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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 359

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  4. Capítulo 359 - 359 355 Clases de sexo y la farsa de Fudge
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359: 355) Clases de sexo y la farsa de Fudge 359: 355) Clases de sexo y la farsa de Fudge La cosa con las chicas fue una locura.

Por momentos, Pansy llegaba acompañada de Millicent y Daphne, y al ya compartir parte de la verdad, dejó de contenerse.

No le importaba si sus amigas estaban allí: saltaba sobre mí exigiendo besos… de hecho, creo que la excitaba más que la vieran, como si así dejara claro quién tenía la autoridad.

Entre ellas, solo Millicent parecía sentir algo distinto, quizá una pizca de envidia.

No tenía el valor para desafiar a Pansy abiertamente y luchar por mi atención, pero eso se resolvió pronto.

Tras un par de veces de soportar la escena, no pude dejarla de lado; ya la había aceptado como mi chica, así que también le di un poco de cariño.

Y, bueno… las cosas se pusieron interesantes.

Pansy, que al principio se enojó, cambió de humor casi de inmediato.

La idea que había germinado en su cabeza lo transformó todo: en vez de pelear, comenzó a empujarme hacia algo más intenso.

“Bésala más fuerte, más bruto… que se quede sin aire” me ordenaba con emoción, mirándo a Millicent con cierto desprecio por su actitud pasiva frente a la suya.

Así, Pansy pasó de los celos a la aceptación, y de ahí a ser un factor activo.

Su obsesión con ser la verdadera esposa, la que dominaba sobre todas, la llevó a animarme a “marcar” y “someter” a las demás.

Su placer era verme reducirlas en mis brazos, convencidas de ser solo juguetes en manos de su marido, y por lo tanto inferiores a ella.

Esto no se limitó a Millicent: también involucró a Lavender.

Aunque incluso Pansy se perturbaba un poco con el lado más oscuro de ella, terminando por catalogarla como una “zorra” completamente destruida por mí.

De hecho, aquello fue casi un alivio para Pansy: en el fondo deseaba que todas fueran así, simples juguetes sin mayor importancia.

Incluso llegó a insinuarme que hiciera a Hermione lo mismo que le haya hecho a Lavender, a lo que me negué; lo de Lavender era distinto, ella ya estaba quebrada por dentro, y no todos llevan ese “don”.

También me pidió que hiciera lo mismo con Daphne: que la dominara en su presencia.

De todas las chicas, la familia de Daphne era tan o más influyente que la de Pansy, lo que siempre la había hecho sentir en desventaja.

Pansy pensaba que si Daphne era “insultada” (con besos) delante de ella, seria como si ella misma pisara el orgullo la familia Greengrass.

Una humillación que seguramente la llevaría al clímax de la excitación.

Sin embargo, me negué a hacerlo.

Daphne me era leal y sabía que no se opondría a nada que le pidiera, incluso si la tomaba allí mismo.

Pero yo no quería forzar la situación.

Decidí esperar a que ella se acercara por su cuenta, a ver si desarrollaba un deseo genuino por mí, algo que naciera de ella, o si nuestra relación se mantendría estrictamente profesional.

En cierto modo, era un experimento: quería ver hasta dónde llegaría la calculadora y fría Daphne.

Mi negativa no le gustó nada a Pansy.

Interpretó mi decisión como una muestra de la importancia de Daphne, y la frustración se apoderó de ella, aunque un par de besos fueron suficientes para calmarla.

Me sorprende cuánto me desea y, aun así, no se atreve a ir más allá de los besos.

Incluso el avance anterior de sus pezones la puso muy nerviosa.

El verdadero punto de quiebre vino con Lavender.

Después de tanto tiempo cargando con todas esas emociones, sobreexpuesta a la erotizacion y sus deseos, ya no pudo más.

Su cuerpo pedía alivio real.

Sin importarle las miradas de las demás, se desnudó frente a mí, jadeando como un animal salvaje, con los ojos desorbitados y la saliva resbalando por sus labios.

Hambrienta.

Casi daba miedo verla así, sin parpadear, respirando como una bestia en celo que por fin había perdido todo control.

Justo ese día Penélope también estaba allí e intentó detener a Lavender, creyendo que no era apropiado y que todavía era muy joven… lo que no sabía era que, a pesar de ser varios años menor que ella, Lavender la superaba con creces en deseo y frustración sexual.

Bastaron apenas unos comentarios del estilo de “quiero que me penetren el ano hasta la boca”, “no voy a parar hasta que se me desgarre el útero de tanto semen” o “solo existimos para ser sacos de semen desechables, ni la muerte debería alejarnos de eso” para que Penélope quedara paralizada, en completo shock, dudando de todo en la vida y sin fuerzas para detenerla Y si Penélope quedó así, ni hablar de Pansy, Millicent y Daphne.

Las chicas estaban horrorizadas de que una chica igual a ellas pudiera decir y desear semejantes cosas.

Lavender, mientras tanto, me suplicaba entre jadeos ininteligibles mientras montaba mi pierna como un perro en celo, frotando su coño sin parar.

El calor y la humedad eran tan exagerados que casi me convencí de que había metido la pierna en una olla de agua caliente.

Sabía que no estaba bien, y la verdad todavía no quería tomar a Lavender… al menos no ahí, y mucho menos en ese estado.

Que pareciera tan fuera de sí lo hacía menos satisfactorio; creo que me habría gustado más que fuera consciente de lo que sucedía una vez pasara.

Así que simplemente la dejé seguir frotándose contra mi pierna, y después usé mis dedos para jugar con su coño mientras intentaba aparentar que todo era normal y que no tenía a una pervertida encima de mí.

Aunque, siendo sincero, era imposible hacer como si nada pasara.

Las demás chicas jamás habían visto una escena tan perversa.

Todas, excepto Penélope, llegaron al punto máximo del sonrojo posible.

Penélope logró salir del shock inicial, aceptando que Lavender era un caso perdido que probablemente necesitaba ayuda psiquiátrica.

Con un suspiro de resignación, tomó a las chicas por los hombros y comenzó a empujarlas hacia afuera, para que dejaran de presenciar semejante espectáculo.

La mayoría obedeció sin dudar… excepto Pansy.

Pansy, aunque completamente avergonzada, quería quedarse a mirar, aferrándose a esa falsa sensación de superioridad.

En realidad, lo que buscaba era ver hasta qué punto podía llegar la humillación de las demás, y al mismo tiempo aprender algo de la vida sexual.

Quería experimentar de segunda mano lo que quizás en algún momento tendría que hacer.

Pero no aguantó demasiado: cuando escuchó los grotescos gemidos animales de Lavender y la vio correrse como una fuente, al punto de dudar que el cuerpo humano pudiera almacenar tanta agua, salió corriendo con las demás.

Yo suspiré mientras acariciaba la cabeza de Lavender como quien acaricia a un perrito que nunca aprende y siempre repite los mismos errores.

Incluso casi paralizada por el orgasmo, se obligó a tomar mi mano y lamer mis dedos empapados de sus fluidos… antes de volver a frotarse contra mi cuerpo otra vez.

Por su parte, Penélope llevó a las chicas —que tenían la mirada perdida y no podían quitarse la escena de la cabeza— a una zona aislada de la guarida y allí les dio una especie de tratamiento psicológico improvisado.

Creía que era lo correcto para evitar que quedaran traumatizadas, además de darles una clase exprés de educación sexual para aclarar lo que Lavender podía haberles confundido.

No quería que esas chicas, que sí eran normales, se quedaran con una idea equivocada.

Jamás creyó Penélope que terminaría instruyendo a un grupo de niñas sobre este tema.

Ni mucho menos, que se enfrentaría a una vergüenza tan profunda al usar su propia vivencia sexual como ejemplo de una experiencia saludable, desgranando, con rigor científico, los detalles de su encuentro conmigo.

Lo más humillante, incluso más que las descripciones que tuvo que dar, era la inevitable curiosidad y las preguntas de sus alumnas.

La vergüenza fue tal que, aunque logró salvar las mentes jóvenes y aprendieron un poco más sobre cómo funciona el sexo, complementando lo que ya sabían de sus casas, desde ese día ya no pudo volver a mirarlas a los ojos sin morirse de pudor.

…

Por otro lado, mientras yo seguía disfrutando de mi retorcido entretenimiento, había quienes no la estaban pasando nada bien.

Hagrid fue llevado a Azkaban sin juicio, acompañado de las fotos del cadáver de Aragog.

Fudge dio un gran discurso, asegurándose de que todos supieran que bajo su mando se había capturado al “culpable” de los ataques en Hogwarts y al supuesto asesino de Myrtle Warren, quien aún seguía libre bajo la protección de Dumbledore.

Sí, toda esta estratagema publicitaria servía también para darle un golpe a la reputación de Dumbledore, algo que hacía muy feliz a Lucius Malfoy… y también al propio Fudge, que buscaba desesperadamente desprestigiarlo y hacerse notar Pero las cosas no salieron tan bien como esperaban.

Fudge anunció públicamente que él mismo dirigiría un escuadrón de aurores hacia el Bosque Prohibido para exterminar la “plaga de arañas” y así mantener seguro Hogwarts.

Lo hizo, sí, pero no con la valentía que quiso aparentar.

Los aurores llegaron en grandes grupos, lo mejor de lo mejor.

Los alumnos se sorprendieron al verlos, creyendo que al fin terminaría aquel periodo de terror e incertidumbre.

Las únicas que no estaban convencidas eran las chicas, pues conocían de primera mano a las arañas.

Sabían que no solo era posible que los aurores no pudieran con ellas, sino que, además, las acromántulas no eran las responsables de los petrificados.

Desde las ventanas del castillo observaron cómo los aurores se reunían en torno a la cabaña de Hagrid, listos para partir.

Fudge estaba allí, pecho inflado, dando un discurso “alentador” que en realidad iba más dirigido a las cámaras que a los aurores.

Luego señaló el bosque como si él mismo fuera a encabezar la misión… pero, por supuesto, se quedó esperando afuera mientras los demás avanzaban.

Los aurores entraron al Bosque Prohibido, se adentraron en lo profundo, investigaron… preparados para una gran batalla contra acromántulas.

Caminaron horas, y más horas… …y no encontraron absolutamente nada.

Recorrieron grandes extensiones del bosque, pero ni una telaraña, ni una huella, ni una sola pata de araña.

Al principio pensaron que quizá estaban en el lugar equivocado, así que continuaron buscando, empujados por la insistencia de Fudge, que no pensaba irse sin varios cadáveres para mostrar en los periódicos.

Ordenó seguir durante la noche y, si era necesario, durante los días siguientes.

Pasaron dos días sin encontrar un solo rastro.

Los aurores dieron con hábitats de otras criaturas mágicas, pero nada de arañas gigantes.

Nada.

Fudge empezó a sudar y a maldecir a Dumbledore, convencido de que él había “limpiado” el bosque para encubrir a las arañas y dejarlo en ridículo.

Estaba a punto de sufrir un ataque de nervios, pero no podía salir a admitirlo.

Si bien había conseguido manchar la imagen de Dumbledore, no podía quedarse con la suya propia por el suelo al no poder lograr el mas mínimo avance.

La “solución” fue sencilla y patética: el ministro compró unas cuantas acromántulas a traficantes de criaturas mágicas y las presentó muertas ante las cámaras como prueba del “éxito” de la operación.

Apenas eran cinco cadáveres, pero se vendieron como la aniquilación de una colmena de cientos.

Curiosamente, los aurores que “descubrieron y eliminaron” esa colmena resultaron ser todos cercanos a Fudge, y cada uno contaba una versión más exagerada que la anterior sobre cómo lo habían logrado.

A fin de cuentas, la farsa funcionó.

Muchos respiraron aliviados, creyendo que el peligro había terminado.

Aunque los más avispados sabían lo ridículo de la historia.

Entre ellos, los invitados de Castelobruxo, que ni siquiera aceptaron dar las entrevistas que queria Fudge.

Conocedores de criaturas mágicas, se dieron cuenta de inmediato de que todo era un show político y que esas arañas jamás habían sido responsables de las petrificaciones.

Para ellos, Fudge quedó como un tonto.

—///— patreon.com/Lunariuz

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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