendo a abrazarme en busca de consuelo.
“Está bien, calma” dije acariciándole la cabeza, mientras notaba las miradas molestas de Pansy y Ginny, y otras más cargadas de envidia que de enojo, como la de Susan, que también deseaban un poco de consuelo.
“En realidad no estuvieron mal… solo fueron en el peor momento posible.
Pero ahora están a salvo” concluí, apretando con más firmeza a Hermione “¿Entonces… estamos sin pistas otra vez?” preguntó Cho, que era la más adolorida de todas.
Había sido quien más tiempo estuvo envenenada y, aunque la curé, aún se sentía débil y agotada.
“En cierto modo, sí.
Aragog ya no existe” les respondí con calma.
“Pero tenían bastante razón: Hagrid es una de las piezas clave en este misterio.” “Pero el ministerio se lo llevó…” recordó Tracey, frunciendo el ceño.
“Sí, ahora no podemos preguntarle nada” añadió Padma, con resignación.
“Quizá sea difícil” concedí, palmeando suavemente la espalda de Hermione y guiándola de nuevo a su asiento, “pero sé que podrán seguir avanzando.” “Yo no sé si quiero continuar investigando…” murmuró Susan, casi en un suspiro.
Nadie pareció escucharla, salvo yo.
Cuando notó mi mirada fija en ella, se quedó callada, aunque en el fondo aún sentía el miedo de lo vivido.
Una parte de ella quería abandonar, pero otra se convenció de seguir intentándolo, aunque fuera un poco más “Escuchen bien” dije en tono serio, casi paternal.
“Van por buen camino, pero no vuelvan a lanzarse a lo loco.
Investigación, sí… arriesgar la vida, no.
No sé si siempre llegaré a tiempo para salvarlas, aunque lo intentaré.” “¿Red… vas a irte otra vez?
“preguntó Hermione, ya mucho más calmada, pero con una súplica escondida en la voz.
“Sí.
De hecho, debo irme ya.
Esta escapada fue demasiado riesgosa.
Si sospechan que estuve aquí sería un problema.
Y ustedes también mantengan la boca cerrada: nunca fueron al Bosque Prohibido, y yo nunca estuve aquí.
¿Entendido?” añadí, llevando un dedo a mis labios en señal de silencio.
“¿No puedes quedarte un rato más?” preguntó Susan, diciendo en voz alta lo que todas pensaban.
Después de lo vivido, se sentían vulnerables y necesitaban la seguridad que mi presencia les daba.
“Cinco minutos… nada más” dije, rodando los ojos, aunque no pude evitar sonreír ante sus miradas de alivio.
“¿Cómo es Brasil?” preguntó Tracey, de pronto más animada, dejando atrás la apatía anterior y llenándose de curiosidad.
“¿Está bien Hannah?” preguntó Susan, preocupada.
“¿Y la magia de allá?
¿Es tan distinta?” se interesó Hermione, inclinándose hacia adelante.
“¿Cómo juegan al quidditch?
¿Juegan como los americanos?” añadió Cho con brillo en los ojos Y así, cada una fue lanzando sus preguntas, una tras otra.
Me quedé con ellas unos minutos más, contándoles lo poco que había visto, satisfaciendo su curiosidad hasta donde pude.
Les dejé en claro que debía irme, pero también que nunca estarían solas.
Aunque renuentes, aceptaron mi partida y prometieron no interrumpir otra vez mi viaje… al menos, no tan pronto.
Al final, dejé el clon sobre el suelo, inmóvil, como si hubiera perdido toda energía.
Les correspondía a ellas devolverlo a aquella pequeña habitación.
Me cargaron con cierta tristeza, deseando que pudiera quedarme más tiempo, y lo hicieron lo mejor que pudieron.
Esa noche, sin embargo, muchas de ellas volvieron a acercarse al clon.
Se sentaron a su lado, hablaron en voz baja, como si fuera realmente yo quien las escuchara… buscando un consuelo espiritual, la ilusión de que aún estaba allí, protegiéndolas.
Ginny y Luna fueron las primeras en acercarse… con intenciones algo cuestionables.
Noté en sus ojos la duda: quizá sospechaban que yo exageraba con la inutilidad del clon.
Empezaron a moverlo como si fuera una muñeca de trapo, probando reacciones.
Al ver que no respondía, cruzaron miradas peligrosas, como si consideraran hacer algo indebido.
Por suerte, al final decidieron no arriesgarse y se alejaron.
Hermione fue distinta.
Trajo unos libros, se sentó a mi lado y se recostó sobre el clon, hablándome de vez en cuando como si de verdad esperara respuestas.
Tracey, Parvati y Padma aparecieron juntas, riéndose entre susurros.
Se dedicaron a hacerle un “arreglo de belleza” al clon: uñas pintadas, maquillaje, broches en el pelo.
Cuando terminaron, se marcharon a carcajadas, como si quisieran dejarme una broma preparada para la próxima vez que lo usara.
Susan también vino, pero con otro aire.
Siempre traía algo de comida que había cocinado, como si quisiera compartirlo conmigo.
Incluso intentó meterme galletas en la boca más de una vez, como si así pudiera obligar al clon a “alimentarse”.
Penélope, en cambio, vino porque yo la llamé.
No perdimos tiempo: un juego rápido, fallándola contra la pared, dejándola después con las piernas temblorosas y un sonrojo que delataba más de lo que habría querido.
Pansy… ella vino con otro fuego.
Se lanzó a besar el clon inmóvil con ferocidad, como si quisiera arrancar lo que sentía que le debía.
Entre beso y beso, me reprochaba que no cumplía con mis obligaciones, que las demás “zorras” me robaban el tiempo que era suyo.
Estaba a punto de irse, cargada de rabia, cuando le di un apretón en el trasero antes de volver a quedarme inmóvil “¿¡Qué!?” giró de golpe, sorprendida.
“Red…?!
¿estás aquí?” Entonces hizo una pausa como si encontrara cierta iluminación “¡Nos mentiste!
¡Siempre pudiste moverte!” dijo, en una chispa de inteligencia y razonamiento que no esperaba de ella.
La vi tan decidida que supe que no creería otra cosa.
Me reincorporé lentamente, dedicándole una sonrisa burlona.
“¡RED!” gritó lanzándose sobre mí, golpeando mi pecho con sus puños.
“¡Bastardo mentiroso!” La chica liberó su furia por completo, furiosa porque la hice creer que no estaba ahí…
y por todo el tiempo perdido, un tiempo que pudimos haber compartido a solas.
Lo que más la enfureció fue pensar que había desperdiciado la oportunidad de que fuera un secreto solo entre nosotros dos, un privilegio que habría aprovechado a espaldas de las demás chicas.
“Shhh… nadie tiene que saber de esto” ordené en voz baja, pero muy seria.
Quiso mantener la rabia, pero mi mirada la quebró.
De loba feroz pasó a cachorra temblorosa, presa de la frustración, sin más opción que aceptar mis reglas.
“Compensame…
quiero que me beses como si la vida se te fuera en ello, como si cada momento lejos de mí te hubiera dejado incompleto…
justo como me sentí yo”, exigió con un puchero resentido.
Sonreí y la abracé con fuerza, besándola con la misma pasión que ella pedía.
El beso fue rudo, brusco e invasivo, como si nuestras lenguas lucharan por fusionarse.
Aquello era solo el inicio.
Ahora que Pansy sabía la verdad, vendría a esta habitación para recibir su dosis de amor, casi como si se tratara de una droga.
En cierto modo lo era, adicta a la adrenalina del amor, un sentimiento tan potente que hizo desaparecer su odio y resentimiento.
Pero no me detuve ahí.
Llevé las cosas un paso más allá y, mientras la besaba, apreté sus pezones a través de la tela con suficiente fuerza para que soltara pequeños y agudos quejidos de dolor.
“Así que… metiéndote en problemas, forzándome a salvarte, interrumpiendo mis negocios…” la regañé entre suspiros, castigándola.
Cada vez que lo hacía, la llenaba de dolor, un dolor que se mezclaba con el futuro placer del alivio al soltarla.
Estaba adiestrando a una Pansy rebelde, y, a pesar de su rechazo inicial, ella aceptó el dolor dócilmente, casi como si lo mereciera.
Además, ella sentía una euforia particular por el hecho de que estuviéramos yendo mas lejos, sin llegar a esa barrera que ella todavía no estaba preparada para cruzar.
También me encargué de que las otras chicas que ya consideraba mías conocieran la verdad.
Daphne, Millicent y Lavender, quienes ahora también venían ocasionalmente para mantenerme informado de lo que ocurría en el castillo…
bueno, Lavender venía por motivos muy diferentes.
De alguna forma, me sentía aliviado de poder ayudarla a liberar ese “estrés”, porque si no, se volvería loca, aunque no dejaba de pedirme que permitiera que tanto la Reina Roja y yo la “sometiéramos” juntos.
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