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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 360

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  4. Capítulo 360 - 360 356 Vigilancia burdeles y reino arácnido
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360: 356) Vigilancia, burdeles y reino arácnido 360: 356) Vigilancia, burdeles y reino arácnido Claro que, antes de la aparición de Fudge, otras personas ya habían sufrido por aquella extraña ausencia.

Dumbledore mismo se sintió intrigado y confundido ante la desaparición de las acromántulas y de aquella misteriosa araña.

Ese día, tras despedir a Lucius y a Fudge, y después de tranquilizar a Hagrid asegurándole que todo estaba bajo control, había decidido volver al bosque y continuar con la investigación de las chicas.

Sin embargo, varios problemas surgieron uno tras otro y lo retrasaron.

No creía que fueran coincidencias, aunque la variedad y la rareza de esos incidentes lo hacían parecer así.

Cuando al fin pudo retomar su camino, volvió al castillo y descubrió que las chicas ya habían sido vistas allí.

Aun así, su instinto le decía que algo no estaba bien, y regresó al bosque.

Fue entonces cuando sufrió varios ataques de criaturas que parecían presas de un frenesí, además de enfrentarse a trampas que, aunque parecían naturales, no lo eran.

Estaba claro que alguien o algo quería detenerlo… y lo lograron.

Cuando llegó al lugar donde debía estar el nido de las acromántulas, no había nada: ni una telaraña.

Lo más inquietante era que, incluso con sus métodos y sentidos mágicos, Dumbledore apenas podía percibir rastros residuales de magia, no humana, que se desvanecían sin dejar un hilo claro que seguir.

Para colmo, encontró varias pruebas incriminatorias que señalaban a grupos de traficantes de criaturas mágicas, aparentemente provenientes de distintos países.

Esa noche Dumbledore no durmió, y las siguientes tampoco descansó bien.

Todo se había vuelto demasiado caótico y las pistas eran difusas.

Aunque no parecía haber una amenaza concreta que dañara a nadie en ese momento, se preguntaba cuánto duraría esa calma tensa.

Tal vez la edad lo estaba volviendo paranoico, pero a partir de entonces pondría más atención a cada detalle.

Le pesaba que, tras haber logrado mandar un gran problema a Brasil por un año, las cosas no hubieran mejorado como esperaba.

Por todo esto, no se sorprendió demasiado ante el fracaso de Fudge y su posterior mentira pública.

Para él, la política era irrelevante; lo único que hizo fue advertir a los profesores para que estuvieran más atentos y vigilaran especialmente a cierto grupo de chicas.

No tenía pruebas, pero algo en su interior le decía que una estudiante en particular podía estar relacionada con todos esos sucesos.

Ellas, sin embargo, no lo sabían.

Seguían con su vida cotidiana, investigando, estudiando y viviendo su particular versión de una “vida escolar normal”.

Claro que había algunas más curiosas.

Las que ahora sabían que podían encontrarse conmigo y conversar, no tardaron en preguntar qué significaba aquello de que las arañas me llamaran “Papá”.

Mi respuesta fue sencilla: confesé que, aunque aún no podía considerarme un mago adulto según los estándares del mundo mágico, ya me estaba desarrollando como un “científico loco”.

Les dije que aquellas arañas eran el resultado de un experimento.

Y las chicas lo creyeron sin dudar, pues eran demasiado extrañas como para ser criaturas naturales.

Técnicamente, no mentí: en efecto eran el resultado de un experimento… solo que omití el detalle de qué clase de experimento había sido, y que literalmente eran mis hijas biológicas.

Eso bastó para calmarlas.

Algún día les contaría la verdad… quizá dentro de unos años.

Bueno, Lavender ya lo sabía, pero solo porque sabía que aquello la excitaba más de lo que la repelía, lo cual no necesariamente era bueno.

De hecho, empezaba a preocuparme que viniera con varios bestiarios a discutir conmigo qué otras criaturas debería usar para reproducirme… o que lo hiciéramos juntos.

Sí, definitivamente había que añadir “zoofilia mágica” a la lista de fetiches de Lavender …

Mientras tanto, dentro de Hogwarts, había otras personas inquietas.

La principal era McGonagall.

La profesora de Transformaciones se sentía incómoda.

Tras el incidente con cierto estudiante con el que había tenido un contacto inadecuado, creyó que luego de que este se fuera lejos por un tiempo podría liberarse de aquella sensación de asco… o rechazo.

La verdad, no sabía si ese sentimiento iba dirigido a sí misma o a aquel estudiante.

Las cosas habían mejorado al dejar de verlo, pero para su desasosiego, había despertado en ella una frustración íntima que llevaba mucho tiempo dormida.

Desde que perdió a su marido, había dejado a un lado sus necesidades de mujer, dedicándose por completo a su trabajo y a sus alumnos.

Claro que no era la única.

Tanto Pomona como Pomfrey sufrían algo parecido, todo debido a los restos de aquella droga que habían consumido indirectamente.

Incluso de segunda mano, la sustancia era muy fuerte y dejaba secuelas que podían tardar un año en desaparecer.

Ellas no lo sabían, pues jamás imaginaron que existiera una droga de ese tipo.

Creyeron que simplemente era su cuerpo traicionándolas.

Madam Pomfrey logró sobrellevar la situación.

Como experta en el área médica, sabía cómo tratar ciertos malestares en privado y encontró un modo de estabilizarse.

Pomona Sprout también halló su propio camino.

La única que parecía incapaz de aliviar esos síntomas fue Minerva McGonagall, quien se resistía y negaba los impulsos que la acosaban, lo que solo le provocaba dolores de cabeza y todo se ponía cada vez más intenso.

Sprout, como buena amiga —y alguien que también había padecido lo mismo— decidió hablar con ella, aconsejarla… y además le dejó un pequeño presente.

Ahora Minerva estaba en su despacho, mirando con incredulidad la tarjeta que sostenía en sus manos.

Pomona le había hablado de cierto lugar en el que se ofrecían “servicios especiales” y donde también se vendían artículos recreativos bastante útiles para casos como el suyo.

Entre ellos, según dijo, existían inhibidores temporales de la libido que podrían ayudarla.

La tarjeta servía no solo para acceder a ese establecimiento, sino también para reclamar un premio de un sorteo que Pomona había ganado.

Como a ella no le interesaba y había visto a Minerva tan afectada, decidió cedérselo.

El problema era que el lugar no parecía, en palabras suaves, “respetable”.

Era conocido por algunos, aunque nadie admitiría haber estado allí.

Relativamente nuevo, sí, pero ya en pleno auge.

McGonagall no podía creerlo: la tarjeta llevaba impresa la imagen de un súcubo caricaturesco, con un gesto erótico, lanzando besos mientras se complacía a sí mismo.

Aquello le resultaba tan chocante que lo descartó de inmediato como un sitio indigno de existir.

Aun así, la curiosidad le ganó, y empezó a preguntar discretamente aquí y allá.

Las respuestas fueron negativas: nadie admitía saber de aquel lugar, y mucho menos haberlo visitado.

Pero lo poco que descubrió no le dio mejor impresión.

Según los rumores, era poco menos que un lujoso burdel disfrazado, donde se podían satisfacer los deseos más oscuros y hasta perversos, algunos de ellos rozando —o directamente cruzando— lo extremadamente ilegal.

Lo que Minerva no lograba comprender era cómo un sitio así podía seguir abierto sin que el Ministerio lo clausurara.

Además, según lo que había escuchado, se necesitaba magia muy sofisticada para ofrecer ciertos “servicios” que allí se comentaban.

¿Cómo era posible que magos con semejante talento se prestaran a trabajar en algo tan turbio?

La verdad era más compleja de lo que ella sabía.

No se trataba de que el Ministerio no quisiera cerrarlo… sino de que no podía.

El lugar parecía estar dirigido por expertos en ocultación y antirastreo, y con el tiempo se había vuelto prácticamente inalcanzable.

Sus métodos mejoraban de forma constante, añadiendo nuevas capas de protección cada vez más extrañas.

Y peor aún: cada vez más personas influyentes habían empezado a usar sus servicios, pues allí podían obtener cosas imposibles en cualquier otro sitio, o que normalmente requerirían enormes recursos y habilidades.

Nadie sabía cómo lo lograban, ni que detrás había alguien poderoso: el mismo gigante capaz de maravillas semejantes en cierto negocio del Callejón Diagon.

A pesar de todo, McGonagall no tiró la tarjeta.

Era un obsequio de su amiga y pensaba devolvérselo… en algún momento.

Al fin y al cabo, el premio se cobraba en San Valentín, así que aún tenía tiempo.

Eso se repetía a sí misma, aunque no podía evitar esos momentos de duda en los que miraba el cajón donde había guardado la tarjeta, preguntándose si acaso estaría maldita.

…

En el [Feudo], estaba haciendo un recuento de las arañas.

Mis hijas estaban formadas frente a mí, y tras ellas se amontonaba una exagerada cantidad de telaraña.

A su lado se agrupaban todas las crías de la Reina Roja, además de varias acromántulas que temblaban, mantenidas como prisioneras “Bien, creo que eso es todo” dije revisando por última vez mi anotador.

“Separaré un espacio particular dentro del Feudo para ustedes.

No tengo el dinero suficiente para crear un mundo completo, pero podemos trabajar en ello más adelante.

Allí podrán construir su nido a su manera.

No será un aislamiento: tendrán acceso a otras áreas y espacios, pero serán ustedes quienes regulen quién entra y quién sale.

No quiero problemas” “Nosotras podemos producir o recolectar recursos para vender” intervino Araña Hermione con seriedad.

“Así ganaremos dinero y podremos hacer crecer nuestro propio espacio.

Y entonces tú no tendrás que trabajar tanto, papá…” “Miren a mi pequeña emprendedora, tan lista y comprensiva.” Sonreí, acariciando su cabeza con ternura.

“Lameculos…” murmuró Arache, desviando la mirada con evidente envidia.

“Bien, de hecho es una idea genial” continué.

“Su seda puede venderse, también su veneno.

Incluso, si no les molesta, los cadáveres de arañas muertas o las crías de la Reina Roja.

Pero no voy a obligarlas a eso.” Les fui dando más ideas.

“Además, puedo habilitar la aparición de NPC en sus terrenos, especialmente del tipo enemigo.

Así tendrán entretenimiento, entrenamiento, alimento si los devoran rápido— y otra fuente de recursos” Ya iba planeando ese extraño ecosistema en mi cabeza, con reglas mitad real y mitad videojuego.

No era mala idea: con los NPC mis hijas podrían saciar su sed de sangre sin dañar a nadie importante.

Además, las recompensas caídas serían otra buena fuente de ingresos.

Comprar distintos tipos de NPC para diversificar también era una opción; cara, sí, pero una inversión sólida.

“Así lo haremos” concluí.

“Llévense a las acromántulas y establezcanse en ese espacio.

Les daré una mano, pero si quieren que crezca rápido tendrán que ayudarme.

También les daré acceso al tablón de misiones… pero solo a ustedes.

Ni las acromántulas ni las crías de la Reina Roja se les permite sin mi permiso previo.” “Está bien, pero en ese nuevo mundo tienes que ponerle límites a la Reina Roja” se quejó Aracne, con un tono casi infantil.

“Siempre expande su nido sin parar, ¡quiero mi propio espacio!

¿Y por qué ella es la única que tiene el título de Reina?

¡No es mejor que yo!” “‘Reina’ es parte de su nombre… pero está bien, puedes llamarte Reina Aracne si eso te hace feliz” dije, rodando los ojos.

“Y tienes razón: Reina Roja, no puedes invadir los territorios de tus hermanas sin su permiso.

¿Entendido?” Me puse entonces a crear el espacio y a diseñar la planificación de su expansión.

Dibujé sobre la tierra un mapa rudimentario con las divisiones actuales y futuras de los territorios, para ver qué opinaban mis hijas…

y no fue fácil que todas se pusieran de acuerdo.

“Bien, se dividirá así.

¿Estamos todas conformes?” pregunté, ya un poco agotado mentalmente.

“Sí, creo que está bien…” respondió Aracne con arrogancia.

“Ahora veamos cuál de nosotras logra crear el mejor reino arácnido.

¡Tú no cuentas, Reina Roja, lo tienes demasiado fácil, eso es hacer trampa!” La Reina Roja se encogió, fingiendo estar deprimida, y se acercó a mí emitiendo el equivalente arácnido a un llanto para que la consolara.

Era increíble ver cómo mis hijas, día a día, desarrollaban emociones y pensamientos cada vez más sofisticados.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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